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  • El problema no es el cambio sino la resistencia al cambio

    Los menos distraídos están muy conscientes acerca, no sólo, de la avalancha del cambio, ya sean climáticos, perláticos o pancreáticos, sino de lo extraordinario de todo ello; lástima que los “menos distraídos” son inmensa minoría, mientras que los más andan totalmente perdidos en la obsolescencia de lo que el viento se llevó.

    Tal vez, para muchos, uno de los ejemplos más ilustrativos e impactantes es que alguien les diga que en un futuro mucho más cercano de lo imaginado, cosas tales como la construcción de carreteras irá en mengua. O, que jamás deberíamos encargar a los gobiernos no sólo de la educación de nuestros hijos sino de la construcción de las carreteras y mucho más. Las razones de todo ello debían ser obvias y el hecho de que no lo sean es clara evidencia de caducidad; y de estar perdidos en la miasma de la corruptela política y social.

    Las carreteras, igual que los negocios, sean educativos o de cualquier índole, no sólo deben responder a una viabilidad económica que podemos encontrar dispersa entre la población, pero rara vez en los gobiernos, que jamás tuvieron el propósito de los negocios. Tanto la construcción y mantenimiento de las vías de circulación como la educación, etc., son los motores de una economía pujante y adaptable; mientras que los gobiernos, particularmente cuando se sobredimensionan, tienden a lo contrario.

    En el mercado, que es la plaza pública en dónde actúa la gente, encontraremos los fenómenos económicos y sociales de “aquello que se ve, y lo que no se ve”; realidades que requieren luces largas, dado que cada acción humana, desde el sexo, los hábitos, leyes, y mucho más, dan lugar a efectos; es decir, acción y reacción.

    Por un lado están los efectos inmediatos y visibles, tal como la felicidad de quienes reciben jamones o subsidios. Luego vienen los menos visibles, pero sí previsibles; tal como la inflación, aumento de precios, impuestos y, en general un aumento en la pobreza debido a una interferencia politiquera; de pillos que tiran la piedra y esconden la mano.

    Cuando fui presidente de la Asociación Panameña de Ejecutivos (APEDE), la Autoridad del Canal de Panamá (ACP) nos dio una charla acerca de la expansión del Canal y al final preguntas y respuestas. Luego de varias preguntas y respuestas, yo levanté el dedito y el presentador me digo, “sí, diga Sr. Bennett”. Pregunté: “¿Qué será del Canal cuando se invente el trasbordador molecular?” Un escandaloso silencio llenó el recinto. De pronto, el presentador irrumpió en risa y dijo: “Ya entiendo su pregunta Sr. Bennett, pero tenemos previsión del Canal hasta el año 2050; luego de lo cual vino mi segunda pregunta: “¿Alguno aquí se atreve a describir el año 2050?” Otro silencio total. Y he allí el problema, que seguimos legislando, haciendo y construyendo hacia lo desconocido.

    Cambios que ya están ocurriendo, tales como la robotización, sea de neveras que serán más inteligente que nosotros o de autos que volando burlarán los retenes, dejarán a los distraídos cantando: “¿Qué pasó, no sé decirte, que paso?” Y… ¡sorpresa!, hasta el mal concebido Metro, junto con el Metrobus, ese que no es tal cosa, quedarán en la obsolescencia.

    Es más, el Metro y el Metrobus, fueron y son la mayor estafa de nuestra historia, y casi nadie lo ve. No sólo en sus costos de construcción y operación, sino en cuanto a que no resolvieron nuestras necesidades de transporte urbano; las cuales se hubiesen resuelto a una fracción del costo, tanto de inversión como de operación y servicio con un verdadero sistema de Transporte Rápido por Buses o BRT en inglés.

    Resumiendo, el cambio es inevitable. El problema es seguir resistiéndose al cambio proponiendo soluciones arcaicas que pretenden evitarlo y claro, nunca lograrlo.

  • Más allá de Internet, el Internet de las Cosas

    A inicios de los 80s, se dio un experimento en la Universidad Carnegie Mellon. Sin comprender muy bien aún las implicancias que significarían en el futuro, un grupo de programadores de esa universidad querían comprobar en forma remota, que la máquina expendedora tenía latas disponibles, en lugar de gastar suelas de zapatos por los pasillos para encontrarla muchas veces vacía, dado que se cargaba en un horario aleatorio por estudiantes voluntarios de posgrado.

    Instalaron micro-interruptores en la máquina de Coca-Cola para verificar el estado de la máquina y determinar si había o no una bebida fría esperándoles. Comenzaba el Internet de las Cosas.

    Si tuviéramos que dar una definición del Internet de las Cosas o IoT ,Internet of Things por su sigla conocida en inglés, probablemente lo mejor sería decir que se trata de una red que interconecta objetos físicos valiéndose de Internet y que tienen una única finalidad: conectar el máximo de objetos que nos rodean, entre ellos y con nosotros.

    El Internet de las Cosas potencia objetos que antiguamente se conectaban mediante circuito cerrado y ahora lo hacen a través de tecnologías que combinan sensores, procesadores y permiten comunicarse globalmente mediante el uso de Internet.

    Se calcula que en 2020, entre 22.000 y 50.000 millones de dispositivos se conectarán a Internet con el fin de proporcionar a los ciudadanos una serie de servicios y aplicaciones inteligentes sin precedentes.

