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Aislacionismo, nacionalismo, imperialismo, y globalismo

Un estado moderno puede en su política de relación con los demás estados del mundo, adoptar ciertas conductas. Y estas suelen a veces ser importantes contradicciones desde el punto de vista de las políticas diplomáticas de un país, a lo interno y externo.

La principal contradicción es aquella entre nacionalismo y globalismo, y luego están las contradicciones internas entre los nacionalistas, entre aislacionistas e imperialistas, y las contradicciones internas entre los globalistas, entre los partidarios del interés nacional y el globalismo wilsoniano.

Estamos en una época donde más gente muere por comer demasiado que por comer poco, más gente muere por suicidio que en homicidios, más gente muere de enfermedades de la vejez que de enfermedades infecciosas. Tenemos una economía global pero con políticas nacionales. La economía ha sobrepasado el mundo de la política, restringido a los estados nacionales. Este fenómeno se inicia desde que el capitalismo suplanta poco a poco a los feudos medievales a finales de la Edad Media. El capitalismo reemplazó a las jurisdicciones locales por las nacionales al crear mercados globales y ahora parece debilitar los estados nacionales. La reacción de política de los Estados Nacionales parece tener varias opciones distintas.

La primera ha sido el nacionalismo, o sea el fortalecer las decisiones tomadas en relación de un Estado Nacional, donde la finalidad del sistema político está en las lealtades hacia la propia tribu. Es el América First (primero) de los Estados Unidos. La idea de los aislacionistas es que las decisiones se toman mejor dentro de una misma tribu, sin interferencia del mundo externo, el cual suele ser visto como una entidad hostil y decadente, que no entienden lo que pasa en un país y que es mejor dejarla por fuera; el mundo externo, sea en forma de ideas, de bienes y servicios, de inmigrantes o de presiones de organismos internacionales, es visto como una entidad peligrosa, contaminante y es mejor aislarse de ella, por eso el aislacionismo. Para que ese aislacionismo funcione y se preserve la esencia de la nación, un estado debe limitar sus contactos con el mundo externo, limitar el comercio, la inmigración, declarar su independencia de organismos supranacionales.

Lo opuesto al aislacionismo dentro del mundo nacionalista es el imperialismo. El mundo externo sigue siendo peligroso, pero en lugar de protegerse del mismo mediante el aislamiento, se busca más bien cambiar el mundo en torno a los intereses de la propia nación. Lo malo de eso es que las otras naciones también tienen intereses nacionales y estos van a chocar con los intereses de esa nación. El imperialismo termina siendo una fuente de guerras importante.

Luego tenemos los globalismos, lo opuesto a los nacionalismos. El globalismo en un mundo donde la economía es mundial y las amenazas ambientales son mundiales, para que funcione y para asegurar la paz, es necesario que los estados nacionales cooperen, y esto obliga a ceder competencias y lealtades de los estados nacionales a la comunidad internacional. Esto es globalismo. Pero el globalismo tiene varias versiones.

Los liberales clásicos creen en un globalismo de intereses racionales, donde los estados colaboran para evitar combatir entre ellos y resolver problemas comunes. Una especia de Liga Anseática de Naciones. Pero los globalistas modernos más bien siguen un principio kantiano del deber, del imperativo moral. El ser buenos ciudadanos aún a expensas de los intereses nacionales. Un mundo así se parecería a la China antigua.

En el mundo moderno, la capacidad de los políticos para hacer el bien es muy limitada, ya que la economía está en manos privadas, la cultura de masas, la internet, el comercio internacional, limitan la capacidad de los políticos para hacer el bien, cuando les pedimos una mejor distribución de la riqueza, pedimos seguridad, mejor educación, salud, pero sus manos están atadas. Y mejor que lo estén, porque los políticos tienen realmente poca capacidad para hacer el bien, aunque se lo propongan, porque son seres humanos que trabajan con información limitada, y con burocracias que no son neutrales en su actuación. Por eso los intentos de los políticos de suplantar a la empresa privada, y al mercado suelen terminar mal. Como también pasa con los intentos de los políticos para frenar las nuevas tecnologías.

Y los intentos de los políticos para redistribuir la riqueza suelen terminar en una redistribución de la riqueza hacia ellos, hacia la burocracia, para sus clientelas políticas pero rara vez hacia quienes la necesitan. Por eso es mejor que el sistema limite su poder para hacer el bien. Lo único malo de esto es que los políticos aunque están limitados por todas estas razones para hacer el bien, tienen todavía una capacidad ilimitada para hacer el mal, como destruir economías, establecer dictaduras o provocar guerras. Pero ningún político puede destruir solo, alguien lo puso allí y alguien lo mantiene allí.  Y las políticas de identidad nacionalistas suelen ser negativas porque se basan en mentiras, en construcciones, en metarelatos. Por lo menos en el globalismo, el relato sabe que se construye frente a nuestros ojos y tenemos tiempo de hacer nuestras correcciones.

El problema no es el globalismo, sino qué tipo de globalismo queremos. ¿Uno unilateral donde somos un súbdito de a pie dependiendo del mundo de los poderosos y de su imperialismo fiscal? ¿O uno donde somos una parte igual del engranaje como pares, verdaderos ciudadanos globales? Esta es la pregunta que tenemos que hacernos,

About the author

Ricardo Soto

Ricardo Soto

Ricardo Soto Barrios, abogado, especialista en políticas públicas, egresado de la Universidad Santa María la Antigua. Políticamente liberal, ha participado en muchos proyectos donde se analizan las políticas públicas de Panamá desde un punto de vista liberal y se proponen alternativas. Ha trabajado en la Policía Nacional de Panamá, el Ministerio de Gobierno, y AMPYME, además de ejercer la práctica privada.

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