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  • Escuela Privada de Barrio

    Escuela Privada de Barrio

    Recuerdo con claridad aquellos años de 1964 en que fundé una escuela de vuelo en Paitilla y me convertí en instructor de tierra y de vuelo. Enseñaba navegación, aerodinámica, meteorología, mecánica y regulaciones y tal. En 1968 me nombraron jefe de Seguridad Aérea en el Ministerio de Gobierno; y luego de 5 años realicé que sin educación no habría seguridad aérea y con la fundamental ayuda de la OACI – Organización de Aviación Civil Internacional – creamos la EAC – Escuela de Aeronáutica Civil, para entrenar pilotos, controladores de tránsito, oficiales de operaciones, electrónica; y pasé 5 años en su dirección y dando clases en aulas. Esa experiencia, sumada a mi posterior trabajo en el Comité de Educación de APEDE y a los ensayos y el libro que escribí sobre el tema, me ha dejado una convicción profunda: la educación no es, en primer lugar, asunto del Estado y menos de sus gobiernos.

    La educación corresponde primordialmente a la familia. Los padres son los primeros y naturales educadores de sus hijos. Ellos conocen el temperamento, las fortalezas y las debilidades de cada niño; ellos transmiten valores, cultura, lengua y visión del mundo y, ante todo amor. Esta verdad elemental ha sido oscurecida por décadas quienes buscan adoctrinar y no educar; y en el centralismo violan el sagrado principio de subsidiariedad —aquel que sostiene que una autoridad superior no debe asumir funciones que las personas, las familias y las asociaciones intermedias pueden cumplir por sí mismas.

    Se tuercen las palabras hablando de “educación pública”, ya que toda educación es pública; formando los ciudadanos del mañana que sostienen la sociedad humana. Lo “público” es el monopolio estatal, hecho con aviesos fines de control y no de evolución social. Es un decadente centralismo que busca satisfacer intereses sindicales y hasta de saqueo.

    Pocos recuerdan cuándo y por qué se centralizó la educación. En el siglo XIX y comienzos del XX se argumentó que solo el Estado podía garantizar igualdad de oportunidades, cohesión social y eficiencia. Se prometió que la escuela estatal eliminaría las diferencias de origen, forjaría una identidad común y elevaría el nivel general de conocimientos. Esas promesas jamás se cumplieron del todo. Las desigualdades persisten, la cohesión social es hoy más frágil que nunca y los resultados académicos resultan mediocres en relación al sobrecosto. En los EE.UU. a principios del siglo XX, luego de 5 años de centralización no hubo mejoría en cantidad o calidad; pero sí se dio un aumento en los salarios de los funcionarios educadores.

    ¿Cuál es, entonces, el papel legítimo del Estado a través de sus gobiernos? No es ser dueño de la escuela y menos dirigirla. Su función propia es más limitada y más respetuosa de la subsidiariedad. Proteger contra fraudes y no ser quien lidera los fraudes; luego de lo cual no hay nadie que le ponga el cascabel a los gatos. Traspasar esos límites debilita a la familia y a las iniciativas independientes que históricamente han educado con mayor dedicación y mejores resultados.

    Mi propia trayectoria me lo ha confirmado. Las EAC la cerró el gobierno para usar el costoso edificio con simuladores de torres de control y más, para oficinas gubernamentales. Hoy los aviadores se educan en escuelas privadas alejadas del mundo burocrático y peor. La experiencia posterior, escribiendo y reflexionando sobre estos temas, solo ha reforzado la conclusión: devolver la educación a su lugar natural —la familia y las comunidades voluntarias— no es nostalgia ni ideología; es simple realismo.

    Mientras sigamos aceptando como normal que el gobierno administre la formación de las nuevas generaciones, seguiremos cosechando los mismos frutos mediocres. La responsabilidad primera no es del Estado. Es de los padres. Recuperar esa evidencia es el punto de partida indispensable para cualquier reforma seria.

    En el próximo artículo examinaré una dimensión aún más olvidada: el carácter esencialmente emocional del verdadero aprendizaje y cómo los sistemas centralizados, capturados por sindicatos e intereses políticos han burlado el elemento fundamental del aprender… ¡la emoción!; ese que sentí desde los 8 años cuando aprendí a tocar la guitarra.

