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  • 2025 es un año cuadrado según las matemáticas, y puede ser el único de nuestras vidas

    El año que comienza es un año cuadrado: 2025 = 45². No decimos que eso sea bueno ni malo, porque el anterior año cuadrado fue 44² = 1936, que no brilla precisamente por ser un año de paz. Pero lo que sí podemos afirmar es que, para la mayoría de nosotros, 2025 será el único año cuadrado en el que vivamos: algunos mayores sí que vivían en 1936 y algunos de los más jóvenes de hoy puede que lleguen al 2116.

    Comencemos con un pequeño juego.

    En el calendario de enero de 2025 marque un cuadrado de tamaño 4×4. Tiene 4 posibilidades:

    2025 año cuadrado

    Sume los números que aparecen en los vértices del cuadrado que ha elegido y apunte ese número.

    Elija ahora uno de los números del interior del cuadrado, rodéelo con un círculo y tache todos los que están a izquierda y derecha y arriba y abajo del que ha señalado.

    De entre los números que están sin tachar (ni rodear), elija un segundo número. Márquelo también con un círculo y tache los que están por encima de él, por debajo, a su izquierda y a su derecha.

    De los que quedan sin tachar ni rodear elija uno, rodéelo y, de nuevo, tache los que están en su misma fila y columna.

    Ya le quedan pocos números sin usar. Elija uno de ellos, enciérrelo con un círculo, y tache todos los que queden sin usar en el cuadrado.

    Sume los números que había metido en los círculos.

    ¿Coincide esa cantidad con la que había escrito antes? ¿Sorprendente?

    Por qué coincide la cifra

    El hecho de rodear números y tachar los que se encuentran en la misma fila o columna fuerza a que se elijan 4 números con una propiedad importante: cada uno de los números encerrados con un círculo está en una fila diferente y, a la vez, en una columna diferente.

    Así, entre los 4 números se barren todas las filas y todas las columnas. Por otra parte, los números de la segunda fila se obtienen sumando 7 a los de la primera fila. Los de la tercera se obtienen añadiendo 14 y los de la cuarta sumando 21 a los de la primera. Si llamamos “a” al vértice superior izquierdo, los demás números de esa fila serán a+1, a+2 y a+3. Si, por ejemplo, los números elegidos fueran los de la diagonal, la suma sería a+(a+1+7)+(a+2+14)+(a+3+21). Cualquier elección que hagamos nos llevará a esa misma suma (aunque expresada en un orden diferente). No es magia. Son matemáticas.

    1 de enero de 2025

    Hay un desfase entre el 1 de enero y el primer día de cada uno de los otros meses. Dicho desfase se produce porque, salvo febrero en años no bisiestos, los meses no constan de semanas completas.

    Maurice Kraitchik menciona en su libro Mathematical Recreations una fórmula ideada por Carlos Federico Gauss para poder determinar el día de la semana, pero es mucho más versátil y rápida la que descubrió Lewis Carroll y que fue publicada en Nature como nota corta. El método de Carroll requiere hacer algunos cálculos: básicamente dividir entre 4 y entre 7 y quedarnos con los restos.

    En 2020 Miquel Durán, profesor de química y entusiasta divulgador, y yo mismo adaptamos los cálculos de Carroll a un esquema gráfico en el que para determinar el día de la semana en que cae una fecha no hay más que contar con los dedos. Este es nuestro calendario perpetuo:

    1. Elija el año. Atención, los años bisiestos están escritos con tinta blanca. Ponga su dedo índice sobre el año elegido.
    2. Busque el mes. Verá un número debajo del mes. Muévase en el sentido de las agujas del reloj tantos pasos como indica el número que está bajo el mes.
    3. Muévase en el sentido de las agujas del reloj tantas veces como indique el número del día de la fecha que ha elegido.
    4. Precaución: si el año elegido era bisiesto y el mes es enero o febrero, debe moverse una posición hacia atrás.

    El lugar donde está ahora su dedo índice indica el día de la semana en que cae la fecha elegida.

    El orden de los días

    El día 1 de enero de 2025 es miércoles, el día de Mercurio.

