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  • “Nadie se salva solo”: El Eternauta, Adam Smith y la cooperación liberal

    En El Eternauta, la icónica historieta argentina escrita por Héctor Germán Oesterheld y dibujada por Francisco Solano López, ahora convertida en una exitosa serie en Netflix, un mensaje resuena con fuerza a lo largo de sus páginas: nadie se salva solo. Esta frase, repetida como un mantra a lo largo de la obra, es mucho más que un lema de resistencia colectiva ante una invasión alienígena. Es, también, una afirmación profundamente filosófica que, bien entendida, encaja de manera sorprendentemente coherente con la visión del liberalismo clásico de Adam Smith.

    A menudo, cuando se menciona el liberalismo, se lo caricaturiza como un culto al individualismo egoísta y desconectado. Sin embargo, esta es una distorsión. El liberalismo de Adam Smith no es un proyecto de aislamiento, sino un sistema que reconoce profundamente la interdependencia humana, no sólo en términos económicos, sino también morales y sociales.

    En La riqueza de las naciones, Smith describe cómo la cooperación entre individuos es el motor del bienestar general. El famoso pasaje en que afirma que no obtenemos nuestra cena de la benevolencia del carnicero, el panadero o el cervecero, sino de su interés propio, no es un canto a la codicia, como suele malinterpretarse, sino una observación sobre la estructura espontánea del orden social. Cada uno, al perseguir su propio interés dentro de un marco de normas compartidas, contribuye al bien común mediante un sistema de interdependencia voluntaria. En otras palabras, el mercado no es un espacio de competencia destructiva, sino de cooperación organizada.

    Esta visión se complementa con su menos citada pero igualmente importante obra, La teoría de los sentimientos morales, donde Smith aborda la empatía, la compasión y la simpatía como elementos naturales de la conducta humana. Allí sostiene que los seres humanos no sólo interactúan por interés, sino que están naturalmente inclinados a preocuparse por los demás. Esta dimensión ética del liberalismo smithiano subraya que una sociedad libre debe nutrirse de lazos morales, no de la indiferencia.

    Cuando El Eternauta afirma que “nadie se salva solo”, habla desde una experiencia radical: la supervivencia ante lo desconocido, lo incontrolable, lo descomunal. Pero lo que permite sobrevivir a sus protagonistas no es un Estado omnipresente que los rescate, sino la solidaridad espontánea entre vecinos, la organización en grupos, la ayuda mutua, la cooperación nacida desde abajo. Precisamente el tipo de organización que Adam Smith reconocía como esencial para una sociedad libre y próspera.

    La clave está en no confundir solidaridad con coacción. El liberalismo clásico no rechaza lo colectivo: rechaza que lo colectivo sea impuesto. A lo largo de la historia, asociaciones voluntarias como cooperativas, mutuales, comunidades religiosas y organizaciones benéficas han demostrado que la cooperación puede florecer sin la intervención directa del Estado. Son ejemplos vivos de que lo común puede surgir libremente, desde la base, y no necesita ser dictado desde arriba.

    El peligro aparece cuando la frase “nadie se salva solo” se convierte en excusa para expandir indefinidamente el poder del Estado. Entonces, el principio de ayuda mutua se convierte en un mandato, y la libertad individual corre el riesgo de ser sacrificada en nombre de una falsa solidaridad.

    Así, El Eternauta y Adam Smith coinciden, desde caminos distintos, en una misma enseñanza: la salvación —en cualquier sentido de la palabra— no es un acto solitario, pero tampoco debe ser un mandato autoritario. Es fruto de la cooperación libre, voluntaria, nacida del reconocimiento de nuestra interdependencia. Nadie se salva solo, pero todos podemos salvarnos juntos, si lo elegimos.

