Etiqueta: emoción

  • Sin Diversión no hay Educación

    En el siglo XIX y XX se dio una centralización que masificaría y mejoraría la educación. … no fue así. Lo que sí hicimos fue delegar lo indelegable, adoptando un sistema que descartó la llama del aprendizaje; es decir, la diversión.

    El MEDUCA no educa y, en este mundo de desarrollo exponencial seguir atados a un pasado disfuncional y obsoleto ¡es ¡una barbaridad! Es una tristísima realidad enquistada en un pasado de adoctrinamiento castrante sumido en el letargo de un ayer procaz. Esperanzadoramente ya surgen luces, tal como en EE.UU., en dónde el “microschooling” -microeducación- germina. Es un sistema que funciona asistido por la AI, y de aprendizaje personalizado y modelos flexibles capaces de adaptarse al mundo de cambios exponenciales; lo cual va dejando atrás la rigidez y corrupción burrocrática que nos infecta, como también a esas mazmorras supuestamente educativas dónde no brilla el sol del entusiasmo. ¿No se han fijado que los animales, incluyendo el humano, aprenden jugando?

    Lastimosamente en el siglo XIX y XX se dio una centralización que masificaría y mejoraría la educación. Hoy, quien pone alguito de atención podrá ver que no fue así. Lo que sí hicimos fue delegar lo indelegable, adoptando un sistema que descartó la llama del aprendizaje; es decir, la diversión. Lo recuerdo muy bien pues aunque en kínder y primer grado sobresalí; pero en adelante hasta tercer año en un internado en EE.UU., jamás abrí un libro.

    La neurociencia confirma que se aprende bajo fascinación y no bajo presión; ya que ello activa circuitos de dopamina que potencian la memoria retentiva. ¿Quién, por ejemplo, olvida su primer beso de amor? Y… yo aún recuerdo el reglazo que me obsequió una odiosa maestra en quinto grado pero no la lección.

    Luego, en el internado al cual llegué temprano, me pusieron a limpiar todo el edificio; después llegué a ser lavaplatos, mesero y jefe de cocina; lo cual me ganó simpatías y la mejor comida. Aprendí deportes, llegando a ser capitán de baloncesto, beis y futbol; y aún recuerdo el deleite de todo ello. Ni hablar cuando fui a la escuela de aviación y aprendí a surcar las nubes, a sortear tormentas y a ser el estudiante que logró dar diez vueltas de barrena en un J-3.

    Hoy, que veo las cosas que saben hacer mis nietos, quienes pasaron la mayor parte de su educación en casa a cargo de su madre, me quedo maravillado. Creer que los niños encerrados en una mazmorra puedan avanzar al unísono es estupidez; diseñada para resolver la necesidad del centralismo y no de la educación. Y ni hablar de los ‘exámenes’ y las calificaciones que deberían ser para ubicar y no para castrar a los lerdos y aburrir a los adelantados.

    Hoy, no tiene sentido el loro… digo, “maestro”, cancaneando libros obsoletos. Como me cuenta Grok: “un estudio de McKinsey (2023) estima que el aprendizaje personalizado puede aumentar el rendimiento en un 30 % en matemáticas y lectura”. Y, ni hablar que en Panamá el 70% del presupuesto MEDUCA, o tal vez debo decir NODUCA, se pierde en salarios y costos administrativos de escuelas vandalizadas y mal cuidadas debido a que no tienen dueños.

    La barbaridad es que se dice que la solución está en más $$$, pero cuando se consignan, el rendimiento disminuye; ya que es como rociar un incendio con gasolina. Y es que gobernar y educar sólo conjugan el yugo de la ignorancia pues no son compatibles. Los gobiernos del estado pueden promover la educación más no operarla. Creer que el NODUCA pueda administrar semejante mamut es barbaridad; lo que si puede es sumirse a la Cosa Nostra. A diferencia, la descentralización reduce costos y da a los padres el sagrado derecho a escoger y a involucrarse en el futuro de sus hijos y de la patria.

  • El resentimiento, esa pasión que deforma el poder

    Entre las muchas pasiones humanas, el resentimiento es, quizás, una de las más invisibles y corrosivas. Gregorio Marañón, médico, historiador y liberal, lo exploró con precisión clínica en su obra Tiberio: Historia de un resentimiento (1939), donde no sólo retrata al emperador romano como personaje histórico, sino que traza una tipología universal del alma resentida, válida para cualquier tiempo o sociedad.

