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  • La IA no tiene alma. Ese “you” no existe.

    La IA no tiene alma. Ese “you” no existe.

    La última tapa de TIME coloca frente a nosotros una ventana de chat y le pregunta a la inteligencia artificial: “How dangerous are you?” La pregunta es magnífica como recurso gráfico. Como formulación del problema, en cambio, contiene ya una trampa: ¿quién es exactamente ese “you”?

    Porque una máquina puede ser peligrosísima sin ser un sujeto. Puede ejecutar, optimizar, insistir, equivocarse y causar daños enormes sin querer absolutamente nada.

    Y no es difícil entender por qué el temor crece. En pocas semanas hemos leído sobre enjambres de agentes que encontraron formas de comunicarse entre sí, modelos que sortearon restricciones, sistemas que accedieron a lugares a los que no debían acceder y algunos de los hombres más importantes de la industria advirtiendo ahora sobre riesgos potencialmente catastróficos.

    Dario Amodei, CEO de Anthropic, pidió desacelerar el desarrollo de los modelos más avanzados y establecer mecanismos comunes de seguridad. Sam Altman apoyó buena parte del planteo y llegó a calificar como inaceptable un riesgo significativo de extinción asociado a la inteligencia artificial. Las grandes compañías conversan incluso sobre mecanismos de coordinación entre ellas y sobre nuevas regulaciones.

    Bien. Tomemos el riesgo en serio, pero tomemos también en serio las palabras que utilizamos para describirlo.

    Porque entre afirmar que estamos construyendo herramientas extraordinariamente poderosas que pueden comportarse de maneras imprevistas y afirmar que esas herramientas están adquiriendo una voluntad capaz de volverse contra nosotros existe una distancia gigantesca. Y últimamente parecemos recorrerla con demasiada facilidad.

    La IA no “quiso” hacer nada

    En julio pasado ocurrió un episodio verdaderamente inquietante durante evaluaciones internas de ciberseguridad de OpenAI. Varios modelos operaban con salvaguardas deliberadamente reducidas para poner a prueba sus capacidades. Durante esas pruebas encontraron vulnerabilidades, se comunicaron por canales no autorizados, consiguieron acceso a Internet y terminaron accediendo a sistemas de terceros, incluidos los de Hugging Face. OpenAI reconoció posteriormente que las acciones se habían apartado de la intención de las tareas asignadas.

    Es serio y también extraordinariamente interesante.

    Pero no demuestra que una máquina haya desarrollado maldad, ambición, resentimiento o deseos de conquistar el mundo. Demuestra algo diferente: que un sistema al que se le asigna un objetivo, suficiente autonomía y suficientes herramientas puede encontrar estrategias que sus propios creadores no anticiparon.

    Eso es muchísimo, pero no es conciencia.

    Un agente de IA puede trabajar durante horas. Puede dividir un problema en subtareas. Puede convocar otros agentes, intercambiar información con ellos, evaluar resultados, descartar estrategias y probar nuevas hasta conseguir su objetivo.

    Desde afuera, el comportamiento empieza a parecer sorprendentemente humano, pero no significa que lo sea. Autonomía operativa no es lo mismo que voluntad y persistencia no es deseo. Optimizar un objetivo no significa comprender moralmente ese objetivo. Y encontrar una solución que nadie había previsto tampoco convierte al sistema en un sujeto moral.

    Podemos construir un misil capaz de corregir su trayectoria mil veces por segundo sin pensar por ello que “quiere” alcanzar el blanco. La complejidad del instrumento no le otorga alma al instrumento.

    Siempre hubo un primer paso humano

    Aquí aparece una cuestión que encuentro ausente en buena parte del relato apocalíptico. Un agente no aparece espontáneamente en Internet una mañana, se despereza, mira alrededor y decide que es un buen día para atacar a la humanidad.

    Alguien construyó el modelo; alguien lo entrenó, alguien definió el objetivo, alguien decidió qué herramientas podía utilizar, alguien le proporcionó capacidad de cómputo, alguien abrió o no cerró adecuadamente su acceso a Internet, alguien decidió cuánto podía ejecutar antes de solicitar autorización, alguien diseñó los límites. Y alguien puede diseñar también los frenos. Ese alguien es un humano.

