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  • La Teología en la Desigualdad Económica

    La Teología en la Desigualdad Económica

    La doctora Wanjiru Njoya vuelve a llevarnos por senderos del entendimiento muy poco trillados; esta vez al examinar el tema de la desigualdad económica o DE; desde una perspectiva ‘teológica’; es decir, vista en sentido de la Creación. Mucho se cacarea acerca de la DE pero deambulamos por laberintos matorrales en sus causas y, particularmente, las razones por las cuales existe tanta falta de productividad humana; ya que, hay que ser sanamente productivo para no ser económicamente dependiente.

    En el patio panameño he pasado toda una vida escuchando a “economistas” que cacarean sobre la macro economía pero poco o nada sobre la micro economía; aquella que no existe en las esferas de un MEF sino de la familia o en su ausencia. Y en ello nos lanzamos en estériles discusiones acerca de cómo distribuir aquello que producen unos para repartirlo a los que no saben, no quieren o pueden producir cosas que otros desean consumir. En otras palabras, vivimos en un mundo ideológico carente de lógica.

    El desafío está en entender cuando cacarean de una distribución de la riqueza; sea económica o aquella mucho más astronómica que trasciende el dinero. En fin, vivimos como náufragos que buscan sustento en pecios flotantes. Y en ello Njoya cita al afro descendiente Thomas Sowell, uno de los intelectuales más influyentes y controversiales de siglo pasado, cuando dice:

    “Ni la lógica ni la evidencia empírica ofrecen una razón convincente para esperar resultados iguales o aleatorios entre individuos, grupos, instituciones o naciones.”

    Y es que al habar de una distribución de lo que llaman “riqueza”, palabra muy mal usada y entendida, entramos al confuso mundo de los términos torcidos; entre otras, porque hablar de riqueza en sentido de dinero es un disparate, ya que hay cosas que no se pueden “distribuir”. El problema no va por el sendero de la distribución sino de cual es la mejor manera de promover que la gente sea más productiva.

    Y sí, también podemos hablar de “distribución” en sentido estadístico; pero la estadística no puede medir la verdadera riqueza, y mucho menos como se logra. Lo que sí podemos es ver y entender cómo ciertas políticas económicas de palacio que, más que nada nacen del interés por votos o peor, interés por pillaje, producen pobreza económica y espiritual.

    El mundo es un sitio caótico, imposible de resolver desde palacios manipuladores; ya que la verdadera función de palacio no es dictar cosas como salarios mínimos y disque educar, sino de velar por que estas actividades en la población se lleven a cabo sin trampas.

    Pero… ¿Qué es lo que han hecho nuestros gobiernos a través del tiempo? Pues, para disque resolver desigualdades, se han dedicado a patear los balones en vez de servir como jueces de los partidos de la vida. Y, en tal realidad, ¿qué ocurre cuando quien comete las faltas y delitos son los jueces; NODUCA, IDAAN, Policía, ¿etc.? ¿Acaso ellos mismos se arrestarán y juzgarán y pondrán en prisión?

    Y es que resulta imposible ver y entender el comportamiento humano; y sólo podemos imaginarlo. Y es así que los “economistas de palacio” pretenden ver e imponer criterios y normas que llaman “económicas”. Pero cuando el río desborda su cauce, estos expertos se agachan para que las piedras les pasen por encima.

    En fin, es irreal la pretensión de medir las causas de la “riqueza” en números y tal. Es común ver a ricos que se vuelven pobres y pobres que se vuelven ricos. Y, al final, lo importante es ver y entender cuales son las condiciones que mejor ayudan a las personas a ayudarse ellos mismo; ya que la salvación jamás nos llegará desde el palacio; sea de garza o de gallinazos.

  • El Dilema de la Prosperidad: Retretes vs. Cohetes – Reflexiones sobre el G-20

    La medición de la prosperidad de una nación y la evaluación de su política económica y su impacto en la felicidad de la población no son tareas sencillas. A menudo, los economistas recurren al método simplista de medir la producción nacional y dividirla por la población, obteniendo así el producto per cápita. Sin embargo, este enfoque no considera la complejidad del bienestar y la calidad de vida de una sociedad. Guy Sorman, en su artículo «G-20: la parábola de los cohetes espaciales», publicado en el periódico ABC nos sumerge en una reflexión profunda sobre cómo evaluar el desarrollo y la prosperidad de una nación.

    Sorman destaca que la mera medición económica es insuficiente, ya que no tiene en cuenta el poder adquisitivo de las diferentes monedas ni la distribución de la riqueza dentro de un país. Para abordar esta limitación, los economistas introdujeron el coeficiente de Gini, que compara los ingresos del 10% más rico con los del 10% más pobre para evaluar la justicia social. Este coeficiente revela disparidades significativas en países como Brasil e India, en contraste con la relativa igualdad de ingresos en Escandinavia.

