Etiqueta: Hayek

  • 20 Millones de Razones para la Esperanza Monetaria

    20 Millones de Razones para la Esperanza Monetaria

    Bitcoin alcanza el hito de los 20 millones minados: escasez, teoría mengeriana y la tecnología como liberación

    Hoy, 9 de marzo de 2026, la red Bitcoin alcanzó silenciosamente uno de los hitos más significativos de su historia: el minado del Bitcoin número 20 millones (20.000.000). No hubo conferencia de prensa. No hubo decreto ejecutivo. No hubo banquero central anunciando la novedad. Hubo, simplemente, un bloque: el número 939.999, añadido a la cadena por el pool Foundry USA, y un número que tildó sobre un protocolo que lleva corriendo sin interrupción desde el 3 de enero de 2009.

    El 95,24% de todos los Bitcoin que existirán jamás ya existe. El millón restante tardará 114 años en ser emitido. La última fracción de satoshi llegará alrededor del año 2140. Para entonces, la mayoría de los Estados nación actuales habrán cambiado de constitución, moneda y forma de gobierno varias veces. El protocolo seguirá corriendo exactamente como Satoshi Nakamoto lo programó.

    Para comprender por qué este momento importa más allá del dato técnico, es necesario regresar a los fundamentos. No a los libros blancos de la criptografía, sino a algo más antiguo y más profundo: la teoría del dinero de Carl Menger.

    Menger y el origen espontáneo del dinero

    En sus Principios de Economía Política (1871), Carl Menger ofreció la explicación más convincente jamás formulada sobre el origen del dinero. El dinero no fue inventado por ningún Estado, no surgió de ningún contrato social ni fue decretado por ninguna autoridad. Emergió espontáneamente del mercado, como resultado de la acción descentralizada de millones de individuos que buscaban resolver un problema práctico: la doble coincidencia de necesidades en el trueque.

    El proceso fue gradual. Ciertos bienes comenzaron a ser aceptados no por su valor de uso directo, sino por su liquidez , es decir, su capacidad de ser intercambiados con facilidad. Y entre todas las propiedades que un bien debe tener para funcionar como medio de intercambio, Menger identificó una como central: la vendibilidad a través del tiempo, es decir, la capacidad de conservar valor. Para ello, el bien elegido por el mercado debía ser, entre otras cosas, escaso, durable, homogéneo y difícil de falsificar o reproducir arbitrariamente.

    El oro cumplió esas condiciones durante milenios. Bitcoin las cumple hoy con una precisión matemática que el oro nunca pudo alcanzar. Y el hito de hoy lo demuestra con una contundencia que ningún argumento teórico podría superar.

    La escasez absoluta como fundamento de valor

    En toda la historia monetaria de la humanidad, ningún bien ha tenido un límite de emisión conocido de antemano, verificable en tiempo real y matemáticamente irreversible. El oro es escaso, sí, pero su oferta puede crecer si se descubren nuevas vetas. Las divisas fiat son abundantes por diseño: su emisión responde a decisiones políticas y a las necesidades de financiamiento estatal. Los bancos centrales tienen la facultad, y el incentivo, de expandir la oferta monetaria cuando les resulta conveniente.

    Bitcoin rompe ese paradigma de raíz. El límite de 21 millones de unidades no es una promesa institucional ni un compromiso político. Es código. Es matemática. Es un protocolo descentralizado que ninguna autoridad tiene capacidad de modificar unilateralmente sin destruir la red misma. Satoshi no solo fijó un límite: diseñó un calendario de emisión que carga los años iniciales con mayor producción (cuando la adopción era baja y la recompensa por asumir el riesgo pionero era alta) y la desacelera exponencialmente a través del mecanismo del halving.

    Los números hablan con elocuencia: los primeros 10 millones de BTC fueron minados en apenas cuatro años, entre 2009 y 2012. Los próximos 5 millones, otros cuatro años. Los siguientes 2,5 millones, otros cuatro. El último millón tardará 114 años. Esta curva de emisión decreciente es, en términos mengerianos, la formalización tecnológica del concepto de escasez genuina.