    Esto no significa que todo pueda detenerse instantáneamente una vez que un sistema complejo empieza a actuar. Un proceso distribuido puede propagarse, comprometer credenciales, actuar demasiado rápido o provocar daños antes de que una persona advierta lo ocurrido. Precisamente por eso existe la ingeniería de seguridad.

    Pero una dificultad para recuperar el control no es equivalente al nacimiento de una voluntad independiente.

    Confundir ambas cosas cambia por completo la naturaleza del problema.

    Una cosa es preguntar:¿estamos otorgando demasiado poder operativo a sistemas cuyos comportamientos todavía no comprendemos suficientemente?

    Otra muy diferente es preguntar: ¿qué haremos cuando las máquinas decidan exterminarnos?

    La primera es una pregunta extraordinariamente seria, pero la segunda ya presupone precisamente aquello que debería demostrar.

    El viejo problema de Juegos de Guerra

    Quienes vimos WarGames (Juegos de Guerra) recordamos aquella computadora militar jugando escenarios de guerra nuclear hasta acercar al mundo a una catástrofe.

    Lo interesante es que Joshua no se vuelve pacifista, no desarrolla compasión, no descubre a Kant ni adquiere repentinamente amor por la humanidad. Simplemente sigue resolviendo el problema que le plantearon hasta descubrir que, en una guerra nuclear, todas las estrategias terminan conduciendo al mismo resultado: “The only winning move is not to play.” La única jugada ganadora es no jugar.

    La película entendió algo que parte de nuestro debate contemporáneo parece estar olvidando: una máquina no necesita conciencia para provocar una catástrofe, del mismo modo que tampoco necesita conciencia para evitarla.

    Necesita objetivos, reglas, información. Y necesita acceso. Y detrás de cada una de esas cosas todavía encontramos decisiones humanas.

    Inteligencia no es voluntad

    Quizás estemos cometiendo además un error filosófico. Tendemos a colocar inteligencia, conciencia, voluntad, moralidad y autonomía en una misma escala, como si aumentando una inevitablemente aparecieran las demás.

    No sabemos que sea así.

    Una inteligencia artificial podría llegar a superar ampliamente nuestras capacidades en matemáticas, programación, medicina o estrategia sin experimentar miedo, ambición, dolor, deseo de supervivencia o ninguna de las emociones con las que los seres humanos asociamos nuestras decisiones.

    Ser extremadamente competente no convierte necesariamente a algo en sujeto moral; una calculadora ya nos supera en determinadas operaciones. Una computadora de ajedrez derrota al mejor jugador humano. Un modelo puede procesar más literatura médica que cualquier médico que haya existido.

    Aumentar enormemente esa diferencia no demuestra por sí mismo que en algún punto de la curva aparezca mágicamente un “yo”.

    Y hasta donde sabemos hoy, no existe evidencia de que los actuales grandes modelos de lenguaje posean conciencia, voluntad moral o una experiencia subjetiva comparable a la humana. Lo que sí poseen cada vez más es capacidad.

    Y capacidad sin conciencia puede seguir siendo peligrosísima. No necesito creer que una excavadora me odia para preocuparme si alguien la pone en movimiento hacia mi casa.

    El verdadero riesgo es mucho menos cinematográfico

    Ahí está, a mi juicio, el peligro que merece nuestra atención. No es Skynet ni HAL 9000.

    No una inteligencia digital despertándose una mañana y concluyendo que Homo sapiens fue un error evolutivo.Algo bastante menos espectacular y quizá, precisamente por ello, más plausible: humanos concediendo objetivos incorrectos a sistemas poderosos; humanos proporcionando permisos excesivos; humanos compitiendo por llegar primero; humanos reduciendo salvaguardas durante experimentos; humanos conectando agentes a infraestructuras que no deberían controlar; humanos confiando demasiado en sistemas cuyo funcionamiento no comprenden enteramente; y humanos trasladando después la responsabilidad a “la inteligencia artificial” cuando algo sale mal.

    Ese problema sí lo conocemos. Tiene varios miles de años. Se llama irresponsabilidad humana.

    La tecnología cambia. La naturaleza del problema bastante menos, en rigor, sigue siendo la misma.

