Etiqueta: organización política

  • ¿Quiénes son las Élites?

    ¿Quiénes son las Élites?

    La élite o élites se refiere a esa minoría selecta, que supone ser superior o rectora gobernante; y la definición de la IA la he alterado yo debido que la IA no dice que “supone ser superior” sino sólo superior; lo cual me deja pensando… ¿superior en qué? En el pensamiento romano político y clásico el vocablo “superior” existen dos vertientes, la de “autoridad” y la de “potestad”:

    • “Autoridad” viene de autor, o quien conoce y escribe la obra y aportando valor y crecimiento, actuar que le da prestigio y legitimidad.
    • “Potestad” es la capacidad legal respaldada por la fuerza para mandar; sea o no “autoridad” que tenga los méritos, o la razón.

    En el escenario panameño vemos exceso de una potestad adaptada al pillaje, pero poca o ninguna para hacer crecer al país y sacar a los pobres del pantano de la pobreza. Y, el uso típico que le hemos dado al término “élite”, rabiblanco y tal, es para referirse a la oligarquía del Club Unión; sin importar de que esa oligarquía ya poco suena o truena. La realidad y el problema es que la élite y la oligarquía de antaño ha mutado dando cabida a una élite con rabos multicolor. Y, tristemente, en ello, se ha formando una mafia que busca justificación legal con poca moral.

    Hoy estamos frente a lo que se conoce como una “movilidad social oportunista” que se vale del mimetismo para sus fechorías. Ahora, desde el poder político y económico, no aportan nuevos valores, sino que, habiéndose copiado los vicios y estética de la vieja guardia, buscan validar su corrupto actuar disfrazándose de pobres; aunque ya muchos son más ricos que los ricos del ayer.

    Antaño, el poder de los rabiblancos se basaba, más que nada, en la propiedad de la tierra, ya que verdaderos comerciantes no eran; su negocio, empresa o emprendimiento estaba en el Palacio de las Garzas y tal. Era allí desde dónde fluía y sigue fluyendo el chen-chen que le sustraen al sector realmente productivo; ya que nuestros gobiernos monopólicos nada tienen de productivos; y más bien son destructivos.

    La nueva rabiblancura busca legitimidad aprendida en el corrupto ayer; haciéndose pasar por lo que no son… gobernantes. A diferencia, extranjeros que llegaron a Panamá pobres, crearon empresas que dieron miles de plazas de trabajo y desarrollo. Mi abuelo Novey solía decir, “quien con niños se acuesta, cagado amanece”, pues él rehusaba hacer negocios con el “gobierno”. Tristemente, yo no le hice caso y la empresa que fundé, luego de que me despidieran como director de aeronáutica, porque no era ladrón, fracasó porque a pesar de que ganábamos contratos y nuestro producto era de primera, no accedimos a pagar las coimas. ¿Cómo pagarlas si no las habíamos incluido en el presupuesto?

    Tristemente, tanto los rabiblancos de antaño como la nueva mezcolanza de rabos multicolor carecen de ética, caminando en malandar. Hoy, como ayer, el pueblo vota por los más corruptos pensando que estos les derramarán despojos desde las mesas de sus banquetes; lo cual aflora en aquello de “robó, pero le dio al pueblo”. En fin, los que hoy llamamos “élites”, en buena medida son mutantes que se graduaron en las universidades del desenfreno.

    Ahora, el gobierno y la gobernanza secuestrada se disfrazan de emprendedores, en actividades que no es “gobierno ni gobernanza”. Son las élites del engaño y la rapiña. Y mientras el pueblo languidece en los arables periurbanos de pobreza, los empresarios extranjeros tienen el campo libre para emprender; y… menos mal, ya que alguien debe producir para lograr prosperidad.

  • El Poder de las Ideas: Divulgadores vs. Políticos

    El poder de las ideas: ¿moldean más la historia los políticos con leyes o los pensadores con visiones y valores?

    En el vasto panorama de la influencia política y social, surge una pregunta fundamental: ¿dónde reside el verdadero poder para moldear el curso de la historia? ¿Es en la arena política, donde los líderes toman decisiones y promulgan leyes, o en el mundo de las ideas, donde los pensadores y los difusores articulan visiones y valores que pueden cambiar la forma en que se gobierna y se vive?