    Amartya Sen, un economista indio de renombre, llevó esta evaluación un paso más allá al proponer un índice de bienestar humano que también incorpora el acceso a la educación y la atención médica. Este enfoque multidimensional reconoce que el desarrollo no se limita a las cifras económicas, sino que abarca la calidad de vida de una sociedad en su conjunto.

    En sus palabras, Sorman plantea una pregunta esencial: «¿Qué contribuye más al bienestar de los indios, los retretes o las naves espaciales? ¿Coincide el progreso humano con el desarrollo?». Esta pregunta nos lleva a la India, donde recientemente se produjeron dos eventos aparentemente contradictorios que arrojan luz sobre esta cuestión.

    Por un lado, el Gobierno indio logró éxitos notables en la exploración espacial en un período de dos semanas. Instaló un laboratorio de observación en el polo sur de la Luna y envió una sonda solar al espacio. Estos logros resaltan el avance científico y tecnológico de la India, así como su creciente influencia en la comunidad internacional. Sin embargo, Sorman se cuestiona la utilidad de estos esfuerzos y plantea si realmente contribuyen al bienestar de la población.

    Por otro lado, en India, pasó desapercibida la muerte de Bindeshwar Pathak, un discípulo de Mahatma Gandhi. Gandhi creía que el progreso de la nación debería medirse en función del bienestar de la mujer india más pobre. Pathak abordó una desigualdad apremiante al diseñar un inodoro de arcilla simple que no requería infraestructura costosa y promovió su instalación en comunidades marginadas. Esta iniciativa buscaba mejorar las condiciones de vida de las mujeres más desfavorecidas y abordar problemas como la defecación al aire libre, que conlleva humillación y enfermedades.

    Este contraste plantea una cuestión fundamental: ¿qué es más importante para el bienestar de un país, la tecnología espacial o los servicios básicos como los retretes? ¿El progreso humano es un componente esencial del desarrollo económico? Estas preguntas son cruciales en un mundo donde algunos países parecen priorizar el poder sobre el progreso humano. China y Rusia, por ejemplo, han optado por el poder, arriesgándose a sacrificar el progreso humano en el proceso.

    Sorman concluye destacando que estas cuestiones fundamentales a menudo se pasan por alto en las cumbres de jefes de Estado, a pesar de su importancia. El poder y la prosperidad no siempre van de la mano, y la elección entre retretes y cohetes puede tener un impacto significativo en la vida de las personas.

    En resumen, Guy Sorman nos ofrece una visión provocadora sobre la medición de la prosperidad y el desarrollo, utilizando ejemplos de la India para ilustrar su punto.

    Su artículo nos insta a reflexionar sobre qué realmente importa en la búsqueda del progreso humano y económico y subraya la complejidad de evaluar el verdadero bienestar de una sociedad.

  • ¿Es perversa la desigualdad?

    Para reducir la desigualdad vía el apparatchik se requiere violencia. Y los resultados siempre han sido Venezuelas o Cubas. Los rusos asesinaron millones para lograr igualdad sin saber que sería en la pobreza.

    Si la igualdad fuese una virtud Dios no habría creado un mundo desigual; lo cual nos deja cavilando acerca de la sensatez o insensatez de dictaminar la igualdad por la vía coercitiva gubernamental. ¿Cuántos jugadores de basquetbol pueden igualarse con Michael Jordan? Es fatal arrogancia pensar que se puede dictar igualdad por intermedio de la ley del hombre; lo cual se torna evidente cuando vemos a tantos que entienden la “igualdad” como “igualdad de resultados” y creer que se puede lograr repartiendo lo que otros producen. Vale decir, confunden igualdad de oportunidades y trato ante la ley con igualdad de resultados.

    La “riqueza” no se puede redistribuir. La riqueza es aquello que es rico o sabroso, tal como la felicidad, inteligencia, el buen ánimo y tal. Decir que el dinero es riqueza conduce a la pobreza; aquella en la cual a pesar de tener muchos billetes te sientes miserable. El “problemita” es que si un político dice estas cosas la gente no vota por él.

    Más allá, delegar al gobierno, con sus diputados y tal, para que estos creen aquello que ni Papá Dios dispuso hacer, es mucho más que absurdo; es pecaminoso y creador de pobreza. Si prestásemos atención al mundo que nos rodea veríamos que la naturaleza es más que aleccionadora. Veríamos que Papá Dios está en su creación. Veríamos que la prosperidad hace mancuerna con la desigualdad. Fácil es crear igualdad de pobreza. Igualdad de riqueza no es nada fácil.

    El dinero mal nacido crea pobreza, más no así cuando es bien habido. Los pérfidamente ricos son minoría y quien no lo ve es pobre de entendimiento. A través de la historia ilustres personajes han destacado que el progreso siempre fue acompañado por una desigualdad. Mucho peor es creer que se puede distribuir riqueza de inteligencia por intermedio de los NODUCAs del mundo.