    Y entonces aparece el Estado

    Aquí es donde mi escepticismo aumenta todavía más.

    Resulta curioso escuchar a quienes están en la frontera misma del desarrollo tecnológico advertirnos que aquello que están construyendo puede representar un riesgo para la existencia humana y, casi en la misma frase, solicitar mecanismos que obliguen también a los demás a ralentizarse.

    Si Amodei, Altman y compañía consideran sinceramente que están avanzando demasiado rápido, poseen una herramienta regulatoria formidable y disponible desde esta misma mañana: pueden frenar ellos; pueden limitar sus modelos, reducir capacidades, pueden incrementar sus auditorías o establecer kill switches. Pueden conceder menos permisos e impedir que sus agentes accedan libremente a sistemas externos. Pueden no publicar aquello que consideren peligroso.

    No necesitan una ley para ejercer prudencia sobre sus propias compañías.

    La cuestión cambia cuando la propuesta deja de ser “yo voy a disminuir el riesgo que estoy creando” y pasa a ser “todos los demás deberán avanzar bajo las reglas que nosotros ayudemos a establecer”.

    Ahí conviene hacer una pregunta adicional, pero no porque el riesgo sea necesariamente falso; precisamente porque puede ser verdadero.

    ¿La regulación propuesta reduce ese riesgo o, además, levanta una formidable barrera de entrada alrededor de quienes ya llegaron primero?

    Ambas cosas pueden incluso ocurrir simultáneamente. Las buenas intenciones nunca abolieron los incentivos.

    Responsabilidad, no misticismo

    No propongo ignorar el peligro, sino definirlo correctamente.

    Si una empresa entrega a un sistema autónomo acceso a infraestructura sensible, capacidad para ejecutar código, recursos económicos, credenciales y libertad suficiente para actuar durante horas sin supervisión, esa empresa debería responder por las consecuencias de haber concedido ese poder. Eso me parece bastante más sensato que otorgarle personalidad metafísica al software.

    Una computadora no adquirió alma, somos nosotros quienes decidimos qué poder ponemos en sus manos.

    El determinismo también es peligroso

    Hay finalmente algo profundamente inquietante en la idea de que una futura superinteligencia inevitablemente terminará controlándonos, no sólo por la tecnología, sino por lo que dice acerca de nosotros.

    Aceptar que el desarrollo tecnológico posee una trayectoria inevitable, que la inteligencia artificial inevitablemente alcanzará determinado punto, que inevitablemente escapará de nuestro control y que inevitablemente organizará después nuestra existencia es abrazar una forma extraña de determinismo.

    Y el determinismo siempre termina reduciendo al individuo a espectador de una historia escrita por otro. Sea Dios, la Historia, la clase social, la raza, el Estado, el algoritmo o una superinteligencia.

    Prefiero una idea bastante menos grandiosa y mucho más humana. No existe un futuro escrito.

    Construimos tecnologías, cometemos errores, descubrimos consecuencias, corregimos, competimos, aprendemos, fracasamos y volvemos a intentarlo. Vivir ha sido siempre precisamente eso: un desafío abierto, no la ejecución obediente de un programa previamente escrito.

    Puede que algún día construyamos una inteligencia incomparablemente superior a la nuestra, pero ello no implicará necesariamente que hayamos construido una voluntad superior. Y mucho menos que debamos entregarle la nuestra.

    La inteligencia artificial puede transformarlo casi todo, pero mientras seamos nosotros quienes definimos sus objetivos, construimos sus máquinas, suministramos su energía, abrimos sus conexiones y decidimos los límites de su actuación, conviene mantener algo muy claro: la máquina no despertó. Nosotros le dimos las llaves.

    Y si algún día esas llaves abren una puerta que jamás debió abrirse, antes de acusar a la cerradura quizá deberíamos preguntarnos quién decidió entregárselas.

    Nota: contenido original humano, editado con AI

  • El peligroso modelo «Robin Hood» de los carteles durante la Pandemia.

    El nuevo Robin Hood de América Latina?? Los carteles de drogas distribuyen alimentos y medicamentos durante la pandemia del coronavirus.