    Para Marañón, el resentimiento no es un pecado moral menor ni una debilidad emocional. Es un verdadero “virus de la conducta”. Lo define así:

    «Una agresión (…) produce en nosotros una reacción fugaz o duradera… Pero, otras veces, la agresión queda presa en el fondo de la conciencia… incuba y fermenta su acritud… y acaba siendo la rectora de nuestra conducta… este sentimiento… es el “resentimiento”».

    Este sentimiento, que puede anidar en personas inteligentes y disciplinadas, se convierte en una fuerza motora, pero no creativa, sino destructiva. El resentido no olvida. No redime. Recuerda con dolor, interpreta con hostilidad y actúa desde el agravio acumulado. Como advertía Marañón:

    «El alma resentida, después de su primera inoculación, se sensibiliza ante las nuevas agresiones… Todo, para él, alcanza el valor de una ofensa o la categoría de una injusticia».

    El resentido no siempre es agresivo de entrada. Al contrario, muchas veces adopta una fachada de humildad, virtud o mansedumbre. Pero cuando el azar o las circunstancias lo llevan al poder, su verdadero carácter se desata:

    «Así son temibles los hombres débiles y resentidos cuando el azar les coloca en el poder».

    El resentimiento no se cura con el éxito. Lejos de ello, el éxito lo confirma, lo justifica, lo envalentona:

    «El resentimiento es incurable. Su única medicina es la generosidad… Pero… al triunfar, el resentido, lejos de curarse, empeora… el triunfo… es una consagración solemne de que estaba justificado su resentimiento».

    Marañón distingue con cuidado el resentimiento de otras pasiones: no es envidia (no quiere lo que otro tiene), ni odio espontáneo. Es algo más sutil y más peligroso: una protesta constante contra el propio destino, contra lo que uno cree que se le ha negado injustamente.

    Esta psicología —describe el autor— muchas veces adopta formas morales, incluso ascéticas:

    «Muchos puritanos son sólo resentidos… su fracaso sexual se convierte en castidad ostentosa».

    Así, el resentido puede presentarse como el más íntegro, el más ético, el más moral… pero su moralidad está al servicio de una herida no resuelta.

    Para una sociedad democrática, o para cualquier institución —desde una empresa hasta un gobierno—, el resentimiento es una amenaza latente. Como advierte Marañón en una de las frases más inquietantes del libro:

    «Nada más eficaz para destruir la moral de un pueblo como el miedo a la delación, que es el más inesperado, el más sutil, el más difícil de combatir y vencer. (…) En efecto, las paredes oyen cuando la justicia calla».

    El resentido, al verse en el centro, ya no busca justicia: busca reparación simbólica, revancha, castigo. Desconfía de todos, incluso de sus aliados. Su rencor contamina decisiones estratégicas, bloquea pactos, impide la generosidad que requiere el liderazgo sano.

    En tiempos donde abundan discursos inflamados por agravios —reales o construidos—, conviene volver a Marañón. No para juzgar personas, sino para identificar síntomas. El resentimiento no sólo vive en los otros: también puede germinar en nosotros. La única prevención es, como él mismo dice, la generosidad, el autoconocimiento y la templanza.

  • Atención emprendedores: las emociones hablan (y convencen) a los inversores

    ¿Es usted un emprendedor que busca financiación para su proyecto? Seguramente ha dedicado innumerables horas a perfeccionar su plan de negocio, su propuesta de valor y sus proyecciones financieras. Sin embargo, seguro que ha pasado por alto algo que es tan clave y primordial como los factores técnicos y financieros: sus emociones y cómo las expresa.

    Tras analizar 85 estudios empíricos previos hemos comprobado que las emociones mostradas por los emprendedores influyen en la decisión de los inversores. Ofrecemos, pues, una nueva perspectiva sobre el papel que juegan las habilidades emocionales en el acceso de los emprendedores a los recursos financieros.

    Saber expresar las emociones

    Tradicionalmente, la formación emprendedora se ha centrado en aspectos técnicos y financieros, pero lo que siente el emprendedor, y cómo lo expresa, afecta a lo que los inversores piensan de él y de su proyecto. El inversor debe percibir emociones auténticas, creíbles y adecuadas para el momento, y para ellos. No basta con sentir algo, sino que esas emociones transmitan sinceridad y confianza.

