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  • Presupuesto 2027: una oportunidad para mirar no sólo cuánto gasta Panamá, sino cómo gasta

    Presupuesto 2027: una oportunidad para mirar no sólo cuánto gasta Panamá, sino cómo gasta

    El Presupuesto General del Estado para 2027 ya comenzó su recorrido por la Asamblea Nacional. El proyecto presentado por el Ministerio de Economía y Finanzas asciende a B/.35.111,7 millones, apenas un 0,6% más que el presupuesto modificado de 2026.

    Ese primer dato merece atención porque, en un país acostumbrado durante años a presupuestos que crecen con mayor velocidad, un incremento nominal tan pequeño transmite al menos una intención de contención. No equivale todavía a una reducción del tamaño del Estado, ni mucho menos a una reforma estructural, pero tampoco sería justo ignorar el esfuerzo por mantener prácticamente estable el gasto agregado.

    El ministro de Economía y Finanzas, Felipe Chapman, ha presentado el presupuesto como “responsable, realista y ejecutable”, con énfasis en inversión pública, sostenibilidad fiscal y mayor asignación a los gobiernos locales. El proyecto contempla alrededor de B/.12.564 millones destinados a inversión.

    Hay, por tanto, elementos positivos que conviene reconocer antes de entrar en las preguntas difíciles.

    Una composición algo más saludable

    Uno de los cambios más interesantes está en la estructura del gasto.

    El presupuesto del Gobierno Central bajaría de aproximadamente B/.17.935,6 millones en 2026 a B/.16.534,5 millones en 2027, una reducción cercana al 7,8%. Parte importante de esa caída se explica por un menor servicio de la deuda: pasa de B/.7.938,9 millones a B/.5.496,1 millones, unos B/.2.443 millones menos.

    Ese descenso no significa, por supuesto, que Panamá haya reducido su deuda en esa magnitud. Los vencimientos y operaciones financieras varían de un año a otro. Pero sí libera espacio presupuestario durante 2027 y reduce temporalmente la presión que el servicio financiero ejerce sobre otros usos de los recursos públicos.

    También resulta razonable que el Gobierno intente orientar una proporción mayor hacia inversión.

    La inversión pública bien seleccionada puede resolver cuellos de botella importantes en infraestructura, agua, saneamiento, movilidad, educación o logística. En un país cuya competitividad depende enormemente de su infraestructura y de su posición como centro internacional de servicios, no todo gasto público puede evaluarse simplemente por su monto.

    La pregunta relevante es qué rendimiento social y económico produce.

    Un dólar utilizado para mantener una estructura administrativa innecesaria no tiene el mismo significado que un dólar utilizado para reparar una carretera que conecta una zona productiva con los mercados.

    Por eso el debate presupuestario debería abandonar gradualmente la obsesión por cuánto recibe cada institución y avanzar hacia una discusión sobre qué resultados obtiene con esos recursos.

    El verdadero problema está en el gasto que nadie puede tocar

    Hay, sin embargo, una advertencia especialmente importante.

    Moody’s ha señalado recientemente que Panamá tiene alrededor del 70% del gasto del Gobierno Central sujeto a distintos grados de rigidez, mientras que leyes especiales, escalafones y obligaciones automáticas continúan agregando presión sobre las finanzas públicas. Para 2027, estimaciones citadas durante esta discusión sitúan en aproximadamente B/.340 millones el costo adicional asociado a algunas de esas obligaciones legales.

    Este es probablemente uno de los problemas fiscales más importantes de Panamá y, paradójicamente, uno de los menos visibles.

    Un ministro de Economía puede administrar prudentemente las cuentas y aun así disponer de muy poco margen real para cambiar el destino del gasto ya que existen salarios fijados mediante leyes especiales, escalafones automáticos, transferencias obligatorias o subsidios establecidos previamente. Además, están las asignaciones constitucionales o legales y el servicio de deuda.

    Cada una de esas obligaciones puede haber tenido una justificación política en el momento en que fue creada. El problema aparece cuando se acumulan durante décadas hasta convertir el presupuesto en una enorme estructura de compromisos previamente adquiridos.

    Entonces el presupuesto deja parcialmente de ser una decisión anual sobre prioridades y comienza a parecerse a una factura que simplemente llega todos los años.

    La planilla merece atención, pero sin simplificaciones

    Otro número que merece seguimiento es la planilla estatal, presupuestada para 2027 en aproximadamente B/.7.924 millones.

    Aquí también conviene evitar dos extremos.