    La historia nos ofrece un fascinante ejemplo de este debate en la figura de Anthony Fisher, un joven piloto de la Real Fuerza Aérea, cuya vida cambió después de leer una versión condensada del libro de Friedrich Hayek en la revista «Selecciones del Reader’s Digest» en abril de 1945. El impacto de las ideas de Hayek lo llevó a buscar al profesor en el London School of Economics, un bastión de pensamiento socialista fabiano.

    En su encuentro con Hayek, Fisher buscaba orientación sobre cómo influir en las políticas públicas y, quizás, seguir una carrera política. Sin embargo, la respuesta de Hayek fue reveladora: las grandes batallas de las ideas, afirmó, son llevadas adelante por los intelectuales, no necesariamente por los políticos.

    Esta distinción entre el papel del difusor de ideas, el académico y el político resalta una verdad fundamental sobre el poder transformador de las ideas. Mientras que los políticos pueden promulgar leyes y tomar decisiones que afectan directamente la vida de las personas, son los difusores de ideas quienes moldean el terreno sobre el cual se basan esas decisiones.

    En el caso de Hayek, sus obras influyeron en la forma en que se entendía la economía y el papel del gobierno en la sociedad. Sus críticas al intervencionismo estatal y su defensa de la libertad individual resonaron en las mentes de muchos, incluido Fisher, quien se vio inspirado a buscar formas de difundir esas ideas más ampliamente.

    Es en el mundo de las ideas donde se gestan las grandes transformaciones sociales y políticas. Los intelectuales, los escritores, los académicos y los difusores de ideas tienen el poder de cambiar la forma en que la sociedad piensa y actúa. A través de libros, ensayos, discursos y medios de comunicación, pueden sembrar las semillas de la libertad y la justicia, dando forma a la conciencia colectiva de una nación.

    Sin embargo, esto no resta importancia al papel de los políticos. Ellos son los encargados de traducir esas ideas en políticas concretas y acciones gubernamentales. Son quienes tienen el poder de implementar cambios tangibles en la sociedad. Pero su efectividad y su legitimidad dependen en gran medida del respaldo y la fuerza de las ideas que subyacen a sus decisiones.

    En última instancia, tanto los difusores de ideas como los políticos tienen un papel vital que desempeñar en la lucha por la libertad y la justicia. Cada uno aporta sus propias habilidades y perspectivas únicas. Los difusores de ideas pueden inspirar y educar, mientras que los políticos pueden legislar y liderar. Pero su éxito depende en última instancia de su capacidad para trabajar juntos en aras del bienestar de la sociedad más elevado.

    Así pues, la verdadera fuerza del cambio reside en la sinergia entre las ideas y la acción política. Cuando los difusores de ideas y los políticos se unen en la defensa de principios como la libertad, la justicia y la igualdad ante la ley, pueden desencadenar transformaciones profundas y duraderas en la sociedad. En este sentido, el poder de las ideas y el poder político son dos caras de la misma moneda, cada una indispensable para la realización de un mundo más justo y libre.

  • Las Prebendas del Poder y la Lógica de la Acción Colectiva: Un Análisis Detallado de los Incentivos y Dinámicas Grupales

    Las Prebendas del Poder y la Lógica de la Acción Colectiva: Un Análisis Detallado de los Incentivos y Dinámicas Grupales

    En el corazón de la teoría de Mancur Olson sobre la acción colectiva se encuentra el concepto crucial de las «prebendas del poder». Este término se refiere a los beneficios, favores o privilegios que ciertos grupos, ya sean sindicatos, políticos o entidades empresariales, obtienen y buscan preservar a través de la movilización colectiva. Para comprender plenamente este fenómeno, es esencial examinar cómo estas prebendas afectan los incentivos y la participación de los individuos en la esfera pública.

    Los grupos que disfrutan de prebendas establecidas exhiben un interés concentrado y definido en mantener sus ventajas. Esta concentración de intereses a menudo se traduce en una mayor disposición para la acción colectiva y la búsqueda de más beneficios. Tomemos, por ejemplo, el caso de los sindicatos. Su capacidad para movilizar a los trabajadores en pro de mejores condiciones laborales es ejemplar. Al tener un interés concentrado en la mejora de las condiciones para sus miembros, los sindicatos pueden impulsar cambios significativos mediante la acción colectiva.

