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  • Trump, Groenlandia y el Nobel: poder, paz y no agresión

    Entre el 18 y el 19 de enero de 2026 quedó cristalizado un giro inquietante en el discurso de Donald Trump: en mensajes/carta dirigidos al primer ministro noruego Jonas Gahr Støre, Trump vinculó su frustración por no haber recibido el Nobel de la Paz 2025 con su postura más dura respecto de Groenlandia, llegando a decir que ya no se siente obligado a “pensar puramente en la paz”. En paralelo, su administración escaló la presión sobre aliados europeos con amenazas de aranceles (10% desde febrero, con escalamiento posterior) si no acompañaban un “acuerdo” para la “compra” o control de Groenlandia, una región autónoma dentro del Reino de Dinamarca.

    Desde una mirada libertaria, el problema de base no es (solo) el estilo bravucón, sino la arquitectura moral que deja entrever: cuando un líder dice que la paz era una obligación “instrumental” y que, al no ser recompensado simbólicamente, queda “liberado” para priorizar “intereses americanos”, está normalizando una lógica de recompensa–castigo aplicada a otros pueblos. La libertad, entendida como límites al poder político, muere cuando la soberanía ajena se vuelve moneda de cambio para una narrativa doméstica.

    El principio de no agresión y su “equivalente” en derecho internacional

    El principio de no agresión (PNA) es una regla moral: no iniciar fuerza contra personas o su propiedad. ¿Aplica a países? Los libertarios suelen desconfiar del concepto “Estado como propietario”, porque el Estado no adquiere como adquiere un individuo: se financia coercitivamente y administra territorios donde conviven millones de dueños privados. Aun así, cuando pasamos al plano del derecho internacional público, existe un análogo práctico del PNA: la prohibición del uso o amenaza de la fuerza y el respeto por la integridad territorial. No es perfecto (los Estados violan estas reglas), pero es el “cinturón de seguridad” mínimo que evita que el planeta funcione como un tablero de botín.

    La presión económica para forzar una cesión territorial (aranceles como “castigo” por apoyar a Dinamarca/Groenlandia) se parece demasiado a una coerción interestatal que degrada el comercio: el intercambio deja de ser pacífico y voluntario y se convierte en palanca política. Europa, de hecho, empezó a discutir herramientas de represalia y “anti-coerción”.  Esto no es liberalismo; es mercantilismo con megáfono.

    “No hay solo propietarios, sino países”: el nudo gordiano groenlandés

    Groenlandia no es un lote baldío. Allí hay comunidades, instituciones locales y reclamos políticos propios. La solución “liberal” no puede ser “traspasar” población como si fueran activos. La respuesta doctrinal, si queremos ser consistentes, debería exigir:

    1. Consentimiento real de los groenlandeses (no el de burócratas en Washington, Copenhague o Bruselas).
    2. No uso de fuerza ni amenaza (militar o económica) como método de negociación.
    3. Acuerdos de seguridad y comercio basados en contratos, bases y cooperación voluntaria, no anexiones.

    Esto es clave porque Trump justificó su impulso por Groenlandia con argumentos de “seguridad global” y críticas a la capacidad europea para proteger la isla, tesis repetida por su secretario del Tesoro.  Pero aun si la preocupación estratégica fuese genuina, el liberalismo clásico recuerda que “necesidad” no crea “derecho” sobre terceros.

    ¿Hay que tomarlo en serio?

    Sí, por dos razones. Primero, porque no es solo retórica: hay medidas de política comercial y tensión diplomática real alrededor del tema. Segundo, porque incluso dentro de EE.UU. hay reacción institucional: una encuesta Reuters/Ipsos mostró bajo apoyo a adquirir Groenlandia y aún menor apoyo al uso de fuerza.  Y en el Congreso surgieron intentos de bloquear fondos para cualquier ocupación/anexión, señal de que el sistema de frenos aún “respira”.

    ¿Podría existir un impeachment?

    Políticamente, la palabra ya apareció en boca de figuras republicanas: el congresista Don Bacon advirtió que si Trump intentara usar fuerza contra Groenlandia podría abrirse la puerta a un proceso de destitución, y otros legisladores han descrito la idea como una amenaza al vínculo con la OTAN.  Ahora bien: que sea posible no significa que sea probable; el impeachment depende de mayorías, clima social y, sobre todo, de si hay un acto inequívoco que cruce líneas rojas (p. ej., uso de fuerza, desobediencia abierta al Congreso, etc.). Lo relevante, desde un enfoque liberal, es reforzar la noción de que el Ejecutivo no “posee” la política exterior: está limitado por la Constitución, por el Congreso (presupuesto/guerras) y por el costo político.