    No todo funcionario público es prescindible y no toda contratación estatal constituye malgasto. Médicos, docentes, policías, técnicos jurídicos, ingenieros, investigadores y muchos otros trabajadores realizan funciones que el Estado ha decidido prestar, pero tampoco debería aceptarse que la planilla crezca simplemente por inercia.

    La pregunta correcta no es necesariamente ¿Cuántos funcionarios podemos despedir? sino más bien ¿Qué funciones necesita realmente realizar el Estado y cuántas personas necesita para realizarlas?

    El orden de esas preguntas importa muchísimo.

    Reducir personal sin reformar procesos puede deteriorar servicios. Reformar procesos, digitalizar trámites, eliminar duplicidades y cerrar funciones innecesarias permite después reducir estructuras de manera racional. Eso es desburocratización real, lo contrario es simplemente recorte arbitrario.

    Los B/.37 millones de publicidad: pequeños en el presupuesto, grandes como símbolo

    Durante la sustentación del presupuesto apareció además una partida de aproximadamente B/.37 millones para promoción y publicidad estatal. El propio Chapman expresó sorpresa al conocer el agregado, explicando posteriormente que allí se incluyen también empresas públicas y financieras y que algunas campañas responden a objetivos específicos, como la promoción de la lotería fiscal o la venta de bienes aprehendidos.

    En un presupuesto de B/.35.000 millones, B/.37 millones representan poco más de una décima de punto porcentual y que fiscalmente no resolverán el déficit panameño. Pero institucionalmente son interesantes.

    La publicidad estatal debería superar una prueba relativamente sencilla de responder a la pregunta ¿esta comunicación beneficia al ciudadano o al gobernante?.

    Informar sobre vacunaciones, fechas tributarias, prevención de desastres, cambios regulatorios o servicios públicos puede estar plenamente justificado, pero mostrar una obra terminada acompañada del rostro, nombre o eslogan de quien gobierna pertenece a una categoría bastante diferente.

    No hace falta prohibir toda comunicación gubernamental. Hace falta distinguir con mayor claridad información pública de propaganda política financiada por terceros obligados a pagarla. Y justamente esos terceros son los contribuyentes, mejor dicho, los pagadores de impuestos.

    Más descentralización también exige mejores controles

    El proyecto contempla además mayores recursos para gobiernos locales, algo coherente con una estrategia de descentralización territorial. Chapman ha defendido esa orientación señalando que las regiones deberían tener mayores posibilidades de atender necesidades de acuerdo con sus propias realidades. La dirección es razonable ya que un gobierno central difícilmente puede conocer mejor que una comunidad sus prioridades cotidianas.

    Pero descentralización no significa simplemente transferir dinero desde una burocracia nacional hacia 81 burocracias municipales.

    Para que funcione debe ir acompañada de transparencia, responsabilidad y comparación y como mínimo debe transparentarse cuánto recibe cada municipio, en qué lo utiliza, cuánto cuesta cada obra, quién la ejecuta y qué resultados obtiene.

    La descentralización es poderosa precisamente porque permite comparar. Por ejemplo, si dos municipios reciben recursos semejantes y uno construye una obra por la mitad del costo que otro, alguien debería preguntar por qué.

    Esa información constituye uno de los mecanismos de control más efectivos que existen.

    Las vistas presupuestarias pueden ser más importantes que la aprobación final

    Desde el 17 de agosto, la Comisión de Presupuesto comenzó las vistas de las 96 instituciones incluidas en el proyecto. Cada una deberá explicar sus necesidades, prioridades, programas y proyectos ante los diputados y quizás allí se encuentre la parte más interesante de todo el proceso.

    Porque un presupuesto agregado de B/.35.111 millones dice relativamente poco.

    La información realmente útil aparece cuando comenzamos a bajar niveles.

    ¿Cuánto cuesta una institución?

    ¿Cuánto dedica a personal?

    ¿Cuánto a consultorías?

    ¿Cuánto a alquileres?

    ¿Cuánto a viajes?

    ¿Cuánto a publicidad?

    ¿Cuántos programas diferentes persiguen el mismo objetivo?

    ¿Cuántas entidades realizan funciones similares?

    ¿Cuáles muestran resultados mensurables?

    Es allí donde puede comenzar una conversación adulta sobre eficiencia pública, no desde el prejuicio de que todo gasto es malo, pero tampoco desde la presunción contraria de que todo programa público merece continuar simplemente porque ya existe.

    Panamá no necesita convertir el presupuesto en una guerra ideológica

    El gobierno de José Raúl Mulino nunca se presentó como un experimento libertario ni prometió una reducción radical del Estado asi que evaluarlo con ese estándar como nos gustaría desde nuestra mirada, sería intelectualmente injusto. Y no vamos a hacerlo.