    Ensayo 1/3

  • En búsqueda de una mejor educación para nuestros hijos

    Hoy me encontré con un artículo en FEE (fundación para la educación económica), escrito por Kerry McDonald, educadora, autora de libros como “Unschooled: Raising Curious, Well-Educated Children Outside the Conventional Classroom.” Kerry es académica adjunta al Instituto Cato quien contribuye regularmente a la revista Forbes; como también es economista con licenciatura en política de educación en Harvard. El artículo de Kerry se intitula “Miss Virginia Shows the Dilemma Many Lower Income Families Face on Schooling” (El dilema educativo que enfrentan muchas familias de bajos ingresos). Se trata de una cinta cinematográfica (Miss Virginia) de genial actuación que cuenta la historia de Virginia Walden Ford, madre residente en Washington D.C. que buscaba una mejor educación para su hijo, dado que no toleraba la mediocridad y el status quo. Una película que bien vale la pena, no sólo verla sino compenetrarse con la realidad que presenta.

    Tal como cuenta Kerry McDonald, la madre afrodescendiente, Virginia Walden, ayudó en la creación de los programas de vales que les permitieron a muchos jóvenes escapar de escuelas gubernamentales inseguras y de muy baja calidad, en búsqueda de una opción descentralizada; o, como dirían con tono despectivo tantos en Panamá, “una educación privada”, o quizá deba decir “privilegiada”. Muchos ven lo “privado” como algo que a ellos les deja por fuera. lo cual es una idea lamentable; ya que lo privado es aquello que es íntimamente de cada quien, tal como tu vida, tu libertad y el producto de estas dos primeras, tal como tu ropa, tu casa y tal.

    El aspecto central de la obra cinematográfica, gira en torno a los obstáculos burocráticos, esos que yo apodo “burrocráticos” para diferenciar, ya que la burocracia de por sí no es cosa mala, sino mal usada. Frente a ello las familias pobres quedan atrapadas en estériles politiquerías. Es el caso de Virginia Walden, quien tuvo que sacar a su hijo de una fracasada escuela gubernamental para enrolarlo en una privada. Semejante reto, aunque la enfrentó a buscar más trabajo, inclusive limpiando servicios y tal, le trae una nueva esperanza. Sin embargo, todo su arduo trabajo no le alcanzó para pagar la escuela privada y se vio forzada a volver a matricular a su hijo en una escuela gubernamental del distrito, en dónde ve desvanecer el potencial de su hijo.

    Pero, un día Walden se entera de que la escuela gubernamental gasta el doble en una educación deficiente que lo que ella pagaba en la escuela privada; y ello le lleva a rechazar el cuento de que el problema de las escuelas gubernamentales es uno de falta de presupuesto. Frente a ello, Walden busca la solución en los programas de vales (Voucher), donde se encuentra con una formidable barrera burrocrática; y, aunque los programas de vales suponían no distinguir entre ingresos, color o barrio, ve que no es el caso.

    Cuenta Walden: “Uno de los primeros aspectos que salió a relucir con los programas de vales, es que las escuelas privadas ofrecían un entorno mucho más seguro que aquel de las escuelas gubernamentales…”. Se trata de escuelas cacareadas como ‘públicas’, lo cual es engaño, ya que las privadas también están abiertas al público; el problema es que los gobiernos y sus políticos despilfarran los fondos públicos en búsqueda no de una mejor educación, sino en búsqueda de votos.

    Hoy día no sólo existen nuevas formas de educar, sino también a costos reducidos; sin embargo, las costumbres nos han atascado en una fatal obsolescencia. En Panamá por ejemplo, se logró lavar el cerebro de la población que hoy aborrece todo lo privado. Curioso que, si les brindaran la oportunidad de mandar a sus hijos a una escuela privada raro sería que la rechazaran. Igual ocurre con la CSS y el IDAAN. Y, mientras tanto, estamos condenando a nuestros hijos a un futuro de pobreza y cosas peores; cuando frente a nuestro alcance tenemos soluciones a una fracción del costo.