  • Capitalismo y altruismo

    Cuando Carl Marx acuñó el término “capitalismo”, para referirse a la ideología empresarial o de emprendimiento, lo hizo con ánimo de torcer el concepto ante los ojos de los adictos a la envidia, con lo cual buscaba, entre otras, vender la idea de que el capitalismo no se compaginaba con el altruismo. Su mordaz propósito tuvo éxito en su mórbido propósito de promover la Babel a fin de adelantar la agenda comunista; es decir, el centralismo o totalitarismo. ¡Lástima!, pues el significado de “capitalismo” viene de “cápita” o cabeza, referido a quien usa la cabeza en sus esfuerzos económicos de vida.

    Pero, en vez de hablar de “capitalismo” podríamos hablar de “caputalismo”, siendo que “caput” es voz del latín para cabeza. Y, usando la testa, Ayn Rand aclara que el capitalismo no es un medio amoral o inmoral en el logro del bien común; sino, más bien, que es todo lo contrario. A diferencia, el comunismo o colectivismo que definitivamente son inmorales, dado que niega al ser humano su libertad natural y usufructo de aquello que es propio no sólo de cada quien sino de la misma naturaleza de universo.

    La frase clave o de ideología torcida la vemos en la pretensión de asociar al “bien común” con el colectivismo que contradice al capitalismo o empresarialismo. En el trasfondo lo que vemos es la manipulación de las masas a fin de arrearlas a los corrales del estatismo o la utópica visión de la propiedad comunal. Lástima que aquello que es de todos, no es de nadie y, nadie lo atiende.

    El mayor capital humano está en las personas y, en particular, nuestra cabeza en dónde reside el conocimiento de nuestra existencia y su propósito que está presente en todas las cosas que nos rodean. Si buscar a Dios, mira a tu alrededor. En el colectivismo de supuesto bien común, las personas son vistas como elementos de poco significado ante el colectivo. Hoy, que en muchos sitios, tal como en los EE.UU. también se tuerce el sentido del racismo, al mismo tiempo se abanica el centralismo que es sendero al servilismo y primo del racismo. En fin, es la tendencia del tribalismo que opaca y hasta aplasta las personas que forman la tribu.

    Al fonde de la ideología colectiva nos topamos con el axioma de que la riqueza es apenas material y no moral. La realidad es que la riqueza es bienestar o de aquello que es rico, como la salud, los medios económicos, inteligencia, bondad, moralidad y todo lo que conduce al bienandar que es bienestar. El colectivismo es tribalismo a diferencia del empresarialismo que es, en muchos sentidos, virtuoso. Poco conoceremos a la persona humana estudiando a la sociedad sin estudiar a la persona.

    El altruismo o filantropía; que se refiere “al otro” u otra persona, es la conducta humana que brinda atención desinteresada al prójimo; cuyo antónimo es el egoísmo. El colectivista acusa al capitalista de ser egoísta, pero ¿será cierto que el capitalista no quiere y no ayuda al prójimo? Decir esto es un contrasentido o es decir que la persona humana, en lo particular, es egoísta, pero en lo colectivo es altruista. ¡¿De veras?!

    También se acusa al capitalismo se ser fuente de monopolios, pero la realidad va por otra trocha. Cuando el mercado es verdaderamente libre, los monopolios son harto improbables; a diferencia de los monopolios radicados en la ley; tal como el monopolio del fracasado MEDUCA y otras aventuras gubernamentales metiches. Tal es el IDAAN, y antes el IRHE, el ferrocarril, puertos; ni hablar, la CSS. Monopolios hay en leyes que sólo permiten al nacional ejercer una profesión, o que el transporte lo maneja mayormente el gobierno. Vale destacar el caso del MEDUCA que NODUCA, y aún sigue noducando impunemente.

    La realidad es que la mejor forma de servir al prójimo es por intermedio del mercado desembarazado de vagabunderías políticas y sindicales; que siguen sus propios intereses y no los de la comunidad. El empresario que no sirve o satisface a su clientela quiebra. Algunos ven la libertad como libertinaje, lo cual es craso error. Los humanos somos libres para el bienandar y no el malandar.

    En fin, al menos en algunas cosas nuestra constitución atina, tal como en su introito cuando dice: “Con el fin supremo de fortalecer la Nación, garantizar la libertad… exaltar la dignidad humana…” En resumen, el capitalismo es un sistema que se nutre de la no agresión y la libertad personal.