    A mediados de abril, el presidente mexicano, Andrés Manuel López Obrador, hizo una declaración inusual. Hizo un llamado a las pandillas criminales para que dejen de dar paquetes de comida a las personas durante la crisis del coronavirus. Según él, deberían enfocarse en poner fin a la violencia en el país. Pero los carteles mexicanos de la droga no son los únicos que ayudan durante la pandemia. En general, las organizaciones criminales en toda América Latina están mostrando su poder.

    Marzo fue uno de los meses más sangrientos en México en los últimos dos años. Según El Diario de México , 153 personas fueron asesinadas, la mayor cantidad desde agosto de 2018. Las ciudades fronterizas, que controlan los carteles de la droga, han resentido esta situación en particular. Las fronteras cerradas con los Estados Unidos han dificultado el tráfico de drogas, lo que ha debilitado significativamente los carteles y desde luego, incrementando la violencia.

    Pero durante la crisis del coronavirus, las pandillas buscaron el apoyo de los locales. Han establecido centros informales de salud en comunidades aisladas, que se encuentran en una situación financiera difícil y que casi no reciben ayuda del gobierno, relata la  BBC británica . Las redes sociales están inundadas de fotos y videos que muestran cómo entregan paquetes de agua, alimentos o medicinas a los locales.

    Una de ellas, tomada por todas las agencias de noticias, muestra a la hija del Chapo Guzman, repartiendo alimentos y ayuda a personas en dificultades.

    Foto: Afp

    La situación en México no es única. En abril, el ministro de Salud de Brasil, Luiz Henrique Mandetta, pidió a las autoridades locales que discutan con los carteles de la droga la mejor forma de detener la propagación del coronavirus.

    En esencia, él mismo admitió que el estado no podría hacer frente a una pandemia sin su ayuda. «Tenemos que entender que el estado simplemente no llegará a estas áreas, y la situación está bajo el control de los traficantes de drogas», dijo Mandetta.

    Tienda de conveniencia y toque de queda

    En los barrios venezolanos de Caracas, los grupos locales del crimen organizado han establecido una tienda de conveniencia e instaron a los residentes a cumplir con las medidas de cuarentena. Incluso introdujeron un toque de queda ante el gobierno.

    La pandilla Barrio 18 en Guatemala ha dejado de exigir temporalmente combustible a las empresas locales. Y sus miembros están ayudando a implementar medidas contra la propagación del coronavirus. La situación es la misma en el vecino El Salvador, escribe Camilo Tamayo Gómez, profesor de estudios de seguridad en la Universidad de Leeds , para The Conversation .

    Pero como señala Gómez, el hecho de que las organizaciones ilegales reemplacen al estado no es nada nuevo. Este ha sido el caso en América del Sur desde la década de 1990. Los carteles y las pandillas de la droga esperan que a la larga puedan reemplazar algunas funciones del estado para que sus actividades ilegales puedan prosperar.

    Aun así, la situación actual representa un cambio, ya que los carteles ahora brindan servicios sociales y de salud. Sin embargo, esto es una consecuencia directa del fracaso del estado y su incapacidad para combatir la infección por coronavirus y mantener la economía en pie.

    Las organizaciones criminales buscan evocar emociones positivas en las personas, como la gratitud y la solidaridad, para aumentar su legitimidad y fortalecer su posición en el territorio, dice The Conversation. Idealmente, les gustaría parecerse a Robin Hood y construir una reputación como un ladrón completamente positivo.

    En momentos como éstos, donde la ineficiencia del estado ha quedado en evidencia, tanto por los sistemas de salud desbordados, como una economía en estado desesperante, hay que prestar muchísimas atención a estos movimientos de los carteles, porque bien podrían comenzar a tomarse sectores donde la ayuda tarda en llegar y no hay nada más peligroso que una población con hambre y miedo.

  • Los gremios y el mercado

    Ahora hay un revuelo porque los empresarios, en una rara demostración de valor o más bien de desesperación, dijeron lo que nadie se atreve a decir, que la herencia maldita de los militares, donde 27 profesiones sólo pueden ser ejercidas por panameños, perjudica el desarrollo a corto, mediano y largo plazo del país.

