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  • ¿Por qué cuando estamos junto al mar nos apetece comer cosas saladas?

    ¿Por qué cuando estamos junto al mar nos apetece comer cosas saladas?

    Hay escenas que parecen formar parte de una memoria compartida: una mesa frente al mar y una bebida fría acompañada de aceitunas, patatas, frutos secos, sardinas, tortilla o una ración de calamares. A veces ni siquiera tenemos mucha hambre, pero el ambiente parece empujarnos hacia lo salado. ¿Es solo costumbre? ¿Responde a una necesidad del organismo? ¿O el mar despierta de algún modo el apetito por la sal?

    El cuerpo también habla: sudor, sodio y sed

    El primer sospechoso es el sudor. En la playa caminamos, nadamos, jugamos, tomamos el sol y, aunque la brisa lo disimule, perdemos agua y electrolitos. Entre ellos se encuentra el sodio, esencial para mantener el equilibrio de líquidos, transmitir impulsos nerviosos y permitir el funcionamiento muscular.

    Cuando el organismo detecta una pérdida importante de ese nutriente, puede activar mecanismos que favorecen la búsqueda de sal. Esto no significa que cada antojo de patatas fritas sea una señal urgente del cuerpo. La mayoría de las personas no llega a la playa con una deficiencia real de sodio y, de hecho, en las sociedades occidentales solemos consumir más sal de la recomendada. Sin embargo, el calor, el ejercicio, la sudoración abundante, la exposición prolongada al sol o el consumo de alcohol pueden aumentar la sensación de que algo salado “entra mejor”.

    El cuerpo no responde a la sal únicamente como nutriente, sino también como una experiencia sensorial cuyo atractivo cambia según el estado fisiológico. La apetencia surge así de la interacción entre necesidad, aprendizaje, placer y ambiente.

    También interviene la sed. Los alimentos salados estimulan el deseo de beber, y junto al mar solemos tener bebidas frías a mano. La combinación entre sal, frescor y calor ambiental resulta atractiva: aceitunas y cerveza, patatas y refresco, frutos secos y agua con gas, pescado frito y limón… El placer reside en la secuencia completa: calor, sal, bebida fría, descanso y conversación.

    El mar como escenario del apetito

    La fisiología, sin embargo, no lo explica todo. Si fuera solo una cuestión de sudor, al salir de una sauna nos apetecerían los mismos alimentos que en un chiringuito, y no siempre ocurre. Comemos con el cuerpo, pero también con la memoria. El cerebro aprende asociaciones: el cine está vinculado a las palomitas; un cumpleaños, a la tarta; la Navidad, a los dulces; y la playa, al aperitivo. Las señales ambientales pueden influir en qué comemos y en qué cantidad, incluso antes de que aparezca el hambre fisiológica.

    El mar concentra muchas de esas señales. Huele a sal, algas, protector solar, pescado, humo de cocina y verano. Suena a olas, conversaciones y vajilla de terraza. Todo el conjunto funciona como un “menú invisible” que el cerebro reconoce sin necesidad de leerlo.

    Además, muchos alimentos costeros son salados por razones históricas. Durante siglos, la sal fue esencial para conservar pescados antes de la refrigeración. De ahí nacieron preparaciones como las anchoas, la mojama, el bacalao, las huevas o numerosos pescados curados. En las regiones marítimas, la sal no representa solo un sabor: forma parte de la conservación, el comercio, la gastronomía y el paisaje.

    Por eso, el deseo de comer algo salado junto al mar también puede entenderse como una respuesta aprendida. No buscamos sal únicamente porque el cuerpo pueda necesitarla, sino porque hemos aprendido que forma parte del ritual de estar en la costa.

    Una experiencia multisensorial

    Además, el sabor no nace solo en la lengua. También intervienen el olfato, la vista, el sonido, la textura, la temperatura, el entorno y las expectativas . La investigación sobre gastrofísica muestra que el ambiente puede modificar la experiencia de comer. Un alimento puede parecernos más fresco, intenso o agradable según las señales que lo acompañan.

    Comer junto al mar no es igual que degustar el mismo plato en una habitación cerrada. Las olas, la brisa, el olor salino y la temperatura cambian la escena. Quizá no aumenten literalmente la cantidad de sal, pero pueden hacer que el cerebro interprete como más apropiados o placenteros los sabores marinos.

    Una anchoa, una ostra o un pescado frito parecen encajar con el paisaje. Cuando un alimento resulta coherente con el contexto, suele disfrutarse más. El cerebro no evalúa el sabor de forma aislada, sino dentro de una escena completa. Por eso un aperitivo sencillo puede parecer extraordinario frente al mar y menos memorable en casa.

    Disfrutar sin abusar

    Conviene, no obstante, no romantizar la sal. Que el cuerpo pueda desear alimentos que la contengan durante un día caluroso no significa que necesitemos consumirlos sin límite. La Organización Mundial de la Salud recomienda que los adultos tomen menos de cinco gramos de sal al día. Aperitivos, conservas, snacks, salazones y frituras pueden aportar cantidades elevadas en poco volumen.

    Entender el antojo no equivale a justificar una barra libre. Podemos disfrutar del sabor intenso sin depender solo de productos ultraprocesados. Algunas alternativas son pescados y mariscos frescos, aceitunas en cantidades moderadas, frutos secos con poca sal, gazpacho, ensaladas, encurtidos –controlando la cantidad– y preparaciones con limón, vinagre, hierbas o especias.

    Cuando estamos en la playa y nos apetece algo salado, probablemente no existe una sola causa. Habla el sudor, el sodio y la sed, pero también el olor del mar, la memoria de otros veranos y una cultura gastronómica construida durante siglos alrededor de la sal. Ese deseo no es únicamente biología ni costumbre: es una conversación entre el cuerpo, el paisaje, los sentidos y la memoria.

    José Miguel Soriano del Castillo, Catedrático de Nutrición y Bromatología del Departamento de Medicina Preventiva y Salud Pública, Universitat de València

    Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

  • Envidia, estatismo y la fosa que no queremos mirar

    Envidia, estatismo y la fosa que no queremos mirar

    Marco Rubio ha vuelto a señalar algo incómodo: en el corazón del “desenfreno socialista” que se observa en Estados Unidos, Inglaterra y otros países late un viejo vicio humano: la envidia. No la envidia sana que motiva a superarse, sino la que resiente el bien ajeno y busca nivelar por abajo usando el poder del Estado. Rubio, con su herencia familiar cubana, sabe de qué habla. El socialismo promete seguridad a cambio de libertades; cuando no cumple, las libertades no regresan.

