Etiqueta: clientelismo

  • La ilusión de benevolencia

    La ilusión de benevolencia

    Por debajo de tantas medidas legislativas ataviadas en ropaje de benevolencia se esconde una cruda realidad: una realidad que pocos ven, pero que tantos sufren. El anzuelo con la carnada apetitosa puede ser el descuento a los jubilados o la tanda de supuestos subsidios al gas, al agua, a la energía, al transporte e incluso al deporte. Pero, igual que los peces del mar, la gente no ve el anzuelo incrustado en la carnada. Y no es fácil verlo, porque son pocos los que tienen la capacidad de estudiar los efectos económicos a más largo plazo.

    La realidad de los subsidios gubernamentales es que son presidios en los cuales los políticos corruptos encierran a la población para llevarla al matadero. Una vez que la gente engulle la carnada, comienza a luchar contra algo que no ve, pero que la jala hacia la barcaza de la pobreza y de su perdición.

    Lamentablemente, el tema de fondo gira en torno a conceptos que ni nuestros supuestos juristas entienden… o, peor aún, los entienden y les importa un bledo. Los seres humanos poseemos derechos que están mucho más allá de las leyes creadas en asambleas legislativas, esas que suelen estar preñadas de pérfidos intereses rentistas. ¿Acaso necesitamos que la Constitución y sus leyes nos digan que matar sin justificada razón es ilegal, prohibido y criminal? La ley de “no matarás” existía mucho antes de que los diputados legislaran. Lo mismo ocurre con la libertad de transitar, de religión y —algo que pocos reconocen— de educar a los hijos como y donde se desee.

    Hay muchas cosas que los gobiernos no pueden ni deben hacer, como violar derechos negativos: el derecho a no ser interferido en las actividades con las que uno se gana el sustento, siempre que no se violen derechos ajenos. Por ejemplo, si una familia logra que a su hijo, con poca inteligencia u otros impedimentos, le den un trabajo en una empresa pagándole menos que el salario mínimo… ¿por qué no? El joven tendría utilidad y la familia algo más para poner en la paila. Dictar salarios mínimos es ir contra los derechos de libertad y, peor aún, produce efectos colaterales que pocos advierten.

    Nuestra Constitución panameña, en su Preámbulo, comienza bien cuando establece la “garantía de la libertad”, que lastimosamente luego contraviene. Habla también de la dignidad humana y de la justicia… salvo que a “justicia” le añaden la palabra “social”, y con ello tiran por la borda todo el sentido, porque nadie sabe realmente qué es la “justicia social”. O, mejor dicho, cada quien la interpreta a su antojo.

    Los derechos y las leyes no se inventan: se descubren. Cuando los ciudadanos votan por diputados ignorantes —o peores—, allí nacen los problemas de pobreza social, económica y de todo tipo. Y lo más increíble es que votemos por quienes terminarán produciendo más pobres en el país. Aun con una legislación podrida, hay muchas personas que logran sacar ventajas. Sí, algunos con trampa, pero la mayoría sin ella. Tanto mi abuelo Novey como mi padre Bennett llegaron a Panamá lejos de ser ricos, y ambos lograron millones sin hacer trampas. Más aún, mi abuelo George Novey nos decía acerca de los gobiernos: “Quien con niños se acuesta, cagado amanece”. Y nunca contrató con el gobierno.

    Yo no aprendí del todo esa lección y perdí casi toda la herencia que me dejó mi padre Bennett. Pero la herencia que más atesoro es la de evitar ser tramposo y ladrón, y la de ser rico… no rico en dinero, sino en amor por la vida, por mi familia y por la creencia de que nos tocará un futuro mucho mejor.

  • El intervencionismo daña

    El intervencionismo daña

    Lo que realmente se da en nuestro patio es un intervencionismo económico y populista.

    El “estatismo” suele definirse como una gran intervención estatal, politiquera o ideológica, que con facilidad deriva en corrupción. Sin embargo, al abrir la bolsa de grillos de lo que realmente entendemos por corrupción, descubrimos que el vocablo “estatismo” se queda corto. No describe con precisión la actuación gubernamental típica de Panamá ni de muchos otros países.

    Lo que realmente se da en nuestro patio es un intervencionismo económico y populista. Los gobiernos invaden de manera permanente la esfera propia del mercado y de la microeconomía familiar: alteran la determinación de precios, los contratos, la contratación laboral, los descuentos y mucho más. Todo ello lo ejecuta el poder de turno —las castas dominantes— con un objetivo claro: lograr ventajas económicas y políticas para los poderosos, mientras destruyen tejido productivo y social.

    En este esquema entra de lleno el clientelismo. Las políticas de control de precios, los descuentos obligatorios por ley, los subsidios que no subsidian y los favores a gremios sindicales o a “amiguitos” convierten al gobierno en una simple maquinaria de padrinazgo. Más allá todavía, hablamos de una gobernanza predatoria y demagógica: decisiones reactivas, tomadas bajo la presión popular que alimenta el “regalierno” y su simbiosis mediática, sin considerar jamás los efectos colaterales ni las consecuencias a mediano y largo plazo. El resultado es el desgobierno. Gobiernos que hacen metástasis desde su función debida para con el Estado hacia realidades bastardas y destructivas. Gobernanza depredadora, y punto.

    Para entenderlo con claridad, veamos el caso de los controles de precios. Estos sofocan la información esencial que los productores necesitan para decidir qué producir, cuánto y a qué costo. La historia soviética lo ilustra con crudeza: cuando el gobierno no lograba fijar precios realistas, terminaba consultando catálogos de Sears. Absurdo, por supuesto, porque aquellos precios no reflejaban la realidad de la producción y comercialización local. Más allá de sofocar la información de costos, se destruyen los incentivos a producir y a conservar. El desenlace es previsible: escasez, mercados negros, mala calidad y la sustitución de la asignación de mercado por una asignación puramente politiquera.

    Los descuentos obligatorios para jubilados generan distorsiones similares. Bajo la coartada de “amar al prójimo”, gobiernos torcidos imponen a los privados la carga de “subsidiar” a un grupo electoralmente atractivo. El caso de un restaurante que se llena de comensales y aun así quiebra no es anécdota: es el resultado lógico. Los clientes pagan un precio fijado políticamente que ya no cubre los costos. La responsabilidad social se convierte en pillaje electoral. Y a todo ello, los causantes de la quiebra escondidos debajo de una falsa asistencia social.

    En resumen: el estatismo es la ideología que sostiene que el Estado debe dirigir intensamente la economía. Lo que en la práctica obtenemos suele ser peor. Gobiernos que utilizan el poder estatal de forma oportunista y cortoplacista —mediante controles de precios, descuentos forzosos o favores especiales— destruyen las señales de precios y los márgenes privados sin ningún plan coherente. No estamos ante una gran teoría del Estado, sino ante el ejercicio negligente y electoralista del poder.

    Estas realidades están a la vista de quien quiera o sea capaz de advertirlas. El problema es que gran parte del populacho ya se ha hecho adicto a esta gobernanza malsana.