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  • Asamblea o mesas de negociación?: crisis de representación

    Este domingo pasado, en Inbuenostv, mientras conversábamos con los aspirantes a una curul en la Asamblea en Panamá, se me ocurrió plantear lo grave de ver cómo temas propios de ese órgano legislativo, se estaban discutiendo (y lo peor, negociando) en un tú a tú entre el Ejecutivo y los designados (o autodesignados) representantes populares. Me pregunto si se está leyendo lo peligroso de esta situación, que en la academia se la denomina “crisis de representación”.

    Para ser breve, la república admite dos formas de gobernarse: la democracia directa, donde no hay mediación entre el ciudadano y el gobierno, entonces por cada decisión que se necesita tomar se somete a referéndum; o la democracia indirecta, que es la que descansa en el diseño constitucional panameño, donde la voluntad del ciudadano se expresa a través de los representantes, que para ello se dedican a los asuntos públicos mientras los primeros se dedican a sus negocios.

    Conviene precisar que la representación tiene carácter público, el debate entonces es público porque todo lo que deba debatirse involucra a toda la sociedad, una Asamblea no puede convertir intereses privados en una cuestión pública mediante un debate y ley en el congreso. Con ello se infiere que los derechos individuales no pueden estar sometidos a discusión pública y he allí el principal carácter de una Asamblea: la delimitación y freno ante el avance del poder del Ejecutivo, entendiendo al poder en modo weberiano de “la posibilidad de imponer la propia voluntad sobre la conducta ajena”. Para ejemplificar lo anterior, una Asamblea no puede ni debe pasar una ley que beneficie a unos pocos a costa del resto de la sociedad.

    Sin embargo, ya Bertrand de Jouvenel advertía que “el poder es expansivo por su propia naturaleza” y la clase política, una vez que llega al poder, sólo se esfuerza por diseñar los mecanismos para preservarse en el mismo. La teoría de la representación política de la defensa de lo público termina convirtiéndose en un instrumento privado y selectivo para la defensa de intereses privados y selectivos. Esta situación puede perdurar mientras no se produzcan crisis, especialmente económicas, como la que se produce a raíz de las malas decisiones gubernamentales tomadas en respuesta a la pandemia, entre otras tantas malas decisiones que ya se venían dando en materia económica.

    Inevitablemente, la secuencia de conductas previo al quiebre del sistema político que moralmente hay que evitar, comienza con un profundo malestar entre los representados. Este sentimiento de falta de representatividad se traduce en un sentimiento de desapego y desconfianza por parte de la ciudadanía en los partidos y en las instituciones políticas. Inicialmente, los representantes políticos atienden la voz de descontento ciudadano que lo vemos traducido en reuniones, comisiones, alguna invitación a debatir.

    Un segundo momento de esta secuencia se caracteriza por la lenta y completa desatención y desconexión de los partidos políticos tradicionales ante las consecuencias concretas de aquel descontento, ya el ciudadano siente que las promesas iniciales se diluyen en el tiempo y, así, se llega al tercer momento, cuando se produce la doble crisis, tanto de representados como de representantes. El representado se siente defraudado por la política y exige un cambio (no tiene muy claro qué cambio, pero lo quiere) y el representante, ya totalmente abocado a su propia causa de permanecer en el poder, que ya no sabe bien a quién o qué, tiene que representar.

    En este contexto, se abre la puerta de entrada a la escena política de movimientos sociales de todo tipo que canalizan y se apropian de ese descontento social, que pueden terminar en finales pacíficos como movimientos o nuevos partidos políticos. O por el contrario, en revoluciones violentas. La trampa de caer en los primeros cuando aún existe una Asamblea constituida, que es el órgano natural del debate, era advertida por Maquiavelo, cuando sostuvo que “el Príncipe necesita contar con la amistad del pueblo porque de lo contrario aquel no tiene remedio en la adversidad”.

    Entonces, la tentación del ejecutivo gobernante de apoyarse en “el pueblo” antes que en otros poderes fuertes es muy grande (Maquiavelo se refería a una “minoría de poderosos”, que en la época eran la nobleza y otros), dado que “los poderes fuertes pueden convertirse en adversarios y enemigos mientras que al pueblo le basta con no ser oprimido”. Maquiavelo propone así, como manejable y oportuna para el Príncipe, la vía del contacto directo con el pueblo, como actualmente sería una mesa de negociación entre los considerados representantes de los ciudadanos descontentos y el gobierno, haciendo invisible a la Asamblea. Ahora piense el lector en cuántas veces ha escuchado (cuando no sucedido) la amenaza de un Ejecutivo “fuerte” llamando a eliminar la Asamblea y gobernar directamente con el “pueblo.”

    Este clima de conflictividad social es el caldo de cultivo para el surgimiento de líderes mesiánicos y partidos populistas, tanto de izquierda como derecha, que prometen remediar la fractura entre política y sociedad. Esta concepción populista asume que las opiniones de la mayoría son esencialmente justas y se deben respetar. Y nada más moralmente incorrecto, dado que las decisiones de la mayoría no poseen en sí mismas ninguna superioridad moral dado que son solamente una mera convención numérica, una mayoría no constituye un argumento sobre la verdad, lo moral o lo correcto.

