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  • El cuento del bien común

    El cuento del bien común

    Las mayores injusticias típicamente vienen en envolturas de un bien común o de justicia social completamente torcidas de la realidad. Sí ¡claro que hay bien común y justicia social!, el problema está en darse cuenta si el hongo es comestible o venenoso. Es el caso de lo que algunos en EE.UU. llaman “liberal” cuando en realidad estos no creen en la libertad; o que estos se hacen pasar por demócratas o progresivos, cuando no son ni uno ni otro.

    Por otro lado están aquellos que dicen defender los intereses de las minorías arguyendo que estas también tienen su verdad y su justicia. Es lo que vemos en las calles de ciertas grandes ciudades en los EE.UU. en las cuales las autoridades locales han decidido proteger los “derechos” de los criminales; alegando que estos no tienen la culpa de sus desmanes. La culpa es de la sociedad; y si seguimos esa pendiente resbaladiza pronto estarán metiendo en cárcel a los probos que osan defenderse de los ímprobos. ¡Uy!, disculpen, que eso ya está ocurriendo.

    Otro enfoque del asunto argumenta que el libre mercado favorece a los ricos y deja varados en la pobreza a los pobres. El inmenso o imposible reto, según los progres, está en encontrar un sistema socio económico que flote a todas las embarcaciones; pero eso sí, que dicho sistema no sea de libre mercado, ya que este sólo logra flotar a los yates de lujo.

    El sistema de mercado, con todas sus imperfecciones, más que nada de parte de grupos de poder político que lo trastocan en busca, no del bien común sino del común bien del pillaje, es el único sistema que ha permitido adelantes extraordinarios en la humanidad y que están allí a plena vista, para quienes tienen vista o quieren ver.

    El enredo del bien común mal entendido se da cuando en nombre del mismo se pisotean los derechos inalienables de la persona humana; es decir, que no podemos vejar a unos porque conviene a muchos. Y ni hablar que el mentado “bien común” es uno de los mayores comodines jamás inventados. Es, entre otras tantas, la justificación de procaces malandros políticos para quitar a ricos para dar a pobres.

    O el argumento de que un supuesto bien común, tal como la encerrona del COVID o las máscaras, eran tal y favorecían semejante bestialidad que ha causado estragos económicos y de otra naturaleza.

    Es como ayer que no podía entrar a ver al médico si no me ponía máscara; pero, apenas entré el médico me quitó la máscara. ¿Y por que me hacen ponerme la máscara, pregunté? Porque el ministerio de salud lo manda; es decir, el bien común imponiéndose sobre el sentido común.

    El verdadero y auténtico bien común es bueno para todos; tal como amar al prójimo; tristemente, hay muchos que no saben amar. Y típico es que muchos vean el bien común como bienes materiales, tal como el salario o e dinero; que debe haber un salario mínimo y el dinero debe ser redistribuido por los zorros del gallinero.

  • En torno a una persona extraordinaria: Sophie Scholl

    Sophie Scholl fundó junto a su hermano  el movimiento estudiantil de resistencia al nazismo conocido como Rosa Blanca.

    Hay personajes en la historia de la humanidad que merecen recordarse todos los días. En buena parte de las ciudades se descubren múltiples estatuas con generales blandiendo espadas en actitudes nada conciliadoras. Como he dicho antes, a mi gusto, incluso en París, por ejemplo, hay demasiado Napoleón y muy poco Voltaire (para no decir nada de las figuras ecuestres que aparecen por doquier en las plazas latinoamericanas). Paul Johnson, en su obra titulada Napoleón, afirma que buena parte de las ideas estrafalarias de los megalómanos del siglo veinte provienen del bonapartismo y Tolstoi, en el magnífico segundo epílogo de La guerra y la paz, ridiculiza y condena al personaje de marras.

    En todo caso, no sería mal sustituir a muchos de los guerreros que inundan los lugares públicos de distintos lares por personas extraordinarias que son en verdad los genuinos héroes de la humanidad. Uno de los casos es el de la maravillosa y ejemplar Sophie Scholl sobre la que vuelvo a escribir y que se batió en soledad contra la comparsa criminal de los secuaces y sicarios del hediondo sistema nacional-socialista de Hitler.

