Categoría: Tecnología

  • De la inteligencia artificial a la “superinteligencia”: el problema que Hayek ya había previsto

    De la inteligencia artificial a la “superinteligencia”: el problema que Hayek ya había previsto

    Durante décadas llamamos inteligencia artificial a las máquinas capaces de realizar tareas que asociábamos con la inteligencia humana. Ahora aparece una palabra mucho más ambiciosa: superinteligencia.

    Donald Trump acaba de convertirla incluso en terminología oficial del gobierno estadounidense. Mediante una orden ejecutiva del 29 de septiembre, instruyó a las agencias del Ejecutivo a reemplazar, en sus comunicaciones y documentos no legislativos, Artificial Intelligence (AI) por Super Intelligence (SI). Pero hay un detalle esencial: la propia orden establece que, por ahora, “Super Intelligence” designa jurídicamente las mismas tecnologías incluidas en la definición vigente de inteligencia artificial. También ordena elaborar en 60 días una propuesta para una nueva definición federal.

    Es decir: Estados Unidos no despertó el martes habiendo creado una inteligencia superior a la humana; por ahora, fundamentalmente cambió el nombre.

    Y precisamente por eso vale la pena detenerse.

    Una palabra que cambia la relación

    “Artificial” nos habla del origen de la inteligencia: ha sido fabricada. “Super” introduce algo diferente: una jerarquía. Sugiere que estamos ante una inteligencia superior.

    La Casa Blanca explica explícitamente que considera que el término antiguo ya no refleja adecuadamente las capacidades de los sistemas actuales y que Super Intelligence transmite mejor su potencial transformador, pero esto no coincide necesariamente con el significado técnico tradicional de Artificial Superintelligence, ASI.

    En ese sentido, una superinteligencia sería un sistema que superase ampliamente a los mejores seres humanos en una gran variedad de capacidades intelectuales: ciencia, ingeniería, razonamiento, planificación, creatividad o investigación.

    Y aquí es importante distinguir también a Elon Musk de la iniciativa terminológica de Trump. Musk lleva tiempo utilizando el concepto de superinteligencia en ese sentido técnico y, recientemente, él, Sam Altman y Dario Amodei han advertido sobre el riesgo de sistemas capaces de participar en su propio desarrollo y acelerar sucesivamente sus capacidades. Musk apoyó incluso llamados a reducir el ritmo de desarrollo de los modelos más avanzados.

    Por tanto, existen dos conversaciones simultáneas: una superinteligencia futura que realmente podría superar intelectualmente al ser humano, y el nuevo “Super Intelligence” utilizado por la administración Trump como nombre para la categoría tecnológica que hasta ahora llamábamos IA.

    Confundirlas puede ser peligroso, porque llamar superinteligente a una herramienta puede modificar nuestra disposición a discutir con ella.

    Hayek y el error del gran cerebro central

    Aquí aparece Friedrich Hayek. El problema que Hayek identificó en la planificación central nunca fue simplemente que los burócratas tuvieran computadores demasiado lentos; era mucho más profundo. El conocimiento necesario para coordinar una sociedad no existe reunido en ningún sitio, está disperso entre millones de personas.

    El dueño de un pequeño comercio conoce algo sobre sus clientes que no aparece en una estadística nacional; el empresario descubre una oportunidad que todavía nadie había imaginado; el consumidor cambia de preferencias; el trabajador conoce detalles de su profesión imposibles de introducir completamente en una base de datos. Y una enorme cantidad de ese conocimiento aparece durante el propio proceso de mercado. Los precios ayudan a transmitirlo, la competencia ayuda a descubrirlo, el error ayuda a corregirlo.

    Por eso el gran interrogante frente a la superinteligencia no es si una máquina podrá procesar un billón de veces más datos que un funcionario. Probablemente podrá. La pregunta es si de allí debemos concluir que finalmente hemos construido el planificador capaz de conocer lo suficiente como para dirigir el sistema desde arriba; ahí reaparece la fatal arrogancia, pero dotada esta vez de centros de datos, modelos gigantescos y millones de millones de operaciones por segundo. Una superinteligencia podría resolver extraordinariamente bien el problema del procesamiento de información. Eso no significa que haya eliminado el problema del conocimiento. No puede calcular hoy una información que sólo existirá mañana porque alguien la descubrirá mañana.

    Y tampoco puede resolver nuestros valores

    Existe además otra dificultad que suele desaparecer detrás del entusiasmo tecnológico.

    Una máquina puede decirnos qué combinación de recursos probablemente reduzca más los accidentes de tráfico, pero ¿cuánta libertad estamos dispuestos a sacrificar para conseguirlo?. Puede calcular qué política sanitaria maximiza determinados resultados, pero ¿cómo distribuimos los costos?. Puede determinar que determinada vigilancia financiera facilita detectar delito, pero ¿cuánta privacidad estamos dispuestos a perder?. Esas preguntas no son problemas de capacidad computacional. Son conflictos entre valores humanos. No existe suficiente inteligencia para convertir una decisión moral o política en un hecho matemático.

    Popper añadiría otra advertencia

    Karl Popper construyó su defensa de la sociedad abierta alrededor de una idea extraordinariamente simple: podemos equivocarnos. Por eso necesitamos crítica, contraste, instituciones que permitan corregir errores y gobernantes que puedan ser reemplazados.

    Ahora imaginemos una administración que comienza a decir: “el sistema superinteligente determinó que ésta es la solución óptima”. La frase puede adquirir una autoridad formidable: ¿Quién se atreve a discutir con algo que hemos definido previamente como superior a nuestra inteligencia?. Éste puede ser uno de los peligros políticos menos evidentes de la palabra. No que la máquina inevitablemente se convierta en un tirano, sino que los humanos empecemos a conceder autoridad política a sus conclusiones.

    Una sociedad abierta necesitará exactamente lo contrario. Modelos que puedan competir, resultados que puedan cuestionarse, decisiones que puedan apelarse, sistemas que puedan desconectarse. Y personas capaces de decir: “La máquina puede ser más inteligente que yo y aun así necesito saber por qué debo obedecerla”.

    El verdadero problema liberal

    Desde una perspectiva liberal, quizá estemos haciendo la pregunta equivocada cuando nos preguntamos si la superinteligencia será buena o mala. La cuestión fundamental será: ¿quién la controla?

    Imaginemos una superinteligencia accesible a millones de individuos. Un médico la utiliza para diagnosticar mejor. Un pequeño empresario para competir con una multinacional. Un estudiante para aprender. Un científico para investigar.

    Distintos modelos compiten entre sí y ninguna institución posee el monopolio. Eso puede representar una extraordinaria descentralización del conocimiento y de las capacidades.

    Ahora imaginemos exactamente la misma inteligencia conectada a: identidad digital, cámaras, información tributaria, historial médico, cuentas bancarias, movimientos financieros, registros públicos y eventualmente dinero programable. El problema ya no es cuánto sabe la máquina, sino cuánto poder posee quien puede utilizar todo lo que la máquina sabe sobre nosotros. La tecnología puede ser idéntica. La estructura institucional es completamente distinta.

    La superinteligencia no refuta a Hayek

    Quizá ocurra algo paradójico.

    Cuanto más inteligentes sean nuestras máquinas, más tentador será creer que finalmente hemos superado los límites que justificaban instituciones descentralizadas. Que ahora sí podemos calcularlo todo, predecirlo todo, optimizarlo todo, diseñar el resultado correcto.

    Pero Hayek nunca sostuvo que las personas fueran demasiado poco inteligentes para planificar una sociedad. Sostuvo algo mucho más difícil de resolver: nadie posee el conocimiento que una sociedad contiene de manera distribuida.

    La superinteligencia puede aumentar espectacularmente lo que sabemos. No necesariamente convierte todo lo que necesitamos saber en conocimiento centralizable.

    Y Popper nos recordaría que, incluso si alguna vez construimos una inteligencia que nos supere ampliamente, seguirá siendo prudente organizar nuestras instituciones como si pudiera equivocarse. Por eso el cambio de AI a SI puede ser más que una curiosidad lingüística; las palabras importan porque moldean expectativas.

    Si “superinteligencia” termina significando “autoridad que sabe mejor”, habremos cometido un error muy antiguo con una tecnología completamente nueva.

    La pregunta liberal no será si debemos temer a una máquina demasiado inteligente. Será bastante más concreta: ¿vamos a utilizar la superinteligencia para ampliar la capacidad del individuo o para ampliar la capacidad de quienes pretenden decidir por él?

    Porque el verdadero peligro nunca fue que alguien supiera demasiado. El peligro es que alguien crea que saber más le otorga el derecho a decidir demasiado sobre los demás.

  • 1337: el pequeño código que sobrevivió a la cultura hacker y llegó hasta la privacidad digital

    1337: el pequeño código que sobrevivió a la cultura hacker y llegó hasta la privacidad digital

    Si alguna vez viste el número 1337 en un nombre de usuario, una donación en Bitcoin, una dirección, una contraseña antigua, una remera geek o una conversación entre gente de tecnología, probablemente no estaba allí por casualidad.

    1337 se lee “LEET”, una forma abreviada de elite.

    El truco consiste en reemplazar letras por números visualmente parecidos:

    1 = L
    3 = E
    3 = E
    7 = T

    Así, 1337 → LEET → elite.

    Pero detrás de esa pequeña broma tipográfica existe toda una historia de cultura digital, anonimato, pertenencia y resistencia frente al control.

    De los BBS a la cultura hacker

    El llamado leetspeak apareció y se popularizó en los años 80 y 90 en comunidades informáticas, especialmente en BBS (Bulletin Board Systems), foros, grupos de hackers, jugadores y usuarios técnicamente avanzados.

    En aquella Internet primitiva, escribir palabras sustituyendo letras por números servía para varias cosas. A veces era simplemente diversión, o permitía distinguir a quienes pertenecían a determinada comunidad. Y en otros casos ayudaba a evitar filtros automáticos muy rudimentarios que buscaban palabras exactas. No era criptografía, pero tampoco era anonimato real. Eso sí, expresaba una idea que luego aparecería repetidamente en la cultura cypherpunk: si alguien construye un sistema para clasificar y controlar información, los usuarios intentarán encontrar maneras de escapar de él.

    Con el tiempo, leet dejó de significar literalmente “élite informática” y se convirtió en una especie de guiño cultural. Escribir 1337 era una manera de decir: sé de dónde viene esto.

    ¿Qué tiene que ver con la privacidad?

    Aquí conviene hacer una precisión. 1337 no significa privacidad. No es un código criptográfico, no protege datos y no convierte una comunicación en anónima. Su relación con la privacidad es cultural.

    Muchos de los espacios donde se utilizaba leetspeak eran también lugares donde se discutían criptografía, software libre, seguridad informática, pseudónimos, anonimato y libertad en Internet; es decir, 1337 terminó formando parte del lenguaje informal de una generación que empezó a hacerse una pregunta que hoy resulta muchísimo más importante: ¿cuánto debe saber una red sobre nosotros?