  • La tiranía de lo colectivo

    Aldous Huxley resume sus preocupaciones en la alarmante moda de conceptos tales como la necesidad de adaptarse y ajustarse a los otros, al pensamiento grupal, a lo socialmente aceptado, en definitiva a la disolución de lo personal en aras de lo colectivo.

    Seguramente el desafío mayor de nuestra época estriba en comprender el valor descomunal de la persona. Entender que cada uno de los humanos es único e irrepetible, por ende, con potencialidades exclusivas en toda la historia de la humanidad. No hay entonces justificativo alguno para que el grupo se imponga y tuerza las inclinaciones y vocaciones de cada cual. Solo es aceptable el uso de la fuerza cuando hay lesiones de derechos, de lo contrario debe respetarse de modo irrestricto los proyectos de vida de los congéneres por más que no los suscribamos.

    El “ogro filantrópico” de Octavio Paz, es decir el aparato estatal, ha mutado su función de proteger y garantizar los derechos de la gente por su descarado atropello que anula la solidaridad y la caridad que como es sabido para que tenga sentido debe llevarse a cabo voluntariamente y con recursos propios. Lo contrario es un atraco. Un Leviatán desbocado que aniquila a la persona y como ha escrito Julián Marías, la persona no es solo lo que se ve en el espejo, es su interioridad única. Como apunta Roger Williams cada uno es extraordinario desde el punto de vista anatómico, bioquímico, y sobre todo psicológico.

    Friedrich Hayek ha mostrado las características del individualismo como protector de la dignidad de cada persona y los correspondientes incentivos para la cooperación social. Las diferencias de cada uno es lo que hace atractivo y necesario el intercambio y las relaciones interpersonales como también diría Ortega y Gasset. Si ocurriera la inmensa desgracia de ser todos los humanos iguales no habría interés ni provecho en los intercambios culturales y materiales pues todos se dedicarían a lo mismo. Como he dicho muchas veces, hasta la simple conversación resultaría en un tedio mayúsculo pues sería igual a conversar con uno mismo. En economía, la división del trabajo está basada en la desigualdad de talentos y fuerzas físicas. Por ello es que la guillotina horizontal impuesta por los gobiernos conduce a un doble estropicio: por una parte destroza los incentivos para progresar puesto que la nivelación bloquea la producción de cantidades mayores a la marca niveladora y los que esperan redistribuciones lo hacen de balde por el primer suceso. Por otra parte, aniquila la esencial igualdad ante la ley para hacerla mediante ella con lo que el marco institucional civilizado queda amputado.

    La obsesión malsana por el igualitarismo indefectiblemente conduce al empobrecimiento moral y crematístico. El delta entre los más ricos y los más pobres depende exclusivamente del comportamiento de cada uno en el supermercado y afines: al elegir con mayor o menor intensidad va estableciendo niveles de rentas y patrimonios. El comerciante que acierta con las preferencias de su prójimo obtiene ganancias y el que yerra incurre en quebrantos. Solo son objetables los que la juegan de empresarios mientras se alían en una cópula hedionda con el poder político de turno para alzarse con privilegios y así explotar miserablemente a los demás.

    Habitualmente en los países más prósperos la diferencia entre el más rico y el más pobre es mayor lo cual no solo no es óbice para el progreso sino que es su condición para que los promedio ponderados de los salarios e ingresos en términos reales resulten más altos debido a la gran diversidad en un contexto donde todos cuentan con las mayores oportunidades posibles debido a dar rienda suelta a la energía creadora y a la consecuente productividad. El más eficiente como un efecto no buscado transmite su potencia a los marginales puesto que las tasas de capitalización fruto de anteriores ahorros constituyen la única causa de mayores salarios. No se trata de recursos naturales, de climas ni de etnias, se trata de mayores inversiones (como hemos ejemplificado antes, el continente africano abriga la mayor dosis de recursos naturales y la miseria está muy extendida, mientras que Japón es un cascote habitable solo en un veinte por ciento).

