Etiqueta: ética

  • Ética y Bitcoin: Alemania Mueve Más de USD $800M en Bitcoin

    El miércoles 19 de junio de 2024, se registraron movimientos inusuales en el mercado de criptomonedas, cuando una billetera Bitcoin asociada al gobierno alemán realizó transacciones significativas, alcanzando un total de USD $873,56 millones. Estas operaciones, reveladas por Arkham Intelligence, indicaron transferencias de grandes sumas de Bitcoin entre billeteras del gobierno y hacia intercambios, sugiriendo una posible intención de venta a futuro que podría estar generando presión bajista en el mercado. Ello plantea el tema de la ética y Bitcoin,  en cómo los gobiernos liquidan las criptomonedas confiscadas en operaciones sobre lavado de dinero, mercado negro y demás calificados así por el ordenamiento jurídico.

    Detalles de las transacciones

    Según los informes, la Oficina Federal de Policía Criminal de Alemania (BKA) fue identificada como la entidad detrás de estas transacciones. En total, se efectuaron ocho transferencias en un periodo de diez horas, con valores que oscilaron entre USD $12 y USD $430 millones. De estas, más de USD $60 millones en Bitcoin se enviaron a los intercambios Kraken y Bitstamp, una acción que típicamente indica la intención de liquidar dichos activos.

    El CEO de Arkham, Miguel More, sugirió que el gobierno alemán podría estar intentando vender más de USD $100 millones en Bitcoin, lo que añadió incertidumbre al ya volátil mercado de criptomonedas. Actualmente, las billeteras del gobierno alemán poseen un total de más de USD $3.000 millones en Bitcoin, provenientes principalmente de la confiscación de casi 50.000 BTC vinculados al sitio de piratería Movie2k.to.

    Reflexión sobre la ética de las operaciones estatales en criptomonedas

    Las acciones del gobierno alemán abren un debate importante sobre la ética y la justificación de tales movimientos financieros por parte de entidades estatales. Si bien es comprensible que un gobierno administre los activos confiscados, la manera en que se gestionan y las razones detrás de su movimiento pueden plantear serias preocupaciones éticas y económicas.

    ¿Deben los gobiernos involucrarse en la venta de criptomonedas?

    La principal preocupación radica en que el Estado, como entidad reguladora y no especulativa, no debería participar en el mercado con el fin de influir en los precios o generar beneficios. Las operaciones de venta masiva, como las observadas, pueden ejercer una presión significativa sobre el mercado, afectando a millones de inversores y al propio valor de la criptomoneda.

    Específicamente, el movimiento de grandes cantidades de Bitcoin por parte del gobierno alemán, presuntamente para vender en intercambios, podría considerarse una manipulación del mercado, algo que contradice los principios de un mercado libre y justo. Además, estos movimientos pueden generar desconfianza en la comunidad inversora, al percibirse que las entidades gubernamentales actúan con fines lucrativos o estratégicos más allá de las órdenes estrictamente judiciales destinadas a darle cierre a los casos en juicio.

    La liquidación de activos por razones judiciales

    Idealmente, la liquidación de activos confiscados debería estar estrictamente regulada y justificada por razones judiciales, tales como la restitución de fondos a las víctimas de delitos o la financiación de programas públicos específicos derivados de esos casos. Las ventas deberían ser transparentes y ejecutadas de manera que minimicen el impacto en el mercado, quizás mediante subastas públicas o ventas escalonadas.

    El movimiento de Bitcoin por parte del gobierno alemán plantea importantes cuestiones sobre el papel del Estado en la gestión de activos digitales confiscados. Mientras que la administración de estos fondos es necesaria, la venta masiva con intenciones que puedan influir en el mercado no es ética ni apropiada para una entidad estatal. La transparencia, la regulación estricta y el respeto a los principios de un mercado libre deben guiar cualquier operación de este tipo, asegurando que el Estado no actúe como un jugador especulativo, sino como un administrador responsable y justo de los activos bajo su control.

  • Resurrección digital: ¿es ético, legal y sano hablar con los muertos a través de la IA?

    Un episodio de un programa de televisión suscitó hace unos meses un amplio debate público y profesional. En ese programa, varias personas fueron expuestas a recreaciones digitales de las voces de sus familiares fallecidos generadas mediante inteligencia artificial a partir de audios reales. Estas recreaciones no solo imitaban las voces sino que también formulaban preguntas evocadoras, provocando reacciones emocionales intensas en los participantes. El fenómeno, que podemos denominar “resurrección digital”, implica la recreación de aspectos de individuos fallecidos utilizando tecnologías avanzadas. Aunque pueda ofrecer un consuelo momentáneo, esta práctica abre un debate profundo sobre sus implicaciones éticas, filosóficas y jurídicas.

    El riesgo de crear falsos recuerdos

    ¿Qué significa realmente “ser”? Al recrear la voz o imagen de alguien que ha fallecido, nos preguntamos si estamos extendiendo su existencia de alguna manera o simplemente creando una sombra sin sustancia. La esencia de un ser humano es indudablemente más que un conjunto de respuestas programadas o una imagen proyectada. La singularidad de la experiencia vivida, las emociones, los pensamientos, todo ello parece inalcanzable para la mera simulación digital.

    Y entonces, ¿qué papel juega la memoria en este proceso? La resurrección digital podría considerarse un intento de preservar la memoria, de mantener viva la presencia de aquellos a los que hemos perdido. Pero ¿es ético aferrarse a una representación artificial en lugar de dejar que la memoria evolucione y se transforme con el tiempo?

    La memoria humana no es estática: es selectiva, cambia y se adapta. Al recrear digitalmente a una persona, ¿corremos el riesgo de alterar nuestras propias memorias auténticas de ella?

    La verdadera identidad

    Además, surge la cuestión de la identidad. La identidad de una persona es un tejido complejo de experiencias y relaciones. Cuando tratamos de recrear a alguien, ¿podemos capturar verdaderamente su identidad o simplemente estamos creando una versión idealizada, una que se ajusta a nuestras propias expectativas y deseos?

    Estos avances tecnológicos también nos llevan a preguntarnos sobre el duelo. La muerte es una parte natural de la vida, y el duelo un proceso necesario para aceptar esta pérdida. Al tratar de mantener una conexión con los fallecidos a través de la resurrección digital, ¿estamos interfiriendo con este proceso vital? ¿Podría esto impedirnos avanzar y encontrar paz en la aceptación de la pérdida?

    Finalmente, la resurrección digital despierta interrogantes sobre el consentimiento y la propiedad. ¿Quién tiene derecho a decidir si una persona debe ser recreada digitalmente? ¿Y cómo se gestiona el consentimiento de alguien que ya no puede expresar su voluntad?

    La perspectiva de que se hagan negocios a partir de algo tan profundamente humano y doloroso como la muerte y la pérdida de un ser querido suscita diversos interrogantes desde el ámbito de la filosofía, la ética y la moral.

    Desde un punto de vista ético, esta práctica parece transgredir los principios fundamentales de respeto y dignidad que deberían guiar nuestras interacciones humanas. El duelo es un proceso íntimo y sagrado, un camino hacia la aceptación y la paz interior tras una pérdida significativa. La intrusión comercial en este proceso podría ser vista como una forma de explotación emocional, aprovechándose de aquellos que pasan por un momento especialmente vulnerable.

    ¿Y qué pasa con el proceso natural del duelo?

    Además, este tipo de negocios podría distorsionar el proceso natural del duelo. El dolor y la pérdida son experiencias esenciales de la condición humana, y enfrentarlas es parte de nuestro crecimiento personal. Si la comercialización de la resurrección digital impide que las personas atraviesen estas etapas de manera saludable, ofreciendo una ilusión de presencia en lugar de ayudarles a aceptar la realidad de la ausencia, quizás no les beneficien

    Por otro lado, desde una perspectiva moral, cabe preguntarse sobre la intención y el propósito detrás de estos negocios. En principio parece que se justifica por el objetivo de proporcionar consuelo y una forma de recordar a los seres queridos. Sin embargo, ¿dónde se traza la línea entre proporcionar consuelo y explotar el dolor para obtener beneficios?

    En el corazón de la “resurrección digital” yace una paradoja profunda y perturbadora: la tecnología, en su intento de acercarnos a quienes hemos perdido, nos confronta con la ineludible realidad de su ausencia. Esta paradoja nos lleva a cuestionar no solo la naturaleza de la existencia, sino también la esencia de lo que significa ser humano.

    Estas tecnologías, al intentar suplir una carencia o llenar un vacío dejado por un ser querido, no solo resaltan nuestro deseo de aferrarnos a lo que hemos perdido, sino también nuestra dificultad para enfrentar y procesar el duelo ante la ineludible realidad de la muerte.