    Fundó junto con su hermano Hans el movimiento estudiantil de resistencia denominado Rosa Blanca a través del cual debatían las diversas maneras de deshacerse del régimen nazi y publicaban artículos y panfletos para ser distribuidos con valentía y perseverancia en diversos medios estudiantiles y no estudiantiles.

    Una fantochada que hacía de tribunal de justicia presidida por el prototipo de lo antijurídico y el fanatismo mas brutal, de nombre Ronald Freisler, entre otros, condenó a los célebres hermanos a la guillotina, lo cual fue ejecutado el mismo día de la parodia de sentencia judicial, el 22 de febrero de 1943 al efecto de no dar lugar a defensas.

    Es cierto que la plaza frente a la Universidad de Munich lleva el nombre de Scholl (donde estudiaban esos corajudos hermanos), también hay una calle en Hamburgo (donde operaba una importante filial de la Rosa Blanca) y un colegio en Tübingen con ese glorioso recuerdo. Pero no resulta suficiente. En momentos que surgen indicios y primeros pasos totalitarios de Hitler en distintos países debe tenerse presente más que nunca las luchas y la integridad moral de personas como Sophie Scholl que ponen de manifiesto que no están dispuestas a claudicar ni a negociar los principios de libertad.

    Hay una producción cinematográfica dirigida por Marc Rothemund, que lleva por título el nombre de esta chica en la que aparecen jugosos diálogos que uno de los forajidos-captores mantiene con ella y, sobre todo, estremece al más curtido cuando Sophie le comenta a su compañera en la celda un sueño que tuvo. En ese sueño estaba con un niño de blanco que ella lograba salvar de diversas peripecias. Ella sucumbía en el sueño y caía al precipicio que se abría en la tierra pero el niño de blanco -los principios que defendía- prevalecían. Una metáfora encantadora que se hizo realidad después de la caída del sistema tan bien ilustrado y resumido por el canalla de Hermann Göring en el Parlamento alemán el 3 de marzo de 1933: “No quiero hacer justicia, quiero eliminar y aniquilar, nada más”.

    Por más estatuas que se fabriquen para conmemorar las proezas de Sophie Scholl, nunca será suficiente la gratitud que todos las personas de bien le profesan a esa adolescente con la fuerza de un titán. Vayan estas líneas como una muestra de emocionado reconocimiento y tributo a una persona que sacrificó su vida en aras de los principios nobles en los cuales creía y fue ejecutada miserablemente, también con la íntima satisfacción que, tal como anticipó su padre aún destruido por la injusticia, estaba orgulloso de la conducta recta e inclaudicable de sus dos hijos.

    Las hordas nazis fueron diezmadas en Stalingrado pero como suele ocurrir con los megalómanos esto los enfureció aun más y reprimieron con mayor bestialidad a los disidentes. Joseph Goebbels se prendió del micrófono para vociferar que “La guerra total es la exigencia de la hora. La patria debe permanecer pura e intacta en su totalidad. Nada puede perturbar la situación. Todos deben aprender a prestar atención a la moral de la guerra y atender las justas demandas del pueblo trabajador y combativo. No somos aguafiestas, pero tampoco toleraremos a aquellos que impidan nuestros esfuerzos.”

    En El idiota moral, La banalidad del mal en el siglo XX Norbert Bilbeny resume el idiotismo moral de los nazis especialmente referido a Hitler, a Himmler (el fundador de las SS y jefe de policía, el que subrayaba » yo no tengo conciencia, Hitler es mi conciencia”), Hess (el secretario de Hilter), Heydrich (quien planeaba los exterminios), el antes mencionado Goebbels (ministro de propaganda, autor del libro La lucha por el poder), Clauberg (ginecólogo obsesionado por los experimentos macabros), Kramer (“la bestia de Belsen”), Krebsbach (el que ordenaba inyectar gasolina en el corazón de deportados), Eichmann (el asesino de “la solución final”) y Mengele (“el ángel de la muerte”) en cuyo contexto Bilbeny destaca en toda su crudeza el patético “gusto por la tortura” y concluye que la responsabilidad es siempre individual por más que pretenda ocultarse en la multitud: “La apatía moral es siempre del individuo, aunque se multiplique por cien mil y adquiera la forma de decreto” y nos informa que “en las cocinas de Auschwitz había un letrero que decía hay un camino hacia la libertad, sus hitos se llaman obediencia, laboriosidad, limpieza y amor a la patria” y también nos dice que el lema de la SS era “mi honor es mi lealtad”…lealtad a la barbarie, no lealtad a valores morales anteriores y superiores a la existencia del gobierno.

