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  • ¿Libre tránsito?: el desgobierno a plena vista

    El transito no es libre si cualquier agente de policía, o tal, te puede detener sin más razón que verificar documentos o hacer un cateo. 

    La forma de gobernar que se ha enquistado en nuestro país desde siempre es perversa. Llamar “gobierno” al desgobierno creador de pobreza no tiene sentido. Para ilustrar me refiero, principalmente, al Título III de nuestra Constitución, que a pesar de sus grandes errores tiene asomos de luz al abordar ciertos Derechos y Deberes Individuales y Sociales en su Capítulo 1 de las Garantías Fundamentales.

    Comencemos con el Artículo 17 que establece que: “Las autoridades de la República están instituidas para proteger en su vida, honra y bienes a los nacionales dondequiera se encuentren…” En este artículo comienza la triste realidad, la cual la voy a enmarcar en esa costumbre delictiva que se ha convertido en práctica común por parte de las entidades de policía con el beneplácito y apoyo de las “Autoridades”; la práctica de hacer retenes y cateos delictivos. ¿Acaso se ‘protege la honra’ de los nacionales cuando estos son detenidos por agentes de policía sin otro propósito y razón que el de revisar documentos para ver si la persona ha cometido alguna infracción administrativa? O peor, detenerles para asaltarles.

    Artículo 27. “Toda persona puede transitar libremente por el territorio nacional y cambiar de domicilio o de residencia sin más limitaciones que las que impongan las leyes o reglamentos de tránsito, fiscales, de salubridad y de migración.” La costumbre de policía de montar retenes de tránsito ilegales es delictiva en varios aspectos. 1. Porque viola el derecho al libre tránsito. El transito no es libre si cualquier agente de policía, o tal, te puede detener sin más razón que verificar documentos o hacer un cateo. ¡Eso viola la “honra”! o dignidad del ciudadano y lo conduce al servilismo; a más, que es un despropósito.

    Policías y hasta autoridades alegan que el Reglamento de Tránsito Artículo 125 lo permite: “Todo conductor de vehículo está en la obligación de portar su licencia de conducir, documento que podrá ser solicitado para su revisión por los inspectores de la Autoridad del Tránsito y Transporte Terrestre y la Policía Nacional, en cualquier momento y lugar.” Pero, lo que no dice este artículo es que el agente puede detener y solicitar a discreción sin que medie causa, ya que con ello se viola la ley superior de libre tránsito; más aún, cuando hacerlo así es contrario a la mejor práctica de la actividad de ordenamiento y seguridad vial.

    Si los agentes de tránsito se dedicasen sistemáticamente a detener a los infractores y no hacerlo indiscriminadamente, verían que entre esa minoría de infractores igual encontrarían al elemento delictivo; ese que, si no teme cometer crímenes, menos le importará violar las normas de tránsito. Pero, la realidad es mucho más purulenta, ya que lo que lo que motiva está práctica delictiva por parte de agentes de policía es la búsqueda de las llamadas “coimas”. Es inaudito que los agentes del orden se hayan convertido en asaltantes de camino con el beneplácito de las autoridades y la tolerancia de la ciudadanía. ¿Se imaginan lo que ello implica para la cultura nacional?

    La Constitución está llena de normas que, de una u otra forma, están enfocadas a prohibir la violación del derecho al libre tránsito. Pero, a tal grado ha llegado está práctica delictiva, que agentes de policía detienen a pasajeros que abordan transportes marítimos o los detienen al llegar a islas para registrar su equipaje y confiscar propiedad. En otras palabras: No sólo están violando el libre tránsito sino dedicándose al asalto y robo.

    El Artículo 22: “Toda persona detenida debe ser informada inmediatamente y en forma que le sea comprensible, de las razones de su detención y de sus derechos constitucionales y legales correspondientes.” Pero, no sólo a informar sino a conducirlo ante autoridad competente a quien corresponde juzgar si hay violación de la ley. No es el agente, in situ, quien puede confiscar.

    Y, ¿qué ocurre si el ciudadano violado le declara arresto al policía, ya que está en pleno derecho de hacerlo?. En el caso de mi hermano, que lo ha hecho en dos ocasiones: En una, el agente motorizado se dio a la fuga en su moto. En la otra, en que mi hermano rehusó entregar su licencia y se trancó en el auto, eventualmente llegó un teniente y al ver la situación, le dijo: “¡Váyase, señor, váyase!”.

