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  • Idioma y Cultura

    Idioma y Cultura

    En 1975, mientras dirigía la Escuela de Aeronáutica Civil en Panamá —proyecto conjunto con la OACI y el PNUD—, solicité un diccionario etimológico al departamento de compras. La respuesta fue desalentadora: costaba seiscientos dólares de entonces. En cambio, un Webster en idioma inglés se conseguía por apenas veinte. Aquella barrera económica marcó mi camino: empecé a usar el diccionario inglés para guiar mi escritura y pensamiento en español.

    De esa experiencia surgió una inquietud más profunda: mientras el inglés parecía expandirse con la ciencia y la innovación, el español daba señales de contraerse en ciertos ámbitos. ¿Era posible? Observando con atención, encontré varias realidades preocupantes.

    Primero, para escribir con claridad y profundidad se necesitan palabras precisas. Algunas se han desgastado o cambiado de sentido según la región —como “bochinche”, que en Panamá alude al chisme malicioso que crece de boca en boca, distinto del tumulto o barullo general—.

    Segundo, la Real Academia Española (RAE) y otros diccionarios tradicionales han privilegiado definiciones de uso actual sobre el origen etimológico y filosófico de los términos.

    Tercero, mientras obras como el Merriam-Webster son acumulativas e inclusivas, la tradición académica hispánica ha tendido a ser más restrictiva y normativa.

    Esta diferencia no es trivial. Los jóvenes angloparlantes accedían fácilmente al sentido histórico, evolutivo y conceptual de las palabras. Los hispanohablantes, con frecuencia, no. De allí la percepción de que las sociedades de habla inglesa avanzan a la velocidad de la ciencia y la técnica, mientras que en el mundo hispánico, a veces, parecemos avanzar con mayor lentitud cognitiva y cultural.

    La raíz está en la filosofía de los diccionarios. Buscar “estado” en un Webster ofrece páginas de disección histórica, filosófica y social: una verdadera herramienta de pensamiento. En el Diccionario de la lengua española (DLE) de la RAE predomina la definición escueta, normativa y de uso. Uno expande la mente; el otro fija límites de lo “aceptable”.

    Históricamente, la RAE ha seguido el lema “limpia, fija y da esplendor”, priorizando uniformidad y pureza. Esto tiene ventajas: mantiene la unidad de un idioma hablado por más de 500 millones de personas en más de veinte países. Pero también genera rigidez. La institución tarda en reconocer vocablos que la realidad ya usa (aunque en las últimas décadas ha incorporado más americanismos y usos regionales, y dispone de recursos digitales y corpus como el CORPES). El enfoque anglosajón es más pragmático y descriptivo: si el pueblo o la ciencia usan una palabra con consistencia, se registra. No juzga tanto; documenta y queda incorporado al idioma.

    Hoy, la digitalización ha eliminado las barreras económicas de 1975. Cualquiera puede consultar etimologías en línea, comparar diccionarios y explorar orígenes. El verdadero obstáculo ya no es el precio, sino el hábito cultural: ¿valoramos la precisión léxica o nos conformamos con el slang inmediato?

    Adoptar lo mejor de ambas tradiciones no significa colonizar el español, sino enriquecerlo. Podemos conservar la unidad y elegancia que aporta la norma académica, sin renunciar a la vitalidad, la creatividad y la profundidad analítica del modelo descriptivo.

    Las palabras son las herramientas con las que construimos pensamiento, tecnología y futuro. Un idioma que se vuelve fósil rígido congela también el desarrollo de sus hablantes. Uno que se disuelve en arbitrariedad pierde poder comunicativo.

    El español no está menguando —es una lengua viva, diversa y en expansión demográfica—, pero sí necesita más curiosidad lexicográfica por parte de sus usuarios. Usemos el DLE como ancla normativa, el Diccionario Histórico para profundidad diacrónica, y herramientas como el Webster o Wiktionary para explorar capas etimológicas y filosóficas. Escribamos y pensemos con exigencia, sin purismo estéril ni permisividad que diluya el sentido.

    Es hora de exigir un español tan dinámico, preciso y audaz como los tiempos que nos toca liderar. Ni fósil ni caos: vivo, profundo y nuestro.

    Nota: con aportes de Grok.

  • Asistente de Google traducirá nuestra voz en tiempo real a través del teléfono

    Las aplicaciones de traducción como Google Translate o Microsoft Translator son ya familiares para los más viajeros. Pero ahora Google está permitiendo tener también conversaciones de voz a través de diferentes idiomas sin necesidad de descargar una aplicación. La compañía ha actualizado Google Assistant para que sea compatible con la traducción de idiomas en tiempo real por primera vez para los sistemas operativos móviles iOS y Android.

    Se llama Modo de intérprete en el Asistente de Google, y no es nuevo en sí, la compañía lo mostró hace casi un año, en el CES 2019, pero la función hasta ahora estaba relegada a altavoces y pantallas inteligentes, como Google Home y Nest Hub Max. Con esta actualización, finalmente está llegando a los teléfonos inteligentes.

    Podrá decir cosas como «Hola, Google, ayúdame a hablar francés» o «Hola, Google, sé mi intérprete de francés», y el Asistente de Google mostrará texto en una pantalla inteligente que traduce sus palabras mientras habla. Luego, abrirá el micrófono para que la segunda persona pueda hablar en su idioma y las palabras se traducirán a través de la pantalla al mismo tiempo.

    El Asistente expresará sus traducciones en voz alta, pero también puede optar por usar el teclado y conversar con la otra persona a través de la pantalla de su teléfono, si lo desea. El sistema elegirá automáticamente el idioma que desea traducir según su ubicación, aunque también puede configurarlo manualmente. El Asistente también es lo suficientemente potente como para ofrecer respuestas inteligentes después de las traducciones, que son frases cortas que puede aprovechar que el software impulsado por IA cree que podrían ser seguimientos naturales. Si necesita traducir texto, Google Lens, que ya está integrado en el Asistente en teléfonos Android, actualmente puede hacerlo en tiempo real usando la cámara de su teléfono.

    Desafortunadamente, dado que la traducción se lleva a cabo actualmente en la nube, solo funcionará si está en línea. Esto difiere de la aplicación Google Translate, que le permite descargar un idioma para que pueda usar el servicio fuera de línea para traducir palabras y frases escritas.

    Por el momento, la función admite 44 idiomas. En cuanto a la recopilación de datos, Google dijo que el Modo de intérprete no es diferente del Asistente de Google; sus traducciones se envían a la empresa a través de la nube, pero Google afirmó que no comparte su información personal. Igualmente Ud. puede monitorear y eliminar sus datos de Asistente dirigiéndose al panel de actividades de Google.

    Con la traducción ahora incluida en el Asistente, aún se necesita menos trabajo para entablar una conversación en el extranjero, siempre que tenga conectividad a Internet. Eso significa potencialmente más, o al menos diferentes, tipos de experiencias cuando viaje, ya que facilita la comunicación con cualquier persona sin importar el idioma en el que se exprese.