    Por mi parte formulo la siguiente crítica al libro de Bilbeny, algo que resulta desafortunadamente común. Cuando se está frente a monstruos, a “la banalidad del mal” como diría Hanna Arendt, hay a veces la tendencia de calificar a estos sujetos como “enfermos mentales” pero como nos enseña Thomas Szasz en El mito de la enfermedad mental, desde el punto de vista de la patología una enfermedad se concreta en problemas en los tejidos, en las células y en cuerpos pero las ideas no están enfermas. Pueden desde luego estar equivocadas o contradecir la lógica pero no pueden enfermar en el sentido médico de la expresión. Pueden sufrir trastornos en la sinapsis y en los neurotransmisores, problemas químicos en el cerebro todo físico pero no mental, no enfermedad del pensamiento.

    En este sentido resulta también de provecho la lectura de una de las obras del doctor en medicina Stanton E. Samenow titulada Inside the criminal mind donde explica que su entrenamiento fue en la línea freudiana en cuyo contexto el que hace daño es un enfermo y no un delincuente. Escribe: “Cuando comencé mis trabajos creía que el comportamiento era un síntoma de conflictos enterrados resultado de traumas anteriores. Pensaba que las personas que cometían actos criminales eran víctimas de un desorden psicológico, de un ámbito social opresivo o ambas cosas. Concluía de mi trabajo que el crimen era normal, si no una reacción excusable de desesperación y pobreza que pervertían vidas”.

    Pero escribe Samenow que todo lo tuvo que rever y volver a estudiar cuando tuvo acceso a otros profesores y a una visión radicalmente distinta cuyo aspecto medular reside en la naturaleza del ser humano despojada de visiones que la opacan y degradan. Dice siempre en el libro mencionado que la esencia de esta nueva y valiosa perspectiva “consiste en que el criminal elige cometer crímenes. El crimen reside en la persona en cuestión y es causado por el modo en que piensa, no forzado por su medio ambiente. Los criminales piensan de un modo distinto a como lo hacen las personas responsables. Lo que debe ser cambiado es el modo en el que ofende se ve a sí mismo y al mundo que lo rodea. Enfocar en otros aspectos es equivocado. Encontré que el enfoque convencional psicológico y sociológico sobre el crimen y sus causas es erróneo y contraproductivo porque solo ofrece excusas. De considerar al criminal como víctima pasé a considerarlo victimario que libremente decide su modo de vida […] el tema central es uno de valores.” Sostiene que los criminales aprenden a engañar a sus detractores y a enfatizar en sus desgracias como disfraz para sus fechorías en vista de la percepción absurda y contraproducente que comentamos, a lo que se agrega en algunos medios el “abolicionismo” en materia penal pues se mantiene que el delincuente no es responsable de sus actos debido al determinismo presente en ese razonamiento, en lugar de apuntar al libre albedrío y a los valores de la sociedad libre.

    Como se ha apuntado, el determinismo considera que los humanos somos solo kilos de protoplasma y por ende encerrados en los nexos causales inherentes a la materia donde no hay libertad. El premio Nobel en medicina Roger Sperry ilustra el desatino del determinismo al consignar que la pretensión de descifrar el código cognitivo por la biología equivale a intentar la interpretación de un mensaje escrito analizando la composición química de la tinta.

    Por otra parte, en relación con lo anterior, es en verdad un insulto a nuestros ancestros el sostener que la pobreza extrema genera delincuentes pues todos provenimos de las cuevas y la miseria más espeluznante de lo cual no se desprende que descendemos de criminales. Por otra parte, no hay más que ver a barones de la droga o empresarios prebendarios con cuantiosas fortunas que son delincuentes que muchas veces incluso operan con apoyo y estímulo gubernamental.

