Etiqueta: Tragedia de los comunes

  • Jack Ma y Brandon Park : conservación desde el mercado

    Un santuario que redefine el futuro de la conservación

    Contra las creencias generalizadas que señalan a los empresarios como destructores o poco apegados al medio ambiente, algunos lo quieren proteger. En esta ocasión, el mundo se conmueve al conocer que un multimillonario chino, Jack Ma, crea un santuario silvestre, sólo enfocado en la conservación y demostrando que las grandes fortunas también pueden usarse para preservar la naturaleza.

    En junio de 2015, Jack Ma, cofundador y expresidente ejecutivo de Alibaba, adquirió una vasta propiedad de 28 100 acres (aproximadamente 114 km²) en los Adirondacks (Nueva York) por unos 23 millones de dólares. El terreno, denominado Brandon Park, incluye más de 9 millas del río St. Regis, múltiples lagos, arroyos, bosques, estanques para trucha y una cabaña tradicional.

    Esta propiedad formaba parte del legado del magnate William A. Rockefeller Jr., y luego perteneció a la familia Du Pont; fue puesta a la venta entre 2012 y 2014, con un precio inicial de 28 millones que finalmente bajó a unos 22,5 millones .

    Jack Ma realizó la compra a través de una entidad legal denominada New Brandon LLC y planea gestionar el terreno mediante una fundación sin fines de lucro, con el objetivo principal de conservar el entorno natural,  proteger la biodiversidad y evitar la destrucción por industrias madereras y mineras y también lo utilizará como retiro ocasional.

    Este paso representa su primera inversión en conservación fuera de China, coherente con su historial filantrópico en el país, donde ha impulsado iniciativas como la Sichuan Nature Conservation Foundation, la Laohegou Nature Reserve y una fundación con endowment de 3 000 millones de dólares.

    Soluciones de mercado en conservación

    Desde la óptica libertaria, el caso de Brandon Park ilustra cómo la propiedad privada y el compromiso voluntario son poderosos para la conservación de la naturaleza. Al adquirir el terreno, Jack Ma evita que se someta a actividades extractivas como la tala o minería, preservando el ecosistema sin necesidad de intervención estatal directa.

    Además, su enfoque ejemplifica cómo los incentivos del propietario alineados con el valor intrínseco del ecosistema posibilitan una gestión responsable y duradera que no dependa de imposiciones reglamentarias, sino de valores compartidos y conciencia personal.

    La tragedia de los comunes y el rol del mercado

    La teoría de la tragedia de los comunes alerta sobre cómo los recursos no privatizados, como bosques o ríos, generalmente son degradados por la sobreexplotación colectiva. En este caso, Brandon Park, bajo propiedad privada, está a salvo del deterioro que provoca la gestión común sin coordinación eficaz.

    Desde esta perspectiva, el mercado y la propiedad privada no solo permiten, sino que son necesarios para conservar bienes naturales que, de otra forma, podrían ser sobreexplotados.

    Parques concesionados como modelo mixto

    Un paralelismo útil aparece en el Parque Kruger de Sudáfrica, donde el Estado ha otorgado concesiones de caza controlada a empresas privadas. Aunque suene contraintuitivo, este modelo ha permitido proteger especies clave, como los rinocerontes, gracias a las inversiones y gestión eficiente de los concesionarios.

    Propiedad privada para la conservación

    La compra de Brandon Park por Jack Ma no solo es un ejemplo notable de filantropía medioambiental, sino también una muestra de la efectividad del orden espontáneo del mercado para la conservación ecológica. La propiedad privada, sustentada en incentivos alineados, puede superar con creces modelos centralizados y estatales en términos de eficiencia y adaptabilidad.

    En un mundo donde el Estado monopoliza con frecuencia la protección del medio ambiente, casos como este invitan a reflexionar sobre alternativas basadas en la libertad económica, el respeto por la propiedad privada y la colaboración voluntaria.

  • El papa Francisco y la tragedia de los comunes

    Algunas consideraciones a partir de la publicación de la encíclica “Fratelli tutti”

    Acaba de publicarse una nueva Carta Encíclica titulada Fratelli tutti para seguir con la fórmula empleada por San Francisco de Asís a la feligresía. Consta de ocho capítulos divididos en 287 apartados impresos en ciento veintidós páginas según la edición original.

