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  • Carissa Véliz, filósofa: “Muchos adolescentes ni siquiera alcanzan a imaginar cómo es vivir con privacidad”

    Asegura Carissa Véliz (Reino Unido) que aprende lo indecible en las conversaciones con sus estudiantes de la Universidad de Oxford, con los que habla del valor de lo analógico, de las relaciones personales, de qué hace que una vida sea buena. Está convencida de que solo protegiendo la privacidad podemos mantener a salvo la democracia. Y le preocupa que muchos jóvenes, acostumbrados a crecer sin ella, no se den cuenta de las implicaciones que su ausencia puede tener para su futuro.

    En alguna ocasión ha comentado que la privacidad es un instinto animal que compartimos con todas las especies y, sin embargo, últimamente vivimos como si pudiéramos prescindir de ella. ¿Son conscientes las generaciones más jóvenes de su importancia?

    Es difícil responder porque “los jóvenes” no son un grupo homogéneo: hay diferencias importantes en función de dónde nacen, dónde viven, incluso depende de si son hombres o son mujeres. Últimamente me ha sorprendido bastante que mis estudiantes son más conscientes de la importancia de la privacidad y están menos enganchados a la tecnología que muchos adultos. Aunque quizás mis estudiantes no sean lo suficientemente representativos de la población.

    En general, me preocupa el hecho de que haya muchos chavales que no han crecido con privacidad, que ni siquiera alcanzan a imaginar lo que es vivir con privacidad y, sobre todo, que no se dan cuenta de las implicaciones que su ausencia tiene para su futuro.

    La privacidad no es solo una cuestión de si permitimos o no que nos vean o sepan de nosotros. Cuando empresas y gobiernos tienen acceso a información acerca de quiénes somos, qué hacemos, si gozamos de buena o de mala salud, cuáles son nuestras tendencias políticas o religiosas o de quién nos enamoramos, eso tiene implicaciones.

    Así es. Sobre todo porque cuando has vivido siempre en una democracia es difícil imaginar que es frágil, que es vulnerable, que puede tener un fin si no la cuidamos.

    La pérdida de la privacidad puede coartar tu libertad, la libertad de poder decir lo que piensas, la libertad de juntarte con quien elijas, la libertad de poder protestar de manera pacífica. Cuando todo eso desaparece, uno empieza a tener miedo de lo que ha dicho, o de lo que puede decir, y acaba autocensurándose.

    Ocurre ya que en Inglaterra y Estados Unidos se invade la privacidad de quienes tratan de alquilar un piso: los propietarios contratan compañías de datos para obtener información sobre el posible inquilino. Y si le rechazan, si le niegan el acceso a una vivienda, no tienen que justificar por qué, no necesitan dar un motivo.

    Se vulneran, entonces, varios de los derechos que recoge el artículo 12 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que proclama garantizar la protección de la vida privada, la familia, el domicilio, la reputación…

    Claro. Y lo más preocupante es que los problemas no surgen en el momento en el que se recolectan los datos, sino que suelen aparecer mucho más tarde. Es más, ni siquiera cuando surgen es fácil hacer una conexión directa entre el momento en el que un dato deja de pertenecerte y el momento en que sufrimos discriminación o exclusión por ese dato perdido.

    Los derechos son derechos justamente porque son un bien a proteger, imprescindible. Y, si la sociedad vive con una perspectiva demasiado individualista, nos arriesgamos a perder derechos y libertades.

    A veces son los propios padres quienes empiezan a compartir los datos de los chavales antes de que ellos puedan decidir, sin darse cuenta de que, en el futuro, puede tener consecuencias negativas para sus hijos.

    Sin duda. Y eso me hace pensar que todos tenemos que estar mejor informados, algo nada fácil porque muchas compañías y muchos gobiernos no tienen interés en que se conozca cómo tratan los datos.

    Pero no debemos caer en el error de poner toda la responsabilidad sobre los hombros de los individuos, que estamos sobrepasados con el actual nivel de burocracia y de trabajo, y con la cantidad de exigencias que supone nuestro día a día. Lo ideal sería que pudiéramos disponer de mejores productos, poder tener todos acceso a correos electrónicos privados y móviles que respeten la privacidad.

