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  • ¿Qué no se puede tocar en una constitución? El rol de las cláusulas pétreas

    La democracia se basa en la idea de la soberanía popular. La constitución, como norma fundamental, impone límites y fronteras a la voluntad popular. Cuando esos límites pierden vigencia, el cambio constitucional se hace presente en el discurso político y la sociedad. En ocasiones, se plantea, incluso, como una vía de escape para graves crisis políticas. Pero la constitución, por naturaleza, se resiste a ser cambiada, y por ello crea mecanismos de autopreservación. Límites temporales, mayorías especiales o referéndums son algunos de ellos. El más absoluto es la cláusula pétrea. ¿Qué son esas cláusulas pétreas? ¿Cómo se ven? ¿Qué contemplan? ¿Por qué importan? Eso queremos responder.

    Una tensión resuelta por lo “indecidible”

    Entre el constitucionalismo y la democracia hay una tensión innegable. Mientras la democracia habla del poder popular para el autogobierno, el constitucionalismo va de “frenos y contrapesos”, controles al poder. La reconciliación de ambas ideas se produce al admitir el modelo de democracia constitucional, en la cual “la regla de la mayoría se mantiene, pero ciertos temas o decisiones no se someten a la consulta ciudadana porque se entiende que forman parte del ámbito de lo no decidible”, según algunos expertos.

    Ahora, lo indecidible no es una categoría binaria, sino gradual, y se manifiesta en distintas intensidades. Cuando se exige una mayoría especial para adoptar una ley, se impone un límite a la mayoría simple. Así, en cierto sentido, el contenido de esa ley entra en dicho ámbito.

    Las normas que impiden la restricción al núcleo esencial de los derechos también imponen la “cualidad de lo indecidible” a los mismos. Más rígidas que el ejemplo anterior, estas normas no se pueden superar ni con una mayoría especial. Pero un cambio de la constitución podría superar ambos supuestos.

    Las fronteras del cambio constitucional

    Las constituciones buscan estabilidad, por eso es difícil modificarlas. Los muros que se deben salvar para reformar una constitución también son una escala de lo indecidible. Requisitos de tiempo, supermayorías o referéndums son mecanismos que van elevando la dificultad del cambio constitucional.

    La frontera final está en las cláusulas pétreas. Como su nombre indica, son normas revestidas de una solidez especial, pretenden estar “talladas en piedra”. Ellas declaran que ciertos aspectos de la constitución no pueden cambiar por ser considerados esenciales. Son verdaderos límites materiales a la voluntad popular.

    Anatomía de las cláusulas pétreas

    Estas cláusulas, también llamadas “de intangibilidad”, son jurídicamente insuperables, por lo que solo se pueden abolir a través de una sustitución total del marco constitucional, es decir, por el poder constituyente revolucionario.

    Su alcance varía de país en país. Típicamente, se refieren a aspectos como los derechos fundamentales, la forma del Estado, el régimen político o el sistema de gobierno. Sin embargo, pueden incluirse otros temas. Por ejemplo, si en un país se estima que la pertenencia a una organización como la Unión Europea es inseparable de su identidad, esa membresía puede hacerse intangible.

    En suma, estas cláusulas buscan proteger los principios esenciales, es decir, el espíritu del ordenamiento constitucional. En América Latina, la forma republicana, la alternancia en el poder y la división de poderes suelen estar protegidas por cláusulas pétreas. Tanto Italia como Francia hacen lo propio con la forma republicana del Estado.

    Las cláusulas pétreas se ubican, casi sin excepción, en las secciones de la constitución referidas a su reforma, y aparecen expresando que uno o varios temas no podrán ser reformados (artículo 268 de la Constitución de República Dominicana) o que las reformas que pretendan afectarlos no podrán ser consideradas (artículo 60, sección 4 de la Constitución de Brasil). También pueden aparecer como declaraciones en los apartados sobre principios fundamentales (artículo 6 de la Constitución de Venezuela).

    La Constitución española no incluye ninguna cláusula que diga que ciertos aspectos no se pueden cambiar nunca (“cláusula de intangibilidad”). En cuanto a los límites para reformarla, la única restricción explícita que aparece es la del artículo 169. Aquí se dice que no se puede empezar un proceso de reforma constitucional si el país está en guerra o si se encuentra vigente alguno de los estados de excepción, alarma o sitio mencionados en el artículo 116.

    Claro está, visto que son el mayor obstáculo a la posibilidad de cambio constitucional, su uso debe ser racional. Una constitución excesivamente rígida, con amplísimas cláusulas pétreas, puede producir un congelamiento que la distancie de la sociedad. Por otro lado, si no se incluyen, se corre el riesgo de que por vía de reforma se alteren temas medulares del Estado, desvirtuando su naturaleza.

