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  • El precio de abrir esa puerta: control de tasa de interés en Panamá

    El precio de abrir esa puerta: control de tasa de interés en Panamá


    Hay ciertos errores de política económica que la historia ha repetido con pasmosa regularidad, y cuya única virtud es la de instruirnos, una y otra vez, sobre los límites del conocimiento burocrático frente a la inteligencia dispersa del mercado. La propuesta que circula en la Asamblea Nacional de Panamá para imponer topes a la tasa de interés bancaria —incluyendo préstamos hipotecarios, comerciales e industriales— es uno de esos errores. No es nueva ni tampoco es inocente. Y sus consecuencias son perfectamente predecibles.

    El superintendente de Bancos, Milton Ayón Wong, hizo bien en oponerse públicamente a la medida. Pero su resistencia, aunque valiosa, no debería necesitar apoyo institucional para sostenerse: debería bastar con leer a Friedrich Hayek, a Ludwig von Mises, o con revisar cuarenta años de experimentos fallidos en economías que creyeron poder fijar el precio del dinero por decreto.

    El precio del crédito no es un número arbitrario

    Milton Friedman enseñó, con la claridad que solo da quien comprende profundamente un fenómeno, que los precios son señales. No son instrumentos de explotación ni caprichos de la banca: son información condensada sobre riesgo, liquidez, tiempo y expectativas. La tasa de interés, específicamente, es el precio que equilibra la preferencia temporal del prestamista con la necesidad inmediata del prestatario. Es el mecanismo por el que el mercado descuenta el futuro.

    Cuando un legislador decide que ese precio es «demasiado alto» y lo recorta mediante una ley, no elimina el riesgo subyacente. Lo que hace es ocultarlo. El riesgo crediticio de un pequeño empresario informal, de una familia sin historial bancario, de un emprendedor sin garantías reales, no desaparece por el hecho de que el Estado prohíba cobrar por él una tasa de interés que lo refleje. Simplemente se convierte en un riesgo que ningún banco racional querrá asumir.

    Y entonces ese prestatario —el más vulnerable, el que más necesita acceso al crédito formal— queda fuera del sistema.

    El caso de Costa Rica: la evidencia que no debe ignorarse

    El propio Ayón Wong citó el precedente más cercano y más elocuente: Costa Rica. Cuando ese país impuso topes a las tasas, aproximadamente 300.000 personas quedaron excluidas del sistema bancario formal y recurrieron a prestamistas informales que cobraban entre el 10% y el 20% quincenal. No mensual: quincenal.

    Esto no es una anécdota curiosa. Es la demostración empírica exacta de lo que Hayek llamó «las consecuencias no queridas de las acciones humanas con propósito». El legislador quería proteger al deudor. Consiguió empujarlo hacia el usurero. Quería abaratar el crédito. Lo encareció de manera brutal para quienes más lo necesitaban. Quería incluir. Excluyó.

    Este es el patrón invariable de toda intervención de precios: los beneficios se concentran en quienes ya están dentro del sistema —quienes ya tienen historial, garantías, acceso— mientras los costos se desplazan hacia los más frágiles, que quedan fuera de la protección formal y caen en la informalidad depredadora.

    Von Mises y el problema del cálculo económico

    Pero el problema va aún más profundo. Ludwig von Mises, en su crítica al socialismo y a toda forma de planificación central, identificó el problema fundamental: ningún organismo regulador —por más sofisticado que sea— posee la información necesaria para fijar correctamente el precio de un bien. Y el dinero prestado es un bien como cualquier otro.

    La tasa de interés que emerge del mercado bancario panameño no es el resultado de una confabulación de banqueros reunidos en una sala oscura. Es el resultado de millones de transacciones, evaluaciones de riesgo individuales, decisiones de ahorradores, condiciones macroeconómicas, expectativas de inflación, calidad de las garantías y perfil de los deudores. Sintetiza información que ningún regulador puede recopilar, procesar ni interpretar con la velocidad y precisión que el mercado hace de manera descentralizada y continua.

    Fijar un tope es, en términos misianos, pretender sustituir ese proceso de descubrimiento por la opinión de un comité. Y la historia del siglo XX —desde los controles de alquileres en Nueva York hasta los precios máximos de gasolina en Venezuela— ha demostrado que esa sustitución produce, invariablemente, escasez del bien cuyo precio se intenta reducir artificialmente.

    La puerta que no debe abrirse

    Friedman solía advertir que la diferencia entre un error de política económica y una catástrofe es el tiempo. Los errores de política se corrigen. Las instituciones que se construyen alrededor de esos errores se perpetúan.