    Dejando de lado generalidades y lugares comunes, el eje central de este mensaje pastoral consiste en un consejo referido a la propiedad privada al efecto de lo que el Pontífice estima es el camino para lograr el bienestar espiritual y material de todos los seres humanos. Pues yerra y se aleja grandemente del blanco ya que sus consejos indefectiblemente conducen a la miseria, muy especialmente de los más vulnerables. Descuento que esas no son sus intenciones pero ese es el resultado cada vez que se adoptan recetas como las sugeridas en el documento en cuestión.

    En su línea argumental, el Papa subraya “el destino común de los bienes creados” en cuyo contexto aplaude lo dicho por Juan Crisóstomo en cuanto a que “no compartir con los pobres los propios bienes es robarles y quitarles la vida. No son nuestros bienes que tenemos, sino suyos”. En la misma dirección subraya “la subordinación de toda propiedad privada al destino universal de los bienes de la tierra, el derecho de todos a su uso”.

    Esto es tanto como afirmar que la propiedad privada no debiera existir puesto que significa el uso y la disposición de lo propio. Es equivalente al conocido comentario sobre la mujer semi-embarazada: es un contrasentido, está o no está. En nuestro caso o se respeta aquel derecho o se lo conculca.

    Como es sabido, Marx y Engels en El manifiesto comunista de 1848 concluyen que “pueden sin duda los comunistas resumir toda su teoría en esta sola expresión: abolición de la propiedad privada”. Tal vez este es el motivo por el cual el actual Papa a raíz de una pregunta sobre los que lo acusan de tener ideas comunistas, en una entrevista al periódico italiano La Repubblica el 11 de noviembre de 2016, respondió que “Son los comunistas los que piensan como los cristianos”.

    Dado que los bienes no crecen en los árboles y no hay de todos para todos todo el tiempo, la institución de la propiedad privada hace que se le de los mejores usos a los bienes por su naturaleza escasos frente a las necesidades ilimitadas. El comerciante que da en la tecla respecto a los deseos y preferencias de su prójimo obtiene ganancias y el que no acierta incurre en quebrantos. Estas no son posiciones irrevocables, se modifican según se atienda o desatienda las demandas de la gente. Este uso productivo hace que se incrementen las tasas de capitalización que son el único factor que permite aumentar salarios e ingresos y no es la caricatura que dibuja el Pontífice respecto de un “derrame” inexistente y también la emprende contra la tecnología que precisamente hace posible mejoras en el nivel de vida. El volumen de la inversión explica por la que unos países ofrecen mejores condiciones de vida respecto a otros. No es fruto del voluntarismo sino de marcos institucionales que aseguran los correspondientes derechos y no el establecimiento de pseudoderechos que se concretan en arrancar por la fuerza el fruto del trabajo ajeno resultado de medidas como las aconsejadas ahora por la cabeza del Vaticano que subraya “exige un Estado presente y activo”, como si no fuera suficiente esa inclinación en nuestro mundo con aparatos estatales elefantiásicos que no dan respiro a personas que se las trata como súbditos.

    Es en base a esta preocupación por la que León XIII escribió en Rerum Novarum: “Quede, pues, sentado que cuando se busca el modo de aliviar a los pueblos, lo que principalmente, y como fundamento de todo se ha de tener es esto: que se ha de guardar intacta la propiedad privada. Sea, pues, el primer principio y como base de todo que no hay más remedio que acomodarse a la condición humana; que en la sociedad civil no pueden todos ser iguales, los altos y los bajos. Afánense en verdad, los socialistas; pero vano es este afán, y contra la naturaleza misma de las cosas. Porque ha puesto en los hombres la naturaleza misma grandísimas y muchísimas desigualdades. No son iguales los talentos de todos, ni igual el ingenio, ni la salud ni la fuerza; y a la necesaria desigualdad de estas cosas le sigue espontáneamente la desigualdad en la fortuna, lo cual es por cierto conveniente a la utilidad, así de los particulares como de la comunidad; porque necesitan para su gobierno la vida común de facultades diversas y oficios diversos; y lo que a ejercitar otros oficios diversos principalmente mueve a los hombres, es la diversidad de la fortuna de cada uno”. Sin embargo, además de lo señalado, el actual Papa subrayó en el último Angelus que “quien razona con la lógica humana, la de los méritos adquiridos con la propia habilidad, pasa a ser el primero a ser el último”.

    Por su parte, Pio XI ha señalado en Quadragesimo Anno que “socialismo religioso y socialismo cristiano son términos contradictorios; nadie puede al mismo tiempo ser buen católico y socialista verdadero”.

