Categoría: Tecnología

  • Una vacuna escrita para cada tumor: el ARNm da su primer gran salto contra el cáncer

    Una vacuna escrita para cada tumor: el ARNm da su primer gran salto contra el cáncer

    No es todavía “la vacuna contra el cáncer” ni permite hablar de una cura universal. Pero el anuncio realizado por Moderna y Merck el 19 de agosto marca un hito: por primera vez una terapia oncológica personalizada basada en ARN mensajero supera con éxito un ensayo clínico de fase III.

    Durante años hemos escuchado hablar de vacunas contra el cáncer con una mezcla comprensible de esperanza y escepticismo. Esta vez hay una diferencia importante: el anuncio no procede de un experimento con animales ni de un pequeño ensayo inicial.

    Moderna y Merck —MSD fuera de Estados Unidos y Canadá— comunicaron el 19 de agosto de 2026 que intismeran autogene, su terapia personalizada de ARN mensajero, alcanzó los objetivos principales de un ensayo de fase III en pacientes con melanoma de alto riesgo.

    El estudio, denominado INTerpath-001, incluyó a 1.137 pacientes con melanoma en estadios IIB a IV cuyo tumor había podido ser extirpado completamente. Los pacientes recibieron pembrolizumab —el conocido inmunoterápico Keytruda— solo o combinado con la nueva vacuna personalizada.

    La combinación consiguió una mejoría estadísticamente significativa y clínicamente relevante tanto en la supervivencia libre de recaída como en la supervivencia libre de metástasis a distancia respecto de Keytruda utilizado solo. Es la primera vez que una terapia individualizada de neoantígenos basada en ARNm obtiene un resultado positivo de esta magnitud en fase III.

    Y eso merece atención.

    Una vacuna que no existe hasta que aparece el paciente

    Aquí empieza lo verdaderamente fascinante.

    Cuando pensamos en una vacuna imaginamos un producto idéntico para millones de personas. Ésta funciona exactamente al revés. Cada vacuna es diferente.

    Primero se extirpa y analiza el tumor del paciente. Se estudian las mutaciones de sus células cancerosas y se identifican aquellas que producen proteínas anormales —los llamados neoantígenos— capaces de distinguir a la célula tumoral de una célula normal.

    A partir de esa información se diseña mediante algoritmos una molécula de ARN mensajero que puede codificar hasta 34 neoantígenos específicos de ese tumor. Es decir, se fabrica una vacuna prácticamente a medida del cáncer de esa persona.

    Una vez administrada, el ARNm proporciona temporalmente a las células las instrucciones necesarias para producir esos marcadores. El sistema inmunológico aprende entonces a reconocerlos y genera linfocitos T capaces de buscar células que exhiban esas características.

    La idea podría resumirse de manera sencilla: mostrarle al sistema inmunológico la fotografía molecular del enemigo.

    Pero queda un problema.

    Los tumores han desarrollado sofisticados mecanismos para desactivar las defensas del organismo. Uno de ellos utiliza la vía PD-1 para poner una especie de freno a los linfocitos T.

    Ahí entra pembrolizumab (Keytruda), que bloquea precisamente ese mecanismo.

    Las dos terapias hacen, por tanto, cosas diferentes pero complementarias: la vacuna enseña al sistema inmunológico qué debe atacar y Keytruda le quita uno de los frenos que dificultan el ataque.

    Lo que ya sabíamos antes del anuncio

    El resultado de esta semana no ha aparecido de la nada. Antes de iniciar la enorme fase III, Moderna y Merck habían realizado un ensayo fase IIb con 157 pacientes con melanoma avanzado de alto riesgo completamente extirpado. Y existe ya seguimiento a cinco años publicado en junio de 2026 en el Journal of Clinical Oncology.

    Los resultados son especialmente interesantes porque permiten observar si el efecto desaparece con el tiempo. No parece hacerlo. Después de una mediana de seguimiento de cinco años, la combinación de intismeran y pembrolizumab mostró, frente a pembrolizumab solo:

    • 49 % menos riesgo de recaída o muerte.
    • 59 % menos riesgo de desarrollar metástasis a distancia o morir.

    En supervivencia global también apareció una tendencia favorable, pero el número de muertes era todavía demasiado pequeño para sacar una conclusión estadísticamente firme.

    Además, los investigadores encontraron algo que refuerza la hipótesis de funcionamiento del tratamiento: en los pacientes vacunados aparecieron nuevos clones de linfocitos T dirigidos contra los neoantígenos codificados por la vacuna, y la expansión de esos clones fue mayor entre quienes permanecieron libres de recaída.

    No sólo parece funcionar clínicamente. Hay indicios biológicos de que está haciendo precisamente aquello para lo que fue diseñada.

    ¿Qué acaba de cambiar entonces?

    La fase II sugería que la estrategia funcionaba. La fase III comienza a demostrar que puede convertirse en medicina real. Ésa es la diferencia.

    Los ensayos de fase III son grandes estudios comparativos destinados a determinar si un tratamiento supera suficientemente al estándar existente como para justificar su aprobación.

    INTerpath-001 comparó precisamente la vacuna más Keytruda contra Keytruda solo, que ya constituye una terapia muy potente y la combinación consiguió superar al tratamiento de referencia en sus dos variables fundamentales: evitar que el cáncer reaparezca y evitar que llegue a órganos distantes.

    Las compañías todavía no han publicado las cifras detalladas de esta fase III. Conocemos que los objetivos fueron alcanzados y que el resultado fue estadística y clínicamente significativo, pero todavía faltan los hazard ratios, curvas de supervivencia, análisis por subgrupos y seguimiento completo.

    Tampoco se ha demostrado todavía que la combinación aumente definitivamente la supervivencia global.

    Esa cautela es fundamental.

    Pero también lo es reconocer que superar una fase III constituye una frontera muy distinta que la de mostrar resultados prometedores en laboratorio.

    Moderna y Merck ya han anunciado que presentarán los datos completos en un congreso médico internacional y comenzarán las conversaciones con los organismos reguladores para solicitar la aprobación del tratamiento.

    No es “la vacuna contra el cáncer”

    Aquí conviene desmontar probablemente el titular que veremos repetido durante las próximas semanas. No existe un único cáncer.

    Lo que llamamos cáncer engloba centenares de enfermedades diferentes, con mutaciones, tejidos, evolución y respuestas inmunológicas distintas.

    Tampoco esta vacuna evitaría que una persona sana desarrolle cáncer, como una vacuna contra el sarampión evita el sarampión; es una vacuna terapéutica: se administra a alguien que ya tuvo un cáncer identificado y cuyo tumor puede analizarse para construir el tratamiento.

    Y en este caso concreto se está utilizando después de la cirugía intentando destruir las células malignas microscópicas que puedan haber quedado y provocar posteriormente una recaída o una metástasis. Por eso quizá resulte más preciso llamarla inmunoterapia personalizada basada en ARNm.

    La verdadera revolución puede estar en la plataforma

    El resultado del melanoma podría terminar siendo solamente la primera pieza.

    Moderna y Merck mantienen actualmente nueve estudios de fase II y III con intismeran en distintos tumores. Además del melanoma, la tecnología está siendo evaluada en cáncer de pulmón de células no pequeñas, cáncer de vejiga y carcinoma renal, entre otros.

    Y aquí aparece la dimensión potencialmente revolucionaria del descubrimiento.

    Tradicionalmente intentamos encontrar una molécula capaz de tratar a miles o millones de pacientes con determinada enfermedad, pero esta tecnología propone otra lógica: conservar la plataforma y cambiar el medicamento para cada individuo.

    El procedimiento industrial sería el mismo, pero la secuencia genética contenida dentro de la vacuna sería distinta para cada paciente.

    Secuenciar el tumor.
    Identificar sus mutaciones.
    Seleccionar los neoantígenos más prometedores.
    Diseñar el ARN.
    Fabricarlo.
    Administrarlo.
    Y convertir al sistema inmunológico del propio paciente en una herramienta dirigida contra las características particulares de su cáncer.

    Es medicina personalizada llevada hasta una escala que hace apenas dos décadas parecía difícilmente imaginable.

    También plantea enormes desafíos: velocidad de fabricación, costos, capacidad de secuenciación, logística y acceso a terapias que necesariamente serán más complejas que producir millones de dosis idénticas de un mismo medicamento.

    Pero la tecnología de ARNm posee precisamente una característica que puede ayudar a resolver parte de ese problema: una vez desarrollada la plataforma, modificar la información que transporta resulta mucho más sencillo que desarrollar desde cero una nueva molécula farmacológica.

    Una noticia enorme, sin necesidad de exagerarla

    Quizá lo más extraordinario de esta historia sea que no hace falta llamarla “cura del cáncer” para que sea una noticia excepcional.

    Por primera vez una vacuna individualizada de ARNm ha llegado hasta una gran fase III y ha demostrado mejorar los resultados de una de las inmunoterapias más importantes que ya posee la oncología.

    Falta conocer la magnitud exacta del beneficio en esta fase III. Falta comprobar la supervivencia global. Falta la evaluación de los reguladores. Falta saber cuánto costará, cuánto demorará fabricar cada vacuna y si el éxito del melanoma podrá repetirse en otros tumores.

    La ciencia avanza precisamente así: eliminando incertidumbres una detrás de otra.

    Pero una de ellas acaba de caer.

    Hasta ahora podíamos decir que era posible diseñar una vacuna de ARN mensajero utilizando las mutaciones particulares del cáncer de una persona y conseguir que su sistema inmunológico aprendiera a reconocerlas. Desde el 19 de agosto de 2026 podemos añadir algo mucho más importante: en un ensayo clínico de fase III, esa estrategia consiguió mejorar el tratamiento de pacientes reales. No es todavía la cura del cáncer.

    Pero puede ser uno de esos momentos en los que, mirando hacia atrás dentro de algunos años, descubramos que la manera de tratarlo empezó a cambiar.

  • Ballena Azul: la libertad contra el totalitarismo digital

    Ballena Azul: la libertad contra el totalitarismo digital

    Hay historias sobre Corea del Norte que parecen escritas para una novela de espionaje. Esta, sin embargo, ocurrió en GitHub, Zoom, ChatGPT, billeteras cripto y escritorios virtuales. Resulta que dos investigadores de ciberseguridad, Mauro Eldritch y Heiner García, crearon una empresa que no existía. La llamaron Ballena Azul LTD. Construyeron una página web, una identidad corporativa, documentación, un supuesto protocolo DeFi y hasta una historia empresarial suficientemente convincente como para parecer una startup más del ecosistema cripto.

