Etiqueta: respeto

  • Nuevo Año: Celebrando la Libertad, la Convivencia y la Solidaridad

    Mientras nos acercamos al umbral de un nuevo año, es hora de reflexionar sobre el viaje que hemos recorrido y mirar hacia adelante con esperanza, determinación y una renovada apreciación por los valores que nos unen como seres humanos.

    El fin de un año es mucho más que una fecha en el calendario; es un momento para recordar la importancia de la libertad. La libertad que nos permite ser quienes somos, expresarnos y buscar nuestros sueños. Es el derecho fundamental que nos conecta a todos, sin importar nuestras diferencias. En este nuevo año, abracemos esa libertad y trabajemos para que todos puedan disfrutar de ella plenamente.

    La convivencia en armonía es otro pilar esencial de nuestra existencia. En un mundo lleno de diversidad, es la convivencia respetuosa y amorosa la que enriquece nuestro tejido social. Abramos nuestros corazones a la comprensión, la tolerancia y el diálogo constructivo. Este 2024, celebremos nuestras diferencias como un símbolo de nuestra riqueza humana, reconociendo que juntos somos una sociedad más fuerte.

    La empatía, esa capacidad de ponernos en el lugar del otro, como nos decía Adam Smith, es el pegamento que une nuestras vidas. En un mundo que a menudo parece estar dividido, la empatía es la fuerza que nos une. Practiquemos la empatía en cada interacción, recordando que detrás de cada rostro hay una historia, alegrías y luchas que merecen nuestro respeto y comprensión.

    La solidaridad es el faro que ilumina los tiempos oscuros. Nos recuerda que somos una familia global y que nuestra responsabilidad con el prójimo es fundamental. En este nuevo año, extendamos nuestra mano a quienes más lo necesitan, apoyemos causas justas y trabajemos juntos para construir un mundo más equitativo y compasivo.

    Recordemos que cada nuevo año es una oportunidad para crecer, aprender y mejorar como individuos y como sociedad. Es un lienzo en blanco que nos invita a pintar con colores de esperanza, amor y unidad.

    En el 2024, comprometámonos a hacer del mundo un lugar más luminoso. Celebremos la libertad que nos une, valoremos la convivencia respetuosa, practiquemos la empatía en cada paso y brindemos nuestra solidaridad a aquellos que lo necesitan.

    Que este nuevo año esté lleno de momentos que nos desafíen, nos inspiren y nos acerquen unos a otros. Juntos, construyamos un futuro donde la libertad, la convivencia, la empatía y la solidaridad sean los cimientos sobre los cuales florezca la esperanza para todos.

    ¡Feliz año nuevo!

  • Qué hacemos los padres con Halloween?

    La mayoría de las preguntas que nos hacen acerca de Halloween apuntan más o menos a la misma idea: «¿Deberían los padres permitir que sus hijos participen en actividades de Halloween o no?» Es una pregunta legítima que refleja las amplias y variadas creencias de aquellos que formamos parte de la comunidad de fe cristiana. En un extremo del espectro están aquellos que se oponen firmemente a Halloween, mientras que los del otro extremo no plantean objeciones de ningún tipo. Pero es oportuno observar que quizás muchos cristianos probablemente vivan en algún punto intermedio en este tema.

    En las distintas iglesias de diferentes países, las prácticas también reflejan estilos y métodos en conflicto. Algunos simplemente cambian el nombre de sus festividades reemplazando la palabra «Halloween» con «Cosecha». Otras iglesias usan Halloween como un medio para llegar a la comunidad al abrir sus puertas y proporcionar un lugar seguro para que los niños tomen dulces, mientras que otros simplemente aprovechan la oportunidad de adaptar el tema Halloween para realizar esfuerzos evangelísticos. A la luz de todos estos estilos y métodos diferentes, ¿qué debe hacer un padre cristiano?

    No hay duda de que los orígenes de Halloween se remontan a creencias y rituales paganos. Los grupos satánicos también han atribuido significado a Halloween, celebrándolo como una fiesta especial. Una búsqueda rápida en Google sobre los orígenes y los significados de Halloween proporcionará mucha información de fondo. Una cosa parece clara: los cristianos no deben participar en el «lado oscuro» de Halloween, de ninguna manera aprobar lo satánico o centrarse en el paganismo, el mal, la muerte, etc.

