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  • Educación estatal, la vaca sagrada de nuestro tiempo

    No resulta posible enseñar libertad sobre la base de la compulsión. Entonces no solo no tienen sentido los llamados ministerios de educación y de cultura, sino que la educación estatal resulta un contrasentido igual que literatura estatal, periodismo estatal, arte estatal y demás dislates. Y no digo «educación pública» puesto que se trata de un disfraz ya que la educación privada es también para el público.

    Hay justificadas quejas por la politización y el consiguiente adoctrinamiento en instituciones de enseñanza y, sin embargo, se acepta que los aparatos estatales impongan criterios curriculares en esos centros, sean estatales o privados, que en este último caso están privados de independencia.

    La característica medular de la educación estriba en un proceso de prueba y error en un contexto evolutivo. Nadie debiera tener la facultad de imponer estructuras curriculares puesto que de ese modo se cierran las puertas y ventanas de un sistema que requiere el máximo oxígeno en un proceso competitivo en el que se establecen auditorías cruzadas para lograr los mayores niveles de excelencia. Uno de los pilares de cualquier educación que se precie de tal consiste en fomentar el pensamiento independiente y en la capacidad de cuestionar el statu quo y despejar telarañas mentales, lo cual pretendemos hacer en esta nota periodística. Los aparatos de la fuerza debieran ser ajenos a la educación. No resulta posible enseñar libertad sobre la base de la compulsión.

    Entonces no solo no tienen sentido los llamados ministerios de educación y de cultura, sino que la educación estatal resulta un contrasentido igual que literatura estatal, periodismo estatal, arte estatal y demás dislates. Y no digo «educación pública» puesto que se trata de un disfraz ya que la educación privada es también para el público.

    No se trata de sostener en modo alguno que en las instituciones estatales no hay excelentes profesores y profesoras. Por otra parte, no sería consistente con mi propia trayectoria fuera de ámbitos universitarios privados si pensara que toda la enseñanza estatal es deficiente ya que también me he desempeñado en universidades estatales. No se trata de refutar el hecho de lo mucho y bueno aprendido en entidades gubernamentales de enseñanza merced a las esforzadas y meritorias tareas de maestras y maestros. Salvando las distancias, tampoco es el caso de discutir en nuestro medio la faena formidable de Sarmiento en un territorio virgen, aun con las críticas por haber desplazado la enseñanza privada debido a la «gratuidad» de su propuesta (recordemos al pasar que nada es gratis).

    A esta altura de los acontecimientos, se trata de revisar el fondo del asunto y no para circunscribirlo al caso argentino, sino para formular un análisis global que cabe a todas las instituciones estatales de educación en todas las latitudes. No es un asunto de mala voluntad, sino de independencia y de incentivos puesto que no es lo mismo cuando uno paga las cuentas que cuando fuerza a otros a pagarlas.

    Las acreditaciones, en los casos en que se requieren, serían realizadas, tal como sucedía originalmente, a través de academias e instituciones privadas que, en el proceso, además, sirven también de auditorías cruzadas y en competencia por la calidad de los programas.

    Por otra parte, es menester contemplar las características únicas de cada uno de los que aplican para la educación formal, que incluso lo son de un modo multidimensional en la misma persona, por lo que se requiere un proceso dinámico y cambiante.

    Debe comprenderse que todos pagamos impuestos, especialmente los más pobres, que pueden no haber visto nunca un formulario fiscal. Esto es así porque aquellos que son contribuyentes de jure reducen sus inversiones, lo cual, a su turno, disminuye salarios e ingresos en términos reales, una secuencia que tiene lugar debido a que las tasas de capitalización constituyen la única explicación por la que se eleva el nivel de vida.

    Más aún, si tomamos en cuenta el concepto de utilidad marginal resulta claro que una unidad monetaria –a pesar de que no son posibles las comparaciones intersubjetivas de utilidad ni tampoco pueden referirse a números cardinales– en general no es lo mismo para una persona pobre que para una persona rica. En el primer caso, manteniendo los demás factores constantes, el efecto negativo del tributo será mayor, lo cual hace que el impacto impositivo recaiga en definitiva con mayor peso en los más pobres como consecuencia de la antedicha contracción en las inversiones.