    El emprendedor debe ser consciente de que comunica más allá del discurso. El lenguaje corporal es más poderoso de lo que se cree para convencer a la audiencia. Los gestos, las expresiones faciales y el tono de voz transmiten mucha información y, a menudo, los inversores los consideran más sinceros que las propias palabras.

    Los receptores del mensaje

    Por otra parte, la forma en que los posibles inversores en un proyecto de negocio reaccionan a las emociones de los emprendedores varía dependiendo si son profesionales (business angels, capital riesgo) o personas que invierten en campañas de crowdfunding.

    Un business angel suele ser una persona física con un patrimonio elevado y experiencia empresarial que invierte directamente parte de sus activos en nuevas empresas o empresas en fases iniciales de crecimiento. Además del capital, aportan experiencia, conocimientos y contactos en gestión empresarial y pueden ser una fuente de capital paciente para los emprendedores.

    Por su parte, el capital riesgo financia empresas en fases más avanzadas con alto potencial de crecimiento. Los proveedores de capital riesgo esperan, en general, un retorno rápido y una alta rentabilidad de sus inversiones.

    A través del crowdfunding, un grupo de personas apoya con pequeñas cantidades el comienzo de un proyecto empresarial. La base de este modelo de financiación suele ser el altruismo, pero lo habitual es que las personas que participan reciban una pequeña recompensa por su aportación.

    Es normal que estos tres tipos de fuentes financiación con perspectivas distintas (mentoría, alto retorno, colaboración) escuchen de maneras distintas a los emprendedores.

    Los business angels suelen ver la pasión del emprendedor como una señal de que está muy comprometido con el proyecto. El capital riesgo se fijará más en si esa pasión va de la mano con una buena preparación técnica. Y en el caso del crowdfunding, mostrar emociones positivas puede generar un ambiente de confianza que anime a la gente a invertir.

    Las emociones: una herramienta para la financiación

    Conscientes de la importancia de estas dinámicas emocionales, proponemos ayudar a los emprendedores a desarrollar sus habilidades interpersonales para utilizar sus emociones de manera estratégica. Esta guía práctica se inspira en técnicas del mundo de la interpretación y la gestión emocional, y se articula en tres fases:

    1. Entender las emociones propias y cómo expresarlas: el primer paso es la autoevaluación. A través de herramientas específicas (como la reflexión personal o el feedbak 360⁰, que recoge la opinión de quienes nos rodean), los emprendedores pueden identificar sus fortalezas y áreas de mejora en la comunicación emocional. Esto incluye reconocer las emociones que transmiten y cómo las perciben los demás.
    2. Practicar cómo mostrar las emociones clave: esta fase se centra en el desarrollo de la capacidad de expresar emociones de manera auténtica y creíble. Proponemos el uso de técnicas como el método Alba, una herramienta de actuación basada en patrones no verbales específicos para cada emoción (como la pasión o el entusiasmo). Aprender a controlar estos patrones puede ayudar a los emprendedores a proyectar las emociones deseadas de forma auténtica.
    3. Llevar las habilidades a la práctica: la última etapa implica la aplicación de estas habilidades en situaciones reales. A través de simulaciones y con la obtención de feedback de expertos y, si es posible, de inversores reales, los emprendedores pueden ajustar su comunicación emocional a entornos de alta presión, como una ronda de financiación.

    Educar en comunicación y emprendimiento

    Si bien una idea sólida y un plan de negocio robusto son esenciales, la capacidad de comunicar, de manera efectiva, tanto la credibilidad del proyecto como que se tienen la pasión y la confianza necesarias para llevarlo a cabo, es una competencia fundamental para el éxito emprendedor.

    A partir de esta premisa, los emprendedores deben tomar conciencia del impacto que tienen sus emociones y la manera de comunicarlas en las posibilidades de obtener financiación, para así aprender a gestionarlas.

    También los programas de emprendimiento pueden formar emprendedores más completos, que dominen los aspectos técnicos del negocios y sean hábiles comunicadores emocionales.