    Sin embargo, la realidad de la participación de Halloween para la mayoría de las personas, religiosas y sobre todo no religiosas, es la de ejercer un poco de fantasía, vestirse con disfraces y divertirse con el típico «dulce o truco » en el vecindario. Para muchos, de esto se trata Halloween, sin ninguna conexión con prácticas ocultas o paganas. Para estas personas, es difícil decir que hay algo malo en lo que hacen. Decir que cualquiera que participe en Halloween es pagano o satanista sería tan exagerado como decir que cualquiera que dé regalos en Navidad es un seguidor de Cristo.

    Conocemos la fuente y el patrimonio de la Navidad. También sabemos que para muchas personas, la Navidad es una fiesta no muy religiosa. La gente le da a Navidad su propio significado, independientemente de sus orígenes. Nunca afirmaríamos que todos los que celebran la Navidad son seguidores de Cristo o que honran a Dios. Halloween, creo yo, es similar. La gente le da a Halloween su propio significado, independientemente de sus orígenes. En consecuencia, cuando las personas eligen participar en Halloween, no es necesario deducir que por lo tanto estén aliados con el enemigo, o que promuevan o alienten prácticas y creencias ocultas y paganas.

    Fijar reglas estrictas rápidamente y sin pensar demasiado con respecto a lo que los cristianos deben o no deben hacer sobre Halloween puede sonar fácil, pero en cambio, Dios nos ha dado el gran regalo de la libertad en nuestras elecciones. El apóstol Pablo brindó un gran consejo sobre la respuesta humana normal hacia la tendencia de fijar categorías rígidas cuando escribió: «Has muerto con Cristo y él te ha liberado de los poderes malignos del mundo». Entonces, ¿por qué sigues las reglas del mundo, tales como «No manipules, no comas, no toques»? Dichas reglas son meras enseñanzas humanas sobre las cosas que desaparecen tan pronto como las usamos. Estas reglas pueden parecer sabias porque requieren una fuerte devoción, humildad y severa disciplina corporal. Pero no tienen ningún efecto cuando se trata de conquistar los malos pensamientos y deseos de una persona. ”–Colosenses 2: 20-23 (NTV)

    Así que finamente, cualquiera que sea la convicción que tengas sobre la participación de tu familia en Halloween, ¡vívela para la gloria de Dios! En estos asuntos, sigue tus propias convicciones, y haz un esfuerzo en comprender que los cristianos pueden diferir en sus creencias y miradas sobre este tema. Y si te topas con esos compañeros creyentes que tienen una postura sobre Halloween distinta a la tuya, dales libertad para vivir sus propias convicciones. El apóstol Pablo lo dijo de esta manera: «¿Quién eres tú para condenar a los siervos de Dios? Son responsables ante el Señor, así que déjelos decir si están en lo correcto o no. El poder del Señor los ayudará a hacer lo que deberían. ”–Romanos 14: 4 (NTV)

    Jim Liebelt

    Escritor con más de 35 años de experiencia especializada en pastoral juvenil y familiar. Publicado originalmente en e625.com

    Puede leer el original aquí.

  • El abandono de la virtud

    El respeto recíproco tan indispensable para convivir civilizadamente a la larga no puede subsistir si no se cuenta con una extendida incorporación de la virtud como valor esencial.

    En uno de mis primeros libros fabriqué una definición de liberalismo que tengo la satisfacción que intelectuales que aprecio mucho la citan con frecuencia. Esta definición dice que el liberalismo es el respeto irrestricto a los proyectos de vida de otros. Se trata del uso de la fuerza solamente cuando hay lesiones de derechos, todo lo demás debe respetarse aunque no compartamos otros proyectos de vida. Más aún, el test definitivo del respeto es cuando no solo no compartimos el proyecto de vida ajeno sino cuando lo consideramos repulsivo. Y no digo tolerancia puesto que estimo es una expresión que revela cierto tufillo inquisitorial, ya que presume que el que tolera perdona los errores ajenos. Esta es la columna vertebral de la sociedad libre donde los derechos se resumen a la vida, la propiedad y la libertad. Este es el modo de facilitar e incentivar la cooperación social y el consiguiente progreso.

