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  • El libro, ese acto de libertad

    El libro, ese acto de libertad


    El mundo huele a papel y a tinta. En las Ramblas de Barcelona, los puestos de libros y rosas compiten con la primavera. En Madrid, en Buenos Aires, en Ciudad de México, en Bogotá —y en más de cien países— millones de personas celebran el Día Mundial del Libro. La UNESCO eligió esta fecha en 1995 porque en torno al 23 de abril de 1616 fallecieron Cervantes, Shakespeare y el Inca Garcilaso de la Vega, tres voces que, desde rincones distintos del planeta, hablaron del mismo asunto: la condición humana y su insaciable necesidad de sentido.

    No está de más recordar que la idea original de esta celebración partió de Cataluña, del escritor valenciano Vicente Clavel Andrés, que la propuso a la Cámara Oficial del Libro de Barcelona en 1923 y fue aprobada por el rey Alfonso XIII en 1926. España, cuna del Quijote, como corresponde.

    Y El Quijote merece un momento aparte. Don Alonso Quijano era, antes que nada, un lector. Un lector tan apasionado que los libros le cambiaron la vida —aunque Cervantes lo presentara como advertencia, la posteridad lo leyó como elogio. Hay en ese personaje una lección profundamente liberal: un hombre que, frente al mundo que le imponían su aldea, su época y su clase, decidió reescribir su propia historia. Se inventó a sí mismo. Eligió quién quería ser. Fracasó en los molinos, claro, pero nadie que haya leído con honestidad el libro puede negar que algo en él admira esa obstinada voluntad de no resignarse a lo dado.

    Eso es, en el fondo, lo que hace un libro: ensancha el territorio de lo posible. Cada página es una frontera que se abre. Cada historia ajena que habitamos —aunque sea por unas horas— nos devuelve a nuestra propia vida con ojos distintos. La lectura es, en ese sentido, el ejercicio de libertad más democrático que existe: no requiere capital, no exige linaje, no discrimina por origen. Solo pide tiempo y voluntad.

    Una mirada liberal no puede sino celebrar el libro como institución. No el libro impuesto, ni el libro oficial, ni el libro quemado en ninguna plaza pública de ninguna época —y han sido demasiadas—. El libro elegido. El que uno busca porque algo le inquieta, porque una pregunta no le deja en paz, porque necesita comprender el mundo o escapar de él durante un rato. La libertad de leer lo que uno quiera es, al mismo tiempo, una libertad civil y una aventura íntima.

    Este año, la Capital Mundial del Libro elegida por la UNESCO es Rabat, capital de Marruecos, una ciudad que es encrucijada de culturas, de lenguas, de herencias. Un ejemplo de que la cultura escrita no tiene pasaporte, y de que los libros han sido siempre los mejores diplomáticos: viajan sin visado y cruzan fronteras que los políticos cierran.

    En un tiempo en que los algoritmos nos ofrecen contenido ya masticado, en que la atención se fragmenta en píxeles y el pensamiento se mide en segundos, leer un libro largo sigue siendo un acto casi subversivo. Requiere paciencia. Exige entregarse. Nos pide que apaguemos el ruido y nos sentemos con alguien —el autor— que tiene algo que decirnos y que se tomó la molestia de escribirlo bien.

    Cervantes dedicó su vida entera a ese esfuerzo. Perdió la mano izquierda en Lepanto y, décadas después, encontró la inmortalidad en una imprenta de Madrid. Hoy, cuatro siglos más tarde, Don Quijote sigue cabalgando. No hay algoritmo que haya logrado eso todavía.

    Feliz Día del Libro. Lean lo que quieran, lean sin culpa, lean con placer. Y si no saben por dónde empezar, siempre queda un caballero de La Mancha dispuesto a recibirles.