    Gustave Le Bon destaca las barrabasadas de los grupos a contramano del individuo y concluye que “en las multitudes lo que se acumula no es el talento sino la estupidez”. En materia educativa es muy necesario abrirla a la competencia a los efectos de contar con auditorías cruzadas de las muy diversas instituciones y estructuras curriculares para lograr los máximos niveles de excelencia en un contexto donde pueda extraerse lo mejor de cada estudiante, al contrario de sistemas burocráticos que dependen del los caprichos de lo que sucede en el vértice del poder estatal en procesos de la siempre nefasta igualación.

    Estas consideraciones de más está decir no solo no se oponen a las faenas en equipo sino que las promueven como parte medular de las metas y aspiraciones individuales que muchas veces se logran de mejor manera aliados en equipos voluntariamente establecidos. Son los espíritus colectivistas los que se oponen a estas iniciativas al imponer todo tipo de cortapisas dentro de un país y al injertar tarifas, aranceles y cupos a las migraciones de personas y a la entrada de mercancías.

    Ludwig von Mises nos enseña que “la distinción principal de la filosofía social de Occidente es el individualismo. Su meta se dirige a la creación de una esfera en que el individuo es libre de pensar y actuar sin ser restringido por la interferencia de aparatos sociales de coerción y opresión, el Estado. Todos los logros espirituales y materiales de la Civilización Occidental fueron el resultado de la operación de esta libertad.” Desde luego como ha escrito Jorge García Venturini, la referencia a Occidente no alude a un lugar geográfico sino al espíritu de libertad.

    En otra oportunidad he escrito sobre lo que sigue pero dado el empecinamiento con la idolatría del colectivismo, es pertinente reiterar parte de lo dicho. Aldous Huxley resume sus preocupaciones en la alarmante moda de conceptos tales como la necesidad de adaptarse y ajustarse a los otros, al pensamiento grupal, a lo socialmente aceptado, en definitiva a la disolución de lo personal en aras de lo colectivo.

    Es curioso que los que usan la pantalla de la unión de todos en realidad separan y generan aislamiento y conflictos permanentes entre los miembros de la sociedad. Interfieren permanentemente en los arreglos voluntarios de sus integrantes. En definitiva alimentan una secuencia sin solución de continuidad de guerras sin cuartel de todos contra todos. Para recurrir a la terminología de la teoría de los juegos, en lugar de abrir paso a la suma positiva donde ambas partes ganan en un acuerdo voluntario, provocan la suma cero. Los megalómanos de siempre intervienen en el mecanismo de precios con lo que indefectiblemente se generan faltantes y desajustes de todo tipo al tiempo que desdibujan los únicos indicadores con que se cuenta para saber dónde invertir y donde desinvertir al efecto de aprovechar del mejor modo los siempre escasos factores productivos.

    El individualismo machaca sobre la importancia de la descentralización del poder político y el federalismo. Rechaza de plano las cargas fiscales insoportables, deudas estatales astronómicas, inflaciones galopantes y gastos públicos desmesurados en el contexto de regulaciones que asfixian las libertades. Considera una estafa sideral los sistemas denominados de seguridad social pero que son de llamativa inseguridad antisocial debido a la succión de ingresos de todos pero con especial saña contra los más débiles.

    Las discusiones semánticas a veces no son constructivas pero como las palabras sirven para pensar y para comunicar pensamientos es a veces de interés detenerse en algunos vocablos clave. Estimamos que ese es el caso del individualismo tan vapuleado y poco comprendido en nuestra época.

    Huxley sostiene que la importante y por cierto muy verdadera visión de Eric Blair -que como es sabido firmaba con el pseudónimo de George Orwell- se refiere a la acción imperturbable y maliciosa del Gran Hermano sobre las libertades individuales, en cambio el primer autor apunta a algo peor aún, es decir, al pedido de la gente para ser esclavizada en base a lo antes descrito y especialmente debido a una educación perversa que como queda dicho donde más que educar se adoctrina con lo que las personas mutan a la condición de autómatas esclavizados. Abrigo grandes temores de lo anticipado por Huxley respecto a tecnologías de avanzada en manos de gobernantes para el control de la gente, por ejemplo, entre muchos otros casos, el peligro que encierra la digitalización coactiva de todas las transacciones monetarias para eliminar efectivos y así perturbar y dirigir de un modo más efectivo la vida y las haciendas de las personas, para no decir nada de la sugerencia de algunos energúmenos sobre la obligatoriedad de instalar un chip en el cuerpo de cada uno.