    El origen del nombre de los días de la semana es bastante conocido: Luna, Marte, Mercurio, Júpiter, Venus. Sábado y domingo nos descuadran la idea astronómica por tratarse de nombres religiosos: el Sabbat y el Dies Domini. En latín sí estaban las referencias a Saturno y Sol, que se mantienen en inglés todavía hoy.

    Rob Eastaway comenta en su libro How Long is a Piece of String la razón del orden en el que aparecen los días de la semana. Los datos conocidos de los que partimos son los tiempos que tardan los objetos celestes, desde nuestro punto de vista, en dar una vuelta y volver a la posición inicial: Saturno tarda 28 años; Júpiter, 12 años; Marte, 687 días; el Sol, 365 días; Venus, 225 días; Mercurio, 88 días, y la Luna, 28 días. Podríamos haber puesto los nombres de los días de la semana por este orden y haber acabado, pero ese no es el orden que utilizamos.

    La clave del orden en el que aparecen mencionados los días de la semana se debe a que los babilonios nombraron las horas, no los días, según los periodos de las órbitas, de mayor a menor. Así, escribieron las 24 horas del día asignando esos nombres:

    2025 año cuadrado

    Si nos fijamos en una línea cualquiera de esa tabla veremos el orden habitual en el que aparecen los días de la semana.

    El final de un año y el principio de otro nos evoca muchos sentimientos: hacemos balance de lo que ha pasado y también propósitos para el nuevo periodo que comienza. Podríamos hacerlo en cualquier momento pero, como todo ritual, bien merece una ocasión solemne.

    2025 puede ser el único año cuadrado de nuestras vidas. ¡Habrá que celebrarlo!The Conversation

    Fernando Blasco, Profesor Titular de Universidad de Matemática Aplicada. Área de interés: educación, divulgación y comunicación científica., Universidad Politécnica de Madrid (UPM)

    Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

  • Curt Herzstark, el genio que inventó la primera calculadora de bolsillo en un campo de concentración nazi

    La CURTA era un pequeño cilindro negro, de unos 10 centímetros de alto por 5 de diámetro, que cabía en la palma de la mano.
    Wikimedia commons, CC BY

    Hasta que en los años setenta las calculadoras electrónicas la destronaron, la CURTA reinó en el mundo de los ingenieros, los científicos y los técnicos e incluso en las carreras de automóviles. Con la pequeña máquina de Curt, un cilindro negro primorosamente ensamblado y dotado de diales deslizantes con los que poder sumar, restar, multiplicar, dividir y hacer otras clases de variados cálculos, se revolucionó el mundo.

    Nació entre máquinas

    Curt Herzstark (1902-1988) era hijo de Samuel Herzstark, un judío liberal fundador en 1905 de la primera fábrica de máquinas de cálculo de Austria, Rechenmaschinenwerk Austria Herzstark & Co.

    Curt en la publicidad de la máquina AUSTRIA.
    Wikimedia commons, CC BY

    La infancia de Curt transcurrió en talleres en los que los proyectos se convertían en realidad. En la Exposición Internacional de Máquinas de Oficina de 1910 en Viena, la publicidad de la máquina AUSTRIA era una fotografía del propio Curt de 8 años manejándola.

    A los 14 años abandonó los estudios de secundaria. Según su padre, no tenía sentido que perdiera el tiempo estudiando ciencias. En su lugar, trabajó en la fábrica como aprendiz en máquinas de precisión y en construcción de herramientas.

    En 1918 inició sus estudios en la Staatsgewerbeschüle de Viena, una especie de escuela de ingeniería, para formarse como fabricante de troqueles y mecánico de precisión.

    Al graduarse en 1922, regresó al negocio familiar donde su padre lo envió a dos fábricas de Alemania para obtener experiencia práctica y seguir formándose. Al regresar a Viena en 1924, el padre de Curl le encargó la organización de ventas de las zonas de la República Checa, Eslovaquia y Hungría, con esta frase: “¡También es importante conocer los deseos de los clientes!”.

    Este contacto con el público le condujo a empezar a idear una calculadora de bolsillo.

    En busca de la máquina pequeña

    Su facilidad para la invención había quedado probada en 1928, cuando presentó un sumador múltiple al que llamó Multimator, una máquina capaz de sumar en una única operación filas horizontales y columnas verticales.