    La paradoja se extiende aún más al considerar que, en nuestro esfuerzo por preservar la memoria y la esencia de los seres queridos, recurrimos a simulaciones que, por su naturaleza artificial, nunca podrán capturar completamente la complejidad y profundidad de la experiencia humana real. Así, nos vemos enfrentados a la disyuntiva de abrazar una representación imperfecta y digitalizada que, aunque reconfortante en cierto modo, podría no hacer justicia a la verdadera esencia del ser amado.The Conversation

    Damián Tuset Varela, Investigador en Derecho Internacional Público e IA. Tutor Máster Relaciones Internacionales y Diplomacia UOC, Universidad de Jaén

    Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

  • Explorando la Esencia Humana a Través de la Simpatía en Adam Smith

    En la obra Teoría de los Sentimientos Morales, especialmente en los capítulos referidos a «De la Simpatía», Adam Smith nos invita a adentrarnos en el complejo mundo de las relaciones humanas y la empatía, destacando la importancia de comprender y validar los sentimientos de los demás como elementos fundamentales de nuestra naturaleza humana. A lo largo de sus páginas, Smith nos sumerge en una profunda reflexión sobre la simpatía y su papel en nuestras interacciones sociales, ofreciendo una visión integral de cómo esta capacidad moldea nuestras relaciones personales, nuestra percepción del mundo y nuestros juicios morales.

    La simpatía, esa capacidad innata de sentir y compartir las emociones de los demás, nos conecta de manera intrínseca con nuestros semejantes. A través de la imaginación, somos capaces de ponernos en el lugar del otro y experimentar su felicidad o sufrimiento como si fuera propio. Esta conexión emocional no solo nos permite compartir alegrías y penas, sino también fortalecer los lazos sociales y construir relaciones significativas basadas en la comprensión mutua y el apoyo emocional.

    La reciprocidad de los sentimientos ajenos juega un papel crucial en nuestras interacciones sociales. El placer que experimentamos al compartir nuestras emociones con los demás se ve potenciado por la validación y el entendimiento que recibimos a cambio. La simpatía mutua nos brinda una sensación de conexión emocional, alimentando nuestra necesidad innata de ser comprendidos y aceptados por los demás. Sin embargo, la falta de simpatía puede generar alienación y descontento en nuestras relaciones personales, destacando la importancia de cultivar esta habilidad para fortalecer nuestros lazos sociales y construir una comunidad basada en el apoyo y la comprensión mutua.

    La percepción de los sentimientos ajenos y su aprobación están influenciadas por la armonía o disonancia con nuestros propios sentimientos. Cuando las emociones de una persona se alinean con las nuestras, tendemos a aprobar sus acciones y sentimientos como justos y adecuados. Por el contrario, cuando percibimos una discrepancia entre sus sentimientos y los nuestros, es más probable que desaprobemos sus acciones. Esta dinámica resalta la importancia de la empatía en la formación de nuestros juicios morales y en la manera en que nos relacionamos con los demás.

    La simpatía, además, no solo implica compartir las emociones de los demás, sino también comprender sus circunstancias y perspectivas. A través del entendimiento de las experiencias y motivaciones de los demás, podemos ofrecer un apoyo más significativo y constructivo. La empatía nos permite trascender nuestras propias experiencias y puntos de vista, abriendo espacio para la comprensión y la tolerancia hacia aquellos que son diferentes a nosotros.

    Adam Smith nos recuerda: «Cada facultad de un hombre es la medida por la que juzga de la misma facultad en otro. Yo juzgo de tu vista por mi vista, de tu oído por mi oído, de tu razón por mi razón, de tu resentimiento por mi resentimiento, de tu amor por mi amor. No poseo, ni puedo poseer, otra vía para juzgar acerca de ellas.» Esta reflexión resalta la idea central de la obra: nuestra capacidad de simpatizar y comprender a los demás está intrínsecamente ligada a nuestra propia experiencia y percepción del mundo.

    En resumen, «De la Simpatía» nos ofrece una profunda reflexión sobre la importancia de la empatía en nuestras vidas. Desde nuestra capacidad para compartir las emociones de los demás hasta la influencia de la simpatía en nuestras relaciones personales y juicios morales, la empatía emerge como un elemento fundamental de nuestra naturaleza humana. Al comprender y valorar la simpatía y la aprobación de los sentimientos ajenos, podemos cultivar relaciones más empáticas y significativas, contribuyendo así a un mundo más compasivo y solidario.

  • Privacidad Mental e Inteligencia Artificial: La Encrucijada Ética de Meta

    En un mundo donde la frontera entre la ciencia ficción y la realidad se desdibuja cada vez más, Meta, la empresa matriz de Facebook e Instagram, ha dado un paso audaz al presentar su última creación: una aplicación basada en inteligencia artificial (IA) que convierte las imágenes mentales en representaciones visuales reales. Este emocionante avance plantea preguntas profundas sobre el potencial de la IA para leer y decodificar la mente humana, así como desafíos éticos significativos relacionados con la «privacidad mental».

    La aplicación, conocida como Image Decoder, utiliza una combinación de técnicas innovadoras. En primer lugar, se aprovecha de la magnetoencefalografía (MEG), un método de escaneo cerebral no invasivo que mide la actividad eléctrica en el cerebro con una precisión extraordinaria. La MEG es capaz de capturar miles de mediciones por segundo, lo que proporciona una visión detallada de cómo las imágenes son percibidas y procesadas en la mente de un individuo. Luego, la IA entra en juego para traducir estas mediciones en representaciones visuales.

    Un aspecto destacable de este avance es su capacidad para funcionar en tiempo real, lo que significa que los investigadores pueden observar lo que una persona está viendo o imaginando en el momento en que ocurre, sin necesidad de estar físicamente presentes en la misma ubicación. Este potencial se demostró en una demostración en X (anteriormente Twitter), donde los investigadores pudieron decodificar la actividad cerebral generada por MEG y mostrar lo que una persona estaba mirando en ese mismo instante.

    El éxito de Image Decoder se basa en gran medida en el uso de DINOv2, un modelo de aprendizaje autosupervisado que fue entrenado con más de 60,000 resultados de MEG anteriores de pacientes. Aunque el sistema aún no es perfecto y enfrenta limitaciones técnicas, ha alcanzado niveles de precisión del 70% en los casos de mayor rendimiento, lo que representa un avance significativo en la recuperación y recreación precisa de imágenes basadas en datos MEG.

    El potencial de esta tecnología es inmenso. Meta sugiere que Image Decoder podría proporcionar una «voz» a personas que han perdido la capacidad de hablar debido a lesiones cerebrales. Además, abre la puerta a la posibilidad de que la IA pueda realizar funciones basadas en pensamientos, lo que podría revolucionar la forma en que interactuamos con la tecnología en el futuro.

    Sin embargo, existen desafíos significativos en el horizonte. La precisión de la decodificación disminuye cuando las personas son instruidas a imaginar representaciones en lugar de simplemente observar objetos físicos. Esto sugiere que el sistema todavía tiene limitaciones técnicas que deben abordarse antes de que pueda alcanzar su máximo potencial.

    Además, la tecnología plantea cuestiones éticas fundamentales, en particular la «privacidad mental». La capacidad de acceder y decodificar las imágenes y pensamientos de una persona plantea preocupaciones sobre la invasión de la privacidad y la propiedad de datos. En un momento en que la recopilación de datos y la privacidad en línea son temas candentes, este avance podría generar una discusión aún más intensa sobre quién tiene acceso a nuestros pensamientos y cómo se utilizan.

    Las preocupaciones éticas no son infundadas. Ya hemos sido testigos de casos en los que las gigantes tecnológicas como Amazon y Meta han utilizado datos de usuarios sin su consentimiento para mejorar sus modelos de IA. La idea de que ahora puedan acceder a nuestros pensamientos abre un nuevo territorio en términos de privacidad mental y seguridad de datos.

    Este no es el único avance en el campo de la IA y la neurotecnología que plantea cuestiones importantes. Un estudio de la Universidad de California en Berkeley demostró recientemente que la IA puede recrear música escaneando la actividad cerebral de las personas. Aunque estos desarrollos tienen el potencial de cambiar la vida de personas con discapacidades físicas y ofrecer soluciones innovadoras, también plantean cuestiones profundas sobre los límites éticos de la tecnología.

    En última instancia, la capacidad de la IA para leer la mente y convertir pensamientos en imágenes representa una revolución potencial en la relación entre la humanidad y la tecnología. Si bien ofrece un mundo de posibilidades, también plantea una serie de preguntas inquietantes que requerirán una atención cuidadosa y una regulación ética rigurosa para garantizar que se utilice de manera responsable y en beneficio de la sociedad en su conjunto.

  • Qué test hacer a una inteligencia artificial para descubrir que no es humana

    Las que sí tienen ética son las personas que programan a las máquinas y a las inteligencias artificiales. Una máquina no es buena o mala. Es efectiva. Hace lo que le ordenan y para lo que fue programada.

    Durante cientos de años, el ser humano ha estudiado y tratado de dilucidar qué es lo que lo separa de los animales. La biología, la sociología, la antropología y hasta la filosofía se nutren de esta pregunta existencial. Incluso el derecho, donde se estableció que cierto grupos de animales y en ciertas circunstancias pueden ser considerados “persona jurídica”.

    ¿Tendrá, entonces, derechos la inteligencia artificial? ¿Tendrá derecho a… la vida?

