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  • Papa Francisco: una despedida desde la vereda crítica y el respeto.

    Una reflexión desde el disenso sobre la figura del Papa Francisco, su pontificado y el peso simbólico de su partida.

    No compartimos muchas de sus ideas. Fuimos críticos de su visión sobre la economía, del lugar que asignó al Estado en la vida de los pueblos y de ciertos gestos y silencios que, a nuestro juicio, tuvieron consecuencias políticas e históricas. Discrepamos con respeto, pero sin ambigüedades.

    Y sin embargo, hoy —ante su partida— elegimos el silencio antes que la insistencia, la reflexión antes que la polémica.

    Porque más allá de las diferencias, el Papa Francisco fue un hombre que cargó sobre sus hombros el peso de una de las instituciones más antiguas del mundo en un tiempo especialmente difícil. Su pontificado, iniciado en 2013, no fue uno más: fue el primero en venir “del fin del mundo”, el primer jesuita, el primer latinoamericano y el primer papa en más de 600 años en suceder a uno que había renunciado. La sola elección de Jorge Mario Bergoglio ya era, en sí misma, un gesto de ruptura histórica.

    Su papado fue profundamente político, aunque él insistiera en lo contrario. Fue la voz de los márgenes, de los descartados, de una Iglesia que buscaba volver a las periferias, como él mismo decía. Reformó el discurso papal, denunció las desigualdades, abrazó causas sociales y climáticas, y no temió señalar a los poderosos. Para algunos, un gesto profético. Para otros, una confusión peligrosa entre lo pastoral y lo ideológico.

    Pero más allá del acuerdo o el desacuerdo, nadie puede negar la centralidad de su figura. En un mundo cada vez más polarizado, Francisco eligió el puente antes que el muro, el diálogo antes que la condena, la ternura antes que el castigo. Con sus gestos —visitar cárceles, lavarle los pies a migrantes, arrodillarse ante la Virgen de Luján en silencio— comunicó mucho más que con sus encíclicas.

    Para millones de creyentes, fue un faro de consuelo y una presencia paternal en tiempos de incertidumbre. Para otros, una figura incómoda y a veces difícil de comprender. Y quizás ahí radique parte de su valor: en haber sido un papa que incomodó, que no buscó agradar, sino provocar una reacción, una reflexión, un examen de conciencia.

    Hoy, más allá de nuestras discrepancias, nos inclinamos ante la dimensión humana de su partida. Porque el dolor de una comunidad —en este caso, la católica— merece respeto, incluso por parte de quienes la miramos desde afuera o desde otra vereda.

    El cristianismo pierde a un Pastor. Y el mundo pierde una voz que, con todo lo discutible que pueda ser, no fue indiferente ni tibia.

    Que descanse en paz, Jorge Mario Bergoglio.

  • No, la JMJ no atraerá inversión extranjera a Panamá: los datos que lo demuestran

    La celebración de la Jornada Mundial de la Juventud en Panamá es una buena noticia para los católicos del istmo. Sería absurdo negar la trascendencia religiosa, cultural, mediática y social de un acontecimiento así. No obstante, es un error que el gobierno panameño pretenda asociar la visita del Papa Francisco con un supuesto boom inversor que poco o nada tiene que ver con este tipo de reunión.

    Echemos un vistazo a los datos. En el año 2008, Australia acogió la Jornada Mundial de la Juventud. Sin embargo, como refleja el siguiente gráfico, la entrada de inversión extranjera directa no se comportó de modo distinto tras la celebración de la reunión católica.

    España celebró la edición 2011 de la JMJ, con idéntico resultado. Tal y como pone de manifiesto el siguiente gráfico, el volumen de inversión extranjera no muestra cambio alguno tras la celebración del evento.

    Un par de años después, en 2013, la JMJ llegó a Brasil. Una vez más, la curva de inversión extranjera se mantuvo indiferente, sin cambios entre la situación previa y el escenario posterior a la visita del entonces Pontífice, Benedicto XVI.

     

    Polonia es el último país que ha organizado una Jornada Mundial de la Juventud. Según el informe de Inversión Mundial que elabora la ONU, el flujo de inversión extranjera directa hacia el país del Este de Europa se redujo en 2017, año siguiente a la celebración del evento. Durante dicho ejercicio, la inversión foránea cayó de 14.000 a 6.500 millones.

    Parece evidente, por tanto, que la relevancia de la JMJ se circunscribe al plano religioso, cultural, mediática o social, pero no se extiende al terreno económico. De hecho, no hay que olvidar que estos eventos implican ciertos costes para el sector productivo: cierre temporal de oficinas, vacaciones forzosas de trabajadores ocupados en zonas cortadas por motivos de seguridad, aumento del gasto público, etc.

    Pero, entonces, ¿qué puede hacer Panamá para aumentar su competitividad en el ámbito de la inversión internacional? Y, mejor aún, ¿qué recetas pueden ayudar a mejorar la captación de capital foráneo y crear, al mismo tiempo, un entorno más atractivo para quienes ya operan dentro del istmo? Quizá la mejor respuesta a esta pregunta es la que nos ofrece el Foro Económico Mundial en su Índice de Competitividad.

    De acuerdo con la encuesta de ejecutivos incluida en dicha publicación, el 18% de los empresarios menciona la ineficiencia burocrática de las Administraciones Públicas como el primer factor que les impide hacer negocios e invertir con facilidad en Panamá. Un 15% cita la corrupción, un 14% lamenta la falta de conexión entre educación y mercado de trabajo y un 10% se queja de regulaciones laborales excesivamente restrictivas.