    La tecnología como acto de liberación

    Friedrich Hayek, en La Desnacionalización del Dinero (1976), planteó que el monopolio estatal sobre la emisión monetaria era la fuente principal de la inflación crónica y del ciclo económico. Su propuesta era radical para la época: permitir la competencia entre monedas privadas para que el mercado seleccionara naturalmente las más estables y confiables. El argumento era impecable en teoría. El problema era la implementación: ¿cómo crear una moneda privada que no pudiera ser falsificada, intervenida ni confiscada?

    La tecnología resolvió en 2009 lo que la teoría había formulado en 1976. Bitcoin es la respuesta práctica a la pregunta hayekiana. No requiere confianza en ninguna institución. No requiere sede física ni jurisdicción legal. No puede ser inflado por decreto ni confiscado sin la colaboración de su propietario. Su emisión es predecible con la misma certeza con que se predicen los eclipses solares.

    Hay un detalle técnico del hito de hoy que merece atención especial: entre 2,3 y 3,7 millones de BTC son considerados permanentemente inaccesibles, según estimaciones de Chainalysis y River Financial, son las llaves privadas perdidas, billeteras olvidadas, monedas enviadas a direcciones inválidas. Esto significa que la oferta circulante real es significativamente menor a 20 millones. La escasez efectiva de Bitcoin ya supera, en términos relativos, la del oro.

    Un hito sin ceremonia, que lo dice todo

    En 1974, cuando Hayek recibió el Premio Nobel, advirtió que el mayor daño que la economía podía sufrir provendría de quienes, creyendo poder controlar los precios y la moneda, terminarían destruyendo el mecanismo de señales que coordina toda actividad económica. Cincuenta años después, los bancos centrales del mundo siguen administrando tasas, imprimiendo moneda y financiando déficits fiscales con emisión. La inflación acumulada del siglo XX y lo que va del XXI ha erosionado el poder adquisitivo de prácticamente todas las divisas fiat en proporciones que ningún banco central reconocería públicamente.

    Frente a eso, hoy un pool de minería añadió un bloque a una cadena de bloques y un contador pasó de 19.999.999 a 20.000.000. 20 millones de BTC sin conferencia de prensa. Sin ningún funcionario tomándose el crédito. Sin ninguna autoridad central que pueda revertirlo.

    Menger habría reconocido en ese momento el proceso que describió hace 155 años: el mercado, de forma espontánea y descentralizada, seleccionando el mejor dinero que la historia haya producido. No porque alguien lo haya ordenado. Sino porque millones de individuos, actuando en su propio interés, convergieron hacia el bien más vendible, más escaso, más verificable y más resistente a la manipulación que la tecnología ha podido crear.

    Eso es lo que se minó hoy. No un coin. Una idea.

  • Gellerup: el fracaso de la planificación estatal de la vivienda en Dinamarca

    La planificación estatal en el ámbito de la vivienda ha sido una herramienta frecuentemente utilizada para intentar resolver problemas sociales y mejorar las condiciones de vida de los ciudadanos. Sin embargo, como lo anticipó Friedrich Hayek en su crítica a la planificación centralizada, la llamada «fatal arrogancia» de creer que se puede diseñar y controlar completamente la sociedad desde arriba, a menudo lleva al fracaso. Un claro ejemplo de esto es Gellerup, un barrio en Aarhus, Dinamarca, que pasó de ser un emblema de la modernidad y el bienestar a un gueto en proceso de demolición.

    La Visión Inicial: Una Utopía Urbana

    A finales de los años 60, Gellerup fue concebido como un proyecto de ingeniería social y urbanismo que prometía un futuro brillante. El arquitecto modernista Knud Blach Petersen diseñó el barrio con la intención de proporcionar las mejores viviendas posibles para la gente común. El proyecto incluía amplios apartamentos con balcones, calefacción central, modernas cocinas y todas las comodidades necesarias para una vida cómoda. Además, la planificación incluía escuelas, centros comerciales, instalaciones deportivas y culturales, todo rodeado de zonas verdes.

    La idea era que este nuevo entorno propiciara una comunidad próspera y cohesionada. La frase «Det er godt at bo godt» (Es bueno vivir bien) capturaba el espíritu del proyecto, que incluso fue reconocido como la «ciudad más hermosa de Dinamarca» en 1970. Sin embargo, esta visión optimista no tardó en desmoronarse.