    Desde otra perspectiva, los costos por estudiante en las entidades estatales de educación son habitualmente más elevados que en instituciones privadas, por la misma razón que opera «la tragedia de los comunes» en cuanto a incentivos que hacen que las mal llamadas «empresas estatales» sean ineficientes. Por ende, debieran venderse las instituciones estatales de enseñanza, por ejemplo, a los mismos encargados de los respectivos claustros con todas las facilidades del caso. Y en la transición, para financiar a los que no cuentan con ingresos suficientes, pero tienen condiciones para aplicar a las ofertas educativas existentes, se ha sugerido el sistema de vouchers en repetidas ocasiones. Este sistema exhibe un non sequitr: esto significa que de la premisa de que otras personas debieran ser forzadas a financiar la educación de terceros no se sigue que deban existir instituciones estatales de educación, ya que el voucher (subsidios a la demanda) permite que el candidato en cuestión elija la entidad privada que prefiera.

    Se ha dicho repetidamente que la educación es un bien público, pero esta afirmación no resiste un análisis técnico ya que no calza en los principios de no rivalidad y no exclusión propios de los bienes públicos.

    También se ha dicho una y otra vez que la educación estatal debe incorporarse porque le da sustento a la idea de la «igualdad de oportunidades». Esta figura, prima facie parece atractiva pero es del todo incompatible y mutuamente excluyente con la igualdad ante la ley. El liberalismo y la sociedad abierta promueven que la gente disponga de mayores oportunidades, no iguales, debido a que las personas son distintas. La igualdad es ante la ley, no mediante ella.

    Se argumenta que los niños debieran contar con un minimum de enseñanza tal como el aprendizaje de la lectura y la escritura, pero si los padres de familia consideran que eso es importante, es eso a lo que se le otorgará prioridad tal como ha ocurrido a través de la historia por medio de pagos directos o por medio de becas. Es muy cierto que la educación es fundamental, pero más importante aún es el estar bien alimentado y ninguna persona de sentido común, a esta altura, propondrá que la producción de alimentos esté en manos del Estado, porque la hambruna es segura.

    Si prestamos atención a los escritos de historiadores, comprobaremos que, comenzando con Atenas, la Roma de la República antes del Imperio, el mundo árabe en España y en el comienzo de las colonias estadounidenses no había interferencia estatal en materia educativa. Cualquiera podía instalar un colegio y competir para atraer alumnos a muy diferentes precios y condiciones, lo cual produjo como resultado la mejor educación del mundo de entonces. Debido a que el control gubernamental poco a poco se fue apropiando de la educación, desde el siglo XVII se instaló el primer sistema estatal en Alemania y en Francia. Ya en el siglo XVIII la mayor parte de Europa estuvo bajo la influencia de este sistema (excepto Bélgica, que lo impuso en 1920).

    Por último, destaco que, en una sociedad abierta, cuando se estima que padres lesionan derechos de sus hijos sea en materia educativa, alimentaria o física, quienes detectan esas conductas pueden actuar como subrogantes ante la Justicia.

  • Mirar con atención: ¿optimismo o pesimismo?

    Este tema del optimismo y el pesimismo requiere análisis más cuidadoso. El apresuramiento nunca conduce a buen puerto. Partamos de la premisa que la crítica es lo que empuja las cosas a mejorar, mientras que el aplauso a rajatabla conduce al estancamiento.

    Seguramente los de nuestra generación no somos originales si decimos que el mundo está complicado. Antes que nosotros hubieron otros problemas, algunos de los cuales más graves que los actuales lo cual no nos consuela pues debemos resolver lo que nos toca.

    Observamos con alarma lo que viene ocurriendo en el otrora baluarte del mundo libre: Estados Unidos. De un tiempo a esta parte es grande la decadencia respecto a los valores y principios establecidos por los Padres Fundadores. En lo personal escribí un libro sobre el tema titulado Estados Unidos contra Estados Unidos donde abarcó muy diversas facetas culturales, institucionales, económicas y de relaciones exteriores que muestran un marcado declive. Es cierto que hay entidades extraordinarias que trabajan denodadamente para revertir el problema, pero por el momento no resulta suficiente. La anterior administración elevó el gasto público, el déficit y la deuda a niveles muy preocupantes pero luego objetó el recuento electoral por resultar perdidoso a pesar de que los cincuenta estados ratificaron su derrota en las urnas y también lo hicieron sesenta y un jueces federales y locales junto al propio vicepresidente de esa misma gestión. Luego asumió otro gobierno de otro partido que se ha propuesto empeorar aquellos tres indicadores clave.

