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  • ¿Cómo se decide el sexo biológico durante la gestación?

    Conocer cómo se decide el sexo biológico durante la gestación puede ayudar a disminuir prejuicios y a entender que nuestra sociedad es mucho más diversa también por lo que cuentan nuestros genes.

    ADN y genoma: el almacenamiento de nuestra historia

    Durante la concepción, se une un espermatozoide con un óvulo, portando cada uno aproximadamente la mitad de la carga genética que tendrá finalmente el óvulo fecundado.

    Salvo algunos virus, todas las especies de este planeta guardamos la información genética gracias a unas moléculas que se llaman ácidos desoxirribonucleicos, coloquialmente conocidas por su acrónimo: ADN.

    Al conjunto de moléculas de ADN de un individuo es a lo que llamamos genoma. Estas moléculas guardan, básicamente, la historia de nuestra evolución, es decir, la información que nos ha permitido sobrevivir como especie y adaptarnos a todos los cambios que hemos sufrido a lo largo del tiempo.

    Los genes almacenan información

    Pero ¿qué hacemos con ese material genético que heredamos? Pues la mayoría de las veces vamos a usar la información que contiene para sintetizar proteínas. Al fragmento de ADN que contiene información para sintetizar una proteína lo denominamos gen. Estas proteínas pueden ser de muchísimos tipos ya que nos deben ayudar a desarrollar procesos muy diversos, como la digestión, el crecimiento o, el que aquí nos ocupa, la diferenciación sexual.

    Por otro lado, esta gran cantidad de información, todo este material genético, se guarda en moléculas enormes que son muy complicadas de manejar.

    Aproximadamente cada célula, que mide unas pocas decenas de micras, va a contener ADN de una longitud de metro y medio. Dado que no necesitamos leer toda la información a la vez, hemos resuelto este problema de almacenaje empaquetando el ADN junto con unas proteínas especiales, denominadas histonas, formando unas estructuras que se conocen como cromosomas.

    Los humanos tenemos 23 pares de cromosomas

    Cada especie contiene un número característico de cromosomas. En nuestro caso, que además somos diploides, es decir, guardamos dos copias de la información genética (por si acaso), tenemos 23 pares de cromosomas. De éstos, un par es el encargado de determinar el sexo de los humanos: el par sexual. Solo hay dos cromosomas que pueden formar este par, el cromosoma X y el cromosoma Y.

    En este par podemos encontrar dos combinaciones posibles: XX para mujeres y XY para hombres. Por tanto, en un principio, dado que heredamos la mitad de la carga genética de la madre y la otra mitad del padre, el cromosoma Y, que debería determinar sexo como hombre, solo puede venir del padre, puesto que la madre tiene dos copias del X.

    Hasta aquí parece un dibujo claro de los factores implicados en la diferenciación sexual. Sin embargo, nuestra herencia consiste en genes, que son los que van a permitir sintetizar las proteínas específicas, las verdaderas encargadas de desarrollar procesos biológicos.

    Diferencias entre X e Y en la determinación del sexo

    Si echamos un vistazo a los cromosomas X e Y, hay muchas diferencias entre ellos. Para empezar, de tamaño: el cromosoma X tiene un tamaño 3 veces superior al del cromosoma Y, es decir, guarda mucha más información.

    De hecho, el cromosoma Y solo guarda la información de en torno a 55 genes, frente a los 900 del cromosoma X.

    Entonces, ¿cómo puede un cromosoma, aparentemente tan pobre en términos de herencia, ser la clave a la hora de determinar nuestro sexo?

    El inicio de nuestro desarrollo sexual

    Durante el desarrollo embrionario, todos los humanos, por defecto, salvo que el gameto reciba una señal diferente, nos vamos a desarrollar como mujeres. Sin embrago, dentro de esos pocos genes que porta el cromosoma Y tenemos el gen conocido por las siglas SRY, el acrónimo del nombre del gen en inglés: sex determining Region Y (región de determinación sexual del cromosoma Y).