    Después hicieron algo todavía más extraño: contrataron a tres desarrolladores que sospechaban formaban parte de una red norcoreana dedicada a infiltrarse como trabajadores remotos en empresas occidentales. Los supuestos infiltrados creían haber entrado en una empresa y en realidad habían entrado en un laboratorio.

    Durante semanas, sus ordenadores virtuales fueron observados dentro de entornos controlados de ANY.RUN. Los investigadores pudieron registrar archivos abiertos, conexiones, herramientas utilizadas, cuentas, wallets, VPN y parte de la infraestructura desde la que operaban.

    La operación tiene algo de comedia, pero detrás de ella hay una de las expresiones más inquietantes del totalitarismo contemporáneo. Y también una extraordinaria lección sobre la libertad.

    El trabajador que no era quien decía ser

    Ballena Azul se presentó como una startup DeFi que trabajaría con grandes tenedores de criptomonedas.

    Era un cebo casi perfecto.

    Los investigadores contactaron con un reclutador vinculado, según su investigación, a Famous Chollima, denominación utilizada en inteligencia de amenazas para una estructura relacionada con operaciones norcoreanas de trabajadores informáticos. El objetivo habitual de estas redes no consiste necesariamente en entrar rompiendo una contraseña.

    Es mucho más sencillo.

    Consiste en conseguir que la empresa les abra la puerta por caminos normales: Currículum, entrevista, contrato,usuario, contraseña, GitHub, repositorios y sistemas internos. El atacante deja de parecer atacante porque figura en Recursos Humanos.

    Según la investigación, tres personas fueron incorporadas a Ballena Azul utilizando identidades que presentaban inconsistencias importantes. Uno afirmaba residir en Texas mientras entregaba una licencia de California y una cuenta bancaria de Nueva York. Otro presentó documentación cuya metadata indicaba manipulación mediante Google Gemini. Un tercero proporcionó una licencia aparentemente auténtica perteneciente a otra persona.

    Después recibieron escritorios virtuales para trabajar. Ahí empezó la parte interesante.

    Instalaron herramientas de acceso remoto, comprobaron direcciones IP, utilizaron VPN, accedieron a cuentas personales y recurrieron repetidamente a herramientas de inteligencia artificial. ChatGPT apareció como asistente de programación y redacción; Gemini, según los investigadores, había sido utilizado incluso para alterar documentación.

    Pero cometieron un error magnífico; uno de ellos sincronizó su cuenta de Google con la máquina que le había proporcionado la empresa, solo que aquella máquina pertenecía a los investigadores.

    De pronto, quienes pretendían observar desde dentro comenzaron a ser observados.

    Esto no era una leyenda urbana

    Conviene separar la parte divertida de la historia del problema real.

    El Departamento de Justicia estadounidense lleva años documentando operaciones en las que ciudadanos norcoreanos obtienen trabajos remotos utilizando identidades falsas o robadas. En junio de 2025 informó de esquemas que habían conseguido empleo en más de cien empresas estadounidenses, apoyados incluso por redes de intermediarios y las llamadas laptop farms: ordenadores físicamente situados en Estados Unidos pero manejados remotamente desde el extranjero.

    En otro proceso, cuatro ciudadanos norcoreanos fueron acusados de obtener empleos tecnológicos mediante identidades falsas y posteriormente robar más de 900.000 dólares en activos digitales de dos empresas. Uno de los acusados habría modificado el código fuente de contratos inteligentes para apropiarse de unos 740.000 dólares.

    El Tesoro estadounidense elevó todavía más la dimensión del asunto en marzo de 2026: estimó que estas redes de trabajadores tecnológicos generaron casi 800 millones de dólares durante 2024, recursos vinculados posteriormente al financiamiento de los programas armamentísticos del régimen norcoreano.

    Por eso Ballena Azul es interesante, porque no descubre que Corea del Norte utiliza trabajadores tecnológicos para conseguir divisas. Eso ya estaba documentado. Lo extraordinario es poder observar uno de esos mecanismos desde dentro.

    Pero hay una pregunta anterior a la ciberseguridad

    ¿De quién es el trabajo de una persona?

    Para un liberal, la respuesta debería ser obvia.

    De esa persona.

    Su inteligencia le pertenece.

    Su tiempo le pertenece.

    El fruto de su trabajo le pertenece.

    Y precisamente por eso el aspecto más aberrante de esta historia no comienza cuando alguien utiliza una identidad falsa para infiltrarse en una empresa occidental. Comienza mucho antes, cuando un Estado considera que sus ciudadanos son recursos productivos a su disposición.

    El gobierno norcoreano no inventó solamente una sofisticada industria de fraude internacional. Construyó primero una sociedad donde la autonomía individual prácticamente desapareció.

    Naciones Unidas ha documentado durante años restricciones extremas a la libertad de expresión, asociación, movimiento, privacidad y acceso a la información, además del empleo institucionalizado del trabajo forzado. En 2024, la Oficina del Alto Comisionado de Naciones Unidas describió precisamente el trabajo forzado en Corea del Norte como un fenómeno institucionalizado por el Estado.

    Por eso conviene resistir una tentación.

    Es fácil mirar las imágenes de estos jóvenes delante de una webcam y pensar simplemente: ahí están los malos.

    Quizá algunos lo sean.

    Quizá algunos participen conscientemente de operaciones criminales.

    Pero sabemos demasiado poco sobre el grado de libertad real con el que actúan como para convertir automáticamente a cada uno de ellos en encarnación del régimen que los utiliza. Y ahí aparece una distinción esencial para cualquier filosofía verdaderamente liberal: el Estado norcoreano y los norcoreanos no son la misma cosa.

    Confundirlos sería aceptar precisamente la ficción colectivista que sostiene al régimen. El individuo no es su gobierno.

    El totalitarismo convierte personas en infraestructura

    Hay una expresión especialmente reveladora utilizada en los informes estadounidenses: el gobierno norcoreano se apropia de una parte muy considerable de los salarios generados por estos trabajadores en el exterior. Es decir, un programador consigue un empleo, produce código y una empresa paga por ese trabajo. Sin embargo, el fruto de su trabajo termina siendo absorbido por la maquinaria estatal.

    Visto desde la teoría liberal, estamos ante una versión tecnológicamente sofisticada de algo antiquísimo. La expropiación del individuo por el poder.

    El trabajador deja de ser una persona que intercambia voluntariamente su conocimiento por dinero y se convierte en un activo económico de una organización política.

    Es difícil encontrar una representación más clara de la diferencia entre trabajo libre y trabajo administrado. En una sociedad libre, una persona programa porque alguien desea contratarla y ambos aceptan las condiciones. En una sociedad totalitaria, el conocimiento de esa persona puede convertirse en una exportación del Estado, donde uno produce y el otro decide el destino del producto.

    Y entonces aparece Bitcoin

    Aquí la historia se vuelve incómoda también para quienes amamos las criptomonedas.

    Corea del Norte utiliza activos digitales. Eso es cierto.

    Los utiliza para mover fondos, evadir controles financieros y lavar dinero procedente tanto de operaciones informáticas como de robos. El Tesoro estadounidense ha identificado direcciones de Bitcoin, Ethereum y Tron relacionadas con algunas de estas redes. Pero de allí se desprende con frecuencia una conclusión equivocada:“Entonces las criptomonedas son el problema”.

    No.

    Sería equivalente a concluir que internet es culpable porque los espías utilizan internet. O que el dólar es totalitario porque una dictadura cobra en dólares.

    Bitcoin no pregunta por la moralidad de quien transmite una transacción. Precisamente ésa es una de sus propiedades fundamentales.

    Una red monetaria neutral no distingue entre el disidente que intenta sacar sus ahorros de una dictadura y el agente de esa dictadura que intenta mover fondos.

    La neutralidad tiene un precio. Pero su alternativa también.

    Porque para construir un sistema capaz de impedir anticipadamente cualquier utilización indebida habría que construir una autoridad capaz de decidir quién puede transmitir valor y quién no.

    Y entonces habríamos solucionado el problema del autoritarismo creando otro.

    Libertad no significa ingenuidad

    Nada de esto implica que una empresa tenga la obligación de contratar a alguien que falsifica su identidad. La libertad contractual funciona en ambas direcciones. Quien contrata tiene exactamente el mismo derecho a conocer con quién está contratando que el trabajador a decidir para quién trabaja. Utilizar una identidad robada no constituye un ejercicio de libertad: es fraude.

    Robar criptomonedas o acceder engañosamente a propiedad ajena tampoco es ejercer la libertad, porque el principio liberal no consiste en tolerar cualquier conducta, sino en distinguir con enorme precisión entre libertad y agresión.

    Una persona puede usar una VPN, puede proteger su privacidad o cobrar en Bitcoin. También puede trabajar remotamente desde cualquier lugar del planeta y utilizar un seudónimo si la contraparte lo acepta. Nada de eso, por sí mismo, viola los derechos de nadie.

    El problema aparece cuando existe engaño destinado a obtener acceso a propiedad ajena, suplantación de identidad, robo o incumplimiento deliberado de las condiciones bajo las cuales otra persona aceptó contratar. Ahí termina el intercambio voluntario.

    El peligro de aprender la lección equivocada

    Los propios investigadores recomiendan reforzar controles de identidad, realizar verificaciones periódicas, formar a reclutadores y vigilar determinados patrones tecnológicos.

    Tiene sentido.

    Una empresa privada debe protegerse. Pero aquí también conviene colocar un límite liberal.

    La respuesta a Corea del Norte no puede ser convertir cada contratación remota en un interrogatorio estatal y cada usuario de una VPN en un sospechoso.

    No deberíamos destruir las herramientas que protegen a millones de personas porque también las utilicen delincuentes.

    La criptografía protege al disidente.

    La VPN protege al periodista.

    El cifrado protege al ciudadano.

    Bitcoin permite transferir riqueza sin pedir autorización.

    La inteligencia artificial permite trabajar a quien antes no habría podido hacerlo.

    El trabajo remoto permite que un programador nacido en un país pobre venda su capacidad intelectual a una empresa situada a diez mil kilómetros.