    La evaluación razonable sería investigar dentro del modelo de Estado que el propio Gobierno ha elegido administrar, ¿lo está haciendo con prudencia, profesionalismo y conciencia de las restricciones fiscales?

    Hasta ahora hay algunas señales que merecen reconocimiento: crecimiento presupuestario prácticamente contenido, mayor énfasis declarado en inversión, una reducción importante del servicio de deuda correspondiente a 2027 y un Ministerio de Economía que al menos ha colocado la sostenibilidad fiscal dentro del discurso público. Eso es muy bueno!

    Pero hay también problemas estructurales que ningún ministro puede resolver simplemente administrando mejor el presupuesto anual. A saber, las mayores dificultades están en la rigidez legal del gasto, la expansión acumulativa de compromisos, la planilla, los subsidios, la duplicidad institucional.Y quizás la más importante, la dificultad política de eliminar programas una vez creados y que se van sumando cada año creando capas geológicas burocráticas y de gasto superfluo. Ahí se encuentra probablemente la próxima etapa de la discusión fiscal panameña.

    Del presupuesto del año al Estado que queremos financiar

    El Presupuesto 2027 no parece, al menos en su planteamiento inicial, irresponsable.

    Tampoco es un presupuesto de transformación del Estado.

    Es más bien un presupuesto de administración y consolidación, condicionado por muchas decisiones que Panamá tomó durante las décadas anteriores y quizás precisamente por eso ofrece una oportunidad.

    En lugar de discutir cada año si Educación recibe más, Salud menos o determinada institución consiguió cincuenta millones adicionales, los panameños en general y los representantes en particular podrían comenzar a preguntarse periódicamente algo mucho más elemental: ¿seguiríamos creando hoy todas las instituciones, programas, subsidios y obligaciones que estamos financiando?

    Si la respuesta a alguna de ellas es no, ahí comienza el verdadero ahorro, no en quitarle cinco dólares a cada programa, sino en dejar de financiar aquello cuya razón de existir desapareció.

    Una política fiscal seria no necesita considerar al Estado un enemigo, sino obliga a algo mucho más sencillo y exigente: obligarlo periódicamente a justificar por qué sigue gastando cada balboa que le pide al ciudadano.

  • Gasto público en Panamá: endeudamiento insostenible y servicios ciudadanos descuidados

    En los últimos años, Panamá ha sido testigo de una alarmante tendencia: el crecimiento desmedido del gasto público, que se traduce en un incremento exponencial del endeudamiento nacional. A pesar de este vertiginoso aumento en el presupuesto estatal, los ciudadanos apenas ven mejoras en los servicios públicos y, en muchos casos, sufren la falta de infraestructuras básicas y la ineficiencia de las instituciones gubernamentales.

    El presupuesto estatal para el año 2024 es una clara muestra de esta inmensa expansión del gasto público. Aunque algunos puedan argumentar que este aumento presupuestario es necesario para impulsar el desarrollo y mejorar la calidad de vida de los ciudadanos, la realidad es muy diferente. En muchos casos, este gasto excesivo se traduce en proyectos poco transparentes y políticas clientelistas que benefician a unos pocos en detrimento de la mayoría. Sin olvidarnos el detalle no menor de su ejecución en medio de una contienda electoral.

    Uno de los principales problemas de un alto gasto público sin un control adecuado es el incremento del endeudamiento. Cada vez que el gobierno gasta más de lo que ingresa, se ve obligado a recurrir a préstamos para cubrir la diferencia. Esto no solo aumenta la deuda nacional, sino que también representa una carga para las futuras generaciones, quienes deberán asumir las consecuencias de las decisiones fiscales irresponsables del presente.

    El endeudamiento insostenible no solo afecta a las finanzas públicas, sino también a la economía en su conjunto. Una elevada deuda pública puede llevar a un aumento de los intereses y comprometer la capacidad del gobierno para invertir en áreas prioritarias como la seguridad y justicia, la salud, educación y la infraestructura. Además, puede generar incertidumbre entre los inversores y desincentivar la inversión privada, lo que impacta negativamente en el crecimiento económico del país.

    Por otro lado, el ciudadano común se ve afectado por el alto gasto público de diversas maneras. A pesar de que el gobierno tiene más recursos a su disposición, la calidad de los servicios públicos no mejora significativamente. La falta de infraestructuras adecuadas, la escasez, pero fundamentalmente la mala asignación de recursos en sectores como los ya señalados, y la ineficiencia en la prestación de servicios básicos son problemas que persisten.