    Por su parte, en nuestra región el estatismo ha llegado a límites insoportables en la isla-cárcel cubana y le siguen los imitadores venezolanos, los nicaragüenses y ahora los peruanos. Los argentinos abrimos esperanzas a raíz de dos derrotas electorales consecutivas del chavismo autóctono, aunque los problemas que se avecinan no son menores. En el continente europeo y en Inglaterra resurge el nacionalismo xenófobo con algunas pocas reacciones saludables en tierras españolas. Tenemos un Papa peronista y arrebatos autoritarios aquí y allá en zonas orientales junto a un megalómano de proporciones inauditas en Corea del Norte y otros de similares características en Rusia y China.

    Pero al mismo tiempo consignamos reacciones bien inspiradas debido a personas e instituciones que se preocupan y ocupan de contrarrestar los atropellos del Leviatán. Todo esto es para ser optimista, sin embargo, los otros datos comentados mueven el fiel de la balanza peligrosamente hacia territorios oscuros. Debemos meditar cuidadosamente esta encrucijada, una meditación que habitualmente no cuenta con muchos adeptos puesto que como escribió Antonio Machado “de cada diez cabezas nueve embisten y una piensa.”

    Frente a justificadas críticas por mucho de lo que ocurre en nuestro mundo, hay quienes reprochan a los críticos manteniendo que hay que ser optimista y ver el lado bueno de las cosas. Continúan diciendo que el color con que se mira la vida depende de cómo se percibe la realidad, lo cual ilustran con el vapuleado ejemplo del vaso con líquido hasta la mitad: unos lo verán medio vacío y otros medio lleno. Esto último dicen es lo que le da sal a la vida, lo contrario es puro derrotismo inconducente.

    Ahora bien, este tema del optimismo y el pesimismo requiere análisis más cuidadoso. El apresuramiento nunca conduce a buen puerto. Partamos de la premisa que la crítica es lo que empuja las cosas a mejorar, mientras que el aplauso a rajatabla conduce al estancamiento. Como la perfección no está al alcance de los mortales, todo es susceptible de criticarse lo cual revela estados de inconformidad y pretensión de alcanzar metas más elevadas.

    Un paso más en esta indagación, actividad detectivesca o arqueología interior nos muestra que quien es pesimista respecto al presente es porque piensa que se pueden lograr objetivos mejores, situación que en verdad lo convierte en un optimista respecto del futuro. En cambio, el optimista respecto al presente de hecho estima que no pueden obtenerse marcas mejores, apreciación que lo convierte en un pesimista respecto del futuro. En otros términos, el conformista se oculta tras una pantalla de optimismo pero es pesimista por naturaleza, mientras que el crítico del presente tiene esperanzas en lograr un horizonte más promisorio.

    Y este no es un mero juego de palabras, encierra una profunda visión filosófica de la vida. Junto con muchos otros he insistido que quien se siente completo en su vida tiene una mirada liliputense de sí mismo. La verdadera visión optimista (que comparte la raíz de óptimo) apunta más allá de lo logrado, es crítico y autocrítico. Ve la vida como una aventura y un desafío para mejorar. No se estanca y se “sienta sobre sus (supuestos) laureles”. Esto transmite entusiasmo y alegría al contrario del optimista a ultranza que en realidad tiene una visión lúgubre de la vida por más que dibuje una perpetua sonrisa en su rostro y se ría como la hiena.

    El pesimista del presente pretende más de la vida, tiene expectativas más altas y por eso es un optimista del futuro. En cambio, el optimista de cuanto ocurre en el presente al renunciar al espíritu crítico está renunciando a la condición humana. Solo es posible progresar si se está disconforme con el presente. En otra oportunidad, en este contexto, lo he citado a Miguel de Unamuno quien escribe que permanentemente lo llaman “pesimista, cosa que, por otra parte, no me tiene en gran cuidado. Sé todo lo que en el mundo del espíritu se ha hecho por eso que los simples y los sencillos llaman pesimismo”.

    Los que no son capaces de ver un futuro mejor y se acomodan a lo que ocurre con optimismo se quedaron sin proyectos, están anquilosados y padecen un espíritu anciano, aquél estado que André Maurois definía como “la sensación que es demasiado tarde”.

    Este es el sentido por el que Octavio Paz insistía que “Si los intelectuales latinoamericanos desean realmente contribuir a la transformación política y social de nuestros pueblos, deberían ejercer la crítica”. Este es el sentido por el que los autores de todas las grandes obras imprimen un sello crítico al statu quo, es porque llevan en el alma la ambición irrefrenable del mejoramiento y con sus contribuciones corren el eje del debate hacia posiciones más elevadas, como lo destacan con especial vehemencia Longfellow, Andre Gide, Jonathan Swift, Erik von Kuehnelt-Leddihin, Albert Camus y tantos otros escritores de gran calado.