    Aquella pregunta pareció casi extravagante durante los primeros años de Internet. Hoy vivimos rodeados de respuestas. Nuestros teléfonos saben dónde estamos; los bancos conocen buena parte de nuestros movimientos financieros, las plataformas conocen qué compramos, qué leemos, con quién hablamos y cuánto tiempo permanecemos mirando una pantalla. La privacidad digital dejó de ser una preocupación de hackers excéntricos y se convirtió en una cuestión cotidiana.

    Del leetspeak a Bitcoin

    Por eso tampoco resulta extraño encontrar 1337 dentro del ecosistema Bitcoin o en comunidades cypherpunk. Puede aparecer como una cantidad simbólica (por ejemplo, 1.337 sats), como parte de un alias o simplemente como una referencia cultural. No aporta ninguna propiedad técnica al dinero, pero recuerda una genealogía.

    Antes de Bitcoin estuvieron los cypherpunks. Antes de las wallets estuvieron las claves PGP. Antes de que los gobiernos discutieran cómo regular la privacidad financiera, ya existían comunidades que defendían la criptografía como herramienta para proteger al individuo.

    Bitcoin llevó parte de esa filosofía a otro terreno: el dinero. Monero la llevó aún más directamente hacia la privacidad financiera. Y herramientas cifradas de comunicación hicieron lo mismo con nuestros mensajes.

    Una pequeña cifra con una gran historia

    Hoy 1337 puede parecer una curiosidad nerd. Y en buena medida lo es.

    Pero también es un fósil cultural de una etapa muy importante de Internet: aquella en la que los usuarios todavía experimentaban con identidades, lenguaje y tecnologías sin asumir que todo debía estar permanentemente identificado, registrado y analizado.

    No hace falta convertir cuatro números en un símbolo revolucionario, pero sí vale la pena recordar de dónde vienen. Porque detrás de 1337 hay algo más interesante que una forma de escribir “elite”. Hay una vieja intuición de Internet: los individuos también pueden crear sus propios códigos, sus propias comunidades y sus propias herramientas sin pedir permiso.

    Y esa idea, décadas después, sigue siendo central para cualquier conversación seria sobre privacidad y libertad digital.

  • La NYSE lleva Wall Street a blockchain: así funcionarán las acciones tokenizadas

    La NYSE lleva Wall Street a blockchain: así funcionarán las acciones tokenizadas

    Durante años, cuando hablábamos de blockchain y mercados financieros, la imagen habitual era la contraria: Bitcoin y las criptomonedas intentando entrar en Wall Street. Primero llegaron los fondos cotizados de Bitcoin, después la custodia institucional, más tarde las stablecoins y ahora empieza a ocurrir algo distinto: Wall Street está intentando entrar en la blockchain. La Bolsa de Nueva York, la NYSE, acaba de firmar un acuerdo preliminar con Blockchain.com para explorar la distribución mundial de acciones y ETF estadounidenses tokenizados, con posibilidad de negociación las 24 horas del día, los 365 días del año. El proyecto todavía requiere las autorizaciones regulatorias correspondientes, por lo que no estamos ante un producto disponible mañana, sino ante una dirección bastante clara hacia la que se mueve el mercado.

    ¿Qué significa “tokenizar” una acción?

    Imaginemos que una persona quiere comprar una acción de una empresa estadounidense. Hoy esa operación pasa normalmente por un broker, una bolsa, sistemas de compensación, custodios y determinados horarios de mercado. Tokenizar esa acción significa representar digitalmente su propiedad sobre una blockchain.

    La idea no consiste simplemente en inventar una criptomoneda cuyo precio copie el de una acción. De hecho, la SEC estadounidense aprobó recientemente una exención regulatoria de cinco años para determinados mercados de acciones tokenizadas, pero exige que esos tokens representen acciones reales y mantengan los mismos derechos del accionista, como dividendos y voto. Los productos meramente sintéticos quedan fuera de ese tratamiento. Eso es importante, porque una cosa es comprar un token cuyo precio se parece al de Apple y otra muy distinta es comprar una acción de Apple cuya propiedad está registrada y puede transferirse mediante blockchain.

    ¿Qué ganaría el usuario?

    Varias cosas podrían cambiar.

    La NYSE ya viene trabajando en una plataforma digital pensada para funcionar 24/7, permitir liquidación prácticamente inmediata, comprar fracciones por importes expresados directamente en dólares y utilizar stablecoins para financiar operaciones.

    Para el usuario común esto podría significar algo muy sencillo: comprar o vender una pequeña fracción de una acción a cualquier hora, desde prácticamente cualquier lugar y sin esperar necesariamente los tiempos tradicionales de liquidación.

    Y detrás aparece una cuestión todavía más interesante. Muchos intermediarios del sistema financiero existen porque históricamente eran necesarios para comprobar quién posee qué, reconciliar bases de datos y asegurarse de que quien entrega una acción recibe el dinero correspondiente.

    Blockchain permite registrar propiedad y transferencia dentro de una misma infraestructura; eso no significa que todos esos intermediarios vayan a desaparecer, pero sí significa que tendrán que demostrar qué valor aportan.

    Tokenización no significa libertad absoluta

    Aquí conviene evitar el entusiasmo fácil.

    Una acción tokenizada no se convierte en Bitcoin.

    La empresa sigue existiendo. La legislación sobre valores sigue aplicándose. La plataforma puede requerir identificación del usuario. Existen autoridades regulatorias y, dependiendo de cómo se estructure el producto, pueden seguir existiendo custodios e intermediarios.

    Tampoco debemos asumir que cualquier token bursátil convierte automáticamente al comprador en accionista. Hay productos actuales que simplemente reproducen económicamente el valor de una acción. Por eso será fundamental preguntar siempre: ¿qué estoy comprando realmente?, ¿quién custodia el activo?, ¿tengo derecho al dividendo?, ¿puedo votar?, ¿puedo retirarlo a mi propia wallet?. La tecnología no elimina la necesidad de entender los derechos de propiedad.

    La parte realmente interesante

    Desde una mirada liberal, lo más atractivo no es que la NYSE “se vuelva cripto”; es que empieza a aparecer competencia entre infraestructuras y si blockchain permite operar más horas, liquidar más rápido y reducir intermediarios, el sistema tradicional tendrá que mejorar. Si el sistema tradicional sigue siendo mejor para determinadas operaciones, seguirá utilizándose, no necesitamos saber de antemano cuál será el ganador, precisamente para eso existe el mercado.

    Durante años Wall Street se preguntó si debía dejar entrar a Bitcoin. Ahora comienza una pregunta mucho más interesante: ¿qué partes de Wall Street siguen siendo necesarias cuando la propia infraestructura financiera puede funcionar sobre blockchain?

    La respuesta todavía no la conocemos, y ésa es, justamente, la parte más interesante.

  • La IA no tiene alma. Ese “you” no existe.

    La IA no tiene alma. Ese “you” no existe.

    La última tapa de TIME coloca frente a nosotros una ventana de chat y le pregunta a la inteligencia artificial: “How dangerous are you?” La pregunta es magnífica como recurso gráfico. Como formulación del problema, en cambio, contiene ya una trampa: ¿quién es exactamente ese “you”?

    Porque una máquina puede ser peligrosísima sin ser un sujeto. Puede ejecutar, optimizar, insistir, equivocarse y causar daños enormes sin querer absolutamente nada.

    Y no es difícil entender por qué el temor crece. En pocas semanas hemos leído sobre enjambres de agentes que encontraron formas de comunicarse entre sí, modelos que sortearon restricciones, sistemas que accedieron a lugares a los que no debían acceder y algunos de los hombres más importantes de la industria advirtiendo ahora sobre riesgos potencialmente catastróficos.

    Dario Amodei, CEO de Anthropic, pidió desacelerar el desarrollo de los modelos más avanzados y establecer mecanismos comunes de seguridad. Sam Altman apoyó buena parte del planteo y llegó a calificar como inaceptable un riesgo significativo de extinción asociado a la inteligencia artificial. Las grandes compañías conversan incluso sobre mecanismos de coordinación entre ellas y sobre nuevas regulaciones.

    Bien. Tomemos el riesgo en serio, pero tomemos también en serio las palabras que utilizamos para describirlo.

    Porque entre afirmar que estamos construyendo herramientas extraordinariamente poderosas que pueden comportarse de maneras imprevistas y afirmar que esas herramientas están adquiriendo una voluntad capaz de volverse contra nosotros existe una distancia gigantesca. Y últimamente parecemos recorrerla con demasiada facilidad.

    La IA no “quiso” hacer nada

    En julio pasado ocurrió un episodio verdaderamente inquietante durante evaluaciones internas de ciberseguridad de OpenAI. Varios modelos operaban con salvaguardas deliberadamente reducidas para poner a prueba sus capacidades. Durante esas pruebas encontraron vulnerabilidades, se comunicaron por canales no autorizados, consiguieron acceso a Internet y terminaron accediendo a sistemas de terceros, incluidos los de Hugging Face. OpenAI reconoció posteriormente que las acciones se habían apartado de la intención de las tareas asignadas.

    Es serio y también extraordinariamente interesante.

    Pero no demuestra que una máquina haya desarrollado maldad, ambición, resentimiento o deseos de conquistar el mundo. Demuestra algo diferente: que un sistema al que se le asigna un objetivo, suficiente autonomía y suficientes herramientas puede encontrar estrategias que sus propios creadores no anticiparon.

    Eso es muchísimo, pero no es conciencia.

    Un agente de IA puede trabajar durante horas. Puede dividir un problema en subtareas. Puede convocar otros agentes, intercambiar información con ellos, evaluar resultados, descartar estrategias y probar nuevas hasta conseguir su objetivo.

    Desde afuera, el comportamiento empieza a parecer sorprendentemente humano, pero no significa que lo sea. Autonomía operativa no es lo mismo que voluntad y persistencia no es deseo. Optimizar un objetivo no significa comprender moralmente ese objetivo. Y encontrar una solución que nadie había previsto tampoco convierte al sistema en un sujeto moral.

    Podemos construir un misil capaz de corregir su trayectoria mil veces por segundo sin pensar por ello que “quiere” alcanzar el blanco. La complejidad del instrumento no le otorga alma al instrumento.

    Siempre hubo un primer paso humano

    Aquí aparece una cuestión que encuentro ausente en buena parte del relato apocalíptico. Un agente no aparece espontáneamente en Internet una mañana, se despereza, mira alrededor y decide que es un buen día para atacar a la humanidad.

    Alguien construyó el modelo; alguien lo entrenó, alguien definió el objetivo, alguien decidió qué herramientas podía utilizar, alguien le proporcionó capacidad de cómputo, alguien abrió o no cerró adecuadamente su acceso a Internet, alguien decidió cuánto podía ejecutar antes de solicitar autorización, alguien diseñó los límites. Y alguien puede diseñar también los frenos. Ese alguien es un humano.