    En otros términos, la responsabilidad de cada cual es ineludible por lo que destacamos actitudes de inmenso coraje moral como el de Sophie Scholl y condenamos enfáticamente a los criminales que operan bajo la protección del aparato estatal y en un plano más general a todos los que comenten crímenes, es decir los que atacan los principios medulares de una sociedad civilizada: la vida, la libertad y la propiedad, cualquiera sea su procedencia. Ese es el sentido de la definición de liberalismo que fabriqué hace tiempo y que me halaga sea repetida: “El liberalismo es el respeto irrestricto a los proyectos de vida de otros”, toda lesión al derecho se aparta del respeto irrestricto e invade las autonomías individuales.

  • Capitalismo de compinches ¿o fascismo?

    En estos días escuché a un abogado advirtiendo acerca de los peligros del “capitalismo de extrema”, lo cual me llevó a escribir hoy al respecto, veamos. En los EE.UU. se habla mucho de un “crony capitalism” que a pesar de que el diccionario de inglés/español de Google lo traduce a “capitalismo de amigos” yo lo traduzco, de malas ganas a “capitalismo de compinches”, que dista de ser cosa entre amigos; ya que compinche es de cómplices, ligado a acciones delictivas o censurables. Y digo que lo traduzco “de malas ganas” ya que llamarle “capitalismo” a una compinchería es bobería, valga la cacofonía. Desde el instante en que la praxis de política económica o actividad económica se desboca y entra en asociaciones prostituidas, deja de ser capitalismo. En ese caso llamémosle por su verdadero nombre: “fascismo”.

    El comentarista también hizo mención de la brecha o desigualdad entre ricos y pobres, lo cual, como todo, puede ser bien o mal enfocado. Se enfoca mal cuando generalizamos al decir que la desigualdad es mala. Yo les propongo lo contrario; que ¡menos mal! no somos todos pobres o faltos de intelecto. Lo natural en este mundo es que vayan surgiendo humanos con capacidades superiores que crean adelantos para toda la humanidad; tales como Aristóteles, Galileo y tal. Lo malo es cuando personajes de prestigio le cuelgan sentidos depreciativos que prostituyen cosas buenas; como tal es el caso del término “capital”, capitalismo o cápita”, siendo cápita cabeza en latín, termino referido al uso de la cabeza. Mal también es, hablar del capital referente al capital como dinero, y dando a creer que el dinero es cosa sucia. Más aún, quien acuñó el término “capitalismo” fue Marx, y lo hizo con sentido de desprecio.

    Otros, como algún papa, hablan de “capitalismo salvaje”, lo cual también envilece cosas nobles del capital humano, como la probidad, inteligencia, bondad y tal que son el capital más valioso. El capitalismo es de emprendedores, lo cual es cosa deseable y buena; y no como en Panamá en dónde perversos politicastros arraigaron el “no a la privatización”; que sería no a lo tuyo y sí a lo de los politicastros, quienes son los que terminan con el botín.

    El otro tema a escudriñar es aquello del “bien común” o “bienestar social”; que los izquierdistas tergiversan cuando dan a entender que estas cosas vienen de una propiedad comunitaria o peor, que se originan en sistemas de gobierno típicos del totalitarismo en dónde el bienestar fluye de arriba hacia abajo; cuando es todo lo contrario. Si las personas en lo individual, en su familia, el barrio, los organismos sociales y tal, hacia arriba no andan bien, no puede haber bienestar social. La idea de que a través una confiscación impositiva que resta al productivo para repartirlo entre los menos productivos, o peor, se puede lograr bienestar, es ilusión y engaño.

    Igual ocurre con esa otra frase de engaño: “capitalismo extremo”. Si es extremo, deja de ser capitalismo o, mejor dicho, deja de ser emprendimiento en el mercado, que es el término conceptual correcto. Otra manera de describir el «capitalismo extremo» es cuando la política se torna clientelista. Algunos amantes de la libertad en los EE.UU. o como gusta decir mi hermano Irving: “libertófilos”, hablan de “giverment”, que yo traduzco a “regalierno”. También debemos ver las oligarquías.

