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  • Saber vivir y saber morir según Ana Blandiana

    La reciente concesión del Premio Princesa de Asturias de las Letras a la poetisa rumana Ana Blandiana (seudónimo de Otilia Valeria Coman; Timișoara, 1942) la ha puesto en el centro de las miradas mediáticas. Ojalá que esto sirva para dar a conocer a una gran figura de la poesía europea de la segunda mitad del siglo XX y lo que llevamos de este.

    En 2008 vino a dar una conferencia en la Facultad de Ciencias de la Información en la Universidad Complutense de Madrid, gracias al Instituto de Cultura rumano y a Viorica Patea, la traductora de su poesía al español, además de a la profesora Iuliana Botezan. La sala estaba llena de jóvenes rumanos que deseaban ver y escuchar lo que les parecía un sueño, a Blandiana en persona. Había dejado de ser un mito y estaba allí, con su sencillez, su simpatía y su sonrisa abierta para todos, fotografiándose con ellos.

    De dónde viene Ana Blandiana

    Podemos distinguir artificialmente entre la Ana Blandiana símbolo de la libertad y la independencia intelectual en la Rumanía dominada por el Partido Comunista y la gran poeta de la sencillez, de la vida en busca del silencio. Blandiana dio voz a todos en una dimensión personal, hablando a cada uno de sus lectores al buscarse a sí misma. No es poesía política, es humanidad puesta en palabras.

    La propia Blandiana comenta de forma irónica que su gran lanzamiento como poeta se debió al sistema comunista que la convirtió en heroína de la resistencia, provocando que miles rumanos corriesen a leerla. La prohibición fue su mejor presentación y promoción. La censura de todo lo que no era oficial abrió las puertas de sus obras a la gente que, harta de oficialidad rígida, encontró en ella la frescura de una joven con la que podía identificarse.

    Pasados ya esos tiempos, nos queda la pureza de Blandiana, a quien en otra ocasión califiqué como constructora de una “poética de la humildad”. Si tuviéramos que señalar los puntos esenciales sobre los que gira su poesía diríamos que son la vida como trayecto hacia la muerte, no como drama, y las palabras como medio para llegar al silencio, como testimonio del viaje.

    “El imparable camino”

    La capacidad de tratar los temas más esenciales bajo una forma sencilla es característica de la poeta. Nos lleva desde lo más próximo, lo más cotidiano, y lo eleva a una dimensión que nos ilumina. El imparable camino hacia la muerte, como dirá en un relato de Proyectos de pasado, “Lo soñado”, es como las huellas dejadas al caminar sobre la nieve, las de la vida misma.

    Los poemas llegan como visiones, como un viento que no se ve pero se siente en el rostro. La naturaleza, como enseña en sus poemas, crea sin saber. El ser humano, consciente de la muerte, de su final, debe aprender.

    Pero, como a todos los grandes poetas, a Blandiana hay que leerla, no contarla. Una pequeña muestra de ese decir tranquilo, revelador, modesto, humilde que es su obra se percibe en el poema “Un paso más”:

    Sé hacer muy pocas cosas:

    Ni melocotones como los melocotoneros,

    Ni uvas como la vid,

    Ni siquiera nueces

    Como los nogales de amarga sombra

    Con su tenue susurro de hojas;

    Pero una cosa sé hacer

    Con singular destreza:

    Sé morir.

    No presumo,

    Sé morir como pocos hombres saben;

    Primero me envuelvo en el silencio,

    Luego en el vacío,

    Y avanzo así, despacio, un paso,

    Otro paso, y un paso más,

    Hasta que solo queda de mí

    Una voz,

    Colocada suntuosamente

    En el ataúd del libro.

    No presumo,

    Creedme, sé morir,

    Y sé, sobre todo, resucitar,

    Pero eso es, claro está,

    Mucho más sencillo.

    Los poemas de Blandiana son huellas en la vida, palabras que transitan por ella y que acabarán “en el ataúd del libro”. Frente al poema, que nos invade, el libro es una decisión racional, una construcción en la que se agrupan los temas a la espera de esos lectores que seguirán las huellas dejadas en la nieve.