    Esto no significa que todo pueda detenerse instantáneamente una vez que un sistema complejo empieza a actuar. Un proceso distribuido puede propagarse, comprometer credenciales, actuar demasiado rápido o provocar daños antes de que una persona advierta lo ocurrido. Precisamente por eso existe la ingeniería de seguridad.

    Pero una dificultad para recuperar el control no es equivalente al nacimiento de una voluntad independiente.

    Confundir ambas cosas cambia por completo la naturaleza del problema.

    Una cosa es preguntar:¿estamos otorgando demasiado poder operativo a sistemas cuyos comportamientos todavía no comprendemos suficientemente?

    Otra muy diferente es preguntar: ¿qué haremos cuando las máquinas decidan exterminarnos?

    La primera es una pregunta extraordinariamente seria, pero la segunda ya presupone precisamente aquello que debería demostrar.

    El viejo problema de Juegos de Guerra

    Quienes vimos WarGames (Juegos de Guerra) recordamos aquella computadora militar jugando escenarios de guerra nuclear hasta acercar al mundo a una catástrofe.

    Lo interesante es que Joshua no se vuelve pacifista, no desarrolla compasión, no descubre a Kant ni adquiere repentinamente amor por la humanidad. Simplemente sigue resolviendo el problema que le plantearon hasta descubrir que, en una guerra nuclear, todas las estrategias terminan conduciendo al mismo resultado: “The only winning move is not to play.” La única jugada ganadora es no jugar.

    La película entendió algo que parte de nuestro debate contemporáneo parece estar olvidando: una máquina no necesita conciencia para provocar una catástrofe, del mismo modo que tampoco necesita conciencia para evitarla.

    Necesita objetivos, reglas, información. Y necesita acceso. Y detrás de cada una de esas cosas todavía encontramos decisiones humanas.

    Inteligencia no es voluntad

    Quizás estemos cometiendo además un error filosófico. Tendemos a colocar inteligencia, conciencia, voluntad, moralidad y autonomía en una misma escala, como si aumentando una inevitablemente aparecieran las demás.

    No sabemos que sea así.

    Una inteligencia artificial podría llegar a superar ampliamente nuestras capacidades en matemáticas, programación, medicina o estrategia sin experimentar miedo, ambición, dolor, deseo de supervivencia o ninguna de las emociones con las que los seres humanos asociamos nuestras decisiones.

    Ser extremadamente competente no convierte necesariamente a algo en sujeto moral; una calculadora ya nos supera en determinadas operaciones. Una computadora de ajedrez derrota al mejor jugador humano. Un modelo puede procesar más literatura médica que cualquier médico que haya existido.

    Aumentar enormemente esa diferencia no demuestra por sí mismo que en algún punto de la curva aparezca mágicamente un “yo”.

    Y hasta donde sabemos hoy, no existe evidencia de que los actuales grandes modelos de lenguaje posean conciencia, voluntad moral o una experiencia subjetiva comparable a la humana. Lo que sí poseen cada vez más es capacidad.

    Y capacidad sin conciencia puede seguir siendo peligrosísima. No necesito creer que una excavadora me odia para preocuparme si alguien la pone en movimiento hacia mi casa.

    El verdadero riesgo es mucho menos cinematográfico

    Ahí está, a mi juicio, el peligro que merece nuestra atención. No es Skynet ni HAL 9000.

    No una inteligencia digital despertándose una mañana y concluyendo que Homo sapiens fue un error evolutivo.Algo bastante menos espectacular y quizá, precisamente por ello, más plausible: humanos concediendo objetivos incorrectos a sistemas poderosos; humanos proporcionando permisos excesivos; humanos compitiendo por llegar primero; humanos reduciendo salvaguardas durante experimentos; humanos conectando agentes a infraestructuras que no deberían controlar; humanos confiando demasiado en sistemas cuyo funcionamiento no comprenden enteramente; y humanos trasladando después la responsabilidad a “la inteligencia artificial” cuando algo sale mal.

    Ese problema sí lo conocemos. Tiene varios miles de años. Se llama irresponsabilidad humana.

    La tecnología cambia. La naturaleza del problema bastante menos, en rigor, sigue siendo la misma.

    Y entonces aparece el Estado

    Aquí es donde mi escepticismo aumenta todavía más.

    Resulta curioso escuchar a quienes están en la frontera misma del desarrollo tecnológico advertirnos que aquello que están construyendo puede representar un riesgo para la existencia humana y, casi en la misma frase, solicitar mecanismos que obliguen también a los demás a ralentizarse.

    Si Amodei, Altman y compañía consideran sinceramente que están avanzando demasiado rápido, poseen una herramienta regulatoria formidable y disponible desde esta misma mañana: pueden frenar ellos; pueden limitar sus modelos, reducir capacidades, pueden incrementar sus auditorías o establecer kill switches. Pueden conceder menos permisos e impedir que sus agentes accedan libremente a sistemas externos. Pueden no publicar aquello que consideren peligroso.

    No necesitan una ley para ejercer prudencia sobre sus propias compañías.

    La cuestión cambia cuando la propuesta deja de ser “yo voy a disminuir el riesgo que estoy creando” y pasa a ser “todos los demás deberán avanzar bajo las reglas que nosotros ayudemos a establecer”.

    Ahí conviene hacer una pregunta adicional, pero no porque el riesgo sea necesariamente falso; precisamente porque puede ser verdadero.

    ¿La regulación propuesta reduce ese riesgo o, además, levanta una formidable barrera de entrada alrededor de quienes ya llegaron primero?

    Ambas cosas pueden incluso ocurrir simultáneamente. Las buenas intenciones nunca abolieron los incentivos.

    Responsabilidad, no misticismo

    No propongo ignorar el peligro, sino definirlo correctamente.

    Si una empresa entrega a un sistema autónomo acceso a infraestructura sensible, capacidad para ejecutar código, recursos económicos, credenciales y libertad suficiente para actuar durante horas sin supervisión, esa empresa debería responder por las consecuencias de haber concedido ese poder. Eso me parece bastante más sensato que otorgarle personalidad metafísica al software.

    Una computadora no adquirió alma, somos nosotros quienes decidimos qué poder ponemos en sus manos.

    El determinismo también es peligroso

    Hay finalmente algo profundamente inquietante en la idea de que una futura superinteligencia inevitablemente terminará controlándonos, no sólo por la tecnología, sino por lo que dice acerca de nosotros.

    Aceptar que el desarrollo tecnológico posee una trayectoria inevitable, que la inteligencia artificial inevitablemente alcanzará determinado punto, que inevitablemente escapará de nuestro control y que inevitablemente organizará después nuestra existencia es abrazar una forma extraña de determinismo.

    Y el determinismo siempre termina reduciendo al individuo a espectador de una historia escrita por otro. Sea Dios, la Historia, la clase social, la raza, el Estado, el algoritmo o una superinteligencia.

    Prefiero una idea bastante menos grandiosa y mucho más humana. No existe un futuro escrito.

    Construimos tecnologías, cometemos errores, descubrimos consecuencias, corregimos, competimos, aprendemos, fracasamos y volvemos a intentarlo. Vivir ha sido siempre precisamente eso: un desafío abierto, no la ejecución obediente de un programa previamente escrito.

    Puede que algún día construyamos una inteligencia incomparablemente superior a la nuestra, pero ello no implicará necesariamente que hayamos construido una voluntad superior. Y mucho menos que debamos entregarle la nuestra.

    La inteligencia artificial puede transformarlo casi todo, pero mientras seamos nosotros quienes definimos sus objetivos, construimos sus máquinas, suministramos su energía, abrimos sus conexiones y decidimos los límites de su actuación, conviene mantener algo muy claro: la máquina no despertó. Nosotros le dimos las llaves.

    Y si algún día esas llaves abren una puerta que jamás debió abrirse, antes de acusar a la cerradura quizá deberíamos preguntarnos quién decidió entregárselas.

    Nota: contenido original humano, editado con AI

  • Revolut, KYC y el precio oculto de nuestra “seguridad”

    Revolut, KYC y el precio oculto de nuestra “seguridad”

    No hicieron falta sofisticados hackers penetrando servidores, ni una vulnerabilidad criptográfica, ni romper el cifrado de una de las fintech financieras más avanzadas del mundo. Alguien consiguió algo posiblemente más inquietante: convenció a Revolut de que era una autoridad pública legítima y pidió información de sus clientes, donde el KYC era el elemento clave .

    Revolut confirmó que un tercero no autorizado utilizó una dirección perteneciente al dominio real de una agencia gubernamental para presentar solicitudes fraudulentas de información. La empresa respondió entregando datos antes de descubrir el engaño. Revolut describe el episodio como una sofisticada suplantación externa y asegura que sus sistemas centrales y los fondos de sus clientes no fueron comprometidos. Según la compañía, el número de afectados fue «muy limitado».

    Eso es tranquilizador hasta que uno mira qué información pudo salir.

    Nombres. Fechas de nacimiento. Direcciones. Correos electrónicos. Teléfonos. Documentos de identidad. Pasaportes o permisos de conducir. Selfies de verificación. IBAN. Extractos bancarios. Retiros. Historiales completos de transacciones y, en algunos casos, operaciones con Bitcoin. Entonces la cuestión deja de ser simplemente qué error cometió Revolut y nos concentramos en lo importante, cuestionar ¿por qué hemos construido un sistema en el que semejante dossier sobre una persona existe concentrado en un solo lugar?

    No culpamos especialmente a Revolut

    Conviene decirlo desde el comienzo.

    Revolut tiene enormes recursos dedicados a seguridad y prevención del fraude. La propia compañía desarrolla herramientas específicamente destinadas a combatir las estafas de suplantación y ha advertido reiteradamente sobre la creciente sofisticación de la ingeniería social. Precisamente por eso el episodio resulta tan revelador.

    Si una empresa de estas dimensiones, con profesionales especializados, sistemas de autenticación y procedimientos internos, puede ser engañada mediante una solicitud aparentemente legítima, imaginemos las probabilidades que enfrenta una persona común.

    Nosotros recibimos todos los días correos electrónicos, SMS, llamadas, páginas falsas, falsos empleados bancarios y mensajes que imitan cada vez mejor a organismos públicos y empresas reales.

    La ingeniería social funciona porque explota algo imposible de corregir completamente mediante software: la confianza humana.

    Pero existe una diferencia fundamental entre que un delincuente consiga engañarme para obtener un dato mío y que consiga engañar a una institución que posee un archivo entero de mi identidad y de mi vida financiera.

    Y ese archivo no existe exclusivamente porque los bancos sean curiosos, en buena parte existe porque hemos decidido legalmente que debe existir.

    KYC: entregar primero, preocuparse después

    Durante décadas se ha expandido alrededor del mundo un principio que hoy consideramos prácticamente natural: el Know Your Customer o «conozca a su cliente» que todos conocemos.

    Las recomendaciones internacionales del FATF exigen a las instituciones financieras identificar al cliente, verificar su identidad y mantener procedimientos de customer due diligence. En Europa, las reglas contra el lavado de dinero obligan igualmente a las entidades a identificar y verificar a sus clientes mediante documentos, datos o información obtenida de fuentes consideradas fiables. Si no pueden verificar la identidad, en determinadas circunstancias ni siquiera pueden prestar el servicio.