    El riesgo más grave de la propuesta panameña no es la regulación en sí misma, aunque sus efectos serán nocivos. El riesgo mayor es la lógica que abre. Porque si el Estado puede fijar el precio máximo de un crédito hipotecario, ¿por qué no del préstamo comercial? ¿Por qué no del crédito de consumo? ¿Por qué no del plazo de pago? ¿De las comisiones? ¿De las garantías exigibles?

    Hayek lo explicó con su concepto de la «pendiente resbaladiza» institucional: cada intervención crea distorsiones que parecen requerir nuevas intervenciones para corregirse. El control de precios genera escasez; la escasez genera racionamiento; el racionamiento genera corrupción y clientelismo en la asignación del crédito. Al final, el mercado financiero deja de ser un mercado y se convierte en un sistema de distribución política de recursos.

    Panamá tiene, precisamente, uno de los centros bancarios más sólidos y competitivos de América Latina. Esa solidez no es accidental: es el resultado de décadas de no hacer exactamente lo que ahora se propone. El sistema de dolarización, la ausencia de banco central emisor, la competencia entre entidades y la ortodoxia regulatoria han creado un entorno en que el crédito fluye con eficiencia notable. Destruir esa arquitectura institucional con una sola ley es perfectamente posible. Reconstruirla llevaría décadas.

    La justicia real está en la competencia, no en el decreto

    La preocupación que subyace a esta propuesta —que los ciudadanos de menores recursos pagan una tasa de interés desproporcionada— es legítima en su diagnóstico social, aunque errónea en su prescripción. La respuesta correcta al crédito caro no es prohibir que sea caro: es crear las condiciones para que más actores compitan por otorgarlo.

    Eso implica reducir los costos de entrada al sistema financiero, promover la banca digital y las fintech, fortalecer los buros de crédito para que el historial crediticio sustituya a las garantías físicas, y mejorar el marco de insolvencia para que prestar sea menos riesgoso. Todo ello bajaría la tasa de interés de manera orgánica y sostenible, sin excluir a nadie.

    Un decreto que fija el precio máximo del crédito no hace justicia a los deudores. Los abandona.


    Quien abra esta puerta no encontrará al otro lado la protección que promete. Encontrará al prestamista informal esperando, con tasas que ningún regulador tendrá poder de controlar. Y entonces, inevitablemente, alguien propondrá regular también eso.

    Y así sucesivamente, hasta que no quede mercado que regular.

    El diagrama sintetiza visualmente la cadena causal que Hayek denominó las consecuencias no queridas: la buena intención legislativa recorre un camino predecible hasta depositar al deudor más vulnerable precisamente en manos de quien la ley quería protegerle.

    El artículo está escrito desde la tradición de Friedman en su rigor empírico —el caso costarricense como evidencia—, de Hayek en el argumento institucional sobre el conocimiento disperso y la pendiente intervencionista, y de Mises en la crítica epistemológica al cálculo central. Los tres convergen en la misma conclusión: el precio del crédito no es una variable política, y tratarlo como tal destruye exactamente lo que se pretende construir.

  • Discurso de Mart Laar, Premiado sobre la Libertad en Estonia

    En Mayo de 2006, el ex primer ministro de Estonia, Mart Laar, recibió un premio nombrado en honor al hombre que le hizo creer que su país podía lograr la libertad económica: El Premio Milton Friedman por el Avance de la Libertad.

    Mart Laar fue seleccionado en reconocimiento a su trabajo visionario para liberar a Estonia de los vestigios del comunismo y demostrar al mundo que un gobierno limitado y el libre comercio son las claves para la prosperidad. Durante su mandato como Primer Ministro, Mart Laar ayudó a su país a lograr un crecimiento económico récord mediante la instauración de un impuesto único y bajo (Flat Tax), la abolición de aranceles para fomentar el comercio internacional y la privatización del 90 por ciento de las industrias dirigidas por el gobierno. La dedicación de Mart Laar al progreso y la libertad económica permitió que el antiguo estado comunista se convierta en una de las economías más dinámicas del mundo, ubicándose entre los 10 países principales en el índice de Libertad Económica del Mundo de ese año.

    Mart Laar no es economista, pero entendió que su país necesitaría reformas drásticas para superar la crisis financiera post-soviética. Se basó en el libro de Milton Friedman, ‘Libre para elegir’. Las recomendaciones de Friedman sobre la privatización de las industrias gubernamentales, un impuesto único y bajo y la abolición de aranceles para fomentar el comercio internacional impresionaron a Mart Laar sobre cómo  se podía impulsar la economía de su país de una forma simple y práctica.