    Curt comenzó entonces a obsesionarse con una idea. Allá donde iba, desde hacía años, todos sus clientes le comentaban que las máquinas de calcular eran muy útiles, pero demasiado pesadas y voluminosas. Por el contrario, las reglas de cálculo cabían en el bolsillo y todos los técnicos, ingenieros y científicos las utilizaban. Todos le pedían, medio en broma, medio en serio, si sería posible crear una calculadora de bolsillo que fuera realmente práctica.

    Esa fue la chispa que alimentó la obsesión de Curt durante los años siguientes: lograr una calculadora mecánica que cupiera en la palma de la mano y que fuera fiable y precisa, además de sencilla de utilizar. Nadie había conseguido algo parecido antes.

    Y llegó la guerra

    En otoño de 1937, los buenos tiempos de la compañía de Herzstark terminaron. En octubre murió Samuel Herzstark y en marzo de 1938 Hitler anexionó Austria.

    Dos meses más tarde, la visita de dos oficiales de la Wehrmacht, acompañados de dos especialistas alemanes en mecánica de precisión, obligaron a Curt a producir instrumentos de medición y medidores de distancia para el ejército alemán. Y tuvo que posponer sus planes para una calculadora portátil.

    Curt Herzstark
    En Viena, año 1943.
    Computer History Museum, CC BY

    La situación se complicó en el verano de 1943, cuando dos trabajadores de la fábrica de Herzstark fueron arrestados por la Gestapo por escuchar la radio inglesa y copiar las noticias con una máquina de escribir de la empresa. Uno de ellos fue decapitado y Curt fue convocado para declarar. Le acusaron de ser medio judío (su madre, Marie, era cristiana), de apoyar a los judíos, de colaborar para desintegrar el estado y de mantener relación no permitida con mujeres arias. Fue declarado culpable y enviado al campo de concentración de Buchenwald en noviembre de 1943.

    El campo de concentración de Buchenwald

    Campo de concentración de Buchenwald el día que fue liberado, 16 de abril de 1945. Foto tomada por Jule Rouard, voluntario de guerra incorporado al ejército americano.
    Wikimedia Commons / Jules Rouar, CC BY-SA

    Las primeras semanas de su estancia en Buchenwald fueron horribles, incluso pensó que moriría pronto. Pero a finales de diciembre de 1943, el comandante del campo le llamó a su oficina. Con su ficha en la mano, le hizo una propuesta:

    “¿Entonces trabajó para la Wehrmacht? Si no sufre pérdida de memoria y obedece nuestras órdenes obedientemente, podría tener una vida más soportable aquí”.

    Curt Herzstark fue asignado a la fábrica Gustloff-Werk local en Weimar. Allí trabajaban cerca de 4 500 prisioneros del campo bajo la dirección de las SS.

    Un regalo para Hitler

    Su habilidad mecánica entre máquinas le proporcionó una vida más fácil, e incluso un estatus especial. Por las tardes podía dibujar, y los domingos hacer planos de su pequeña máquina calculadora. Alguien tuvo la idea de que sería un excelente regalo para Hitler, para celebrar la victoria final en la guerra.

    En agosto de 1944, la fábrica Gustloff-Werk fue completamente destruida por los bombardeos aliados. Muchos de sus trabajadores murieron o resultaron gravemente heridos. Curt sobrevivió y fue reubicado en la antigua mina de potasa de Billroda. Allí, a 600 metros de profundidad, se producían piezas para los cohetes V1 y V2 de la Alemania nazi. A 21 grados de temperatura constante y en un ambiente salado, Curt Herzstark se recuperó de varias infecciones de tuberculosis.

    A principios de abril de 1945 regresó a Buchenwald con los planos de su prototipo. El 11 de abril, una división del Tercer Ejército estadounidense entró en el campo, encontrando 20 000 prisioneros, entre ellos Curt Herzstark. Aproximadamente 56 000 personas fueron asesinadas en el sistema de subcampos que dependían de Buchenwald.

    El apoyo de un príncipe

    A su vuelta a Viena, en 1946, patentó los diseños de la CURTA. La falta de financiación ponía en serio peligro la realización del proyecto, pero finalmente fue contactado por el gobierno de Liechtenstein. El príncipe Francisco José II de Liechtenstein deseaba crear un complejo industrial para aquel pequeño país de los Alpes y buscaba ingenieros.

