En los últimos días volvió a aparecer una discusión interesante: ¿es mejor invertir en Bitcoin o en empresas de inteligencia artificial? Muchos analistas responden mirando gráficos, balances o valoraciones. Si las acciones de IA están demasiado caras, concluyen que quizá Bitcoin tenga hoy un mayor recorrido.
Es un análisis válido, pero creemos que deja afuera la cuestión más importante.
Desde la Escuela Austríaca, el verdadero debate no es cuál activo puede subir más el año que viene. La pregunta es otra: ¿qué clase de bien económico estamos comparando?
Y ahí aparece una diferencia enorme: la escasez en Bitcoin.
La escasez no da valor… pero sin escasez no hay valor
Una de las ideas más malinterpretadas de la economía es creer que algo vale porque es escaso.
No.
Si mañana encontráramos una piedra única en todo el universo, pero a nadie le interesara tenerla, seguiría siendo extraordinariamente escasa… y no valdría prácticamente nada.
Los austríacos llevan más de un siglo explicando que el valor nunca está dentro de las cosas. El valor nace en la mente de las personas.
Somos nosotros quienes decidimos qué bienes nos ayudan a alcanzar nuestros fines, y esa valoración subjetiva es la que termina formando los precios.
Pero esa explicación suele hacer que olvidemos la otra mitad de la historia que dice que para que exista un bien económico primero debe existir escasez. Si algo puede obtenerse en cantidades ilimitadas respecto de nuestras necesidades, deja de ser objeto de elección. Nadie economiza el aire que respira, pero sí una botella de agua en medio del desierto.
La escasez no crea el valor, simplemente hace posible que exista.
Bitcoin y la inteligencia artificial no juegan el mismo juego
Aquí aparece la verdadera diferencia. Las empresas de inteligencia artificial compiten en un mercado abierto, hoy domina una, pero mañana puede aparecer otra mejor. Dentro de cinco años quizá ninguna de las actuales siga liderando el sector. Y eso no significa que sean malas inversiones, al contrario, algunas podrán crear enorme riqueza.
Pero siempre existirán nuevas empresas, nuevos competidores y nuevas tecnologías intentando reemplazar a las anteriores. Ese proceso competitivo es precisamente lo que hace funcionar al mercado.
Pero Bitcoin pertenece a otra categoría ya que no es una empresa, por lo tanto no depende de un director ejecutivo ni presenta balances trimestrales. Y, sobre todo, nadie puede crear más bitcoin para competir con los ya existentes. Podrán aparecer diez mil criptomonedas nuevas o podrán desarrollarse tecnologías superiores para muchas cosas, pero ninguna de ellas aumenta la cantidad de bitcoin. Eso es lo realmente extraordinario.
La utilidad marginal también importa
Carl Menger explicó que las personas ordenamos nuestras necesidades según la importancia que les damos.
La primera unidad de un bien suele satisfacer un fin más importante que la segunda, y ésta más que la tercera. Por eso hablamos de utilidad marginal.
Con Bitcoin sucede algo curioso.
Muchas personas valoran cada satoshi precisamente porque saben que forma parte de una cantidad máxima conocida y que nadie puede alterar discrecionalmente.
Si mañana el protocolo permitiera emitir otros veinte millones de bitcoin, probablemente la valoración subjetiva que millones de personas hacen de cada unidad cambiaría, pero no porque hubiera cambiado la tecnología o porque Bitcoin hubiera dejado de funcionar, sino porque habría desaparecido una de las características que hacía que tantas personas lo consideraran un buen vehículo para preservar valor.
No es una cuestión de precio
Aquí es donde, creemos, suele perderse el debate. No sabemos si una inversión en Bitcoin subirá más que una inversión en las empresas de inteligencia artificial. Nadie puede saberlo como tampoco sabemos qué compañía dominará ese mercado dentro de diez años.
Pero lo que sí sabemos es que ambas cosas responden a lógicas completamente distintas.
Las empresas de IA seguirán naciendo mientras existan emprendedores capaces de crear mejores productos. Esa abundancia potencial forma parte de su naturaleza.
Bitcoin, en cambio, no puede reproducirse. Y esa imposibilidad de ampliar su oferta también forma parte de su naturaleza.
La escasez de Bitcoin
Quizá la comparación nunca debió ser inversión en «Bitcoin versus inteligencia artificial». Una empresa de IA puede convertirse en una inversión extraordinaria, pero también puede desaparecer, ser comprada o quedar obsoleta.
Bitcoin ofrece otra cosa en cambio; no ofrece beneficios ni garantiza rentabilidad. Ni siquiera asegura que su precio vaya a subir.
Lo único que ofrece es una característica que ningún consejo de administración, ningún gobierno y ningún emprendedor puede modificar: una oferta absolutamente limitada y conocida de antemano, 21 millones de unidades inmodificable. Después, como enseñó Mises, serán las personas quienes decidan si esa característica merece ser valorada.
Porque el valor nunca está en Bitcoin. Quizás esa sea la mayor enseñanza de la Escuela Austríaca. Bitcoin no es valioso porque sea escaso. Es valioso únicamente para quienes consideran que su escasez les ayuda a alcanzar un fin que juzgan importante. La escasez no crea el valor; simplemente hace posible que las personas puedan atribuírselo.