    Al recibir el premio, éste fue su discurso: «Queridos amigos, damas y caballeros, es un gran honor para mí aceptar el Premio Milton Friedman. Este premio no es solo para mí; también es un premio para todas las personas que hicieron posible el milagro estonio. Cuando quieres cambiar tu país, no puedes hacerlo solo, ni siquiera con la ayuda solo de tu gobierno. Solo las personas de un país pueden hacer posible un cambio real. La tarea del gobierno es empoderar a estas personas, confiar en ellas, darles la libertad para tomar sus decisiones y hacer que los milagros sucedan.

    Crecí en una sociedad donde no había libertad. En las sociedades libres, es difícil entender lo que realmente significa la libertad. Solo puedes entender lo que es la libertad cuando la has perdido. Y cuando vives en una sociedad donde la libertad no existe, solo entonces puedes saber cuán valiosa es.

    ‘Libre para elegir’ de Milton Friedman ya no es el único libro de economía que he leído, pero fue el primero que leí. Los libros marxistas sobre economía no cuentan realmente, porque todos están equivocados. Ronald Reagan una vez dijo, cuando le preguntaron la diferencia entre marxistas y antimarxistas, dijo que los marxistas son aquellos que han leído los libros de Karl Marx y los antimarxistas son aquellos que lo han entendido. Cuando has vivido en una sociedad comunista, no es difícil entender cuán equivocadas eran esas teorías.

    Estonia recibió muchos consejos de otras naciones sobre cómo trabajar el camino hacia la libertad. Muchos países occidentales, incluidos los Estados Unidos, nos dieron consejos que apoyaban un Estado grande, un gobierno grande, grandes gastos, impuestos altos e impuestos progresivos. Y en este contexto, debo decir que fue muy útil, una vez más, recordar la época soviética. Porque la primera vez que escuché el nombre de Milton Friedman fue en plena época soviética, cuando leía en los periódicos o en boletines de propaganda sobre un economista occidental muy malo y peligroso llamado Milton Friedman. En ese momento, no sabía nada sobre las ideas de Friedman, pero estaba bastante seguro de que si eran tan peligrosas para los comunistas, él debía ser un buen hombre.

    Todavía recuerdo cuando vi por primera vez una traducción al estonio del famoso libro de Friedman. Recuerdo mirar el título, ‘Libre para elegir’, y pensar que las palabras ‘libre’ y ‘elegir’ eran absolutamente inimaginables para los comunistas.

    Cuando leí el libro, las ideas me parecieron muy lógicas. En ese momento, realmente no sabía que no muchos países habían implementado esas ideas. Friedman enfatizó que las mejores formas de fomentar el progreso económico eran un impuesto único y bajo y abrir la economía para el libre comercio. Pero lo que más me impresionó en su escritura fue su confianza en la libertad y en las personas. Era muy claro que solo al quitarle poder al gobierno y empoderar a las personas, un país puede lograr algo realmente. Porque el gobierno no está creando milagros; las personas lo están haciendo. La única tarea del gobierno es darles la oportunidad de tener éxito.

    Pensar en economía en términos de logros humanos fue una idea que llevé conmigo durante el proceso de reforma en mi país. Por supuesto, cuando comencé a introducir reformas, me encontré con muchos expertos occidentales que decían que estaba absolutamente loco porque nadie había introducido ninguna de las ideas de Milton Friedman. Muchos de ellos me dijeron que Milton Friedman era un economista muy derechista y poco serio que no sabía nada sobre teorías económicas reales.

    Tuve algunas dudas cuando estos expertos económicos muy bien parecidos y muy bien educados desacreditaron a Friedman. Afortunadamente, entonces solo tenía 32 años, y a esa edad, no confías en los expertos mayores y más inteligentes que te dicen que lo que quieres no se puede lograr. Para mí, Milton Friedman parecía un hombre muy bueno, especialmente cuando recordaba cuánto lo odiaban los comunistas. Y encontré el coraje para presionar por lo que creía que llevaría a mi país hacia la libertad.