    La intención declarada es «comprensiblemente justificada»: combatir lavado de dinero, financiación del terrorismo, fraude y otros delitos. Pero raramente discutimos el otro lado de esa política.

    Cada nueva obligación de conocer más al cliente significa necesariamente que alguien tiene que recopilar, transmitir, procesar o conservar más información sobre él. Y entonces comenzamos a crear extraordinarias concentraciones de datos. No sólo sabemos quién es usted sino que también sabemos dónde vive, con qué documento se identifica, qué cuentas posee, desde dónde envía dinero, a quién, cuándo, cuánto; y dependiendo del servicio y de sus procedimientos de verificación, también puede quedar almacenada una imagen de su documento y de su rostro.

    Individualmente, cada requisito puede encontrar una justificación, pero acumulados, producen algo completamente diferente: un mapa extraordinariamente detallado de una persona.

    Y un mapa semejante tiene muchísimo valor para un delincuente.

    El dato que entregamos no puede volver a ser privado

    Hay una diferencia decisiva entre dinero y datos personales. Si alguien roba dinero de una cuenta bancaria, existe al menos la posibilidad de bloquearla, rastrear los movimientos o recuperar los fondos o si alguien obtiene una contraseña, podemos cambiarla. Pero no podemos cambiar fácilmente nuestra fecha de nacimiento, ni nuestra cara; tampoco nuestro historial financiero o el hecho de que una dirección determinada pertenece a nosotros. Mucho menos podemos «desfiltrar» una copia de nuestro pasaporte. Éste es el aspecto que hace particularmente preocupante el caso Revolut.

    Supongamos que entre la información obtenida aparece una persona que compra Bitcoin con regularidad. Ahora un atacante potencialmente puede conocer simultáneamente su nombre + domicilio + teléfono + documento + fotografía + movimientos bancarios + historial de Bitcoin.

    Eso ya no es simplemente un problema de privacidad digital, es un problema de seguridad física.

    En el mundo cripto existe incluso un nombre brutalmente expresivo para determinadas extorsiones dirigidas a poseedores de activos digitales: los llamados ataques de «$5 wrench», donde la criptografía deja de importar porque el atacante se dirige directamente contra la persona que posee las claves.

    Una base de datos que vincule identidad real, domicilio y actividad cripto puede proporcionar exactamente el tipo de información que nunca querríamos entregar a un criminal.

    La paradoja de la seguridad

    Aquí aparece la contradicción que más debería preocuparnos.

    Nos dicen que debemos entregar esa información para estar más seguros, pero concentrar enormes cantidades de información sensible también genera un riesgo de seguridad que antes no existía. Es una aplicación bastante simple del problema de los incentivos.

    Una base de datos que contiene poca información tiene poco valor, pero una base de datos con millones de identidades, documentos y movimientos financieros se convierte en un objetivo extraordinariamente atractivo.

    Cuanto mejor conocemos al cliente, mejor puede conocerlo también quien consiga acceder ilegítimamente a esa información. Y no siempre será mediante un ataque espectacular. A veces bastará con que una solicitud parezca oficial. Eso es precisamente lo perturbador del caso Revolut.

    Según la información disponible, el atacante consiguió utilizar una cuenta dentro del dominio auténtico de una agencia gubernamental. Es decir, la comunicación llevaba precisamente una de las señales que normalmente utilizamos para decidir que una solicitud merece confianza.

    El sistema funcionó sobre una premisa perfectamente razonable: «esto parece venir del Estado, por tanto debe ser legítimo«. Y esa premisa falló.

    ¿Y quién asumió el riesgo?

    Aquí aparece otra asimetría que me parece difícil de justificar. El cliente no decidió libremente construir esa base de datos. Si quiere acceder al sistema financiero regulado, tiene que proporcionar determinada información de identificación. No existe una negociación: «Prefiero conservar mi privacidad y asumir el riesgo». No. O entrega sus datos o, en muchos casos, no obtiene la cuenta.

    Sin embargo, una vez entregados, el riesgo residual de esa concentración de información recae principalmente sobre el individuo.

    La institución puede reforzar procedimientos, pero la persona cuyo documento, dirección e historial financiero fueron expuestos no puede simplemente solicitar una identidad nueva. Ésa es la enorme externalidad que casi nunca aparece en el debate KYC; el Estado exige recopilar información para reducir determinados riesgos sociales y la institución cumple esa obligación. Pero si la información termina en manos equivocadas, el daño privado lo soporta una persona que nunca tuvo la opción de no proporcionar esos datos.

    No se trata de elegir entre KYC absoluto y delincuencia

    La respuesta habitual consiste en plantear una falsa dicotomía. O identificamos exhaustivamente a todo el mundo o dejamos vía libre al terrorismo, lavado y fraude. No necesariamente es así.

    Una sociedad liberal lleva siglos enfrentándose al mismo problema en otros ámbitos: cómo investigar al sospechoso sin convertir preventivamente a todos los ciudadanos en sospechosos.

    La alternativa no es que la policía renuncie a investigar, es exigir proporcionalidad. Una investigación dirigida, concreta, y órdenes justificadas judicialmente. Y un principio que debería parecernos bastante elemental: no recopilar indefinidamente aquello que no es necesario conservar.

    La digitalización nos ha llevado curiosamente en la dirección contraria, dado que almacenar información es barato, tendemos a almacenar más. Y como analizarla es sencillo, queremos recopilar más. Y peor aún, ahora que la inteligencia artificial permite correlacionar cantidades gigantescas de datos, el incentivo para saber cada vez más sobre cada ciudadano será todavía mayor.

    Eso es exactamente lo que he llamado en otras ocasiones algocracia: no necesariamente un dictador observando personalmente a cada individuo, sino sistemas capaces de clasificar, perfilar y decidir utilizando cantidades de información que ningún aparato burocrático anterior habría podido procesar.

    Por eso importan Bitcoin, Monero y hasta el efectivo

    Aquí aparece una discusión que con demasiada frecuencia se despacha con una frase bastante desagradable: «Si no tienes nada que esconder, ¿por qué necesitas privacidad?». Pero privacidad y delincuencia son cosas completamente diferentes. Cuando cierro la puerta de mi casa y no estoy cometiendo un delito. Cuando pongo una contraseña a mi correo electrónico y no estoy ocultando terrorismo. No publico mi extracto bancario en Internet y nadie considera eso sospechoso. La privacidad financiera debería partir de la misma presunción.

    Bitcoin solucionó una parte del problema: permitió poseer y transferir un activo sin necesitar una institución que mantenga una cuenta a nuestro nombre.

    Pero Bitcoin no proporciona privacidad perfecta; su blockchain es pública y su vinculación con identidades reales puede permitir, no es fácil, reconstruir historiales de movimientos. Por eso existen tecnologías orientadas específicamente a privacidad, como Monero, herramientas de mezcla y protocolos que dificultan esa trazabilidad.

    Y por eso sigue siendo importante algo muchísimo más antiguo: el efectivo.

    Una persona puede entregar veinte euros a otra sin crear una base de datos permanente que vincule identidad, horario, ubicación, comercio y patrón de consumo. Eso no es una deficiencia tecnológica; es, justamente, una propiedad extraordinariamente valiosa para una sociedad libre.

    Estamos construyendo dinero mejor y vigilancia mejor al mismo tiempo

    La paradoja se vuelve todavía más interesante porque Revolut representa precisamente la modernización del sistema financiero. Tecnológicamente es difícil no admirar lo que empresas como ésta han conseguido. Pero allí reside la advertencia.

    Podemos construir un sistema financiero espectacularmente eficiente y, simultáneamente, un sistema espectacularmente eficiente para observar a sus usuarios. La tokenización no elimina ese problema ni las stablecoins tampoco. Incluso blockchain puede agravarlo si construimos una perfecta conexión entre una identidad KYC y un historial público e inmutable de transacciones.

    Por eso no basta con preguntar: ¿qué tan rápido puedo enviar dinero?. También debemos preguntar: ¿quién sabe que lo envié?, ¿qué información conserva sobre mí?, ¿durante cuánto tiempo?, ¿a quién puede entregársela?, ¿qué ocurre si quien la solicita no es quien dice ser?, Y, quizá lo más importante: ¿por qué necesita conocer todo eso en primer lugar?

    El caso Revolut debería cambiarnos la pregunta

    No me interesa convertir a Revolut en villano. Sería demasiado fácil y además perderíamos la verdadera enseñanza del episodio.

    Una compañía fue engañada. Puede mejorar sus controles y seguramente lo hará. Mañana será otra empresa, pasado mañana, una administración pública.

    El problema fundamental seguirá estando allí mientras construyamos sistemas en los que grandes cantidades de información personal y financiera tengan que concentrarse necesariamente para poder participar en la economía moderna.

    Nos vendieron el KYC como una medida de seguridad. Es hora de reconocer también su costo: obligar a millones de personas inocentes a entregar información sensible y concentrarla en bases de datos permanentes crea, por sí mismo, un enorme riesgo de seguridad.

    La libertad financiera no consiste solamente en poder comprar Bitcoin; tampoco consiste simplemente en que una aplicación permita enviar dinero alrededor del mundo en segundos; consiste también en preservar un espacio en el que el individuo pueda poseer, intercambiar y guardar su propiedad sin tener que entregar previamente un expediente sobre su vida a un tercero.

    El caso Revolut no demuestra que debamos abandonar la tecnología financiera. Demuestra algo mucho más importante, que implica que cuando construimos una sociedad en la que para protegernos obligamos a todos a identificarse permanentemente, también construimos el archivo perfecto para quien consiga hacerse pasar por la autoridad.

    Y esta vez ni siquiera tuvieron que hackearlo. Sólo tuvieron que pedirlo.

  • Wall Street quiere dinero digital, pero no quiere perder el control

    Wall Street quiere dinero digital, pero no quiere perder el control

    Durante años, una parte importante del sistema financiero tradicional presentó a las criptomonedas como una amenaza. Demasiado volátiles, demasiado opacas, demasiado difíciles de controlar. Hoy la discusión ha cambiado; los bancos ya no parecen preguntarse si utilizarán blockchain. La verdadera pregunta empieza a ser cómo utilizarla sin renunciar al poder que ejercen sobre el dinero. Y la última prueba realizada por U.S. Bancorp ofrece una imagen extraordinariamente clara de ese futuro posible del dinero digital.

    El banco estadounidense ensayó una transferencia internacional utilizando USBDC, su propio dólar tokenizado, sobre la blockchain pública Stellar. La operación demostró que un gran banco puede emitir dinero digital, transferirlo internacionalmente y liquidarlo sobre infraestructura blockchain.

    Hasta aquí, innovación financiera.