    Los políticos, también, están inmersos en la lógica de las prebendas del poder. La defensa de políticas que beneficien a sus seguidores y electores es esencial para su supervivencia política. La movilización de apoyo y la acción colectiva se convierten en herramientas clave para asegurar la permanencia de estas políticas favorables. De manera similar, las organizaciones empresariales a menudo buscan prebendas en forma de regulaciones y políticas que promuevan sus intereses comerciales. La acción colectiva se convierte así en una estrategia fundamental para mantener y expandir estas prebendas empresariales.

    En este contexto, surge una disparidad evidente cuando comparamos estos grupos con los intereses más dispersos de la mayoría que no disfruta de tales prebendas. Los grupos mayoritarios, cuyos beneficios no están directamente vinculados a estas ventajas específicas, a menudo muestran un interés más difuso en la participación activa. Este fenómeno se debe a que, al no experimentar un beneficio directo y tangible, la motivación individual para la participación disminuye. Cuando se plantea la posibilidad de eliminar las prebendas del poder, estos grupos tienden a no activarse de manera significativa, ya que el beneficio percibido para cada individuo es relativamente pequeño e indirecto.

    La dispersión de beneficios entre un gran número de individuos en los grupos mayoritarios puede conducir a la llamada «paradoja de la acción colectiva». Aunque la eliminación de prebendas del poder puede ser de interés general, la falta de incentivos claros para la participación individual puede resultar en la inacción de estos grupos, permitiendo que los intereses concentrados prevalezcan.

    Este análisis resalta la importancia de comprender cómo la estructura de incentivos afecta la dinámica de la acción colectiva. Mancur Olson nos insta a reflexionar sobre cómo las características específicas de los grupos, ya sea la concentración de beneficios o su dispersión, influyen en la capacidad de la sociedad para lograr cambios significativos y equitativos.

    En última instancia, la comprensión de las prebendas del poder y sus implicaciones en la acción colectiva es esencial para abordar cuestiones de gobernanza, equidad y participación ciudadana. Al reconocer las dinámicas subyacentes, podemos avanzar hacia enfoques más efectivos para fomentar la participación activa y garantizar que las decisiones colectivas reflejen verdaderamente los intereses de la sociedad en su conjunto.

  • Maquiavelo describe la raíz del poder político

    El pensador florentino Maquiavelo fue el precursor del pensamiento político moderno. Durante siglos fue colocado del lado de los villanos, aunque el contenido de su obra refleja otra cosa.

    Hace tiempo escribí sobre este personaje pero debido a que se vuelve sobre el asunto estimo pertinente recordar lo dicho con algunas variantes. Hay quienes juzgan que este autor revelaba su perversidad en sus dos obras más conocidas, es decir, El Príncipe y Discursos sobre la primera década de Tito Livio, lo cual se configura como “maquiavelismo”, pero lo que hizo en estas obras -especialmente en la primera- es simplemente una descripción del poder y de los politicastros que pululan por doquier, lo cual es señalado, entre otros, por autores como James Burnham, George Sabine o Maurizio Vitroli en sus archiconocidos trabajos sobre la materia.

    “Podría citar mil ejemplos modernos y demostrar que muchos tratados de paz, muchas promesas han sido nulas e inútiles por la infidelidad de los Príncipes, de los cuales, el que más ha salido ganando es el que ha logrado imitar mejor a la zorra. Pero es menester respetar bien ese papel; hace falta gran industria para fingir y disimular, porque los hombres son tan sencillos y tan acostumbrados a obedecer las circunstancias, que el que quiera engañar siempre hallará a quien hacerlo”. Este es uno de los pasajes de El Príncipe de Maquiavelo en el que resume su tesis central.