    La proteína SRY, codificada por este gen, es la proteína clave que marca el inicio de la determinación del sexo masculino en nuestro caso (y en el resto de mamíferos), induciendo el desarrollo de genitales masculinos internos y externos.

    Esta proteína es lo que se conoce en biología como un factor de transcripción, esto es, es una proteína que una vez sintetizada va a ser capaz de estimular o inducir la síntesis de otras proteínas. Este tipo de proteínas pueden funcionar de modo similar a hormonas, que llevan un mensaje químico que permite al organismo coordinarse frente a un estímulo.

    Por ejemplo, sabemos que la insulina viaja por el torrente sanguíneo buscando sus órganos diana llevándoles el mensaje de que la glucosa está elevada en sangre porque acabamos de comer. Del mismo modo, la proteína SRY lleva el mensaje de que hay que diferenciarse a hombre y despierta a las proteínas encargadas de ir realizando cambios en este sentido durante el desarrollo embrionario.

    Por tanto, la ausencia de la proteína SRY va a dejar que la diferenciación sexual fetal siga su curso hacia mujer, con independencia de que el resto de genes se encuentren en perfecto estado.

    El caso de Imane Khelif

    Durante los Juegos Olímpicos celebrados en París en 2024, nos hemos encontrado con la polémica en torno a Imane Khelif, la boxeadora argelina para la que se había hecho público que su par sexual es XY. Es un caso muy curioso porque se trata de una disginesia gonadal, es decir, un trastorno congénito del desarrollo del sistema reproductivo, producido en este caso porque, aunque porta los cromosomas XY, no ha recibido una copia funcional del gen SRY.

    cómo se decide el sexo biológico
    La argelina Imane Khelif (izquierda) y la húngara Anna Luco Hamori (derecha) durante un combate de cuartos de final de boxeo 66 kg femenino en los Juegos Olímpicos de París 2024.
    ProPhoto1234/Shutterstock

    Concretamente, es una disginesia gonadal completa 46,XY (la denominación indica que tiene 46 cromosomas, no falta ninguno, y el par sexual es XY). Por tanto, ante la ausencia de la proteína SRY, durante su desarrollo embrionario se desarrollaron genitales femeninos y no masculinos, se eligió la vía por defecto en ausencia de otra señal, dando lugar al desarrollo de un fenotipo, que es como llamamos a la manifestación del genotipo, típicamente femenino.

    Si esta alteración se diagnostica a tiempo, es posible proporcionar un tratamiento hormonal durante la pubertad para conseguir el desarrollo de rasgos femeninos, aunque lo cierto es que estas personas se desarrollan durante la gestación como mujeres, nacen como mujeres y viven toda su vida como mujeres.

    Conocemos otros trastornos de la diferenciación sexual que se clasifican en función de varios factores, como la presencia o no de SRY, el número de cromosomas sexuales o incluso la posibilidad de que SRY se haya copiado a un cromosoma X en un genotipo XX (dando lugar al desarrollo de testículos), haciendo nuestra realidad biológica mucho más diversa de lo que podemos a primera vista apreciar a partir de la clasificación binaria hombre/mujer.The Conversation

    Carlos Alberto Castillo Sarmiento, Profesor de Bioquímica y de Nutrición y Dietética, Universidad de Castilla-La Mancha

    Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

  • ¿Hay diferencias de capacidad cognitiva entre mujeres y hombres?

    Definir la inteligencia de las personas no es sencillo. Menos aún lo es cuantificarla, al carecer de una métrica simple. Otras magnitudes físicas de los individuos, como su talla o su peso, son fáciles de medir. Pero con la capacidad cognitiva nos referimos normalmente al resultado de un test de inteligencia, una abstracción estadística.

    Pese a estas limitaciones, la mayoría de los estudios indican que la inteligencia es similar en ambos sexos, sin apreciarse diferencias significativas. Pero si se analizan por separado aspectos como las capacidades lingüísticas o las habilidades espaciales, la cosa cambia.