    De la Utopía a la Distopía

    La crisis del petróleo en los años 70 marcó el inicio del declive de Gellerup. Las políticas fiscales que favorecieron la propiedad de viviendas llevaron a la clase media a mudarse a los suburbios, dejando el barrio principalmente habitado por personas de bajos ingresos, incluyendo desempleados y madres solteras. En las décadas siguientes, la afluencia de inmigrantes, muchos de ellos de países musulmanes, transformó demográficamente el barrio, creando un enclave culturalmente diverso pero también socialmente segregado.

    Para los años 80 y 90, Gellerup había ganado una reputación negativa debido a los altos niveles de criminalidad, desempleo y marginalización. Las políticas de integración, aunque bien intencionadas, no lograron resolver los problemas profundos del barrio. En 2010, el Gobierno danés incluyó a Gellerup en una lista de zonas vulnerables, marcándola como un área con problemas severos que necesitaba intervención urgente.

    La Respuesta Estatal: Demoliciones y Reconstrucción

    En un intento por revertir la situación, en 2019 se adoptó un plan radical de reconversión que implicaba la demolición de bloques enteros de edificios y el realojamiento forzoso de muchos de sus residentes. El objetivo era reducir la proporción de habitantes no occidentales a un máximo del 50%, lo cual ha sido criticado como una medida racista por algunos sectores. Se prevé la construcción de nuevas viviendas e infraestructuras que atraigan a residentes daneses étnicos y de clase media.

    Hasta ahora, el proceso ha mostrado algunos signos positivos. El desempleo en Gellerup ha disminuido y la proporción de inmigrantes ha bajado. Sin embargo, la delincuencia sigue siendo un problema grave, y los costos sociales y económicos de los realojamientos son significativos. Muchas familias han sido desplazadas, y el conflicto entre la necesidad de renovación urbana y los derechos de los residentes ha generado tensiones legales y sociales.

    Lecciones Aprendidas y Reflexiones Finales

    El caso de Gellerup es un ejemplo contundente de los riesgos y desafíos de la planificación estatal y no sólo en la vivienda. La visión inicial de una utopía urbana no consideró suficientemente las dinámicas sociales y económicas a largo plazo, ni las posibles consecuencias de las políticas de vivienda que promovían la propiedad sobre el alquiler. Sobre todo, no captaron la esencia fundamental que la sociedad es un fenómeno complejo, imposible de diseñar por laboratorio.

    Friedrich Hayek argumentaba que el conocimiento está disperso y que ninguna autoridad central puede anticipar y planificar todas las variables de una sociedad compleja. Gellerup ilustra esta «fatal arrogancia», donde la planificación estatal centralizada no solo falló en cumplir sus promesas, sino que también contribuyó a crear problemas nuevos y profundos.

    La historia de Gellerup subraya la importancia de enfoques flexibles y descentralizados que reconozcan la complejidad de las comunidades urbanas y dejar fluir en los individuos la necesidad de adaptarse a los cambios económicos y sociales. Solo así se puede evitar que se sigan intentando proyectos de todo tipo, no sólo de vivienda y que sufran el mismo destino de esta utopía convertida en distopía.

  • El Poder de las Ideas: Divulgadores vs. Políticos

    El poder de las ideas: ¿moldean más la historia los políticos con leyes o los pensadores con visiones y valores?

    En el vasto panorama de la influencia política y social, surge una pregunta fundamental: ¿dónde reside el verdadero poder para moldear el curso de la historia? ¿Es en la arena política, donde los líderes toman decisiones y promulgan leyes, o en el mundo de las ideas, donde los pensadores y los difusores articulan visiones y valores que pueden cambiar la forma en que se gobierna y se vive?

    La historia nos ofrece un fascinante ejemplo de este debate en la figura de Anthony Fisher, un joven piloto de la Real Fuerza Aérea, cuya vida cambió después de leer una versión condensada del libro de Friedrich Hayek en la revista «Selecciones del Reader’s Digest» en abril de 1945. El impacto de las ideas de Hayek lo llevó a buscar al profesor en el London School of Economics, un bastión de pensamiento socialista fabiano.

    En su encuentro con Hayek, Fisher buscaba orientación sobre cómo influir en las políticas públicas y, quizás, seguir una carrera política. Sin embargo, la respuesta de Hayek fue reveladora: las grandes batallas de las ideas, afirmó, son llevadas adelante por los intelectuales, no necesariamente por los políticos.