    Todas esas tecnologías reducen una característica que históricamente ha favorecido al poder: la necesidad de pedir permiso.

    Naturalmente también pueden ser utilizadas por quien pretende dañarnos; la libertad siempre contiene ese riesgo.

    Una sociedad absolutamente segura frente al mal uso de la libertad tendría que eliminar buena parte de la libertad misma.

    Ballena Azul ganó porque podía experimentar

    Y aquí quizá esté la ironía más hermosa de toda la historia.

    ¿Cómo fueron descubiertos los presuntos agentes de uno de los Estados más centralizados del planeta?

    No mediante un Ministerio Mundial de Verificación Digital ni una identidad obligatoria universal o la abolición del anonimato. Los descubrieron unos investigadores independientes que tuvieron una idea disparatada: crear una empresa falsa y dejar que los infiltrados entraran.

    Construyeron una web, se inventaron personajes, programaron infraestructura y los escritorios virtuales. Improvisaron reuniones e introdujeron fallos deliberados. Observaron comportamientos, compartieron información con otros investigadores. Es decir: experimentaron descentralizadamente y sin un plan maestro.

    Algo profundamente hayekiano ocurrió allí.

    Frente a una organización jerárquica y centralizada apareció conocimiento distribuido. Personas diferentes poseían pequeñas piezas de información: una dirección IP, una wallet, una metadata, un historial de navegador, una herramienta de acceso remoto, una identidad inconsistente. Ninguna pieza explicaba todo, pero juntas comenzaron a hacerlo. El conocimiento que permitió descubrir la operación no estaba concentrado en una autoridad omnisciente, estaba disperso.

    Exactamente como ocurre en una sociedad libre.

    La batalla real

    Por eso Ballena Azul no es solamente una historia sobre hackers. Es una pequeña parábola política.

    En un extremo tenemos un Estado que reclama la vida económica de sus ciudadanos, controla su movimiento, restringe brutalmente la información que reciben y dirige recursos humanos hacia sus propios objetivos.

    En el otro tenemos una sociedad abierta llena de defectos, desorden, anonimato, criptomonedas, empresas privadas, investigadores independientes y tecnologías que cualquiera puede utilizar, incluso sus enemigos.

    La primera parece ordenada, la segunda parece caótica.

    Pero sólo una permite que alguien tenga una idea que nadie autorizó. Y ese detalle importa muchísimo. El liberalismo nunca prometió un mundo sin delincuentes, sin estafadores, espías o dictadores. Prometió algo mucho más modesto y muchísimo más importante: que ningún hombre debería disponer arbitrariamente de la vida de otro. Que el conocimiento debe poder circular y la propiedad tiene dueño. Que el intercambio debe ser voluntario y el poder necesita límites.

    Y que el individuo existe antes que el Estado.

    Quizá ésa sea la enseñanza más incómoda de Ballena Azul. No debemos defender la libertad porque sólo vaya a ser utilizada por buenas personas; si ésa fuera la condición, la libertad sería imposible.

    La defendemos precisamente porque nadie debería tener el poder de decidir previamente quién merece utilizarla. Después castigamos el fraude, perseguimos el robo, protegemos la propiedad y responsabilizamos al agresor.

    Pero no entregamos nuestras libertades como precio por sentirnos seguros.

    Porque si para combatir a una dictadura necesitamos copiar su principio fundamental, que alguien desde arriba decida quién puede trabajar, comunicarse, ocultar su identidad, mover su dinero o utilizar determinada tecnología, quizá hayamos ganado la operación de ciberseguridad y perdido algo bastante más importante, que la libertad no es una herramienta del sistema.

    Es el límite que le imponemos al sistema.

  • BIP-110: el día en que Bitcoin rechazó a sus salvadores

    BIP-110: el día en que Bitcoin rechazó a sus salvadores

    BIP-110 pretendía proteger Bitcoin de quienes, según sus promotores, estaban desviándolo de su verdadera misión. Terminó demostrando algo bastante más importante: que Bitcoin no tiene custodios autorizados para definir esa misión.

    La propuesta, denominada Reduced Data Temporary Softfork, buscaba restringir durante aproximadamente un año la incorporación de imágenes, textos y otros datos considerados “no monetarios” dentro de las transacciones. Para ello endurecía las reglas de consenso: limitaba el tamaño de determinados campos, restablecía un máximo de 83 bytes para OP_RETURN y restringía algunas posibilidades de Taproot. Su argumento era reconociblemente bitcoiner: la cadena debía ser dinero sólido, no un depósito universal de archivos; el almacenamiento arbitrario encarecía el espacio de bloque, aumentaba las exigencias para operar nodos y podía desplazar los pagos genuinos.

    La preocupación no era absurda. La respuesta sí resultó profundamente discutible.

    Porque una cosa es sostener que Bitcoin debe preservar su carácter monetario, advertir sobre el crecimiento de la cadena o configurar voluntariamente un nodo para no retransmitir ciertas transacciones. Otra muy distinta es convertir esa preferencia en una nueva regla de consenso que declare inválidas transacciones que hasta entonces eran válidas, pagaban su comisión y no quebrantaban ninguna regla existente.

    BIP-110 no se limitaba a combatir el spam. Quería establecer, mediante consenso técnico, qué usos de Bitcoin merecían ser considerados legítimos. Su propia redacción hablaba de “abuso de datos”, de “usos dañinos” y de la necesidad de “reenfocar” Bitcoin hacia su verdadera finalidad. Pero una red sin autoridad central no dispone de un ministerio encargado de interpretar la intención del fundador. Mucho menos de clasificar las transacciones según su dignidad moral.

    Y aquí comienza la parte verdaderamente satoshiana de la historia.

    Una propuesta no es una ley

    BIP significa Bitcoin Improvement Proposal. Que una propuesta reciba un número y sea incorporada al repositorio de BIPs no significa que Bitcoin la haya aprobado. El propio repositorio advierte expresamente que publicar un BIP no implica que sea una buena idea, que exista consenso o que vaya a adoptarse. Es un mecanismo para documentar propuestas, no un parlamento y mucho menos un boletín oficial.

    BIP-110 establecía una vía de activación peculiar. Los mineros podían señalar su apoyo mediante el bit 4 y, si al menos 1.109 de los 2.016 bloques de un período —el 55 %— lo hacían, la propuesta quedaría encaminada hacia la activación. Pero si ese apoyo no aparecía, el mecanismo no se detenía: al llegar al bloque 961.632, los nodos que ejecutaban BIP-110 comenzarían a rechazar todos los bloques que no señalizaran la propuesta.

    Es decir, el 55 % era la vía amable. Si no se alcanzaba, llegaba la activación obligatoria para quienes hubieran instalado ese software.

    La aspiración era reproducir la lógica de una UASF, una user-activated soft fork: los usuarios, mediante sus nodos, endurecerían las reglas y obligarían a los mineros a adaptarse para no perder el mercado. Sus defensores invocaban el precedente de SegWit en 2017.

    Pero un ultimátum solo funciona cuando detrás existe suficiente peso económico. De lo contrario, no se obliga a nadie: uno simplemente se marcha solo.

    Los mineros respondieron arriesgando su propio dinero

    Antes del inicio de la fase obligatoria, apenas 51 de los 2.016 bloques del período anterior habían señalizado BIP-110: alrededor del 2,53 %. Era una distancia abismal respecto del 55 % previsto.

    Al llegar el bloque 961.632, los nodos BIP-110 cumplieron su amenaza y comenzaron a rechazar los bloques sin señalización. La red se dividió. Roughnecks consiguió minar los bloques 961.632 y 961.633 en la rama BIP-110 utilizando el sistema DATUM de OCEAN. Después, la cadena quedó prácticamente inmóvil.

    Bitcoin continuó produciendo bloques con normalidad. La rama BIP-110, en cambio, había heredado la dificultad de minería de Bitcoin —127,48 billones en ese momento—, pero sin heredar su potencia de cómputo. Como la dificultad solo se reajusta al completar 2.016 bloques, la cadena minoritaria quedó atrapada: necesitaba minar casi un período entero con una fracción diminuta del hashrate antes de poder obtener algún alivio.

    Roughnecks terminó suspendiendo sus operaciones y recomendando a los demás mineros detenerse. Para el 10 de agosto, la cadena principal llevaba ya más de doscientos bloques de ventaja, mientras la rama BIP-110 seguía detenida después de sus dos primeros bloques.

    ¿Significa esto que los mineros gobiernan Bitcoin?

    No exactamente.

    Los mineros no pueden imponer a un nodo un bloque que ese nodo considere inválido. Si mañana decidieran crear 50 millones de bitcoins, los nodos que conservasen el límite de 21 millones rechazarían esos bloques, aunque detrás estuviera el 100 % del hashrate. Los mineros producen candidatos a formar parte de la cadena; los nodos verifican que esos candidatos cumplan las reglas que ellos han decidido ejecutar.

    Pero BIP-110 no defendía una regla de Bitcoin frente a mineros que intentaban vulnerarla. Pretendía introducir una regla nueva y convertir en inválido lo que hasta entonces era válido.

    Frente a dos conjuntos incompatibles de reglas, los mineros tuvieron que elegir dónde invertir energía, equipos y tiempo. Casi todos eligieron la cadena que ya concentraba a los usuarios, los mercados, las billeteras, los exchanges, la liquidez y la infraestructura. No emitieron un decreto. Arriesgaron capital.

    En el diseño de Satoshi, la prueba de trabajo impide sustituir las consecuencias económicas por declaraciones políticas. El white paper explica que la cadena con mayor trabajo acumulado representa la secuencia respaldada por la mayor potencia de cómputo. Los participantes expresan su aceptación extendiendo bloques válidos y rehúsan extender los que consideran inválidos.

    BIP-110 proclamó una preferencia. Los mineros revelaron la suya pagando por ella.

    Los nodos tampoco son votos

    Durante la controversia se repitió que una determinada proporción de nodos apoyaba BIP-110. Pero contar nodos visibles no equivale a contar personas, monedas, actividad económica ni consentimiento.

    Crear muchos nodos es barato. Una sola persona puede operar cien; un exchange que procesa miles de millones puede utilizar unos pocos. El número bruto es vulnerable a ataques Sybil y no permite conocer quién utiliza realmente cada cadena, qué valor custodia, qué pagos recibe o qué software ejecutan los nodos que no son públicamente visibles.

    Un nodo no es una papeleta electoral. Es una frontera privada.