    Las Escrituras lo advirtieron hace milenios. El décimo mandamiento —“No codiciarás”— no es un detalle moralista. Es una protección contra la destrucción social. Proverbios dice que “la envidia es podredumbre de los huesos”. Santiago advierte que de los deseos malos nacen pleitos y guerras. Cuando la envidia se politiza, deja de ser un pecado personal y se convierte en motor de políticas que prometen equidad, pero entregan control y resentimiento.

    No es caridad bíblica (voluntaria, cercana, responsable), sino coerción que viola “no robarás” y el principio de mayordomía responsable que Jesús ilustra en las parábolas de los talentos.

    En Panamá, y en muchos lugares “allende”, repetimos el mismo error de diagnóstico. Los medios y la conversación pública se detienen en lo anecdótico: el accidente de tránsito, el escándalo del día, la protesta del momento. Son síntomas visibles, indignantes, pero superficiales. Casi nunca bajamos a la fosa para examinar la etiología de nuestras patologías sociales.

    ¿Qué hay en el fondo? Un estatismo castrante que no merece el nombre de gobierno ni de gobernanza. Panamá tiene una ventaja geográfica envidiable y recursos que podrían generar prosperidad amplia. Sin embargo, el modelo “transitista” concentra riqueza en el enclave del Canal y servicios financieros, mientras el interior queda raquítico: desigualdad alta, educación deficiente, instituciones débiles, corrupción sistémica y una cultura de dependencia del Estado.

    El resultado es un Estado que promete resolverlo todo y termina ahogando iniciativa, fomentando clientelismo y erosionando responsabilidad personal y familiar. Este patrón no es exclusivo de Panamá. En Occidente vemos cómo el expansionismo estatal, justificado en nombre de la “equidad” y la seguridad, crece a costa de la libertad y la virtud. Se premia el resentimiento disfrazado de justicia social y se debilita el tejido moral que sostiene las sociedades: trabajo diligente, honestidad, familia estable y generosidad voluntaria. La historia muestra que los sistemas que alimentan la envidia terminan en estancamiento y pérdida de libertades. Venezuela es el ejemplo trágico más cercano.

    El problema de fondo es cultural y antropológico. El ser humano no es un ser perfecto que solo necesita más redistribución. Es un ser con dignidad, pero herido por el egoísmo y la envidia. Las mejores instituciones son las que limitan el poder mal dirigido, protegen la propiedad legítima y fomentan la responsabilidad. Las que pretenden redimir al hombre desde arriba suelen terminar oprimiéndolo.

    Es hora de dejar los diagnósticos superficiales. Necesitamos mirar la fosa: ¿qué tipo de cultura estamos cultivando? ¿Una que valora el esfuerzo y la excelencia, o una que resiente el éxito ajeno y busca al Estado como salvador? La respuesta a esa pregunta definirá si avanzamos hacia la prosperidad compartida o seguimos girando en el mismo círculo de quejas y promesas incumplidas.

    La renovación empieza por reconocer la raíz. Como dice la sabiduría antigua: “Guarda tu corazón, porque de él mana la vida”.

  • Idioma y Cultura

    Idioma y Cultura

    En 1975, mientras dirigía la Escuela de Aeronáutica Civil en Panamá —proyecto conjunto con la OACI y el PNUD—, solicité un diccionario etimológico al departamento de compras. La respuesta fue desalentadora: costaba seiscientos dólares de entonces. En cambio, un Webster en idioma inglés se conseguía por apenas veinte. Aquella barrera económica marcó mi camino: empecé a usar el diccionario inglés para guiar mi escritura y pensamiento en español.

    De esa experiencia surgió una inquietud más profunda: mientras el inglés parecía expandirse con la ciencia y la innovación, el español daba señales de contraerse en ciertos ámbitos. ¿Era posible? Observando con atención, encontré varias realidades preocupantes.

    Primero, para escribir con claridad y profundidad se necesitan palabras precisas. Algunas se han desgastado o cambiado de sentido según la región —como “bochinche”, que en Panamá alude al chisme malicioso que crece de boca en boca, distinto del tumulto o barullo general—.

    Segundo, la Real Academia Española (RAE) y otros diccionarios tradicionales han privilegiado definiciones de uso actual sobre el origen etimológico y filosófico de los términos.

    Tercero, mientras obras como el Merriam-Webster son acumulativas e inclusivas, la tradición académica hispánica ha tendido a ser más restrictiva y normativa.

    Esta diferencia no es trivial. Los jóvenes angloparlantes accedían fácilmente al sentido histórico, evolutivo y conceptual de las palabras. Los hispanohablantes, con frecuencia, no. De allí la percepción de que las sociedades de habla inglesa avanzan a la velocidad de la ciencia y la técnica, mientras que en el mundo hispánico, a veces, parecemos avanzar con mayor lentitud cognitiva y cultural.

    La raíz está en la filosofía de los diccionarios. Buscar “estado” en un Webster ofrece páginas de disección histórica, filosófica y social: una verdadera herramienta de pensamiento. En el Diccionario de la lengua española (DLE) de la RAE predomina la definición escueta, normativa y de uso. Uno expande la mente; el otro fija límites de lo “aceptable”.

    Históricamente, la RAE ha seguido el lema “limpia, fija y da esplendor”, priorizando uniformidad y pureza. Esto tiene ventajas: mantiene la unidad de un idioma hablado por más de 500 millones de personas en más de veinte países. Pero también genera rigidez. La institución tarda en reconocer vocablos que la realidad ya usa (aunque en las últimas décadas ha incorporado más americanismos y usos regionales, y dispone de recursos digitales y corpus como el CORPES). El enfoque anglosajón es más pragmático y descriptivo: si el pueblo o la ciencia usan una palabra con consistencia, se registra. No juzga tanto; documenta y queda incorporado al idioma.

    Hoy, la digitalización ha eliminado las barreras económicas de 1975. Cualquiera puede consultar etimologías en línea, comparar diccionarios y explorar orígenes. El verdadero obstáculo ya no es el precio, sino el hábito cultural: ¿valoramos la precisión léxica o nos conformamos con el slang inmediato?

    Adoptar lo mejor de ambas tradiciones no significa colonizar el español, sino enriquecerlo. Podemos conservar la unidad y elegancia que aporta la norma académica, sin renunciar a la vitalidad, la creatividad y la profundidad analítica del modelo descriptivo.

    Las palabras son las herramientas con las que construimos pensamiento, tecnología y futuro. Un idioma que se vuelve fósil rígido congela también el desarrollo de sus hablantes. Uno que se disuelve en arbitrariedad pierde poder comunicativo.