    A su vez en el terreno laboral, en el contexto del individualismo, los sindicatos se desempeñan como asociaciones libres y voluntarias y de ninguna manera como entidades que imponen representaciones y aportes forzosos ni huelgas que sean distintas al derecho a no trabajar para en vez imponer procedimientos violentos e intimidatorios para los que quieren seguir con sus tareas laborales.

    En este razonamiento debe destacarse que las llamadas “conquistas sociales” como la entronización de salarios mínimos y equivalentes indefectiblemente provocan desempleo. Y debe tenerse en cuenta que la incorporación de mayores productividades liberan recursos humanos y materiales para atender otras necesidades para lo cual los comerciantes son incentivados en la capacitación de personal al efecto de sacar partida de los nuevos arbitrajes que las circunstancia ofrecen.

    Allí donde hay acuerdos libres entre las partes no hay tal cosa como sobrante de aquel factor indispensable para abastecer las ilimitadas necesidades de la gente. Poner palos en la rueda conduce al empobrecimiento. Cuando se dice que los gobiernos deben inmiscuirse en esta materia para equilibrar las fuerzas dispares en la contratación laboral no se tiene presente que es del todo irrelevante el estado de la cuenta corriente de las dos partes, lo definitorio son las antedichas tasas de capitalización. Las partes podrán disponer de recursos suculentos o estar en la quiebra, esto es indistinto lo trascendental es que el ingreso se establece por las tasas de capitalización y no por la voluntad y la condición de las partes.

    Milton Friedman escribe la introducción a la colección de la revista The Individualist Review que se inauguró en abril de 1961 donde señala que siguió las huellas de una entidad anterior de 1953 fundada por Frank Chodorov bajo el nombre de Intercollegiate Society of Individualists. Friedman destaca lo consignado en el editorial del primer número de la referida revista académica que apuntaba a fortalecer los valores de “la empresa privada y libre y a la estricta imposición de límites al poder del gobierno” y anunciaba se abocaría al “compromiso con la libertad”, una publicación en la que Friedman formaba parte de su Consejo Editorial y también colaboraba con ensayos de su autoría junto con otros destacados colegas. También en esa introducción Friedman apunta que el establecimiento de la Mont Pelerin Society en 1947 -la academia internacional como la denominaba Hayek- ayudó mucho a refutar las falacias tejidas en torno al individualismo y a explicar sus enormes beneficios respecto a su consideración por las autonomías individuales y el consiguiente estímulo a las más extendidas aperturas a las relaciones contractuales entre las personas de todo el globo.

    Se ha exhibido hasta el cansancio las tretas en las que está complotado un grupo para afirmar falsedades frente a gráficos varios en las pantallas que se muestran a todos y que finalmente resultan en que un sujeto no informado que se lo invita al grupo termina por sostener las mentiras que dicen todos los demás. Esto para explicar la malsana tendencia a dejarse empujar por lo colectivo.

    En resumen, el individualismo resalta y resguarda la condición humana de cada cual en cuyo contexto la función de los aparatos de la fuerza que denominamos gobierno deben cuidar y preservar el derecho de cada uno de los miembros en su jurisdicción y abstenerse de manejar el fruto del trabajo ajeno. La hipocresía colectivista pretende ocultar resultados altamente negativos con un discurso mentiroso dirigido a conquistar a incautos y desprevenidos frente a la avalancha de miserias que invariablemente generan las granjas colectivas y equivalentes que siempre hundieron a la gente en las hambrunas y las miserias más desgarradoras vía de lo que en ciencia política se conoce como “la tragedia de los comunes”, es decir, lo que es de todos no es de nadie. El colectivismo aplasta al individuo y a sus derechos que son anteriores y superiores a todo gobierno.