    En esa obra célebre se encuentra el verdadero rostro del poder cuando se lee que el gobernante “debe parecer clemente, fiel, humano, religioso e íntegro; más ha de ser muy dueño de sí para que pueda y sepa ser todo lo contrario […] dada la necesidad de conservar el Estado, suele tener que obrar contra la fe, la caridad, la humanidad y la religión […], los medios que emplee para conseguirlo siempre parecerán honrados y laudables, porque el vulgo juzga siempre por las apariencias”. Incluso hay quienes ingenuamente interpretan el uso maquiavélico de virtú como si se tratara de virtud cuando en verdad esa expresión en El Príncipe alude a la voluntad de poder que solo se obtiene por el uso de la fuerza. Más aún, escribe Maquiavelo que “El Príncipe que quiera conservar a sus súbditos unidos y con fe, no debe preocuparse de que le tachen de cruel […] es más seguro ser temido que amado […] Los hombres temen menos ofender al que se hace amar que el que se hace temer […] solo han llevado a cabo grandes empresas los que hicieron poco caso de su palabra, que se dieron maña para engañar a los demás”.

    Por su parte, en el contexto de los poderes papales, en el otro libro referido Maquiavelo señala que en relación a los abusos del caso “el primer servicio que debemos los italianos a la sede papal es haber llegado a ser irreligiosos y malos” y concluye en un plano más amplio que “Jamás hubo ni habrá un país unido y próspero sin no se somete todo a la obediencia de un gobierno.” Recordemos en otro orden de cosas que de los veinte Concilios hasta el momento -de 325 a 1965- a la mitad de ellos asistió el gobernante político del momento.

    Se trata entonces de una muy ajustada observación de lo que en líneas generales significa quién se instala en el trono del monopolio de la fuerza que denominamos gobierno, pero resulta sumamente curiosa la renovada confianza, no solo de los consabidos adulones que sin vestigio alguno de dignidad están en todas partes y anidan en todos los tiempos, sino de gente de apariencia normal que es engañada y saqueada una y otra vez, a pesar de lo cual insiste en la experiencia cuando el próximo candidato promete “cambio, combatir la corrupción y establecer justicia” y otras cantinelas equivalentes.

    Produce asombro y verdadera perplejidad que se suela considerar como normal que el político mienta en campaña para engatusar a la incauta clientela, incluso livianamente se lo justifica y perdona al candidato diciendo que “es político”. Es que como ha escrito Hannah Arendt, “nadie ha puesto en duda que la verdad y la política están más bien en malos términos y nadie, que yo sepa, ha contado a la veracidad entre las virtudes políticas”. Por ello es que Alfred Whitehead ha enfatizado que “el intercambio entre individuos y entre grupos sociales es de una de dos formas, la fuerza o la persuasión. El comercio es el gran ejemplo del intercambio a la manera de la persuasión. La guerra, la esclavitud y la compulsión gubernamental es el reino de la fuerza”. Por su lado Ortega y Gasset ha escrito: “La política se apoderó de mí y he tenido que dedicar más de dos años de mi vida al analfabetismo (la política es analfabetismo)”. Como nos ha enseñado Gaetano Mosca, la historia no debe interpretarse con lentes monistas o unidireccionales, pero en el caso que nos ocupa se juega nada menos que la libertad que es lo que precisamente permite abrir ríos que se bifurcan en muy distintas direcciones y que permiten naves de diverso calado y volumen.

    Después de tantas matanzas, guerras, torturas y estropicios mayúsculos patrocinados por los aparatos estatales de todas las latitudes, es menester derribar telarañas mentales y explorar otras avenidas fértiles. Para los que quieren ver la realidad del poder hay por lo menos dos etapas que, a su debido tiempo, es aconsejable se transiten. Si lo que se presenta a continuación no es aceptado hay que pensar en otros procedimientos pero no quedarse inmóvil esperando las próximas elecciones pues de este modo se corre el riesgo de convertir al planeta tierra en un inmenso Gulag en nombre de una democracia degradada.

    Debe percatarse que la democracia como ha sido concebida en una manifestación de igualdad ante la ley y la protección de los derechos de las minorías, no ha funcionado debido a los incentivos perversos que se desatan muy a disgusto de los Giovanni Sartori de todos los tiempos. En el camino el sistema ha mutado en cleptocracia, a saber, el gobierno de los ladrones de libertades, propiedades y sueños de vida de cada uno de los que llevan a cabo actividades que no lesionan derechos de terceros.