    A partir del hipersónico desarrollo de la inteligencia artificial, hay un nuevo elemento, quizá el quinto elemento, que no está hecho ni de tierra, ni de fuego, ni de aire, ni de agua. Es la anti-vida, la inteligencia artificial que obliga a la humanidad a confrontarse con un superpoder que ella misma ha creado.

    Las inteligencias artificiales superan la prueba de Turing o test de Turing (la clásica herramienta de evaluación de la capacidad de una máquina para exhibir un comportamiento inteligente), y lo hacen sin pestañear.

    En Blade Runner ya era difícil distinguir humanos de robots. La emoción ha sido casi siempre el factor humano que ha hecho caer a robots y máquinas en la trampa y delatarse –aunque las lágrimas en la lluvia del replicante Roy Batty sean las más emotivas del cine de ciencia ficción de toda la historia–.

    Pero ¿qué pasará a partir de ahora? ¿Qué será humano cuando las inteligencias artificiales lo sean todo? ¿Qué prueba vamos a inventar para detectarlas?

    La generación espontánea

    Uno de los aspectos destacables que nos separan a los humanos de las inteligencias artificiales es la generación espontánea de acciones y de conocimiento. El impulso.

    EL ser humano es un espontáneo creador del todo. Una persona puede despertar un día e imaginar una idea, una historia o un poema, un pensamiento creativo. A partir de la historia personal, el ser humano crea nuevo conocimiento, nuevas historias y nuevas experiencias.

    No hay inteligencia artificial que genere conocimiento o realice acciones espontáneamente.

    En un artículo publicado en la revista Nature), los científicos de la Universidad de Zaragoza Miguel Aguilera y Manuel Bedia concluyeron de que se puede llegar a una inteligencia que genere mecanismos para adaptarse a las circunstancias. Esto podría parecerse a la acción espontánea, pero dista de ser un acto producto de voluntad. Toda acción realizada por una inteligencia artificial es diseñada y programada por una persona.

    Improvisar en una banda de jazz seguirá siendo privilegio humano.

    La regla de la ética

    Esto nos lleva a la segunda gran diferencia: la ética. La inteligencia artificial y las máquinas no tienen ética per se, hay que inculcársela. Ellas sólo siguen parámetros preestablecidos, reglas claras y precisas de lo que deben hacer.

    El ser humano dispone de un reglamento (Constitución, leyes, religión, etc.) de lo que debe hacer, y también tiene claro lo que no debe hacer. Pero la ética es más que un reglamento, va más allá de una guía. La ética es, nada más y nada menos, que el discernimiento entre el bien y el mal. Es tan importante en nuestra especie que se ha encontrado que bebés de cinco meses ya hacen juicios morales y actúan acorde con ellos.

    Las que sí tienen ética son las personas que programan a las máquinas y a las inteligencias artificiales. Una máquina no es buena o mala. Es efectiva. Hace lo que le ordenan y para lo que fue programada. Aunque ciertamente se puede programar ética. El físico José Ignacio Latorre lo explica en su obra Ética para Máquinas. Vaticina Latorre: «La inteligencia artificial se sentará en el Consejo de Ministros»

    Hoy, ChatGPT está programado para no difundir contenido sensible y no da acceso a la web profunda (DeepWeb). Así, uno puede programar en base a unas ideas del ser y del deber ser. Sin embargo, como el tiempo pasa y los parámetros éticos se modifican, éstos deben ser corregidos para que la base normativa de la inteligencia artificial vaya en correlación a la del ser humano.

    La intención solo puede ser humana

    Otro aspecto importante es la intención, y la intención de la acción humana está intrínsecamente relacionada con la moralidad.

    En su libro Intención, la filósofa Elizabeth Anscombe argumenta que la intención no puede reducirse a meros deseos o estados psicológicos internos. Anscombe sostiene que la intención es una característica esencial de la acción y que está intrínsecamente relacionada con la responsabilidad moral. Así que no se puede separar la intención de la acción en sí misma al determinar si un acto es moralmente correcto o incorrecto. Elizabeth Anscombe critica las teorías éticas que se centran únicamente en las consecuencias de una acción y no consideran la intención que las anticipa.

    Al carecer de ética y de moral, la inteligencia artificial carece de intención. La intención sigue circunscrita al programador.

    Cada uno de estos tres aspectos comentados hasta aquí requiere ríos de tinta para poder lograr un entendimiento.

    Sin remordimientos ni problemas psicológicos

    Es casi provocador preguntar cuáles son las diferencias y no cuáles son las similitudes.

    Las diferencias son claras. Las IA no tienen experiencias. No tienen historia. No tienen psicología ni problemas psicológicos. No tienen remordimientos de sus actos (aspecto fundamental del apartado de ética y moral). No aman ni son amadas. No sufren ni sienten dolor. No tienen opinión propia, porque nada le es propio.

    Si ChatGPT pasa de moda (lo dudo) y no es consultado, su existencia es inútil. Sólo existe si al ser humano le es útil. No tiene identidad. Su identidad es una construcción humana.

    La IA también puede ser destructiva. Puede llevar no sólo al fin de millones de trabajos en todo el mundo, sino también a una posición diminuta en el mundo productivo, sin entrar en especulaciones apocalípticas de la ciencia ficción.

    Al fin y al cabo, depende del mismo ser humano. Está en nuestras manos utilizarla como una herramienta constructiva o destructiva.

    Pero, por si en el futuro cercano alguien puede dudar de su naturaleza, incluyamos en su alma sintética una trampa, un guiño que, ante la necesidad, nos recuerde que estamos tratando con un quinto elemento, un no humano.The Conversation

    Agustín Joel Fernandes Cabal, Investigador predoctoral en Filosofía, Universidade de Santiago de Compostela

    Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

  • Estados Unidos: la Corte Suprema, el aborto y Trump

    El 24 de junio del corriente año la Corte Suprema de Justicia estadounidense revocó la decisión federal del 22 de enero de 1973 en el caso Roe vs. Wade que a su vez había revocado la norma en el estado de Texas que protegía la vida. Se trata del denominado aborto que ahora vuelve a sus cauces por una mayoría de seis contra la opinión disidente de tres. Votaron por esta resolución clave el presidente del tribunal John G. Roberts y Clarence Thomas, Brett M. Kavanaugh, Neil M. Gorsuch, Samuel A. Alito y Amy Coney Barrett. Votaron a favor del aborto Elena Kagan, Stephen Breyer y Sonia Sotomayor. Esta decisión quiere decir que los estados miembros decidirán sobre el particular pero se elimina la usurpación del gobierno central tal como aconsejaron los Padres Fundadores no debería hacerse con temas fuera de las relaciones exteriores, la defensa nacional y conexos (recordemos incluso que en la Asamblea Constituyente se propuso eliminar el gobierno central como incompatible con el federalismo, lo cual no prosperó pues en el debate se argumentó que aquello iba en línea con una confederación). Inmediatamente después del fallo de marras se pronunciaron en contra del aborto la mitad de los estados.

    Dado que se atribuye esta votación a la designación de tres jueces de los que se pronunciaron contra el aborto por parte de Donald Trump durante su presidencia (lo cual es muy loable), es muy pertinente subrayar que Trump siempre fue partidario del aborto hasta que los asesores lo convencieron que modifique su posición puesto que si quería dedicarse a la política su potencial base electoral consideraba un crimen el aborto. Así, para ejemplificar con algunas de sus declaraciones, en 1989 apoyó entusiastamente el evento que tuvo lugar para honrar al presidente de la Liga Nacional del Derecho al Pro Aborto, Robin Chandler Duke. En 1999 declaró al periodista Tim Russert que era “muy pro elección” (Pro- Choice) en Meet the Press a lo que agregó enfáticamente “Soy muy pro elección en todos los aspectos de la vida”. Y en el mismo año resumió su postura al Daily Intelligence: “Quiero que se remueva el tema del aborto de la política pues creo que se trata de un asunto personal que deben decidir la madre y sus médicos”. Son muy loables los cambios para bien, todos mutamos con la intención de hacerlo en esa dirección, pero ejecutarlo con criterios oportunistas es a todas luces reprobable.

    Como es de público conocimiento Trump desconoció las mismas normas por las que compitió en las últimas elecciones alegando fraude a pesar que los cincuenta estados certificaron el triunfo de su oponente, también lo hicieron sesenta y un jueces federales y locales (incluyendo tres designados por el propio Trump) y certificó su propio vicepresidente Mike Pence. Esto además del bochorno en Charlotteville donde dos grupos de manifestantes se enfrentaron, uno de los cuales llevaba estandartes con las insignias nazi. A pesar de esto Trump declaró públicamente que “había muy buenas personas en ambos bandos” (“very fine people on both sides”). A esto debe agregarse el bochorno de la intentona de tomar el Congreso por la fuerza con el aliento del entonces presidente Trump y el aumento del gasto público, el endeudamiento y el déficit fiscal y todos los atropellos como los destacados por Bob Woodward en su libro Miedo: Trump en la Casa Blanca, nada de lo cual justifica los desmanes de la actual administración demócrata.