    Habiendo dicho esto consigno que ese respeto recíproco tan indispensable para convivir civilizadamente a la larga no subsiste si no se cuenta con una extendida incorporación de la virtud como valor esencial. La declinación de la virtud se transforma en falta de consideración al prójimo y en el deterioro y posterior degradación del antedicho respeto irrestricto y así sucumbe la sociedad libre. En otros términos, el aludido respeto se convierte en falta de respeto con lo que es necesario destacar que esa consideración interpersonal debe ser acompañada por cierta dosis mínima de respeto intrapersonal, es decir autorrespeto que se pone de manifiesto en las conductas. En resumen, el respeto irrestricto hacia terceros es condición necesaria y suficiente pero si no se mantiene y alimenta con el ejercicio de la virtud a la larga se termina enterrando el mismísimo respeto recíproco.

    Veamos el asunto más de cerca. En primer lugar debe subrayarse que la virtud consiste en la conducta recta, en las manifestaciones honestas, en la sinceridad, en el decoro y en el desarrollo de las potencialidades para el bien. Esto puede sonar subjetivo y compatible con el relativismo epistemológico pero además de ser relativo el relativismo pretende darle la espalda a la noción de verdad que consiste en la concordancia entre el juicio y el objeto juzgado, en negar la noción del bien y el mal en nuestro caso de conductas visibles como lo que nutre al autoperfeccionamiento. Es lo que se ha propuesto desde Aristóteles y confirmado por autores como José Ferrater Mora en su Diccionario de filosofía. Es la debida proporción, la prudencia, la perseverancia en el mérito, el coraje de apartarse de lo que dicen y hacen otros, los modales, la privacidad y el sentido de intimidad, el pudor, la cortesía y sobre todo la moral. Ya sabemos que en una sociedad libre nada puede hacerse si no hay lesiones de derechos por más vicios que existan, solo puede procederse vía la educación sea la informal a través de la familia o la formal en el aula. Y educación no es transmitir cualquier cosa en cualquier dirección sino la trasmisión de valores de respeto a terceros y autorrespeto, como se ha dicho desde los estoicos: “Apuntar a la perfección o el fin de cada cosa” concepto desplegado por filósofos como Kant al resaltar “la fortaleza moral en el cumplimiento del deber”.

    Ejemplifiquemos primero con los modales sobre lo que he escrito antes pero es del caso reiterar ya que se refiere a la manifestación externa de lo que ocurre en el interior de la persona y luego vamos a la educación sobre lo que también me he pronunciado. “El hábito no hace al monje” reza un conocido proverbio, a lo que Jacques Perriaux agregaba “pero lo ayuda mucho”. Las formas no necesariamente definen a la persona, pero ayudan al buen comportamiento y hacen la vida más agradable a los demás.

    Hoy en día, en gran medida se ha perdido el sentido del buen hablar. En primer lugar, debido al uso reiterado de expresiones soeces. Las denominadas “malas palabras” remiten a lo grotesco, a lo íntimo, a lo repugnante y a lo escandaloso. Los que no recurrimos a esas expresiones no es por carencia de imaginación (personalmente se me ocurren variantes bastante creativas), es debido a la comprensión del hecho de que si se extiende esa terminología, todo se convierte en un basural, lo cual naturalmente se aleja de la excelencia y las conversaciones bajan al nivel del subsuelo. Por su parte, los términos obscenos empobrecen el lenguaje y como este sirve para pensar y para la comunicación, ambos propósitos se ven encogidos y limitados a un radio estrecho.

    Entonces, aquello de que “el hábito no hace al monje, pero lo ayuda mucho” pone en evidencia una gran verdad y es que las apariencias, los buenos modales y, en general, la estética, tienen una conexión subliminal con la ética. Cuanto más refinados y excelentes sean los comportamientos y más cuidados los ámbitos en los que la gente se desenvuelve, más proclive se estará a lograr buenos resultados en la cooperación social y el indispensable respeto recíproco como su condición central.