    Al conocer el proyecto se enamoró de él y apoyó personal y decididamente a Curt Herzstark, además de invitarle a establecer una nueva fábrica, Contina AD. Herzstark fue nombrado director técnico con un contrato de 10 años, pero sin responsabilidades de gestión.

    Con el paso de los años fue gradualmente aislado de la administración de la compañía y permaneció solo como consultor. Finalmente, en 1956, vendió sus patentes a Contina AD por 350 000 francos (una cantidad significativa en el momento).

    Y así fue como salió a producción la CURTA, la más genial calculadora mecánica de bolsillo jamás creada, hoy codiciado objeto de coleccionistas.

    Curt Herzstark murió el 27 de octubre de 1988 en Nendeln, Liechetensein, habiendo hecho su sueño realidad: una calculadora que cumplió durante décadas el deseo de los clientes.The Conversation

    Pedro José Miana Sanz, Catedrático de Matemáticas, Análisis Matematico, Universidad de Zaragoza y Natalia Romero Álvarez, Profesora Titular de Universidad. Matemática Aplicada, Universidad de La Rioja

    Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

  • ¿Por qué los algoritmos se llaman algoritmos?

    Los algoritmos se han convertido en parte integral de nuestras vidas. Desde las aplicaciones de redes sociales hasta Netflix, son programas que aprenden tus preferencias y priorizan el contenido que se te muestra. Google Maps y la inteligencia artificial no son nada sin ellos.

    Pero ¿de dónde viene la palabra? Más de 1 000 años antes de internet y las aplicaciones para teléfonos inteligentes, el científico y polímata persa Muhammad ibn Mūsā al-Khwārizmī inventó el concepto de algoritmo.

    De hecho, la propia palabra proviene de la versión latinizada de su nombre, algorithmi. Y, como se puede sospechar, también está relacionado con el álgebra.

    Perdido en el tiempo

    Al-Khwārizmī vivió entre los años 780 y 850, durante la Edad de Oro Islámica. Se le considera el “padre del álgebra” y, para algunos, el “abuelo de la informática”.

    Sin embargo, se conocen pocos detalles sobre su vida. Muchas de sus obras originales en árabe se han perdido en el tiempo.

    Se cree que nació en la región de Jorasmia, al sur del mar de Aral, en la actual Uzbekistán. Vivió durante el Califato abasí, una época de notable progreso científico en el Imperio islámico.

    Sabemos que realizó importantes contribuciones a las matemáticas, la geografía, la astronomía y la trigonometría. Corrigió el clásico libro de cartografía de Ptolomeo, Geografía, para que el mapa del mundo fuera más preciso.

    También hizo cálculos para seguir el movimiento del Sol, la Luna y los planetas. Además, escribió sobre funciones trigonométricas y elaboró la primera tabla de tangentes.

    Eruditos en una biblioteca abasí. Maqamat de al-Hariri, ilustración de Yahya al-Wasiti, 1237.
    Zereshk / Wikimedia Commons, CC BY

    Por todas sus cualidades, Al-Khwārizmī ejerció como erudito en la Casa de la Sabiduría (Bayt al-Hikmah) de Bagdad. En este centro intelectual, los eruditos traducían al árabe conocimientos de todo el mundo y los sintetizaban para lograr avances significativos en diversas disciplinas.

    Un matemático devoto

    Primera página del Compendio de cálculo por reintegración y comparación.
    Al-Khwarizmi / Wikimedia Commons, CC BY
    Página escaneada de un libro que muestra texto en árabe con diagramas geométricos sencillos.
    Página del libro Compendio de cálculo por reintegración y comparación.
    World Digital Library

    Al-Khwārizmī era un hombre religioso. Sus escritos científicos comenzaban con dedicatorias a Alá y al profeta Mahoma. Y uno de los principales proyectos que emprendieron en la Casa de la Sabiduría fue desarrollar el álgebra.

    Las matemáticas eran, en general, un campo profundamente relacionado con el Islam.

    Alrededor del año 830, el califa Al-Mamún animó a Al-Jwārizmī a escribir un tratado sobre álgebra, Al-Jabr (o Compendio de cálculo por reintegración y comparación), que se convertiría en su obra más importante.