    En el tema del aborto -como el de todos los vinculados al respeto recíproco como columna vertebral del liberalismo- debemos contribuir diariamente a sostener valores si queremos sobrevivir a la barbarie. Tuve el inmenso gusto de prologar la edición definitiva del tratado de mi querido amigo Jorge García Venturini titulado Politeia donde reproduzco un pensamiento suyo que fuera publicado en una de sus columnas periodísticas del 24 de abril de 1975 y que es muy pertinente reproducir en esta ocasión: “La lucha contra el despotismo es cosa de todos los días y de todos los lugares. No se trata de esperar una gran y definitiva batalla, que además siempre se espera que la den los demás. Se trata de nuestra cotidiana y muchas veces minúscula y anónima batalla por la libertad.” En política constituye una gimnasia muy saludable el acostumbrarnos a abandonar la tentación de apoyar al “menos malo” que naturalmente es malo -la kakistocracia según Garcia Venturini- lo cual también va desde luego para el caso estadounidense. Allí también hay que subir la vara con la mira en los Padres Fundadores, pues como escribió Jefferson “Un despotismo electo no fue el gobierno por el que luchamos”…no importa el signo.

    Es del caso reiterar lo que hemos escrito en otra oportunidad sobre el homicidio en el seno materno. Si desde costados sensatos se repite hasta el cansancio los efectos devastadores del control de precios que vienen fracasando desde hace 4.000 años antes de Cristo, con mayor razón se torna imprescindible insistir en los horrores de las matanzas masivas a través de lo que se ha dado en denominar aborto. Es un aspecto que estimamos vital, no en sentido figurado sino literal. Nos referimos a un ser humano en acto con la carga genética completa desde el momento de la fecundación del óvulo, distinta del padre y de la madre por lo que su exterminación resulta un despropósito mayúsculo e injustificable para cualquiera que considera que lo primero es respetar la vida.

    Paul Johnson en A History of the American People se refiere al aborto como “una destrucción masiva” y subraya que el antes referido tristemente célebre fallo de Roe vs. Wade convalidó asesinatos “del mismo modo que en el siglo XIX millones de americanos [norteamericanos] fueron esclavizados en conformidad con disposiciones legales que permitieron que los estados miembros aplicaran esa infamia”. Así es, como ha escrito Benjamin Constant, una ley o una mayoría “no puede convertir en justo lo que es injusto”, el derecho se recuesta en mojones y puntos de referencia extramuros de la ley positiva. Afortunadamente ahora la Corte estadounidense abre las puertas para rectificar aquél desacierto mayúsculo y criminal.

    A veces se ha mantenido que esto no debe plantearse de este modo puesto que “la madre es dueña de su cuerpo” lo cual es absolutamente cierto pero no es dueña del cuerpo de otro y cómo las personas no aparecen en los árboles y se conciben y desarrollan en el seno materno, mientras no exista la posibilidad de transferencias a úteros artificiales u otro procedimiento es inexorable respetarlo. Es cierto que está en potencia de muchas cosas igual que todo ser humano independientemente de su edad por lo que constituye una arbitrariedad superlativa inventar un momento de la gestación para proceder a la liquidación de esa vida humana como si se produjera una mágica mutación en la especie, lo cual, dicho sea de paso, es una lógica tan arbitraria que puede conducir a la justificación del infanticidio.

    En este sentido y antes de seguir adelante con este tema -sin perjuicio de otras muchas declaraciones científicas procedentes de distintas partes del mundo- es pertinente reproducir la muy oportuna declaración oficial en el medio argentino por parte de la Academia Nacional de Medicina de la que transcribo lo siguiente resuelto por su Plenario el 30 de septiembre de 2010 donde concluye “Que el niño por nacer, científica y biológicamente es un ser humano cuya existencia comienza al momento de su concepción […] Que destruir a un embrión humano significa impedir el nacimiento de un ser humano. Que el pensamiento médico a partir de la ética hipocrática ha defendido la vida humana como condición inalienable desde la concepción. Por lo que la Academia Nacional de Medicina hace un llamado a todos los médicos del país a mantener la fidelidad a la que un día se comprometieron bajo juramento”.

    Como queda dicho, un embrión humano contiene la totalidad de la información genética: ADN o ácido desoxirribonucleico. En el momento de la fusión de los gametos masculino y femenino -que aportan respectivamente 23 cromosomas cada uno- se forma una nueva célula compuesta por 46 cromosomas que contiene la totalidad de las características del ser humano.

    Solo en base a un inadmisible acto de fe en la magia más rudimentaria puede sostenerse que diez minutos después del nacimiento estamos frente a un ser humano pero no diez minutos antes. Como si antes del alumbramiento se tratara de un vegetal o un mineral que cambia súbitamente de naturaleza.

    De Mendel a la fecha, la genética ha avanzado mucho, Jerome Lejeune el célebre profesor de genética de La Sorbona escribe que “Aceptar el hecho de que con la fecundación comienza la vida de un nuevo ser humano no es ya materia opinable. La condición humana de un nuevo ser desde su concepción hasta el final de sus días no es una afirmación metafísica, es una sencilla evidencia experimental”.

    La evolución del conocimiento está inserta en la evolución cultural y, por ende, de fronteras móviles en el que no hay límite para la expansión de la conciencia moral. Constituyó un adelanto que los conquistadores hicieran esclavos a los conquistados en lugar de achurarlos. Más adelante quedó patente que las mujeres y los negros eran seres humanos que se les debía el mismo respeto que a otros de su especie. En nuestro caso, la secuencia embrión-mórula-balstocito-feto-bebe-niño-adolecente-adulto-anciano no cambia la naturaleza del ser humano. La implantación en la pared uterina (anidación) no implica un cambio en la especie, lo cual, como señala Ángel S. Ruiz en su obra sobre genética “no añade nada a la programación de esa persona” y dice que sostener que recién ahí comienza la vida humana constituye “una arbitrariedad incompatible con los conocimientos de neurobiología”. La fecundación extracorpórea y el embarazo extrauterino subrayan este aserto.

    Se ha dicho que el feto es “inviable” y dependiente de la madre, lo cual es también cierto, del mismo modo que lo son los inválidos, los ancianos y los bebes recién nacidos, de lo cual no se sigue que se los pueda exterminar impunemente. Lo mismo puede decirse de supuestas malformaciones: justificar las matanzas de fetos justificaría la liquidación de sordos, mudos e inválidos. Se ha dicho que la violación justifica el mal llamado aborto, pero un acto monstruoso como la violación no justifica otro acto monstruoso como el asesinato. Se ha dicho, por último, que la legalización del aborto evitaría las internaciones clandestinas y antihigiénicas que muchas veces terminan con la vida de la madre, como si los homicidios legales y profilácticos modificaran la naturaleza del acto.

    Entonces, en rigor no se trata de aborto sino de homicidio en el seno materno, puesto que abortar significa interrumpir algo que iba a ser pero que no fue, del mismo modo que cuando se aborta una revolución quiere decir que no tuvo lugar. De más está decir que no estamos aludiendo a las interrupciones naturales o accidentales sino a un exterminio voluntario, deliberado y provocado.

    Tampoco se trata en absoluto de homicidio si el obstetra llega a la conclusión -nada frecuente en la medicina moderna- que el caso requiere una intervención quirúrgica de tal magnitud que debe elegirse entre la vida de la madre o la del hijo. En caso de salvar uno de los dos, muere el otro como consecuencia no querida, del mismo modo que si hay dos personas ahogándose y solo hay tiempo de salvar una, en modo alguno puede concluirse que se mató a la otra.

    Se suelen alegar razones pecuniarias para abortar, el hijo siempre puede darse en adopción pero no matarlo por razones crematísticas, porque como se ha hecho notar con sarcasmo macabro, en su caso “para eso es mejor matar al hijo mayor ya que engulle más alimentos”. Como ha dicho Ronald Reagan “tienen suerte los abortistas que no se les haya aplicado las recetas que ellos patrocinan”.

    A contramano de la ciencia se ha pretendido disociar al feto de la personalidad lo cual también contradice las definiciones de los diccionarios de persona como “individuo de la especie humana”. Bien ha explicado Roland M. Nardone que “La asignación de un ser vivo a una especie está determinada, no por la etapa de desarrollo, sino por la suma total de sus características biológicas, reales y potenciales, las cuales son determinadas genéticamente [..] Si decimos que el feto no es humano, es decir, un miembro del homo sapiens, debemos decir que es miembro de otra especie lo cual es un absurdo”.

    La lucha contra este bochorno en gran escala reviste mucha mayor importancia que la lucha contra la esclavitud, porque por lo menos en este caso espantoso hay siempre la esperanza de un Espartaco exitoso, mientras que en el aborto no hay posibilidad de revertir la situación.

    Entonces, celebramos el fallo rectificatorio de la Corte Suprema en Estados Unidos que esperamos sea imitado en otros países donde lamentablemente se acepta este crimen. Resulta muy contradictorio que muchos de los que declaman sobre “derechos humanos” (un pleonasmo puesto que los derechos solo pueden ser humanos) se pronuncian por la liquidación de seres inocentes. Tal como he escrito antes, dado que los bebés no crecen en los árboles mientras no exista la posibilidad tecnológica de transferirlos a úteros artificiales esa vida debe ser respetada en el seno materno.