    Cada operador decide qué reglas aplicará a la información que recibe y qué cadena reconocerá como válida. Esa soberanía es real, pero tiene un alcance preciso: permite decidir qué acepta uno mismo, no qué deben aceptar los demás.

    Los nodos BIP-110 fueron completamente soberanos. Nadie los censuró, clausuró ni obligó a ejecutar Bitcoin Core. Rechazaron la cadena principal y continuaron con las reglas que preferían. Lo que no podían hacer era transformar su decisión individual en una obligación colectiva.

    Esa es la diferencia entre soberanía y poder.

    Ejecutar un nodo garantiza el derecho a decir: “esto no es Bitcoin para mí”. No garantiza que el mercado responda: “entonces tampoco lo será para nosotros”.

    ¿Y la comunidad?

    La comunidad no votó en una asamblea porque Bitcoin carece de una comunidad jurídicamente representable. No existe un padrón de bitcoiners, una autoridad electoral ni una definición autorizada de pertenencia.

    La comunidad se manifestó de la única manera compatible con una red voluntaria:

    • algunos desarrolladores escribieron y revisaron código;
    • algunos operadores instalaron BIP-110;
    • otros conservaron sus reglas anteriores;
    • los mineros asignaron su hashrate;
    • los usuarios mantuvieron sus fondos y su actividad en la cadena que consideraron Bitcoin;
    • las empresas, billeteras y mercados decidieron qué red continuarían soportando;
    • y nadie pudo obligar a los demás a acompañarlo.

    El resultado agregado de esas decisiones fue devastador para BIP-110. No porque una autoridad lo prohibiera, sino porque casi nadie con capacidad económica suficiente decidió seguirlo.

    Eso también explica por qué la comparación con la activación de SegWit en 2017 era incompleta. Una UASF no posee poderes mágicos. Puede coordinar expectativas cuando ya existe una coalición económica considerable y cuando los mineros creen que ignorarla les hará perder bloques, ingresos y clientes. BIP-110 intentó utilizar el mismo mecanismo sin haber construido previamente ese consenso.

    Confundió la herramienta con la fuerza que debía sostenerla.

    El mercado del espacio de bloque

    Desde una mirada libertaria, el problema de fondo aparece en la pretensión de determinar centralmente cuáles son los usos correctos de un recurso escaso.

    El espacio de bloque tiene un precio. Quien desea utilizarlo debe competir con otros usuarios mediante comisiones. Los mineros deciden qué transacciones incluir, dentro de las reglas aceptadas por la red, porque asumen el coste de producir el bloque. Los operadores de nodos pueden establecer políticas de retransmisión, filtrar lo que no quieren propagar y elegir libremente qué software ejecutar.

    Es posible que las inscripciones sean frívolas. También es posible que resulten desagradables, inútiles o perjudiciales para la experiencia de quienes quieren utilizar Bitcoin exclusivamente como dinero. Pero el liberalismo no consiste en reemplazar las preferencias del planificador estatal por las preferencias de un comité de guardianes monetarios.

    Si una transacción respeta las reglas vigentes y paga el precio requerido por el espacio que consume, excluirla exige algo más que afirmar que su finalidad es indigna.

    Los defensores de BIP-110 podían proponer otras políticas, desarrollar filtros, abaratar la operación de nodos, persuadir a los mineros, construir herramientas alternativas o convencer a una mayoría económica de modificar las reglas. Lo que no podían hacer era invocar “la verdadera misión de Bitcoin” como título de propiedad sobre un protocolo que nadie posee.

    Bitcoin no pertenece a quienes mejor interpretan a Satoshi.

    El fracaso que confirmó el diseño

    La rama BIP-110 no fue técnicamente silenciada. Fue libre de existir y, precisamente por eso, quedó obligada a demostrar cuánto respaldo real tenía. Sus partidarios pudieron escribir el código y los nodos pudieron ejecutarlo. Los mineros pudieron dedicarle potencia y los usuarios pudieron atribuir valor a sus monedas. Los mercados pudieron reconocerlas y casi ninguno lo hizo en una escala suficiente.

    Ese desenlace no demuestra que los mineros sean soberanos, que la mayoría siempre tenga razón ni que Bitcoin jamás deba modificar sus reglas. Demuestra algo más austero: en un sistema sin autoridad central, una modificación controvertida solo prevalece cuando consigue coordinar a quienes validan, producen, utilizan y valoran la red.

    Los nodos custodian sus propias reglas. Los mineros aportan trabajo y seguridad. Los usuarios y mercados atribuyen valor económico. Ningún grupo gobierna por separado y ninguno puede sustituir indefinidamente a los demás.

    BIP-110 quiso rescatar Bitcoin mediante una prohibición temporal. Bitcoin respondió sometiendo esa prohibición a la competencia.No hubo policía, regulador ni tribunal. No hubo que expulsar a sus promotores ni impedirles bifurcar el código. Se les permitió probar su tesis con sus propios nodos, su propio hashrate y su propio dinero.

    La cadena avanzó dos bloques y se detuvo. Probablemente no exista un epitafio más satoshiano para una idea que creyó poseer más consenso del que realmente tenía.

  • El Sol doblará la luz de las estrellas durante el eclipse (y podremos comprobarlo)

    El Sol doblará la luz de las estrellas durante el eclipse (y podremos comprobarlo)

    Mirar hacia arriba es un recurso fenomenal para hacernos conscientes de la gravedad. Su efectos sobre los cuerpos con masa se aprecian bien cuando seguimos el vuelo de una pelota o trazamos la órbita de un planeta. Pero la gravedad, sorprendentemente, también actúa sobre lo que no pesa, sobre la luz, nada más y nada menos. Tanto es así que puede curvarla. Muy pronto, un eclipse de Sol nos permitirá ser testigos de ese desconcertante efecto.

    Los fotones por un carril trazado

    Las escurridizas partículas que componen la luz, los fotones, no escapan a la acción gravitatoria,

    Se debe a que, como nos dijo Einstein la gravedad es la manifestación de la curvatura del espacio-tiempo. Esa curvatura la producen y la acentúan la masa y la energía que contiene el propio tejido del universo.

    Eso obliga a todas las partículas a seguir una suerte de trayectorias que no son exactamente rectas, como si viajaran entre raíles, las llamadas geodésicas. Son líneas que se pegan al espacio-tiempo tratando de hacer los caminos de las partículas lo más eficientes posibles.

    Curiosamente la gravedad es capaz de curvar cualquier fotón. Y esto abre un enorme abanico de posibilidades en astrofísica. Pero nos vamos a centrar en la luz visible.

    El camino de la luz desde una estrella lejana

    Pensemos en un fotón proveniente de una estrella lejana que, por fortuna, llega hasta nosotros sin toparse con ningún obstáculo. No es descabellado: el espacio típico entre estrellas es 10 trillones de veces menos denso que nuestra atmósfera. Además, sabemos que hay un número inconcebible de fuentes luminosas ahí fuera. Por esos dos motivos, existe una barbaridad de fotones en el universo capaces de recorrer (muchos) años luz (o billones de kilómetros) sin inmutarse.

    El punto de llegada del fotón puede ser un sofisticado telescopio haciendo complejas tareas de investigación astronómica. Pero también puede jugar ese papel nuestro propio ojo al desnudo.

    Pensemos ahora en una estrella que manda directamente hacia nosotros fotones que nos llegan cada noche. La fuente estelar emite en todas direcciones. No obstante, una pequeña desviación angular, una mínima apertura, condenaría al fotón a escapar hacia otros lugares del universo y no nos alcanzaría. Esa estrella pasaría a ser invisible para nosotros.

    Pero ¿y si la gravedad consigue rectificar esa desviación inicial y dobla la trayectoria del fotón?

    Para que eso suceda, el fotón debe pasar cerca de una concentración de masa lo suficientemente densa y compacta. El efecto es como si un cuerpo con mucha masa tirase de la luz, a la manera de una fuerza. Aunque ya hemos dicho que en realidad es la curvatura del espacio-tiempo y no una fuerza la que causa esa desviación.

    En el escenario del próximo eclipse, esa concentración de masa es el Sol.

    Necesitamos oscuridad

    Es obvio, por otro lado, que para ver bien las estrellas necesitamos que el cielo esté oscuro, y eso generalmente ocurre de noche. En ese momento del día, el Sol no está en medio de la línea de visión que nos une con la estrella que queremos observar. Por tanto, la luz que nos llega de esa fuente en principio no se ha torcido por efecto de la masa del Sol. Esa luz habrá seguido una línea de esas relativistas que reemplazan a las rectas.

    Entonces, ¿es posible conjugar esas dos condiciones, es decir, tener el Sol frente a nosotros y un cielo oscuro?

    ¡Sí lo es! De hecho, eso sucede justamente durante un eclipse. La Luna, al interponerse entre el Sol y nosotros con precisión sideral, oscurece el cielo de forma significativa. Esto nos permite registrar la posición aparente y momentánea de la estrella y estimar la desviación. Y así podremos concluir que la luz se ha doblado de verdad. Pero para ello se necesita completar una tarea previa: averiguar dónde se encontraba la estrella antes del eclipse.

    Ya sabemos que no se nos da muy bien determinar de día la posición de fuentes luminosas como las estrellas. Sencillamente no podemos distinguir la luz que nos llega de ellas de la que nos llega de nuestro Sol. Así que, con anterioridad, hay que medir la posición habitual de la estrella de noche y volver a “cazarla” durante el eclipse. Por supuesto, ese registro inicial de posición se habrá hecho previamente en una noche con buena visibilidad para hacer observaciones astrofísicas.

    Qué ocurre durante el eclipse

    Durante el eclipse, el astro rey, con su significativa masa, curva el espacio tiempo en su vecindad. Esa curvatura hace que el fotón que viaja desde la estrella situada detrás describa una trayectoria que asemeja un arco. Pero nuestro ojo no sabe que el fotón procede de detrás del Sol: interpreta que ha seguido un camino recto como el de cualquier otro cuanto de luz. Así que el astrónomo –amateur o no– encargado de cartografiar la posición de la estrella emisora dirá que está desplazada hacia un lado respecto a su posición habitual.

    Conviene retomar la idea de que todos los fotones pueden sufrir desviaciones de su trayectoria por efecto de objetos compactos que se interpongan en su camino. Bajo el paraguas de ese efecto, el de lente gravitacional, surge una astrofísica muy potente.

