La palabra “normativa” deriva de “norma”, un vocablo que en la Grecia de ayer designaba a la escuadra o regla del carpintero utilizada para verificar los ángulos rectos en la madera. Hoy en día, usamos el término como adjetivo o sustantivo para referirnos al conjunto de reglas que rigen una materia o actividad específica, tal como el porte de armas o el tránsito vehicular. Al respecto, uno supondría que los principios normativos actuales deben originarse en la Constitución y ser desarrollados con coherencia por un órgano legislativo.
Pero el asunto no es tan sencillo. Las normas que guían el comportamiento humano son muchísimo más antiguas que las constituciones y los parlamentos. Los legisladores jamás deberían inventar las normas desde la nada; su verdadera labor fundamental consiste en descubrir aquellas que ya están inscriptas en la constitución de la Naturaleza.
El gran jaleo con esto es que en la naturaleza humana no sólo están grabadas las pautas del buen comportamiento, sino también las del malo. Por ejemplo, todos acordamos que la norma “no robarás” es buena y necesaria. Sin embargo, si un ciudadano le roba el arma a un asesino para evitar que cometa una masacre, estamos ante lo que filosóficamente llamaríamos un “buen robo”. En ese instante, la rigidez de la regla escrita choca de frente con la realidad, y el panorama normativo se vuelve un enredo formidable.
Este enredo se manifiesta con crudeza cuando las leyes se redactan desde oficinas alfombradas en la capital, ignorando por completo la geografía y la realidad social del país. Hace unos días, conversando durante el desayuno con la señora que me atiende en casa —quien lamentablemente es analfabeta—, me enteré del incidente de su pareja. El señor compró un machete en una tienda, lo envolvió cuidadosamente en papel periódico para transportarlo de forma segura y abordó el transporte público hacia su hogar. En el camino, un policía lo increpó con severidad. A pesar de mostrar la factura de compra y explicar su destino, se armó el «merecumbé».
Aquí estalla la paradoja clasista y geográfica de nuestra normativa. Si usted camina con un machete en la mano por un potrero en el interior profundo, es considerado un trabajador respetable. Si usted es una persona pudiente y transporta la misma herramienta en el maletero de su vehículo privado, nadie lo cuestionará. Pero si usted es un ciudadano de a pie que debe abordar un metrobús o una chiva para llevar su herramienta de trabajo a casa, la «normativa» —o mejor dicho, el prejuicio del uniformado en la calle— lo convierte automáticamente en una amenaza pública.
¿Cuál es la verdadera normativa en este caso? No existe una regla clara porque el derecho moderno ha olvidado la naturaleza práctica de las cosas. Al perder de vista que el machete es la extensión del brazo del campesino y no inherentemente un arma criminal, la ley deja de ser una escuadra que endereza la sociedad y se convierte en un laberinto diseñado para tropezar al más vulnerable. Cuando la regla escrita persigue el objeto y no la intención real del individuo, el enredo normativo está servido.
Como este tema es espeso como un buen chicheme, lo desarrollaré en una serie de 3 ensayos que abordan la compleja realidad de la normativa, tanto jurídica como aquella que no emana de la Asamblea, Presidencia o alguna institución gubernamental.
El Enredo Normativo (Parte I)