    El español no está menguando —es una lengua viva, diversa y en expansión demográfica—, pero sí necesita más curiosidad lexicográfica por parte de sus usuarios. Usemos el DLE como ancla normativa, el Diccionario Histórico para profundidad diacrónica, y herramientas como el Webster o Wiktionary para explorar capas etimológicas y filosóficas. Escribamos y pensemos con exigencia, sin purismo estéril ni permisividad que diluya el sentido.

    Es hora de exigir un español tan dinámico, preciso y audaz como los tiempos que nos toca liderar. Ni fósil ni caos: vivo, profundo y nuestro.

    Nota: con aportes de Grok.

  • Anthropic y el mito de que el copyright salvó a los autores

    Anthropic y el mito de que el copyright salvó a los autores

    La noticia recorrió el mundo con un mensaje aparentemente simple: Anthropic pagará 1.500 millones de dólares a miles de autores por utilizar libros pirateados para entrenar su inteligencia artificial y muchos interpretaron el caso como una victoria del copyright. Otros, como una derrota de la inteligencia artificial.

    Sin embargo, desde una perspectiva libertaria, esa lectura pasa por alto lo más interesante.

    El verdadero debate no es si la IA puede aprender de un libro. El debate es si las ideas pueden ser objeto de propiedad de la misma manera que una casa, un automóvil o un terreno. Y esa diferencia cambia completamente la forma de entender el caso.

    La propiedad existe porque existe la escasez

    Uno de los aportes más importantes de la Escuela Austríaca es haber explicado que la propiedad surge para resolver conflictos sobre bienes escasos. Dos personas no pueden utilizar simultáneamente el mismo automóvil, ni vivir al mismo tiempo en la misma casa.

    La propiedad establece quién decide sobre esos recursos precisamente porque son escasos.

    Las ideas funcionan de otra manera.

    Si leo una novela, el autor no deja de tenerla, o si aprendo una teoría económica, su creador no la pierde. Si una inteligencia artificial analiza millones de textos, esos textos siguen existiendo exactamente igual que antes.

    El conocimiento no desaparece cuando alguien más lo incorpora.

    Por eso muchos académicos libertarios, especialmente Stephan Kinsella, sostienen que hablar de «propiedad intelectual» resulta conceptualmente problemático. No porque el trabajo creativo carezca de valor, sino porque las ideas no presentan la escasez física que justifica la existencia de derechos de propiedad.

    El problema nunca fue que Claude aprendiera

    La cobertura periodística suele dar la impresión de que Anthropic fue condenada por permitir que Claude aprendiera leyendo libros.

    No fue eso lo que ocurrió.

    Lo realmente cuestionado fue que la empresa construyera una enorme biblioteca utilizando copias obtenidas desde repositorios piratas.

    Aquí aparece una diferencia fundamental.

    Una cosa es aprender y otra muy distinta es la forma en que se obtiene aquello de lo que se aprende.

    Desde una visión libertaria, la discusión no debería centrarse en prohibir el aprendizaje de una inteligencia artificial. Sería tan absurdo como exigir que un ser humano pague una licencia cada vez que recuerda una idea leída hace veinte años. La cuestión relevante es si alguien obtuvo esos materiales respetando los derechos sobre los bienes físicos, los contratos y los acuerdos voluntarios existentes.

    El copyright no resolvió el problema

    Muchos presentaron el acuerdo como una demostración de que el sistema de copyright funciona, pero lo cierto es que los hechos son bastante menos concluyentes.

    El pago de 1.500 millones de dólares surgió porque existía un enorme riesgo judicial dentro del sistema estadounidense de propiedad intelectual.

    No fue un precio descubierto espontáneamente por el mercado y tampoco fue una negociación entre iguales que buscaban cooperar. Fue un acuerdo alcanzado bajo la amenaza de una eventual condena mucho mayor.

    Eso no significa que el resultado haya sido malo.

    Significa que no constituye una prueba de que el copyright sea la institución ideal para resolver estos conflictos. De hecho, el propio caso demuestra otra cosa mucho más interesante.

    Lo que realmente apareció fue un mercado

    Las empresas de inteligencia artificial necesitan enormes cantidades de información para entrenar sus modelos; y por otro lado los autores quieren ser remunerados por el uso de sus obras. Las editoriales poseen catálogos completos y los archivos digitales administran millones de textos.

    Todos tienen incentivos para llegar a acuerdos.Y cuando existen incentivos para cooperar, aparece el mercado. No hace falta que el Estado determine cuánto vale cada libro para entrenar una IA como tampoco hace falta una tarifa universal.

    No hace falta una agencia que autorice previamente cada modelo. Basta con que existan derechos claramente definidos sobre los recursos físicos y libertad para contratar.

    Un desarrollador puede comprar una biblioteca, puede licenciar un catálogo editorial, puede celebrar acuerdos con miles de autores, puede utilizar obras de dominio público o puede remunerar mediante suscripciones o pagos por acceso. Puede incluso crear plataformas donde cada autor decida voluntariamente si desea participar y bajo qué condiciones.

    Todas esas soluciones nacen de contratos, no de regulaciones.

    La innovación tampoco justifica cualquier medio

    Ahora bien, reconocer que el mercado ofrece mejores respuestas no significa convertir a la innovación en un privilegio.

    Algunos sostienen que, como la inteligencia artificial generará enormes beneficios para la humanidad, debería poder utilizar cualquier contenido sin restricciones. Ese argumento tampoco resulta compatible con una visión libertaria.

    La libertad económica nunca ha significado que los fines justifiquen los medios. Una empresa no adquiere un derecho especial simplemente porque desarrolla una tecnología revolucionaria y si obtiene información incumpliendo contratos, vulnerando sistemas de acceso o apropiándose de recursos ajenos, deberá responder por esas conductas, pero no porque las ideas sean propiedad, sino porque los contratos y la propiedad sobre los bienes materiales siguen existiendo.

    El gran error sería prohibir el aprendizaje

    El peor resultado posible sería interpretar este caso como una invitación a exigir autorización previa para todo entrenamiento de inteligencia artificial, porque eso transformaría el aprendizaje en una actividad regulada. Cada nuevo modelo necesitaría negociar millones de permisos individuales por lo que los costos de transacción serían gigantescos.

    Paradójicamente, sólo podrían sobrevivir las empresas más grandes, precisamente aquellas con recursos suficientes para mantener departamentos jurídicos dedicados exclusivamente a negociar licencias. La regulación terminaría consolidando los monopolios que supuestamente pretende limitar.