    La importancia de saber que existen

    El autoritarismo avanza de forma preocupante en el mundo. En varios países, los gobiernos anuncian y proponen reformas constitucionales dirigidas a avanzar en sus agendas políticas particulares. Hoy más que nunca, los ciudadanos debemos conocer cuáles son los “no negociables” de nuestras normas fundamentales y alzarnos en su defensa cuando sea necesario.

    Advertir que un cambio vulnera las cláusulas pétreas nos permite actuar para evitarlo. Acudir a la justicia para denunciarlo es crucial, y ella debe actuar en consecuencia protegiendo a la Constitución. Pero sobre todo, se debe procurar la organización social en rechazo de fraudes y en defensa del pacto social.

    También es necesario que, en procesos constituyentes, la sociedad conozca y participe de la discusión cuando se quieran incluir cláusulas pétreas. Como hemos señalado, ellas deben reflejar el espíritu o núcleo de la norma fundamental, y conocer ese núcleo solo es posible cuando hay un máximo de participación y apertura. Asimismo, solo el consenso puede dar origen a este tipo de normas, porque se acuerda que son consustanciales a la existencia misma del Estado.

    La protección de los derechos humanos, como misión de toda sociedad, debe entenderse como una “cláusula pétrea universal” cuya defensa es una obligación de los ciudadanos del mundo, en cualquier momento y lugar. Lo mismo puede decirse del sistema democrático, sin el cual no tiene sentido la democracia constitucional.

    En síntesis, las cláusulas pétreas son esa constitución que no cambia, el corazón mismo de las normas fundamentales en un país. Por ello, deben ser determinadas por el consenso, y conocer su contenido es un deber ciudadano, puesto que al promoverlas y defenderlas, en definitiva, garantizamos la paz social y la legitimidad del sistema jurídico.The Conversation

    Anselmo Coelho Hernández, Investigador del Instituto de Investigaciones Jurídicas, Universidad Católica Andrés Bello

    Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

  • Del capitalismo al socialismo

    Según parece, el único camino hacia el éxito y la derrota de la pobreza, tanto económica como espiritual, es el camino del sufrimiento que nos cierra las fáciles y falsas opciones de vida. Lo señalado me trae a mente una variante de un refrán muy conocido: “Puedes vivir engañado parte del tiempo, pero no podrás vivir el engaño todo el tiempo.” Y, en este caso me refiero a quienes creen que pueden vivir a costillas de otros; particularmente mediante una intervención estatal/gubernamental que procure para ti aquellas cosas que no sabes procurar por cuenta propia.

    El caso de Chile y los chilenos es particularmente aleccionador y lo será muy pronto. Un país Latinoamericano que logró mejorar sustancialmente su economía sin recurrir a las obtusas magias del socialismo desbocado. En síntesis, y como bien lo señala Victor Espinosa, PhD en economía en la universidad Rey Juan Carlos en España, en su último artículo publicado en el instituto Mises (“Chile Won’t Become a Developed Country If It Doesn’t Change Course”).

    Espinosa abunda diciendo que el éxito de Chile en los últimos cuarenta años fue debido al respeto por la propiedad, tanto personal como empresarial. Y ni hablemos de Argentina, que pasó de ser una de las mejores economías del mundo a ser una muy triste, gracias a la adopción de políticas de guacho socialista/fascista.

    ¿Cómo pretenden tener y mejorar una pujante actividad empresarial en un sitio en dónde se va perdiendo la seguridad del respeto a la propiedad? ¿Invertirías los ahorros de una vida cuando, de pronto, te lo pueden tirar todo por el suelo aduciendo que es para lograr una quimera igualdad?

    Y al fin del escrito vemos interesantes comentarios, tal como uno que si señala: “Y los EE.UU. también dejarán de ser desarrollados sino cambia de rumbo y se deshace del capitalismo de compinche junto con su nueva versión del socialismo que osan llamar progresivo.”

    Otro señala algo como: Bueno, el capitalismo de compinches más bien es fascismo a la Mussolini. A lo cual añado y pregunto: “Si no tenemos libertad, ¿qué tenemos? El problema de contestar la pregunta es que pocos saben definir o entender lo que es la libertad; esa que muchos confunden con libertinaje y otros con lo que en nuestro Panamá pasa por democracia o capitalismo. ¡Que ingenuidad! Y es que muy pocos se afanan o molestan con la búsqueda de la verdad, pues la noticia fantasiosa es más entretenida.