    Esta distinción entre el papel del difusor de ideas, el académico y el político resalta una verdad fundamental sobre el poder transformador de las ideas. Mientras que los políticos pueden promulgar leyes y tomar decisiones que afectan directamente la vida de las personas, son los difusores de ideas quienes moldean el terreno sobre el cual se basan esas decisiones.

    En el caso de Hayek, sus obras influyeron en la forma en que se entendía la economía y el papel del gobierno en la sociedad. Sus críticas al intervencionismo estatal y su defensa de la libertad individual resonaron en las mentes de muchos, incluido Fisher, quien se vio inspirado a buscar formas de difundir esas ideas más ampliamente.

    Es en el mundo de las ideas donde se gestan las grandes transformaciones sociales y políticas. Los intelectuales, los escritores, los académicos y los difusores de ideas tienen el poder de cambiar la forma en que la sociedad piensa y actúa. A través de libros, ensayos, discursos y medios de comunicación, pueden sembrar las semillas de la libertad y la justicia, dando forma a la conciencia colectiva de una nación.

    Sin embargo, esto no resta importancia al papel de los políticos. Ellos son los encargados de traducir esas ideas en políticas concretas y acciones gubernamentales. Son quienes tienen el poder de implementar cambios tangibles en la sociedad. Pero su efectividad y su legitimidad dependen en gran medida del respaldo y la fuerza de las ideas que subyacen a sus decisiones.

    En última instancia, tanto los difusores de ideas como los políticos tienen un papel vital que desempeñar en la lucha por la libertad y la justicia. Cada uno aporta sus propias habilidades y perspectivas únicas. Los difusores de ideas pueden inspirar y educar, mientras que los políticos pueden legislar y liderar. Pero su éxito depende en última instancia de su capacidad para trabajar juntos en aras del bienestar de la sociedad más elevado.

    Así pues, la verdadera fuerza del cambio reside en la sinergia entre las ideas y la acción política. Cuando los difusores de ideas y los políticos se unen en la defensa de principios como la libertad, la justicia y la igualdad ante la ley, pueden desencadenar transformaciones profundas y duraderas en la sociedad. En este sentido, el poder de las ideas y el poder político son dos caras de la misma moneda, cada una indispensable para la realización de un mundo más justo y libre.

  • Fatales arrogantes

    Una de las críticas más contundentes de Hayek hacia aquellos que defienden la planificación centralizada es su descripción de ellos como «fatales arrogantes».

    Friedrich Hayek, destacado economista y filósofo austriaco, es reconocido por sus contribuciones a la teoría del liberalismo clásico y su incisiva crítica a la planificación centralizada. En su obra cumbre «Camino de Servidumbre», Hayek resume mucha de su obra sobre el punto y argumenta vehementemente en contra de la planificación centralizada, destacando la importancia del respeto a la libertad individual y advirtiendo sobre los peligros de la presunción de conocimiento absoluto.

    La crítica fundamental de Hayek a la planificación centralizada se basa en su comprensión de la naturaleza dispersa del conocimiento humano. Argumenta que el conocimiento necesario para tomar decisiones económicas y sociales efectivas está disperso entre millones de individuos y es imposible de reunir y procesar de manera centralizada. Esta dispersión del conocimiento implica que ningún individuo o grupo de individuos puede poseer todo el conocimiento necesario para planificar y controlar eficazmente una economía o una sociedad.

    Para Hayek, la planificación centralizada conduce inevitablemente a la pérdida de libertad individual y a la aparición de una sociedad totalitaria. Al concentrar el poder en manos de unos pocos planificadores, se elimina la capacidad de las personas para tomar decisiones autónomas sobre sus propias vidas. Esto no solo socava la libertad individual, sino que también resulta en la supresión de la creatividad, la innovación y la diversidad que son fundamentales para el progreso humano.

    Una de las críticas más contundentes de Hayek hacia aquellos que defienden la planificación centralizada es su descripción de ellos como «fatales arrogantes». Con esta expresión, Hayek señala la presunción de aquellos que creen que pueden conocer y controlar todos los aspectos de la sociedad. Estos «fatales arrogantes» están convencidos de que poseen el conocimiento y la sabiduría necesarios para dirigir eficazmente la vida de los demás, ignorando la limitación inherente del conocimiento humano.