    Además, la burocracia y la corrupción en el aparato gubernamental también juegan un papel importante en el desvío de fondos y la falta de resultados tangibles para la población. En muchos casos, el alto gasto público se traduce en un enriquecimiento ilícito de unos pocos funcionarios y empresarios vinculados a la clase política, mientras que los ciudadanos comunes siguen enfrentando dificultades y carencias.

    Para revertir esta situación nefasta y dañina, es fundamental que el gobierno adopte una política de gasto público responsable y transparente. Es necesario establecer mecanismos de control y rendición de cuentas para evitar el mal uso de los recursos públicos. Además, es fundamental priorizar la inversión en áreas clave señaladas y dejar el resto de actividades al desarrollo en manos privadas.

    Asimismo, es crucial promover la participación ciudadana y la transparencia en el proceso presupuestario. Los ciudadanos deben estar informados y tener voz en las decisiones que afectan sus vidas y su futuro. Solo a través de una gestión responsable y una verdadera rendición de cuentas, se podrá evitar el endeudamiento excesivo y mejorar la calidad de los servicios públicos en beneficio de todos los panameños.

    En conclusión, el aumento desmedido del gasto público en Panamá es una situación preocupante que exige una reflexión profunda por parte de las autoridades y la sociedad en su conjunto. El endeudamiento insostenible y la falta de mejoras en los servicios ciudadanos son señales claras de que es necesario cambiar el rumbo y adoptar políticas fiscales responsables y transparentes. Solo así se podrá construir un futuro próspero y equitativo para todos los ciudadanos panameños.

  • Gasto público panameño: su evolución en los últimos 20 años

    Una de las herramientas con que cuenta el estado para ejecutar sus planes de gobierno, es el gasto. Los recursos que sostienen el gasto provienen básicamente de dos fuentes de fondos; los aportes de los ciudadanos, recaudados a través del cobro de impuestos y tasas, y la toma de créditos, tanto internos como externos, los cuales se encuentran condicionados por la capacidad productiva.

    Este artículo presenta y relaciona el comportamiento histórico del gasto neto del sector público y la capacidad de producción total de bienes y servicios, medido en el PIB de Panamá, durante los últimos 23 años, destacando los respectivos períodos presidenciales.

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    Desde el año 1999 al 2021 el gasto (Gráfico 1.a) se ha venido incrementado año tras año, a excepción del 2001 y 2005, acumulando una diferencia de B/.22,214 millones, a un ritmo más o menos acelerado, dependiendo de las características de la gestión de gobierno realizada en cada periodo presidencial (Grafico 1.b).

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    Considerando períodos completos de presidencias, se puede clasificar como la gestión con menor gasto a la de M. Moscoso, que inició (1999) con B/.4,585 millones y terminó (2004) con B/.7,022 millones, dando como resultado un incremento de B/.2,437 millones.

    Le sigue, en segundo lugar, la gestión de M. Torrijos (2004-2009) con un aumento del gasto de B/.3,254 millones, representando una diferencia porcentual con la anterior de 33.5%.

    En tercer lugar, se encuentra la gestión de J.C. Varela (2014-2019) con un incremento de B/.4,935 millones, en donde se produjo el aumento más acelerado con una diferencia porcentual de 51.7%.

    Finalmente, R. Martinelli concluyó su periodo presidencial con un incremento de B/.6,466 millones, siendo su diferencia porcentual de 31.1%, representando un ritmo menor con la anterior de 2.4%.

    Teniendo en cuenta que a la gestión actual del presidente Cortizo le falta el cierre de tres períodos anuales (2022-2024), se observa que inició (2019) con un gasto de B/.21,677 millones, cifra que aumentó a B/.26,799 al cierre preliminar del año 2021, representando un incremento diferencial de B/.5,122 millones. Si se proyecta, en un escenario optimista, su gasto a futuro (2024), podría sufrir un incremento diferencial cercano al doble del actual, al alcanzar un gasto de B/.30,000 millones.

    En lo que respecta al producto interno bruto (Grafico 2.a), se incrementó en B./47,268 a un ritmo mas o menos acelerado, dependiendo de las características de la gestión de gobierno realizada en cada período presidencial (Grafico 2.b).

    El crecimiento fue interrumpido en el 2020, en donde se sufrió una abrupta caída del 19.26%, atribuible a las medidas tomadas para combatir la pandemia, las cuales condujeron a un importante cierre de la economía productiva privada del país. En el 2021 se retoma el crecimiento para llegar a los B/.59.224 millones, valor que retrocede a lo generado a fines del 2017. Dicho de otra forma, se han perdido más de 4 años de productividad.

