Etiqueta: legislación

  • La Legalidad Como Escudo Contra la Verdad

    La Legalidad Como Escudo Contra la Verdad

    Antes de entrar de lleno al tema implícito en el título, pensé que podría resultar interesante que el mismo es producto de mi larga trayectoria como funcionario público que en dos ocasiones estuve al frente de una institución del gobierno; o quizás de incontables artículos en dónde, a través del tiempo, he intentado descubrir la putrefacción de los gobiernos utilizando la legalidad, y la gobernanza en nuestro querido país… algo así como, “por que te quiero te aporreo”. La diferencia, de lo que hoy les derramo en estas letras, es el producto de un dame que te doy con Chat GPT. Muchos opinan que hay que ponerle bozal a la IA o AI, pero… de ser así, también lo debimos hacer con los autos, aviones y quizá hasta con el fuego, ya que todos estos son mortales. ¡Nop!, la mortalidad no está en el machete sino en el machetero.

    No más para ilustrar y dar derrotero a este tema, les cuento que se enfoca, como ya dije, en la putrefacción gubernamental que nos viene infectando a través de la historia; digamos… desde Pedrarias Dávila cuando no éramos sino la finca privada del rey de España. Pero, la pregunta que formulo es, ¿acaso hemos dejado de ser finca de… de…? ¡ajá!; allí es dónde la puerca tuerce el rabo. Antes era el rey de España… ¿hoy de quien o quienes? Para auscultar el asunto examinemos lo que supone ser el Estado y sus gobiernos y, más aún, la sociedad; ¡por supuesto!, en cortito, pues esto se podría volar en libro gordo.

    Aunque los gobiernos, a través de la historia, tuvieron sus orígenes en la conquista violenta y sanguinaria, en épocas más recientes han intentado evolucionar para convertirse en la viva voz de poblaciones que buscan la manera de vivir en pacífica y productiva sociedad y, ante todo, libertad; al menos en las verdaderas democracias, ya que en el comunismo ello no es posible, como tampoco lo es en las torcidas democracias.

    En Panamá, a través de su historia, los gobiernos más han procurado servirse que servir a quienes los eligieron o… tal vez no fueron electos sino selectos. Pero lo cierto es que la legalidad o la ley ha sido usada como escudo contra la verdad. En una sociedad saludable, la ley supone estar estructurada para favorecer una sana comunidad; sin embargo, esta no es la realidad en nuestro país, en dónde los gobiernos han sido usados como herramienta para esconder la corrupta realidad que imponen los grupos que logran apoderarse del timón de la nación; lo cual queda claro para quienes leen y logran entender nuestra Constitución.

    Entre las entidades gubernamentales no existe coordinación ni propósito unificado, más que aquel que sea la rapiña; en dónde las empresas del gobierno central o de sus satélites supuestamente autónomos son feudos, que igual que las mafias se reparten el botín. Así, nuestra Constitución no pasa de ser un contrato anti social y anti sociedad. Una clase política dedicada a proteger su impunidad a través de falsos mecenazgos.

    El caso de los retenes de tránsito delictivos que comúnmente realizan muchos agentes de la ATTT ilustra no sólo lo señalado sino el grado de corrupción, en donde agentes del orden cometen detenciones delictivas para pescar bajo el manto de la legalidad, la comisión de faltas de tránsito, tal como placas o licencias vencidas, que dan lugar a las coimas. Y esta misma realidad está presente a través de toda la actividad de falsa gobernanza. Y, ¡por supuesto!, que todo ello produce toda clase de comportamientos aberrantes por parte de tantos a quienes les resulta más fácil robar que trabajar y producir.

  • La desconexión entre la ley y la realidad

    Como bien lo dijo Thomas Hobbes: “No es la sabiduría sino la autoridad la que hace la ley.” No sigas leyendo… detente a pensar en lo dicho por Hobbes. La actual constitución de Panamá no fue preparada en virtud sino interesadamente, sin medir consecuencias a futuro. Y, he aquí la triste realidad del mal camino que venimos trillando los panameños cuyas leyes no fueron orientadas para el bien común sino el provecho de bajos intereses de quienes en su momento secuestraron el poder estatal.

    Lo típico que percibe quien ausculta la ley panameña es su desconexión con todos los pequeños empresarios: choferes del transporte público y comercial, los camaroneros, los que cambian regularmente de trabajo, y tantas otras actividades comerciales sobre las cuales depende buena parte de la economía. Pero, este sector económico no se rige por las leyes constitucionales y decretos ejecutivos, dado que se trata de un mercado autorregulado, con salario mínimo variable y sin prestaciones laborales y otra lastra de normas clientelistas y castrantes.

    Quien verdaderamente intente regular actividades tan variables y cambiantes en estos tiempos de transformación, debería ponerse en los zapatos de quienes caminan en el sector informal y también en el sector del pequeño empresario formal; ya que no es lo mismo cumplir con normas grotescas cuando eres chico que cuando eres grande. El grande tiene contadores, abogados, economistas y, por qué no, hasta coimeros a su disposición. Y todo ello en una época en la cual lo que era bueno y funcional o, tolerable ayer, ya no lo será.

    Imagínense las condiciones que imponen los días festivos; sean los carnavales, fiesta del Cristo Negro, otras fiestas patrias, año nuevo y tal. A todo ello agreguemos los elementos de un sistema de transporte mal pensados y mal construidos y desarrollados. ¿No lo crees? Sólo fíjate en la estación Metro de San Isidro, la cual a pocos años de su construcción tuvieron que remodelar y a tres años de terminada la remodelación aún no la inauguran. Y, ni hablar que el santificado Metro, y el Metro Bus que no es tal cosa; que no lograron eliminar a los diablos rojos y parieron miles de los “coasters”. Lo más triste es ver que la gran mayoría de panameños creen que estos sistemas fueron un éxito.