    La arrogancia de los planificadores centralizados, según Hayek, conduce a resultados desastrosos. Al creer que pueden anticipar y gestionar todas las eventualidades, estos planificadores a menudo generan más problemas de los que resuelven. Sus políticas suelen ser ineficaces e incluso perjudiciales, ya que ignoran las complejas interacciones y feedbacks que caracterizan a los sistemas sociales y económicos.

    Friedrich Hayek abogó fervientemente por el respeto a la libertad individual y advirtió sobre los peligros de la planificación centralizada. Su crítica se centró en la dispersión del conocimiento humano y la imposibilidad de conocer y controlar todos los aspectos de la sociedad. Al llamar «fatales arrogantes» a aquellos que creen en su propia omnisciencia, Hayek nos insta a ser humildes ante la complejidad del mundo y a reconocer la importancia de la libertad y el respeto mutuo en la construcción de sociedades prósperas y libres.

  • El intervencionismo estatal castrante

    F.A. Hayek refiriéndose a la planificación central, sostuvo:  “A más planificación estatal, más difícil se le hace al ciudadano su planificación personal.” El tema de fondo es uno de principios, comenzando por nuestro inalienable derecho de ser libre para actuar en el marco de la moralidad y en busca de un bienandar que conduzca a un bienestar. Y lo que poco nos detenemos a meditar y comprender es la esencialidad de ser libres en la conducción de nuestras vidas, dado que de ello depende nuestro bienestar. Y la necesidad de esta libertad que nos fue legada en la misma Creación, surge a partir de las variantes que intervienen en nuestras vidas y debemos navegar de forma particular en la búsqueda de nuestros deseos y felicidad. Variantes que una planificación centralizada jamás podría suplantar. A modo de ejemplo: Un burócrata estatal podría decirnos que si nos lanzan una piedra, la esquivemos, pero jamás podrían predecir en el momento hacia dónde. En otras palabras, ser libre implica dejar al libre arbitrio sobre cómo reaccionar ante aquello que no podemos prever en tiempo real.

    En el contexto del complejo pandémico en que nos encontramos, no sólo nuestra sobrevivencia sino la misma civilización descansa en la posibilidad de las tragedias. Cada día que salimos a llevar a los hijos a la escuela los ponemos en riesgo de lesión o muerte, pero ello es esencial. Sin embargo, vemos a un SINAPROC que llega hasta prohibir bañarse en la playa cuando hay marejadas, que es, precisamente, el momento ideal para el surfista.

    Más allá debemos advertir que accidentes, tal como el pandémico que sufrimos, bien pueden tener un componente fortuito provechoso, tal como provechosas son las grandes olas para el surfista. Es decir, que se trata de una realidad que será enfrentada por una inmensa variedad de personas con diversidad de conocimientos y actitudes que les calificarán para enfrentar la particular situación; y el estado no debe jamás coartar aquello. Esas son las realidades de la ocasión y de las probabilidades. Y aunque por norma los accidentes no son provechosos, debemos prepararnos para encontrar en ellos el provecho. Esa es la realidad de nuestra existencia; y es lo que separa a los sobrevivientes de los que perecen. Frente a semejantes adversidades, lo único que podemos hacer es cargar a nuestro favor las probabilidades.

    Todo ello guarda un paralelo con aquello de quienes buscan detener el cambio climático; lo cual no sólo es absurdo sino imposible, dado que la constante universal es la del cambio. La probabilidad de un impacto de asteroide que cambie por completo nuestra existencia es real; y el reto está en prepararnos para ello.

    A todo esto, el uso y acuso de «la ignorancia del pueblo», como razón de una planificación central que llegue a reemplazar y controlar nuestro albedrío, es bochornoso. Y es bochorno que se presta para la peor de las catástrofes; es decir, la extinción de aquel don que nos provee de la gracia de la adaptación y la supervivencia. Aún más, y como bien lo señala Hayek: “Encontraremos que las instituciones de la libertad son adaptaciones al hecho fundamental de nuestra ignorancia, adaptada para lidiar con lo fortuito y sus posibilidades, no sus certidumbres.” El CORONA virus es lo que es; pero lo que no es certidumbre es cómo actuamos frente a ello.

