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¿Es el emprendedurismo cuestión de estado o cuestión de cada uno?

Curiosamente, cuando las personas hablan de subsidios, en general  le dan una connotación negativa y le atribuyen a ciertos sectores, los más bajos de la escala socio económico en general, los destinos de los mismos. Casi es unánime la opinión que son perjudiciales para el progreso del sector y son, según la consideración general, la causa de que la pobreza se perpetúe en ellos.

Sin embargo, cuando se habla de emprendedurismo, sobre todo el ligado al área tecnológica, parecería que los conceptos sostenidos en el primer caso, en el segundo se desdibujan y no sólo aparece la palabra “fomento” estatal como algo positivo, sino que es promovido positivamente por las mismas personas que antes criticaban el subsidio al agro, por ejemplo.

Esta incongruencia de posiciones, en muchos casos rayando la ética y la deshonestidad intelectual, perjudica mucho más de lo que inocentemente se piensa.

Veamos: el objeto de cualquier forma de subsidio es transferir dinero de unas personas a otras.  Pero también tiene el efecto económico de hacer rentable producciones/emprendimientos,  que de otra  manera no podrían competir por recursos como capital, materias primas, know how, mano de  obra,  etc.  No necesariamente implica dinero físico, puede ser cualquier ayuda estatal que está sufragada vía impuestos.

Esos  recursos  complementarios  para  cualquier  producción  tienen  precio  precisamente  porque  tienen  otros  usos  rentables  y,  en  ausencia  de  subsidios,  los  recursos se asignan indefectiblemente a  aquellas producciones  económicamente más  eficientes, que realmente agregan valor. Se produce asimismo un efecto expulsión (crowding-out) al sacar recursos de la economía por vía impositiva, de forma que el sector privado ve reducidos sus ahorros para llevar a cabo sus propios proyectos de emprendimiento. En otras palabras, si la actividad es rentable, no  necesita subsidios, y si no lo es,  ¿por qué subsidiarla?.

Muchos países sintieron mucha envidia hace unos años atrás por el Sillicon Valley, en California, el centro mundial  de la industria de tecnología de punta e Internet. Muchas de esas naciones decidieron subsidiar el crecimiento de sus propios centros tecnológicos tratando de lograr  un éxito similar. Esto ha sido un error: la dinámica de estos centros exige un  ambiente económico flexible, en lugar de una política de fomento del gobierno.

Estrictamente, no se puede hablar de innovación en el caso de un marco institucional fuertemente intervenido, ya sea por regulaciones o por políticas públicas,  pues la innovación es el resultado de un invento o mejora que ha superado la prueba del mercado. En las economías donde el peso del estado es grande,  los productos y servicios, así como las tecnologías a emplear para producirlos, se imponen o fomentan desde arriba, generalmente a través de permisos o licencias; no se validan por los consumidores, destinatarios últimos de los productos, como sucede en el mercado.

El Silicon Valley comenzó en los años 50 con un modesto plan de  Frederick Terman, el visionario decano de la Escuela de Ingeniería de Stanford, para  crear un parque industrial en terrenos baldíos. Unas pocas empresas aceptaron la oferta,  pero la zona lucía fea  y no tenía grandes perspectivas. El crecimiento se disparó  en los 70s con la invención de las computadoras personales de Apple y otros fabricantes  y, luego, con la creación de la Internet y de la inmensa demanda por software. El Valle  ahora emplea a millones de personas, altamente calificados y más de una tercera parte nacidos en el extranjero. Son atraídos por buenos empleos y acceso a  las nuevas tecnologías.

El Valle está repleto de nuevas empresas como Facebook y otras que se han convertido en gigantes como  Intel y Cisco. Gary Becker ha descrito este proceso maravillosamente: “ La reducción de obstáculos artificiales a la creación de nuevas empresas  es algo muy diferente a los grandes programas de subsidios iniciados por  Alemania y demás naciones desesperadas por dinamizar sus economías. Los subsidios  producen los “arranques seguros” que prefieren los burócratas y no las nuevas empresas  que exige el mercado. La increíble espontaneidad que se respira en el Silicon Valley no  puede ser jamás reproducida dentro de un invernadero burocrático”.