    En la Encíclica que ahora comentamos se objeta la igualdad de resultados, pero en una sociedad abierta la igualdad solo se refiere a la que es ante la ley y anclada al concepto de Justicia que según la definición clásica se traduce en “dar a cada uno lo suyo” y lo suyo nuevamente remite al derecho de propiedad que a su vez es inseparable del mercado abierto y competitivo, es decir, el respeto recíproco en las transacciones de lo que pertenece cada cual, por más que el Papa Francisco rechace el liberalismo en cuyo contexto alude al “dogma neoliberal”, una etiqueta ésta a la que ningún intelectual serio se asimila (y mucho menos vinculada a dogmas que son la antítesis del espíritu liberal).

    Aparecen otras contradicciones en el documento de marras, por ejemplo, en el caso del populismo que en un pasaje lo condena y en otro se apura a enfatizar que “es frecuente acusar de populistas a todos los que defienden los derechos de los más débiles”. Lo mismo ocurre con los nacionalismos que son denostados pero enseguida se condena la globalización. También el Pontífice le dedica grandes parrafeadas a incriminar al individualismo en pos de lo colectivo sin percatarse que de ese modo se está endiosando lo abstracto y menospreciando lo concreto. Borges ilustraba bien este punto al despedirse de sus audiencias: “me despido de cada uno porque es una realidad y no digo todos porque es una abstracción”. El individualismo no patrocina el aislacionismo como sugieren los socialismos en su perpetua insistencia de establecer aranceles, controles y cortapisas a la cooperación social voluntaria. El individualismo considera sagradas las autonomías de las personas y estima imprescindibles las relaciones abiertas con el prójimo.

    Tal vez lo anterior resulte aun más claro si citamos un pasaje de Santo Tomás de Aquino en conexión al texto de esta Encíclica que se detiene en el concepto de amor al prójimo de un modo inconducente. Así se lee en la Suma Teológica: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo, por lo que el amor al hombre para consigo mismo es como un modelo del amor que se tiene por otro. Pero el modelo es mejor que lo moldeado. Luego el hombre por caridad debe amarse más a si mismo que al prójimo”. Si decimos que todos los hombres actúan en su interés personal es una perogrullada, inexorablemente la acción está dirigida en esa dirección. Es palmario que siempre está en el interés del sujeto actuante actuar como actúa. Se dice que una persona es bondadosa cuando sus intereses apuntan al bien y que es malvada cuando apuntan al mal.

    Por otra parte, en la nueva Carta Encíclica no parece que se subraye el concepto tradicional de caridad y solidaridad que por definición para que tenga sentido debe ser realizada con recursos propios y de modo voluntario ya que lo que se lleva a cabo por la fuerza es la antítesis de la caridad y la solidaridad y más bien se parece a un atraco.

    En uno de los apartados el texto se inclina a las supuestas ventajas de un gobierno universal sin atender el inmenso peligro del abuso de poder que ello significaría, en verdad la única justificación de aceptar la parcelación del globo terráqueo en naciones es para fraccionar el poder y eventualmente estas a su vez se subdividen en provincias y municipios.

    Antes he escrito sobre la tragedia de los comunes que si bien ha sido bautizada de este modo contemporáneamente por Garret Hardin, fue desarrollada originalmente por Aristóteles cuando refutó en comunismo de Platón. Este asunto tiñe todo el espectro del estatismo y es lo relacionado con los incentivos.

    El eje central de esta cuestión clave reside en comprender que independientemente de las convicciones de cada cual y de su proyecto de vida resultan de gran importancia los incentivos naturales del ser humano al efecto de inclinarse por una u otra acción u omisión. Y en esta línea argumental es importante percatarse que lo que pertenece a una persona y que ha obtenido con el fruto de su trabajo le prestará mayor atención y cuidado respecto a lo que pertenece a otro, además, en una sociedad civilizada, naturalmente no tiene jurisdicción sobre lo ajeno. Entonces aquí tenemos una primera aproximación al aspecto medular de nuestro tema: está en el incentivo de cada uno proteger lo propio y con lo ajeno abstenerse de hacer daño pero no inmiscuirse a menos que sea invitado a hacerlo.