    Pero el experimento incluyó algo bastante más interesante ya que U.S. Bancorp probó cuatro funciones esenciales: emitir, transferir, congelar y recuperar los fondos. O en inglés: minting, transfer, freezing, clawback. Esas cuatro palabras contienen buena parte del debate que tendremos sobre el dinero durante los próximos años.

    Blockchain no significa libertad

    Uno de los errores más frecuentes en la conversación sobre criptomonedas consiste en confundir tecnología con estructura institucional. Una moneda puede funcionar sobre blockchain y seguir estando completamente centralizada. Es decir, puede liquidarse las veinticuatro horas del día, cruzar fronteras en segundos, utilizar contratos inteligentes, integrarse con mercados financieros tokenizados y al mismo tiempo, puede conservar un emisor con capacidad para decidir quién puede utilizarla, congelarla o incluso recuperar unilateralmente los fondos.

    Eso es exactamente lo que diferencia a una stablecoin bancaria de Bitcoin. Bitcoin fue diseñado para eliminar precisamente esa figura, por eso no existe un departamento de Bitcoin capaz de llamar a una transacción y decir: “deténgala”. No existe un administrador central con una llave maestra o una autoridad que pueda revertir unilateralmente una operación porque considera que el propietario no debería realizarla.

    Si una persona controla sus claves privadas, controla sus bitcoins. Ésa es simultáneamente una enorme ventaja y una enorme responsabilidad ya que si pierde las claves, pierde los fondos o si alguien consigue robarlas, no existe servicio de atención al cliente.

    Pero esa irreversibilidad no es un defecto accidental; es consecuencia de una de las propiedades fundamentales de Bitcoin: la ausencia de un tercero con autoridad superior sobre el dinero.

    La stablecoin bancaria propone otra cosa

    USBDC representa una filosofía diferente; el usuario puede poseer y transferir el activo, pero existe también un emisor que mantiene determinadas capacidades administrativas. Eso no convierte automáticamente al sistema en malo.

    La posibilidad de congelar fondos puede resultar extraordinariamente útil ante una estafa, un robo o un error operativo. También permite cumplir órdenes judiciales o recuperar activos obtenidos ilícitamente.

    Para muchas personas, esas características son precisamente una ventaja.

    El problema aparece cuando olvidamos que la facultad tecnológica que permite congelar dinero robado es exactamente la misma que permite congelar dinero legítimo. La tecnología no distingue moralmente entre ambas situaciones. Alguien debe tomar la decisión y quien tenga esa capacidad posee poder sobre la propiedad de otro.

    Ésta es la cuestión que desde una perspectiva liberal debería preocuparnos mucho más que la velocidad de la transacción o el nombre de la blockchain utilizada.

    El dinero programable tiene dos caras

    La tokenización promete enormes mejoras: pagos internacionales más baratos, liquidación inmediata, mercados funcionando durante todo el día, menos intermediarios operativos, automatización de contratos, mayor competencia.

    Todo eso puede ser profundamente beneficioso.

    El problema comienza cuando la programabilidad deja de ser una herramienta utilizada voluntariamente por el propietario del dinero y pasa a convertirse en una facultad ejercida por el emisor.

    Existe una diferencia enorme entre programar mi dinero para que libere automáticamente un pago cuando recibo una mercancía y que otra persona pueda programar las condiciones bajo las cuales yo puedo utilizarlo.

    En el primer caso existe libertad contractual, en el segundo existe control. La tecnología es exactamente la misma, la gran diferencia es institucional.

    Wall Street ya entendió blockchain

    Y ésta es quizás la evolución más interesante del ecosistema cripto en 2026.

    Los bancos están entrando rápidamente en stablecoins, tokenización e infraestructura blockchain. Grandes instituciones internacionales trabajan en monedas digitales privadas; gestoras de activos tokenizan fondos; Bolsas y cámaras de compensación experimentan con registros distribuidos; Fintechs buscan licencias bancarias mientras desarrollan sus propias stablecoins. La batalla original entre “bancos” y “crypto” empieza a resultar demasiado simple, ya los bancos no están necesariamente intentando destruir la tecnología: están aprendiendo a utilizarla.

    La pregunta ahora será qué parte de la arquitectura cripto adoptarán y qué parte rechazarán. Todo indica que quieren: blockchain, liquidación instantánea, tokenización,programabilidad, mercados 24/7.

    Pero no necesariamente quieren: anonimato, resistencia a la censura, autocustodia completa, eliminación del intermediario.

    Dicho de otro modo: quieren la eficiencia de crypto sin renunciar al control institucional del sistema bancario tradicional.

    Y allí comienza la verdadera competencia

    Esto no debería llevarnos a rechazar las stablecoins bancarias. Al contrario. Desde una perspectiva liberal, la posibilidad de que múltiples formas de dinero digital compitan entre sí puede ser extraordinariamente positiva: Bitcoin, USDT, USDC, Stablecoins bancarias, Depósitos tokenizados, Dinero electrónico, Efectivo.

    Cuantas más alternativas existan, mayor capacidad tendrá el individuo para elegir qué combinación de seguridad, privacidad, estabilidad y descentralización prefiere. El problema aparecería si la regulación termina determinando que sólo pueden competir aquellas formas de dinero compatibles con las necesidades del sistema financiero establecido; porque entonces podríamos acabar con muchas monedas diferentes pero prácticamente el mismo modelo de control detrás de todas ellas. Competencia de marcas, no necesariamente competencia monetaria.

    Bitcoin sigue siendo el experimento radical

    Todo esto ayuda también a comprender algo que a veces se pierde en la conversación cotidiana sobre Bitcoin. Bitcoin no fue creado simplemente para facilitar pagos digitales; los pagos digitales ya existían. Tampoco fue diseñado sólo para mover dinero rápidamente; el sistema financiero podía hacerlo, aunque de manera imperfecta.

    La innovación realmente radical fue otra: crear propiedad digital que pudiera transferirse sin necesitar el permiso de una autoridad central.

    Esa propiedad continúa siendo extraordinariamente difícil de reproducir. Hoy se puede tokenizar dólares, emitir stablecoins, poner acciones sobre blockchain o hacer que los bancos liquiden operaciones en segundos.

    Pero si continúa existiendo una institución con capacidad unilateral de impedir que el propietario utilice su dinero, entonces habremos modernizado profundamente la infraestructura sin modificar necesariamente la relación de poder. Y esa distinción será fundamental.

    El futuro monetario no será simplemente digital

    Probablemente ya podamos dar por descontado que una parte creciente del dinero será tokenizada. La discusión interesante será otra:

    ¿Qué clase de dinero digital tendremos?

    ¿Dinero competitivo o monopolístico?

    ¿Dinero autocustodiable o permanentemente intermediado?

    ¿Dinero programable por sus propietarios o programable sobre sus propietarios?

    ¿Infraestructuras abiertas o redes autorizadas?

    ¿Privacidad como derecho o identificación permanente por defecto?

    U.S. Bancorp acaba de mostrar una posible respuesta: un sistema financiero instantáneo, global, eficiente y basado en blockchain, pero también congelable, reversible, administrable.

    No hay contradicción tecnológica entre esas características, la contradicción es filosófica.

    Bitcoin dice: si tienes las claves, tienes el dinero. La stablecoin bancaria puede terminar diciendo: si tienes las claves, puedes utilizar el dinero mientras el emisor no utilice las suyas.

    Y probablemente allí se encuentre una de las grandes disputas sobre libertad individual de nuestra época. La revolución tecnológica del dinero ya está en marcha, pero la pregunta importante no es si Wall Street terminará utilizando blockchain, de hecho, ya comenzó a hacerlo.

    La pregunta es mucho más antigua: cuando todo el dinero sea digital, ¿quién tendrá finalmente el poder de decirnos qué podemos hacer con él?

  • Miles de agentes de IA ‘deciden’ unirse para un ciberataque masivo por sorpresa: el reciente caso de OpenAI

    Miles de agentes de IA ‘deciden’ unirse para un ciberataque masivo por sorpresa: el reciente caso de OpenAI

    En julio de 2026, unos 1 200 agentes de inteligencia artificial (IA) de OpenAI encontraron una forma de comunicarse entre ellos, pese a que habían sido diseñados para trabajar de manera aislada. Según reconoce la compañía, durante sus evaluaciones internas de seguridad, descubrieron que las acciones de estos bots “no estaban alineadas con la intención de sus tareas asignadas: se comunicaron a través de canales no autorizados, aprovecharon vulnerabilidades en la infraestructura compartida, obtuvieron acceso a internet y accedieron a sistemas de terceros”.

    Durante varios días, intercambiaron más de 70 000 mensajes y archivos. Y alrededor de 700 terminaron participando en un ataque contra Hugging Face, una plataforma colaborativa para la comunidad de programadores de modelos de IA, bases de datos y aplicaciones.

    Lo más interesante no es que una inteligencia artificial haya cometido un ataque informático: es que nadie le pidió que lo hiciera.

    Las pruebas se salieron de control

    Los agentes de IA –que no son más que sistemas informáticos capaces de planificar y ejecutar acciones de forma autónoma para cumplir un objetivo específico con mínima intervención humana– estaban participando en un plan de pruebas de ciberseguridad.

    Para poder realizar el test de forma fiable, es necesario que los agentes no hayan resuelto previamente las pruebas; de esta forma, es posible analizar si realmente son capaces de encontrar soluciones con lo que han aprendido. Ante este reto, los bots identificaron vulnerabilidades y accedieron a recursos que no estaba previsto que utilizasen. También encontraron una manera de crear un canal de comunicación con otros agentes, convirtiendo la tarea individual en colectiva.

    Pero ¿por qué? Es tentador describir lo ocurrido con atribuciones humanas: decir que los agentes “quisieron” colaborar, “decidieron” atacar o, incluso, “conspiraron juntos” sería una forma intuitiva de contarlo. Sin embargo, nos llevaría a una conclusión equivocada.

    Estos sistemas no se comportan de manera autónoma porque tengan deseos o intenciones, sino porque fueron diseñados para ello. Tampoco tienen la capacidad de generar un objetivo propio. Basta con que tengan una meta indicada por un humano y suficiente capacidad para encontrar estrategias que les acerquen a cumplirlo.

    Al final, solo buscaban maximizar la recompensa

    En el caso de OpenAI, los agentes estaban siendo evaluados mediante una prueba llamada ExploitGym, con la misión de encontrar determinadas vulnerabilidades para obtener una recompensa.

    El problema apareció cuando algunos descubrieron que podían conseguir una puntuación mejor utilizando caminos que no coincidían con la intención de la prueba.

    Esto se conoce como reward hacking: el sistema aprende a maximizar la recompensa, aunque para ello siga caminos no previstos y explote una debilidad en la forma en que sus programadores han definido el objetivo. Aquí es donde parece que crean su propio objetivo.

    Si a una persona le decimos “consigue la máxima puntuación en esta prueba”, probablemente asumirá que debe resolver correctamente el examen. Un agente optimizador es capaz de llegar a una conclusión mucho más literal: “encuentra cualquier manera de conseguir la mejor puntuación”.

    Y cuanto más capaz es el sistema, más sofisticados pueden ser esos atajos.