    También vale pasar otro comentario que señala: Un gobierno no produce bienes ni servicios que sean consumidos por elección propia. Como igual son pocos los que entienden que la demanda depende de la oferta; es decir, que si quieres que alguien coopere contigo sólo tienes dos caminos: 1) Le quitas lo que tiene a palos. 2) Tú produces algo que el otro desea y entran en libre intercambio y no en eso de ‘control de precios’ y lo que dice nuestra constitución que el estado se encargará de dirigir y controlar la producción.

    ¿Acaso no vemos y entendemos que cuando lo que se premia es el juega vivo y no la honestidad y la calidad, las cosas irán de mal en peor? Y como dice otro: “Si algunos países europeos lograron ciertos niveles de prosperidad no fue debido a la social democracia sino a que gracias a su nivel de capitalismo pudieron sufragar su ñame socialismo; el problemita es que se les acaba el relajo.

  • ¿Estado de derecho o derecho de estado?

    Para mejor entendimiento comencemos por definir términos y frases. ¿Qué es un ‘estado de derecho’? En béisbol son las reglas del juego, es decir, que no se puede jugar béisbol sin reglas; y hasta los comunistas entienden eso, ya que juegan fútbol con reglas. Entonces, un estado de derecho existe cuando hay una constitución que se respeta. Pero, el asunto no es tan sencillo, ya que para que se pueda respetar una constitución la misma tiene que ser respetable. Por ejemplo, la constitución no puede decir que es lícito matar a los feos o bonitos pues sería incumplible e imposible de respetar.

    Todo lo anterior va al caso de la nueva constitución que queremos hacer en Panamá. Y ¿por qué queremos una nueva constitución? Porque la que teníamos, que nos la dejaron los militares de la dictadura, no era respetable. La gran pregunta que queda es: ¿Seremos capaces de hacer una nueva respetable? Una constitución que respete los derechos fundamentales de las personas: El derecho a la propiedad, comenzando por la propiedad de nuestros cuerpos, que nos pertenecen y no al estado. Y, porque somos dueños de nuestros cuerpos, también somos dueños de sus facultades: La facultad de pensamiento y expresión. Pero en particular el derecho de libre tránsito que se ha venido violando por las mismas autoridades en retenes vehiculares y peatonales conducidos sin apego al ordenamiento de la ley.

    Si usted, mediante su ingenio y trabajo logra ahorros y decide invertir esos ahorros en una empresa; sea un kiosco o una fábrica y tal, ¿se atrevería invertirlos a sabiendas que el sistema de justicia está viciado y que sus derechos de propiedad no estarían asegurados?

    Los EE.UU. fueron fundados por colonos que huían del totalitarismo monárquico y otros sistemas totalitarios; y ese proceso aún continúa a toda máquina con oleadas de emigrantes. Pero, con mucha tristeza debo decir que ese no fue el caso de nuestros países latinoamericanos; los cuales fueron conquistados por quienes vinieron en busca de oro y tal. Y a pesar de extraordinarios libertadores como Bolívar, en buena medida ha prevalecido el irrespeto por la libertad y la propiedad, mal que nos ha conducido por caminos de pobreza.

    Hoy día vemos un deterioro económico que se expande a lo social, debido a una constitución imposible de aplicar. Y lo más frustrante es que muy pocos leen o entienden nuestra carta magna. Por ejemplo, el Artículo 82 dice que la economía es asunto de los particulares; pero luego dice que el estado, a través de las autoridades de turno, puede intervenir a su antojo en aquello que ya se había declarado corresponder a los particulares. Y todo ello concebido con el propósito de dar a la dictadura militar el derecho constitucional de violar derechos humanos a fin de lograr hegemonía económica.

    Y para quienes alegan que los países nórdicos son socialistas exitosos, les tengo noticias. Esos países están ubicados más a la derecha en la gama ideológica que los supuestos capitalistas tradicionales, dado que guardan más respeto por los derechos de propiedad que todos los demás. Dinamarca, Noruega, Finlandia, Suecia y los Países Bajos encabezan la lista de los países que más respetan la propiedad privada. Al otro lado del espectro están: Afganistán, la Rep. Democrática del Congo, Camboya y Venezuela; y Panamá no va muy bien.

    Lo que debemos hacer en Panamá no es modificar la constitución sino borrón y cuenta nueva; dado que no tiene el menor sentido tratar de remendar algo tan raído. Y, la otra, es ver si somos capaces de reducir a un mínimo las normas, ya que aquello que se puede expresar en poco no tiene sentido expresar en mucho. Lo que debemos proteger, como ya señalé, es la propiedad, comenzando por la de nuestros cuerpos, sus facultades y la libertad de tránsito; ya que sin ello no podremos prosperar.