  • Final del Año: ¿Qué es eso inmóvil, que nos hace únicos? nos invita Borges a reflexionar

    Otro año llega a su fin. Si el tiempo es una ilusión, como dijera Einstein, entonces estos últimos doce meses han volado como un sueño. Un parpadeo de ojos y ya pasaron nuevamente doce meses. Los ciclos de la vida se van cumpliendo, pasa un año detrás del otro y nos reunimos para festejar ese paso de un espacio de tiempo que muere y otro que nace.  Es un proceso implacable que no deja de repetirse y a pesar de las circunstancias y de los cambios, como escribe Jorge Luis Borges en ‘Final del año’, el verdadero milagro es que siempre, pase lo que pase, la esperanza de que a pesar de que somos gotas del «río de Heráclito», algo de nosotros vaya a perdurar.

    La alusión al «Río de Heráclito» es un superclásico en Borges, una referencia al fragmento 91 del filósofo griego de que no es posible pasar dos veces por el mismo río.

    «Ningún hombre puede cruzar el mismo río dos veces, porque ni el hombre ni el agua serán los mismos.» Este es quizá uno de los aforismos más recurrentes de Heráclito, el filósofo del siglo VI a. C. que consideraba que el permanente cambio es lo que animaba al mundo; generación y regeneración, no creación.

    En el poema “Final del año” (Fervor de Buenos Aires, 1923), Borges reflexiona sobre la incertidumbre ante lo que pueda perdurar en nosotros después de que comienza un nuevo año. La preocupación nace porque la circunstancia del cambio de año es propicia para pensar el “enigma del tiempo”. De esa manera busca la participación del lector para la comprensión de la referencia. Es simplemente una mención. Es una imagen parcializada, “gotas del río”.

    Sugiere el “paso”, el “transcurrir” de nuestras vidas como las gotas del río. La palabra final, “inmóvil”, se opone a la movilidad del río, y sirve para acentuar la cualidad dinámica que la imagen adjudica a la vida del hombre. Sugiere que el tiempo pasa, pero no totalmente, hay algo que permanece. Somos únicos e irrepetibles y tenemos un propósito.

    Para nosotros la presencia del motivo del río asociado al tiempo, la vida y la muerte, refleja una preocupación humana individual de Borges, la reflexión que nace de cada hombre ante la contemplación de los ríos, cuando comprobamos que el agua que se desliza incesantemente no puede ser capturada por nuestros ojos, y nos recuerda que con ella se va nuestro tiempo, se moviliza nuestra vida, caminamos hacia la muerte. Vivir, estar en el tiempo, es deslizarse hacia la muerte. “Morir es haber nacido”, dice la milonga de Manuel Flores de Borges, pero el verdadero milagro es que siempre, pase lo que pase, nuestra esencia pervivirá.

    Brindemos por ello y por el nuevo año que comienza, y al igual que Jano, asumiendo las enseñanzas del pasado, contemplemos con mayor sabiduría el futuro.

    Final del año

    Ni el pormenor simbólico

    de reemplazar un tres por un dos

    ni esa metáfora baldía

    que convoca un lapso que muere y otro que surge

    ni el cumplimiento de un proceso astronómico

    aturden y socavan

    la altiplanicie de esta noche

    y nos obligan a esperar

    las doce irreparables campanadas.

     

    La causa verdadera

    es la sospecha general y borrosa

    del enigma del Tiempo;

    es el asombro ante el milagro

    de que a despecho de infinitos azares,

    de que a despecho de que somos

    las gotas del río de Heráclito,

    perdure algo en nosotros: inmóvil.

    Fervor de Buenos Aires. En vísperas del año 1923.

    Feliz año nuevo 2022 de parte de Goethals Consulting.

  • China y Occidente o Confucio y Sócrates: entendiendo el origen de sus políticas.