    Estas ideas han tenido un gran éxito. Realmente hemos empoderado a las personas en Estonia. Los hemos liberado para tomar decisiones que ayuden a avanzar al país. Los resultados son asombrosos. Cuando miras a Estonia ahora, es difícil recordar claramente cómo era en 1992. El gobierno no es responsable de ese cambio; lo son las personas. El papel del gobierno es darles a las personas la oportunidad al abrir la economía y al crear un sistema de impuestos que no castigue a las personas que trabajan más y ganan más dinero, sino que las anime a hacer algo con sus vidas. Una buena política gubernamental puede darles a las personas la oportunidad de crear algo, ser innovadoras, mirar hacia el futuro, soñar y hacer realidad esos sueños. Creo que de eso se trata la libertad.

    El último Premio Milton Friedman fue otorgado al brillante economista Hernando De Soto, quien argumentó de manera tan persuasiva en contra de la confiscación de propiedades defendida por Karl Marx en el Manifiesto Comunista. Estoy muy orgulloso de recibir este premio por argumentar en contra de otra tesis de Karl Marx, el impuesto progresivo sobre la renta. Un sistema de impuestos de este tipo va en contra de lo que significa realmente la libertad. Realmente apoyo y animo a todos a apoyar la idea de tener una revolución fiscal como la que tuvimos en Estonia, no solo en Europa Central y Oriental, donde creo que durante los próximos cinco años todos los países adoptarán el impuesto único sobre la renta, sino también llevar esto a otras partes de la civilización occidental. Si no lo hacemos, la libertad no tendrá éxito.

    La tributación progresiva fue central en la visión del mundo de Karl Marx. Lamento mucho ver que en el mundo occidental el pensamiento marxista sigue siendo tan popular. El comunismo no está muerto en Occidente. Cuando camino por las calles de Nueva York, veo camisetas con imágenes de Che Guevara, Mao Zedong y Lenin, los mayores asesinos del siglo XX. Realmente no lo entiendo. ¿Es este un país libre? ¿El comunismo realmente está muerto?

    Todavía hay países en el mundo donde el comunismo florece, y no estamos haciendo lo suficiente para hablar sobre lo que realmente significa el comunismo y lo que los comunistas a lo largo de la historia han hecho en nombre de su ideología. China, incluso con sus modestas reformas económicas, todavía es una dictadura donde la palabra ‘democracia’ está prohibida, y no hablamos lo suficiente sobre eso. Creo que una razón por la que seguimos viendo dictaduras populistas en América del Sur es que aún no hemos tomado una postura para declarar que el comunismo es tan malo como el nazismo o cualquiera de las otras ideologías verdaderamente malvadas del siglo XX. Hemos subestimado el poder de estas ideas malvadas.

    El presidente Ronald Reagan fue ampliamente criticado en todo el mundo occidental cuando llamó al comunismo un ‘imperio malvado’. Pero recuerdo mis propios sentimientos cuando lo escuché decir esas palabras; él fue el primer político que escuché que no tenía miedo de decir la verdad. Todos debemos ser lo suficientemente valientes para decir la verdad.

    Realmente felicito al Instituto Cato por el trabajo que están haciendo en todo el mundo para ofrecer la verdad sobre la libertad y sobre la libertad. Quiero ver que esta tarea tan difícil de difundir la libertad en todo el mundo progrese. Sin libertad, nuestras vidas están vacías y no tienen sentido. La libertad es lo que nos da las herramientas para lograr. La libertad es lo que eleva nuestros espíritus. Y en este contexto, solo puedo agradecer una vez más a Milton Friedman, al Instituto Cato y a todos ustedes que han apoyado esta idea en todo el mundo. Cuando todos avanzamos juntos en esta dirección, podemos hacer del mundo un lugar mejor.»

    Este artículo apareció originalmente en la edición de julio/agosto de 2006 del Informe de Política de Cato.

  • El Premio Nobel a Ben Bernanke es otro galardón a Milton Friedman

    Este 10 de octubre la Academia Sueca otorgó el premio Nóbel de economía 2022 a Ben S. Bernanke, Douglas W. Diamond y Philip H. Dybvig.

    En esta nota queremos hacer una evaluación de las contribuciones de Bernanke a la teoría de las crisis financieras y a su gestión para atender la crisis subprime de 2008.

    Lo cierto es que Bernanke se ha declarado en más de una oportunidad, como un alumno de Milton Friedman y Anna Schwartz en lo que refiere a su estudio de la gran depresión. En su libro Historia monetaria de los Estados Unidos, ambos autores explicaron que el error de la Reserva Federal estuvo en no evitar la contracción secundaria de dinero del período 1929-1933 provocando la pérdida de más de 10.000 bancos, la pérdida de actividad económica y la generación de un alto desempleo.