    Una segunda derivación del mismo principio general es que lo que es de todos no es de nadie y, por ende, los incentivos a cuidarlo no son lo mismo respecto a lo propio. Para ilustrar lo que venimos diciendo supongamos que una chacra en lugar de tener dueño se dice que es de todos. ¿Quién se esforzará en sembrar si otros pueden cosechar y llevarse el producido? ¿Cómo se imagina el lector será el destino y la administración de su domicilio si se decidiera que es del todo el pueblo? En este sentido, considérese que ocurriría si se debilitara la propiedad del Vaticano y todos pudieran usar y disponer de su patrimonio, para no decir nada de las masivas interferencias en el suculento Banco que sirve a sus propósitos.

    Ilustremos telegráficamente esto con el caso de las mal llamadas empresas estatales, mal llamadas puesto que la característica esencial de la gestión empresaria es que se asume riesgos con recursos propios y no a la fuerza con el fruto del trabajo ajeno. No se trata de jugar al simulacro. Ahora bien, en el mismo momento en que la “empresa estatal” se constituye significa que se alteraron las prioridades de la gente en el uso de sus recursos y si se dijera que el emprendimiento coincide con lo que las personas hubieran hecho no tiene sentido la intervención. Por supuesto que si además esa entidad arroja pérdidas y es monopólica la situación no puede ser peor.

    Tengamos en cuenta que si se pretendieran justificar actividades antieconómicas que de otro modo no se hubieran concertado para atender zonas inviables, debe tenerse presente que las consiguientes pérdidas inexorablemente ampliarán territorios inviables. Pero en todo caso lo que aquí queremos apuntar es que hasta la forma en que se toma café y se encienden las luces no es la misma cuando el bien pertenece al titular que cuando lo pagan compulsivamente terceros. En democracia las decisiones tienen el límite del derecho del prójimo, en el extremo la mayoría no puede asesinar a la minoría sin demoler la democracia.

    No se trata entonces de personas mejores o peores en el área comercial del aparato estatal respecto al privado, es un asunto de incentivos que marcan comportamientos. Por último, en esta línea argumental no se diga que hay conflictos de intereses entre los particulares y los generales puesto que esto resulta imposible si se establece el respeto recíproco, esto es, la sociedad libre con la consiguiente garantía a los derechos de cada cual donde no aparecen esperpentos como los asaltantes disfrazados de empresarios que en lugar de operar en el mercado abierto se confabulan con el poder de turno para obtener privilegios. Por otro lado, cuanto más extendida sea la asignación de derechos de propiedad más fuertes serán los incentivos para cuidar y multiplicar lo propio.

    Esta visión de respeto recíproco mejora la condición de vida de todos pero muy especialmente de los más necesitados puesto que la contención del despilfarro permite incrementar las antedichas tasas de capitalización y consiguientemente salarios e ingresos en términos reales. La tragedia de los comunes empobrece. Los países pobres viven el síndrome de esta maldición y lo tragicómico es que se hace en nombre de los más vulnerables que lógicamente son cada vez más vulnerables.

    Hemos vuelto sobre la tragedia de los comunes pues si no se rectifica lo consignado en esta Encíclica la tragedia se extenderá a la Iglesia. Esta advertencia puede resultar fortalecida con una cita que recoge preocupaciones aun antes del actual pontificado y en pleno resurgir de las propuestas iniciadas primero en Medellín y más adelante en Puebla, expuestas por el sacerdote polaco Miguel Poradowski -doctor en teología, doctor en derecho y doctor en sociología- quien escribe en su libro El marxismo en la Iglesia: “No todos se dan cuenta hasta dónde llega hoy la nefasta influencia del marxismo en la Iglesia. Muchos, cuando escuchan algún sacerdote que predica en el templo, ingenuamente piensan que se trata de algún malentendido. Desagraciadamente no es así. Hay que tomar conciencia de estos hechos porque si vamos a seguir cerrando los ojos a esta realidad, pensado ingenuamente que hoy día, como era ayer, todos los sacerdotes reciben la misma formación tradicional y que se les enseña la misma auténtica doctrina de Cristo, tarde o temprano vamos a encontrarnos en una Iglesia ya marxistizada, es decir, en una anti-Iglesia”.

  • Sobre la Tragedia de los comunes

    Hay un asunto que tiñe a todo el espectro del estatismo y es lo relacionado con los incentivos. Economistas de la talla de Ronald Coase, Harold Demsetz y Douglass North han trabajado especialmente en este tema y han publicado numerosos ensayos en la materia.