    La necesidad de probar cosas nuevas y la atracción por el riesgo es inherente a la adolescencia. Pero ¿qué pasa con los riesgos digitales? ¿Se asumen con la misma consciencia que, por ejemplo, un salto en paracaídas?

    Indudablemente, no. Uno de los problemas con la vida digital es que es muy nueva. No tenemos experiencia suficiente para tener reacciones viscerales de miedo al riesgo al que nos exponemos. En parte por la novedad, en parte porque es muy abstracto, y en parte porque está diseñado para ser opaco.

    Cuando escribo un mensaje que parece privado en una plataforma como X, pero en realidad está a la vista de todos, hay una incongruencia entre lo que realmente estoy haciendo y la sensación que experimento.

    Por otra parte, somos seres biológicos y, si nos lanzamos desde un avión, la sensación física de riesgo es muy tangible. Pero, si alguien te empuja a la dark web o vende tus datos a un data broker particularmente irresponsable, no hay ninguna sensación física que te alerte.

    ¿Explicar a los más jóvenes esos riesgos invisibles puede ayudarles a poner límites?

    Considero que sí. He conocido a muchos estudiantes que evitan compartir ciertas cosas porque se preocupan por el día de mañana, por si en el futuro, cuando vayan a pedir trabajo, tienen problemas porque alguien ve aquella foto en la que habían bebido más de la cuenta, o lee aquel comentario desafortunado.

    Yo, sobre todo, animaría a los jóvenes a que participen en la construcción de su propio mundo. Es su mundo, el mundo que van a habitar, y tienen derecho a construirlo. Me gustaría ver jóvenes que programen, dedicados a crear aplicaciones mejores de las que hay, que no quieran trabajar para Google sino crear su propia compañía, con otra ética diferente y sin sesgos racistas o sexistas.

    ¿Digitalizar implica vigilar?

    No necesariamente. Según hemos diseñado lo digital, ahora mismo ambas cosas están indisolublemente unidas. Por eso hay que reinventar lo digital.

    Tal y como lo plantea, el debate no es tecnología sí o tecnología no, sino tecnología cómo y, sobre todo, con qué ética.

    En efecto, la clave es quién tiene el poder sobre la tecnología, quién la controla y hasta qué punto nos da autonomía. Un adolescente que tiene 18 años vive en un mundo en el que siempre ha existido Google, pero lo cierto es que, si lo vemos en perspectiva, Google ha existido un microsegundo en la historia de la humanidad. Las nuevas generaciones deben darse cuenta de que todo es temporal, y de que tienen la oportunidad de cambiar lo que no les gusta.

    Muchas redes sociales y apps nos ofrecen constantemente contenidos a medida, y eso nos encierra en una especie de pecera, una burbuja donde solo se muestran contenidos que coinciden con nuestra forma de pensar, mientras el resto de la realidad se diluye. Así, parece más fácil que triunfen los discursos de odio y la desinformación.

    Sí, así es. Pero la tecnología no tiene por qué colocarnos necesariamente en estos guetos de información, de ahí mi insistencia en que los propios jóvenes inventen algo diferente, algo menos personalizado. Porque todo lo personalizado nos aísla de los otros.

    Insisto en que estamos en un momento en que es necesario involucrarse en la sociedad que tenemos, hacernos responsables de ella, forjarla, cultivarla, cuidarla.

    Y eso, entiendo, va más allá de crear nueva tecnología.

    Sí. Y, aunque podemos caer en el error de pensar que en este momento, con el auge de la inteligencia artificial, lo más importante para construir el futuro son las ciencias experimentales, la realidad es que es el momento de las humanidades. Porque sin humanidades, sin un entendimiento de cómo gobernar la tecnología, podemos terminar peor que si no desarrollamos esa tecnología.