    En términos técnicos, o de la teoría cuantitativa del dinero (MV= Py), se trata de una contracción en el ingreso nominal MV, o más precisamente la caída en la Velocidad de circulación del dinero (V), lo que se corresponde con un aumento de la demanda de dinero (Md).

    En términos más coloquiales, una vez que inicia la crisis, las personas tienen incertidumbre y temores que los lleva a incrementar su demanda de dinero, su atesoramiento, a partir del cual reducen sus gastos e inversiones.

    Friedman y Schwartz recomendaban entonces, que en este caso particular, la autoridad monetaria debía incrementar la masa monetaria (M) en la misma proporción que bajaba V, para así evitar la deflación de precios, y con ello la caída de actividad y empleo.

    La medida, para este caso particular, tuvo un consenso amplio en la Academia, y fue Bernanke, en representación de la Fed, quien afirmó en 2002 que de ocurrir un escenario similar la autoridad monetaria no cometería el mismo error.

    En 2008, cuando Bernanke ya estaba al frente de la Fed, tomó aquellas lecciones de Friedman y Schwartz y aplicó una política de fuerte liquidez para contrarrestar el incremento en la demanda de dinero, consiguiendo así reducir el desequilibrio monetario que de otro modo hubiera repetido el temido escenario de los años 1930.

    Para una parte de la literatura que evaluó la crisis de 2008, Bernanke incluso fue más lejos, y con sus políticas oportunas de rescate de empresas y bancos “que eran demasiado grandes para caer”, evitó que el sistema financiero cayera como un efecto dominó, lo que en definitiva salvó también a la economía real.

    Pero hay otra parte de la literatura que señala que la intervención no fue benigna, que en lugar de políticas de redescuento la intervención debió aplicar operaciones de mercado abierto, y que los salvatajes a las empresas nos dejan con un “riesgo moral” que evita que aprendamos de nuestros errores. Más importante aún, la expansión de liquidez que inició en 2008 nos dejaba con una economía recuperada ya desde 2011, pero aun con tasas de interés cercanas a 0 % en el período 2008 a 2016, la economía americana no parecía reaccionar.

    En 2016 la Fed intentó subir las tasas de interés pero rápidamente observó que la economía americana era un castillo de naipes, con riesgo de recesión. Decidieron dar un paso atrás en esta medida, y más bien esperar que la recuperación fuera más vigorosa, y que la economía empezara a crecer. Las tasas de interés cercanas a 0 % no pudieron lograr en el período 2016-2020 que la economía rebotara, lo que habría escenarios similares a la economía japonesa, que tiene dificultades de crecimiento desde principios de los años 1990.

    Mi hipótesis es que la pandemia vino a tapar estos desequilibrios monetarios con una fuerte recesión, que dejó a la economía en un nuevo escenario similar al de 1930. Ya sin Bernanke, pero con el mismo manual, ante el temor y la incertidumbre que generó el covid-19, la Fed volvió a contrarrestar la caída de V con aumentos “nunca vistos” de M.

    La economía se recuperó sobre la base de estos estímulos, sumado a la flexibilización de las restricciones por cuarentenas, pero deja para adelante un nuevo escenario desafiante, en el que ni el propio Bernanke tiene claro cómo atender. La discusión hoy no incluye la expansión monetaria de 2008-2020, que fue muy extensa en tiempo, y muy profunda en cantidad de dinero. Por ello insisto que los efectos de la política de Bernanke quedaron ocultos en la pandemia. Hoy lo que abre una nueva literatura es la política de 2020-2021, pues ha dejado pequeño al ciclo anterior.

    La contracción monetaria que inició en la post pandemia intenta paliar los efectos inflacionarios que ya son visibles en todos los indicadores, pero si bien es posible que tenga éxito en ese cometido, también puede dejarnos con una nueva gran recesión similar a aquellas de 1987, 2001, 2008, 2020.

    En términos del economista argentino Guillermo Calvo estamos ante un nuevo Sudden Stop que provocará una nueva gran recesión. En términos de Ludwig von Mises y Friedrich Hayek estamos ante las viejas lecciones de la teoría austriaca del ciclo económico.

    Es una pena que en este premio la Academia Sueca no haya incluido a los economistas Lawrence H. White y George Selgin, como expertos modernos en esta literatura, quienes podrían contribuir a evitar que el mundo siga siendo convulsionado con malas políticas monetarias.

    El autor, Adrián Ravier,  es Doctor en Economía Aplicada por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid y Director de la Maestría en Economía y Ciencias Políticas en ESEADE. 

    Este artículo fue publicado originalmente en Punto de Vista Económico el 11 de octubre de 2022.