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  • “Pequeñas” cosas que debemos a Albert Einstein

    Si preguntásemos a pie de calle por el nombre de un científico, las respuestas se repartirían mayoritariamente entre Albert Einstein, Marie Curie, Isaac Newton, Stephen Hawking y científicos locales, como Santiago Ramón y Cajal, o aparecidos en el cine, como Robert Oppenheimer.Según algunas encuestas, los cuatro primeros se quedarían con aproximadamente entre el 60 % y el 90 % de las respuestas y Albert Einstein saldría ganador, por goleada.

    Albert Einstein
    Retrato de Marie Skłodowska-Curie (1867 – 1934).
    Wikimedia Commons.

    Ahora bien, si preguntásemos a continuación por qué conocen a Einstein, la inmensa mayoría de los encuestados responderían ¡la teoría de la relatividad!, aunque no supieran de que trata tal teoría… Estaremos de acuerdo en que Einstein contribuyó al progreso de la ciencia con este logro, aunque también lo hizo en otros ámbitos, menos conocidos y de gran importancia en nuestro día a día.

    Cuatro artículos pioneros

    En 1905, antes de dar a conocer su teoría más reconocida, Albert Einstein publicó cuatro artículos merecedores, cada uno de ellos, del premio Nobel:

    Albert Einstein
    Efecto fotoeléctrico: emisión de electrones (en rojo) de una placa metálica al recibir suficiente energía transferida desde los fotones incidentes (líneas onduladas).
    Wikimedia Commons., CC BY
    • Sobre el movimiento de pequeñas partículas suspendidas en un líquido estacionario, según lo requiere la teoría cinética molecular del calor, en el que proporcionó evidencia empírica de la realidad del átomo y dio crédito a la mecánica estadística, una rama de la física relegada por aquel entonces.
    • Sobre la electrodinámica de los cuerpos en movimiento, avanzadilla de su gran teoría, en el que Einstein concilió las ecuaciones de Maxwell del electromagnetismo y las leyes de la mecánica clásica: propuso la velocidad de la luz como la máxima velocidad alcanzable, sólo accesible para los fotones.
    • ¿Depende la inercia de un cuerpo de su contenido de energía?, en el que Einstein dedujo la ecuación más famosa de todos los tiempos o, al menos, la más reproducida en camisetas y tazas de desayuno. La equivalencia entre la masa de un cuerpo en reposo y la energía en que puede convertirse: E=mc².

    Parecen resultados importantes y lo son. ¿Pero de qué nos sirve todo esto a la gente de a pie?

    Sincronización de relojes

    Cada vez que alguien abre Google Maps o el navegador del coche, el buen funcionamiento del GPS depende directamente de la teoría de la relatividad de Einstein.

    Los satélites que forman el sistema GPS se mueven muy deprisa y se encuentran lejos de la superficie terrestre, donde la influencia gravitatoria de la Tierra es menor. Einstein descubrió que el tiempo no avanza al mismo ritmo en cualquier circunstancia: la gravedad y la velocidad del objeto lo modifican. Los relojes de los satélites, por tanto, tienden a adelantarse o retrasarse respecto a los que hay en la superficie de la Tierra.

    Albert Einstein
    Telstar, el primer satélite de comunicaciones lanzado al espacio, en 1962.
    NASA.

    El sistema GPS corrige este efecto aplicando las ecuaciones de la relatividad especial y general. Si no lo hiciera, el posicionamiento tendría errores de varios kilómetros al cabo de un solo día.
    Del mismo modo, la infraestructura de internet y de las telecomunicaciones modernas depende de una sincronización extremadamente precisa entre relojes distribuidos por todo el planeta, muchos de ellos también en satélites.

    Si no se corrigieran dichos relojes acorde con la relatividad general, las redes eléctricas, los pagos electrónicos, la navegación aérea y el propio internet sufrirían fallos importantes.

    Cada conexión, cada videollamada y cada transacción bancaria se beneficia, sin que lo notemos, del modo en que Einstein cambió nuestra comprensión del tiempo y de la gravedad.

    Paneles solares: cuestión de fotones

    Los paneles solares modernos funcionan gracias al efecto fotoeléctrico, que fue explicado por Einstein en 1905 –fue este mérito lo que se premió con el Nobel en 1921–.

    Planteó que la luz está formada por paquetes de energía llamados fotones y que, cuando un fotón con suficiente energía golpea ciertos materiales, puede arrancar un electrón de su superficie. Esa expulsión de electrones es lo que genera corriente eléctrica en una célula solar.

    Todo panel fotovoltaico doméstico, toda farola solar y cada pequeño cargador solar portátil se basan exactamente en el proceso que este científico describió: luz que libera electrones y electrones que generan electricidad.

    Videollamadas y pantallas digitales

    La fotografía digital, las cámaras de los móviles, las webcams y prácticamente cualquier sistema moderno de captura de imágenes funcionan también gracias al mismo efecto. En los sensores CCD y CMOS, que sustituyen a la película fotográfica clásica, cada punto de la imagen es una minúscula celda que libera electrones cuando recibe luz.