    El reto de medir la inteligencia

    Los test de inteligencia recogen aspectos intrínsecos a las personas: memoria a corto plazo, capacidad de razonamiento deductivo, comprensión verbal, habilidad para detectar y manipular patrones geométricos o espaciales, etc. Y también otros sujetos a influencias culturales, pues dependen de su conocimiento del mundo. Estos ítems se evalúan con test específicos, usando escalas combinadas. Su interpretación es compleja, pero ha habido intentos. Por ejemplo, la inteligencia verbal (habilidad de manejar aspectos culturalmente relevantes) se suele considerar como “inteligencia cristalizada”.

    Las puntaciones en los factores de inteligencia verbal, de razonamiento analógico y de visualización de patrones se correlacionan entre sí y son relativamente constantes con la edad. Esto sugirió que podrían medir un factor general de inteligencia, como propuso el test Stanford-Binet o las escalas de inteligencia Wechsler para niños y adultos.

    En cuanto al popular cociente intelectual (CI) de los individuos, se establece en relación a la media ponderada en los test de una escala. Un CI de valor 100 indica que el resultado iguala al promedio de la población. La distribución de los individuos según su inteligencia sigue una campana de Gauss, mostrando colas simétricas a ambos lados de la media. Resultados por debajo de 70 o por encima de 130 (una desviación típica bajo o sobre la media) permiten establecer perfiles de muy bajo rendimiento y de altas capacidades intelectuales, respectivamente.

    Como ejemplos, el CI del astrofísico británico Stephen Hawking era 160 y el del ajedrecista ruso Garry Kasparov es 190. El del coreano Kim Ung-Yong, quien hablaba a los seis meses, dominaba cuatro idiomas a los tres años y fue contratado por La NASA a los siete, es 210. El valor más alto registrado (CI = 230) corresponde a Terence Tao, matemático australiano ganador de la medalla Fields, equivalente al Nobel de las matemáticas (de los 60 galardonados, solo una era mujer, la iraní Maryam Mirzakhani).

    Entre las mujeres resaltan la ajedrecista húngara Judit Polgár (CI = 170), quien obtuvo a los quince años el título de Gran Maestro Internacional. También la columnista y financiera Marilyn vos Savant, cuyo cociente (variable según las fuentes) se estableció en 186 según la escala de Wechsler. Preguntada por un lector si pensaba que realmente tenía el CI más alto del mundo, contestó: “Creo que no. ¿Cómo quiere que comprobemos esta hipótesis?”.

    Las mujeres destacan en algunas habilidades cognitivas y los hombres en otras

    Algunos estudios sugieren que el CI medio de los hombres podría ser unos puntos más alto que el de las mujeres. Pero la mayoría discrepan e indican que la inteligencia es similar en ambos sexos, sin diferencias significativas. Ahora bien, en promedio las mujeres puntúan más alto en diversos campos, como información fonológica y semántica (indicativas de más memoria a largo plazo), comprensión de prosa compleja (explica sus mayores competencias lingüísticas), velocidad de percepción y procesamiento de la información (mayor intuición y velocidad tomando decisiones), así como habilidades motoras finas.

    En cambio, los varones obtienen mayor puntuación media en memoria visual y espacial, así como en velocidad de respuesta espacio-temporal (indicativas de mayor habilidad para orientarse). También en facilidad de comprensión, capacidad de motivación (lo que explicaría los mejores resultados de los equipos masculinos) o aptitud para el razonamiento fluido.

    Tales diferencias se aprecian en los estudios a nivel de un cierto país y en los de organismos internacionales sobre diferentes países, como los informes PISA. En ellos se dedujo que la capacidad de lectura de las estudiantes superaba la de sus compañeros en 25 de los 33 países analizados, mientras que los chicos puntuaron más en capacidad para las matemáticas (siete países) y ciencias (22 países). Además, hay sospechas de que estas diferencias se establecen a edades bastante tempranas.

    ¿Han influido los roles de género?