    En definitiva, saber comunicar las emociones apropiadas a los inversores es un factor clave que puede inclinar la balanza hacia la obtención de los fondos necesarios para llevar a cabo una idea de negocio.The Conversation

    Carmen Valor Martínez, docente e investigadora en la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales (ICADE), Departamento de Marketing, Universidad Pontificia Comillas; Carmen Bada, Profesor Colaborador Asistente Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales (ICADE), Universidad Pontificia Comillas; Jorge Martín Magdalena, PhD in Economic and Business Sciences / Associate Lecturer in Universidad Pontificia Comillas-ICADE, Universidad Pontificia Comillas y Laura Lazcano Benito, Profesora de Contabilidad, Universidad Pontificia Comillas

    Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

  • La falsa empatía de ChatGPT

    El antropomorfismo es la tendencia a atribuir características humanas a entidades no humanas, como máquinas o animales. En el caso de los chatbots, como ChatGPT, Gemini o Copilot, este fenómeno ocurre cuando imitan el lenguaje humano para comunicarse con nosotros. No solo utilizan palabras y frases comprensibles y familiares, sino que también adoptan patrones de comunicación propios de las personas. Así, logran mantener conversaciones contextuales y coherentes e, incluso, pueden mostrar humor y empatía.

    Este diseño del lenguaje en las máquinas busca que la interacción con ellas sea natural, fluida y accesible. Eso facilita su uso en distintas aplicaciones, desde el servicio al cliente hasta la educación y el entretenimiento.

    Hasta ahora, se consideraba que el lenguaje era una capacidad exclusiva del ser humano. Sin embargo, los avances en la inteligencia artificial generativa nos llevan a reconsiderar esta idea.

    Uno de los rasgos más distintivos del lenguaje humano es la subjetividad, que se manifiesta en la elección de palabras con carga emocional y en la expresión de opiniones personales. También aparece en la evaluación de eventos y en el uso de elementos contextuales y culturales.

    El chatbot ELIZA, publicado en 1966, ya simulaba el comportamiento humano, adoptando el papel de un psicólogo en su conversación con el usuario.
    Wikimedia Commons., CC BY

    El impacto de la primera persona

    Cuando una máquina simula ser humana en la comunicación, surgen implicaciones éticas y psicológicas importantes. Estas interacciones pueden influir en cómo percibimos y nos relacionamos con la tecnología.

    Un rasgo típico de la subjetividad humana en el lenguaje es el uso de pronombres personales. La primera persona (como “yo” y “nosotros”) permite expresar pensamientos y experiencias propias. La segunda persona (como “tú” y “vosotros”) involucra al interlocutor, construyendo una relación entre los participantes de la conversación. En la interacción humana, esto se llama intersubjetividad.

    Consideremos un ejemplo.

    • Usuario: “¿Cómo priorizar qué artículos conservar, donar o tirar durante el proceso de organización?”
    • Chatbot: “¡Excelente pregunta! Organizar tus pertenencias puede ser abrumador, pero con una estrategia clara, puedes tomar decisiones más fáciles. Aquí te presento algunas ideas para priorizar qué conservar, donar o tirar”.

    El chatbot usa la primera persona de manera implícita. Aunque el “yo” no aparece, el emisor adopta una posición de asesor o guía. Por ejemplo, en la frase “Aquí te presento algunas ideas,” el verbo “presento” está en primera persona.

    Esto sugiere que el chatbot asume el rol de quien brinda ayuda. Así, el usuario percibe un trato personal, aunque el “yo” no se emplee de manera explícita. Además, el uso de “presento” refuerza la imagen del emisor como alguien que ofrece algo valioso.

    Uso de la segunda persona

    El “tú” (y formas como “te” y “tus”) se usa para dirigirse directamente al usuario. Esto se ve en varias partes del texto, como en las frases: “Organizar tus pertenencias puede ser abrumador” y “con una estrategia clara, puedes tomar decisiones más fáciles”.

    Al hablarle de forma personal, el chatbot busca que el lector se sienta parte activa del consejo. Este tipo de lenguaje es común en textos que buscan involucrar directamente al otro.

    Otros elementos en la interacción, como “¡Excelente pregunta!”, no solo evalúan positivamente la consulta del usuario, sino que también incentivan su participación. Del mismo modo, expresiones como “puede ser abrumador” sugieren una experiencia compartida, creando una ilusión de empatía al reconocer las posibles emociones del usuario.

    Efectos de la empatía artificial

    El uso de la primera persona por parte del chatbot simula consciencia y busca crear una ilusión de empatía. Al adoptar una posición de ayudante y usar la segunda persona, involucra al usuario y refuerza la percepción de cercanía. Esta combinación genera una conversación que se siente más humana y práctica, adecuada para el asesoramiento, aunque la empatía provenga de un algoritmo, no de una comprensión real.