    Las lentes gravitacionales van más allá de reposicionar o incluso duplicar galaxias o estrellas: revelan también cómo está distribuida la materia, incluida la materia oscura. Además, funcionan como gigantescos telescopios cósmicos que magnifican el universo lejano. Así nos permiten ver objetos que sin ellas permanecerían invisibles y también dan acceso a etapas del universo admirablemente tempranas.

    La primera vez que se observó durante un eclipse que la desviación de la luz era perfectamente compatible con la predicción de Einstein, hace más de un siglo, se produjo un histórico momento wow y comenzó una revolución científica. En el próximo eclipse de agosto de 2026, nos corresponde a nosotros escribir nuestra historia, una con eclipses y luces fantásticas.

    Ruth Lazkoz, Catedrática de Física Teórica, Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea

    Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

  • Coldcard: la cerradura falló, no la propiedad

    Coldcard: la cerradura falló, no la propiedad

    El reciente incidente de Coldcard golpeó en uno de los lugares más sensibles del ecosistema Bitcoin: la confianza.

    Durante años, la autocustodia fue presentada como la respuesta más sólida frente al riesgo de exchanges, bancos, intermediarios y custodios capaces de congelar, perder o apropiarse de fondos ajenos. “Si no son tus claves, no son tus monedas” (Not your keys, not your coins) condensó una verdad esencial: quien controla las claves controla los bitcoin.

    Por eso, cuando una herramienta creada precisamente para proteger esas claves falla, el impacto psicológico es profundo. No se pierde solamente dinero. Se resquebraja la sensación de seguridad construida durante años.

    Pero conviene describir correctamente lo ocurrido.

    Coldcard no tenía depositados los bitcoin de sus usuarios. Tampoco un atacante tomó el control de una entidad centralizada desde la cual pudiera ordenar transferencias. El problema estuvo en la generación de determinadas semillas: algunas fueron creadas con una entropía insuficiente, es decir, con menos imprevisibilidad de la que los usuarios creían tener.

    Las palabras parecían aleatorias, pero podían haber sido seleccionadas dentro de un universo de combinaciones mucho más reducido. Un atacante que comprendiera el defecto podía reconstruir candidatos, derivar las direcciones correspondientes y compararlas con la información pública de la blockchain hasta encontrar coincidencias.

    Fue una falla gravísima. Para quienes perdieron sus ahorros, la distinción técnica no reduce el daño. Pero sí importa para comprender qué ocurrió y qué no ocurrió. No fue una refutación de Bitcoin ni una ruptura de su criptografía. Y menos aún, una demostración de que la autocustodia sea ficticia.

    Fue una cerradura defectuosa.

    Si fuerzan la cerradura de una casa, la casa no deja de ser propiedad de su dueño. Lo que falló fue el mecanismo utilizado para protegerla.

    Autocustodia no significa infalibilidad

    Parte de la confusión proviene de haber atribuido a la autocustodia una promesa que nunca podía cumplir: la eliminación absoluta del riesgo.

    Autocustodia significa que el propietario controla las claves y que ningún intermediario puede disponer legítimamente de sus fondos. No significa que el software sea perfecto, que el hardware no pueda fallar, que una semilla no pueda generarse incorrectamente ni que el usuario quede exento de cometer errores.

    La autocustodia no elimina la confianza. La redistribuye y la reduce.

    En lugar de confiar plenamente en un banco o en un exchange, confiamos parcialmente en un dispositivo, en un código, en un proceso de generación de claves, en nuestra capacidad para conservar un respaldo y en el protocolo que permite verificarlo todo.

    La diferencia sigue siendo decisiva: una hardware wallet no mantiene una promesa de pago contra nosotros. No administra una cuenta en nuestro nombre. No puede suspender unilateralmente una retirada porque cambió una regulación, recibió una orden gubernamental o se quedó sin liquidez.

    Pero ninguna herramienta creada por seres humanos puede prometer ausencia total de errores.

    Trezor está escrito por humanos. Ledger está escrito por humanos. Coldcard está escrito por humanos. Bitcoin Core también.

    La respuesta racional no es buscar una herramienta escrita por dioses incapaces de equivocarse. Es construir sistemas en los que el error de una sola persona, empresa o implementación no pueda destruirlo todo.

    La lección no es volver al custodio

    Después de una pérdida, el miedo empuja hacia soluciones aparentemente más simples: dejar los bitcoin en un exchange, comprar una participación en un ETF o confiar nuevamente en un tercero.

    Ese movimiento puede reducir ciertos riesgos técnicos, pero no elimina el riesgo. Lo traslada.

    Al delegar la custodia, aparecen nuevamente la contraparte, el congelamiento, la insolvencia, la intervención estatal, la vigilancia, las limitaciones de retirada y la dependencia de reglas que el usuario no controla.

    Por eso es peligroso convertir una vulnerabilidad concreta en propaganda contra toda la autocustodia. Quien no conoce las diferencias puede concluir que controlar sus propias claves es una fantasía y que la única opción razonable consiste en volver a intermediarios.

    Sería una conclusión equivocada y, además, una derrota cultural.

    La lección seria es más exigente: tener las claves es una condición necesaria, pero no suficiente. También importa cómo fueron generadas, dónde se almacenan, cómo se respaldan, qué dispositivo las utiliza y qué procedimiento existe para recuperarlas.

    La evolución mediante errores

    Aquí aparece una idea profundamente ligada al orden espontáneo del que hablamos siempre los entusiastas de la Escuela Austríaca de Economía.

    La evolución no es un proceso limpio, lineal ni diseñado de antemano por una inteligencia superior. Es un proceso de variación, error, selección, aprendizaje y adaptación.

    En un orden espontáneo, nadie posee todo el conocimiento necesario para diseñar desde arriba la solución perfecta. Distintos desarrolladores prueban arquitecturas diferentes. Usuarios comparan herramientas. Investigadores revisan código. Atacantes descubren debilidades. Fabricantes corrigen errores. Nuevos proyectos incorporan las lecciones aprendidas.

    Ese proceso puede ser cruel porque el conocimiento no siempre llega antes que el daño. A veces una vulnerabilidad se descubre en una auditoría. Otras veces se descubre porque alguien pierde sus ahorros.

    Las pérdidas personales no deben romantizarse ni presentarse como un precio abstracto del progreso. Detrás de cada dirección vaciada puede haber años de trabajo, sacrificios, jubilaciones, proyectos familiares y seguridad futura.

    Pero tampoco debemos ignorar lo que el proceso descentralizado produce después del fracaso.

    Una vez identificado un defecto, el conocimiento deja de pertenecer únicamente a quien lo descubrió. Se difunde por toda la comunidad. Otros fabricantes revisan sus generadores aleatorios. Los usuarios aprenden qué significa entropía. Los desarrolladores incorporan pruebas adicionales. Se reconsidera la dependencia de una sola implementación. Se extienden prácticas como el uso de dados, semillas generadas independientemente, firmantes de distintos fabricantes y configuraciones multisig.

    El error localizado puede producir una mejora general.

    Ese es el orden espontáneo: millones de decisiones, advertencias, correcciones e innovaciones que nadie dirige desde un centro, pero que elevan gradualmente el estándar de todo el ecosistema.

    No avanza porque alguien diseñó el futuro perfecto. Avanza porque los errores dejan información y porque otros tienen libertad para aprender de ellos.

    No confundir diversificación con complejidad

    La reacción inmediata ante Coldcard puede ser repartir los fondos entre cinco wallets, tres dispositivos, dos teléfonos, placas metálicas y un multisig cuya recuperación nadie ha practicado.

    Eso también puede ser peligroso.

    La diversificación reduce el riesgo de un único fallo tecnológico, pero aumenta el riesgo humano. Cada nueva seed implica un nuevo respaldo, una nueva ubicación, un nuevo procedimiento y una nueva oportunidad de confusión.

    Una arquitectura simple y comprendida puede ser más segura que una estructura sofisticada que el propietario no sabe reconstruir.

    Para muchas personas, el paso razonable no será abandonar su hardware wallet actual ni construir de inmediato un sistema 3-de-5. Será conservar una parte en el dispositivo conocido y trasladar otra parte, lentamente, hacia una segunda arquitectura independiente.

    La idea central debería ser no confiar ciegamente en una sola herramienta, pero tampoco destruir una configuración conocida por pánico a un fallo hipotético.

    La seguridad debe crecer al mismo ritmo que el conocimiento del usuario.

    Cómo puede responder la comunidad

    Una comunidad que solo repite “debiste investigar mejor” después de una pérdida no está defendiendo la responsabilidad individual. Está confundiendo responsabilidad con abandono.

    La autocustodia implica asumir riesgos, pero una cultura de libertad no exige indiferencia frente a la desgracia ajena.

    Podrían desarrollarse varias respuestas comunitarias.

    La primera sería un fondo voluntario de asistencia para víctimas verificadas. No una garantía universal ni un rescate obligatorio, sino una estructura financiada mediante donaciones, aportes de empresas, desarrolladores, mineros y usuarios. Su objetivo no tendría que ser reembolsar automáticamente todas las pérdidas, algo probablemente imposible, sino ayudar en casos extremos, financiar análisis forense y sostener a personas que hayan perdido la totalidad de sus ahorros.

    La segunda sería exigir responsabilidad económica a los fabricantes. Las empresas que venden seguridad como producto podrían constituir fondos de contingencia, contratar seguros específicos o comprometer parte de sus ingresos futuros a compensaciones cuando exista negligencia técnica comprobada. Ampliando este punto, podrían surgir mercados privados de aseguramiento para fallos de software, firmware o generación de claves. Aseguradoras independientes podrían evaluar dispositivos, cobrar primas según su nivel de riesgo y responder ante vulnerabilidades técnicas comprobadas, sin custodiar los fondos ni conocer las seeds. Incluso los fabricantes podrían aportar voluntariamente una parte de cada venta a fondos de compensación separados de la empresa. La prima, la cobertura y hasta la negativa a asegurar un producto se convertirían así en información valiosa para los usuarios; no sería una garantía de perfección, sino una señal económica de cuánto riesgo está dispuesto a respaldar con su propio capital quien afirma que una herramienta es segura.