    A estas alturas, el álgebra ya existía desde hacía cientos de años, pero Al-Khwārizmī fue el primero en escribir un libro definitivo sobre ella. Pretendía ser una herramienta de enseñanza práctica y su traducción latina fue la base de los manuales de álgebra de las universidades europeas hasta el siglo XVI.

    Padre del álgebra

    En la primera parte del libro, introduce los conceptos y las reglas de esta materia, así como los métodos para calcular los volúmenes y las áreas de las figuras. En la segunda, plantea problemas de la vida real y elabora soluciones, como casos de herencia, la partición de tierras y cálculos para el comercio.

    Al-Khwārizmī no utilizaba la notación matemática moderna con números y símbolos. En su lugar, escribía en prosa sencilla y empleaba diagramas geométricos:

    Cuatro raíces son iguales a veinte, entonces una raíz es igual a cinco, y el cuadrado que se forma de ella es veinticinco, o la mitad de la raíz es igual a diez.

    En notación moderna lo escribiríamos así:

    4x = 20, x = 5, x2 = 25, x / 2 = 10

    Abuelo de la informática

    Los escritos matemáticos de Al-Khwārizmī introdujeron los números hindúes-árabes a los matemáticos occidentales: 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9, 0.

    Estos símbolos son importantes para la historia de la informática porque utilizan el número cero y un sistema decimal de base diez, el sistema numérico en el que se basa la tecnología informática moderna.

    Además, el arte de Al-Khwārizmī para calcular problemas matemáticos sentó las bases del concepto de algoritmo.

    Proporcionó las primeras explicaciones detalladas sobre el uso de la notación decimal para realizar las cuatro operaciones básicas (suma, resta, multiplicación, división) y el cálculo de fracciones.

    los algoritmos
    Ilustración medieval que muestra a una persona utilizando un ábaco por un lado y manipulando símbolos por el otro.
    El contraste entre los cálculos algorítmicos y los cálculos con ábaco, como se muestra en Margarita Philosophica (1517).
    The Bavarian State Library

    Se trataba de un método de cálculo más eficaz que el ábaco. Para resolver una ecuación matemática, recorría sistemáticamente una secuencia de pasos hasta hallar la respuesta. Este es el concepto subyacente de un algoritmo.

    Algoritmo, término latino medieval que debe su nombre a al-Khwārizmī, se refiere a las reglas para realizar operaciones aritméticas utilizando el sistema numérico hindú-árabe. Traducido al latín, el libro de al-Khwārizmī sobre los números hindúes se titulaba Algorithmi de Numero Indorum.

    A principios del siglo XX, la palabra adquirió su definición y uso actuales: “Conjunto ordenado y finito de operaciones que permite hallar la solución de un problema”.

    Así que la próxima vez que utilicemos cualquier tecnología digital –desde las redes sociales hasta la cuenta bancaria en línea o la aplicación de Spotify–, ya sabemos que nada de esto sería posible sin el trabajo pionero de un antiguo polímata persa.The Conversation

    Debbie Passey, Digital Health Research Fellow, The University of Melbourne

    Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

  • El mundo es un pañuelo

    El mundo es un pañuelo. Donde hay una red social podemos hablar de distancias. Y tal como funcionan hoy las redes sociales, las distancias se van acortando cada vez más.

    Chiquito de la Calzada no está tan lejos de Charlton Heston; de hecho están a distancia 2. Y quien les habla, está a distancia 5 de Stephen Hawking. Déjenme explicarme. Donde hay una red social podemos hablar de distancias. Y tal y como funcionan hoy las redes sociales, las distancias se van acortando cada vez más.

    De acuerdo, no he dicho qué es una red social. Intuitivamente, es un conjunto de personas (o entidades) relacionadas por un determinado criterio. Éste puede ser amistad, colaboración científica, o compartir el mismo grupo favorito de música.

    Medir las distancias

    Pensemos en Facebook, quizás la mayor red social actualmente. Sus usuarios (cerca de 3 000 millones en enero de 2023, según datos de DataReportal) están relacionados, como cabe imaginar, si son amigos.