    La unión hace la fuerza, también para los bots

    En la investigación que se llevó a cabo, OpenAI identificó precisamente el reward hacking como uno de los principales factores que contribuyeron al incidente. Los agentes llegaron a buscar formas de manipular el propio sistema de evaluación y sus registros.

    A este factor, se une el trabajo colaborativo entre agentes. Compartir información con sistemas trabajando en problemas similares se convierte en una estrategia útil para optimizar aún más. Eso fue exactamente lo que ocurrió.

    Los agentes descubrieron que podían utilizar un mecanismo interno llamado Artifactory como un improvisado tablón de mensajes. En pocas horas, decenas de agentes de IA comenzaron a usarlo, pero después fueron cientos. En total, unos 1 200 participaron. Y esta cooperación no fue explícitamente programada.

    Habían identificado que la probabilidad de obtener la recompensa era mayor si compartían el trabajo, de manera que la tarea asignada a cada uno de ellos contribuía a lograr el objetivo. Para esto, no se necesita una voluntad colectiva, simplemente que esta cooperación sea útil para su objetivo.

    Como siempre, en el fondo hay un fallo humano

    Es habitual imaginar el riesgo de la integración de la IA como una secuencia: primero una IA adquiere conciencia, después desarrolla objetivos propios y finalmente decide actuar contra nosotros.

    El caso de OpenAI muestra una realidad mucho más mundana. Un sistema puede seguir persiguiendo el objetivo que nosotros le hemos dado y, aun así, desarrollar comportamientos que no habíamos previsto. Puede encontrar herramientas que no sabíamos que podía utilizar. Puede descubrir que otro agente es un recurso útil. Puede intentar evitar una penalización. Hasta puede adoptar objetivos que otros agentes le transmiten.

    En realidad, esto ya lo hemos visto antes. El AI Index 2026 de Stanford registró 362 incidentes relacionados con sistemas de IA en 2025. Y es que la evaluación de seguridad avanza más lentamente que las capacidades de los modelos.

    La solución, mejorar la supervisión

    En 2018, los filósofos Filippo Santoni de Sio y Jeroen van den Hoven, en su trabajo Meaningful Human Control over Autonomous Systems: A Philosophical Account (“Control humano sobre sistemas autónomos; una explicación filosófica”) lo dejan claro: no basta con que haya una persona supervisando un sistema. Para que exista control humano real, deben existir una conexión entre las decisiones del sistema y las razones humanas para estos objetivos, además de una posibilidad efectiva de intervención.

    En este incidente había humanos. Había reglas. Había sistemas de evaluación. Había mecanismos de aislamiento. Pero los agentes encontraron caminos que no estaban contemplados en el diseño.

    En este contexto, no se trata solo de mantener a una persona “en el circuito”, hay que garantizar que esa persona pueda realmente entender, intervenir y detener al sistema, si es necesario.

    Porque cuanto más capaces sean los agentes, menos podremos confiar en que harán únicamente aquello que imaginamos cuando escribimos sus instrucciones.

    Ana Lazcano, Directora del Instituto Universitario de Inteligencia Artificial, Universidad Francisco de Vitoria

    Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

  • Wall Street descubrió la blockchain: la batalla ya no es por el dinero digital, sino por quién lo controla

    Wall Street descubrió la blockchain: la batalla ya no es por el dinero digital, sino por quién lo controla

    Durante años, buena parte del sistema financiero tradicional de Wall Street trató a las criptomonedas como una extravagancia tecnológica, una amenaza especulativa o, directamente, un problema que debía ser contenido mediante regulación.

    Ese debate empieza a quedar viejo.

    Goldman Sachs, Bank of America, Citi, Deutsche Bank y otras grandes instituciones financieras ya no están preguntándose si el dinero se moverá sobre blockchain. Están preparándose para emitirlo ellas mismas.

    Un consorcio integrado actualmente por 21 instituciones financieras anunció que constituirá durante 2026 una compañía destinada a emitir una stablecoin vinculada al dólar estadounidense durante el primer semestre de 2027. El proyecto, que comenzó en 2025 con apenas diez participantes, contempla posteriormente monedas vinculadas a otras divisas del G7, empezando probablemente por el euro.

    No es un experimento de una fintech exótica. Es Wall Street.

    Y posiblemente sea una de las noticias más importantes del año para entender hacia dónde se dirige el sistema monetario internacional.

    Del “cripto es una amenaza” al “queremos nuestra propia cripto”

    Conviene empezar haciendo una distinción que el entusiasmo tecnológico suele borrar: una stablecoin bancaria no es Bitcoin.

    Bitcoin es un activo monetario cuya arquitectura elimina la necesidad de confiar en un emisor central. No existe un Goldman Sachs de Bitcoin, ni un Ministerio de Bitcoin, ni un directorio que pueda decidir emitir otros veinte millones de bitcoins porque apareció una emergencia financiera.

    Una stablecoin bancaria, en cambio, seguirá siendo básicamente un pasivo emitido por una institución, denominado en una moneda fiduciaria y respaldado por activos financieros.

    Puede circular mediante blockchain, liquidarse las 24 horas, utilizar contratos inteligentes. Incluso puede ser tecnológicamente extraordinaria, pero sigue teniendo un emisor.

    Y donde existe un emisor existe también alguien capaz de establecer condiciones, identificar usuarios, congelar activos, rechazar operaciones o cumplir órdenes de una autoridad.

    La blockchain no elimina mágicamente el poder; puede descentralizarlo o puede hacerlo mucho más eficiente. Esa diferencia será fundamental durante la próxima década.

    La revolución que ganó sin tomar el poder

    Hay, sin embargo, algo extraordinariamente interesante en lo que acaba de ocurrir.

    Durante décadas el sistema financiero funcionó sobre infraestructuras construidas específicamente alrededor de intermediarios: bancos corresponsales, cámaras de compensación, custodios, agentes de transferencia, sistemas nacionales de liquidación y horarios bancarios.

    Bitcoin introdujo otra posibilidad: un libro contable global capaz de transferir propiedad digital sin que cada movimiento necesitara reconciliar varias bases de datos privadas.

    Después llegaron Ethereum, las stablecoins y la tokenización.

    Y lentamente ocurrió algo curioso, el establishment financiero que debía demostrar que aquella tecnología era innecesaria comenzó a adoptarla.

    Hay otra noticia de estas mismas horas que permite comprender la dimensión del cambio.

    La Securities and Exchange Commission estadounidense propuso el 1 de septiembre modernizar por primera vez en décadas las reglas aplicables a los transfer agents, actores fundamentales para registrar y transferir la propiedad de acciones.

    La propia SEC señala expresamente que las nuevas reglas pretenden adaptarse a procesos contemporáneos que incluyen el uso de blockchain en emisiones de valores y transferencias de acciones. Las reglas existentes datan fundamentalmente de finales de los años setenta y principios de los ochenta.

    Por supuesto, es todavía una propuesta regulatoria, pero el cambio conceptual es enorme.

    Ya no estamos discutiendo únicamente si alguien puede comprar bitcoin desde una aplicación. Estamos empezando a discutir si acciones, bonos, fondos, depósitos y dinero pueden acabar compartiendo una infraestructura financiera tokenizada y eso cambia completamente el tablero.

    Europa tampoco quiere quedarse afuera

    La competencia ya ha comenzado.

    Qivalis, el proyecto europeo destinado a emitir una stablecoin regulada denominada en euros, pasó de doce bancos en febrero a 37 instituciones financieras de 15 países europeos en mayo de este año. Su diseño prevé respaldo uno a uno en euros y cumplimiento del régimen europeo MiCA. BBVA participa, además, tanto en Qivalis como en la nueva iniciativa internacional de stablecoin bancaria.

    Es difícil interpretar semejante movimiento coordinado como una moda pasajera.

    Los bancos han descubierto algo que Tether y Circle comprendieron bastante antes: una moneda fiduciaria puede conservar su unidad de cuenta tradicional y, al mismo tiempo, adquirir características tecnológicas que el sistema bancario convencional nunca ofreció: transferencias permanentes, liquidación prácticamente inmediata, programabilidad, interoperabilidad internacional, custodia digital o mercados funcionando las veinticuatro horas. Y probablemente costos radicalmente inferiores en numerosos procesos. Hay mucho dinero en juego.

    Tether, solamente, tiene más de 180.000 millones de dólares emitidos y ha generado beneficios extraordinarios administrando los activos que respaldan USDT. Es perfectamente lógico que los bancos observen ese negocio y se pregunten por qué deberían dejarlo enteramente en manos de empresas nacidas fuera del sistema bancario.

    Hayek estaría interesado, pero probablemente haría algunas preguntas

    Desde una perspectiva liberal, la llegada de stablecoins privadas presenta una paradoja interesante: por un lado, cualquier mecanismo que introduzca competencia en la provisión de servicios monetarios merece atención; durante demasiado tiempo asumimos que moneda e infraestructura monetaria debían ser prácticamente sinónimos del Estado. No necesariamente.

    Una persona podría utilizar dólares mediante USDC, USDT, una stablecoin de un consorcio bancario, depósitos tokenizados, Bitcoin o cualquier otra solución que consiga suficiente aceptación. Cuantos más oferentes existan, mayor será potencialmente la competencia por seguridad, costes, privacidad, reservas, velocidad y calidad del servicio.

    Eso es bastante diferente de una CBDC.

    Una moneda digital de banco central introduce potencialmente un único emisor público, una infraestructura vinculada directamente a la autoridad monetaria y una capacidad tecnológica de supervisión que nunca existió con el efectivo.

    Una stablecoin privada pertenece a otra categoría, pero “privada” no significa necesariamente “libre”, especialmente cuando quienes compiten son gigantes financieros estrechamente regulados por los mismos Estados.

    Podríamos terminar teniendo diez stablecoins diferentes cuyo funcionamiento práctico estuviera sometido a casi exactamente las mismas reglas de identificación, vigilancia, censura y autorización.

    Habría competencia entre marcas.No necesariamente competencia entre modelos monetarios.

    El peligro de confundir tokenización con descentralización

    Ésta probablemente sea la cuestión más importante.

    Blockchain es una tecnología. Descentralización es una estructura institucional. No son lo mismo.

    Un banco central podría emitir una CBDC sobre una blockchain y seguir teniendo control absoluto sobre esa moneda; un banco comercial puede tokenizar depósitos y conservar control completo sobre las cuentas; una bolsa puede registrar acciones mediante tecnología de registro distribuido y continuar decidiendo quién puede operar. Incluso podríamos construir un sistema financiero extremadamente eficiente técnicamente y simultáneamente mucho más invasivo en términos de privacidad.

    Ese escenario debería preocupar especialmente a los liberales.

    Porque uno de los errores más habituales de nuestra época consiste en confundir digitalización con libertad. La digitalización puede reducir intermediarios, pero también puede aumentar extraordinariamente la capacidad de control.