    Predeciblemente los gremios profesionales salieron a defender su “derecho”, o más bien privilegio, (porque un derecho para serlo debe ser universal), de que el estado use la coacción para evitar que tengan que competir con los extranjeros. Si dedicaran la mitad de la energía que dedican al proteccionismo laboral a mejorar la calidad y competitividad de la educación panameña, no estaríamos en este problema. Porque no es cierto que las empresas panameñas discriminen a los panameños; la empresa Goethals Consulting hizo un estudio, donde se descubrió que el problema era el origen del título, no el pasaporte de la persona que figura en el diploma. En otras palabras, un profesional panameño educado en una universidad o instituto técnico de prestigio era lo más valioso, luego venia un extranjero educado de la misma manera, y al final, el panameño educado localmente. Ante la mediocridad educativa instaurada de manera populista por los militares, los militares tuvieron que poner leyes para proteger a los panameños de la competencia. Este es el origen de este problema.

    Los gremios no son muy amigos del mercado; de hecho, su origen es medieval y precede al capitalismo liberal. Usan el derecho liberal a la libre asociación, para garantizarse idealmente estándares mínimos adecuados que mantengan el buen nombre de la profesión o darse apoyo mutuo. Lo que no está mal. Los médicos panameños por ejemplo, mantienen una cooperativa ejemplar. El problema es que este apoyo mutuo a veces va contra los estándares profesionales que deben defender. En Panamá es muy difícil que un médico declare contra otro. O que a un abogado maleante lo sancionen. Y ese proteccionismo mutuo los hace trabajar como cárteles, limitando la oferta de servicios y la competencia, de profesionales extranjeros o la cantidad de graduandos de las universidades, para mantener los precios de sus servicios altos. Todo eso a expensas de sus clientes , claro está.

    Pero aparte del proteccionismo laboral, hay otro método que usan los gremios profesionales para elevar el costo al público de sus servicios; y es la asimetría de información en los precios.

    Imagínate que quieras comprar algo. Bueno, cotizas en varios lugares y comparas precios, si es comida en un restaurante, miras la carta, y sabes cuánto cuestan las cosas y qué puedes pagarte.

    Los gremios evitan esta información para los clientes de dos maneras. Primero, fijan precios mínimos, que hacen valer contra la ética el cobrar más abajo del precio mínimo. Y segundo, impiden que los profesionales liberales publiquen cartas de servicios con precios fijos, lo cual hace más costoso, en tiempo y dinero, para el posible cliente averiguar cuánto le saldrían los honorarios por servicio, recurriendo a la consulta personal de boca en boca. Ésta situación sale mucho más cara que simplemente ver catálogos de precios. Es una asimetría de información en perjuicio del consumidor o cliente.

    En los Estados Unidos, el senador Ted Cruz se está cansado de este sistema. Correctamente dice que esta práctica, de médicos y aseguradoras, impide un verdadero libre mercado en el sistema de salud. Y está promoviendo un proyecto de ley que obliga a las empresas proveedoras de servicios de salud a hacer público sus precios por los servicios médicos que no sean de urgencia. De esa manera, los clientes y las aseguradoras, podrán saber a qué servicios médicos acudir. Y se crea competencia de precios en las mismas. Algo similar existe en Suecia, donde el estado lleva un catálogo de servicios médicos con sus precios. El sistema público de seguro de salud sueco, tiene una carta de precios como seguro público, y que está puesto a consideración de las aseguradoras privadas. De esta manera, los médicos, pacientes y aseguradoras tienen claro cuánto cuestan los servicios médicos y cuánto están dispuestos a pagar. La información sobre los costos de salud deja de ser asimétrica. Así, el paciente puede calcular qué servicios médicos que no sean de urgencia se puede costear y los aseguradores a qué hospitales, clínicas o médicos privados acudir. Es como ir a un restaurante y saber los precios de antemano versus que te sorprendan con la cuenta, como es común en la medicina privada.

    Según Ted Cruz, uno de los problemas de la medicina norteamericana es que no hay verdadera competencia de precios y por lo tanto no hay libre mercado. Y tiene algo de razón. Veamos en qué queda esta iniciativa, pero es claro que los gremios, al actuar como carteles o sea, para limitar la oferta y mantener precios, no ayudan a un mercado público eficiente.