    En una primera etapa, por ejemplo, debería contemplarse el establecimiento de tres pilares aplicables a los tres poderes. Un triunvirato para el Ejecutivo al efecto de diluir la idea del líder y similares tal como se propuso en los debates constitucionales estadounidenses y, agregamos, elegido por sorteo tal como lo propuso Montesquieu en el segundo capítulo del Segundo Libro de El espíritu de las leyes y tal como ocurrió en las repúblicas de Florencia y Venecia, situación en la que las personas dejan de contarse anécdotas más o menos irrelevantes sobre candidatos para concentrarse en los límites al poder, esto es en la fortaleza de marcos institucionales puesto que cualquiera podría acceder. En el Judicial, Bruno Leoni sugiere que debería permitirse que en los conflictos que surjan en las relaciones contractuales, las partes deberían establecer quienes han de oficiar de árbitros en todas las instancias que se estipulen sin regulación de ninguna naturaleza, con lo que se volverá a lo ocurrido durante el primer tramo del common law y durante la República romana. Por último, debería adoptarse lo que Hayek bautizó como “demarquía” en el tercer tomo de su Law, Legislation and Liberty al efecto de introducir reformas al Legislativo.

    En la segunda etapa, que es en la que ahora nos detendremos a resumir pero con la brevedad que exige una nota periodística, debería prestarse atención a lo que han venido sugiriendo autores tales como Anthony de Jasay, Bruce Benson, Randy Barnett, David Friedman, Murray Rothbard, Jan Narvenson, Gustave de Molinari, Leslie Green, Walter Block, Morris y Linda Tanehill y tantos otros (sistema que he bautizado como “autogobierno”, que a falta de una definición lexicográfica hago una estipulativa en mi libro y en mis tres ensayos académicos sobre la materia publicados respectivamente en Buenos Aires, Londres, Madrid y Santiago de Chile). Debates sobre estos temas están demorados y poco explorados debido a que estamos inundados de medidas infantiles que atrasan y demoran toda posibilidad de progreso como la machacona y absurda idea del control de precios, la inflación monetaria, el embrollo de impuestos astronómicos, deudas siderales, legislaciones contrarias a los derechos más elementales, cerrazón al comercio internacional y normas en el ámbito laboral que perjudican enormemente a quienes desean trabajar.

    Es del caso destacar que una de las obras del referido de Jasay titulada Against Politics donde se objeta el monopolio de la fuerza y se explica la manera evolutiva de producir normas en libertad, el premio Nobel en economía James Buchanan escribe sobre ese trabajo que “Aquí se encuentra la filosofía política como debiera ser: temas serios discutidos con verba, agudeza, coraje y genuino entendimiento”. Lo peor son los conservadores en el peor sentido de la expresión, esto es, no los que pretenden conservar la vida, la libertad y la propiedad, sino los que no pueden zafar de las tinieblas mentales y son incapaces de discutir otros paradigmas dentro de la tradición liberal que como es sabido no es un puerto sino una travesía permanente en un contexto evolutivo. Por ello la sabiduría del lema de la Royal Society de Londres: nullius in verba, a saber, no hay palabras finales.

    No me quiero poner demasiado técnico en esta columna periodística pero el debate por el momento se centra y gira en torno a la asimetría de la información, las externalidades, el dilema del prisionero, el teorema Kaldor-Hicks y el llamado equilibrio Nash.

    Es de interés tener en cuenta los casos en los que las sociedades que operaron sin el monopolio de la fuerza como el de Islandia desde el año 900 al 1200 de nuestra era al que se refiere David Friedman en “Private Creation and Enforcement of Law: A Historical Case” y David Miller en su libro Bloodtaking and Peacemaking. Feud, Law and Society in Saga Island, el de Irlanda desde principios del siglo VI a mediados del XVII, caso al que alude Joseph E. Penden en “Stateless Societies: Ancient Ireland” y el caso de los hebreos, tal como lo relata la Biblia antes del período de los Jueces (Samuel, II, 8), mencionado sucintamente por Lord Acton en su Essays on Freedom and Power.