    La respuesta libertaria mira hacia otro lado

    El mercado lleva siglos resolviendo problemas de coordinación sin necesidad de un plan central y la inteligencia artificial probablemente no sea la excepción.

    Lo más probable es que veamos surgir nuevos mercados de licencias, plataformas de contratación, catálogos especializados, sistemas de suscripción y acuerdos entre desarrolladores y titulares de contenidos. No porque una ley lo imponga, sino porque ambas partes tienen incentivos para cooperar.

    Esa evolución sería mucho más interesante que ampliar indefinidamente el alcance del copyright, porque desplaza la discusión desde el monopolio legal sobre las ideas hacia algo mucho más compatible con una sociedad libre: la contratación voluntaria.

    La verdadera enseñanza del caso

    Muchos celebran el acuerdo de Anthropic como un triunfo del copyright, pero quizá la lección sea exactamente la contraria.

    El conflicto terminó resolviéndose cuando las partes encontraron un precio para cerrar una disputa concreta, no cuando el Estado decidió cómo debía funcionar toda la industria. Eso no demuestra que el copyright sea indispensable, lo que demuestra es que, incluso dentro de un sistema jurídico imperfecto, los incentivos económicos siguen empujando hacia soluciones negociadas.

    Y si el futuro de la inteligencia artificial termina construyéndose sobre contratos libres entre autores, editoriales y desarrolladores, el protagonista de esta historia no habrá sido el copyright.

    Habrá sido el mercado.

  • El Poder Solapado

    El Poder Solapado

    En 2014 escribí el libro intitulado “Educación ¿estatal o particular?» en el cual enfocaba realidades de las vertientes educativas por la vía estatista o de ese mercado que es la sociedad, en la cual se intercambia lo que sea que otros buscan tener. Al respecto se manifiesta Agustín Toptschij en un artículo en el Mises Institute, destacando que, en las sociedades del 2026, aunque no son las mismas presentes en dictaduras o sistemas estatistas del ayer, nos llama a darnos cuenta que el poder centralista se administra vía los gobiernos estatales:

    “…funciona mejor cuando dicho mandar es solapado en vez de flagrante, haciendo ver que es benigno, racional e invisible, engendrando conformidad a través de una superación social en vez de hacerlo impositivamente a las patadas.

    Ya hoy día es mucho más engorroso imponer el estatismo del siglo pasado, dado que hoy existen maneras más insidiosas, sutiles y de control solapado, que presentan a quienes gustan de arrear en vez de dar el buen ejemplo. O, como acabo de escuchar en un chat, que debemos combatir la mentira con mentiras porque si lo haces con la verdad, pierdes. En ello está el caso o ejemplo del centralismo educativo NODUCA que sirve intereses estatistas económicos, sindicales y culturales y no de un estadismo.

    Hoy la gran mayoría de los argumentos en medios son, más que nada, anecdóticos, que señalan lo que tal o cual autoridad se robó; pero casi nunca vemos el fondo de ello. Es decir, ¿cómo es que resulta tan fácil robarle a todo el país? En cortito, cómo no va a ser así si estamos chuecos a partir de la misma Constitución; cuya torcedura nace de nuestra historia estatista, centralista y corrupta. Y es que el poder desbocado navega por encima de las instituciones, democracia, leyes, rendición de cuentas y la transparencia; vale decir:

    Un estatismo invasivo y generalizado que anula elecciones, parlamentos y tribunales, destruyendo mercados, la propiedad y sanos elementos afines.

    Para cerrar esta reflexión, debemos entender que el problema no radica simplemente en los nombres de quienes ocupan las sillas presidenciales o las curules legislativas. El verdadero peligro del estatismo moderno es que ha logrado colonizar la mentalidad colectiva, haciéndonos creer que fuera del arbitrio estatal solo existe el caos. Desde el centralismo educativo —diseñado más para fabricar súbditos dóciles que mentes críticas e independientes— hasta la hiperregulación que sofoca al emprendedor, la sociedad civil ha sido sistemáticamente desarmada y domesticada.

    Nos hemos acostumbrado a la ilusión del voto, ignorando que una democracia vaciada de contrapesos reales y de respeto absoluto a la propiedad privada es solo una fachada cosmética. Cuando la ley deja de ser un escudo para el individuo y se convierte en el garrote del gobernante, el contrato social se rompe de raíz. La corrupción rampante que vemos a diario no es una falla accidental del diseño institucional; es el sistema funcionando exactamente para lo que fue creado: un mecanismo de transferencia forzosa de riqueza desde quienes producen hacia la casta burocrática y sus allegados.

    Estas enormes burrocracias con asambleas que no descubren la ley sino la inventan con la finalidad de abonar la base servil que los mantiene en el curul lucrativo a las autoridades electas, desde el presidente, van y vienen, dejando endémico el sistema putrefacto que engendra deterioro y pobreza.

    Más allá está el estado profundo que en vez de potenciar el libre mercado, potencia un capitalismo de compinches. Y triste que todo ello no es invisible, pues hoy lo vemos en un mercado laboral que ya anda por el 50% de la actividad emprendedora en Panamá. Sin embargo, el corrupto mar de fondo en el poder permanece y permea a la sociedad.

  • La escasez en Bitcoin

    La escasez en Bitcoin

    En los últimos días volvió a aparecer una discusión interesante: ¿es mejor invertir en Bitcoin o en empresas de inteligencia artificial? Muchos analistas responden mirando gráficos, balances o valoraciones. Si las acciones de IA están demasiado caras, concluyen que quizá Bitcoin tenga hoy un mayor recorrido.

    Es un análisis válido, pero creemos que deja afuera la cuestión más importante.

    Desde la Escuela Austríaca, el verdadero debate no es cuál activo puede subir más el año que viene. La pregunta es otra: ¿qué clase de bien económico estamos comparando?

    Y ahí aparece una diferencia enorme: la escasez en Bitcoin.

    La escasez no da valor… pero sin escasez no hay valor

    Una de las ideas más malinterpretadas de la economía es creer que algo vale porque es escaso.

    No.

    Si mañana encontráramos una piedra única en todo el universo, pero a nadie le interesara tenerla, seguiría siendo extraordinariamente escasa… y no valdría prácticamente nada.

    Los austríacos llevan más de un siglo explicando que el valor nunca está dentro de las cosas. El valor nace en la mente de las personas.

    Somos nosotros quienes decidimos qué bienes nos ayudan a alcanzar nuestros fines, y esa valoración subjetiva es la que termina formando los precios.