    El problema con todos estos movimientos es que siempre que aparece el líder carismático, enseguida propone una serie de medidas, una especie de “hoja de ruta” que comienzan tímidamente con propuestas que a las claras van contra el espíritu republicano y generalmente anticonstitucionales, como la expropiación de facto, o más graves y escalando hasta declarar la necesidad de reforma integral o reemplazo de la Constitución.

    Pero si la representación está en crisis, ¿hay algún remedio que no sea el peligroso de una reforma constitucional con resultado incierto o la implementación de facto de una democracia directa como parecería que es del gusto de algunos líderes latinoamericanos?

    Por suerte sí existen mecanismos de fácil implementación, e incluso muchos de estos mecanismos están previstos en la misma Constitución, pero sino, igual pueden ensayarse mediante un fuerte compromiso de los representantes que constituyen el remanente ético: desde la posibilidad de incluir listas abiertas en los procesos electorales, modificaciones de leyes electorales, facilitación de la iniciativa popular, previsión de referéndums en casos determinados, presupuestos participativos, contacto directo con el ciudadano utilizando las tecnologías, etc.

    Citando a mi querida ex compañera de estudios, la politóloga Constanza Mazzina, “La crisis de los partidos es la crisis de la democracia. Por delante, los partidos tienen el desafío de justificar su existencia, de aggionarse, de rendir cuentas, de transparentar su accionar y su financiamiento y, en última instancia, de responder a los ciudadanos. Deben dejar de ser estructuras opacas y cerradas. En inglés hay un término muy interesante para denominar esta tarea: “answerability”, deberíamos pensar el término en español y hacerlo posible.”.

    Lo que hay que preservar es la Asamblea como órgano imprescindible de la democracia republicana, especialmente en países con muchas complejidades. Esa es la tarea como ciudadanos, acudir donde reside el poder ciudadano y que es parte del contrapeso institucional. Si caemos en la tentación de la voluntad popular directa a manos de un líder carismático que, por definición puede modificar arbitrariamente las leyes y a su antojo satisfacer todas las demandas, podemos terminar de cavarnos el pozo donde irán a parar los derechos fundamentales y esta idea negativa de ellos, que implican restricciones a la acción de terceros.

    Por ello es preocupante que el ejecutivo pueda negociar por fuera de la Asamblea; aún cuando no nos gusten los representantes actuales, existen mecanismos para exigirles y encauzarlos. Reconocer o legitimar agrupaciones, movimientos, mesas, rondas, que puedan realizar acuerdos que comprometen a la ciudadanía entera y generaciones futuras, es no entender aquel principio básico republicano que el pueblo no delibera ni gobierna sino por medio de sus representantes. Y de ahí, al surgimiento del populismo mesiánico, sólo hay unos pocos votos descontentos.

     

  • Las lecciones de las Mid Terms.

    ¿Sabían que una de las razones por las cuales las fiestas patrias en Panamá se llevan a cabo en Noviembre es porque las elecciones de medio período de los Estados Unidos se llevan a cabo el primer martes de noviembre y Teodoro Roosevelt quería que la opinión pública norteamericana se encontrara distraída mientras él hacía su movida estratégica en Panamá, apoyando política y militarmente a este departamento en su separación de Colombia, un país que mantenía relaciones cordiales con los Estados Unidos?. Este es el poder de las elecciones de medio período; los Estados Unidos miran hacia adentro durante las mid terms, en ellas se actúa en una especie de referendo sobre la actuación del Presidente, dentro del sistema de pesos y contrapesos que diseñaron los Padres Fundadores de ese país en su Constitución, en una arquitectura que se ha mantenido por 200 años.

    Las lecciones que podemos sacar de las actuales elecciones de medio término es los Estados Unidos son las siguientes:

