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  • ¿Sabía que el origen del dólar está en la pequeña ciudad checa de Jáchymov?

    La semana pasada se cumplieron 500 años desde la acuñación de las primeras monedas Joachimsthaler en Jáchymov, una pequeña ciudad minera en República Checa de 2700 habitantes cerca de la frontera alemana, y que ha jugado un papel importante en la historia del hombre moderno.

    La ciudad acaba de ser nombrada Patrimonio Mundial por la Unesco. Y probablemente muchos no saben que, la moneda que impulsa al mundo libre se originó en esta ciudad que aún se tambalea irónicamente por el colapso del comunismo, y donde actualmente el dólar no es aceptado.

    Ubicada en una zona rica en minerales en las montañas, la ciudad de Jáchymov fue fundada en 1516, el mismo año en que se abrieron sus minas de plata. Las monedas de plata se acuñaron por primera vez 2 años después. La propiedad comprada para establecer la casa de la moneda se encontraba junto a la casa de Jeroným Šlik, un noble local y hermano del fundador de la ciudad, el Conde Hieronymus Schlick, bautizó el área como Joachimsthal o “Valle de Joachim” en honor al santo patrón local de los mineros.

    Las monedas locales se llamaban en alemán «joachimsthaler silber groß Denar”. El nombre imprácticamente largo fue acortado gradualmente ; primero a “joachimsthaler”, luego a “thaler” y finalmente al “tolar” en checo. La familia Šlik floreció a partir de la minería y la acuñación, hasta que las minas de plata declinaron y la operación de la ceca cesó en 1671. Todo el mundo, en casa y en el extranjero, intentó imitar el estándar exitoso introducido por la dinastía Schlick en los siglos siguientes.

    En 1524 había 613 minas de plata y adits en la ciudad, con rendimientos que ascendían a 166.023 tolares. 6 años después, en 1530, ya había en la ciudad 1.000 minas de plata que empleaban a 8.000 mineros. En 1533, Joachimsthal era la segunda ciudad más grande de Bohemia después de Praga, con 18.200 habitantes. A mediados del siglo XVI, se calculó que unos 12 millones de táleros extraídos de estas montañas se habían extendido por Europa, mucho más que cualquier otra moneda del continente. Además, el tálero se fabricó con el mismo peso y diámetro que la moneda Guldengroschen de 29,2 g que se usaba en gran parte de Europa central, lo que facilitó que los reinos vecinos la aceptaran.

    Posteriormente, en 1566, el tálero era tan conocido en toda Europa que cuando el Sacro Imperio Romano Germánico trató de establecer un tamaño estándar y un contenido de plata para muchas de sus monedas locales del reino, eligió el tálero, llamando a todas las monedas aceptables de plata «Reichsthalers» o «táleros del imperio». A principios del siglo XVII, los minerales de plata se agotaron en la región y la atención se centró en el níquel, el cobalto, el bismuto y el arsénico.

    A medida que el tálero se extendió por el continente y más allá, los gobernantes locales cambiaron el nombre de las monedas en sus propios idiomas. Pero fue el leeuwendaler holandés, o daler para abreviar, el que dio su nombre a la moneda estadounidense. Primero fue traído a Nueva Amsterdam, colonia de los Nuevos Países Bajos en América del norte, por colonos holandeses y rápidamente se extendió por todo el país. En 1792, se convirtió en la moneda oficial de los Estados Unidos.

    Sin embargo, a día de hoy, Jachymov ha dado la espalda al dólar por completo. Los visitantes extranjeros solo pueden pagar sus gastos en moneda local (coronas), euros o rublos rusos. El billete verde nacido de estas minas de plata y convertido en el becerro de oro del planeta, no es nada habitual en esta ciudad, tanto pintoresca como histórica. Solo se menciona en su museo, que presenta a los visitantes el auge de la acuñación de monedas cuya producción había circulado en Europa y en el resto del mundo durante 400 años.

    Actualmente, según el FMI, el 62% de las reservas financieras del mundo están en dólares estadounidenses, más del doble de euros, yenes y renminbi juntos. 31 naciones la han adoptado como moneda oficial , más de 66 países le fijan el valor de sus monedas y es aceptada en lugares tan recónditos como Corea del Norte o Siberia. Y claro, la moneda que usamos en Panamá, que aún cuando por Constitución es de uso no forzoso, día a día al usarla,  la validamos permanentemente.

  • De Martinellis y billetes de a uno

    El gobierno anuncia que por fin, en Octubre, van a empezar a llegar los billetes de a uno. Esto es una gran noticia, porque francamente existe una razón por la cual los chinos, gente muy práctica, hace siglos inventaron el papel moneda.