    Nada de lo dicho puede adoptarse a la manera de un tajo abrupto en la historia, es indispensable el debate en un proceso de discusiones paulatinas en el que exista la debida comprensión de las ventajas de un sistema abierto sin monopolios impuestos. El antes aludido Barnett en Restoring The Lost Constitution nos dice que en nuestro sistemas políticos resulta curioso la insistencia que están consentidos por los ciudadanos cuando no hay manera de expresar el no-consentimiento en cuyo contexto se interpreta como que el aparato estatal fuera el dueño del lugar donde uno vive: “Cara, usted consiente, seca también consciente, no tira la moneda ¿adivine que? Usted también consiente. Esto simplemente no es consentir”. Por último, resulta atingente recordar que Joseph Schumpeter ha señalado en Capitalismo, socialismo y democracia que “La teoría que asimila los impuestos a cuotas de club o a la adquisición de los servicios, por ejemplo, de un médico, solamente prueba lo alejada que está esta parte de las ciencias sociales la aplicación de métodos científicos”.

    No es posible vaticinar cuánto tiempo demandará el antedicho debate ni siquiera si se concretará a niveles suficientes, pero en todo caso es absolutamente necesario ponerle bridas al abuso del poder si queremos vivir una vida digna. Es cierto que ha habido y hay políticos con los mejores propósitos y deseos de libertad, pero el tema es revisar con atención y el debido tiempo los incentivos y las consecuencias implícitas en el monopolio de la fuerza.

    En línea con lo dicho en esta nota, es pertinente concluir con un pronóstico de Jorge Luis Borges. En el libro titulado El otro Borges en el que Fernando Mateo recopila dieciséis entrevistas de diversos medios al célebre escritor, se reproduce una en la que Borges reitera lo que ha dicho y escrito en muchas otras oportunidades, a saber, que la meta debiera ser la abolición de los aparatos estatales en línea con lo estipulado por el decimonónico Herbert Spencer, ocasión en la que el periodista inquiere: “¿Piensa seriamente que tal estado es factible?” A lo que el entrevistado responde: “Por supuesto. Eso sí, es cuestión de esperar doscientos o trescientos años”. A continuación, como última pregunta, el entrevistador formula el siguiente interrogante: “¿Y mientras tanto?” A lo que Borges contesta: “Mientras tanto, jodernos”.

    Agrego un pensamiento de Chesterton antes de un final con un par de pensamientos brutales: “Toda ciencia incluso la ciencia divina es una sublime novela policial. Solo que no está destinada a descubrir por qué ha muerto un hombre, sino el más oscuro secreto de por qué está vivo.” Así es, resulta clave preguntarnos para qué vivimos, no simplemente transcurrir. Y los dos pensamientos brutales llevan al extremo lo consignado por Maquiavelo, uno es el disfraz de politicastros que resumió Trotsky en su discurso en el Parque Sokolniki el 6 de junio de 1918 donde vocifera que “Nos proponemos construir un paraíso terrenal”, el otro mucho más sincero y que pone al descubierto la tentación de los aparatos estatales sin límites pertenece a Stalin en el Catorceavo Congreso del Partido el 18 de diciembre de 1921 en el sentido de sostener que “Quien se oponga a nuestra causa con actos, palabras o pensamientos -si, bastan los pensamientos- será totalmente aniquilado”…lo cual mandó hacer con el propio Trotsky.

  • El peligroso modelo «Robin Hood» de los carteles durante la Pandemia.

    El nuevo Robin Hood de América Latina?? Los carteles de drogas distribuyen alimentos y medicamentos durante la pandemia del coronavirus.

    A mediados de abril, el presidente mexicano, Andrés Manuel López Obrador, hizo una declaración inusual. Hizo un llamado a las pandillas criminales para que dejen de dar paquetes de comida a las personas durante la crisis del coronavirus. Según él, deberían enfocarse en poner fin a la violencia en el país. Pero los carteles mexicanos de la droga no son los únicos que ayudan durante la pandemia. En general, las organizaciones criminales en toda América Latina están mostrando su poder.

    Marzo fue uno de los meses más sangrientos en México en los últimos dos años. Según El Diario de México , 153 personas fueron asesinadas, la mayor cantidad desde agosto de 2018. Las ciudades fronterizas, que controlan los carteles de la droga, han resentido esta situación en particular. Las fronteras cerradas con los Estados Unidos han dificultado el tráfico de drogas, lo que ha debilitado significativamente los carteles y desde luego, incrementando la violencia.

