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  • Envidia, estatismo y la fosa que no queremos mirar

    Envidia, estatismo y la fosa que no queremos mirar

    Marco Rubio ha vuelto a señalar algo incómodo: en el corazón del “desenfreno socialista” que se observa en Estados Unidos, Inglaterra y otros países late un viejo vicio humano: la envidia. No la envidia sana que motiva a superarse, sino la que resiente el bien ajeno y busca nivelar por abajo usando el poder del Estado. Rubio, con su herencia familiar cubana, sabe de qué habla. El socialismo promete seguridad a cambio de libertades; cuando no cumple, las libertades no regresan.

    Las Escrituras lo advirtieron hace milenios. El décimo mandamiento —“No codiciarás”— no es un detalle moralista. Es una protección contra la destrucción social. Proverbios dice que “la envidia es podredumbre de los huesos”. Santiago advierte que de los deseos malos nacen pleitos y guerras. Cuando la envidia se politiza, deja de ser un pecado personal y se convierte en motor de políticas que prometen equidad, pero entregan control y resentimiento.

    No es caridad bíblica (voluntaria, cercana, responsable), sino coerción que viola “no robarás” y el principio de mayordomía responsable que Jesús ilustra en las parábolas de los talentos.

    En Panamá, y en muchos lugares “allende”, repetimos el mismo error de diagnóstico. Los medios y la conversación pública se detienen en lo anecdótico: el accidente de tránsito, el escándalo del día, la protesta del momento. Son síntomas visibles, indignantes, pero superficiales. Casi nunca bajamos a la fosa para examinar la etiología de nuestras patologías sociales.

    ¿Qué hay en el fondo? Un estatismo castrante que no merece el nombre de gobierno ni de gobernanza. Panamá tiene una ventaja geográfica envidiable y recursos que podrían generar prosperidad amplia. Sin embargo, el modelo “transitista” concentra riqueza en el enclave del Canal y servicios financieros, mientras el interior queda raquítico: desigualdad alta, educación deficiente, instituciones débiles, corrupción sistémica y una cultura de dependencia del Estado.

    El resultado es un Estado que promete resolverlo todo y termina ahogando iniciativa, fomentando clientelismo y erosionando responsabilidad personal y familiar. Este patrón no es exclusivo de Panamá. En Occidente vemos cómo el expansionismo estatal, justificado en nombre de la “equidad” y la seguridad, crece a costa de la libertad y la virtud. Se premia el resentimiento disfrazado de justicia social y se debilita el tejido moral que sostiene las sociedades: trabajo diligente, honestidad, familia estable y generosidad voluntaria. La historia muestra que los sistemas que alimentan la envidia terminan en estancamiento y pérdida de libertades. Venezuela es el ejemplo trágico más cercano.

    El problema de fondo es cultural y antropológico. El ser humano no es un ser perfecto que solo necesita más redistribución. Es un ser con dignidad, pero herido por el egoísmo y la envidia. Las mejores instituciones son las que limitan el poder mal dirigido, protegen la propiedad legítima y fomentan la responsabilidad. Las que pretenden redimir al hombre desde arriba suelen terminar oprimiéndolo.

    Es hora de dejar los diagnósticos superficiales. Necesitamos mirar la fosa: ¿qué tipo de cultura estamos cultivando? ¿Una que valora el esfuerzo y la excelencia, o una que resiente el éxito ajeno y busca al Estado como salvador? La respuesta a esa pregunta definirá si avanzamos hacia la prosperidad compartida o seguimos girando en el mismo círculo de quejas y promesas incumplidas.

    La renovación empieza por reconocer la raíz. Como dice la sabiduría antigua: “Guarda tu corazón, porque de él mana la vida”.

  • Entre el empresario y el consumidor

    Son tantos quienes creen y dicen que las empresas y, en particular, las más grandes, sacan ventaja a su presidiaria clientela!. Semejante desacierto debería producir inmensa pena. Indudable que existen pecadores de más si, a fin de cuentas, apenas somos frágiles humanos; pero… ese no es el tema de fondo. No es el pecado el que debe marcar nuestra comprensión sino el entendimiento y el rechazo de malos caminos.

    Entonces, y teniendo lo señalado en mente: es muy cierto que en esta vida hay quienes ven mejor, entienden mejor y, ante todo, están dotados de una caldera interna que les impulsa a la acción productiva. Esta realidad, por un lado, es una bendición puesto que constituye el motor del progreso; pero… por otro lado, también es el manantial de la envidia y de odios, pues son muchos los que sienten que fueron abandonados por la misma Creación. Ello fue plasmado en el Segundo Capítulo del Génesis hace más de 3,000 años, en la narrativa en la cual la envidia de Caín al ver que el Señor favoreció más la oferta de Abel fue tal que asesinó a su propio hermano; lo cual condujo a su destierro de la presencia del Señor.

    La historia de Caín y Abel puede ser enfocada de diversas maneras, pero hoy quiero enfocarla desde la perspectiva del empresario productivo y aquellos competidores y consumidores que, al sentirse disminuidos en comparación, entran en cólera; cólera que, en vez de moverles a ser más competitivos, les mueve a hacerle daño al productivo. Y, a tal efecto, me enfoco, no en el empresario malsano, sino en esa mayoría sana que siente orgullo de su creativa labor, y busca la satisfacción de su cliente, a sabiendas que ello le conviene tanto a él como productor, como al cliente como consumidor.