    Claro que un asesino serial puede estar encubierto y amurallado tras aparentes buenos modales, pero de todos modos los buenos signos exteriores tienden a reforzar y a abrir cauce al antes mencionado respeto recíproco. Se ha dicho en diversas oportunidades que en la era victoriana había mucho de hipocresía, lo cual es cierto de todas las épocas, pero no cambia el hecho de que en esa etapa de la historia el ocultamiento de lo malo traducía un sentido de vergüenza que luego se perdió bajo el rótulo de una supuesta “apertura mental” que más bien se abrió a la bosta que puso al descubierto las inmoralidades más superlativas con la pretensión de hacerlas pasar por acciones nobles y “modernas”.

    Como queda dicho, las normas morales aluden al autorrespeto y al respeto al prójimo en las respectivas preservaciones de las autonomías individuales basadas en la dignidad y la autoestima. De más está decir que lo dicho nada tiene que ver con el dinero, sino con la conducta, lo que ocurre es que en las sociedades abiertas los que mejor sirven los intereses de los demás son los que prosperan desde el punto de vista crematístico y, por ende, se espera de ellos el ejemplo, lo cual en los contextos contemporáneos ha mutado, puesto que en gran medida esos patrimonios no son fruto del servicio al prójimo, sino de la rapiña lograda con el concurso de gobernantes que se han extralimitado en sus funciones específicas de proteger derechos para, en su lugar, conculcarlos. Mal puede esperarse ejemplos de una banda de asaltantes.

    La literatura, la escultura, la pintura y la música son evidentemente manifestaciones de cultura por antonomasia. Sin embargo, en la actualidad Carlos Grané apunta en «El puño invisible: arte, revolución y un siglo de cambios culturales», que el futurismo, el dadaísmo, el cubismo y similares son manifestaciones de banalidad, nihilismo, vulgaridad, escatología, violencia, ruido, insulto, pornografía y sadismo (en el epígrafe de su libro aparece una frase del fundador del futurismo, Filippo Tommaso Marinetti, que reza así: “El arte, efectivamente, no puede ser más que violencia, crueldad e injusticia”).

    ¿Qué ocurre en ámbitos cada vez más extendidos en aquello que se pasa de contrabando como arte? Es sencillamente otra manifestación adicional de la degradación de las estructuras axiológicas. Es una expresión más de la decadencia de valores. En este sentido, otra vez, se conecta la estética con la ética. No se necesitan descripciones acabadas de lo que se observa cuando a diario se exhiben sin pudor alguno: alarde de fealdad, personas desfiguradas, alteraciones procaces de la naturaleza, embustes de las formas, alaridos ensordecedores, luces que enceguecen, batifondos superlativos, incoherencias múltiples y mensajes disolventes. En el dictamen del jurado del libro mencionado de Grané -que obtuvo el Premio Internacional de Ensayo Isabel Polanco (presidido por Fernando Savater), en Guadalajara- se deja constancia de “los verdaderos escándalos que ha vivido el arte moderno”.

    ¿Qué puede hacerse para revertir semejante espectáculo? Sólo trabajar con paciencia y perseverancia en la educación, es decir, en la trasmisión de principios y valores que dan sustento a todo aquello que puede en rigor denominarse un producto de la humanidad, alejándose de lo subhumano y lo puramente animal, en un proceso competitivo de corroboraciones y refutaciones que apunten a la excelencia y no a burlarse de la gente con apologías de la fealdad y explotar el zócalo del hombre con elogios a la indecencia, la ordinariez y la tropelía.

    Incluso la forma en que nos vestimos transmite nuestra interioridad. La elegancia y la distinción se dan de bruces con lo deliberadamente zaparrastroso en el contexto de modales nauseabundos, ruidos guturales patéticos que sustituyen la fonética elemental. La bondad, lo sublime, lo noble y reconfortante al espíritu naturalmente hacen bien y fortalecen las sanas inclinaciones. El morbo, el sadismo, lo horripilante y tenebroso degrada. Ingleses que transmitían radio en el medio de la nada en África durante la Segunda Guerra Mundial lo hacían vestidos de smoking “to keep standards up”.