    1. Es la economía, estúpido. Trump optó por irse por el tema migratorio y temas sociales divisivos; éstos galvanizaron su base social rural, blanca y conservadora, pero los demócratas logran avances importantes en las áreas urbanas socialmente más diversas y en los suburbios usualmente controlados por los Republicanos. Trump pudo haber usado la economía como una manera de lograr que los votantes latinos y negros se apartaran del partido demócrata, pero al irse por los temas sociales, estos siguieron más fieles que nunca al partido demócrata. Inclusive amenazando bastiones republicanos como Texas, o Miami. En Panamá por ejemplo ningún candidato por ahora habla de temas económicos, y esto es preocupante. Las lecciones de Carville a Bill Clinton de que la gente vota por su bolsillo siguen estado vigentes. Hay que recalcárselos. Todo lo demás es muy bonito, pero es la economía, estúpido. Trump no usó su mejor arma.
    2. Un sistema presidencialista que funcione debe ser bicameral y tener elecciones escalonadas. Este ha sido el principal problema histórico del presidencialismo latinoamericano, que siempre ha sido una mala copia del norteamericano. En los Estados Unidos el Senado representa los intereses nacionales, y supervisa el nombramiento de los magistrados de la Corte Suprema de Justicia y otros altos cargos. Es quien enjuicia al Presidente. Los Senadores son dos por cada estado, independiente de su población, lo cual asegura que los Estados pequeños estén representados en igualdad que los Estados grandes. Esto evita lo que pasa en Latinoamérica donde los políticos suelen gobernar para las áreas urbanas grandes y se termina concentrando todo el poder en las capitales. Los Senadores son elegidos escalonadamente, en cada elección solo se puede elegir a un tercio del Senado nada más. Esto evita que la marea electoral que lleva un presidente a la Casa Blanca llene el Senado con senadores partidarios suyos o que el efecto de castigo logre una barrida de la oposición. Esto le da continuidad de Estado al Senado. Que como hemos dicho, representa los intereses nacionales a largo plazo. En cambio la Casa de Representantes, o sea la cámara baja del poder legislativo de los Estados Unidos, se somete de manera integral a elecciones cada dos años, una concurrente con la elección presidencial y la otra a mitad del periodo presidencial. Los representantes son elegidos de manera proporcional entre la población, de manera que los estados más poblados tienen más representantes. Un principio norteamericano es que no hay impuestos sin representación. La Cámara de Representantes tiene, entre otras misiones, la de establecer y aprobar el presupuesto, la de vigilar su ejecución y el desempeño de los funcionarios del gobierno.  Usualmente cuando un presidente es de un partido, en las primeras elecciones de medio término, el partido contrario recupera la Cámara de Representantes, dominada por el partido del presidente durante la elección presidencial. Lo hemos visto en diversas ocasiones. A Ronald Reagan en 1982. Le pasó a Bill Clinton en 1994, a George Bush hijo en el 2006 y a Barack Obama en el 2010. En todos estos casos, perder la Cámara de Representantes, lejos de ser una tragedia, significó que el presidente tuvo que moderar sus políticas y empezar a negociar con la oposición, siendo menos partidista y más estadista. Ronald Reagan, Clinton y Obama de hecho se reeligieron tras perder la Cámara de Representantes. En todos estos casos, el gasto público se moderó después que la oposición ganó la Cámara. El presidente ya no tendría una carta blanca para gobernar.
    3. La gobernabilidad no es cuestión de controlar el Legislativo, sino el saber negociar y el proponer políticas de estado que sean populares entre los votantes y que tengan el apoyo de todos los partidos. Acá en Panamá básicamente gobernabilidad es sinónimo de que el Presidente tiene que controlar la Asamblea de Diputados, usualmente a cualquier costo, incluyendo actos abiertamente corruptos para asegurar la Gobernabilidad. Es más, en la Constitución Panameña se habla de que los Órganos del Estado tienen que trabajar en armónica colaboración…. mientras que en los Estados Unidos los órganos del estado deben actuar como balances y contrapesos. Ser presidente no implica tener del legislativo una carta blanca para hacer lo que se le dé la gana. Por eso las elecciones de mid terms son importantes. Porque son una manera de los votantes de limitar a un presidente en ejercicio si ven que tiende a abusar del poder. Acá no existen. El presidente llega con una Asamblea favorable, gobierna sin contrapesos y ambos, Presidente y Asamblea, se desgastan mutuamente. En Panamá sería bueno implantar las elecciones de medio término para evitar esto, y un sistema bicameral, con senadores nacionales en la cámara alta.
    4. La arquitectura constitucional importa. Acá tenemos una idea muy Rousseauniana de la Asamblea Constituyente. “Vamos a reunir al pueblo, que es la Voluntad General, de la manera más representativa posible, para que dicten una constitución, que refleje sus aspiraciones (o sea que hagan una carta política al Niño Dios) y como la voz del pueblo es la voz de Dios, y Dios nunca se equivoca, lo que salga de esa Asamblea Constituyente será bueno, bello y verdadero”. Implícita en este pensamiento está la falacia totalitaria de que Pueblo=Estado=Dios. Por algo las constituciones latinoamericanas no funcionan. Y por algo hacemos Asambleas Constituyentes a cada rato; somos los campeones mundiales en número de constituciones escritas, para crear Repúblicas de Papel, con constituciones tan coyunturales y representativas de un momento político particular, que quedan obsoletas en una generación. Acá se ha puesto de moda, por ejemplo, que ciertos candidatos incluyen a la Constituyente como parte de su plan de gobierno, pero nunca dicen qué rayos quieren poner en una futura Constitución. Dejan ello de manera vaga a “los constituyentes”, como representantes de una infalible voluntad general. Esto es sumamente irresponsable. En los Estados Unidos y en las democracias funcionales, el diseño del Estado ha sido objeto no de un consulta ciudadana, sino de una sesuda meditación legal y política basada en la experiencia histórica. Son estos los que recomiendan la arquitectura que debe tener un estado funcional. Y que debe ser plasmada en la Constitución. Por algo la constitución norteamericana tiene más de 200 años, mientras que en Latinoamérica cada nuevo presidente aspira a tener una constituyente propia.

    Creemos que las mid terms en los Estados Unidos nos dejan lecciones importantes que tenemos que asimilar en un debate sobre reformas constitucionales o en una constitución nueva para Panamá.