    Pero esa explicación suele hacer que olvidemos la otra mitad de la historia que dice que para que exista un bien económico primero debe existir escasez. Si algo puede obtenerse en cantidades ilimitadas respecto de nuestras necesidades, deja de ser objeto de elección. Nadie economiza el aire que respira, pero sí una botella de agua en medio del desierto.

    La escasez no crea el valor, simplemente hace posible que exista.

    Bitcoin y la inteligencia artificial no juegan el mismo juego

    Aquí aparece la verdadera diferencia. Las empresas de inteligencia artificial compiten en un mercado abierto, hoy domina una, pero mañana puede aparecer otra mejor. Dentro de cinco años quizá ninguna de las actuales siga liderando el sector. Y eso no significa que sean malas inversiones, al contrario, algunas podrán crear enorme riqueza.

    Pero siempre existirán nuevas empresas, nuevos competidores y nuevas tecnologías intentando reemplazar a las anteriores. Ese proceso competitivo es precisamente lo que hace funcionar al mercado.

    Pero Bitcoin pertenece a otra categoría ya que no es una empresa, por lo tanto no depende de un director ejecutivo ni presenta balances trimestrales. Y, sobre todo, nadie puede crear más bitcoin para competir con los ya existentes. Podrán aparecer diez mil criptomonedas nuevas o podrán desarrollarse tecnologías superiores para muchas cosas, pero ninguna de ellas aumenta la cantidad de bitcoin. Eso es lo realmente extraordinario.

    La utilidad marginal también importa

    Carl Menger explicó que las personas ordenamos nuestras necesidades según la importancia que les damos.

    La primera unidad de un bien suele satisfacer un fin más importante que la segunda, y ésta más que la tercera. Por eso hablamos de utilidad marginal.

    Con Bitcoin sucede algo curioso.

    Muchas personas valoran cada satoshi precisamente porque saben que forma parte de una cantidad máxima conocida y que nadie puede alterar discrecionalmente.

    Si mañana el protocolo permitiera emitir otros veinte millones de bitcoin, probablemente la valoración subjetiva que millones de personas hacen de cada unidad cambiaría, pero no porque hubiera cambiado la tecnología o porque Bitcoin hubiera dejado de funcionar, sino porque habría desaparecido una de las características que hacía que tantas personas lo consideraran un buen vehículo para preservar valor.

    No es una cuestión de precio

    Aquí es donde, creemos, suele perderse el debate. No sabemos si una inversión en Bitcoin subirá más que una inversión en las empresas de inteligencia artificial. Nadie puede saberlo como tampoco sabemos qué compañía dominará ese mercado dentro de diez años.

    Pero lo que sí sabemos es que ambas cosas responden a lógicas completamente distintas.

    Las empresas de IA seguirán naciendo mientras existan emprendedores capaces de crear mejores productos. Esa abundancia potencial forma parte de su naturaleza.

    Bitcoin, en cambio, no puede reproducirse. Y esa imposibilidad de ampliar su oferta también forma parte de su naturaleza.

    La escasez de Bitcoin

    Quizá la comparación nunca debió ser inversión en «Bitcoin versus inteligencia artificial». Una empresa de IA puede convertirse en una inversión extraordinaria, pero también puede desaparecer, ser comprada o quedar obsoleta.

    Bitcoin ofrece otra cosa en cambio; no ofrece beneficios ni garantiza rentabilidad. Ni siquiera asegura que su precio vaya a subir.

    Lo único que ofrece es una característica que ningún consejo de administración, ningún gobierno y ningún emprendedor puede modificar: una oferta absolutamente limitada y conocida de antemano, 21 millones de unidades inmodificable. Después, como enseñó Mises, serán las personas quienes decidan si esa característica merece ser valorada.

    Porque el valor nunca está en Bitcoin. Quizás esa sea la mayor enseñanza de la Escuela Austríaca. Bitcoin no es valioso porque sea escaso. Es valioso únicamente para quienes consideran que su escasez les ayuda a alcanzar un fin que juzgan importante. La escasez no crea el valor; simplemente hace posible que las personas puedan atribuírselo.

  • La Gobernanza Predatoria

    La Gobernanza Predatoria

    En los debates diarios sobre las políticas públicas en Panamá, es común escuchar llamados a una “mejor gobernanza”. Pocas palabras se usan con tanta frecuencia y se comprenden tan poco. La gobernanza no es simplemente otro nombre para las acciones del gobierno. Mientras que la gobernanza —el conjunto de mecanismos que permiten a los seres humanos coordinar su vida social y resolver pacíficamente sus conflictos— ha existido desde que las personas comenzaron a vivir juntas, el Estado moderno es una invención histórica relativamente reciente.

    Lejos de ser una simple continuación de formas antiguas de autoridad, el Estado, como explica Agustín Toptschij, se define por su reclamo de soberanía: se posiciona como la fuente última del derecho, sin reconocer ninguna autoridad superior. Esta autonomía institucional, más que cualquier política concreta, le otorga una lógica predatoria. Poco a poco, tiende a absorber o subordinar otras instituciones —la familia, la empresa privada, la educación, agua, transporte, energía, otras más y hasta la alimentación. También las asociaciones civiles y las tradiciones locales— bajo la justificación del “bien común”.

    En Panamá, un país bendecido con ventajas geográficas y una economía dolarizada que ya demuestra los beneficios de limitar la soberanía monetaria, esta distinción resulta especialmente relevante. No tenemos que elegir entre orden y libertad. Necesitamos recuperar las ricas posibilidades de la gobernanza que no dependen de la expansión permanente de la jurisdicción del Estado.

    Esta lógica predatoria no es, necesariamente, fruto de la mala intención de gobernantes individuales, sino de la naturaleza misma del Estado soberano moderno. Al declararse fuente última del derecho, tiende inevitablemente a expandir su jurisdicción. Cada problema social —la inseguridad, la educación deficiente, los desequilibrios económicos— se convierte en pretexto para absorber más funciones que antes eran gestionadas por la sociedad civil, las familias o el mercado.

    En Panamá vemos este fenómeno con claridad. La dolarización ha sido un poderoso límite a la soberanía monetaria y nos ha dado mayor estabilidad que muchos países vecinos. Pero, en general observamos la tendencia expansiva: regulaciones que complican la vida de la pequeña y mediana empresa, un sistema de pensiones que genera inquietud sobre su sostenibilidad, y una burocracia que crece mientras la confianza en las instituciones públicas disminuye. No se trata solo de “mal gobierno”. Se trata de un modelo que concentra poder y debilita la sociedad.