    El tema es que, cuando los gobiernos se meten a competir en el mercado contra los ciudadanos, la sociedad pierde en la subsidiaridad. Si un bebé recién nacido no lo arrullas, su mente se atrofia. Al bebé hay que alimentarlo no sólo con leche materna sino con el calor de sus padres, con su voz, caricias y más adelante con palabras y buenas ideas y costumbres; cosas que no nos llegan a través de los regaliernos. Se aprende, evoluciona y logra bienestar personal y comunitario haciendo y no esperando que el regalierno lo haga desde la cuna a la tumba. No hay cosa más alejada de la realidad y la verdad.

  • El desentendido bien común

    Algo que caracteriza a los relativistas, esos que dicen ser progresivos, cuando en realidad son regresivos, es el apoderarse de lo que ellos llaman el “bien común” que, en realidad es fiel reflejo de su tergiversación del mundo; vale decir, que aquello que alegan ser bien común es más bien mal común; y paso a explayarme. Recién, el papa Francisco elogió a los gobiernos que decretaron claustros domiciliarios, aduciendo que con ello ponían en primera plana el “bienestar de su gente”. Me cuesta muchísimo creer que valiéndose de una pseudociencia para destruir economías y vidas se atiende el bienestar; pues, como bien señalara en su momento Frédéric Bastiat: Las leyes paren no sólo efectos inmediatos sino una multiplicidad de efectos posteriores; y ya veremos si esos claustros pseudocientíficos resultan en bienestar. ¿No fue Omar Torrijos quien habló de las luces cortas y las largas?; las primeras las tiene la mayoría, más no así las segundas.

    Bastiat también abordó la relación entre la libertad y la fraternidad: “Me resulta imposible separar la palabra fraternidad de la palabra “voluntaria”; pues no entiendo cómo se puede hacer valer la fraternidad sin destruir la libertad. Y más aún, sin pisotear la justicia.

    Cuando el político, desde su cómodo despacho, se ve enfrentado a las disparidades sociales y económicas, si es que no es politicastro, sentirá el deseo de corregir esa “injusticia”; pero, para ello debe antes preguntarse cómo fue que llegamos a tal situación. Debía ser obvio que la clase política no puede separarse de culpas y, desdichadamente, son demasiados los que eligen remedios por la vía del autoritarismo, la planificación y otras herramientas legales y politiqueras; con lo cual terminan perpetuando lo que pretenden corregir. ¿No sería mucho más conducente adoptar un sistema de real justicia que sea compatible con la responsabilidad de cada quien, sin la cual no hay camino de superación verdad?

    Por más fuerza que pueda tener una ley, esta jamás podrá dar leche como si fuese ubre de vaca lechera. Quitando a unos por la vía coercitiva no ayuda a otros a ser productivos. Y ser productivo es el verdadero camino progresivo. Como suelo decir, los impuestos, en su justa medida, son buenos. Pero cuando el impuesto se usa para comprar votos, ello conduce a lo que se conoce como una dictadura de mayorías. Y esa clase de mayoría, la que no paga impuestos, tenderá a ser parasitaria; lo cual no guarda relación con un bien común.

    Y vuelvo a citar en paráfrasis a Bastiat: La vida es nuestro el regalo creativo que incluye a todas las virtudes – la vida física, intelectual y moral. Pero el don de la vida va de la mano con la responsabilidad de desarrollarla y perfeccionarla. Para tal fin, también fuimos dotados de maravillosas facultades, que en medio de ilimitados recursos naturales debemos aprovechar sanamente. Si ello no podemos cumplir nuestro destino.

    Nuestra vida y sus facultades requieren el don de la persona, de la libertad, de aquello que es propio de cada quien, pues sin ello dejamos de ser humanos. Artificiosos politicastros intentarán desviarnos del buen camino, pero los regalos del Creador siempre serán superiores; y después de las tempestades, el cielo amanecerá en claridad. Es así ya que no existe ley terrenal que supera a la ley de la misma Creación.

    La vida, la libertad y la propiedad no existen en virtud de leyes nacidas en turbulentos laberintos legislativos. Al contrario, fueron la vida, la libertad y la propiedad las que dieron lugar a las leyes del hombre. Y cuando los hombres nos apartamos de la ley universal, no hay cabida para un “bien común”.