    La tercera sería crear equipos abiertos de respuesta a incidentes. Investigadores, especialistas en privacidad, desarrolladores y analistas de blockchain podrían coordinarse para identificar rápidamente wallets afectadas, publicar instrucciones claras y evitar que el vacío informativo sea ocupado por estafadores.

    La cuarta sería ofrecer acompañamiento gratuito para migraciones. Después de un incidente, muchas pérdidas adicionales ocurren por el pánico: usuarios que introducen su seed en una página falsa, envían fondos a una dirección equivocada o destruyen respaldos antes de completar la migración. Talleres, documentación sencilla y sesiones comunitarias podrían reducir ese segundo daño.

    La quinta sería desarrollar un sello voluntario de prácticas mínimas para hardware wallets. No una licencia estatal ni una certificación que pretenda garantizar perfección, sino estándares abiertos sobre generación de entropía, compilaciones reproducibles, auditorías, divulgación responsable y pruebas de recuperación.

    Y, sobre todo, debería cambiar la cultura de comunicación.

    Los expertos con grandes audiencias tienen una responsabilidad especial. Deben advertir sin exagerar, explicar sin humillar y distinguir entre una vulnerabilidad concreta y una condena general de la autocustodia.

    El miedo atrae atención. La precisión construye confianza.

    Recuperar la confianza sin volver a la ingenuidad

    La respuesta no puede ser fingir que no ocurrió nada. Coldcard debe explicar, asumir responsabilidades y ofrecer toda la información posible. Los usuarios deben revisar procedimientos. Otros fabricantes deben auditar sus propios sistemas. Y la comunidad debe abandonar la comodidad de pensar que “open source” equivale automáticamente a “auditado y seguro”.

    Pero tampoco podemos permitir que una tragedia concreta destruya una de las innovaciones más importantes de Bitcoin: la posibilidad de poseer un activo digital sin pedir permiso y sin depender de la solvencia o benevolencia de un intermediario.

    La confianza futura no debe parecerse a la confianza anterior.

    Antes, muchos confiaban en una marca. Después de este incidente, deberíamos confiar más en procesos verificables, diversidad de implementaciones, pruebas de recuperación, respaldos independientes y conocimiento compartido. Eso es progreso.

    No consiste en regresar a la ingenuidad, sino en salir de ella con mejores herramientas.

    Las personas que perdieron sus ahorros merecen apoyo, respuestas y, cuando corresponda, reparación. No deben ser convertidas en simples ejemplos técnicos ni culpabilizadas por haber confiado en un producto cuya función esencial era generar y proteger claves seguras.

    Pero honrar esas pérdidas también exige aprender de ellas.

    Abandonar la autocustodia no devolverá los fondos perdidos. Solo devolverá el poder a los intermediarios. La respuesta más valiosa es construir una comunidad menos dogmática, más preparada y más solidaria; una comunidad capaz de reconocer que la libertad implica riesgos, pero también cooperación, responsabilidad y aprendizaje colectivo.

    Una herramienta falló. La libertad y la cooperación libre y voluntaria, no.

  • Anthropic y el mito de que el copyright salvó a los autores

    Anthropic y el mito de que el copyright salvó a los autores

    La noticia recorrió el mundo con un mensaje aparentemente simple: Anthropic pagará 1.500 millones de dólares a miles de autores por utilizar libros pirateados para entrenar su inteligencia artificial y muchos interpretaron el caso como una victoria del copyright. Otros, como una derrota de la inteligencia artificial.

    Sin embargo, desde una perspectiva libertaria, esa lectura pasa por alto lo más interesante.

    El verdadero debate no es si la IA puede aprender de un libro. El debate es si las ideas pueden ser objeto de propiedad de la misma manera que una casa, un automóvil o un terreno. Y esa diferencia cambia completamente la forma de entender el caso.

    La propiedad existe porque existe la escasez

    Uno de los aportes más importantes de la Escuela Austríaca es haber explicado que la propiedad surge para resolver conflictos sobre bienes escasos. Dos personas no pueden utilizar simultáneamente el mismo automóvil, ni vivir al mismo tiempo en la misma casa.

    La propiedad establece quién decide sobre esos recursos precisamente porque son escasos.

    Las ideas funcionan de otra manera.

    Si leo una novela, el autor no deja de tenerla, o si aprendo una teoría económica, su creador no la pierde. Si una inteligencia artificial analiza millones de textos, esos textos siguen existiendo exactamente igual que antes.

    El conocimiento no desaparece cuando alguien más lo incorpora.

    Por eso muchos académicos libertarios, especialmente Stephan Kinsella, sostienen que hablar de «propiedad intelectual» resulta conceptualmente problemático. No porque el trabajo creativo carezca de valor, sino porque las ideas no presentan la escasez física que justifica la existencia de derechos de propiedad.

    El problema nunca fue que Claude aprendiera

    La cobertura periodística suele dar la impresión de que Anthropic fue condenada por permitir que Claude aprendiera leyendo libros.

    No fue eso lo que ocurrió.

    Lo realmente cuestionado fue que la empresa construyera una enorme biblioteca utilizando copias obtenidas desde repositorios piratas.

    Aquí aparece una diferencia fundamental.

    Una cosa es aprender y otra muy distinta es la forma en que se obtiene aquello de lo que se aprende.

    Desde una visión libertaria, la discusión no debería centrarse en prohibir el aprendizaje de una inteligencia artificial. Sería tan absurdo como exigir que un ser humano pague una licencia cada vez que recuerda una idea leída hace veinte años. La cuestión relevante es si alguien obtuvo esos materiales respetando los derechos sobre los bienes físicos, los contratos y los acuerdos voluntarios existentes.

    El copyright no resolvió el problema

    Muchos presentaron el acuerdo como una demostración de que el sistema de copyright funciona, pero lo cierto es que los hechos son bastante menos concluyentes.

    El pago de 1.500 millones de dólares surgió porque existía un enorme riesgo judicial dentro del sistema estadounidense de propiedad intelectual.

    No fue un precio descubierto espontáneamente por el mercado y tampoco fue una negociación entre iguales que buscaban cooperar. Fue un acuerdo alcanzado bajo la amenaza de una eventual condena mucho mayor.

    Eso no significa que el resultado haya sido malo.

    Significa que no constituye una prueba de que el copyright sea la institución ideal para resolver estos conflictos. De hecho, el propio caso demuestra otra cosa mucho más interesante.

    Lo que realmente apareció fue un mercado

    Las empresas de inteligencia artificial necesitan enormes cantidades de información para entrenar sus modelos; y por otro lado los autores quieren ser remunerados por el uso de sus obras. Las editoriales poseen catálogos completos y los archivos digitales administran millones de textos.

    Todos tienen incentivos para llegar a acuerdos.Y cuando existen incentivos para cooperar, aparece el mercado. No hace falta que el Estado determine cuánto vale cada libro para entrenar una IA como tampoco hace falta una tarifa universal.

    No hace falta una agencia que autorice previamente cada modelo. Basta con que existan derechos claramente definidos sobre los recursos físicos y libertad para contratar.

    Un desarrollador puede comprar una biblioteca, puede licenciar un catálogo editorial, puede celebrar acuerdos con miles de autores, puede utilizar obras de dominio público o puede remunerar mediante suscripciones o pagos por acceso. Puede incluso crear plataformas donde cada autor decida voluntariamente si desea participar y bajo qué condiciones.

    Todas esas soluciones nacen de contratos, no de regulaciones.

    La innovación tampoco justifica cualquier medio

    Ahora bien, reconocer que el mercado ofrece mejores respuestas no significa convertir a la innovación en un privilegio.

    Algunos sostienen que, como la inteligencia artificial generará enormes beneficios para la humanidad, debería poder utilizar cualquier contenido sin restricciones. Ese argumento tampoco resulta compatible con una visión libertaria.

    La libertad económica nunca ha significado que los fines justifiquen los medios. Una empresa no adquiere un derecho especial simplemente porque desarrolla una tecnología revolucionaria y si obtiene información incumpliendo contratos, vulnerando sistemas de acceso o apropiándose de recursos ajenos, deberá responder por esas conductas, pero no porque las ideas sean propiedad, sino porque los contratos y la propiedad sobre los bienes materiales siguen existiendo.

    El gran error sería prohibir el aprendizaje

    El peor resultado posible sería interpretar este caso como una invitación a exigir autorización previa para todo entrenamiento de inteligencia artificial, porque eso transformaría el aprendizaje en una actividad regulada. Cada nuevo modelo necesitaría negociar millones de permisos individuales por lo que los costos de transacción serían gigantescos.

    Paradójicamente, sólo podrían sobrevivir las empresas más grandes, precisamente aquellas con recursos suficientes para mantener departamentos jurídicos dedicados exclusivamente a negociar licencias. La regulación terminaría consolidando los monopolios que supuestamente pretende limitar.

    La respuesta libertaria mira hacia otro lado

    El mercado lleva siglos resolviendo problemas de coordinación sin necesidad de un plan central y la inteligencia artificial probablemente no sea la excepción.

    Lo más probable es que veamos surgir nuevos mercados de licencias, plataformas de contratación, catálogos especializados, sistemas de suscripción y acuerdos entre desarrolladores y titulares de contenidos. No porque una ley lo imponga, sino porque ambas partes tienen incentivos para cooperar.

    Esa evolución sería mucho más interesante que ampliar indefinidamente el alcance del copyright, porque desplaza la discusión desde el monopolio legal sobre las ideas hacia algo mucho más compatible con una sociedad libre: la contratación voluntaria.

    La verdadera enseñanza del caso

    Muchos celebran el acuerdo de Anthropic como un triunfo del copyright, pero quizá la lección sea exactamente la contraria.

    El conflicto terminó resolviéndose cuando las partes encontraron un precio para cerrar una disputa concreta, no cuando el Estado decidió cómo debía funcionar toda la industria. Eso no demuestra que el copyright sea indispensable, lo que demuestra es que, incluso dentro de un sistema jurídico imperfecto, los incentivos económicos siguen empujando hacia soluciones negociadas.

    Y si el futuro de la inteligencia artificial termina construyéndose sobre contratos libres entre autores, editoriales y desarrolladores, el protagonista de esta historia no habrá sido el copyright.

    Habrá sido el mercado.

  • La escasez en Bitcoin

    La escasez en Bitcoin

    En los últimos días volvió a aparecer una discusión interesante: ¿es mejor invertir en Bitcoin o en empresas de inteligencia artificial? Muchos analistas responden mirando gráficos, balances o valoraciones. Si las acciones de IA están demasiado caras, concluyen que quizá Bitcoin tenga hoy un mayor recorrido.