  • El bochorno de la cobardía moral

    Estamos ante una encrucijada gigante. Hay quienes piensan que pueden circunscribirse a sus asuntos personales puesto que el respeto a lo suyo vendrá automáticamente o, en todo caso, son otros a los que les cabe la responsabilidad por cuidar y defender la libertad de cada uno. No se percatan de la responsabilidad moral de cada cual para contribuir a que exista tal cosa como la sociedad libre. Nada está garantizado. Como ha insistido Thomas Jefferson, “el precio de la libertad es la eterna vigilancia”. Es muy legítimo y necesario que cada uno se dedique a sus menesteres pero éstos no pueden sobrevivir si no se estudian los fundamentos del respeto recíproco y si no se difunden. No basta con ser una buena persona que atiende los quehaceres domésticos y laborales. Nada subsiste si no se defienden los valores del antedicho respeto recíproco desde la perspectiva ética, jurídica, histórica y económica.

    Se sabe que es más reconfortante dedicarse a la vida pacífica en la familia y en el trabajo, pero nuevamente reiteramos que no es posible evitar el inmenso riesgo que se atropellen esos derechos si no se vela por ellos. No es suficiente con no fornicar, no robar y no matar. Alexis de Tocqueville consignó que el problema básico irrumpe en las sociedades en las que ha habido gran progreso moral y material y se da eso por sentado. Se requiere -se demanda- un esfuerzo constante. No se trata de abandonar las faenas en las que uno está, se trata de destinar una parte aunque más no sea pequeña para que aquellas faenas puedan continuar de modo pacífico.

    Hay muchas maneras de proceder en este sentido, la más eficaz es la cátedra, el libro, el ensayo y el artículo pero en modo alguno esto se agota en estas actividades para los que no tengan posibilidad de acceder. Por ejemplo, una forma muy fértil consiste en los ateneos de lectura donde se reúnen en casa de familia cuatro o cinco personas para debatir un buen libro: por turno uno expone y el resto debate. Esto tiene inmenso efecto multiplicador en las familias, en las reuniones sociales y en los ámbitos de trabajo. No tiene sentido sostener que uno no está preparado para esas cuestiones, nadie nace con la preparación, todos deben hacer esfuerzos para capacitarse. Es muy cómodo alegar que otros tienen la vocación por defender los principios de la sociedad libre, a todos les atrae mucho más dedicarse a ganar dinero y aplicarlo a los placeres de la vida armoniosa y gratificante, pero a todos les compete la mencionada responsabilidad. No puede esperarse a que la invasión de los bárbaros destruya todo. Cuando no quede nada en pie será tarde para los lamentos.

    Como se ha dicho, el asunto no es preocuparse sino ocuparse y no valen las exclamaciones y las críticas de sobremesa para luego de haber engullido alimentos dedicarse a los intereses personales cortoplacistas. El abandono de las aludidas responsabilidades indelegables conduce indefectiblemente al desastre. En verdad el darle la espalda a esta misión inherente a la civilización es nada menos que cobardía moral.

    No se trata de actuar como si estuviéramos en una inmensa platea mirando al escenario donde supuestamente estarían los que deben ocuparse, se trata de contribuir a sostener la conducta civilizada, lo contrario es una buena receta para que se desplome el teatro. No puede pretenderse ser free-riders de otros (garroneros en criollo) por más que en general se trate de muy buenas personas que creen en la libertad.

    Resulta paradójico en verdad que se diga que la suficiente difusión de las buenas ideas es el único camino para retomar uno de cordura y, sin embargo, se concluye que es altamente inconveniente pretender expresarlas ante el público. Parecería que estamos frente a un callejón sin salida, pero, mirado de cerca, este derrotismo es solo aparente.

    Ortega escribe en el prólogo para franceses de Rebelión de las masas: “Mi trabajo es oscura labor subterránea de minero. La misión del intelectual es, en cierto modo, opuesta a la del político. La obra intelectual aspira, con frecuencia en vano, a aclarar un poco las cosas, mientras que el político suele, por el contrario, consistir en confundirlas más de lo que estaban” y en el cuerpo del libro precisa que en el hombre masa “no hay protagonistas, hay coro” y en el apartado titulado “El mayor peligro, el Estado” concluye que “el resultado de esta tendencia será fatal. La espontaneidad social quedará violentada una vez y otra por la intervención del Estado; ninguna nueva simiente podrá fructificar. La sociedad tendrá que vivir para el Estado; el hombre, para la máquina del Gobierno”.

    Por su parte, Le Bon en La psicología de las multitudes afirma que “las transformaciones importantes en que se opera realmente un cambio de civilización, son aquellas realizadas en las ideas” pero que, al mismo tiempo, “poco aptas para el razonamiento, las multitudes son, por el contrario, muy aptas para la acción” y, en general, “solo tienen poder para destruir” puesto que “cuando el edificio de una civilización está ya carcomido, las muchedumbres son siempre las que determinan el hundimiento” ya que “en las muchedumbres lo que se acumula no es el talento sino la estupidez”.

    Entonces, ¿cómo enfrentar la disyuntiva?. Los problemas sociales se resuelven si se entienden y comparten las ideas y los fundamentos de la sociedad abierta pero frente a las multitudes la respuesta no solo es negativa porque la agitación presente en ellas no permite digerir aquellas ideas, sino que necesariamente el discurso dirigido a esas audiencias demanda buscar el mínimo común denominador lo cual baja al sótano de las pasiones. Como explica Ortega en la obra referida, “el hombre-masa ve en el Estado un poder anónimo y como él se siente a sí mismo anónimo -vulgo- cree que el Estado es cosa suya” y lo mismo señala Friedrich Hayek en Camino de servidumbre en el capítulo titulado “Por qué los peores se ponen a la cabeza”.

    Desde luego que, como hemos apuntado en otras ocasiones, la paradoja no se resuelve repitiendo los mismos procedimientos puesto que naturalmente los resultados serán idénticos. El asunto es despejar telarañas mentales y proponer otros caminos para consolidar la democracia y no permitir que degenere en cleptocracias como viene ocurriendo de un largo tiempo a esta parte. La perfección no está al alcance de los mortales, de lo que se trata en esta instancia del proceso es minimizar los desbordes del Leviatán.

    Hay quienes en vista de este panorama la emprenden irresponsablemente contra la democracia sin percatarse que en esta etapa cultural la alternativa a la democracia es la dictadura con lo que la prepotencia se arroga un papel avasallador y se liquidan las pocas garantías a los derechos que quedan en pie. Confunden el ideal democrático cuyo eje central es el respeto de las mayorías por el derecho de las minorías, con lo que viene ocurriendo situación que nada tiene que ver con la democracia sino más bien con dictaduras electas.

    Y para fortalecer las ideas lo último que se necesita es un líder puesto que, precisamente, cada uno debe liderarse a sí mismo lo cual es completamente distinto de contar con ejemplos, es decir referentes que es muy diferente por la emulación a que invitan no solo en el terreno de las ideas sino en todos los aspectos de la vida (esto a pesar de los múltiples cursos sobre liderazgo que en el sentido de mandar y dirigir están fuera de lugar, incluso en el mundo de los negocios donde se ha comprendido el valor de la dispersión del conocimiento y el daño que hace el énfasis del verticalismo.)

    El núcleo de las ideas es siempre iniciado por una minoría. Albert Jay Nock escribió un ensayo en 1937 reproducido en castellano en Buenos Aires (Libertas, Año xv, octubre de 1998, No. 29) titulado La tarea de Isaías (“Isaiah´s Job”). En ese trabajo subraya la faena encargada al mencionado profeta bíblico de centrar su atención en influir sobre la reducida reserva moral (remnant en inglés): “De no habernos dejado Yahvéh un residuo minúsculo, como Sodoma seríamos, a Gomorra nos pareceríamos”. A partir de lo consignado, Nock elabora sobre lo decisivo del remnant al efecto de modificar el clima de ideas y conductas y lo inconducente de consumir energías con multitudes. Concentrarse en ser personas íntegras y honestas intelectuales en lugar de los timoratas que tienen pánico de ir contra la corriente aun a sabiendas que lo “políticamente correcto” se encamina a una trampa fatal. Necesitan el aplauso, de lo contrario tienen la sensación de la inexistencia. Borges escribió sobre aquellos que se ufanan por aparecer como alguien “para que no se descubra su condición de nadie.”

    Hay incluso quienes podrían ofrecer contribuciones de valor si fueran capaces de ponerse los pantalones y enfrentar lo que ocurre con argumentos sólidos y no con mentiras a medias, pero sucumben a la tentación de seguir lo que en general es aceptado. No se percatan de la inmensa gratificación de opinar de acuerdo a la conciencia y de la fenomenal retribución cuando aunque sea un alumno, un oyente o un lector dice que lo escuchado o leído le abrió nuevos horizontes y le cambió la vida. Prefieren seguir en la calesita donde en el fondo son despreciados por una y otra tradición de pensamiento puesto que es evidente su renuncia a ser personas íntegras que puedan mirarse al espejo con objetividad.