    Esa liberación es medida electrónicamente y convertida en una imagen digital. El principio físico detrás de cada foto, vídeo o videollamada cotidiana es exactamente el que Einstein describió en 1905.

    Láseres grandes y pequeños

    Los láseres, que hoy en día aparecen en muy diversas aplicaciones, funcionan siguiendo un mecanismo que predijo Einstein: la emisión estimulada. En un artículo de 1917, aventuró que un átomo podía ser “forzado” a emitir luz idéntica a la que recibía, creando un haz de luz extremadamente puro, concentrado y ópticamente coherente.

    Décadas después, esta predicción se convirtió en el principio de funcionamiento del láser. Hoy en día, encontramos láseres en lectores de códigos de barras en el supermercado, en ratones ópticos, en impresoras láser, en reproductores de CD, en fibra óptica para internet y en algunos procedimientos médicos.

    Albert Einstein
    Láseres de estado sólido emitiendo en distintos colores. (Wikipedia)
    CC BY-SA

    Medicina nuclear

    La energía nuclear y varias técnicas médicas modernas dependen de la ecuación E=mc². Esa relación establece que una pequeña cantidad de masa encierra una enorme cantidad de energía.

    La comprensión de este vínculo permitió explicar el funcionamiento de los núcleos atómicos y abrió el camino a los reactores nucleares, pero también a usos médicos esenciales, como la radioterapia o las exploraciones PET (tomografía por emisión de positrones), que permiten diagnosticar enfermedades detectando pequeñas cantidades de radiación procedente de desintegraciones atómicas.

    Aunque no sea algo que una persona use directamente cada día, sí afecta profundamente a la salud pública y al tratamiento de millones de pacientes alrededor del globo.

    En definitiva, cada vez que alguien recibe un radiodiagnóstico o un tratamiento basado en física nuclear, consulta un trayecto en su GPS o carga su teléfono móvil con un panel solar, está aprovechando de algún modo una de las ideas de Albert Einstein.The Conversation

    Francisco José Torcal Milla, Profesor Titular. Departamento de Física Aplicada. Centro: EINA. Instituto: I3A, Universidad de Zaragoza

    Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

  • La esencia de la teoría de la relatividad de Einstein

    Albert Einstein provocó una revolución científica que permitía explicar el universo, el espacio y el tiempo, como un todo absoluto, finito, pero a la vez ilimitado y curvado sobre sí mismo. Incluso a los grandes físicos les costó entenderla. Más de un siglo después, seguimos intentando explicarla a la sociedad. La esencia de las tres teorías relativistas, la de Galileo, la especial de Einstein y su teoría general, nos señala el camino hacia una teoría final, de relatividad total, por ahora inalcanzable.

    Primero fue Galileo

    Galileo Galilei (1564-1642) fue el primero en formular el principio de relatividad, o covariancia. Lo hizo en 1632, en su libro Dialogo sopra i due massimi sistemi del mondo. El día segundo de diálogos, Filippo Salviati propone:

    “Enciérrate con un amigo en la cabina principal, bajo la cubierta de un barco más bien grande; y llévate moscas, mariposas y otros animalillos voladores. Cuelga una botella para que se vaya vaciando, gota a gota, en un amplio recipiente debajo. Haz que el barco vaya a tu velocidad preferida, siempre la misma, sin virar hacia uno u otro lado. Verás las gotas caer siempre en el recipiente, sin desviarse a popa, aunque el barco haya avanzado mientras las gotas aún estaban en el aire. Las mariposas y moscas seguirán con su vuelo habitual, como si nunca se cansaran de mantener la velocidad de la nave, por rápido que vaya; y jamás sucederá que se concentren a popa.”

    Galileo afirma que existe una ley universal para el movimiento uniforme (en línea recta, a velocidad constante). La ley es la misma en cualquier lugar, ya sea Madrid, Buenos Aires, la Luna o Marte. Tanto en reposo como montados en un tren, barco o cohete que se mueven a velocidad constante. En ausencia de una fuerza externa que afecte al sistema, éste permanecerá igual indefinidamente. Se conocen como sistemas de referencia inerciales.

    Si la ley es universal, ¿por qué hablamos de relatividad?

    La clave está en que la descripción de una misma realidad es distinta según el marco de referencia que se tome. Mirado desde el barco, son el mar alrededor y el puerto del que zarpó los que se desplazan.

    Así, la ley del movimiento (la ecuación matemática) es universal, pero su solución (la descripción de la realidad) es distinta en cada sistema de referencia (condiciones iniciales). De ahí el término “relatividad”.

    La galileana es la más simple de todas las teorías relativistas. Jean-Marc Lévy-Leblond la formuló de manera similar a la relatividad especial de Einstein. Aunque quedaba un cabo suelto, aparentemente pequeño pero esencial: las ecuaciones de Galileo no funcionan a la velocidad de la luz (c), ni siquiera a velocidades cercanas.