    Es un análisis válido, pero creemos que deja afuera la cuestión más importante.

    Desde la Escuela Austríaca, el verdadero debate no es cuál activo puede subir más el año que viene. La pregunta es otra: ¿qué clase de bien económico estamos comparando?

    Y ahí aparece una diferencia enorme: la escasez en Bitcoin.

    La escasez no da valor… pero sin escasez no hay valor

    Una de las ideas más malinterpretadas de la economía es creer que algo vale porque es escaso.

    No.

    Si mañana encontráramos una piedra única en todo el universo, pero a nadie le interesara tenerla, seguiría siendo extraordinariamente escasa… y no valdría prácticamente nada.

    Los austríacos llevan más de un siglo explicando que el valor nunca está dentro de las cosas. El valor nace en la mente de las personas.

    Somos nosotros quienes decidimos qué bienes nos ayudan a alcanzar nuestros fines, y esa valoración subjetiva es la que termina formando los precios.

    Pero esa explicación suele hacer que olvidemos la otra mitad de la historia que dice que para que exista un bien económico primero debe existir escasez. Si algo puede obtenerse en cantidades ilimitadas respecto de nuestras necesidades, deja de ser objeto de elección. Nadie economiza el aire que respira, pero sí una botella de agua en medio del desierto.

    La escasez no crea el valor, simplemente hace posible que exista.

    Bitcoin y la inteligencia artificial no juegan el mismo juego

    Aquí aparece la verdadera diferencia. Las empresas de inteligencia artificial compiten en un mercado abierto, hoy domina una, pero mañana puede aparecer otra mejor. Dentro de cinco años quizá ninguna de las actuales siga liderando el sector. Y eso no significa que sean malas inversiones, al contrario, algunas podrán crear enorme riqueza.

    Pero siempre existirán nuevas empresas, nuevos competidores y nuevas tecnologías intentando reemplazar a las anteriores. Ese proceso competitivo es precisamente lo que hace funcionar al mercado.

    Pero Bitcoin pertenece a otra categoría ya que no es una empresa, por lo tanto no depende de un director ejecutivo ni presenta balances trimestrales. Y, sobre todo, nadie puede crear más bitcoin para competir con los ya existentes. Podrán aparecer diez mil criptomonedas nuevas o podrán desarrollarse tecnologías superiores para muchas cosas, pero ninguna de ellas aumenta la cantidad de bitcoin. Eso es lo realmente extraordinario.

    La utilidad marginal también importa

    Carl Menger explicó que las personas ordenamos nuestras necesidades según la importancia que les damos.

    La primera unidad de un bien suele satisfacer un fin más importante que la segunda, y ésta más que la tercera. Por eso hablamos de utilidad marginal.

    Con Bitcoin sucede algo curioso.

    Muchas personas valoran cada satoshi precisamente porque saben que forma parte de una cantidad máxima conocida y que nadie puede alterar discrecionalmente.

    Si mañana el protocolo permitiera emitir otros veinte millones de bitcoin, probablemente la valoración subjetiva que millones de personas hacen de cada unidad cambiaría, pero no porque hubiera cambiado la tecnología o porque Bitcoin hubiera dejado de funcionar, sino porque habría desaparecido una de las características que hacía que tantas personas lo consideraran un buen vehículo para preservar valor.

    No es una cuestión de precio

    Aquí es donde, creemos, suele perderse el debate. No sabemos si una inversión en Bitcoin subirá más que una inversión en las empresas de inteligencia artificial. Nadie puede saberlo como tampoco sabemos qué compañía dominará ese mercado dentro de diez años.

    Pero lo que sí sabemos es que ambas cosas responden a lógicas completamente distintas.

    Las empresas de IA seguirán naciendo mientras existan emprendedores capaces de crear mejores productos. Esa abundancia potencial forma parte de su naturaleza.

    Bitcoin, en cambio, no puede reproducirse. Y esa imposibilidad de ampliar su oferta también forma parte de su naturaleza.

    La escasez de Bitcoin

    Quizá la comparación nunca debió ser inversión en «Bitcoin versus inteligencia artificial». Una empresa de IA puede convertirse en una inversión extraordinaria, pero también puede desaparecer, ser comprada o quedar obsoleta.

    Bitcoin ofrece otra cosa en cambio; no ofrece beneficios ni garantiza rentabilidad. Ni siquiera asegura que su precio vaya a subir.

    Lo único que ofrece es una característica que ningún consejo de administración, ningún gobierno y ningún emprendedor puede modificar: una oferta absolutamente limitada y conocida de antemano, 21 millones de unidades inmodificable. Después, como enseñó Mises, serán las personas quienes decidan si esa característica merece ser valorada.

    Porque el valor nunca está en Bitcoin. Quizás esa sea la mayor enseñanza de la Escuela Austríaca. Bitcoin no es valioso porque sea escaso. Es valioso únicamente para quienes consideran que su escasez les ayuda a alcanzar un fin que juzgan importante. La escasez no crea el valor; simplemente hace posible que las personas puedan atribuírselo.

  • Bitcoin no necesita que septiembre sea alcista

    Bitcoin no necesita que septiembre sea alcista

    En los últimos días circularon dos noticias que, a primera vista, parecen hablar de cosas completamente distintas. Por un lado, algunos analistas sostienen que el verdadero impulso alcista de Bitcoin podría comenzar en septiembre, apoyándose en patrones históricos, liquidez global y señales macroeconómicas.

    Por otro, una antigua ballena despertó después de siete años de inactividad para mover alrededor de 1.600 BTC, valuados en unos 188 millones de dólares. Inmediatamente aparecieron las especulaciones habituales: ¿va a vender?, ¿se viene una caída?, ¿es el comienzo de una distribución?

    Como siempre, el mercado reaccionó exactamente como suele hacerlo: mirando el precio.

    Pero quizá la pregunta correcta sea otra.

    El error de mirar Bitcoin como si fuera una acción

    La inmensa mayoría de los participantes entra a Bitcoin preguntándose cuánto puede subir.

    Los cypherpunks hicieron exactamente la pregunta inversa:

    ¿Por qué necesitamos una forma de dinero que ningún gobierno pueda controlar?

    Ese fue el origen de Bitcoin.

    No nació para ganarle al S&P 500, ni para convertirse en el activo de moda de Wall Street. Nació para resolver un problema político y monetario: permitir que dos personas intercambien valor sin pedir permiso a ningún tercero. El precio llegó después.

    Las ballenas van y vienen. El protocolo permanece.

    Cada cierto tiempo aparece una billetera inactiva que mueve cientos o miles de bitcoins y los medios lo presentan como un evento extraordinario.

    En realidad, demuestra justamente lo contrario.

    Esos bitcoins permanecieron inmóviles durante siete años. Nadie pudo confiscarlos. Nadie pudo congelarlos. Nadie necesitó autorización para moverlos cuando su propietario decidió hacerlo. Y eso no es una noticia sobre el precio, sino una demostración práctica de soberanía patrimonial.

    En cualquier sistema financiero tradicional, mantener un patrimonio inmóvil durante siete años depende de bancos, custodios, reguladores y jurisdicciones. En Bitcoin depende únicamente de quien posee las claves privadas.

    El mercado seguirá intentando adivinar el próximo movimiento

    Siempre existirán modelos que anuncien un mercado alcista para septiembre, diciembre o el próximo halving. Algunos acertarán y otros tantos no, porque el precio de corto plazo depende de miles de variables imposibles de conocer completamente: liquidez, tasas de interés, derivados, ETFs, geopolítica, regulación y, sobre todo, psicología colectiva.

    Convertir Bitcoin en un ejercicio permanente de predicción termina ocultando lo verdaderamente revolucionario que es.

    Si alguien compra únicamente porque espera un 30% de rentabilidad, probablemente venda cuando aparezca un -20%. Pero quien compra porque entiende el problema que Bitcoin resuelve, suele reaccionar exactamente al revés.

    El verdadero «bull market»

    Desde una mirada cypherpunk, el mercado alcista no comienza cuando el precio rompe un máximo histórico, sino que comienza cada vez que una persona comprende que puede ahorrar en un activo cuya emisión nadie puede alterar; cuando alguien aprende a autocustodiar sus monedas; cuando descubre que no necesita permiso para enviar valor a cualquier parte del mundo. O cuando entiende que las reglas del sistema no cambian porque un ministro firme un decreto o porque un banco central necesite financiar un déficit.

    Ese es el verdadero crecimiento de Bitcoin.

    El precio simplemente termina reflejándolo… tarde o temprano.

    Comprar por convicción, no por calendario

    Si septiembre resulta ser el inicio de un nuevo ciclo alcista, excelente. Si la ballena decide vender todos sus bitcoins, también será parte normal del mercado. Nada de eso modifica la razón por la que Bitcoin existe.

    Los especuladores seguirán preguntándose cuándo comprar.

    Un liberal que quiere proteger el fruto de sus decisiones económicas responde otra pregunta: ¿En qué otro sistema monetario puedo confiar más que en uno cuyas reglas no dependen de ningún gobernante?

    Mientras esa pregunta siga teniendo la misma respuesta, el precio será apenas una consecuencia. No la razón para estar aquí.

  • Mucho algoritmo y pocas humanidades: así se forman los creadores de IA

    Mucho algoritmo y pocas humanidades: así se forman los creadores de IA

    En los próximos años, los sistemas de inteligencia artificial (IA)influirán cada vez más en decisiones relacionadas con el empleo, la educación, la salud, la seguridad, la justicia o el acceso a servicios públicos.

    Los datos muestran un crecimiento espectacular de estas titulaciones. Desde que la Universidad Politécnica de Madrid y la Universidad del País Vasco pusieran en marcha los primeros grados específicos en Inteligencia Artificial en 2020, la oferta se ha expandido hasta alcanzar veinticinco universidades españolas en apenas seis años.

    Respuesta a la demanda del mercado

    La demanda laboral explica en gran medida este fenómeno. Empresas e instituciones buscan perfiles especializados capaces de diseñar algoritmos, desarrollar sistemas de aprendizaje automático o gestionar grandes volúmenes de datos.