    Y no es cuestión de alardear de sapiencia, todos somos muy ignorantes y a medida que indagamos y estudiamos confirmamos nuestro formidable desconocimiento. Se trata de decencia y sinceridad y, sobre todo, de enfatizar en la imperiosa necesidad del respeto recíproco. Si estuviéramos abarrotados de certezas la libertad no tendría sentido.

    Por otro lado, si nos quejamos de los acontecimientos, cualquiera éstos sean, el modo de corregir el rumbo es desde el costado intelectual, en el debate de ideas y en la educación. Como se ha señalado en incontables oportunidades, los socialismos son en general más honestos que supuestos liberales en cuanto a que los primeros se mantienen firmes en sus ideales, mientras que los segundos suelen retroceder entregando valores a sabiendas de su veracidad, muchas veces a cambio de prebendas inaceptables por parte del poder político o simplemente en la esperanza de contar con la simpatía de las mayorías conquistadas por aquellos socialistas debido a su perseverancia.

    Ya he puesto de manifiesto en otra ocasión que la obsesión por “vender mejor las ideas para tener más llegada a las masas” es una tarea condenada al fracaso, principalmente por dos razones. La primera queda resumida en la preocupación de Nock en el contexto de “la tarea de Isaías”. El segundo motivo radica en que en la venta propiamente dicha no es necesario detenerse a explicar el proceso productivo para que el consumidor adquiera el producto. Es más que suficiente si entienden las ventajas de su uso. Cuando se vende una bicicleta o un automóvil, el vendedor no le explica al público todos los cientos de miles de procesos involucrados en la producción del respectivo bien, centra su atención en los servicios que le brindará el producto al consumidor potencial. Sin embargo, en el terreno de las ideas no se trata solo de enunciarlas sino que es necesario exponer todo el hilo argumental desde su raíz (el proceso de producción) que conduce a esta o aquella conclusión. Por eso resulta más lenta y trabajosa la faena intelectual. Solo un fanático acepta una idea sin la argumentación que conduce a lo propuesto. Además, los socialismos tienen la ventaja sobre el liberalismo que van a lo sentimental con frases cortas sin indagar las últimas consecuencias de lo dicho (como enfatizaba Hayek, “la economía es contraintuitiva” y como señalaba Bastiat “es necesario analizar lo que se ve y lo que no se ve”).

    Por eso es que el aludido hombre-masa siempre demanda razonamientos escasos, apuntar al común denominador en la articulación del discurso y absorbe efectismos varios. Por eso la importancia del remnant que, a su vez, genera un efecto multiplicador que finalmente (subrayo finalmente, no al comienzo equivocando las prioridades y los tiempos) llega a la gente en general que a esa altura toma el asunto como “obvio”. Para esto las minorías que abren camino a las ideas deben ser apoyados y alimentados por todas las personas responsables. Y si la idea no llega a cuajar debido a la descomposición reinante, no quita la bondad del testimonio, son semillas que siempre fructifican en espíritus atentos aunque por el momento no puedan abrirse paso.

    Tal como ha escrito Juan Bautista Alberdi en 1841 donde vaticinó lo que sería su largo esfuerzo de prédica que comenzó en 1836 con su tesis doctoral que se negó a jurarla por el tirano Rosas y que culminó en la Constitución liberal argentina de 1853/60: “Siendo la acción la traducción de las ideas, los hechos van bien cuando las ideas caminan bien: necesitamos pues hacer un cambio de las actuales ideas” (Obras completas, tomo II, p. 134).

    En resumen, debe dejarse de lado la comodidad y poner manos a la obra. No estaríamos en la situación en la que estamos si todos los que se dicen partidarios de la libertad contribuyeran a estudiar y difundir sus fundamentos. Estimo que es pertinente para ilustrar cómo es que nunca se desperdician las contribuciones bienhechoras de las personas íntegras -aún operando en soledad- lo apuntado por la Madre Teresa de Calcuta cuando le dijeron que su tarea era de poca monta puesto que “es solo una gota de agua en el océano” a lo que respondió “efectivamente, pero el océano no sería el mismo sin esa gota”.

  • El abandono de la virtud

    El respeto recíproco tan indispensable para convivir civilizadamente a la larga no puede subsistir si no se cuenta con una extendida incorporación de la virtud como valor esencial.

    En uno de mis primeros libros fabriqué una definición de liberalismo que tengo la satisfacción que intelectuales que aprecio mucho la citan con frecuencia. Esta definición dice que el liberalismo es el respeto irrestricto a los proyectos de vida de otros. Se trata del uso de la fuerza solamente cuando hay lesiones de derechos, todo lo demás debe respetarse aunque no compartamos otros proyectos de vida. Más aún, el test definitivo del respeto es cuando no solo no compartimos el proyecto de vida ajeno sino cuando lo consideramos repulsivo. Y no digo tolerancia puesto que estimo es una expresión que revela cierto tufillo inquisitorial, ya que presume que el que tolera perdona los errores ajenos. Esta es la columna vertebral de la sociedad libre donde los derechos se resumen a la vida, la propiedad y la libertad. Este es el modo de facilitar e incentivar la cooperación social y el consiguiente progreso.

    Habiendo dicho esto consigno que ese respeto recíproco tan indispensable para convivir civilizadamente a la larga no subsiste si no se cuenta con una extendida incorporación de la virtud como valor esencial. La declinación de la virtud se transforma en falta de consideración al prójimo y en el deterioro y posterior degradación del antedicho respeto irrestricto y así sucumbe la sociedad libre. En otros términos, el aludido respeto se convierte en falta de respeto con lo que es necesario destacar que esa consideración interpersonal debe ser acompañada por cierta dosis mínima de respeto intrapersonal, es decir autorrespeto que se pone de manifiesto en las conductas. En resumen, el respeto irrestricto hacia terceros es condición necesaria y suficiente pero si no se mantiene y alimenta con el ejercicio de la virtud a la larga se termina enterrando el mismísimo respeto recíproco.

    Veamos el asunto más de cerca. En primer lugar debe subrayarse que la virtud consiste en la conducta recta, en las manifestaciones honestas, en la sinceridad, en el decoro y en el desarrollo de las potencialidades para el bien. Esto puede sonar subjetivo y compatible con el relativismo epistemológico pero además de ser relativo el relativismo pretende darle la espalda a la noción de verdad que consiste en la concordancia entre el juicio y el objeto juzgado, en negar la noción del bien y el mal en nuestro caso de conductas visibles como lo que nutre al autoperfeccionamiento. Es lo que se ha propuesto desde Aristóteles y confirmado por autores como José Ferrater Mora en su Diccionario de filosofía. Es la debida proporción, la prudencia, la perseverancia en el mérito, el coraje de apartarse de lo que dicen y hacen otros, los modales, la privacidad y el sentido de intimidad, el pudor, la cortesía y sobre todo la moral. Ya sabemos que en una sociedad libre nada puede hacerse si no hay lesiones de derechos por más vicios que existan, solo puede procederse vía la educación sea la informal a través de la familia o la formal en el aula. Y educación no es transmitir cualquier cosa en cualquier dirección sino la trasmisión de valores de respeto a terceros y autorrespeto, como se ha dicho desde los estoicos: “Apuntar a la perfección o el fin de cada cosa” concepto desplegado por filósofos como Kant al resaltar “la fortaleza moral en el cumplimiento del deber”.

    Ejemplifiquemos primero con los modales sobre lo que he escrito antes pero es del caso reiterar ya que se refiere a la manifestación externa de lo que ocurre en el interior de la persona y luego vamos a la educación sobre lo que también me he pronunciado. “El hábito no hace al monje” reza un conocido proverbio, a lo que Jacques Perriaux agregaba “pero lo ayuda mucho”. Las formas no necesariamente definen a la persona, pero ayudan al buen comportamiento y hacen la vida más agradable a los demás.

    Hoy en día, en gran medida se ha perdido el sentido del buen hablar. En primer lugar, debido al uso reiterado de expresiones soeces. Las denominadas “malas palabras” remiten a lo grotesco, a lo íntimo, a lo repugnante y a lo escandaloso. Los que no recurrimos a esas expresiones no es por carencia de imaginación (personalmente se me ocurren variantes bastante creativas), es debido a la comprensión del hecho de que si se extiende esa terminología, todo se convierte en un basural, lo cual naturalmente se aleja de la excelencia y las conversaciones bajan al nivel del subsuelo. Por su parte, los términos obscenos empobrecen el lenguaje y como este sirve para pensar y para la comunicación, ambos propósitos se ven encogidos y limitados a un radio estrecho.

    Entonces, aquello de que “el hábito no hace al monje, pero lo ayuda mucho” pone en evidencia una gran verdad y es que las apariencias, los buenos modales y, en general, la estética, tienen una conexión subliminal con la ética. Cuanto más refinados y excelentes sean los comportamientos y más cuidados los ámbitos en los que la gente se desenvuelve, más proclive se estará a lograr buenos resultados en la cooperación social y el indispensable respeto recíproco como su condición central.