    El ejemplo más cercano del IoT está en el propio hogar, donde electrodomésticos, servicios o pequeños gadgets ya están conectados a Internet. El otro gran ámbito de acción del IoT es el de las ciudades avanzadas o Smart Cities.

    Quienes hayan transitado su infancia allá por los 70s, recordarán una de las series de dibujos animados preferidas por todos los niños: me refiero a Los Supersónicos (The Jetsons), emitidos en EEUU entre 1962 y 1963, con nuevas ediciones en la década de los 80.

    Los Supersónicos nos mostraban la vida diaria de una familia en un futuro probable que ya para nosotros hoy día es pasado, “Welcome to 1995” era la frase eslogan de la serie animada.

    La serie, increíblemente nos mostraba adelantos tecnológicos que en algunos casos recién en los últimos años se están haciendo realidad, como los carros automáticos o voladores.

    Sin embargo, hay otros anticipos de los cuales recién estamos comenzando a experimentar más a menudo, por ejemplo, escenas como el fastidioso reloj despertador de todas las mañanas al Sr Jetsons o el reloj de mano. Administrar la vida con un dispositivo en la muñeca era algo completamente impensable en la época en la que Los Supersónicos salió al aire. Un dispositivo parecido a un reloj funcionaba como una pantalla para que las personas pudiesen realizar videollamadas y ejecutar otras funciones de la vida cotidiana. Encender el televisor con el celular, controlar la lavadora desde el cuarto, revisar la nevera mientras se ve televisión, graduar la temperatura automáticamente son algunas de las tantas funciones que tienen las soluciones de domótica que actualmente implementan diferentes fabricantes dedicados a hacer de los hogares, espacios cada vez más inteligentes.

    Hoy día, Samsung Smarthome es un claro ejemplo de un hogar integrado a un sistema informático.

    En la última conferencia de Apple en California, se dieron importantes anuncios referidos al Internet de las cosas: El primero de los anuncios tuvo que ver con el Apple Watch, el reloj inteligente de la marca que fue dotado de comunicación M2M de forma que ahora cuando un propietario de uno de estos dispositivos entre al gimnasio, el reloj se sincronizará con la máquina de ejercicio compatible para trasladar los datos de salud y colectar los de la sesión de entrenamiento con el fin de hacer más eficientes las rutinas.

    El segundo anuncio fue el HomePod, un altavoz parecido a los que ya comercializan Google y Amazon. El HomePod utiliza al asistente virtual Siri para por medio de comandos de voz administrar los objetos conectados que el usuario tenga en su casa u oficina.

    A pesar de que ambas funcionalidades, tanto la del smartwatch como la del altavoz no estarán disponibles hasta principios de 2018, Apple, que se caracteriza por definir tendencias de uso, ha reconocido el valor potencial del mercado del Internet de las Cosas, lo que hará que muchos de sus aliados comerciales apuesten por la plataforma.

    Pero también en el ámbito público, en las denominadas Smart Cities, el Internet de las Cosas ya se utiliza para medir ciertos parámetros como temperatura, energía, actividad, luz, humedad, errores, de forma automática y sin la interacción del ser humano. Y esos datos viajan a un centro de procesamiento para que se tomen las decisiones adecuadas en tiempo real.

    Por ejemplo, son muchas las ciudades que están implementando redes de sensores en multitud de puntos como alarmas, semáforos, alcantarillas, vehículos, vías de tren, alumbrado. Existen muchas soluciones de la mano del gigante sueco Ericsson y hay mejoras interesantes que se espera conseguir, como la cuantificación de los peatones que pasan por un determinado cruce para optimizar automáticamente el tráfico en esa zona. Otra de las áreas en las que está teniendo más éxito el Internet de las cosas, es el control ambiental, dado que permite acceder desde prácticamente cualquier parte a información de sensores atmosféricos, meteorológicos, y sísmicos.

    También hay aplicaciones del Internet de las Cosas para el transporte, la industria energética, y prácticamente todos los sectores comerciales. En ese sentido, dispositivos de campo, sensores en plantas de generación eléctrica, soluciones de telemedicina y monitorización sanitaria, edificios inteligentes o iluminación predictiva son sólo algunos de los dispositivos conectados que más éxito obtendrán en próximos años.

    Para calcular hasta qué punto nos dirigimos hacia las viviendas conectadas, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) ha analizado el estilo de vida de una familia de cuatro miembros residente en un país desarrollado. En 2012 tenían en casa 10 dispositivos conectados, y a tenor por el uso que hacen de ellos, calcula que para 2017 los habrán ampliado hasta 25, llegando a duplicarse en 2022. Las predicciones de la OCDE van en línea con un estudio reciente que publicó Ericsson, en el que calculaba que en 2018 llegaremos a los 16.000 millones de dispositivos conectados a Internet, estando totalmente integrados en la electrónica de consumo de cara a finales de 2021.

    Para la firma Gartner, los análisis son más optimistas aún: cuando acabe el presente año 2017, ya habrá 8.400 millones de objetos conectados en todo el mundo, un 31% más que en 2016 y se alcanzará la cifra de 20.400 millones de objetos inteligentes , para finales de la década.

    Según Hans Vestberg , CEO de Ericsson, las repercusiones serán considerables: «Si una persona se conecta a la red, le cambia la vida. Pero si todas las cosas y objetos se conectan, es el mundo el que cambia.»