    Hace un rato leí en un artículo del Financial Times que las empresas se quejan de que sus empleados no son capaces de pensar por sí mismos. Y las disciplinas que nos enseñan a pensar son, precisamente, las humanidades.

    No sé si conoce el debate que ha habido en España hace poco, con la última reforma de la Ley de Educación, sobre si mantener o no como obligatoria la asignatura de Filosofía, si es lo bastante útil.

    Que podamos tan siquiera insinuar que la Filosofía no es útil deja en evidencia que estamos manejando un concepto de utilidad increíblemente superficial, cortoplacista, centrado solo en producir y obtener resultados que podamos cuantificar, traducir a números. Cuando lo cierto es que todos nosotros tenemos una idea bastante intuitiva de que las cosas que más importan en la vida no se pueden medir.

    ¿Qué mensaje le mandaría a los jóvenes?

    Mandaría dos. El primero, que es el momento perfecto para leer. Leer todo lo que puedas leer. Leer historia, leer filosofía, leer política, leer antropología, aprender de las generaciones pasadas, de cómo superaron los momentos más difíciles de sus vidas. Y leer en papel, porque el acto de leer es un acto de desafío a todo lo que está pasando. Es decir: no, no voy a estar en tu ordenador, ni voy a estar en tus redes sociales, voy a leer a los grandes pensadores de la historia.

    El segundo: que la vida no es digital, sino analógica… La vida es la vida de las cosas, de la cafetería de la esquina, la vida de tus amigos, de las conversaciones en persona, de la naturaleza, de salir a correr. Y mientras menos dependamos de lo digital, más robusta y satisfactoria será esa vida. Lo digital es un fantasma de lo analógico, es un second best, lo que usamos cuando no tenemos la opción de hacer algo analógico. Hablamos por Zoom cuando no podemos vernos en persona.


    Esta entrevista se publicó originalmente en la Revista Telos de la Fundación Telefónica, y forma parte de un número monográfico dedicado a la Generación Alfabeta.The Conversation

    Elena Sanz, Directora, The Conversation

    Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

  • ¿Cómo afectan la tecnología digital y las redes sociales al cerebro de niños y adolescentes?

    La digitalización es algo imparable, como también lo es el uso de redes sociales. Según una encuesta realizada por la Organización de Consumidores y Usuarios (OCU) a mediados de 2023, los adolescentes y los jóvenes pasan en promedio entre 3 y 4 horas diarias pendientes de las redes sociales. La duda es ¿qué efecto produce en su cerebro y, por extensión, en su vida mental y social? Actualmente se dispone de una gran cantidad de datos, procedentes de diversos estudios científicos, que permiten ver el alcance que tiene utilizar tecnología digital y redes sociales en exceso. Pero no resulta sencillo sacar conclusiones.

    Se dice que el abuso de tecnología digital en general, y de las redes sociales en particular, durante la preadolescencia y la adolescencia está detrás de la epidemia de salud mental que afecta a los más jóvenes. Sin embargo, los datos que se han obtenido hasta la fecha resultan, en algunas ocasiones, contradictorios.

    Las redes sociales cambian el cerebro… ¿a peor?

    Uno de los trabajos científicos más completos llevados a cabo es una metaanálisis que se publicó a finales de 2023 en la revista Early Education and Development. Los autores concluyen que el uso de tecnología digital durante la infancia y la adolescencia produce cambios en la conectividad de diversas áreas del cerebro.

    Ahora bien, que haya cambios no indica, de entrada, si son perjudiciales o beneficiosos. El cerebro es un órgano plástico y maleable, que va haciendo y rehaciendo sus conexiones neuronales, las sinapsis, en base no sólo a programas genéticos internos sino también, de forma muy especial, en interacción con el exterior, a partir de las experiencias que la persona tiene y los aprendizajes que va realizando. Y también en función de los estados emocionales con los que vive estas experiencias o realiza los aprendizajes.

    Se trata de un sistema fantástico que se asegura de que, por aprendizaje, conseguimos adaptarnos a casi cualquier situación. Ahora bien, estas mismas sinapsis también contribuyen a regular el comportamiento de la persona. Y eso incluye cómo se percibe a sí misma, cómo percibe el entorno y cómo se relaciona en su entorno social.

