Etiqueta: fútbol

  • El nacionalismo de noventa minutos

    El nacionalismo de noventa minutos

    Cada cuatro años ocurre un fenómeno fascinante. Millones de personas, que el resto del tiempo apenas conocen a sus vecinos, sienten de pronto que forman parte de una inmensa familia llamada «nación». Lloran, cantan, abrazan desconocidos, discuten con amigos de otros países y experimentan una emoción genuina. No hay nada malo en esa alegría. El problema comienza cuando esa emoción se confunde con patriotismo o, peor aún, con un supuesto deber cívico, que bien lo aprovecha el nacionalismo.

    Desde una perspectiva liberal, el Mundial merece una reflexión mucho más profunda.

    El nacionalismo deportivo crea la ilusión de que compartimos un logro colectivo. Pero ¿qué hemos hecho realmente para ganar un campeonato? Absolutamente nada. Ninguno de nosotros entrenó durante veinte años, sacrificó su vida familiar o soportó la presión de jugar frente a millones de espectadores. El triunfo pertenece a un grupo extraordinario de individuos que desarrolló su talento mediante esfuerzo, disciplina y competencia. Sin embargo, el lenguaje cambia mágicamente: «ganamos», «somos campeones», «les demostramos al mundo».

    El individualismo metodológico, la base del pensamiento liberal y de la Escuela Austríaca, recuerda algo tan simple como difícil de asumir: las sociedades no actúan; actúan las personas. Los países no juegan al fútbol. Juegan once individuos con nombres y apellidos.

    ¿Por qué entonces sentimos esa apropiación emocional?

    Porque el ser humano busca pertenencia. Y el nacionalismo deportivo ofrece una identidad instantánea, gratuita y emocionalmente intensa. Durante unas semanas dejamos de ser individuos con proyectos propios para convertirnos en integrantes de una masa que ríe o llora al unísono. Es una experiencia profundamente humana, pero también profundamente manipulable.

    No es casualidad que el poder político haya comprendido esto desde hace siglos.

    En la antigua Roma, los emperadores descubrieron que ofrecer espectáculos grandiosos ayudaba a canalizar tensiones sociales y fortalecer el vínculo emocional con el poder. La expresión panem et circenses no significaba únicamente repartir entretenimiento: describía un mecanismo político. Mientras el pueblo dirigía su atención al circo, las decisiones verdaderamente importantes se tomaban en otro lugar.

    No se trata de afirmar que un Mundial sea equivalente al Coliseo romano. Sería una comparación injusta e históricamente imprecisa. El fútbol es una competencia deportiva legítima y extraordinariamente bella. Lo que sí permanece constante es la naturaleza humana: el poder siempre encuentra útil cualquier acontecimiento capaz de monopolizar la atención colectiva.

    Mientras millones siguen cada partido, los parlamentos negocian reformas, los gobiernos anuncian medidas, los presupuestos cambian y las burocracias continúan creciendo. Pero no porque exista una conspiración mundial del fútbol, sino porque la política profesional nunca deja pasar una oportunidad para actuar cuando la ciudadanía mira hacia otro lado.

    Quizá la mayor paradoja sea que muchos de quienes rechazan el colectivismo en la economía lo abrazan sin reservas durante un Mundial. El individuo desaparece. La responsabilidad personal desaparece. El mérito individual se diluye en un gigantesco «nosotros» que, durante noventa minutos, parece explicar toda la realidad.

    El liberalismo propone exactamente lo contrario.

    Celebrar el talento sin apropiarse de él. Admirar el esfuerzo sin convertirlo en patrimonio nacional. Disfrutar del deporte sin entregar, aunque sea por unas semanas, nuestra capacidad crítica.

    Nada impide emocionarse con un gol espectacular o con la historia improbable de una selección pequeña que desafía a las potencias. Al contrario. Es una de las grandes virtudes del deporte. Lo peligroso comienza cuando esa emoción sustituye la reflexión y el entusiasmo colectivo nos hace olvidar que los verdaderos partidos, los que afectan nuestra libertad, nuestros derechos y nuestro patrimonio, se juegan fuera de la cancha. Porque los Mundiales terminan, pero las leyes, los impuestos y las instituciones permanecen.