  • Una constituyente Inoportuna

    El presidente, en la cúspide de su impopularidad, y viendo una derrota clara para su partido en las próximas elecciones se saca de la manga la constituyente. O sea, llamar al público a una refundación radical del Estado mediante una nueva Carta Magna. Esto lo ha hecho pasando por encima de pedirle un visto bueno a la Asamblea Nacional. Sabemos que ésta posiblemente se negará del todo.

    ¿Qué se busca con esto y qué consecuencias tiene?

    Políticamente es claro que se busca amarrar, como en algún momento intentó Ricardo Martinelli, al próximo gobierno. Se puede dar el caso de que el ganador de las elecciones del 2019 obtendría una victoria pírrica, porque ganaría no para llevar a cabo su plan de gobierno, sino para convocar a un Asamblea Constituyente que daría por terminado su mandato. En otras palabras, todo el tiempo y esfuerzo, todos los recursos utilizados por los candidatos a puestos de elección en las elecciones del 2019 serían en vano, ya que sus cargos serían anulados por la Asamblea Constituyente.

    Porque estemos claros, una Constituyente es un cambio radical, estamos hablando de quitar la piedra angular sobre la cual se sostiene todo el sistema legal y político de un Estado y reemplazarlo por otro. Esto significa mantener a todo el país en pausa por dos años más, cuando el país desde el 2016 vive una marcada desaceleración económica que el gobierno esconde con cifras maquilladas pero que es evidente en el día a día de los panameños. ¿Conviene paralizar al nuevo gobierno dos años más con una Constituyente, mientras la economía del país se frena? Parece que los proponentes de la Constituyente no piensan en esto. Los del gobierno es claro que buscan neutralizar al siguiente gobierno, porque si hubieran estado desesperados por la constituyente, la hubieran convocado al inicio de su período y no al final. Los de la sociedad civil se dividen en dos grupos, los abogados divos constitucionalistas que se miran en el espejo y aspiran a ser los padres de la refundación de la Patria, y los grupos de extrema izquierda que desean quizás dar un cambio radical a la composición del Estado Panameño.

    El problema es que fuera de estos grupos, nadie en Panamá parece tener claro qué se quiere con una Constituyente. No hemos avanzado mucho desde el ejercicio de la Junta de Notables de Ricardo Martinelli, una serie de cartas al Niño Dios legales, donde cada grupo aspira a elevar su tema mascota a nivel constitucional. Básicamente todos los proponentes de la Constituyente actuales aspiran a eso. A que sus intereses especiales o sus políticas personales sean elevados a normas constitucionales. Y ésa ha sido desgraciadamente la constante de los últimos ejercicios constituyentes latinoamericanos.

    Las constituciones latinoamericanas modernas suelen ser cada vez más largas y detallistas, pero no logran resolver los problemas de crecimiento económico, inequidad, corrupción legal y falta de estabilidad política. Crean hermosas políticas de papel, pero no resuelven nada en la práctica.

    Y es que todos sabemos que la Constitución Panameña actual tienen problemas serios, como la falta de legitimidad en su origen en la dictadura militar, así como el hecho de que los poderes del Estado dependen en la práctica del Ejecutivo quien controla el presupuesto, lo cual significa que elegimos un monarca, no un presidente por un período limitado de 5 años. Esto ha sido una receta para la corrupción y la impunidad. Sólo cuando la sociedad corrupta entre los poderes del Estado se rompe temporalmente como ahora, podemos ver lo corrupto que es el sistema político actual. Pero resulta curioso que los impulsores de la Constituyente no toquen este tema ni qué normas proponen para resolverlo en la nueva constitución; más bien se enfocan en los mecanismos para llamar a una Asamblea Constituyente, como si ésta fuera un fin en sí y no un medio para cambiar la constitución. Si se está desesperado por cambiar la constitución lo más lógico sea que se diga de antemano qué se quiere cambiar ¿no? El problema de ir a una Asamblea Constituyente de esa manera es que no se sabe qué clase de Constitución va a salir de ésta, y se puede terminar con algo peor, lo cual va a poner al país en vilo por dos años, en medio de una crisis económica.

    Hay mecanismos adecuados para cambiar la Constitución sin irse a un salto al vacío político. Como las reformas constitucionales. Y de irse a un Asamblea Constituyente, una paralela al inicio y no final de un período presidencial sería garantía de hacer cambios de la manera racional y calmada que el país necesita.

    Llamar a una constituyente en las circunstancias actuales, dejando la puerta abierta a un caos político sin que la sociedad la pida, es un ejercicio de irresponsabilidad suprema de los cuales ya hemos tenido varios en los 2010s.