    Rilke, Dickinson, Blandiana

    Ana Blandiana ha explicado en diversas entrevistas que sus referencias poéticas son el austriaco Rainer Maria Rilke y la estadounidense Emily Dickinson, dos buenos modelos para una gran poeta y dos líneas que llevan a la comprensión de la vida en sus dimensiones temáticas esenciales.

    La precisión y meticulosidad de Rilke a la hora de elegir las palabras esenciales está muy presente en la idea de poesía de Blandiana. Eso se aplica también a lo que admira de la poesía de Dickinson, la economía incluso aplicada a la descripción minuciosa de lo pequeño en la naturaleza.

    En “Telaraña” Blandiana se adentra de nuevo en el mundo de los sentidos:

    Crucificada en una telaraña

    Cuyo tejido aún muriendo soy capaz de admirar,

    No intento escapar de lo que sobre mí ha escrito

    El destino con mi propia mano. Como el odio,

    El poema ha tejido redes a mi alrededor

    Para prender signos y palabras.

    Esta es mi derrota: yo misma soy ahora una palabra

    Cuyo significado no puedo recordar.

    La poesía de Blandiana lleva a recorrer con ella el camino hacía el silencio final. Lejos de un falso vitalismo, su obra se reviste de la propia naturaleza, con un ser humano entre la búsqueda de un sentido que se nos escapa y una vida plena de la alegría de existir.

    Se puede hablar mucho de Blandiana y de su poesía. Pero ¡hay que leerla! No hay en ella grandilocuencia, sino modestia. Solo desde la humildad de la vida se puede percibir esa experiencia en su plenitud. Los grandes poetas no enseñan muchas cosas, solo las esenciales. En el caso de Blandiana, saber morir, saber vivir… las dos dimensiones.The Conversation

    Joaquín Mª Aguirre Romero, Profesor Titular de Periodismo, Universidad Complutense de Madrid

    Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

  • Segregando el ‘Proletariado’ de las élites comunistas.

    Un político estadounidense visitó Rumania a fines de la década de 1970 y se preguntó por qué la tierra agrícola verde no tenía fincas en cada campo, como es el caso en las zonas rurales de América.

    La intérprete que lo acompañaba, con aspecto incómodo, no respondió a la pregunta por temor a represalias si le decía a un visitante que los agricultores habían sido sacados a la fuerza de sus tierras después de la confiscación masiva. Ella habría sido severamente amonestada  por contar que habían mudado a aldeas con casas abarrotadas, muchas de ellas hechas de ladrillos de arcilla, o en apartamentos de bloques de hormigón en la ciudad.

    Las tierras de los agricultores habían sido convertidas en granjas cooperativas dirigidas por la división local del Partido Comunista, en las que los antiguos propietarios tenían que trabajar el suelo, producir los cultivos y cosecharlos y solo recibir un pequeño porcentaje de la cosecha, mientras que el gobierno totalitario se llevaba la mayor parte.

    Fue una ingeniería social ideada por los soviéticos para separar por la fuerza a la mayoría de la población de sus propiedades, y para hacerlos dependientes del gobierno comunista en todas sus necesidades: comida, vivienda, electricidad, agua, atención médica, transporte, educación y entretenimiento.

    Mi esposo estadounidense no podía entender por qué no se le permitía entrar al ayuntamiento, o por qué había ciertas áreas limitadas para los extranjeros. No entendía que las mismas áreas que le estaban prohibidas, también estaban fuera de los límites de las masas populares.

    Tampoco entendía por qué los extranjeros y las élites del Partido Comunista podían alquilar habitaciones en buenos hoteles, mientras que el proletariado quedaba relegado a hoteles baratos con muebles rotos y mala comida.

    El extranjero que venía de vacaciones tenía que alquilar una habitación separada de su esposa rumana, y pagar caro, a menudo en dólares. Las tarifas de las habitaciones y los servicios eran muy diferentes.

    Segregación bajo el Comunismo

    El proletariado de las ciudades y los campesinos empobrecidos en las áreas rurales fueron segregados de sus amos comunistas en todos los aspectos de la vida.

    Todos los miembros del Partido Comunista, los organizadores de la comunidad y los bloques de informantes de escala menor, que reportaban a la policía sobre las idas y venidas de cada familia que vivía allí, compraban en sus propias tiendas de comestibles y ropa. Estos informantes y colaboradores del partido recibían dinero extra cada mes y raciones de comida que superaban a todos los demás.