  • El Estado no es tu hincha: reflexiones sobre el decreto mundialista

    El Estado no es tu hincha: reflexiones sobre el decreto mundialista

    El presidente José Raúl Mulino firmó este martes el Decreto Ejecutivo N.° 19, lo llamaremos el decreto mundialista, mediante el cual ordenó el cierre de todas las oficinas públicas nacionales y municipales a partir de las 2:00 de la tarde del miércoles, para que los servidores del Estado puedan ver el debut de la Selección Nacional en el Mundial 2026. El Ministerio de Educación fue un paso más allá: suspendió también las clases vespertinas y nocturnas en colegios oficiales y privados.

    Nadie discute el orgullo legítimo que genera ver a Panamá en una Copa del Mundo. Es un logro deportivo real, merecido y celebrable. Pero una cosa es que los panameños festejen —como individuos libres que son— y otra muy distinta es que el Ejecutivo convierta el entusiasmo colectivo en un decreto con fuerza de ley, que suspende procedimientos administrativos, paraliza trámites y afecta plazos legales bajo la Ley 38 de 2000. Ahí es donde la celebración termina y el análisis debe comenzar.

    El tiempo del Estado no es tiempo libre

    Existe una confusión conceptual que este decreto hace explícita: el supuesto de que el tiempo de los funcionarios públicos puede ser redistribuido a voluntad del Ejecutivo según las circunstancias del momento. Pero los servidores públicos son pagados por los contribuyentes para prestar servicios específicos durante horarios definidos. Cada hora que no se trabaja tiene un costo real: el ciudadano que necesitaba renovar un documento, la empresa que aguardaba una resolución, el trámite judicial que quedó suspendido. Ese costo no desaparece porque el decreto no lo mencione.

    Desde una perspectiva liberal clásica, el Estado existe para garantizar condiciones mínimas de orden, seguridad y justicia —no para gestionar el estado de ánimo de la población. Cuando el Ejecutivo firma un decreto ordenando a todo el aparato burocrático pausar sus funciones para ver un partido de fútbol, no está siendo cercano al pueblo: está confundiendo su rol con el de animador social, y lo hace a expensas del contribuyente.

    El populismo de la euforia

    Este tipo de gestos no son neutrales. Tienen una lógica política clara: identificar al gobierno con el sentimiento popular más inmediato y visible. El presidente no pierde nada firmando ese decreto —al contrario, gana aplausos fáciles— pero la factura la pagan quienes dependen de los servicios suspendidos y quienes financian con sus impuestos cada hora improductiva del aparato estatal.

    El liberalismo clásico advierte precisamente sobre este mecanismo: el uso del poder público para construir legitimidad emocional en lugar de institucional. Una administración que respeta genuinamente al ciudadano no necesita decretar que se detenga el país para parecer humana. Le basta con cumplir su función con eficiencia y dejar que cada panameño decida cómo y con quién ver el partido.

    Libertad sin decreto

    Nada en este análisis implica que el fútbol sea irrelevante o que la selección no merezca respaldo. Lo que se cuestiona es el mecanismo. Un Estado respetuoso de la libertad individual no necesita decretar el entusiasmo: lo permite. La diferencia no es menor. En el primer caso, el gobierno actúa como tutor que concede permiso para celebrar. En el segundo, el ciudadano es un adulto que organiza su tiempo como considera conveniente.

    Si un empleado privado quiere salir temprano del trabajo para ver el partido, negocia con su empleador. Si un funcionario quiere hacer lo mismo, debería tener el mismo derecho —como individuo—, sin que el presidente de la República tenga que paralizar con un decreto toda la maquinaria del Estado para hacer posible lo que debería ser una decisión personal.

    Panamá en el Mundial es motivo de alegría. Pero la alegría no necesita decreto. Y cuando el Estado empieza a legislar sobre cuándo y cómo celebrar, algo esencial sobre la relación entre el gobierno y el ciudadano se ha invertido silenciosamente.

  • El talento en el fútbol: un viaje neuronal con parada en la emoción y la cognición

    El talento en el fútbol: un viaje neuronal con parada en la emoción y la cognición

    En los deportes colectivos como el fútbol, no solo rueda el balón. También se conjugan la empatía y la sincronización cerebral para desarrollar estratégicamente el trabajo en equipo.

    “La técnica es pasar el balón con un toque, en el momento adecuado, al lugar correcto”. Johan Cruyff

    Del cerebro al músculo

    Si bien dependen de recursos individuales, las habilidades y destrezas en el fútbol reflejan además la capacidad de una sincronización colectiva. En ella se contrastan emociones complejas, como la cooperación, la solidaridad y la empatía.