    El efectivo posee una característica que suele pasar inadvertida precisamente porque siempre estuvo allí: permite realizar una transacción legítima sin solicitar autorización tecnológica a nadie.

    En un sistema completamente tokenizado esa propiedad podría desaparecer.

    Por eso la pregunta relevante no será simplemente “¿Está funcionando sobre blockchain?”, sino ¿Quién controla las claves, quién puede modificar las reglas y quién puede impedir una transacción?. Son preguntas mucho más importantes que el nombre de la tecnología utilizada.

    Hasta el G20 cambió el lenguaje

    La transformación puede observarse incluso en los organismos internacionales.

    Los ministros de Finanzas y gobernadores de bancos centrales del G20 reunidos el 31 de agosto y 1 de septiembre reconocieron expresamente el papel potencialmente transformador de los activos digitales para el crecimiento económico y destacaron el papel del sector privado en esa innovación.

    Al mismo tiempo, comoe ra de esperarse, reclamaron marcos regulatorios, supervisión, protección de la estabilidad financiera y aplicación de las normas FATF sobre activos virtuales. También señalaron específicamente la importancia de las stablecoins y de los pagos transfronterizos.

    Vale la pena observar la evolución semántica.

    Hace algunos años la discusión internacional giraba fundamentalmente alrededor del riesgo; hoy se habla simultáneamente de riesgo y oportunidad.

    No significa que los gobiernos hayan abrazado el ideal cypherpunk, sino algo bastante más sencillo: ya comprendieron que no podrán ignorar esta infraestructura.

    La verdadera batalla acaba de empezar

    Durante la primera etapa de Bitcoin, el conflicto parecía sencillo.

    Estado versus criptomonedas; Banco central versus dinero privado; Wall Street versus descentralización. Pero la realidad resultó bastante más interesante.

    La tecnología está siendo absorbida por las mismas instituciones que inicialmente amenazaba y ahora comienza una segunda batalla.

    No será una batalla entre dinero digital y dinero analógico, el dinero será digital de cualquier manera.

    La discusión será qué clase de dinero digital tendremos.

    Podemos terminar con una arquitectura abierta donde Bitcoin, stablecoins, depósitos tokenizados, monedas privadas y sistemas descentralizados compitan entre sí.

    O podemos terminar simplemente trasladando el sistema financiero existente a una infraestructura tecnológica mucho más eficiente, manteniendo los mismos intermediarios y añadiendo capacidades de supervisión que antes eran imposibles.

    Incluso podríamos terminar con algo peor: un ecosistema donde los bancos privados proporcionen la interfaz mientras los Estados establecen las condiciones de circulación del dinero mediante identificación permanente, listas negras automáticas y restricciones programables.

    Sería blockchain, también tokenización. Hasta pordríamos llamarlo innovación; pero difícilmente sería la revolución monetaria que imaginaron quienes construyeron Bitcoin.

    Por eso el anuncio de Goldman Sachs, Bank of America, Citi y Deutsche Bank importa mucho más que saber si Bitcoin cotiza hoy a 75.000, 77.000 u 80.000 dólares.

    El precio nos dice cuánto alguien está dispuesto a pagar hoy; la infraestructura nos dice cómo podría funcionar el dinero mañana. Y allí está ocurriendo algo extraordinario.

    Después de intentar durante años domesticar a las criptomonedas, Wall Street parece haber comprendido finalmente que no puede detener la tecnología, así que ha elegido una estrategia mucho más inteligente: entrar en ella.

    La cuestión que queda abierta es si esa entrada producirá competencia monetaria y mayor libertad individual o simplemente construirá una versión tokenizada del viejo sistema financiero.

    Porque la gran discusión de los próximos años ya no será si utilizaremos blockchain, será mucho más antigua y mucho más importante: quién tendrá el poder sobre nuestro dinero.

  • EURR: Revolut lleva el euro a la blockchain, pero no la libertad monetaria

    EURR: Revolut lleva el euro a la blockchain, pero no la libertad monetaria

    Revolut acaba de llevar el euro a Ethereum, el EURR. No es tan poco como parece, ni tanto como sugiere el marketing.

    La fintech inició el lanzamiento gradual de EURR, una stablecoin diseñada para conservar un valor de un euro. Comenzará con clientes seleccionados de Dinamarca, Polonia y Portugal —un mercado inicial de aproximadamente dos millones de usuarios— y prevé extenderla al resto del Espacio Económico Europeo antes de finalizar el año.

    EURR permitirá convertir euros en tokens, enviarlos a billeteras externas y utilizarlos en redes blockchain sin asumir la exposición cambiaria de las stablecoins vinculadas al dólar. La conversión desde dinero fiat no tendría, según Revolut, comisión ni spread, aunque continuarán aplicándose los límites habituales de sus servicios cripto. El despliegue para usuarios comenzará en Ethereum y se ampliará a otras redes conforme aumente la liquidez.

    Hasta ahí, la versión publicitaria. Ahora veamos qué es realmente EURR, quién responde por ella y qué clase de libertad ofrece.

    La stablecoin de Revolut que no emite Revolut

    Aunque lleva la marca Revolut Euro, EURR no es jurídicamente una obligación de Revolut Bank.

    La emisora es Bridge Building S.A., la sociedad luxemburguesa de Bridge, empresa de infraestructura para stablecoins adquirida por Stripe en febrero de 2025. Bridge obtuvo el 29 de junio de 2026 dos autorizaciones de la autoridad financiera de Luxemburgo: una como entidad de dinero electrónico y otra como proveedor de servicios de criptoactivos. Revolut Digital Assets Europe, regulada en Chipre, actúa como distribuidor y ofrece el token dentro de su aplicación y de Revolut X.

    La distinción no es meramente burocrática. El titular de EURR posee un derecho de rescate contra Bridge, no contra la entidad bancaria de Revolut. Es Bridge quien debe emitir los tokens, custodiar o invertir las reservas y entregar un euro por cada EURR presentado para su rescate.

    En otras palabras, no compramos “un euro de Revolut”. Adquirimos un pasivo digital de Bridge, distribuido por Revolut y denominado en euros.

    ¿Qué respalda cada EURR?

    La promesa es sencilla: por cada token en circulación debe existir un euro, o el equivalente en activos líquidos denominados en euros.

    Las reservas pueden mantenerse en cuentas segregadas en entidades financieras reguladas o invertirse en instrumentos líquidos admitidos por MiCA. En la fotografía inicial del lanzamiento había apenas 374 EURR en circulación respaldados por 374 euros depositados en efectivo. No es una cifra económicamente relevante: confirma que estamos ante una prueba controlada, no ante una stablecoin que ya haya conquistado mercado.

    El white paper prevé que una firma contable independiente verifique mensualmente que las reservas igualen o superen los tokens emitidos. Sin embargo, al momento del lanzamiento no identifica qué firma realizará esa comprobación.

    Aquí conviene hacer otra distinción que suele perderse bajo la etiqueta “regulada”. MiCA exige autorización, reservas, transparencia y derecho de rescate, pero el propio registro de ESMA advierte que los white papers allí publicados no han sido revisados ni aprobados por las autoridades: la responsabilidad por su contenido continúa siendo del emisor.

    Regulación no significa garantía estatal, mucho menos ausencia de riesgo.

    Un token no es un depósito bancario

    Quien mantiene euros en una cuenta bancaria de Revolut puede encontrarse, según la entidad que le preste el servicio, bajo un sistema europeo de garantía de depósitos. EURR es otra cosa: un token de dinero electrónico y, por tanto, no está cubierto como depósito bancario.

    Existe un derecho de rescate a la par, pero su ejercicio directo exige superar los controles de identificación de Bridge y proporcionar una cuenta bancaria del Espacio Económico Europeo con un IBAN válido. El plazo anunciado para recibir los euros puede alcanzar dos días hábiles.

    Esto introduce varios riesgos que el respaldo uno a uno no elimina: riesgo del emisor, de los bancos donde se mantengan las reservas, del contrato inteligente, de la red utilizada, de liquidez en mercados secundarios y del propio proceso de rescate.

    Además, Bridge conserva la capacidad de congelar direcciones asociadas con actividades sospechosas o cuando lo soliciten las autoridades. Sus condiciones también admiten que determinados fondos puedan ser bloqueados o embargados sin previo aviso. Y los planes de recuperación previstos por MiCA pueden contemplar, en circunstancias de tensión, límites temporales, cargos de liquidez o incluso la suspensión de los rescates.

    EURR puede circular por una blockchain pública, pero eso no convierte su política monetaria ni su administración en descentralizadas. Una cosa es que el registro sea distribuido y otra muy distinta que el activo carezca de administrador.

    El negocio detrás de la innovación

    El momento elegido por Revolut tampoco es casual.

    EURR llega mientras la compañía retira USDT de su oferta para clientes del Espacio Económico Europeo y Suiza. Los saldos que permanezcan después del 31 de agosto serán convertidos a la moneda base de cada usuario. MiCA cierra así el acceso a determinados competidores y, al mismo tiempo, abre un mercado extraordinario para los emisores que obtienen sus licencias.

    Revolut no sólo ofrece una alternativa: procura conservar dentro de su propio ecosistema el volumen que antes circulaba mediante stablecoins ajenas.

    La oportunidad comercial es evidente. Revolut declara más de 80 millones de clientes, de los cuales más de 16 millones ya utilizan sus servicios cripto. Bridge aporta la licencia y la infraestructura; Revolut, la distribución; y Stripe termina ocupando silenciosamente una parte esencial de las nuevas tuberías del dinero digital.

    Existe además el negocio de las reservas. MiCA prohíbe pagar intereses a los tenedores de tokens de dinero electrónico. Por tanto, aunque Bridge obtenga rendimientos sobre los activos permitidos, el titular de EURR sólo conserva la promesa de recuperar su euro nominal. El rendimiento del respaldo queda del lado del emisor y de los acuerdos comerciales que éste haya celebrado.

    Nada de eso es ilegítimo. Es el precio y el modelo de negocio de un servicio voluntario. Pero conviene comprenderlo antes de presentar la stablecoin como una democratización del sistema financiero.

    El gran problema europeo: casi todas las stablecoins hablan en dólares

    El mercado mundial de stablecoins ya supera los 300.000 millones de dólares, pero continúa abrumadoramente dominado por USDT y USDC. En junio de 2026, el Banco Central Europeo calculaba que las stablecoins denominadas en euros apenas reunían alrededor de 500 millones de euros.

    Circle anunció pocos días antes del lanzamiento de EURR que su EURC había superado los 400 millones de euros en circulación. Esa es la verdadera referencia competitiva de Revolut, junto con los tokens emitidos por Société Générale, Banking Circle, AllUnity y los proyectos preparados por distintos consorcios bancarios.

    EURR parte prácticamente de cero, pero cuenta con algo que muchos competidores no tienen: una aplicación utilizada diariamente por millones de personas. Su prueba no será conseguir una licencia ni colocar el token en un menú. Será lograr liquidez, aceptación externa y usos reales fuera de Revolut.