    Y sigue Hayek advirtiéndonos: “El hombre aprende mediante la desilusión de nuestras expectativas. Y no debemos aumentar lo impredecible de los eventos mediante la tontería de nuestras instituciones. Y, por encima de todo, nuestro objetivo debe apuntar al aumento de las oportunidades de aquellos humanos desconocidos que puedan aprender acerca de las cosas que ignoramos, y que puedan ponerlas a uso y provecho de sus acciones.”

    Es, precisamente, por intermedio los esfuerzos ajustados de muchos, que podemos aprovechar el conocimiento de todos y no el de pocos. Es, precisamente, mediante el uso disperso del conocimiento es que surgen los grandes logros. La libertad es renunciar del control directo del burócrata gubernamental; ese cuya auténtica labor no es de liderar, como bien dice Irene Gimenez, sino de facilitar el que todos seamos líderes de nuestros destinos.

  • El nazismo, el fascismo y el socialismo tienen sus raíces en el comunismo

    El concepto de una “extrema izquierda” en contraposición a una “extrema derecha” es falso. Los sistemas que se ubican en los dos extremos del espectro, incluido el socialismo y el nazismo, tienen todos su raíz en el comunismo. Y todos ellos creen en los mismos conceptos comunistas clave, como el colectivismo de Estado, la economía planificada y la lucha de clases.

    Todos ellos fueron simplemente interpretaciones diferentes del marxismo, formado justo antes de la Primera Guerra Mundial, en un tiempo en el que la materialización de las ideas de Karl Marx fracasó y los comunistas tuvieron que comenzar de cero.

    Antes de introducirnos en la historia de estos sistemas divergentes, primero necesitamos entender la ruptura entre el socialismo y el comunismo.

    El socialismo se describe en la teoría de Marx de las cinco etapas de la civilización. Luego de ayudar a encuadrar el concepto de “capitalismo” como una sociedad donde la gente puede comerciar libremente, Marx profetizó que luego del capitalismo, vendría una etapa de “socialismo”, seguida de “comunismo”.

    El socialismo fue la etapa que Vladimir Lenin describió como el “monopolio estatal-capitalista”, en el cual una dictadura se adueña de todos los medios de producción.

    La idea es que un régimen comunista usa el poder absoluto de la “dictadura del proletariado” socialista, para destruir todos los valores, todas las religiones, todas las instituciones y todas las tradiciones; lo cual teóricamente conduciría a la “utopía” comunista.

    En otras palabras, el socialismo es el sistema político, y el comunismo es el objetivo ideológico. Por esta razón los seguidores del comunismo argumentan que nunca se alcanzó el “verdadero comunismo”. El sistema ha fracasado en destruir completamente la moral y la creencia humana, aunque se haya cobrado las vidas de más de 100 millones de personas en los últimos 100 años.

    “Antes de la Revolución Rusa de 1917, ‘socialismo’ y ‘comunismo’ eran sinónimos”, dice Bryan Caplan, en el capítulo sobre comunismo de la “Enciclopedia Concisa de Economía”. Caplan es profesor asociado en economía en la Universidad George Mason.

    “Ambos se referían a los sistemas económicos en los cuales el gobierno se adueña de los medios de producción”, sigue Caplan. “Los dos términos divergen en significado en gran medida como resultado de la teoría y práctica política de Vladimir Lenin”.

    Por supuesto, el fracaso de las predicciones de Marx fue también lo que hizo surgir las muchas interpretaciones del comunismo que emergieron después de la Primera Guerra Mundial; entre ellos el leninismo, el fascismo y el nazismo.

    Mientras el mundo hervía en el tumulto que condujo a la Primera Guerra Mundial entre 1914 y 1918, muchos comunistas se refugiaron en las palabras de Marx, quien en el “Manifiesto Comunista” de 1848 dijo: “Trabajadores del mundo, uníos”.

    Así todo, los trabajadores del mundo no se unieron, al menos no como lo envisionó Marx. En vez de marchar con el comunismo, en gran parte marcharon detrás de sus respectivos reyes y países.