    Haciendo un ejercicio de futurología proyectando valores, a mediados del 2023 se alcanzaría al PIB del 2019, para recién en el año 2027 alcanzar un valor semejante al que se hubiera logrado si no se hubiera sufrido el retroceso del 2020.

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    Al clasificar las gestiones presidenciales bajo este indicador, se ubica a la de R. Martinelli (2009-2014) con el mayor incremento, que ascendió a B/.22,805 millones.

    Seguido por la gestión de J.C. Varela (2014-2019) con un aumento de B/.16,879 millones, la de M. Torrijos (2004-2009) con B/.12,105 millones y la de M. Moscoso (1999-2004) con B/.3,057 millones.

    Durante la gestión actual, se observa que inició su periodo (2019) con B/.66,801 millones para descender a un valor preliminar de B/.59,224 millones en el año 2021, representando una caída de B./7,577 millones, quedándole tres cierres anuales para remontar este valor.

    Teniendo en vista los datos expuestos, hasta aquí, se puede afirmar que Panamá se encuentra inmersa en una profunda crisis económica, que repercute en lo social, al sufrir un importante aumento del gasto del gobierno central y una abrupta caída de la productividad expresada por el PIB.

    En el Gráfico 3.a se puede observar la relación porcentual, desde el año 1999 hasta el 2021, del gasto efectuado por el gobierno versus la productividad del país (PIB) y en el Grafico 3.b se presenta el porcentaje diferencial acumulado en cada período presidencial.

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    Este último gráfico supone un resumen del comportamiento del gasto y su peso sobre el PIB en los últimos 23 años, que nos lleva a la siguiente conclusión: en manejo de gasto, hay algunos períodos que salen mejor parados y otros no tanto. Eso es independientemente de la opinión sobre el gasto que cada uno pueda sostener. Y tampoco dice mucho sobre la calidad del gasto, que no es lo analizado en este caso.

    Por el lado de los que lograron bajar la relación gasto/PIB, o el peso del gasto sobre la productividad del país, claramente el primer lugar es la gestión de M. Torrijos (2004-2009).

    En su gestión, se logró disminuirla en un 8.9%, manteniendo los valores anuales de esa relación (gasto/PIB) en el orden del 35%, como resultado de haber controlado el nivel del gasto, principalmente en sus tres primeros años de gobierno. Al mantener sostenido el crecimiento del PIB, el cual se ubicó por encima del 10% en el 2005, 2006 y 2007, se absorbió el incremento del gasto.

    Le sigue la gestión de R. Martinelli (2009-2014) con una disminución del 4.4%, manteniendo la relación alrededor del 37%. Ello se debió porque a pesar de que realizó un fuerte aumento del gasto éste mismo fue acompañado en igual medida por el PIB.

    Luego la gestión de J. C. Varela (2014-2019) disminuyó el 1.1%, debido a un crecimiento proporcional del gasto en relación al PIB.

    Por el lado de quienes salen mal respecto a la gestión del gasto, aumentando el peso sobre el PIB, está la administración de M. Moscoso (1999-2004), que registró un incremento de 8.4%, debido a un ritmo lento de crecimiento del PIB, acompañado de un gasto más acelerado.

    Finalmente, en la gestión actual (2019-2021), la relación entre el gasto y el PIB presenta un fuerte aumento en el 2020, pasando de 32,4% al 44.5%, debido a la fuerte caída del PIB (19.3%) y aumento del gasto. Esta relación porcentual se logró contener en el 2021 al cerrar con una incidencia de 45%; sin embargo, a pesar de haberse logrado aumentar el PIB (9.8%) el fuerte crecimiento del gasto (11.5%) no logró mejorar esa relación.

    Curiosamente, el período mejor puntuado y el peor, van de la mano del mismo ministro de Economía, y si bien la pandemia del Covid es un hecho que no puede desconocerse, también cabe recordar que en el 2008 también hubo otra crisis financiera global, la más grave post 1929.

    En el siguiente cuadro se resume el posicionamiento de las gestiones presidenciales realizada según cada indicador:

    Lamentablemente estos resultados confirman la afirmación de que se necesita revisar y controlar el gasto público si no se quiere empeorar la situación. Quedan por delante años muy duros y todo depende del rumbo que tome el gobierno en sus tres poderes (ejecutivo, legislativo y judicial) para suavizarlos y queda en evidencia que no sólo es controlar el gasto, sino también crear un ambiente favorable para la producción. Estos dos son factores claves, entre otros, para lograr un crecimiento sostenible.