    Pero las competencias que las empresas definen para este perfil incluyen adaptabilidad, aprendizaje continuo, IA aplicada, pensamiento crítico, inteligencia emocional, liderazgo colaborativo, gestión del conocimiento, comunicación, creatividad o ética tecnológica.

    ¿Está la formación alineada con estas demandas? ¿Cómo se están formando estos futuros profesionales?

    Apenas hay contenidos no técnicos

    Hemos investigado el contenido de los grados de Inteligencia Artificial en las universidades españolas y comprobado que apenas contienen formación en ética, filosofía, sociología o pensamiento crítico.

    Las materias humanísticas tienen poco peso en la formación de estos futuros profesionales de tecnologías con un impacto profundo en la vida de millones de personas.

    Al analizar los planes de estudio de estas titulaciones encontramos que la inmensa mayoría mantiene una orientación eminentemente técnico-científica. Matemáticas, programación, estadística, ciencia de datos o aprendizaje automático ocupan el núcleo de la formación. Las asignaturas relacionadas con la reflexión ética, social, legal o cultural aparecen de manera testimonial en muchos programas.

    De siete a dos asignatura humanística

    Algunas universidades destacan por incorporar una mayor presencia de contenidos humanísticos. La Universidad de Málaga, por ejemplo, incluye siete asignaturas vinculadas a cuestiones éticas, jurídicas o sociales en algunas de sus especilizaciones; la Universidad de Deusto incorpora seis; y otras instituciones como CUNEF, la Universidad del País Vasco, la Universidad Francisco de Vitoria o la Universidad Pontificia de Comillas cuentan con entre cuatro y cinco materias de este tipo.

    Sin embargo, en numerosas universidades la formación humanística se reduce a una o dos asignaturas, y en algunos casos apenas existe una materia relacionada con estas cuestiones a lo largo de toda la carrera. La presencia de las humanidades es claramente residual, con una tendencia estructural a priorizar la competencia técnica frente a la reflexión ética, legal y social.

    ¿Por qué debería preocuparnos este desequilibrio?

    La IA ya no es una tecnología confinada a los laboratorios. Los algoritmos participan en procesos de selección de personal, ayudan a establecer diagnósticos médicos, influyen en qué información vemos en internet, determinan recomendaciones educativas y pueden llegar a intervenir en decisiones administrativas o judiciales. Cuando estas herramientas funcionan con sesgos, reproducen discriminaciones o afectan a derechos fundamentales, las consecuencias son profundamente humanas.

    Por eso quienes diseñarán estas tecnologías deberían recibir una formación más extensa en disciplinas que precisamente estudian a los seres humanos y las sociedades. Programar un sistema capaz de reconocer patrones es una habilidad esencial. Comprender cómo esos patrones pueden reforzar desigualdades sociales también debería serlo.

    Más allá de asignaturas aisladas

    Los autores del estudio sostienen que no basta con añadir una asignatura aislada sobre ética para resolver el problema. Lo que está en juego es una concepción más amplia de la formación universitaria. Proponen integrar conocimientos procedentes de la filosofía, la sociología de la tecnología, el derecho digital, la ciencia política, la epistemología de los datos o incluso los llamados “neuroderechos”, un ámbito sobre la protección de la identidad mental y la autonomía cognitiva en un contexto de creciente interacción entre inteligencia artificial y neurotecnologías.

    La cuestión de fondo es sencilla pero decisiva. Si los sistemas de IA van a influir en la organización de nuestras sociedades, ¿puede considerarse suficiente una formación centrada casi exclusivamente en la dimensión técnica? ¿Es posible construir tecnologías justas sin comprender en profundidad los problemas sociales que pretenden resolver? ¿Podemos hablar de innovación responsable cuando quienes desarrollan estas herramientas apenas tienen espacios para reflexionar críticamente sobre sus consecuencias?

    Encrucijada histórica

    Nuestra investigación plantea que la universidad española se encuentra ante una encrucijada histórica. No solo debe formar profesionales capaces de desarrollar tecnologías avanzadas, sino también ciudadanos preparados para comprender sus implicaciones sociales, políticas y culturales.

    Quizá el verdadero desafío de la inteligencia artificial no sea crear máquinas cada vez más inteligentes, sino garantizar que quienes las diseñan comprendan mejor la complejidad humana. Porque una sociedad gobernada por algoritmos necesita ingenieros excelentes, pero también profesionales capaces de preguntarse para quién se construye la tecnología, a quién beneficia, a quién puede perjudicar y qué valores incorpora en su funcionamiento.

    Si la IA va a tomar decisiones que afectan a millones de personas, sus algoritmos deberían estar diseñados por personas que hayan aprendido sobre desigualdad, la ética o derechos fundamentales. Los especialistas capaces de programar sistemas inteligentes también deberían ser capaces de comprender sus consecuencias, pues serán quienes tengan un impacto más directo sobre los valores que estos sistemas deberían incorporar.

    Vanesa Cejudo Mejias, Directora de Innovacón en Facultad de Ciencias sociales y Hum. Docente en area social y area arte, UNIR – Universidad Internacional de La Rioja

    Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

  • MiCA entra en pleno vigor

    MiCA entra en pleno vigor

    Hoy, 1 de julio de 2026, expira formalmente el régimen transitorio del Reglamento MiCA. Dieciocho meses de prórroga que casi todos los Estados miembros, apuraron hasta el último minuto. A partir de esta medianoche, cualquier proveedor de servicios de criptoactivos que opere en la Unión Europea sin autorización de la CNMV —o de su homóloga en otro país del bloque, vía pasaporte comunitario— está, sencillamente, fuera de la ley. No es una nueva norma. Es el cierre de una puerta que llevaba dos años entornada.

    Conviene no caer en el catastrofismo de barra de bar cripto. MiCA no toca ni una línea del protocolo de Bitcoin. No hay bloque que deje de minarse, ni transacción P2P que deje de firmarse. Lo que MiCA regula son los intermediarios: los exchanges, los custodios, los emisores de stablecoins. Es decir, regula precisamente aquello que el diseño original de Satoshi nació para volver innecesario. Ahí está la ironía que merece ser nombrada sin épica ni desprecio: la ley europea no ataca a Bitcoin, lo confirma como frontera. Regula todo lo que rodea al protocolo y deja intacto, por definición, lo que no puede regular.

    Lo que cambia para quien usa un exchange

    Para el usuario medio de Binance, Coinbase o Kraken en Europa, hoy no hay drama inmediato. Los grandes ya tienen o están tramitando su licencia MiCA, muchos vía pasaporte desde otro Estado miembro. Pero el paisaje se ha vaciado con violencia: de los más de tres mil proveedores que operaban bajo los registros nacionales heredados, apenas una fracción sobrevive con autorización plena en España por ejemplo, y solo un puñado cuenta con la licencia de Clase 3 que permite custodiar fondos de clientes en el modelo de exchange tradicional. El costo de entrada —entre cincuenta mil y cien mil euros solo para iniciar el trámite, y hasta dos millones anuales de cumplimiento recurrente— ha operado como un filtro de clase: sobreviven los que ya eran grandes, mueren los que aspiraban a serlo.

    Y hay una factura silenciosa que nadie imprime en el folleto de bienvenida: desde enero de este año, DAC8 obliga a los exchanges a reportar automáticamente a Hacienda cada transacción, cada saldo, cada movimiento, sin umbral mínimo. Da igual si son cincuenta euros o cincuenta mil. La promesa original de privacidad financiera, en un exchange regulado europeo, ha muerto de muerte natural y nadie ha firmado la esquela. MiCA protege al usuario del exchange que quiebra o que le miente en el libro blanco. No lo protege —no puede, no quiere— del Estado que quiere saberlo todo sobre él.

    Lo que no cambia para quien no usa un exchange

    Aquí está el matiz que la cobertura alarmista suele saltarse: quien opera en autocustodia, quien interactúa directamente con un contrato inteligente en Uniswap o Aave desde su propia wallet, quien mueve Bitcoin peer to peer sin pasar por un intermediario centralizado, no está dentro del perímetro de MiCA. No es una laguna legal que algún burócrata cerrará en la próxima revisión. Es la consecuencia estructural de cómo funciona la tecnología: MiCA regula sujetos —empresas, personas jurídicas, prestadores de servicios—, y cuando eliminas al sujeto intermediario no queda nadie a quien notificar, auditar o sancionar. El protocolo no tiene domicilio fiscal ni consejo de administración al que la CNMV pueda enviarle un requerimiento.

    Esto no convierte la autocustodia en gratuita ni en cómoda. Gestionar tus propias llaves exige aprender, y aprender exige tiempo que la mayoría no está dispuesta a invertir mientras el botón de «comprar» del exchange siga a un clic. La soberanía técnica siempre ha tenido ese costo de entrada, y sería una falta de honestidad intelectual venderla como un gesto sin fricción. Pero la opción sigue ahí, intacta, el mismo 1 de julio en que Europa cierra el cerco sobre todo lo demás.

    El viejo espíritu de Satoshi, puesto a prueba

    El diseño de Bitcoin nunca prometió que los intermediarios desaparecerían solos. Prometió que dejarían de ser necesarios para quien decidiera prescindir de ellos. Quince años después, la mayoría de los usuarios de cripto en Europa —por comodidad, por desconocimiento o por pura racionalidad económica— siguen prefiriendo el intermediario regulado a la responsabilidad total sobre sus propias claves. MiCA no traiciona el cypherpunk original: simplemente confirma que la inmensa mayoría del mercado nunca quiso vivir en él. Quería el activo, no la filosofía. Quería la exposición a Bitcoin sin renunciar a la comodidad de un tercero que responda cuando algo sale mal.

    Eso no es una derrota del proyecto original. Es su bifurcación natural. Hoy conviven, con más nitidez que nunca, dos capas: la de los exchanges regulados —vigilados, reportados, fiscalizados hasta el último euro— y la del protocolo desnudo, tan libre y tan hostil con el descuido como lo fue siempre. MiCA no ha cerrado la segunda capa. La ha hecho, si acaso, más visible por contraste. Y ese contraste, más que cualquier discurso libertario de manual, es la mejor demostración práctica de por qué Satoshi diseñó lo que diseñó: no para que el Estado no pudiera regular el dinero, sino para que existiera, siempre, una salida para quien no quisiera pedirle permiso.

    La libertad que queda hoy en Europa no es la que promete ningún reglamento. Es la que sigue dependiendo, como siempre, de quién guarda las llaves.