    Para reducir la desigualdad vía el apparatchik se requiere violencia. Y los resultados siempre han sido Venezuelas o Cubas. Los rusos asesinaron millones para lograr igualdad sin saber que sería en la pobreza. Lo peor es que no lograron eliminar a los ricachones corruptos; esos como Putin, que van al frente del pérfido desfile. Sin embargo, países como Suecia y Dinamarca, que tanto cacarean como “igualitarios,” están entre los que tienen mayor libertad económica en el mundo.

    El “laissez faire” o dejar hacer, sigue siendo la voz de la razón; no como en Panamá, en dónde cada día los gobiernos metiches crean pobreza. Cuando la igualdad resulta de la coerción la misma es inmoral. La otra confusión es llamar “derecho humano” a lo torcido.

    El mercado no nos hace iguales pero sin él todos seríamos mucho más iguales, en la pobreza, esa que era la realidad en la historia humana hasta que fuimos adoptando la división del trabajo a través del mercado; pero no el intervenido por politicastros. Más allá, si ponemos atención, veríamos que decretar salarios mínimos, vacaciones y otros llamados “derechos laborales” producen votos pero no riqueza. Es así ya que semejante intervencionismo no nace en la nobleza de espíritu sino en la pobreza de bastardos intereses sindicales.

    En resumen, la izquierda ama la igualdad de resultados o redistribución que sólo se puede lograr a través de una coerción gubernamental. Pero el intervencionismo centralizado sólo crea más desigualdad; dado que los gobernantes controladores son más iguales en su caudal económico, que los gobernados en su pobreza económica. Simplemente, el atajo intervencionista, ése que sólo se da por intermedio de torcidas autoridades, siempre conducirá a una igualdad en la pobreza.

  • ¿Desigualdad o envidia?

    Cuando el sacrificio de Abel fue respetado por Dios y el suyo no, Caín asesinó a su hermano. Fue un asesinato de envidia (Génesis 4:3-8). Más aún, el mismo Jesucristo fue asesinado por los líderes religiosos de su día por razones de envidia. Como bien reza el proverbio 14:30, “El corazón sano es vida para el cuerpo, pero la envidia es putrefacción hasta los huesos.” Ser tentado por la envidia no es pecado, sino el permitir que semejante pasión supure y se torne destructiva. Una definición interesante del término “envidia” es la de “tristeza por el bien ajeno.” Típicamente el envidioso no se afana en mejorar su posición sino en desmejorar a quien posee lo que el envidioso desordenadamente anhela.

    ¿Alguna vez has notado lo poco que se escribe o aborda el tema de la envidia en los medios y entre la gente? ¿Te has preguntado por qué un tema humano tan fundamental no se aborda más a menudo?

    La envidia es un impulso que se anida en nuestros corazones, y que surge desde el momento en que nuestro entorno social nos lleva a la comparación. Comparar no es malo, lo malo está en anidar resentimientos y empollar los demonios que se constituyen en la fuente de otras perversiones; como la gula, pereza, avaricia, la soberbia y la ira.

    La envidia es comparación que nos impulsa a aspirar por aquello que otros poseen y que deseamos. En otras palabras, como todo en la vida, las cosas, bien usadas pueden conducir al bien y mal usadas son destructivas. Así, desde el momento en que ves en el vecino aquello que ansías para ti. puede comenzar el proceso de comparación y cuestionamiento.

    Compartir sanamente es bueno. Pero ¿qué ocurre cuando se pretende lo inalcanzable; tal como sería la búsqueda de la belleza física del vecino o la vecina? En tal situación y anidando una envidia destructiva, se ansía y hasta procura la destrucción de lo ajeno e inalcanzable. Ello, típicamente, termina con la destrucción propia; tal como en Venezuela.

    Claman el rechazo a una desigualdad que les aflige pero que no logran definir. La misma naturaleza es desigual, pero no podemos decir que sea perversa. Lo que hacemos frente a esas realidades es lo que puede ser positivo o patológico. Por ejemplo, aumentar impuestos bajo la falsa premisa de que con ello lograremos equiparar desigualdades no sólo es llevarse a engaño, sino que probablemente nos llevará al desfiladero.

    Recién, al enterarnos de que Panamá va adelante en los índices del peor rendimiento educativo, salen los sabiondos a culpar la desigualdad socioeconómica. El problema no es, en sí, la desigualdad, sino los resultados de nefastas políticas. La solución está en adoptar sanas políticas y no aquellas que sólo procuran venganza por algún mal real o imaginado.

    El gobierno estatal sólo puede ser instrumento de equiparación a través de la tutela de la vida, la libertad y la propiedad. Pretender equiparación mediante la manipulación de lo que es propio de cada quien, sólo conduce a mayor desigualdad. Más aún, hoy día que las computadoras, los teléfonos móviles y la tecnología van permitiendo que hasta los más pobres logren acceso a las mejores bibliotecas y al conocimiento en general, se abren posibilidades insospechadas.

    El mayor peligro no está en que algunos logren ventajas bien habidas, sino a que la envidia nos lleve a votar por políticas que reducen nuestro sagrado derecho de escoger y a ser libres; que es el único camino que conduce a la auténtica riqueza.