    Esto ocurre en todas las manifestaciones del arte, recuerdo la formidable producción cinematográfica El niño con el traje a rayas, relato que me conmovió profundamente. Ese pequeño -hijo de uno de los criminales nazis del ejército de Hitler- ofrece un magnífico ejemplo de cordura al acercarse por el lado de afuera del alambrado a otro compinche de su edad que estaba encerrado en uno de los campos de concentración y clandestinamente al trasponer los feroces alambres para encontrarse con su amiguito con el que muere en una de las tantas cámaras de gas (resulta impresionante la toma de un primer plano de las manos entrelazadas de los dos chiquitos en camino a la muerte). En aquellos momentos trágicos para la humanidad, el revivir escenas escabrosas como las mencionadas, con todo el dolor y el espanto del caso, nos trasmiten una visión optimista en el sentido de que condenas sin reservas de esas montruosidades vividas constituyen un signo alentador y hacen que las víctimas no hayan sido exterminadas inútilmente, precisamente debido a la profunda crítica que el rodaje genera en toda mente con un mínimo de razonabilidad. Y el régimen nazi terminó merced al pesimismo que mostraron opositores respecto al horrible presente de aquellos momentos.

    Es que no vamos a ninguna parte con los tilingos que todo les parece bien y son siempre optimistas de lo que ocurre, y si vamos a alguna parte es al cadalso. Son los que dicen que “no hay que juzgar” sin percibir que eso es también un juicio como lo es todo lo que hacemos o decimos cotidianamente. Los que ejercen el espíritu crítico y luchan diariamente por mayores dosis de libertad y respeto recíproco en última instancia son por naturaleza, como queda dicho, optimistas respecto a las potencialidades del hombre. En cambio, los optimistas de cuanto tiene lugar, operan con una muy escasa y estrecha expectativa de lo que puede y debe hacer el hombre, cuentan con un plafón que no supera la altura de sus cuerpos, son incapaces de mirar al cielo, deambulan por los zócalos de la vida, si fuera por ellos aún rugiríamos en las cavernas.

    Nada peor que aquellos irresponsables que recostados en sus poltronas repiten que no hay que preocuparse puesto que “ya vendrá la parte buena del ciclo de la historia” sin percatarse que nunca llegará esa faz si no hacemos algo por explicar y difundir los valores del respeto recíproco. Las cosas no suceden automáticamente en las relaciones sociales, no hay tal cosa como el determinismo histórico, como bien apunta Paul Johnson: “Una de las lecciones de la historia que uno debe aprender, a pesar de que resulta desagradable, es que ninguna civilización puede darse por sentada. Su permanencia nunca puede asumirse; siempre hay una edad oscura acechando a la vuelta de cada esquina”.

  • El cuco del cambio climático

    “Cuco” o, ser muy cuco se refiere al comportamiento audaz y astuto de quienes buscan obtener ventaja ladina a costillas del prójimo. También está el ave “cuco” que pone sus huevos en nido ajeno para que otras aves les críen a sus pichones; algo así como tantos hoy día que favorecen el confisca-parte y reparte o que alegremente mandan a sus hijos a las mazmorras de NODUCA para que, tal vez, los eduquen. Así, los politicastros de este mundo usan el cuco del cambio climático para adelantar políticas que no podrían adelantar si no es a través del engaño.

    ¡Por supuesto! que hay cambio climático, siempre lo hubo, ya que el cambio es la constante universal. El truco del cuco está en causar alarma y hasta miedo o pánico, para lograr respaldo a sus desvariadas políticas centralistas. Pero, si lo que quieren decir es que el cambio climático es androgénico; es decir, causado por la contaminación que producimos los humanos, pues digan eso y entonces podemos entrar a considerar y discutir el asunto por dónde corresponde.

    Se vuelve obvia la intención ladina, esa que busca crear terror para arrear al ganado a sus corrales, cuando quienes suponen ser “autoridades” hablan con lenguas bifurcadas. En el planeta siempre han existido toda clase de eventos catastróficos; tales como pandemias más letales que el COVID, eventos de verdadero terrorismo, las armas nucleares, guerras, armas biológicas, volcanes, impactos estelares, plagas agrícolas, etc.

    La película “The Sum of all Fears” con Ben Affleck y Morgan Freeman giró en torno al caso del robo de una bomba atómica que fue activada en una ciudad. La posibilidad eruptiva de un mega volcán, tal como el de Yellowstone, es posible; tal como ocurrió en 1790 con el volcán islándico que acabó con la mayor parte de la población de esa isla; y que luego causó tal oscuridad sobre Europa lo cual produjo graves daños a la agricultura. Una explosión de Yellowstone podría causar una hambruna mundial.