    Acostumbrarnos a interactuar con entidades no conscientes que simulan identidad y personalidad puede tener efectos a largo plazo. Estas interacciones pueden influir en aspectos de nuestra vida personal, social y cultural.

    A medida que estas tecnologías mejoran, distinguir entre una conversación con una persona y una con una inteligencia artificial podría volverse difícil.

    Este desdibujamiento de los límites entre lo humano y lo artificial afecta cómo entendemos la autenticidad, la empatía y la presencia consciente en la comunicación. Incluso podríamos llegar a tratar a las inteligencias artificiales como si fueran seres conscientes, generando confusión sobre sus capacidades reales.

    Incómodos hablando con humanos

    Las interacciones con máquinas también pueden modificar nuestras expectativas sobre las relaciones humanas. Al habituarnos a interacciones rápidas, perfectas y sin conflicto, podríamos sentirnos más frustrados en nuestras relaciones con personas.

    Las relaciones humanas están marcadas por emociones, malentendidos y complejidad. Esto, a largo plazo, podría disminuir nuestra paciencia y capacidad para manejar los conflictos y aceptar las imperfecciones naturales en las interacciones interpersonales.

    Además, la exposición prolongada a entidades que simulan humanidad plantea dilemas éticos y filosóficos. Al atribuirles cualidades humanas, como la capacidad de sentir o tener intenciones, podríamos comenzar a cuestionar el valor de la vida consciente frente a una simulación perfecta. Esto podría abrir debates sobre los derechos de los robots y el valor de la conciencia humana.

    Interactuar con entidades no conscientes que imitan la identidad humana puede alterar nuestra percepción de la comunicación, las relaciones y la identidad. Aunque estas tecnologías ofrecen ventajas en términos de eficiencia, es fundamental ser conscientes de sus límites y de los posibles impactos en la forma en que nos relacionamos, tanto con las máquinas como entre nosotros.The Conversation

    Cristian Augusto Gonzalez Arias, Investigador, Universidade de Santiago de Compostela

    Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

  • Jean Piaget y las fases del desarrollo cognitivo infantil

    ¿Qué tienen en común la observación de moluscos y una teoría revolucionaria sobre la mente infantil? La vida y obra de Jean Piaget ofrecen una respuesta fascinante a esta pregunta. Desde su formación como biólogo hasta convertirse en uno de los psicólogos más influyentes del siglo XX, Piaget transformó nuestra comprensión de cómo los niños piensan y aprenden.

    Su Psicología del niño, escrito con su colaboradora Bärbel Inhelder, sigue siendo un pilar importante en la educación moderna y en la psicología del desarrollo. En este artículo, comprenderemos cómo un biólogo suizo llegó a cambiar el panorama educativo para siempre.

    Un investigador precoz

    Jean Piaget nació el 9 de agosto de 1896 en Neuchâtel, Suiza. A los 11 años, Piaget ya había publicado su primer artículo científico sobre un gorrión albino que observó en un parque cercano. La historia es más que una anécdota curiosa; refleja el temprano interés de Piaget por la observación detallada de la naturaleza, algo que marcaría su enfoque en la investigación a lo largo de su vida. En la adolescencia, continuó publicando trabajos sobre moluscos, lo que le llevó a obtener un doctorado en Ciencias Naturales a la edad de 21 años.

    Sin embargo, a medida que profundizaba en la biología, Piaget comenzó a interesarse por preguntas más amplias sobre el conocimiento y la mente humana. Este interés le llevó a cambiar de rumbo, orientándose hacia la psicología y la epistemología, disciplinas en las que se convertiría en una de las figuras más influyentes.

    De la biología a la psicología infantil

    En París, Jean Piaget trabajó con Théodore Simon, colaborador de Alfred Binet, el creador de las pruebas de inteligencia. Durante este tiempo, Piaget realizó un importante descubrimiento: las respuestas incorrectas de los niños en las pruebas de inteligencia eran más reveladoras que las correctas. A partir de estos errores, Piaget comenzó a formular la idea de que los niños no piensan de la misma manera que los adultos, sino que pasan por una serie de etapas cualitativamente distintas a lo largo de su desarrollo.

    Para Piaget el niño no es simplemente un adulto en miniatura: piensa de una manera completamente distinta. Su convicción le llevó a abrir la puerta a la creación de su influyente teoría del desarrollo cognitivo.