    Frente a esto, es necesario recuperar las posibilidades de una gobernanza que no dependa de la expansión permanente e indecente de los entes en que se han convertido nuestros gobiernos estatales. La historia y la experiencia contemporánea ofrecen ejemplos esperanzadores:

    1. En el ámbito económico: La dolarización misma es un gran ejemplo de gobernanza sin soberanía monetaria plena. De igual forma, la competencia entre jurisdicciones (como los regímenes especiales en zonas francas o el hub logístico) demuestra que la apertura y la competencia reguladora pueden generar mejores resultados que la planificación central.
    2. En seguridad: Donde la policía estatal enfrenta limitaciones, la seguridad privada, los sistemas de vigilancia comunitaria y las tecnologías de prevención han mostrado eficacia. El reto es regularlos sin ahogarlos.
    3. En educación y bienestar: Familias, iglesias, fundaciones y empresas ya demuestran capacidad de ofrecer servicios de calidad. En lugar de estatizarlos, deberíamos facilitar su expansión mediante vales, desregulación y mayor libertad de elección.
    4. En resolución de conflictos: La arbitración comercial y los mecanismos privados de solución de disputas suelen ser más rápidos y menos costosos que los tribunales estatales saturados.

    La verdadera cuestión no está en tener más “Estado” y sus gobiernos en nuestras vidas, pues hay mejores formas. Un orden basado en la soberanía ilimitada del aparato estatal o uno construido sobre múltiples centros de autoridad y responsabilidad personal.

    Panamá, por su historia y posición estratégica, tiene una oportunidad única para liderar un modelo de gobernanza más humilde y eficaz. Reducir la voracidad del Estado no significa caos, sino liberar el enorme potencial creativo y cooperativo de la sociedad. Es hora de pasar de la gobernanza estatista a una gobernanza verdaderamente social.

  • El nacionalismo de noventa minutos

    El nacionalismo de noventa minutos

    Cada cuatro años ocurre un fenómeno fascinante. Millones de personas, que el resto del tiempo apenas conocen a sus vecinos, sienten de pronto que forman parte de una inmensa familia llamada «nación». Lloran, cantan, abrazan desconocidos, discuten con amigos de otros países y experimentan una emoción genuina. No hay nada malo en esa alegría. El problema comienza cuando esa emoción se confunde con patriotismo o, peor aún, con un supuesto deber cívico, que bien lo aprovecha el nacionalismo.

    Desde una perspectiva liberal, el Mundial merece una reflexión mucho más profunda.

    El nacionalismo deportivo crea la ilusión de que compartimos un logro colectivo. Pero ¿qué hemos hecho realmente para ganar un campeonato? Absolutamente nada. Ninguno de nosotros entrenó durante veinte años, sacrificó su vida familiar o soportó la presión de jugar frente a millones de espectadores. El triunfo pertenece a un grupo extraordinario de individuos que desarrolló su talento mediante esfuerzo, disciplina y competencia. Sin embargo, el lenguaje cambia mágicamente: «ganamos», «somos campeones», «les demostramos al mundo».

    El individualismo metodológico, la base del pensamiento liberal y de la Escuela Austríaca, recuerda algo tan simple como difícil de asumir: las sociedades no actúan; actúan las personas. Los países no juegan al fútbol. Juegan once individuos con nombres y apellidos.

    ¿Por qué entonces sentimos esa apropiación emocional?

    Porque el ser humano busca pertenencia. Y el nacionalismo deportivo ofrece una identidad instantánea, gratuita y emocionalmente intensa. Durante unas semanas dejamos de ser individuos con proyectos propios para convertirnos en integrantes de una masa que ríe o llora al unísono. Es una experiencia profundamente humana, pero también profundamente manipulable.

    No es casualidad que el poder político haya comprendido esto desde hace siglos.

    En la antigua Roma, los emperadores descubrieron que ofrecer espectáculos grandiosos ayudaba a canalizar tensiones sociales y fortalecer el vínculo emocional con el poder. La expresión panem et circenses no significaba únicamente repartir entretenimiento: describía un mecanismo político. Mientras el pueblo dirigía su atención al circo, las decisiones verdaderamente importantes se tomaban en otro lugar.

    No se trata de afirmar que un Mundial sea equivalente al Coliseo romano. Sería una comparación injusta e históricamente imprecisa. El fútbol es una competencia deportiva legítima y extraordinariamente bella. Lo que sí permanece constante es la naturaleza humana: el poder siempre encuentra útil cualquier acontecimiento capaz de monopolizar la atención colectiva.

    Mientras millones siguen cada partido, los parlamentos negocian reformas, los gobiernos anuncian medidas, los presupuestos cambian y las burocracias continúan creciendo. Pero no porque exista una conspiración mundial del fútbol, sino porque la política profesional nunca deja pasar una oportunidad para actuar cuando la ciudadanía mira hacia otro lado.

    Quizá la mayor paradoja sea que muchos de quienes rechazan el colectivismo en la economía lo abrazan sin reservas durante un Mundial. El individuo desaparece. La responsabilidad personal desaparece. El mérito individual se diluye en un gigantesco «nosotros» que, durante noventa minutos, parece explicar toda la realidad.

    El liberalismo propone exactamente lo contrario.

    Celebrar el talento sin apropiarse de él. Admirar el esfuerzo sin convertirlo en patrimonio nacional. Disfrutar del deporte sin entregar, aunque sea por unas semanas, nuestra capacidad crítica.

    Nada impide emocionarse con un gol espectacular o con la historia improbable de una selección pequeña que desafía a las potencias. Al contrario. Es una de las grandes virtudes del deporte. Lo peligroso comienza cuando esa emoción sustituye la reflexión y el entusiasmo colectivo nos hace olvidar que los verdaderos partidos, los que afectan nuestra libertad, nuestros derechos y nuestro patrimonio, se juegan fuera de la cancha. Porque los Mundiales terminan, pero las leyes, los impuestos y las instituciones permanecen.

  • Más allá del estrecho de Ormuz: los cuellos de botella que pueden hacer tambalear el control de los mares

    Más allá del estrecho de Ormuz: los cuellos de botella que pueden hacer tambalear el control de los mares

    Los grandes pasos marítimos del petróleo ya no se dividen entre importantes y secundarios, sino entre los que están bajo asedio, los que tienen dueño, los que están naciendo y los que sostienen todo el sistema. Cuando los mercados temen un cierre en el estrecho de Ormuz, el precio del petróleo se dispara en cuestión de horas. Lo hemos visto muy de cerca en todo 2026. La razón es bien conocida: por ese angosto paso del golfo Pérsico transita cerca del 20 % del crudo y el 25 % del gas natural licuado (GNL) que consume el mundo, según la Agencia Internacional de Energía. Pero fijarse sólo en Ormuz es leer solo una página del atlas y creer que se ha entendido el mundo.