    El occidente de Eurasia, Grecia, de la mano de Sócrates, Platón y Aristóteles, crea la cultura occidental, a la cual se le suma el derecho romano, y, más importante, el cristianismo.

    Mientras Sócrates vivía en Grecia, en el otro extremo de Eurasia, Confucio crea las bases ideológicas de la civilización China. China y el Occidente de Europa evolucionaron ideológicamente en sentidos opuestos. Occidente se fragmentó en reinos pequeños que competían entre si tras la caída del Imperio Romano, y el cristianismo creó una ideología en la cual lo más importante era la relación del individuo ante Dios. Y por lo tanto, Occidente avanzó hacia el individuo, mientras que en China, el Confucianismo, ponía como prioridad la relación del individuo con su familia y con el estado.

    El imperio Han no se fragmentó, mientras que Europa estaba llena de reinos que competían entre ellos. Para la guerra, se tenían que crear estados modernos capaces de cobrar impuestos y de endeudarse, y esos estados tenían que fomentar la competencia, las exploraciones y la innovación; China con su estado meritocrático y centralizado, no necesitaba colonias ni comercio exterior, los comerciantes estaban en lo más bajo de la escala social y no podían acceder a cargos públicos, la innovación se daban por casualidad y no por investigación científica. En parte en China se confió, porque tenían desde el fin de la Grecia hasta la revolución industrial en Europa, los mejores estándares de vida del mundo, y hasta el siglo XIX, la economía más grande del mundo. China se durmió en sus laureles. Mientras europea pasaba del feudalismo al mercantilismo y luego al capitalismo industrial, China se estancaba en un sistema imperial cerrado, que era quizás demasiado estable. Una China proteccionista, que quería exportar, pero que no deseaba importar pero que quería exportar…. suena familiar ¿verdad?

    Los españoles tenían el oro y la plata, que era de las pocas cosas europeas en que los chinos estaban interesados. Pero los europeos no podían tener un comercio unilateral por mucho tiempo. Y los ingleses introdujeron el Opio, y los carteles legales de vendedores de Opio forzaron al gobierno chino a comprar Opio; es como si Pablo Escobar forzara al gobierno Colombiano a hacer la guerra a los Estados Unidos, y ganara… para poder vender la cocaína que quisiera. Para China, esto fue una humillación. Tuvieron que ceder Hong Kong, abrir cinco zonas a los occidentales, y pagar por la guerra. Los franceses y los Estados Unidos pidieron tratados con condiciones similares, e introducir misioneros cristianos.

    El choque entre Occidente y China fue grande. China priorizaba la estabilidad y la armonía versus la centralización, el aislacionismo frente a la exploración y la conquista, el proteccionismo frente al comercio. Un sistema educativo orientado a aprender las ideas de buen comportamiento de Confucio versus uno enfocado en la innovación. China ya no era el país de los hijos del Cielo, y la humillación Europea hizo que el sistema político Chino que había durado 2000 años se tambaleara, y luego pasó lo peor, los japoneses derrotaron a los chinos, demostrando que el sistema era débil. De la misma manera que los británicos abrieron China a Occidente, los norteamericanos abrieron Japón. Pero la sociedad Japonesa era muy parecida a la sociedad occidental feudal, así que Japón se pudo modernizar y adaptar las instituciones occidentales a la cultura japonesa con pasmosa rapidez. Y los japoneses humillaron a los chinos causando el final del sistema imperial Chino en 1911. Y China vivió una época de fragmentación en señores de la guerra. De las protestas anti japonesas surgió el partido comunista chino y Mao Zedong. De la crisis del sistema imperial surge la república nacionalista china. Y pronto se embarcan en una guerra contra los japoneses… y entre ellos mismos. Más humillaciones para China.

    No podemos entender la política China actual y el socialismo con particularidades chinas sin entender que los chinos fueron confucianos desde hace 2000 años, y que sus posturas actuales están motivadas por la inseguridad y el miedo. Para los comunistas chinos, repetir los cien años de humillación de 1848 a 1948 frente a Occidente y Japón, es su mayor temor. Y eso explica su política.