    Esta ruta neuronal se expresa como un “arco reflejo” (respuesta automática del organismo) que involucra aspectos sensoriales. Estos se traducen y jerarquizan en la corteza cerebral humana para generar respuestas motrices planificadas que involucran elementos biomecánicos, movimientos de fuerza y resistencia, motricidad fina, coordinación y precisión en el toque ejecutivo del balón.

    La red de movimientos deriva de un proceso de entrenamiento sistemático que conjuga la emoción y la cognición para realizar los cálculos precisos en el efecto cinético.

    Esta respuesta interactúa con aspectos motivacionales de muy diversa índole: ego, reconocimiento, recompensa, beneficio económico, hedonismo… También está presente un componente público de carácter emotivo, identitario y afiliativo. En la cancha juega la vinculación con los seguidores del equipo (aficionados, hinchas o barras), que eventualmente se convierten en los más apasionados y autonombrados defensores del honor de su equipo.

    No es extraño que estos grupos, además, puedan contener entre sus filas perfiles sociopáticos encubiertos, que pueden desbordar y dar lugar a conductas antisociales, violentas y extremistas.

    Cognición y coordinación neuronal

    Volviendo al terreno de juego, una clave del talento futbolístico es la coordinación motriz: por sí sola, resulta fundamental para desarrollar el toque del balón con la precisión, fuerza y dirección magistral para lograr el pase. También permite orientar, con una sintonía orquestal, el movimiento que alterna carrera, conducción y disparo.

    Durante mucho tiempo se consideró que el cerebelo, una región del encéfalo ubicada en la parte posterior e inferior del cráneo, era estrictamente responsable de sus funciones. Desde este planteamiento, habría intervenido singularmente a la hora de fortalecer nuestra postura en bipedestación y el desarrollo de la marcha del Homo sapiens. Incluso resultaría determinante en la coordinación de movimientos que transformaron la expresión gutural de la laringe. Es decir, sería la base del lenguaje expresivo con códigos que denominamos palabras.

    Sin embargo, ahora sabemos que el cerebelo no es un mero regulador mecánico, sino también un modulador de procesos mentales más complejos. La interpretación sobre cómo funciona este órgano ha evolucionado hasta entenderlo como parte de una estructura conectada con la cognición humana.

    Así, las células del cerebelo operan como la estación de una ruta intelectual que vincula el movimiento con procesos de aprendizaje, preservación de la memoria y habilidades creativas y ejecutivas que requieren de planificación. Es esta la razón por la cual el movimiento coordinado es fundamental para desarrollar habilidades inteligentes, más allá del escenario lúdico.

    Sus efectos en la práctica clínica son los que sustentan la recomendación de que la danza es recomendable para el control del párkinson o que la caminata contribuye a funciones cognitivas de la memoria en el caso de la demencia.

    La neurociencia del pase largo

    La otra región clave, como vimos más arriba, es la corteza cerebral humana, donde existen vecindarios neuronales especializados en determinadas funciones. Pero también resulta innegable que los tractos que conectan esos territorios a través de “cableados” bajo la superficie de la corteza explican una integridad funcional.

    Sólo de esta manera podemos entender por qué dos hemisferios cerebrales funcionan como un encéfalo. Las conexiones del cuerpo calloso y otras fibras confieren la posibilidad tanto de una función especializada como de una respuesta emocional y cognitiva más holística.

    De esta forma surge la orden de patear un balón desde la parte motora en la región media del cerebro izquierdo (en el caso de un individuo diestro), pero se planea el toque, la fuerza y la dirección del impulso con el apoyo del cerebelo y otras estructuras conocidas como “relevo motor”, así como con la ayuda del sistema extrapiramidal. Por si fuera poco, planeamos las coordenadas de la trayectoria y la evolución cinética con la cognición y el “GPS intelectual”. Y ejecutamos la orden final con la corteza frontal.

    El balón como eje emocional

    El balón representa el centro de una serie de emociones individuales y sociales. No es extraño que con frecuencia se plantee usarlo como una prescripción terapéutica para tratar las frustraciones y la ansiedad cotidiana. Igualmente, puede validarse en el escenario del disfrute desde la perspectiva de las masas. Pero también puede ser motivo de duelo confrontativo, hostilidad, acoso y violencia.

    Esa perspectiva lúdica, en un entorno social de disfrute como puede ser un Mundial de fútbol, requiere fortalecer los lineamientos básicos de empatía y comportamiento respetuoso con los demás. De este modo se preserva la magia colectiva de un deporte popular que ha prevalecido en la historia como fuente de sana diversión.

    Rodrigo Ramos-Zúñiga, Neurocientífico, Universidad de Guadalajara

    Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.