    Las monedas metálicas son un dolor de cabeza; es cierto que pueden ser eternas, he visto monedas de hace siglos en buen estado, pero pesan, hacen ruido y las máquinas expendedoras de bebidas, alimentos, recarga de tarjetas del metro y metrobus no las aceptan. Luego existe el problema de que los turistas reciben en cambio monedas de un balboa que no son convertibles fuera de Panamá en nada, lo cual significa de facto un encarecimiento de las compras que hacen en Panamá porque el vuelto no vale nada. El tema de los Martinellis es que el estado, para obtener una ganancia pequeña, comparada con el presupuesto por señoreaje, hizo reemplazar los billetes de dólar con Martinelli, que acuñó 40 millones, y luego peor con Varela, que acuñó 60 millones, para volver a obtener algunas pequeñas ganancias para el estado en Señoreaje. Esto creó en la calle un interesante experimento de teoría monetaria corroborando la Ley de Gresham.

    Hablemos primero de la Ley de Gresham.

    La Ley de Gresham, llamada así en honor de un Banquero inglés del siglo XVI, dice que cuando en un mercado coexisten dos monedas distintas, una buena, con mayor valor estable, y otra mala, con tendencia a devaluarse, la gente paga con la moneda mala, y atesora la moneda buena, lo cual hace que la moneda mala saque de circulación a la buena. Herbert Simon, premio Nobel, hizo estudios sobre la ley de Gresham, y concluyó que los asuntos estructurados sacan de atención a los no estructurados. Las cosas para las cuales se tiene que cumplir un horario o listas estrictas tienen más atención que aquellas para las cuales no existen horarios fijos y planes estructurados. A éstas se les responde con un “quizás”, “de repente más tarde”, “la otra semana”. Los pagos suelen ser asuntos estructurados, y pagarlos con la moneda menos deseable mata dos pájaros de un solo tiro.

    En cambio las incertidumbres con respecto al futuro, son asuntos no estructurados para los cuales ahorrar se convierte en un hábito cultural, y para ahorrar, bueno, es mejor usar una moneda que la experiencia demuestre que no va a cambiar de valor demasiado en el futuro. O sea la moneda buena. Mientras, para las actividades estructuradas de la vida, se usa la moneda mala que se sabe que tiene más posibilidad de perder valor en el futuro.

    La experiencia de Argentina, de Venezuela, dice que cuando la moneda se devalúa rápido, la gente prefiere usar la moneda local para los negocios diarios, y reservar los dólares y el oro para los grandes negocios eventuales, como comprar una casa.

    Volvamos a Panamá. Si bien es cierto que el acuerdo monetario de 1904 mantiene una paridad dólar/ balboa, la misma no surge simplemente porque la ley lo dice, sino porque Panamá, para acuñar cierta cantidad de moneda fraccionaria en balboas debe hacer un depósito en dólares en el Tesoro Norteamericano. Pero esto aunque sea cierto crea cierta incertidumbre a futuro. ¿Podrán gobiernos futuros hacer este depósito para sostener la paridad? ¿Son las monedas de balboa tan deseables de tener si solo se las puede usar localmente? ¿Qué es más cómodo de portar, monedas metálicas grandes o billetes? ¿Cuál moneda tiene más aceptación en una economía que usa muchas máquinas vendedoras, la metálica o el billete? ¿Cual tiene más aceptación en el extranjero, el balboa metálico de Martinelli o el billete de Dólar del Tesoro de los Estados Unidos? En fin, ¿cuál moneda es más deseable tener a largo plazo, el balboa metálico o el dólar americano?

    La respuesta la está dando en la calle el consumidor. Porque al final las monedas son artículos de consumo, y se aprecian por su utilidad para conservar y transmitir el valor, y por su utilidad como medio de intercambio. Y al final ¿cuál escoge el consumidor como más deseable y como menos deseable? El consumidor ha votado y ha deseado que las monedas de balboa son menos deseables que los billetes de a dólar. Ley de Gresham de nuevo. Así que los billetes de dólar han desaparecido de la calle y las monedas de un balboa son las monedas de uso común. Esta Ley no falla.

    Y por favor, no le echen la culpa a los venezolanos, como hacen ciertos grupúsculos xenofóbicos pagados por uno de los creadores de este fenómeno ( y su Caballo de Troya en otro partido) de decir que “no hay dólares en la calle porque los venezolanos lo mandan para fuera”. Para empezar, el dinero que mandan los venezolanos para afuera no son dólares de billetes sino unos y ceros en la memoria de computadoras. Los dólares físicos son depositados como remesas, y la casa de transferencias los convierte en unos y ceros. Los billetes físicos se quedan en Panamá e ingresan al sistema bancario, el cual los guarda. Por ahora los cajeros bancarios usan billetes de a dólar de 5 en adelante. Ley de Gresham de nuevo.

    Vemos como positivo que el nuevo gobierno haya decidido parar el relajo, y reducir poco a poco los 100 millones de monedas de balboa que circulan en la actualidad. No es lo ideal que dólares y balboas coexistan, nos parece un gradualismo equivocado e idealmente deberíamos dejar de acuñar monedas nacionales, volviendo a la libertad monetaria de la Constitución de 1904. Pero por ahora, la medida tomada es una vuelta a la seriedad que no podemos dejar de aplaudir.