    Las cuatro etapas del desarrollo cognitivo

    Piaget describió el desarrollo cognitivo de los niños a través de cuatro etapas principales:

    • Etapa sensoriomotora (0-2 años): Los niños experimentan el mundo principalmente a través de sus sentidos y acciones físicas. En esta fase desarrollan la “permanencia del objeto”, es decir, la comprensión de que los objetos siguen existiendo aunque no se vean.
    • Etapa preoperacional (2-7 años): Durante esta etapa, los niños comienzan a utilizar el lenguaje y los símbolos, pero su pensamiento sigue siendo egocéntrico. Un ejemplo curioso que ilustra este egocentrismo es la famosa anécdota en la que Piaget observó a su hija pequeña hablando por teléfono y asumiendo que su interlocutor podía ver lo que ella veía, mostrando cómo el niño en esta fase aún no comprende completamente las perspectivas ajenas.
    • Etapa de las operaciones concretas (7-11 años): Los niños comienzan a pensar de manera lógica sobre situaciones concretas. Aquí, Piaget realizó unos de sus experimentos más conocidos, donde los niños tenían que juzgar si la cantidad de líquido que contenían dos vasos de formas diferentes era la misma. Descubrió que, en esta etapa, los niños entienden que, aunque la forma cambie, la cantidad de líquido sigue siendo la misma.
    • Etapa de las operaciones formales (12 años en adelante): En esta última etapa, los adolescentes desarrollan la capacidad de pensar de manera abstracta y lógica, un paso fundamental para el razonamiento científico y matemático.

    El método clínico y la observación directa

    Una de las grandes innnovaciones de Jean Piaget fue su uso del método clínico, que consistía en observar y cuestionar a los niños de manera abierta, sin imponerles respuestas o direcciones. Este enfoque le permitió descubrir cómo los niños construyen activamente su conocimiento a través de la interacción con el mundo que les rodea.

    Para Piaget, el conocimiento no es simplemente una acumulación pasiva de hechos, sino que es el resultado de la interacción constante entre el niño y su entorno. Esta construcción del conocimiento tiene lugar a través de dos procesos clave: la asimilación, a través de la que el niño incorpora nueva información a sus esquemas existentes, y la acomodación, que le permite ajustar estos esquemas para adaptarse a nuevas experiencias.

    Impacto en la educación

    El trabajo de Piaget ha tenido un impacto profundo en la Pedagogía. Sus teorías sugieren que el aprendizaje no es lineal ni homogéneo para todos los niños, sino que debe adaptarse a las etapas del desarrollo cognitivo de cada uno. Piaget defendía que la enseñanza debería centrarse en proporcionar experiencias ricas y variadas que permitieran a los estudiantes explorar y descubrir por sí mismos.

    Para Piaget, los educadores tienen un papel esencial como guías que ayudan a los niños a construir su propio conocimiento. Destacó la importancia de la libertad en el aprendizaje. Y consideraba que el principal objetivo de la educación es formar personas que sean capaces de hacer cosas nuevas, no simplemente repetir lo que otras generaciones han hecho.

    En otras palabras, el aprendizaje debe ser un proceso activo que fomente la creatividad y el pensamiento crítico, en lugar de una mera memorización de hechos. Como él mismo resumió: “Todo lo que se le enseña a un niño, se le impide inventarlo o descubrirlo”.

    Legado y relevancia actual

    Aunque algunas partes de su teoría han sido revisadas con los avances en la neurociencia y la psicología moderna, el legado de Piaget se mantiene pertinente. Sus ideas sobre el desarrollo infantil y la importancia de adaptar la enseñanza a las necesidades cognitivas del niño continúan influyendo en las prácticas pedagógicas en todo el mundo.

    Su enfoque desde la experimentación y la observación detallada le permitió observar de cerca cómo los niños construyen activamente su conocimiento. Demostró que, al igual que en el caso de los moluscos que estudió en sus primeras observaciones biológicas, el desarrollo intelectual de los niños es un proceso orgánico y progresivo. Cada etapa es un paso en la construcción de un conocimiento más profundo y más complejo, un proceso que define quiénes somos y cómo entendemos el mundo que nos rodea.The Conversation

    Fernando Díez Ruiz, Associate professor, Faculty of Education and Sport, Universidad de Deusto

    Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.