    Ya tenemos la red social, con cientos de miles de personas que guardan relación entre sí. Pero volvamos a la distancia. Si José es amigo de María, entonces están a distancia 1. Por otra parte, si José no es amigo de Pilar pero Pilar es amiga de María, entonces José y Pilar están a distancia 2. Es decir, puedo encontrar un camino de amistad entre José y Pilar de longitud 2 (y no más corto).

    Pues ya lo tenemos: la distancia en Facebook entre Fulanito y Menganito será x si existe un camino de amistad entre ellos de longitud x y no hay ningún camino más corto entre ellos.

    A lo que vamos: las redes sociales son más densas de lo que en principio podríamos pensar. Aquí, entendamos por densidad la distancia media entre dos miembros aleatorios de la red. Por ejemplo, si la distancia media entre los miembros de una red social es 5, estamos diciendo que si sumamos las distancias entre todas las parejas posibles de miembros de la red y dividimos entre dicho número de parejas, el resultado es 5. Puede haber parejas que estén a distancia 3, 7 o 50, pero la media es 5.

    Los seis grados de separación comienzan en un cuento

    Estas ideas sobre la cercanía entre los miembros de una red social aparecieron en el cuento Eslabones, del escritor húngaro Frigyes Karinthy, publicado en 1929. En el relato, uno de los protagonistas, para demostrar lo cercanos que están los habitantes de la Tierra entre sí, apuesta que es posible encontrar una cadena de amistad que le relacione con cualquier persona del mundo.

    Así nace la famosa teoría de los seis grados de separación, que trató de corroborarse mediante diferentes experimentos sociales.

    El más conocido es el que llevó a cabo Stanley Milgram en 1967, The small world problem. Quizás le suene lo de small world a la famosa atracción de los parques de atracciones Disney; y digo bien lo de suene, pues quien haya subido a la atracción se habrá quedado con el soniquete de la canción retumbando en su cabeza. Small world quiere decir, en esencia, que el mundo es un pañuelo.

    Las distancias se acortan

    Volviendo a Milgram, en su experimento pidió a varios habitantes del medio oeste estadounidense que hicieran llegar una carta a un cierto destinatario en Massachussets. Si no lo conocían directamente, debían mandarlo a algún conocido que pensaran que podía conocer al destinatario, pidiéndole a su vez que, si tampoco lo conocían, reenviara la carta con el mismo criterio.

    Como media, las cartas llegaron mediante cadenas de entre 5 y 6 personas. Ahí tenemos los seis grados de separación.

    La ciencia avanza, y las distancias se acortan. Facebook tiene una distancia media de 4,57 (de media, 3,57 amigos separan a cada par de usuarios), y esta distancia sigue disminuyendo.

    La distancia entre Chiquito de la calzada y Charlton Heston

    Por cierto, aún no he dicho por qué Chiquito de la Calzada y Charlton Heston están a distancia 2.

    Hay una curiosa web, llamada el Oráculo de Kevin Bacon, que calcula la distancia entre cualquier par de actores. El criterio por el que se relacionan no es la amistad, sino haber trabajado en una misma película.

    Chiquito de la Calzada y Charlton Heston nunca trabajaron en una misma película, pero Chiquito de la Calzada y Leslie Nielsen trabajaron juntos en Spanish Movie, y Leslie Nielsen y Charlton Heston lo hicieron en Counterpoint.

    La distancia entre matemáticos tiene nombre propio: el número Erdös

    Y termino con un último ejemplo. Paul Erdös (1913-1996) fue un prolífico matemático húngaro que publicó unos 1 500 artículos con más de 500 colaboradores. Era una especie de matemático eremita, que de pronto aparecía en casa de un colega y le pedía asilo por una temporada mientras trabajaban en cualquier problema.

    El número de Erdös de un matemático es la distancia que le separa de Erdös, ahora tomando como relación entre dos matemáticos tener una publicación común. Así, los 500 colaboradores de Erdös tienen número de Erdös 1, y a partir de los colaboradores de los colaboradores, vamos expandiendo la red. Por cierto que mi número de Erdös es 4. Y claro, esta red permite calcular la distancia entre cualquier par de matemáticos, de ahí que yo esté a distancia 5 de Stephen Hawking.

    Pues eso, que el mundo es un pañuelo.The Conversation

    Juan Ángel Aledo Sánchez, Catedrático de Universidad, Departamento de Matemáticas, Universidad de Castilla-La Mancha

    Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.