    Los roles de género seguramente han jugado un papel importante en el origen de estas diferencias cognitivas, pues distintos factores selectivos operaron sobre mujeres y hombres durante gran parte de nuestra historia evolutiva, transcurrida como cazadores y recolectores nómadas. Este género de vida cambió cuando algunas poblaciones adoptaron una vida sedentaria tras al desarrollo de la agricultura y la ganadería.

    Los escasos grupos de cazadores y recolectores que hoy persisten, como los !Kung del Kalahari, muestran una división neta del trabajo. Los hombres se ocupan de la caza, actividad que entraña riesgos y precisa una buena orientación espacial para seguir el rastro de la presa o regresar al campamento. Podríamos interpretar que este rol ha propiciado una mayor capacidad de motivación en grupo y el establecimiento de alianzas estrechas entre los cazadores, basadas en la confianza y el apoyo mutuo: si cargamos solos contra un búfalo mientras el resto se da a la fuga, la selección natural determinaría una mala apuesta de nuestros genes, eliminándolos del acervo de la población.

    En cambio, en estas sociedades las mujeres recolectan alimentos de origen vegetal en el entorno del campamento, como tubérculos enterrados en la arena, de los que obtienen la mayor parte del agua. Al ser difíciles de localizar, requieren mayor capacidad de percepción. También se ocupan de cuidar a los niños, enfermos y ancianos. Eso podría explicar que manifiesten más sensibilidad y empatía por sus congéneres.

    Obviamente, al cazar no se debe alertar a las presas y podríamos pensar que un cazador demasiado locuaz es un estorbo. En cambio, el campamento sería el lugar ideal para compartir información socialmente relevante.

    Los hombres, más presentes en las inteligencias “extremas”

    Finalmente, un aspecto intrigante es el rango de variación en las capacidades cognitivas de las poblaciones femenina y masculina. Diversos estudios indican que los varones se encuentran mucho más representados en la cola inferior de la distribución de inteligencia, mostrando mayor frecuencia de discapacidad mental, desórdenes de atención, dislexia, tartamudeo o retrasos en la adquisición del lenguaje. Pero, igualmente, abundan algo más en la cola superior, lo que supone una probabilidad algo mayor de encontrar genios masculinos.

    La diferencia entre XX y XY

    ¿A qué se deben estas desigualdades entre mujeres y hombres? Cabe plantearse si se trata de diferencias culturales, producto de una educación diferenciada según los sexos, o habría que contemplar una razón genética, como parece indicar el hallazgo de mayor variabilidad en las estructuras cerebrales de los varones. En tal caso, se podría relacionar con los cromosomas y las hormonas sexuales, que influyen en el aprendizaje. Incluso con la orientación sexual, aunque esto último no está claro.

    Todos portamos en cada una de nuestras células somáticas una pareja de cromosomas sexuales, distintos en los hombres (XY) e iguales en las mujeres (XX). El cromosoma masculino (Y) es muy pequeño y porta el gen SRY, responsable de la diferenciación de este sexo. Para los restantes cromosomas disponemos también de una pareja, pues cada progenitor nos lega uno, y en nuestras células se desactiva al azar la expresión de uno de ellos.

    Esto significa que la mitad de las células de una mujer expresan los genes del cromosoma X paterno y la otra mitad los del materno. Pero el varón tiene solo un cromosoma X, heredado de su madre, por lo que siempre se expresa. El cromosoma X, al igual que los restantes, aloja genes relacionados con las capacidades cognitivas.

    La mayoría de las mutaciones en nuestros genes son recesivas y las silencia la copia no mutada del gen que porta el otro cromosoma. Esto afecta también a la pareja de cromosomas X de las mujeres y una parte importante de la variación en sus genes quedaría oculta al ser heterocigóticas. Si la hipótesis es correcta, la condición de hemicigosis de los varones haría aflorar más en ellos la variabilidad de tales genes. Ello explicaría el mayor rango de capacidades cognitivas en los hombres, un 20% más de variación. Especialmente para los valores más bajos (la mayoría de las mutaciones son perjudiciales), pero también para los más elevados.The Conversation

    Paul Palmqvist Barrena, Catedrático de Paleontología, Universidad de Málaga

    Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.