    Pero durante la crisis del coronavirus, las pandillas buscaron el apoyo de los locales. Han establecido centros informales de salud en comunidades aisladas, que se encuentran en una situación financiera difícil y que casi no reciben ayuda del gobierno, relata la  BBC británica . Las redes sociales están inundadas de fotos y videos que muestran cómo entregan paquetes de agua, alimentos o medicinas a los locales.

    Una de ellas, tomada por todas las agencias de noticias, muestra a la hija del Chapo Guzman, repartiendo alimentos y ayuda a personas en dificultades.

    Foto: Afp

    La situación en México no es única. En abril, el ministro de Salud de Brasil, Luiz Henrique Mandetta, pidió a las autoridades locales que discutan con los carteles de la droga la mejor forma de detener la propagación del coronavirus.

    En esencia, él mismo admitió que el estado no podría hacer frente a una pandemia sin su ayuda. «Tenemos que entender que el estado simplemente no llegará a estas áreas, y la situación está bajo el control de los traficantes de drogas», dijo Mandetta.

    Tienda de conveniencia y toque de queda

    En los barrios venezolanos de Caracas, los grupos locales del crimen organizado han establecido una tienda de conveniencia e instaron a los residentes a cumplir con las medidas de cuarentena. Incluso introdujeron un toque de queda ante el gobierno.

    La pandilla Barrio 18 en Guatemala ha dejado de exigir temporalmente combustible a las empresas locales. Y sus miembros están ayudando a implementar medidas contra la propagación del coronavirus. La situación es la misma en el vecino El Salvador, escribe Camilo Tamayo Gómez, profesor de estudios de seguridad en la Universidad de Leeds , para The Conversation .

    Pero como señala Gómez, el hecho de que las organizaciones ilegales reemplacen al estado no es nada nuevo. Este ha sido el caso en América del Sur desde la década de 1990. Los carteles y las pandillas de la droga esperan que a la larga puedan reemplazar algunas funciones del estado para que sus actividades ilegales puedan prosperar.

    Aun así, la situación actual representa un cambio, ya que los carteles ahora brindan servicios sociales y de salud. Sin embargo, esto es una consecuencia directa del fracaso del estado y su incapacidad para combatir la infección por coronavirus y mantener la economía en pie.

    Las organizaciones criminales buscan evocar emociones positivas en las personas, como la gratitud y la solidaridad, para aumentar su legitimidad y fortalecer su posición en el territorio, dice The Conversation. Idealmente, les gustaría parecerse a Robin Hood y construir una reputación como un ladrón completamente positivo.

    En momentos como éstos, donde la ineficiencia del estado ha quedado en evidencia, tanto por los sistemas de salud desbordados, como una economía en estado desesperante, hay que prestar muchísimas atención a estos movimientos de los carteles, porque bien podrían comenzar a tomarse sectores donde la ayuda tarda en llegar y no hay nada más peligroso que una población con hambre y miedo.

  • La tragedia de las comarcas

    La comarca Ngöbe Buglé fue diseñada siguiendo el modelo de la comarca Guna Yala, pero con una enorme diferencia: los Gnobes no son Gunas, su cultura y forma de organización social son distintas. El Congreso General Guna trabaja como un cuasi estado. El problema de Guna Yala es que no son una región autónoma dentro de Panamá, pero tienen todo para serlo. Por lo menos los Gunas tienen una organización política clara, mientras que los Gnobes no pasan del caciquismo.

    Entonces la comarca Ngöbe Buglé pasa a tener todos los problemas de la comarca Guna, como la falta de una delimitación clara a nivel constitucional y de legislación, de dónde comienzan las leyes panameñas y dónde las de la comarca, y el limitar los derechos de propiedad a lo interno de la comarca para evitar colonos. A esto, la comarca Gnobe añade el problema que la organización política no es clara y no pasa de un caciquismo literal. El resultado es que la comarca Ngöbe Buglé es una demostración a nivel humano de la tragedia de los comunes. Lo que es de todos, no es de nadie, y lo que es de nadie los políticos lo asignan. No tienen propiedad privada con titularidad de manera individual dentro de la comarca, porque está prohibida, viviendo los indígenas en una especie de “comunismo primitivo”, o más bien, sin adornos ni alegorías, en un “latifundio de estado”. Donde la comarca es una región autónoma del Estado con propiedad colectiva estatal, que es usufructuada de manera consuetudinaria por los indígenas, pero a la hora de la verdad, cuando se necesite una explotación minera como Cerro Colorado, o hidroeléctrica, los políticos del gobierno central lo asignan a terceros fuera de la comarca, sin importar mucho la opinión de los indígenas; los cuales solo reciben promesas de escuelas o agua potable, y sí muchos perdigones si salen a protestar a la Panamericana en San Félix.