Los subsidios son difíciles de erradicar porque desde una visión corta parecen  esenciales. Si un consorcio de  gobiernos europeos  gasta  US$ 10 mil  millones para  desarrollar el avión Airbus, es difícil ver como los demás países pueden competir sin  ayuda oficial. Pero las cosas se ven muy diferentes si se analiza cuidadosamente. La  aviación y la producción de trigo en otros países necesitan de subsidios  estatales porque  los  inversionistas  privados  prefieren  poner  su  dinero  en  otros  negocios.  Ejemplo de ello sería el rotundo fracaso del  Concorde, una aventura estatal descartada por el sector privado de aviación y que le costó millones de dólares a los contribuyentes ingleses y franceses.

Sólo  los  gobiernos son lo suficientemente irresponsables como para aplicar impuestos a industrias  exitosas para pasarle el dinero a sectores que no sobreviven por sí solos. Si lo hacemos, estaremos ayudando a un sector específico pero  empobreciendo al  resto del país. No debemos  copiar los malos ejemplos de los gobiernos extranjeros invirtiendo dinero público en  proyectos que inician “seguros”, sin el riesgo que es la característica clave de cualquier emprendimiento o empresa, que por cierto, es la misma cosa, pero parece que la semántica es importante a la hora de vender ideas. Empresa=mala, Emprendedor=cool.

El daño que nos hacemos con los subsidios/fomentos estatales va más allá de un asunto meramente de recursos estatales. Para obtener subsidios/fomento/ser parte de, los empresarios/emprendedores tienen que hacer esfuerzos de  cabildeo y ése es un esfuerzo que no beneficia a los consumidores. Se premia con  grandes  subsidios  a  quien  tiene  habilidades socio- políticas,  no  a  quien  complace  a  los  consumidores. Este es el ejemplo clásico de los problemas creados por los gobiernos  cuando invitan a los ciudadanos a pelearse por beneficios políticos o la tajada del pastel (rent seeking).

El emprendedor por definición dada por el economista Richard Cantillon es «la persona que paga un cierto precio para revender un producto a un precio incierto, por ende tomando decisiones acerca de la obtención y el uso de recursos, y admitiendo consecuentemente el riesgo en el emprendimiento»,  complementando esta definición, Richard Eveling sostiene que  “el emprendedor está alerta ante las oportunidades que se presentan en el mercado… Allí donde el emprendedor cree ver un desfase de precios entre los recursos y sus usos, se vislumbra y se puede explotar una oportunidad de negocio. En un entorno de incertidumbre, el emprendedor puede equivocarse en sus presunciones; si acierta, la implicación es que ha encontrado un mejor uso para el recurso hasta entonces infravalorado y el mercado le premia con beneficios que, como bien sabemos, tienen una vida efímera. Si falla, ha malgastado ese recurso y no le queda más que soportar las pérdidas de su fallida actuación ” y por último, para Schumpeter, la clave de este concepto es “la capacidad de transformar innovaciones desde un invento a un producto práctico, lo que implica un alto riesgo económico”.

¿Y qué debe suceder para que un emprendedor innove y arriesgue capital? No es que necesita que desde el estado se le brinde clases para fomentarle su espíritu emprendedor en charlas, reuniones cool con puestas en escena ad hoc para la ocasión. Lo que necesita el emprendedor real es poder desempeñarse en un marco institucional sólido, esto es, un estado que no lo asfixie con regulaciones que generan burocracia y corrupción, libertad económica que le permite identificar oportunidades y un sistema de justicia que le garantice la propiedad de sus frutos.

Pero como suele suceder, no se habla de estos temas porque no son cool y es mejor tener a los jóvenes anestesiados con burbujitas de colores,  dependiendo del fomento estatal, y sus actos y fiestas pagados con impuestos del sector productivo real, el mismo que podría invertir en el emprendedor si tuviera una buena idea de negocios; pero es preferible mantenerlo  en la superficie simplista discursiva y así perpetuar los puestos, salarios y sillones de entidades públicas. Pero hay que estar claros que el tal emprendedor ya dejó de serlo, porque es posible que no tenga un puesto de empleado público directo, pero tendrá una dependencia con la Autoridad que le “fomentó” su espíritu emprendedor.

La historia del Silicon Valley demuestra que mano de obra y fuentes de capital flexibles,  pocos  obstáculos  oficiales  y  buenas  universidades  son  de  gran  ayuda  para  el  establecimiento de  empresas, no el fomento de  competitividad por parte del estado  (subsidios,  ayudas,  programas,  etc),  no  los  clusters,  no  la actividad  dirigida  por  los  burócratas. El buen empresario emprendedor no necesita ayudas del sector público, sólo necesita que  lo dejen hacer, que no lo ahoguen en impuestos y que lo dejen contratar y despedir  sin trabas. O como le respondió Diógenes a Carlo Magno, que no le haga sombra.

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