    Son tantos los que vilipendian al empresario exitoso porque este se vuelve rico, a pesar de que el mismo sirve a muchos y en muchos sentidos. Y, a fin de cuentas, ¿qué importa que el empresario productivo se vuelva millardario si el consumidor y la misma sociedad se torna billonaria. Quien vende la computadora se gana, digamos, $500, pero… ¿cuánto ganan quienes la compran? ¿Acaso eso no cuenta? Al final del día, el progreso humano depende del más creativo y productivo; y eso debemos celebrarlo y cuidarlo como se cuida a la gallinita de los huevos de oro. El asesinato de Abel no sólo afectó a Caín sino a toda su familia y más allá.

    Lo señalado nos debería conducir a ver que los problemas sociales no los debemos achacar al empresario en general, sino a las malas políticas públicas; esas, que por un lado promueven y premian a malos empresarios y disminuyen a los buenos. Es más que triste ver como la envida nos ciega, al punto de que atacamos lo que es bueno, y votamos y apoyamos al politicastro que tanto daño causa.

    Llevando todo lo anterior a la práctica, el empresariado, el chinito del barrio, el salón de belleza, lavandería, súper y toda la cadena productiva y distributiva es la que debemos enfocar; y no cegarnos de odio contra quienes han sabido, honestamente, lograr una riqueza económica. Como tampoco debemos perder de vista de que la riqueza económica no es sinónimo de la riqueza espiritual y de la felicidad; pues sobran los millonarios infelices.

    Las sociedades más felices y prósperas son aquellas que navegan por encima de las envidias y los odios. Y, cuando vemos que estas perversidades campean entre nosotros, debemos caer en cuenta de que nos estamos causando graves daños. Celebremos al buen empresario, lo mismo que al buen consumidor.

  • ¿Desigualdad o envidia?

    Cuando el sacrificio de Abel fue respetado por Dios y el suyo no, Caín asesinó a su hermano. Fue un asesinato de envidia (Génesis 4:3-8). Más aún, el mismo Jesucristo fue asesinado por los líderes religiosos de su día por razones de envidia. Como bien reza el proverbio 14:30, “El corazón sano es vida para el cuerpo, pero la envidia es putrefacción hasta los huesos.” Ser tentado por la envidia no es pecado, sino el permitir que semejante pasión supure y se torne destructiva. Una definición interesante del término “envidia” es la de “tristeza por el bien ajeno.” Típicamente el envidioso no se afana en mejorar su posición sino en desmejorar a quien posee lo que el envidioso desordenadamente anhela.

    ¿Alguna vez has notado lo poco que se escribe o aborda el tema de la envidia en los medios y entre la gente? ¿Te has preguntado por qué un tema humano tan fundamental no se aborda más a menudo?

    La envidia es un impulso que se anida en nuestros corazones, y que surge desde el momento en que nuestro entorno social nos lleva a la comparación. Comparar no es malo, lo malo está en anidar resentimientos y empollar los demonios que se constituyen en la fuente de otras perversiones; como la gula, pereza, avaricia, la soberbia y la ira.

    La envidia es comparación que nos impulsa a aspirar por aquello que otros poseen y que deseamos. En otras palabras, como todo en la vida, las cosas, bien usadas pueden conducir al bien y mal usadas son destructivas. Así, desde el momento en que ves en el vecino aquello que ansías para ti. puede comenzar el proceso de comparación y cuestionamiento.

    Compartir sanamente es bueno. Pero ¿qué ocurre cuando se pretende lo inalcanzable; tal como sería la búsqueda de la belleza física del vecino o la vecina? En tal situación y anidando una envidia destructiva, se ansía y hasta procura la destrucción de lo ajeno e inalcanzable. Ello, típicamente, termina con la destrucción propia; tal como en Venezuela.

    Claman el rechazo a una desigualdad que les aflige pero que no logran definir. La misma naturaleza es desigual, pero no podemos decir que sea perversa. Lo que hacemos frente a esas realidades es lo que puede ser positivo o patológico. Por ejemplo, aumentar impuestos bajo la falsa premisa de que con ello lograremos equiparar desigualdades no sólo es llevarse a engaño, sino que probablemente nos llevará al desfiladero.

    Recién, al enterarnos de que Panamá va adelante en los índices del peor rendimiento educativo, salen los sabiondos a culpar la desigualdad socioeconómica. El problema no es, en sí, la desigualdad, sino los resultados de nefastas políticas. La solución está en adoptar sanas políticas y no aquellas que sólo procuran venganza por algún mal real o imaginado.

    El gobierno estatal sólo puede ser instrumento de equiparación a través de la tutela de la vida, la libertad y la propiedad. Pretender equiparación mediante la manipulación de lo que es propio de cada quien, sólo conduce a mayor desigualdad. Más aún, hoy día que las computadoras, los teléfonos móviles y la tecnología van permitiendo que hasta los más pobres logren acceso a las mejores bibliotecas y al conocimiento en general, se abren posibilidades insospechadas.

    El mayor peligro no está en que algunos logren ventajas bien habidas, sino a que la envidia nos lleve a votar por políticas que reducen nuestro sagrado derecho de escoger y a ser libres; que es el único camino que conduce a la auténtica riqueza.