    Las comarcas deprimen mucho los indicadores socioeconómicos de Panamá; en PIB per cápita, en pobreza extrema, en distribución del ingreso, en salubridad, escolaridad, en educación. Y la comarca Ngöbe Buglé es la más problemática de todas. La idea de una comarca como una especie de reservorio biológico humano, de una reserva zoológica humana, de un museo viviente, donde nos limpiamos la conciencia por el trato dado a los indígenas por 500 años diciendo, “métanse en ese hueco y no salgan de allí jamás”, son un fracaso. Los Gunas tienen otros problemas distintos, pero por lo menos cuentan con una organización política clara; los Emberá Wounan son pocos pero por estar cerca de la zona canalera, pueden beneficiarse del turismo y explotarlo. El tema es que el grupo más numeroso es el más pobre y el menos organizado, con caciques que parecen más interesados en explotar personalmente su capacidad de conseguir votos para los partidos grandes, que ayudar a su comunidad. Y esa miseria se vio reflejada en el asesinato ritual de 7 personas en el Terrón. Donde la ignorancia, el fanatismo, la ausencia de Estado en su expresión más básica, el monopolio de la violencia, se combinaron para crear una tragedia. Tragedia que se va a seguir repitiendo en el futuro de alguna manera u otra en cuanto no cambie la situación de la comarca.

    Dicho esto, las comarcas tienen algo positivo, que es el evitar la deforestación que es endémica de las áreas fuera de la comarca, donde la cultura de potreros amenaza tanto la selva tropical como la cuenca de las hidroeléctricas y del propio canal de Panamá. Así que la solución es buscar un balance entre preservar la cultura indígena de cada etnia, pero integrarlas al mundo globalizado. Porque aunque no sea políticamente correcto decirlo, lo cierto es que el éxito económico tiene raíces culturales. Una cultura de agricultores pre feudales o de cazadores recolectores, no puede tener los mismos valores de una cultura basada en comercio, la ciencia y la técnica. En algunas cosas los indígenas tendrán que aprender a adaptarse.  Como en su momento lo hicieron los indígenas Seminoles de la Florida. Que convirtieron su reserva en una especie de corporación cooperativa a lo interno, pero en una empresa multinacional a lo externo, y hoy son más ricos que muchos norteamericanos blancos.

    Para lograr eso, tendrían que hacerse en Panamá varias cosas. Todas ellas implican romper con el modelo unitario de Estado heredados de la constitución colombiana de 1886.

    Primero, crear una figura jurídica que permita a las comarcas funcionar como cooperativas a lo interno, con derechos de propiedad definidos para los habitantes de la comarca dentro de esa cooperativa o régimen de propiedad horizontal. La figura de las corporaciones de desarrollo indígena que existen en otros países, debe traerse a Panamá.

    Segundo, dar a las comarcas la última palabra como propietarias del subsuelo de las explotaciones mineras dentro de las mismas, y que las regalías de estas explotaciones vayan principalmente a las comarcas. Lo mismo se debe hacer con las explotaciones hidrográficas.

    Tercero, educación. La educación debe ser bilingüe o trilingüe. Por un lado debemos reconocer que los idiomas indígenas son idiomas, no dialectos, aunque frecuentemente la traducción de la Biblia a estos idiomas por los evangélicos, contribuye a fijar un dialecto tradicional como dialecto estándar. Ese dialecto estándar debe ser la base del sistema educativo, eso sí, combinado con el español y de ser posible con el inglés, para asegurar la inserción del indígena en el mundo, sin perder su identidad, pero dispuesto a interactuar con la cultura nacional y la universal. Y con fuerza en las ciencias. Si realmente el indígena vive más apegado a la naturaleza, debería ser muy apto para las ciencias naturales.

    Pero está claro que dejar las cosas como están no ayuda a nadie, no ayuda a los indígenas, y no ayuda a Panamá.