    Si embargo, poco nos hablan nuestras supuestas autoridades de peligros reales que se están potenciando a causa de sus atroces políticas y corrupción. El que Panamá tenga la deuda más alta de la región debía producir pánico; pero la ignorancia es éxtasis. Y ¡por supuesto! que casi toda la población ignora si esos gastos o, mal llamadas “inversiones”, fueron productivas. Ya pronto veremos los terribles efectos de los encierros covidosos impuesto a los panameños, supuestamente para paliar la plaga.

    Despertemos y no nos dejemos embobar por pérfidos politicastros que venden engaños. El político de hoy que nos habla de cambio climático es un cuco que, en vez de enfocarse y enfocarnos hacia los problemas de la deforestación, o la basura, que bien se podría resolver, está dando claras evidencias de ser cuco y no estadista.

  • La ciencia y los abusos que se cometen en su nombre

    Sería imposible recontar todos los abusos que se han cometido y siguen cometiendo en nombre de la ciencia. Hoy día, que los descubrimientos tecnológicos y científicos se disparan, el abuso y mal uso de lo “científico” igualmente se dispara, particularmente de parte de quienes no teniendo la razón y desesperadamente se valen del engaño para imponer sus proyectos y tal. Me refiero en particular a las tendencias totalitarias típicas del socio-comunismo. Y si algo lo saca a relucir esta realidad, son eslogans como “ya es ciencia establecida” y “debemos creer en la ciencia”; y el problemita con ello es que hay variedad de ciencias, entre ellas las ocultas.

    Decir que algo es contrario a la ciencia es contrario a la ciencia; dado que el método científico está basado en la constante revisión de sus procesos y hallazgos, los cuales nunca son finales. Por otro lado, la ciencia es eminentemente empírica; lo cual quiere decir que se basa sobre las observaciones o experiencias y no la teoría o imaginación; pero, jamás en la política.  El proceso científico es eminentemente histórico, es decir, que no se basa en lo que aún no se ha visto o no ha ocurrido. Decir entonces que un  nuevo tratamiento médico contra el cáncer o tal, que no ha superado los rigores de un auténtico proceso científico es “ciencia establecida” no es ciencia sino politiquería de la peor clase; lo cual, en mi caso toma un significado muy especial, ya que la quimio que se le dio a mi esposa para evitar la reincidencia de su cáncer mamario le afectó el corazón y ya no está con nosotros.

    El futuro es desconocido y siempre existirá la posibilidad de que lo que antes creímos ser cierto, en un futuro resultará falso o no tan cierto. En su momento, los fabricantes de cigarrillos dijeron que los mismos eran saludables. En fin, usar la ciencia para vender productos económicos o políticos es deleznable. La ciencia no es moralidad; y, dictar encierros y otras medidas contrarias a nuestro albedrío es lo inmoral. Luego, si los encierros producen pobreza y los tratamientos médicos muertes, seguro que los politicastros y sus Fauci no saldrán a asumir culpas.

    Los hallazgos científicos se valen de interpretaciones subjetivas. Yo, que he sido investigador de accidentes de aviación, sé por entrenamiento y experiencia que gran parte de lo que hacía se basaba en hipótesis, experiencia y mis interpretaciones. Por algo, la mayoría de los informes de accidentes hablan de “causa o causas probables”. Por otro lado, si casas la ciencia con la política, tienes una receta para desastres; particularmente tratándose.

    Peor, aún, es que los estatistas se hayan entronado en puestos de control y mando y no tienen escrúpulos en usar los instrumentos de la mentira para adelantar sus agendas políticas. Muchos de estos lo que pretenden es reemplazar a Dios con el estado y así controlar al rebaño para llevarlo al matadero. Todo ello se vuelve más que aparente cuando vemos personas manejando un auto sin pasajeros con los vidrios cerrados, mientras van enmascarados y con vísceras. Y, si estás cerca cuando abren la puerta, el auto huele a borracho. Ya los del tránsito no saben distinguir entre embebidos y alcoholizados. El terrorismo estatal ha sido muy exitoso.

    En fin, no hay peor gobierno que aquel que en nombre de la ciencia practica intervencionismo; o peor, terrorismo. Cuando un pueblo pierde su capacidad de criterio propio, está condenada. Y, si la ciencia propone que sus conclusiones no pueden ser cuestionadas, entonces deja de ser ciencia y se convierte en una profana religión.