    Cuando las redes sociales son el eje de las experiencias diarias

    El hecho de que el uso de tecnología digital durante la infancia y la adolescencia modifique las conexiones neuronales no es, de entrada, una mala noticia. El cerebro se adapta al entorno que encuentra, también al digital y al de las redes sociales, y aprende a gestionarlo. Y eso es positivo.

    Pero ¿qué ocurre cuando el uso de tecnología digital en general y de las redes sociales en particular se convierte, durante la infancia y la adolescencia, en el eje central de las experiencias diarias, de los contactos sociales y de los aprendizajes? Se ha demostrado que en ese caso se altera la conectividad en diversas áreas del cerebro, entre las que destacan la corteza prefrontal, la amígdala y el estriado.

    La corteza prefrontal se ocupa de gestionar los comportamientos más complejos, las llamadas funciones ejecutivas. Incluyen la capacidad de reflexionar y de razonar, de planificar, de tomar decisiones basadas en razonamientos previos y de racionalizar y gestionar los estados emocionales, para evitar en lo posible las respuestas meramente impulsivas.

    En cuanto a la amígdala cerebral, se encarga de generar los estados emocionales, especialmente pero no únicamente los vinculados a sensaciones de estrés y amenaza.

    Finalmente, el cuerpo estriado gestiona las sensaciones de recompensa por las actividades que hacemos o los pensamientos que tenemos, y también permite que anticipemos las recompensas futuras tomando de base las experiencias pasadas.

    Más impulsivos pero también más escépticos

    Todo ello propicia que el abuso de tecnología digital durante la infancia y la adolescencia se relacione directamente con retrasos en el desarrollo psicomotriz y con un incremento de la impulsividad, lo que incluye una disminución en lo relativo a la frustración y de la resiliencia. Abusar de la tecnología digital hace que los niños y los adolescentes se pierdan muchas experiencias vitales presenciales que son cruciales para un buen desarrollo físico y mental, entre ellas el juego con otros niños y adolescentes y la socialización vivencial, también con la familia.

    En este sentido, se ha visto que el abuso de redes sociales (y no hacer un uso racional de ellas) cambia la manera de pensar y expresarnos. Además, nos hace comportarnos de forma más impulsiva y se incrementa la confianza hacia personas desconocidas. Paradójicamente, también nos vuelve más escépticos en cuanto a las noticias que recibimos.

    También se ha visto que los adolescentes que miran muy a menudo las redes sociales para estar pendientes de lo que se dice muestran una trayectoria de neurodesarrollo diferente en algunas regiones del cerebro, que comprenden las redes emocionales, motivacionales y de control cognitivo en respuesta a la anticipación de recompensas sociales. Esto sugiere que la verificación habitual de las redes sociales en la adolescencia puede estar asociada con cambios en la sensibilidad neural a la anticipación de recompensas, lo que podría tener implicaciones psicológicas.

    Faltan certezas absolutas

    Decimos “podría”. Y este es el quid de la cuestión: la falta de certezas absolutas nos obliga a usar siempre el condicional.

    ¿Ciertamente el abuso de las redes sociales está recableando de forma extensa el cerebro, y estos cambios son la causa de la epidemia de salud mental que afecta especialmente, pero no únicamente, a adolescentes y jóvenes? No cabe duda de que contribuye, pero hay muchos otros aspectos implicados, como por ejemplo el incremento constante de estrés social y también de sensación de soledad, que al mismo tiempo se combina a menudo con sobreprotección.

    En cualquier caso, tanto los responsables políticos como los educativos, y toda la sociedad en general, deberíamos estar muy pendientes de la salud mental de todos, generando políticas y espacios de convivencia donde los contactos presenciales y la sensación de acompañamiento no sobreprotector fuesen los auténticos protagonistas de la vida de niños, adolescentes y jóvenes.The Conversation

    David Bueno i Torrens, Profesor e investigador de la Sección de Genética Biomédica, Evolutiva y del Desarrollo. Director de la Cátedra de Neuroeducación UB-EDU1st, Universitat de Barcelona

    Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

  • Los adolescentes ahora ponen ‘V-Bucks’ de Fortnite y Bitcoin en sus listas de deseos navideños

    Algunas listas de deseos de navidad en los Estados Unidos atraviesan a todas las generaciones y otras, bueno, no.