    ¡Despierta Panamá!

  • Despropósito del licenciamiento

    Uno de los fenómenos poco comprendidos en la vida no sólo es lo difícil de entender lo simple, sino el que aún las cosas más básicas que uno da por aprendidas y sentadas siguen guardando aspectos fundamentales que no se descubren sino a través del tiempo y de nuestro nivel de experiencia e insistencia con la cual regresamos a revisar que uno más uno es igual a 2. Tal es el caso del licenciamiento en general. Y para ilustrar me valgo de una pregunta: ¿Cuál es el propósito de una licencia?: sea esta de conducir, de tener o portar armas, para el expendio de alimentos o para hacer una manicure y mucho más. Pregunte a un amigo a ver si sabe.

    Al investigar el tema de la perniciosa práctica del licenciamiento prostituido, me encuentro con otros colegas del pensamiento crítico que han deambulado por estos laberintos. Uno de ellos, mi tocayo John Hood (nada que ver con Robin), dijo en 1992 que “cuando el gobierno establece los estándares de calidad, dichos estándares están, más que nada, dictados por las presiones políticas”; aunque yo no diría “políticas” sino politiqueras o hasta rastreras.

    Ello me trae a mente, una vez más, el caso de nuestra llamada “Autoridad Marítima” que visitó un día a los clubes náuticos para exigir que quienes conducían embarcaciones de placer tenían que tener licencia para dicho placer. Y, para obtener la licencia tenían que pasar un curso dictado en dos noches. La primera noche un iluminado funcionario se pasó un par de horas explicando las razones del hundimiento del Titanic. Ya ni recuerdo la “clase” de la segunda noche. Lo que sí recuerdo es que el “curso” costó $400.

    O el caso del gas especial para asesinar a las polillas y comejenes en los muebles, que no se vende sin receta y la receta cuesta $500.

    También están las licencias de los doctores, abogados y, en Panamá, hasta las estilistas; que, en el caso de los EE.UU. llegan a más de 1,000 clases de licencias. Como ya señalé, si le preguntas a 100 personas acerca de la razón del licenciamiento, no sería raro que el 99% las ignore. Por ejemplo, cuando pregunto por el propósito del cupo para taxis, la respuesta típica va más o menos así: “Es un ardid para la coima de cocotudos”.

    Pero más allá de todo lo señalado existe otra razón que subyace al licenciamiento, que es la fiscal, lo cual es deleznable; ya que las licencias jamás deben tener un cometido fiscal dado que ello contradice el propósito fundamental que supone el licenciamiento.

    Pero lo absurdo del licenciamiento no parece tener límites. Está el caso de Illinois en los EE.UU., en dónde los requerimientos para lograr una licencia de plomero maestro eran superiores a quienes aplicaban a una de cirujano. O en Oregón, en dónde se aumentaron de 1,500 horas de entrenamiento a 2,500 para obtener una licencia de cosmetología. Y así podemos seguir con más y más ejemplos que elevan la estupidez a grado de sublimemente inverosímil.

    Hay estudios que demuestran que la calidad y seguridad se ven mermadas por el licenciamiento prostituido. Luego, a causa de la elevación de los precios en servicios, los consumidores se ven forzados a buscar a personal no idóneo o se electrocutan intentando hacer de electricistas. Y, como siempre, a fin de cuentas, los más afectados son los menos pudientes.

    Es de suponer que la licencia es un instrumento de la seguridad y la calidad; lo cual, a su vez, supone que los ciudadanos no podemos cuidarnos por cuenta propia. Desafortunadamente poco recapacitamos en que se trata de un esfuerzo compartido o una delegación parcial y no total.

    Curiosamente, en la España histórica se requería licencia para tener y portar cuchillos. Y había que diferenciar entre un cuchillo de mantequilla, uno de carne o vegetales y uno diseñado para matar humanos. Supongo que igual podríamos exigir que todo boxeador profesional debía tener y portar licencia para deambular por las calles con sus puños.

    A ver qué hacemos en un futuro muy próximo cuando portemos anteojos capaces de disparar rayos invisibles… ¿necesitaremos licencia para andar con lentes?