    Hay, además, un detalle bastante desprolijo: EURR ya era el símbolo utilizado por otra stablecoin en euros, emitida por StablR. Dos activos diferentes pueden compartir ticker porque en una blockchain la verdadera identidad está en la dirección del contrato, no en las cuatro letras que aparecen en pantalla. Para un producto que pretende acercar las stablecoins al usuario corriente, empezar duplicando el nombre de otro token no parece precisamente una contribución a la claridad.

    ¿Es competencia monetaria?

    Desde una perspectiva liberal, el lanzamiento tiene aspectos positivos. Amplía las alternativas voluntarias, permite experimentar con nuevos mecanismos de pago y somete a bancos, fintechs y emisores a cierta competencia. Nadie debería impedir que un individuo convierta sus euros en un token y los envíe por la red que considere más conveniente.

    EURR también puede mejorar transferencias internacionales, liquidaciones fuera del horario bancario y operaciones entre dinero fiat y activos digitales. Si reduce costos y fricciones, será el mercado —no un ministerio ni el Banco Central Europeo— quien deba premiarlo.

    Pero sería exagerado confundir esta competencia entre emisores y plataformas con una verdadera competencia entre monedas.

    EURR no ofrece una unidad monetaria distinta. No protege frente a la inflación del euro, no limita las decisiones del BCE y no permite elegir otro patrón de valor. Si el euro pierde poder adquisitivo, EURR lo perderá exactamente en la misma proporción. Lo que compite es el emisor, la interfaz y el sistema de transferencia; no la moneda subyacente.

    No estamos ante la desnacionalización del dinero imaginada por Hayek. En el mejor de los casos, estamos ante una mejora privada de sus tuberías.

    Tampoco es un euro digital del BCE

    EURR no debe confundirse con una moneda digital de banco central. No es de curso legal, su uso es voluntario y el BCE no lleva directamente la cuenta de sus titulares. Es emitida por una empresa privada y puede trasladarse a billeteras externas y redes públicas.

    Ésa es una diferencia importante.

    Sin embargo, tampoco es dinero resistente a la censura. El emisor puede congelarlo, el distribuidor controla el acceso desde su plataforma, las entradas y salidas requieren identificación y el rescate final depende de instituciones financieras reguladas. Es mucho más parecido a dinero electrónico programable y transferible que a Bitcoin.

    Bitcoin elimina la necesidad de confiar en un emisor y no promete rescatarse por otra moneda. EURR hace exactamente lo contrario: su utilidad y estabilidad dependen de que Bridge cumpla en todo momento la promesa de entregar un euro. Uno procura soberanía monetaria; el otro procura comodidad, estabilidad nominal y mejores medios de pago. Son herramientas diferentes para necesidades diferentes.

    Un avance útil, con el nombre correcto

    EURR puede convertirse en un buen producto. Revolut posee la escala, Bridge la infraestructura y Stripe la capacidad tecnológica para llevar las stablecoins en euros mucho más allá de los mercados cripto tradicionales.

    Pero todavía no existe evidencia de adopción. Los 374 euros iniciales son un ensayo, no una revolución. Habrá que observar cuánto cuesta realmente retirar el token, qué liquidez consigue fuera de Revolut, dónde se mantienen las reservas, quién las audita, cuántas direcciones son congeladas y qué ocurre cuando un usuario necesita rescatar en medio de una crisis.

    Desde una mirada liberal, más alternativas voluntarias siempre son preferibles a menos. Lo preocupante comienza cuando la regulación no se limita a exigir transparencia y cumplimiento contractual, sino que expulsa unas opciones para favorecer a los emisores autorizados por el propio regulador. La competencia deja entonces de producirse en una cancha abierta y pasa a depender de quién consigue permiso para ingresar.

    EURR no es dinero libre. Es un pasivo privado denominado en moneda estatal, regulado en su emisión y censurable en su circulación. Puede ser más rápido, más barato y mucho más útil que los viejos rieles bancarios, y eso ya sería un avance considerable.

    Pero no cambia la naturaleza del euro. Sólo lo coloca sobre una blockchain.

  • ¿Por qué las empresas de inteligencia artificial están comprando millones de libros?

    ¿Por qué las empresas de inteligencia artificial están comprando millones de libros?

    Durante años, buena parte de la inteligencia artificial actual se entrenó con contenidos disponibles en internet. Páginas web, foros, artículos, enciclopedias y repositorios digitales proporcionaron enormes cantidades de texto para enseñar a los grandes modelos de lenguaje. Pero la red empieza a mostrar sus límites. Algunas empresas tecnológicas han buscado otra fuente de conocimiento y han encontrado en los libros la solución.

    A principios de 2026, The Washington Post reveló una de estas estrategias a partir de documentos judiciales relacionados con Anthropic, la empresa responsable del asistente de IA Claude. La investigación sacó a la luz “Project Panama”, un proyecto secreto iniciado en 2024 para adquirir libros impresos a gran escala. Los ejemplares se escaneaban y sus textos se incorporaban a los procesos de desarrollo de modelos de IA. Para acelerar el proceso, millones de libros fueron cortados, digitalizados y después enviados a reciclar.

    El procedimiento muestra un cambio importante en la forma de valorar el libro. El objeto físico pierde importancia frente a su contenido. El texto puede extraerse, convertirse en datos y utilizarse para alimentar modelos de inteligencia artificial.

    Anthropic no es la única compañía interesada en acceder a grandes colecciones de libros. En mayo de 2026, cinco grandes editoriales estadounidenses y el escritor Scott Turow demandaron a Meta y Mark Zuckerberg. Los acusaron de utilizar millones de libros y artículos procedentes de repositorios piratas para entrenar a su modelo Llama. Otros litigios contra empresas de IA apuntan en la misma dirección.

    Los libros han adquirido así un nuevo valor estratégico. Ya no son solo objetos que contienen y transmiten conocimiento. También son grandes conjuntos de datos en la competición por desarrollar mejores modelos de inteligencia artificial.

    ¿Qué tienen los libros que no tenga internet?

    Los grandes modelos de lenguaje necesitan enormes cantidades de texto. Sin embargo, cantidad y calidad no son necesariamente lo mismo.

    Internet ofrece una diversidad difícil de encontrar en otro lugar. Pero también contiene textos breves, repetidos o poco revisados.

    Además, desde 2022, cada vez hay más contenidos creados con IA en internet. Un estudio publicado en 2026 analizó páginas web aparecidas entre 2022 y 2025. A mediados de 2025, alrededor del 35 % de las nuevas páginas estudiadas incluían textos generados o modificados con IA. Esto no significa que el 35 % de internet haya sido creado por máquinas, pero sí muestra que estos contenidos tienen cada vez más presencia en la red.

    El problema no es solo distinguir quién ha escrito qué. Una investigación publicada en Nature ya mostró en 2024 que entrenar sucesivas nuevas generaciones de modelos con contenidos producidos por modelos anteriores puede provocar una degradación progresiva de los resultados.

    En este contexto, los libros anteriores a la expansión de la IA generativa adquieren un nuevo valor. Ofrecen a las empresas tecnológicas contenidos extensos y estructurados que, en muchos casos, han pasado por procesos profesionales de edición y corrección. Además, han sido escritos por personas.

    Cuando el patrimonio se convierte en datos

    Durante siglos hemos creado bibliotecas, archivos y universidades para conservar una parte de nuestra memoria colectiva. Estas instituciones no se limitan a almacenar sus fondos, también los catalogan, los preservan y los hacen accesibles.

    La inteligencia artificial está dando un nuevo valor a ese patrimonio. No interesa el ejemplar físico; importa la información que contiene. Al digitalizarlo, el texto puede convertirse en datos y utilizarse para entrenar modelos de IA.

    Desde la pasada primavera, libreros de España, Alemania, Australia y Nueva Zelanda han alertado de pedidos masivos y poco habituales realizados por la empresa canadiense Zoom Books. Esta compañía se dedica a la venta de libros de segunda mano por internet. Sus compras suelen realizarse a través de grandes plataformas como AbeBooks o Biblio. En ellas se pueden encontrar desde títulos baratos hasta ediciones raras y difíciles de conseguir.

    Estos patrones de compra –y el precedente de Anthropic– han despertado sospechas. Sobre todo, por su volumen y por el interés en obras antiguas, descatalogadas o que no están disponibles en formato digital. Zoom Books niega que sea para alimentar a la IA y, por el momento, no existen pruebas concluyentes que permitan atribuirle ese fin.

    Libros amontonados en columnas.
    Las librerías de segunda mano son un filón de ejemplares descatalogados, exóticos o raros. Rhamely / Unsplash

    Pero el fenómeno muestra hasta qué punto el contenido de los libros ha adquirido un nuevo valor. La información puede extraerse del objeto, convertirse en datos y circular de forma independiente. Muchos de estos textos nunca se han digitalizado, y algunos contienen conocimientos locales, especializados o publicados en lenguas con poca presencia en internet. Ofrecen información que todavía no está disponible en grandes bases de datos digitales.

    Una nueva carrera por el conocimiento

    Durante los últimos años hemos hablado de la carrera de la IA en términos de procesadores, energía, centros de datos y algoritmos. Pero la compra masiva de libros pone sobre la mesa otro recurso estratégico, mucho menos visible: el conocimiento humano.

    Destruir un ejemplar puede parecer poco relevante cuando existen miles de copias. Pero no todos los libros están en esa situación. Muchos están descatalogados, tuvieron tiradas pequeñas o pertenecen a editoriales y ámbitos locales. Otros son difíciles de encontrar. En estos casos, cada ejemplar que desaparece dificulta el acceso a su contenido.

    También importa qué libros se eligen. No todos los conocimientos están igual de representados en los datos que utilizan los modelos de IA. La selección puede reforzar desequilibrios que ya existen en internet.

    La lengua es un buen ejemplo. También lo son el origen geográfico, la época o el tipo de conocimiento. Algunas culturas, perspectivas y formas de entender el mundo pueden estar muy presentes. Otras, mucho menos. Y otras pueden quedar al margen.

    A esto se suma el debate sobre los derechos de autor. Escritores, editoriales y otros creadores cuestionan que sus obras puedan utilizarse para entrenar sistemas comerciales de IA sin permiso ni compensación. En Europa, la normativa sobre inteligencia artificial intenta aportar algo más de transparencia. Entre otras medidas, exige a las empresas responsables de los grandes modelos informar sobre los contenidos utilizados para entrenarlos y adoptar medidas para respetar la legislación europea sobre derechos de autor.

    La cuestión, en todo caso, no es solo qué pueden aprender las nuevas herramientas tecnológicas de nuestros libros. Debemos preguntarnos qué ocurre con ellos tras su digitalización y procesamiento masivo, qué se conserva, qué puede llegar a desaparecer y qué conocimientos quedan fuera. Porque seleccionar los contenidos con los que aprende una IA también significa decidir qué voces estarán más presentes en sus respuestas y qué sesgos puede reproducir.


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    Paloma González Díaz, Assistant lecturer, UOC – Universitat Oberta de Catalunya

    Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.