    Más allá, es casi imposible describir los cambios que se están dando en actividades tales como la de los restaurantes, las cuales fueron profundamente golpeada, no por la pandemia sino por la desconexión entre la ley y la realidad; tema que quedó claramente descrita en la Declaración de Great Barrington, en dónde un grupo de profesionales de la medicina alertó en cuanto a sus serias reservas ante las consecuencias físicas y mentales debido al impacto de las políticas respecto al COVID-19. Imagínense, más les preocupaban las acciones legislativas que la plaga.

    Si algo queda claro en el nuevo mundo que surge a nuestro alrededor es que la actividad laboral está cambiando y cambiará en formas que no podemos vislumbrar; tal como en los empleos o actividades del mercado a tiempo parcial. ¿Crees que nuestras leyes o nuestras escuelas y universidades se ajustan a esa realidad? ¿Crees que el MEDUCA sirve para ello?

    ¿Has escuchado hablar de la “economía gig”? La economía de un mercado laboral que depende de los trabajos temporales que, a su vez, dependen de trabajadores camaroneros con gran capacidad de adaptación; es decir, muy flexibles, lo cual requerirá leyes flexibles y no la ley laboral desfazada que tenemos. La realidad es que nuestras leyes adversan la actividad emergente que ya nadie la cambia. ¿Qué harán nuestros legisladores; esos cuyo principal incentivo para legislar tiene muy poco que ver con las necesidades de un mercado desembrazado de politiquerías? Sólo imaginen como Uber ha cambiado el panorama del transporte; y lo ridículo de legisladores que intenten detener todo lo que se viene.

    Y, finalmente, si a esa ecuación añadimos los monumentales problemas de la CSS, del tránsito, de gobiernos desmedidos que trabajan para la Cosa Nostra y no para la población, el futuro augura negros nubarrones. Pero, al mismo tiempo augura épocas de cambio una vez que despertemos al mundo futuro de maravillosas posibilidades inimaginables.

  • La ley prostituida y puesta al servicio de los inescrupulosos

    La Ley, ¿puede prostituirse cuando se reúnen los legisladores?

    Creas o no en Dios, sería insensato no admitir que la vida es un regalo divino, físico, intelectual y moral que, como sus mayordomos, estamos llamados a preservar y perfeccionar; para lo cual hemos sido dotados con facultades maravillosas en medio de una colección infinita de riquezas a lo largo del universo. Pero, de todos esos regalos los más extraordinarios son la vida, la libertad y el derecho de ser propietarios de aquello que cada quien crea; todo lo cual es previo a cualquier legislación humana. No hace falta una ley para que alguien nos conceda esos derechos, como tampoco hace falta una ley que nos diga que el asesinato es ilegal, pues es mucho más que eso, es inhumanamente inmoral; sin embargo, matar en defensa de nuestra vida o la de otros no es inmoral.

    En el sentido de lo señalado en el párrafo precedente, y como bien lo señaló en su momento Frédéric Bastiat: “¿Qué, entonces, es la ley? Es la organización colectiva de los derechos personales a la legítima defensa.” En el sentido expuesto está el gobierno, justo y duradero que garantice las mayores oportunidades para el bienandar y el bienestar. Pero ¿qué ocurre cuando, como señaló Bastiat en el título que cito en este escrito, la ley es pervertida y puesta al servicio de los inescrupulosos?

    ¿Cómo es que quienes son ungidos del poder para hacer el bien lo convierten en una siniestra herramienta del mal? La misma ley que toma la fuerza colectiva de la ciudadanía y la tuerce a punto que deviene el saqueo o la explotación de los justos. Se viola la propiedad, la libertad y hasta la misma vida, a tal punto que el pillaje se convierte en un derecho (partidas circuitales); mientras que el legítimo derecho a la defensa es convertido en crimen.la ley

    La gran degeneración cultural y social que nos está enfermando mucho más que una virulenta pandemia es el deseo desordenado de quienes quieren vivir a costillas del prójimo; y esta no es una acusación temeraria, sino una realidad que se repite una y otra vez a lo largo de la historia humana y que hoy entre nosotros vuelve a asomar su horrorosa faz, ausente de vergüenza. Estamos evidenciando la brutal rapiña de lo público y de lo privado; y, cuando eso se convierte en lo común, la sociedad está camino al desastre.

    Entonces, y como nuevamente señala Bastiat, ¿cuándo se detiene el pillaje? Se detiene cuando llega a ser más doloroso y peligroso que la labranza del justo. El problema es que eso no va a ocurrir hasta que la población lo reconozca y se hastíe de semejante inmundicia empobrecedora.

    El hecho de que en Panamá todos sepamos que la corrupción está grabada en la misma constitución. Y peor, que se diga sin pena que, luego de una constituyente podríamos terminar con algo mucho peor. Los ejemplos sobran, tal como esa institución que osamos llamar Autoridad del Tránsito y Transporte, cuya actividad está viciada en corrupción. O muchos ejemplos más conocidos.  En fin, la ley no puede ser respetada sino hasta que la misma sea respetable; y nuestras leyes y, en gran medida sus legisladores, no son respetables ni cumplibles.

    Y, finalmente, cuando quienes dicen las cosas que estoy diciendo son señalados como teóricos subversivos, que vivimos en utopía, que buscamos la destrucción de la sociedad, bien podemos advertir que se acercan malos tiempos. En mi caso, como ya he señalado en diversas ocasiones, se ha intentado, desde instituciones del estado, evitar que hable en instituciones de la educación superior; pero no hay reparos para que allí hablen quienes promulgan caminos a Venezuela y tal. ¡Mejor vayamos despertando!