    Fenómenos inverosímiles

    En uno de sus cuatro trabajos fundamentales de 1905 (año bautizado como su annus mirabilis), Einstein publicó su teoría especial de la relatividad. Partiendo del principio de relatividad (de Galileo) y de la constancia de c (corroborada por el experimento de Michelson y Morley), obtuvo las transformaciones de Lorentz y de Poincaré. Estas se habían utilizado durante casi veinte años, pero Einstein las reformuló y demostró su significado interpretándolas como simples cambios de sistema de referencia de su teoría especial. Ambas revierten a las transformaciones de Galileo, cuando la velocidad es mucho menor que c. A partir de ahí todo encajaba, sin necesidad de que el espacio estuviera relleno de éter.

    Las consecuencias que se derivan de la teoría especial de la relatividad son extraordinarias, difíciles de digerir por quienes nos movemos siempre a velocidades insignificantes comparadas con la de la luz. Aparecen fenómenos inverosímiles: la simultaneidad de dos sucesos es relativa, el tiempo se dilata, las longitudes se acortan… Son fenómenos que se producen a velocidades cercanas a la de la luz, y que se han corroborado en multitud de experimentos de laboratorio llevados a cabo con partículas elementales, en fotónica, y que tienen aplicaciones prácticas en la vida cotidiana, como las señales GPS.

    Aunque la consecuencia más extraordinaria de la teoría especial de la relatividad es la equivalencia entre masa y energía: E=mc². Einstein afirmó que las leyes de conservación de la energía y de la masa eran “una y la misma ley” .

    “La idea más feliz de mi vida”

    La teoría general de la relatividad contiene solamente un postulado más: el principio de equivalencia. Einstein lo formuló un día en que tuvo la que llamó “idea más feliz de toda mi vida”.

    Ocurrió en 1907, mientras trabajaba en la Oficina de Patentes, en Berna. De repente, se sobresaltó al pensar qué ocurriría si, en aquel preciso instante, estuviese cayendo de pie desde el tejado de su casa. Mientras cayera, no existiría para él ningún campo gravitatorio. Si tuviese un objeto en la mano, una moneda o una manzana, y lo soltase, no caería a sus pies, seguiría junto a su mano, sin separarse de ella: no experimentaría… ¡ninguna gravedad!

    Conclusión: la fuerza de gravedad no es especial, es como cualquier otra fuerza mecánica que acelera un objeto (Einstein, 1907)

    La teoría general de la relatividad se fundamenta en este principio de equivalencia, tan simple como los dos anteriores de la relatividad especial. ¡Y no hay más!

    Eso sí, Einstein tardó aun diez largos años en formular las correspondientes ecuaciones.

    La dimensión tiempo entra en juego

    Cuando nos adentramos en la relatividad especial, aparece el tiempo como la cuarta dimensión de un espacio-tiempo que trasciende la concepción newtoniana. Esta idea, debida a Hermann Minkowski, deviene fundamental en la teoría de la relatividad general, en que la geometría misma del espacio-tiempo se ve afectada por la presencia de materia.

    Su “idea feliz” permitió a Einstein entender que la gravedad puede mutar en pura geometría y expresarse en términos de una deformación del tejido del espacio-tiempo: la gravedad se traduce en curvatura del espacio-tiempo.

    Einstein predijo con éxito la desviación de la luz de estrellas lejanas al pasar cerca del Sol durante el eclipse de mayo de 1919. También, la existencia de los agujeros negros, y de las lentes y ondas gravitacionales, cuya comprobación experimental tuvo que esperar bastantes años más.

    Hoy constituyen herramientas imprescindibles para el conocimiento de nuestro universo: su origen, su evolución, su futuro.

    Lo que queda por hacer

    Einstein reconoció enseguida que su teoría era aproximada, incompleta. Vaticinó que otros la mejorarían pronto, lo que todavía no ha ocurrido, aunque se intenta. La relatividad general funciona muy bien hasta energías altísimas; lo ha hecho, con precisión, en colisiones de agujeros negros de treinta masas solares. Pero a energías aún mayores, capaces de plegar el espacio-tiempo en capas, se prevén dificultades.

    Einstein no logró materializar el principio de relatividad total de Ernst Mach, que incluye las transformaciones más generales posibles de las coordenadas espacio-tiempo. Las ecuaciones definitivas deberían contener todos los movimientos posibles y no sólo los relacionados por una velocidad (Galileo) o aceleración constante (Einstein).

    Hasta aquí, lo esencial. A partir de aquí, todo un universo, a explorar con estas fabulosas herramientas.The Conversation

    Emilio Elizalde, Profesor de Investigacion Senior, Física Teórica y Cosmología, Instituto de Ciencias del Espacio (ICE – CSIC)

    Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.