    Además, la vida de los trabajadores mejoró bajo el capitalismo, contradiciendo las predicciones de Marx que vaticinaban que serían peores. Entonces, cuando surgió la revolución comunista, no sucedió en las sociedades “capitalistas en su última etapa”, que en ese tiempo eran Gran Bretaña y Alemania, sino que sucedió en Rusia. Y en vez de que la Revolución Bolchevique fuera del “proletariado” contra la “burguesía”, como predijo Marx, fue el ejército y el espionaje contra el sistema feudal ruso de los zares.

    Esta serie de eventos refutó en gran parte las predicciones de Marx y obligó a los comunistas de la época a repensar todo de cero, como lo nota el autor bestseller Dinesh D’Souza en su libro: “La gran mentira: Exponiendo las raíces nazis de la izquierda americana”.

    Luego de Lenin, la siguiente revisión comunista en pisar el escenario mundial nació de la mano de Benito Mussolini, quien aprendió de la Primera Guerra Mundial la lección de que el nacionalismo es más unificador que la idea de una revolución de los trabajadores. Él entonces reacondicionó al marxismo en su nuevo sistema de fascismo, usando el principio colectivista “fasci”, que se refiere a un manojo de palitos que refuerzan el mango de un hacha.

    Mussolini explicó el concepto en su autobiografía de 1928, en la cual dice: “El ciudadano en el Estado fascista ya no es más un individuo egoísta que tiene el derecho antisocial de rebelarse contra alguna ley de la Colectividad”.

    Según “Rusia bajo el régimen bolchevique” de Richard Pipes, “No hubo socialista europeo prominente antes de la Primera Guerra Mundial que se haya parecido más a Lenin que Benito Mussolini. Como Lenin, él lideró el ala antirevisionista del Partido Socialista del país; como él, creía que el trabajador no era por naturaleza revolucionario y tenía que ser empujado a la acción radical por la elite intelectual”.

    Luego, poco después, Adolf Hitler emergió con su nuevo sistema socialista bajo el eslogan “nacional socialismo”.

    Aprovechando que el pueblo alemán había quedado dividido en nuevas fronteras nacionales establecidas por el armisticio, Hitler usó políticas de identidad para agrupar a sus seguidores.

    D’Souza hace notar que las políticas del partido Nazi seguían el modelo comunista. El programa de 25 puntos incluía educación y salud gratuitas, nacionalización de grandes corporaciones y fondos, control estatal de los bancos y el crédito, la división de grandes propiedades de tierras en unidades más pequeñas, y otras políticas similares.

    Además, D’Souza dice que “Mussolini y Hitler identificaban ambos al socialismo como el núcleo del Weltanschauung [estilo de vida] nazi y fascista. Mussolini era la figura líder del socialismo revolucionario italiano y nunca dejó de ser leal al socialismo. El partido de Hitler se definía como el defensor del “socialismo nacional”.

    Como todas las otras ideologías comunistas, Hitler se oponía agresivamente al sistema capitalista tradicional. Tal como Lenin culpaba a los ricos dueños de campos y Mao Zedong culpaba a los propietarios de tierras, Hitler transfirió la culpa a un único grupo de personas: los judíos.

    Como dice D’Souza: “el antisemitismo nazi nació del odio de Hitler al capitalismo. Hitler hace una distinción crucial entre el capitalismo productivo, al cual él puede aceptar, y el capitalismo de finanzas, al cual él asocia a los judíos”.

    El conflicto que tomó lugar más tarde entre los varios sistemas durante la Segunda Guerra Mundial no fue una batalla de ideologías opuestas, sino una pelea sobre cuál interpretación del comunismo prevalecería.

    Según “Camino de servidumbre” de F.A. Hayek, “El conflicto entre el partido fascista o nacional socialista y el viejo partido socialista se puede pensar, en gran parte, como la inevitable clase de conflicto entre facciones socialistas rivales”.

    El actual relato de que el socialismo está de algún modo separado del nazismo y el fascismo, y aún mas, creer que estos conceptos están divorciados de sus orígenes comunistas, se debe al revisionismo histórico y a mucha acrobacia mental.

    D’Souza atribuye este cambio de relato a lo que Sigmund Freud llama “transferencia”. La idea es que la gente que comete actos terribles suele transferir la culpa a otros, acusando incluso a sus víctimas, de ser lo que ellos mismos son.

    Por Joshua Philipp – La Gran Época