    El eje central de esta cuestión clave reside en comprender que independientemente de las convicciones de cada cual y de su proyecto de vida, resultan de gran importancia los incentivos naturales del ser humano al efecto de inclinarse por una u otra acción u omisión. Y en esta línea argumental es importante percatarse que lo que pertenece a una persona y que ha obtenido con el fruto de su trabajo le prestará mayor atención y cuidado respecto a lo que pertenece a otro; además, en una sociedad civilizada, naturalmente no tiene jurisdicción sobre lo ajeno. Entonces aquí tenemos una primera aproximación al aspecto medular de nuestro tema: está en el incentivo de cada uno proteger lo propio y con lo ajeno abstenerse de hacer daño pero no inmiscuirse a menos que sea invitado a hacerlo.

    Una segunda derivación del mismo principio general es que lo que es de todos no es de nadie y, por ende, los incentivos a cuidarlo no son lo mismo respecto a lo propio. Para ilustrar lo que venimos diciendo supongamos que una chacra en lugar de tener dueño se dice que es de todos. ¿Quién se esforzará en sembrar si otros pueden cosechar y llevarse el producido? ¿Cómo se imagina el lector será el destino y la administración de su domicilio si se decidiera que es del todo el pueblo?

    El sentido de la institución de la propiedad privada es precisamente para darle el mejor uso posible y en el contexto comercial el empleo de los siempre escasos recursos es para atender las necesidades del prójimo sea vendiendo empanadas, automóviles, libros o lo que fuera. El empresario que no sabe atender los requerimientos de los demás incurre en quebrantos y el que da en la tecla obtiene ganancias.

    Aristóteles en sus discusiones con Platón sentó las bases de lo que modernamente en ciencia política se conoce como “la tragedia de los comunes” que así fue bautizada contemporáneamente por Garret Hardin en la revista Science.

    Ilustremos esto con el caso de las mal llamadas empresas estatales, mal llamadas puesto que la característica esencial de la gestión empresarial es que se asume riesgos con recursos propios y no a la fuerza con el fruto del trabajo ajeno. No se trata de jugar al simulacro. Ahora bien, en el mismo momento en que la “empresa estatal” se constituye significa que se alteraron las prioridades de la gente en el uso de sus recursos y si se dijera que el emprendimiento coincide con lo que las personas hubieran hecho no tiene sentido la intervención. Por supuesto que si además esa entidad arroja pérdidas y es monopólica la situación no puede ser peor.

    Tengamos en cuenta que si se pretendieran justificar actividades antieconómicas que de otro modo no se hubieran concertado para atender zonas inviables, debe tenerse presente que las consiguientes pérdidas inexorablemente ampliarán territorios inviables. Pero en todo caso lo que aquí queremos apuntar es que hasta la forma en que se toma café y se encienden las luces no es la misma cuando el bien pertenece al titular que cuando lo pagan compulsivamente terceros. En democracia las decisiones tienen el límite del derecho del prójimo, en el extremo la mayoría no puede asesinar a la minoría sin demoler la democracia.

    No se trata entonces de personas mejores o peores en el área comercial del aparato estatal respecto al privado, es un asunto de incentivos que marcan comportamientos. Cuando se alaba lo colectivo y se combate lo privado se apunta a lo abstracto y se deja de lado lo concreto. Borges lo ilustraba muy bien cuando se despedía de sus audiencias: “saludo a cada uno porque es una realidad y no digo todos porque es una abstracción”.

    Por último, en este contexto no se diga que hay conflictos de intereses entre los particulares y los generales puesto que esto resulta imposible si se establece el respeto recíproco, esto es, la sociedad libre con la consiguiente garantía a los derechos de cada cual donde no aparecen esperpentos como los asaltantes disfrazados de empresarios que en lugar de operar en el mercado abierto se confabulan con el poder de turno para obtener privilegios.

    Cuanto más extendida sea la asignación de derechos de propiedad más fuertes serán los incentivos para cuidar y multiplicar lo propio, lo cual en nada se opone a la filantropía ya que la generosidad implica el uso y la disposición de lo propio, de lo contrario disponer coercitivamente de lo que pertenece a otros no es solidaridad sino que constituye un atraco.

    Esta visión de respeto recíproco mejora la condición de vida de todos pero muy especialmente de los más necesitados puesto que la contención del despilfarro permite incrementar las tasas de capitalización y consiguientemente salarios e ingresos en términos reales. La tragedia de los comunes empobrece. Los países pobres viven el síndrome de esta maldición y lo tragicómico es que se hace en nombre de los más vulnerables que lógicamente son cada vez más vulnerables.