    Los comunistas, incluso los funcionarios de más bajo nivel del partido, tenían sus propios policlínicos, médicos y hospitales. No faltaban buenos médicos y medicinas para aquellos que eran leales al Partido Comunista.

    El proletariado, en cambio tenía que ver al único médico asignado en su vecindario con miles de pacientes en espera. El médico sobreexplotado y mal pagado a menudo recurría a sobornos para complementar un ingreso igualitario, determinado por los comunistas que implementaban condiciones laborales injustas. Ellos no tenían idea de economía ni tenían interés en planificar una sociedad basada en la igualdad de oportunidades y la equidad. Simplemente tenían el don de la palabra y estaban dispuestos a matar por su retórica ideológica.

    Los ciudadanos rurales tenían una existencia aún más miserable y recibían el cuidado en salud de una enfermera de la aldea, ¡si tenían suerte de tener una! No tenían tiendas y debían sobrevivir con las raciones agrícolas de la cooperativa y sus propios jardines.

    Mientras el proletariado tenía una piscina municipal con agua sucia que a menudo causaba brotes de enfermedades, las elites tenían sus propios centros turísticos en las afuera de las ciudades más grandes, con comunidades cerradas y protegidas por custodios personales. A menudo sus villas habían sido confiscadas a ciudadanos acusados de ser “burgueses”.

    Una vez al año, si tenía suerte, un trabajador común podía ir sol, sin su cónyuge a un centro turístico del proletariado donde se alimentaba mejor, recibía baños de barro y azufre y otras actividades relajantes.

    La ‘igualdad’ de las élites comunistas

    Los gobernantes del Partido Comunista a menudo festejaban los fines de semana en restaurantes donde la cuenta era pagada por el Partido o por los sobornos que recibían. El proletariado nunca vio el interior de un restaurante porque simplemente no podía pagarlo con un salario de USD 70 por mes.

    La educación superior se reservó primero para los hijos de las élites. Los hijos del proletariado podían pelear por los escaños restantes en cualquier universidad después de que las elites fueran admitidas, a menudo con calificaciones muy bajas.

    Ciudadanos de Bucarest agitan banderas rumanas mientras realizan una manifestación anticomunista en la Plaza de la República el 21 de diciembre de 1989, poco antes de la caída del régimen comunista. (AFP / Getty Images)

    Los comunistas estaban por encima de la ley sin importar cuán atroces pudieran haber sido sus crímenes, mientras que el proletariado era castigado por crímenes reales tanto como los supuestos e imaginados.

    El proletariado tuvo que viajar en los destartalados autobuses que arrojaban humos asfixiantes y trenes oxidados, mientras que las elites tenían sus propios automóviles, algunos con chofer, dependiendo del rango de partido.

    El trabajo voluntario era involuntario varias veces al año, incluida la época de la siembra y cosecha de otoño, sin embargo los hijos de los comunistas estaban exentos.

    Después de graduarse en la universidad, los estudiantes comunistas recibían los mejores trabajos y tareas, mientras que el resto era enviado a pueblos lejanos sin transporte público, agua, electricidad ni médicos; una existencia que el tiempo dejó en el olvidó.

    Después que los boletos de primera fila se distribuían a los comunistas, a los proletarios se les ofrecían boletos en la galería que no podían pagar; en cambio tenían que costearse: facturas de alquiler, comida y electricidad. A diferencia de la falsa retórica, ¡nada era gratis!.

    El entretenimiento no era importante para los trabajadores que estaban cansados de estas mentiras flagrantes. Las obras de teatro y los espectáculos siempre glorificaban al querido líder y al Partido Comunista que “desinteresadamente” protegía al proletariado de los “capitalistas malvados”.

    Aquellos del Partido que se mudaron al Oeste y continuaron apoyando y promoviendo el Comunismo a través de sus votos, decididos a cambiar el Occidente en una sociedad comunista, eran generalmente miembros del Partido y su familia vivía una vida privilegiada, separada de la dura vida del proletariado.

    Solo un cambio de régimen por medios violentos puso fin a la segregación de clase entre el proletariado y las élites comunistas en Rumania. Sucedió a través de un golpe militar durante la Revolución de diciembre de 1989.

    Por Ileana Johnson – La Gran Época