    Claro que un asesino serial puede estar encubierto y amurallado tras aparentes buenos modales, pero de todos modos los buenos signos exteriores tienden a reforzar y a abrir cauce al antes mencionado respeto recíproco. Se ha dicho en diversas oportunidades que en la era victoriana había mucho de hipocresía, lo cual es cierto de todas las épocas, pero no cambia el hecho de que en esa etapa de la historia el ocultamiento de lo malo traducía un sentido de vergüenza que luego se perdió bajo el rótulo de una supuesta “apertura mental” que más bien se abrió a la bosta que puso al descubierto las inmoralidades más superlativas con la pretensión de hacerlas pasar por acciones nobles y “modernas”.

    Como queda dicho, las normas morales aluden al autorrespeto y al respeto al prójimo en las respectivas preservaciones de las autonomías individuales basadas en la dignidad y la autoestima. De más está decir que lo dicho nada tiene que ver con el dinero, sino con la conducta, lo que ocurre es que en las sociedades abiertas los que mejor sirven los intereses de los demás son los que prosperan desde el punto de vista crematístico y, por ende, se espera de ellos el ejemplo, lo cual en los contextos contemporáneos ha mutado, puesto que en gran medida esos patrimonios no son fruto del servicio al prójimo, sino de la rapiña lograda con el concurso de gobernantes que se han extralimitado en sus funciones específicas de proteger derechos para, en su lugar, conculcarlos. Mal puede esperarse ejemplos de una banda de asaltantes.

    La literatura, la escultura, la pintura y la música son evidentemente manifestaciones de cultura por antonomasia. Sin embargo, en la actualidad Carlos Grané apunta en «El puño invisible: arte, revolución y un siglo de cambios culturales», que el futurismo, el dadaísmo, el cubismo y similares son manifestaciones de banalidad, nihilismo, vulgaridad, escatología, violencia, ruido, insulto, pornografía y sadismo (en el epígrafe de su libro aparece una frase del fundador del futurismo, Filippo Tommaso Marinetti, que reza así: “El arte, efectivamente, no puede ser más que violencia, crueldad e injusticia”).

    ¿Qué ocurre en ámbitos cada vez más extendidos en aquello que se pasa de contrabando como arte? Es sencillamente otra manifestación adicional de la degradación de las estructuras axiológicas. Es una expresión más de la decadencia de valores. En este sentido, otra vez, se conecta la estética con la ética. No se necesitan descripciones acabadas de lo que se observa cuando a diario se exhiben sin pudor alguno: alarde de fealdad, personas desfiguradas, alteraciones procaces de la naturaleza, embustes de las formas, alaridos ensordecedores, luces que enceguecen, batifondos superlativos, incoherencias múltiples y mensajes disolventes. En el dictamen del jurado del libro mencionado de Grané -que obtuvo el Premio Internacional de Ensayo Isabel Polanco (presidido por Fernando Savater), en Guadalajara- se deja constancia de “los verdaderos escándalos que ha vivido el arte moderno”.

    ¿Qué puede hacerse para revertir semejante espectáculo? Sólo trabajar con paciencia y perseverancia en la educación, es decir, en la trasmisión de principios y valores que dan sustento a todo aquello que puede en rigor denominarse un producto de la humanidad, alejándose de lo subhumano y lo puramente animal, en un proceso competitivo de corroboraciones y refutaciones que apunten a la excelencia y no a burlarse de la gente con apologías de la fealdad y explotar el zócalo del hombre con elogios a la indecencia, la ordinariez y la tropelía.

    Incluso la forma en que nos vestimos transmite nuestra interioridad. La elegancia y la distinción se dan de bruces con lo deliberadamente zaparrastroso en el contexto de modales nauseabundos, ruidos guturales patéticos que sustituyen la fonética elemental. La bondad, lo sublime, lo noble y reconfortante al espíritu naturalmente hacen bien y fortalecen las sanas inclinaciones. El morbo, el sadismo, lo horripilante y tenebroso degrada. Ingleses que transmitían radio en el medio de la nada en África durante la Segunda Guerra Mundial lo hacían vestidos de smoking “to keep standards up”.

    El deterioro en los modales que subestima la calidad de vida al endiosar la grosería y lo chabacano también tiende a anular el sentido de las expresiones ilustrativas que se consideran pasadas de moda. Ya Confucio, quinientos años antes de Cristo, escribió: “Son los buenos modales los que hacen a la excelencia de un buen vecindario. Ninguna persona prudente se instalará donde aquellos no existan” y, en 1797, Edmund Burke sostenía que para la supervivencia de la sociedad civilizada “los modales son más importantes que las leyes”.

    Estimo que antes de las respectivas especializaciones profesionales, debería explorarse el sentido y la dimensión de la vida, para lo cual hay una terna de libros extraordinarios que merecen incorporarse a la biblioteca: The Philosophy of Civilization de Albert Schweitzer, Adventures of Ideas de Alfred N. Whitehead y Human Destiny de Pierre Lecomte du Noüy. Después de esa lectura tan robusta y de gran calado, entre otras muchas cosas, se comprenderá mejor el apoyo logístico que brinda la cobertura de los modales para preservar las autonomías individuales.

    Es de esperar que personas inteligentes y que también hacen aportes en diversos campos abandonen la grosería de sus expresiones al efecto de contribuir a la construcción de una sociedad civilizada y se percaten de que la cloaca verbal se encamina a la cloaca. Reiteramos que nada puede hacerse en una sociedad libre para revertir conductas que no lesionan derechos de terceros, solo a través de la educación, es decir, antes que nada, la trasmisión de valores. Y esto no puede ocurrir allí donde la educación se convierte en adoctrinamiento y politización lo cual es parido desde el momento en que se acepta la existencia de aquella cachetada a la inteligencia cual es el ministerio de educación con la pretensión de imponer estructuras curriculares que constituyen la antítesis del proceso educativo que por definición requiere abrir puertas y ventanas a la competencia y a las auditorías cruzadas. En este contexto la llamada educación privada está privada de toda independencia.

    En esta línea argumental, la “educación pública” es una fachada para ocultar su verdadera naturaleza cual es la educación estatal, una expresión que no se usa porque es tan desagradable como el periodismo estatal o arte estatal. La educación privada es también para el público. El tema para nada consiste en descalificar a profesores que se desempeñan en el área estatal, por el contrario los hay muy esmerados y competentes. El asunto estriba en los incentivos: no es lo mismo la forma en que se toma café y se encienden las luces cuando uno paga las cuentas respecto de cuando se obliga a otros a hacerlo con el fruto de sus trabajos. Por ende, todos los establecimientos educativos estatales deberían entregarse al claustro existente y en la transición a las personas que tienen las condiciones intelectuales pero no cuentan con los ingresos suficientes debería entregárseles vouchers o créditos educativos para que apliquen a la institución privada que prefieran de todas las ofertas disponibles. Esto es financiar la demanda y no la oferta para evitar toda la parafernalia de la administración de activos en manos de la burocracia. Por último en esta materia, cuando resulten necesarias las acreditaciones debieran hacerse como era originalmente en el continente europeo y especialmente el la época colonial estadounidense: academias y entidades privadas también en competencia para acreditar a los efectos de lograr el mayor grado de excelencia posible.

    Ahora se discute acaloradamente en nuestro medio si debe imponerse la educación sexual y el llamado “lenguaje inclusivo” en los colegios, un debate absurdo siempre impuesto desde el vértice del poder en lugar de abrir las posibilidades de competir en instituciones todas privadas y ajenas al ámbito de la fuerza.

    No se trata entonces de limitarse a la queja por la degradación de valores y las amenazas al sine que non de la convivencia civilizada de respeto recíproco, se trata de abandonar la vaca sagrada de nuestro tiempo cual es la llamada educación estatal puesto que las botas, es decir, el monopolio de la vilencia que denominamos gobierno no debiera entrometerse en una función tan privativa de cada cual que por otra parte perjudica especialmente a los más necesitados que se ven obligados a financiar estas politizaciones vía la reducción de sus salarios e ingresos en términos reales. Hay quienes destacan la importancia de la educación -aun sin compartir mi propuesta- pero en simultáneo recurren a lenguaje soez…no saben de qué hablan.

  • En torno a una persona extraordinaria: Sophie Scholl

    Sophie Scholl fundó junto a su hermano  el movimiento estudiantil de resistencia al nazismo conocido como Rosa Blanca.

    Hay personajes en la historia de la humanidad que merecen recordarse todos los días. En buena parte de las ciudades se descubren múltiples estatuas con generales blandiendo espadas en actitudes nada conciliadoras. Como he dicho antes, a mi gusto, incluso en París, por ejemplo, hay demasiado Napoleón y muy poco Voltaire (para no decir nada de las figuras ecuestres que aparecen por doquier en las plazas latinoamericanas). Paul Johnson, en su obra titulada Napoleón, afirma que buena parte de las ideas estrafalarias de los megalómanos del siglo veinte provienen del bonapartismo y Tolstoi, en el magnífico segundo epílogo de La guerra y la paz, ridiculiza y condena al personaje de marras.