    La Administración de Información Energética de Estados Unidos (EIA) estima que el 76 % del petróleo mundial viaja por mar. Ese océano de crudo y gas no fluye libremente: se estrangula en una docena de pasos que concentran los flujos en espacios de pocos kilómetros, a veces de pocos cientos de metros. Lo interesante no es catalogarlos, sino entender que se dividen en cuatro familias con lógicas de riesgo muy distintas: los pasos clásicos que están bajo asedio, los que tienen dueño con nombre y apellidos, los que están naciendo ante nuestros ojos y los que sostienen silenciosamente todo el edificio.

    Los principales cuellos de botella energéticos globales (el tamaño del círculo es proporcional al tráfico de barriles de petróleo). Fuente: elaboración propia con datos de la EIA (1H2025)., CC BY

    Bajo el asedio de los drones y las lanchas rápidas

    Durante medio siglo, la seguridad de los cuatro grandes pasos del petróleo –el estrecho de Ormuz, que conecta el golfo Pérsico con el Índico; el canal de Suez, que sirve de paso entre el Mediterráneo y el mar Rojo; el de Bab el-Mandeb, entre el mar Rojo y el Índico, y el paso de Malaca, que conecta el Índico con el Pacífico– descansó sobre una premisa simple: ningún actor racional se atrevería a desafiar a la marina estadounidense. Esa premisa ha muerto entre 2023 y 2026, y su certificado de defunción se firmó en el mar Rojo.

    En 2023, los hutíes atacaron desde la costa yemení los buques comerciales estadounidenses y británicos en tránsito por Bab el-Mandeb, como una declaración de apoyo a Hamás en la guerra contra Israel. Entonces, las milicias demostraron que un arsenal de drones y misiles baratos bastan para desviar el comercio mundial. No necesitaron hundir ninguna flota: la mera amenaza disparó los seguros marítimos y obligó a las navieras a rodear África, elevando los fletes entre un 200 y un 300 %, y alargando cada viaje entre 10 y 15 días.

    Tras los ataques, el canal de Suez –con apenas 313 metros de ancho en sus tramos críticos y por el que transitan unos 12 millones de barriles diarios– vio evaporarse buena parte de su tráfico sin que nadie lo bloqueara físicamente. Las flotillas navales multinacionales desplegadas en la zona, analizadas en detalle por la propia EIA, no lograron restaurar la confianza: la disuasión clásica no funciona contra quien no tiene nada que perder.

    La misma lección se proyecta sobre los dos gigantes asiáticos del mapa. Ormuz mueve unos 20 millones de barriles diarios pero Malaca lo supera: 23,2 millones de barriles diarios en el primer semestre de 2025, el 29 % de todo el comercio marítimo mundial de petróleo, apretados en un pasaje de 2,5 kilómetros entre Malasia e Indonesia.

    China importa por esa vía cerca del 80 % de su crudo y esa enorme dependencia genera el llamado “dilema de Malaca”.

    Los pasos con dueño: donde el riesgo no es un misil, sino una firma

    Otro tipo de riesgo está en los pasos controlados por un Estado concreto que puede –legalmente o de factocondicionar el tránsito de terceros. Esta presión es menos espectacular que un ataque con drones, pero sus efectos pueden ser igual de profundos.

    Un caso de manual son los estrechos turcos. La convención de Montreux de 1936 dio a Turquía las llaves del Bósforo y los Dardanelos, únicos accesos al mar Negro, por donde sale el crudo kazajo y ruso hacia el Mediterráneo.

    Tras la invasión de Ucrania, Ankara aplicó Montreux con un doble rasero: cerró el paso a los buques de guerra pero lo mantuvo abierto a los petroleros rusos con crudo barato. El estrecho se convirtió en moneda de cambio de la política exterior turca y Europa descubrió que una de sus arterias de importación dependía de la buena voluntad de un socio indispensable e imprevisible.

    Menos conocidos son los estrechos daneses –Gran Belt, Pequeño Belt y Øresund–, única salida del Báltico al Atlántico. Por ellos salía alrededor de un tercio de las exportaciones marítimas rusas de crudo, antes de las sanciones económicas a Rusia por la guerra de Ucrania. Aquí no hay Montreux: Dinamarca no puede negar el paso inocente que estipula el derecho marítimo, por el que los barcos de todos los Estados pueden navegar por el mar territorial de otro, siempre que se trate de un paso rápido y sin detenciones. Pero la geografía impone su propio peaje: el Øresund apenas alcanza 8 metros de calado en algunos puntos, lo que veta a los superpetroleros y obliga a Rusia a usar buques más pequeños y costosos.

    A esta familia también pertenecen Gibraltar, 14 kilómetros entre Europa y África, y puerta del GNL atlántico hacia el Mediterráneo, y el canal de Panamá, que conecta las costas atlánticas y pacíficas del continente americano y da salida al GNL texano hacia Asia. Panamá añade una vuelta de tuerca: el clima se está convirtiendo en su dueño efectivo. La sequía de 2023-24 en la cuenca del lago Gatún redujo el calado, impuso colas de semanas y demostró que la infraestructura más sofisticada puede ser rehén del ciclo hidrológico. La retórica de la administración Trump sobre “recuperar el canal” hizo el resto: hasta los pasos más institucionalizados vuelven a estar en el mercado de la geopolítica.

    El tablero que viene: deshielo, semiconductores y gas africano

    La tercera familia no aparece en los manuales clásicos de seguridad energética porque está naciendo ahora mismo. Son los corredores que el cambio climático, la transición energética y la rivalidad entre China y EE. UU. están dibujando sobre el mapa.

    El más literal es el Ártico. El deshielo está convirtiendo la Ruta del Mar del Norte, a lo largo de la costa siberiana, en una autopista estacional que podría operar todo el año hacia mediados de siglo, recortando 7 000 kilómetros entre Rotterdam y Shanghai. Rusia lleva una década preparándose con rompehielos nucleares, nuevos puertos y bases militares en la zona, mientras que en su flanco occidental está Groenlandia, con sus tierras raras y su posición dominante, lo que explica el insistente interés de Washington por la isla.Justo debajo, el GIUK Gap (el pasillo entre Groenlandia, Islandia y Reino Unido), que fue la línea antisubmarina de la Guerra Fría, se prepara para una segunda vida como corredor logístico vigilado.