    Por primera vez, los adolescentes dijeron que querían la criptomoneda como Bitcoin y la moneda virtual de Fortnite, ‘V-Bucks’, en lugar de efectivo, tarjetas de regalo y dinero para gasolina, según el informe del consumidor ‘Holiday 2018’ publicado este mes por la firma de gestión de activos y banca de inversión Piper Jaffray.

    Fortnite se ha convertido en todo un fenómeno mundial ya que cuenta con millones de descargas desde su estreno y ha alcanzado los 3,4 millones de jugadores simultáneos, los cuales aumentaron tras la llegada del modo Battle Royale. Fortnite es un videojuego para múltiples jugadores para dispositivos móviles, computadoras personales y consolas de juegos. Es gratis, pero las actualizaciones dentro del juego cuestan dinero. El videojuego ha recaudado más de $ 300 millones en el iOS de Apple desde que se lanzó en ese sistema en marzo.

    Los V-Bucks, son la moneda virtual del juego Fortnite. El tema de los micropagos está a la orden del día y, al igual que cada vez más juegos actuales, Fortnite también permite a los usuarios adquirir más monedas V-Bucks con dinero real y poder así adquirir nuevos skins y elementos cosméticos para los personajes.

    Como muchas monedas virtuales, los V-Bucks no siempre se sienten como dinero real. Los jugadores de Fortnite pueden comprar 1.000 V-bucks por $ 9.99. Pueden usarlo para comprar artículos mientras juegan al popular videojuego, incluido el ‘Pase de batalla’ por 950 V-bucks, y trajes y skins para sus personajes entre 500 y 2,000 V-Bucks.

    Claramente, los V Bucks sólo están en las listas de la Generación Z. Entonces ¿qué más están deseando los adolescentes este año que también compartan el resto de generaciones? Piper Jaffray dijo que el ítem número 1 en la lista de deseos de los adolescentes de los EE. UU. en esta temporada de fiestas es Apple, con el iPhone. De hecho, sus cuatro principales marcas de consumo son todos los productos de Apple: Apple Watch, MacBooks y Airpods. Estas marcas fueron seguidas por Gucci Vans, Adidas  y Lululemon;  y NBA 2k19, un videojuego de simulación de baloncesto. Apple representó el 11,5% de las listas de deseos de los adolescentes. La siguiente marca más cercana, Gucci, representó solo el 0.6%.

    Ahora bien, se han realizado estudios similares al de Piper Jaffray. Este mes de noviembre, la firma Blockchain Capital llevó a cabo una investigación, cuyos resultados arrojaron que el 30 por ciento de los jóvenes entre 18 y 24 años de edad prefieren poseer USD 1,000 en bitcoins que en la bolsa.

    Finalmente, tenemos el caso de una encuesta realizada en Alemania a principios del mes de noviembre, la cual arrojó que los jóvenes con edades comprendidas entre 18 y 29 años presentan mayor interés y disposición a comprar criptomonedas.

    Una lectura rápida de estas preferencias de los adolescentes marcan la tendencia a la virtualización total del estilo de vida, incluso la moneda, sea el Bitcoin o los V Bucks. Ya no ven la criptomoneda simplemente como una forma de inversión, de hecho, su preferencia por recibirla sobre el dinero o las tarjetas de regalo indican que han percibido la moneda digital como un medio de intercambio, que es completamente diferente con la forma en que la generación mayor, los baby boomers que nacieron antes de 1964 perciben la criptomoneda. Quien no preste atención a este fenómeno, estará perdiendo muchas oportunidades de negocios, como la de Fortnite, que se calcula en unos 1,200 millones al día de hoy.