    Lecciones históricas y una salida liberal para Europa

    La historia enseña que las “anexiones por seguridad” raramente terminan en seguridad: suelen crear carreras armamentistas, resentimiento y conflictos prolongados. Europa, si se siente amenazada, tiene dos opciones malas (escalar o ceder) y una opción difícil pero liberal: disuasión defensiva + unidad comercial inteligente + diplomacia firme. Esto incluye:

    • Reforzar capacidades defensivas en el Ártico sin lenguaje belicista.
    • Negociar acuerdos de cooperación con Groenlandia/Dinamarca (infraestructura, minería, puertos, I+D) que reduzcan la tentación de “soluciones imperiales”.
    • Usar represalias comerciales de modo quirúrgico (si se eligen) para no destruir el comercio como institución, sino para desincentivar la coerción.

    La doctrina liberal no promete un mundo sin Estados, pero sí un mundo donde el poder está atado. Cuando un líder sugiere que la paz era una etiqueta que se descarta si no llega un premio, lo más libertario no es aplaudir el “realismo”; es insistir en límites: no agresión, consentimiento, comercio voluntario y frenos institucionales. Y sí: tomarlo en serio, precisamente para no normalizarlo.

  • Si Groenlandia estuviera en venta, ¿cuánto valdría?

    Donald Trump ha vuelto a expresar su deseo de que Estados Unidos asuma la “propiedad y el control” de Groenlandia, un territorio autónomo del Reino de Dinamarca.

    Trump planteó por primera vez la idea de que Estados Unidos comprara Groenlandia en 2019. En ese momento, argumentó, con bastante razón, que él no era el primer presidente estadounidense en tener esta idea.

    La compraventa de territorios es una operación rara en estos tiempos. Está por ver si Trump las recuperará. Pero la cuestión es: si estuviera en venta, ¿cómo se decidiría la oferta por un estado, territorio o nación?

    No es una idea nueva

    La posición estratégica de Groenlandia ha sido de gran valor para EE. UU. desde los primeros días de la Guerra Fría. En 1946, el entonces presidente Harry Truman ofreció comprar el territorio danés por 100 millones de dólares en oro. Se dice que los daneses reaccionaron a esa oferta de forma muy parecida a como lo hicieron en 2019, y de nuevo en 2025: “No, gracias”.

    El presidente estadounidense Harry Truman
    El presidente estadounidense Harry Truman intentó comprar Groenlandia a Dinamarca en 1946.
    Public Domain/National Archives and Records Administration

    Que una nación soberana compre territorio a otra puede parecer extraño hoy en día, pero hay muchos casos en los que esto ha sucedido a lo largo del tiempo.

    Sin ir más lejos, Estados Unidos compró gran parte de su expansión occidental a principios del siglo XIX. Esto incluyó la “Compra de Luisiana”, vastas franjas de tierra en Norteamérica, compradas a Francia en 1803 por 15 millones de dólares (algo así como 416 millones de dólares en cifras de 2024).

    Aproximadamente medio siglo después, Estados Unidos pagó a México por grandes extensiones de territorio tras la guerra mexicano-estadounidense. EE. UU. también adquirió Alaska a Rusia en 1867, por 7,2 millones de dólares (más de 150 millones de dólares en la actualidad).

    Y compró las Islas Vírgenes a Dinamarca en 1917 por 25 millones de dólares (más de 600 millones de dólares actuales) en monedas de oro.

    No se trata sólo de Estados Unidos. Japón, Pakistán, Rusia, Alemania y Arabia Saudí han pagado por territorios, transfiriendo jurisdicción sobre los habitantes locales y ganando tierras, acceso a vías fluviales críticas o, simplemente, amortiguadores geográficos.

    ¿Cuál es el valor de un país?

    Valorar un país (o un territorio autónomo como Groenlandia) no es tarea sencilla. A diferencia de las empresas o los activos, los países encarnan una mezcla de elementos tangibles e intangibles que se resisten a una medición económica directa.

    Un punto de partida lógico es el producto interior bruto (PIB). En pocas palabras, el PIB es el valor de todos los bienes y servicios finales producidos en una economía en un tiempo determinado (normalmente un año).

    Pero ¿capta esto realmente el verdadero “valor” de una economía? Cuando compramos algo, los beneficios derivados de ello perduran –esperamos– en el futuro.