    En el otro extremo térmico del planeta, el canal de Mozambique se perfila como la arteria del gas africano: los yacimientos de Mozambique y Tanzania, entre los diez mayores del mundo, empezarán a exportar GNL a gran escala en la segunda mitad de la década, y sus metaneros tendrán que pasar entre la costa africana y Madagascar.

    El corredor emergente más inestable no es nuevo en el mapa, sino en su significado: el estrecho de Taiwán. Por sus aguas transitan los petroleros y metaneros que abastecen a Japón, Corea del Sur y el norte de China. Pero también los semiconductores que alimentan la industria mundial y los cables submarinos que sostienen internet. Un conflicto en Taiwán no sería solo un shock energético sino también industrial y digital simultáneo, sin precedente histórico con el que compararlo. Es el único paso del mapa cuyo cierre no admite ruta alternativa que valga. https://datawrapper.dwcdn.net/aFOHE/2/

    La garantía de fondo: lo que sostiene el sistema cuando todo falla

    Queda una última familia, la menos visible: las piezas que no mueven barriles pero hacen posible que los demás los muevan. Son el seguro del sistema, y como todo seguro, sólo se aprecia cuando hay siniestro:

    1. La pieza militar: Diego García, un atolón de 44 kilómetros cuadrados en mitad del océano Índico, que alberga desde los años setenta una base militar anglo-estadounidense desde la que se puede proyectar poder sobre los pasos de Ormuz, Bab el-Mandeb y Malaca a la vez. La lección es incómoda pero clara: el flujo energético global descansa, en última instancia, sobre infraestructura militar de proyección de poder.
    2. La pieza geográfica: el cabo de Buena Esperanza, que no puede cerrarse al ser mar abierto y que absorbe el tráfico cuando Suez o Bab el-Mandeb fallan. No obstante, cada activación añade dos semanas de travesía y millones de dólares por viaje que acaban en la factura del consumidor.
    3. La pieza industrial: los oleoductos que rodean los estrechos –como el Petroline saudí hacia el mar Rojo (con hasta 7 millones de barriles diarios de capacidad ampliada), el Habshan-Fujairah emiratí que esquiva Ormuz, el Bakú-Tiflis-Ceyhan que evita el Bósforo– son la redundancia planificada del sistema. Pero el sabotaje del Nord Stream, en 2022, mostró que los tubos también se atacan y ninguno puede absorber el volumen completo de los pasos que complementan. La redundancia atenúa la vulnerabilidad; no la elimina.

    Leído así, el mapa de los cuellos de botella (chokepoints) es un mapa de poder. Para los importadores netos de combustibles fósiles, la lección es que diversificar fuentes sin diversificar rutas es hacer la mitad del trabajo: depender de un único corredor equivale a firmar un pagaré geopolítico con vencimiento impreciso.

    Enrique Parra Iglesias, Profesor Titular de Universidad, Universidad de Alcalá

    Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

  • Culpar a los ricos e ignorar los Incentivos

    Culpar a los ricos e ignorar los Incentivos

    Pareceré loro repitiendo los mismos argumentos, pero… muchísimo cacarean los supuestos “socialistas” y tal, y muy poco salen a relucir verdades que quedan opacadas entre los goles del mundial. En este caso, me refiero al cacareo contra los ricos, cuando casi nadie sabe lo que es un rico; pues los hay que tienen mucho dinero, pero muy poca riqueza, mientras hay muchos pobres que son mucho más ricos que los adinerados.

    La verdadera riqueza está mucho más allá que el dinero; pero, si lo que estamos enfocando es la riqueza económica de un pueblo, entonces pongamos atención a realidades que típicamente se les escapan a la gran mayoría. La única forma de lograr riqueza en dinero y lograr millones de una manera sana es, produciendo y ofreciendo productos o servicios que alguien quiere comprar.

    Cada dólar que gastan los compradores es un voto a favor de un producto o un servicio. Si no te gusta, no lo compras o despides a quien te da el servicio. Pero eso no es lo que ocurre en los sistemas que dicen ser “gobierno” en los cuales estos organismos torcidos meten no las pezuñas sino todo el cuerpo. Y más aún, el mercado es como las carreras de caballo, autos y tal en cuanto a que no ganan los mismos, como cuando el gobierno mete la mano, sino que ganan los que mejor ofrecen resultados.

    A todo ello, estamos viendo un proceso que es voluntario, de libre mercado; lo cual no se da cuando el gobierno dicta precios, descuentos, supuestos subsidios y muchos otros engaños coercitivos; tales como los impuestos cuando estos son exagerados y utilizados para hacer porquerías. La triste realidad es que nuestros supuestos gobiernos han trastocado su misión de ser protector contra los bandoleros y se han convertido en los mayores bandoleros. Y el crimen no está sólo en lo que roban sino en el daño colateral de no desempeñar bien su función básica de atajar a… ¿a quién? ¿Acaso se van a atajar a ellos mismos?

    Creer que los subsidios nacen por el amor al prójimo, al pobre, al pueblo es lo máximo en despiste; pues quienes dan favores esperan colores en donaciones, votos y aplausos cuando pasa la caravana de soberbios ungidos. En todo ello se ignoran los peligros de usar el poder gubernamental para lo que no es. Los gobiernos consiguen sus ingresos no mediante producción y venta de buenos productos. El asunto es ver cuáles son y cuáles no los buenos productos; tal como el Metro y MiBus.

    A todo ello, debo celebrar a personas como George F. Novey, fundador de las empresas Novey en Panamá, quien solía decirnos: “Quien con niño se acuesta, embarrado amanece”. Y tanto George como mi padre Irving, y Richard Novey que luego administraron las empresas de la familia, no se arrimaron a los gobiernos de turno. Pero, les cuento que sí tuve que ir asentarme con un ministro para informarle de su vice que nos quería coimear. El ministro me dijo: “Esto está muy mal” y cambiaron al vice a otro ministerio.

    En fin, cuando un gobierno se entromete directamente en el mercado, tal como lo establece el Título X de nuestra Constitución, el mismo se constituye en un elemento no sólo irruptor sino peor. Y sí, los panameños necesitamos gobierno, pero… ¿es eso lo que tenemos? Triste pero la realidad es que lo que hemos venido sufriendo son asaltantes legales protegidos por la misma ley para llevar a cabo sus actividades delictivas. No proveen seguridad sino todo lo contrario.