    En todo caso, no sería mal sustituir a muchos de los guerreros que inundan los lugares públicos de distintos lares por personas extraordinarias que son en verdad los genuinos héroes de la humanidad. Uno de los casos es el de la maravillosa y ejemplar Sophie Scholl sobre la que vuelvo a escribir y que se batió en soledad contra la comparsa criminal de los secuaces y sicarios del hediondo sistema nacional-socialista de Hitler.

    Fundó junto con su hermano Hans el movimiento estudiantil de resistencia denominado Rosa Blanca a través del cual debatían las diversas maneras de deshacerse del régimen nazi y publicaban artículos y panfletos para ser distribuidos con valentía y perseverancia en diversos medios estudiantiles y no estudiantiles.

    Una fantochada que hacía de tribunal de justicia presidida por el prototipo de lo antijurídico y el fanatismo mas brutal, de nombre Ronald Freisler, entre otros, condenó a los célebres hermanos a la guillotina, lo cual fue ejecutado el mismo día de la parodia de sentencia judicial, el 22 de febrero de 1943 al efecto de no dar lugar a defensas.

    Es cierto que la plaza frente a la Universidad de Munich lleva el nombre de Scholl (donde estudiaban esos corajudos hermanos), también hay una calle en Hamburgo (donde operaba una importante filial de la Rosa Blanca) y un colegio en Tübingen con ese glorioso recuerdo. Pero no resulta suficiente. En momentos que surgen indicios y primeros pasos totalitarios de Hitler en distintos países debe tenerse presente más que nunca las luchas y la integridad moral de personas como Sophie Scholl que ponen de manifiesto que no están dispuestas a claudicar ni a negociar los principios de libertad.

    Hay una producción cinematográfica dirigida por Marc Rothemund, que lleva por título el nombre de esta chica en la que aparecen jugosos diálogos que uno de los forajidos-captores mantiene con ella y, sobre todo, estremece al más curtido cuando Sophie le comenta a su compañera en la celda un sueño que tuvo. En ese sueño estaba con un niño de blanco que ella lograba salvar de diversas peripecias. Ella sucumbía en el sueño y caía al precipicio que se abría en la tierra pero el niño de blanco -los principios que defendía- prevalecían. Una metáfora encantadora que se hizo realidad después de la caída del sistema tan bien ilustrado y resumido por el canalla de Hermann Göring en el Parlamento alemán el 3 de marzo de 1933: “No quiero hacer justicia, quiero eliminar y aniquilar, nada más”.

    Por más estatuas que se fabriquen para conmemorar las proezas de Sophie Scholl, nunca será suficiente la gratitud que todos las personas de bien le profesan a esa adolescente con la fuerza de un titán. Vayan estas líneas como una muestra de emocionado reconocimiento y tributo a una persona que sacrificó su vida en aras de los principios nobles en los cuales creía y fue ejecutada miserablemente, también con la íntima satisfacción que, tal como anticipó su padre aún destruido por la injusticia, estaba orgulloso de la conducta recta e inclaudicable de sus dos hijos.

    Las hordas nazis fueron diezmadas en Stalingrado pero como suele ocurrir con los megalómanos esto los enfureció aun más y reprimieron con mayor bestialidad a los disidentes. Joseph Goebbels se prendió del micrófono para vociferar que “La guerra total es la exigencia de la hora. La patria debe permanecer pura e intacta en su totalidad. Nada puede perturbar la situación. Todos deben aprender a prestar atención a la moral de la guerra y atender las justas demandas del pueblo trabajador y combativo. No somos aguafiestas, pero tampoco toleraremos a aquellos que impidan nuestros esfuerzos.”

    En El idiota moral, La banalidad del mal en el siglo XX Norbert Bilbeny resume el idiotismo moral de los nazis especialmente referido a Hitler, a Himmler (el fundador de las SS y jefe de policía, el que subrayaba » yo no tengo conciencia, Hitler es mi conciencia”), Hess (el secretario de Hilter), Heydrich (quien planeaba los exterminios), el antes mencionado Goebbels (ministro de propaganda, autor del libro La lucha por el poder), Clauberg (ginecólogo obsesionado por los experimentos macabros), Kramer (“la bestia de Belsen”), Krebsbach (el que ordenaba inyectar gasolina en el corazón de deportados), Eichmann (el asesino de “la solución final”) y Mengele (“el ángel de la muerte”) en cuyo contexto Bilbeny destaca en toda su crudeza el patético “gusto por la tortura” y concluye que la responsabilidad es siempre individual por más que pretenda ocultarse en la multitud: “La apatía moral es siempre del individuo, aunque se multiplique por cien mil y adquiera la forma de decreto” y nos informa que “en las cocinas de Auschwitz había un letrero que decía hay un camino hacia la libertad, sus hitos se llaman obediencia, laboriosidad, limpieza y amor a la patria” y también nos dice que el lema de la SS era “mi honor es mi lealtad”…lealtad a la barbarie, no lealtad a valores morales anteriores y superiores a la existencia del gobierno.

    Por mi parte formulo la siguiente crítica al libro de Bilbeny, algo que resulta desafortunadamente común. Cuando se está frente a monstruos, a “la banalidad del mal” como diría Hanna Arendt, hay a veces la tendencia de calificar a estos sujetos como “enfermos mentales” pero como nos enseña Thomas Szasz en El mito de la enfermedad mental, desde el punto de vista de la patología una enfermedad se concreta en problemas en los tejidos, en las células y en cuerpos pero las ideas no están enfermas. Pueden desde luego estar equivocadas o contradecir la lógica pero no pueden enfermar en el sentido médico de la expresión. Pueden sufrir trastornos en la sinapsis y en los neurotransmisores, problemas químicos en el cerebro todo físico pero no mental, no enfermedad del pensamiento.

    En este sentido resulta también de provecho la lectura de una de las obras del doctor en medicina Stanton E. Samenow titulada Inside the criminal mind donde explica que su entrenamiento fue en la línea freudiana en cuyo contexto el que hace daño es un enfermo y no un delincuente. Escribe: “Cuando comencé mis trabajos creía que el comportamiento era un síntoma de conflictos enterrados resultado de traumas anteriores. Pensaba que las personas que cometían actos criminales eran víctimas de un desorden psicológico, de un ámbito social opresivo o ambas cosas. Concluía de mi trabajo que el crimen era normal, si no una reacción excusable de desesperación y pobreza que pervertían vidas”.

    Pero escribe Samenow que todo lo tuvo que rever y volver a estudiar cuando tuvo acceso a otros profesores y a una visión radicalmente distinta cuyo aspecto medular reside en la naturaleza del ser humano despojada de visiones que la opacan y degradan. Dice siempre en el libro mencionado que la esencia de esta nueva y valiosa perspectiva “consiste en que el criminal elige cometer crímenes. El crimen reside en la persona en cuestión y es causado por el modo en que piensa, no forzado por su medio ambiente. Los criminales piensan de un modo distinto a como lo hacen las personas responsables. Lo que debe ser cambiado es el modo en el que ofende se ve a sí mismo y al mundo que lo rodea. Enfocar en otros aspectos es equivocado. Encontré que el enfoque convencional psicológico y sociológico sobre el crimen y sus causas es erróneo y contraproductivo porque solo ofrece excusas. De considerar al criminal como víctima pasé a considerarlo victimario que libremente decide su modo de vida […] el tema central es uno de valores.” Sostiene que los criminales aprenden a engañar a sus detractores y a enfatizar en sus desgracias como disfraz para sus fechorías en vista de la percepción absurda y contraproducente que comentamos, a lo que se agrega en algunos medios el “abolicionismo” en materia penal pues se mantiene que el delincuente no es responsable de sus actos debido al determinismo presente en ese razonamiento, en lugar de apuntar al libre albedrío y a los valores de la sociedad libre.

    Como se ha apuntado, el determinismo considera que los humanos somos solo kilos de protoplasma y por ende encerrados en los nexos causales inherentes a la materia donde no hay libertad. El premio Nobel en medicina Roger Sperry ilustra el desatino del determinismo al consignar que la pretensión de descifrar el código cognitivo por la biología equivale a intentar la interpretación de un mensaje escrito analizando la composición química de la tinta.

    Por otra parte, en relación con lo anterior, es en verdad un insulto a nuestros ancestros el sostener que la pobreza extrema genera delincuentes pues todos provenimos de las cuevas y la miseria más espeluznante de lo cual no se desprende que descendemos de criminales. Por otra parte, no hay más que ver a barones de la droga o empresarios prebendarios con cuantiosas fortunas que son delincuentes que muchas veces incluso operan con apoyo y estímulo gubernamental.

    En otros términos, la responsabilidad de cada cual es ineludible por lo que destacamos actitudes de inmenso coraje moral como el de Sophie Scholl y condenamos enfáticamente a los criminales que operan bajo la protección del aparato estatal y en un plano más general a todos los que comenten crímenes, es decir los que atacan los principios medulares de una sociedad civilizada: la vida, la libertad y la propiedad, cualquiera sea su procedencia. Ese es el sentido de la definición de liberalismo que fabriqué hace tiempo y que me halaga sea repetida: “El liberalismo es el respeto irrestricto a los proyectos de vida de otros”, toda lesión al derecho se aparta del respeto irrestricto e invade las autonomías individuales.