    Por eso, basar el precio de una compra en el valor producido en un periodo de tiempo determinado puede no reflejar adecuadamente el verdadero valor de ese objeto (en este caso, toda una economía) para el comprador. Hay que tener en cuenta la capacidad de seguir generando valor en el futuro.

    Los recursos productivos de Groenlandia incluyen no sólo las empresas, gobiernos y trabajadores existentes utilizados para generar su PIB actual (estimado en unos 3 236 millones de dólares en 2021), sino también su capacidad (difícil de medir) de cambiar y mejorar su PIB futuro. Esto dependerá de lo productivos que se espere que sean estos recursos en el futuro.

    Existen otros atributos de valor que no se reflejan en el PIB. Entre ellos se incluyen la calidad de su capital (tanto humano como de infraestructuras), la calidad de vida, los recursos naturales y la posición estratégica.

    Aerial view of skyline at port of Nuuk, the capital of Greenland
    Vista aérea del horizonte del puerto de Nuuk, capital de Groenlandia.
    Yingna Cai/Shutterstock

    Recursos sin explotar

    Más allá de lo que ya existe, desde una perspectiva de mercado, son los recursos aún sin explotar los que hacen valiosa a Groenlandia.

    Groenlandia lleva décadas extrayendo carbón, con grandes reservas confirmadas. Se ha demostrado que su subsuelo contiene tierras raras, metales preciosos, grafito y uranio. Además de la minería del carbón, hay oro, plata, cobre, plomo, zinc, grafito y mármol.

    Por último, existe el recurso de importantes explotaciones petrolíferas frente a las aguas de Groenlandia. Ninguno de estos potenciales se refleja en el PIB actual de la isla.

    Los activos nacionales son más fáciles

    Poner precio a un gran activo nacional, como el Canal de Panamá (que Trump también quiere bajo control estadounidense), es una perspectiva mucho más fácil.

    View of the Panama Canal with a ship approaching
    El Canal de Panamá conecta el Mar Caribe con el Océano Pacífico, y es propiedad del gobierno de Panamá.
    jdross75/Shutterstock

    La teoría de la valoración de activos es una parte fundamental de la disciplina financiera y se remonta al siglo XVIII.

    El “modelo de valoración de activos” ha evolucionado con el tiempo, pero fundamentalmente consiste en estimar los flujos de ingresos netos futuros de un activo, basándose en unos pocos datos.

    En el caso del Canal de Panamá, se trataría de estimar los ingresos netos que podrían generarse en el futuro, basándose en factores como las tasas generadas por su uso y el nivel de tráfico previsto.

    A continuación, se restarían los costes previstos de mantenimiento del equipamiento y cualquier daño esperado en el estado de la vía navegable. Otro factor a la hora de determinar el precio es el riesgo de obtener realmente esos ingresos netos.

    El valor o “precio” de un activo de este tipo suele determinarse calculando el valor actual de todos estos flujos de ingresos futuros (netos).

    Las ventas territoriales modernas son escasas

    El declive de las ventas territoriales está ligado a varios factores. Históricamente, estas transacciones solían beneficiar más a las élites gobernantes que a los ciudadanos de a pie. En las democracias modernas, es casi imposible vender tierras si los ciudadanos locales se oponen a la idea.

    Estas democracias se basan en el principio de que los bienes nacionales deben estar al servicio del pueblo, no de las arcas del gobierno. Vender un territorio hoy exigiría demostrar beneficios claros y tangibles para la población, una tarea difícil en la práctica.

    El nacionalismo también desempeña un papel importante. La tierra está profundamente ligada a la identidad nacional y venderla suele considerarse una traición. Los gobiernos, como custodios del orgullo nacional, son reacios a aceptar ofertas, por tentadoras que sean.

    People seen singing as part of Greenland's National Day festival
    Gente cantando en el festival del Día Nacional de Groenlandia.
    Lasse Jesper Pedersen/Shutterstock

    A esto se añade una sólida norma internacional contra el cambio de fronteras, nacida del temor a que un ajuste territorial pueda desencadenar una cascada de reclamaciones y conflictos en otros lugares.

    En el mundo actual, comprar un país o uno de sus territorios puede ser poco más que un experimento mental. Las naciones son entidades políticas, culturales e históricas que se resisten a la mercantilización.

    En teoría, Groenlandia puede tener un precio, pero la verdadera cuestión es si una transacción de este tipo podría ajustarse alguna vez a los valores y realidades modernos.The Conversation

    Susan Stone, Credit Union SA Chair of Economics, University of South Australia y Jonathan Boymal, Associate Professor of Economics, RMIT University

    Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.