  • Dolarizar Argentina. Dolarizar Colombia. Dolarizar Venezuela

    Los latinoamericanos somos la cultura más irresponsable manejando dinero por lo que veo.

    Panamá tuvo que dolarizar o mejor dicho no permitió un Banco Central hace más de 100 años, estatuyendo constitucionalmente el artículo 117 en la Constitución de 1904, que reza: No podrá haber en la República papel moneda de curso forzoso. En consecuencia, cualquier individuo puede rechazar todo billete u otra cédula que no le inspire confianza, ya sea de origen oficial o particular. El Salvador y Ecuador han dolarizado en los 90s. Parece que es la única manera que tiene un estado latinoamericano para garantizar una política monetaria seria. No queda otra. Ahora hay tres países con malos manejos monetarios crónicos que empiezan a discutir la dolarización: Colombia, Argentina y Venezuela.

    El peso colombiano, desde el 2014, ha perdido más de 45% de su valor con respecto al dólar. Colombia no es un país capitalista, es realmente una sociedad feudal mercantilista. Y como tal, tienen roscas muy cerradas en lugar de libres mercados. Y una macroeconomía keynesiana muy marcada, gobierno tras gobierno. El resultado es que si bien Colombia va a los lugares correctos, lo hace como una procesión, 3 pasos adelante, 2 atrás. Y es un país que depende de las actividades extractivas, porque el resto de la economía es de roscas cerradas con una carga fiscal enorme. El resultado es que cuando cae el precio de las exportaciones mineras, cae la economía y la moneda. Y como en toda América Latina, cuando caen los ingresos del Estado, la tentación no es bajar el gasto, sino endeudarse e imprimir moneda. Y por supuesto eso crea inflación monetaria, crisis cambiarias, crisis bancarias, lo cual no lleva ciertamente a una mayor estabilidad macroeconómica y a mayor crecimiento, aunque a muchos políticos les gusta exhibir cierto “crecimiento” tirando moneda artificial al mercado. Las experiencias de Panamá, El Salvador, Ecuador y hasta cierto punto del Perú, donde el dólar circula a la par del Sol demuestran lo contrario, que la prudencia fiscal es la base del crecimiento.

    Argentina está en una situación aún más urgente que Colombia. En Colombia por lo menos se ha logrado esta década manejar la inflación a niveles aceptables. Argentina ha demostrado década tras década, que su clase política es incapaz de un manejo monetario serio. Argentina tiene períodos crónicos de hiperinflación, y la inflación es algo normal. Entre 1935 y el 2013 la tasa de inflación compuesta argentina era del 53%. La inflación actual hoy supera al 50% y el peso ha caído con respecto al dólar más de un 80% en unas cuantas semanas. Pero dudamos que Macri, en lugar de dar por finalizada su carrera política y buscando legarle a Argentina algo bueno para el futuro, elija el camino de dolarizar. Argentina seguirá siendo un país donde quieren vivir como suecos pero produciendo como nigerianos, donde la idea de gastar lo que se ingresa no existe para el Estado Argentino, un país donde los déficits son crónicos, y los gobiernos se financian con inflación y con deuda.

    Luego tenemos a Venezuela, otro país donde pareciera que la tentación de vivir más allá de sus medios es modo de vida local. Inclusive cuando el petróleo ha tenido sus precios históricos más altos, como durante el gobierno de Carlos Andrés Perez en los 1970s o de Hugo Chávez en los 2000s, el estado ha tenido gastos deficitarios, inflaciones promedio del 30% y se ha ido endeudando hasta llegar al paroxismo de Maduro.

    Todos estos estados latinoamericanos han demostrado una total inhabilidad para tener manejos monetarios serios. Todos son candidatos a dolarizar.

    Los partidarios de la “nueva teoría monetaria” neo keynesiana, tratan de mixtificar el problema, diciendo que “la inflación tiene múltiples causas”. Los austríacos llaman al perro por su nombre. La inflación es un fenómeno monetario. La prueba es comparar la inflación anual y por década en los países dolarizados versus los países no dolarizados. En los países donde el banco central no controla la masa monetaria, la inflación anual y por década es mucho más baja. La inflación es un fenómeno monetario. Eliminando la capacidad de los bancos centrales de emitir dinero se controla la inflación. O mejor todavía, eliminando a los bancos centrales del todo.

    Pero vamos a ver si algún día dolarizan. Porque aún a las bocas del infierno los políticos no quieren perder la capacidad de imprimir papeles para pagar gastos. Vemos como se refugian en el nacionalismo de la “soberanía monetaria”, o sea a la capacidad de estafar a sus propios ciudadanos, demostrando así la frase de Lord Acton, “el nacionalismo es el último refugio de los miserables”.

    Porque en fondo creen que ellos lo van a hacer mejor. Por eso Macri no dolariza, ni tampoco lo propone Fernández. Por eso no dolariza Duque, por eso no propone dolarizar Guaidó, pese a que es la única manera de salvar a Venezuela. No quieren perder el poder de estafar y poner impuestos inflacionarios a los asalariados. Y esa es la verdadera tragedia.