    El deterioro en los modales que subestima la calidad de vida al endiosar la grosería y lo chabacano también tiende a anular el sentido de las expresiones ilustrativas que se consideran pasadas de moda. Ya Confucio, quinientos años antes de Cristo, escribió: “Son los buenos modales los que hacen a la excelencia de un buen vecindario. Ninguna persona prudente se instalará donde aquellos no existan” y, en 1797, Edmund Burke sostenía que para la supervivencia de la sociedad civilizada “los modales son más importantes que las leyes”.

    Estimo que antes de las respectivas especializaciones profesionales, debería explorarse el sentido y la dimensión de la vida, para lo cual hay una terna de libros extraordinarios que merecen incorporarse a la biblioteca: The Philosophy of Civilization de Albert Schweitzer, Adventures of Ideas de Alfred N. Whitehead y Human Destiny de Pierre Lecomte du Noüy. Después de esa lectura tan robusta y de gran calado, entre otras muchas cosas, se comprenderá mejor el apoyo logístico que brinda la cobertura de los modales para preservar las autonomías individuales.

    Es de esperar que personas inteligentes y que también hacen aportes en diversos campos abandonen la grosería de sus expresiones al efecto de contribuir a la construcción de una sociedad civilizada y se percaten de que la cloaca verbal se encamina a la cloaca. Reiteramos que nada puede hacerse en una sociedad libre para revertir conductas que no lesionan derechos de terceros, solo a través de la educación, es decir, antes que nada, la trasmisión de valores. Y esto no puede ocurrir allí donde la educación se convierte en adoctrinamiento y politización lo cual es parido desde el momento en que se acepta la existencia de aquella cachetada a la inteligencia cual es el ministerio de educación con la pretensión de imponer estructuras curriculares que constituyen la antítesis del proceso educativo que por definición requiere abrir puertas y ventanas a la competencia y a las auditorías cruzadas. En este contexto la llamada educación privada está privada de toda independencia.

    En esta línea argumental, la “educación pública” es una fachada para ocultar su verdadera naturaleza cual es la educación estatal, una expresión que no se usa porque es tan desagradable como el periodismo estatal o arte estatal. La educación privada es también para el público. El tema para nada consiste en descalificar a profesores que se desempeñan en el área estatal, por el contrario los hay muy esmerados y competentes. El asunto estriba en los incentivos: no es lo mismo la forma en que se toma café y se encienden las luces cuando uno paga las cuentas respecto de cuando se obliga a otros a hacerlo con el fruto de sus trabajos. Por ende, todos los establecimientos educativos estatales deberían entregarse al claustro existente y en la transición a las personas que tienen las condiciones intelectuales pero no cuentan con los ingresos suficientes debería entregárseles vouchers o créditos educativos para que apliquen a la institución privada que prefieran de todas las ofertas disponibles. Esto es financiar la demanda y no la oferta para evitar toda la parafernalia de la administración de activos en manos de la burocracia. Por último en esta materia, cuando resulten necesarias las acreditaciones debieran hacerse como era originalmente en el continente europeo y especialmente el la época colonial estadounidense: academias y entidades privadas también en competencia para acreditar a los efectos de lograr el mayor grado de excelencia posible.

    Ahora se discute acaloradamente en nuestro medio si debe imponerse la educación sexual y el llamado “lenguaje inclusivo” en los colegios, un debate absurdo siempre impuesto desde el vértice del poder en lugar de abrir las posibilidades de competir en instituciones todas privadas y ajenas al ámbito de la fuerza.

    No se trata entonces de limitarse a la queja por la degradación de valores y las amenazas al sine que non de la convivencia civilizada de respeto recíproco, se trata de abandonar la vaca sagrada de nuestro tiempo cual es la llamada educación estatal puesto que las botas, es decir, el monopolio de la vilencia que denominamos gobierno no debiera entrometerse en una función tan privativa de cada cual que por otra parte perjudica especialmente a los más necesitados que se ven obligados a financiar estas politizaciones vía la reducción de sus salarios e ingresos en términos reales. Hay quienes destacan la importancia de la educación -aun sin compartir mi propuesta- pero en simultáneo recurren a lenguaje soez…no saben de qué hablan.