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  • Estrecho de Ormuz: la prueba geopolítica de Trump

    Estrecho de Ormuz: la prueba geopolítica de Trump

    A 16 de marzo de 2026, la novedad central no es solo que el Estrecho de Ormuz siga severamente perturbado, sino que la guerra entre Israel, con apoyo militar de EE. UU. bajo Trump, e Irán ha abierto una crisis de hegemonía: Washington puede golpear, pero no logra ordenar una coalición amplia para estabilizar el teatro ni restaurar plenamente la libertad de navegación. Reuters, AP y otros medios coinciden en tres hechos: Irán ha reducido de forma drástica el tráfico por Ormuz; Trump ha pedido ayuda a aliados y socios para reabrirlo; y la respuesta internacional ha sido fría, cautelosa o directamente negativa.

    Lo más importante para entender la crisis del Estrecho de Ormuz hoy es que no está “herméticamente” cerrado en términos absolutos, pero sí funciona como un chokepoint bajo coerción iraní. Hay paso selectivo y altamente riesgoso: un petrolero pakistaní logró cruzar, e India e Irán negocian tránsito seguro para algunos buques, mientras Washington admite que por ahora tolera el paso de ciertos barcos iraníes, indios y chinos para evitar un shock energético aún mayor. Eso sugiere que Teherán no ha impuesto un bloqueo clásico total, sino una interdicción política y militar selectiva, suficiente para hundir el tráfico, disparar primas de riesgo y demostrar capacidad de veto.

    En el plano estratégico, Trump pidió apoyo internacional y no lo consiguió en la escala que buscaba. España descartó participar en operaciones militares en Ormuz; Grecia dijo que no irá más allá de la misión Aspides en el Mar Rojo; Alemania, Italia y otros aliados europeos han rechazado enviar fuerzas navales para una operación ofensiva o de imposición liderada por EE. UU.; Japón dijo que no planea por ahora una misión de escolta; y Australia tampoco prevé mandar buques de guerra. El Reino Unido es el caso intermedio: rechaza verse arrastrado a una guerra más amplia, pero estudia fórmulas limitadas de apoyo a la reapertura del paso, sin comprometerse a una participación ofensiva clásica.

    El problema de Trump no es solo militar, sino de legitimidad estratégica. La campaña ha probado que EE. UU. e Israel pueden degradar activos iraníes, pero no que puedan traducir esa superioridad cinética en un nuevo orden regional estable. Israel ya habla de al menos tres semanas más de guerra; Irán sigue golpeando por vías asimétricas; el tráfico energético global continúa dañado; y los aliados no quieren firmar un cheque en blanco para una guerra cuyo objetivo oscila entre castigo, disuasión, contención nuclear y eventual cambio de régimen.

    El mercado ya está votando con miedo. Brent rondó los 101-102 dólares tras haber superado el umbral psicológico de 100, mientras la IEA activó una liberación extraordinaria de 400 millones de barriles y mantiene más de 1.400 millones en reservas de emergencia. Aun así, la propia Reuters subraya que las herramientas para absorber el shock se están agotando rápido. La interrupción en Ormuz afecta alrededor del 20% del petróleo y del gas licuado transportados por mar, y ha obligado a recortes severos de producción en Emiratos y otras plazas regionales.

    La crisis del Estrecho de Ormuz ha expuesto que Trump no puede destruir el multilateralismo un día y reclamarlo al siguiente sin pagar un precio. Pero la formulación más sólida no es que ya haya “derrota” estadounidense en sentido total, sino que existe una brecha cada vez mayor entre la capacidad de infligir daño y la capacidad de construir coalición, legitimidad y orden. Y en geopolítica, esa brecha acaba siendo decisiva: una potencia puede ganar ataques y perder posición. Hoy, en Ormuz, ese es exactamente el riesgo de Washington.

  • ¿Cómo está el sector petrolero de Venezuela ahora que EEUU le abre una ventana?

    La empresa petrolera Chevron podrá negociar cara a cara con el gobierno de Venezuela, que aspira a casi triplicar su actual cuota de producción.

    El alivio de algunas sanciones económicas contra el sector petrolero del Estado venezolano, por parte de la Casa Blanca, pone bajo el foco global a una industria millonaria en reservas de crudo, pero empobrecida en sus números recientes por un múltiple abanico de dificultades.

    El pulmón de Venezuela

    La industria petrolera es la quintaesencia de la economía venezolana desde el llamado reventón del primer pozo de crudo, en diciembre de 1922, en el estado occidental de Zulia, a 700 kilómetros de la capital, Caracas. El Barroso II, como se le conoció en todo el mundo, se mantuvo regurgitando petróleo por 10 días.

    Se calcula que las ganancias por explotación petrolera han representado desde entonces entre 90% y 95% del Producto Interno Bruto de Venezuela.

    El expresidente Hugo Chávez y también su sucesor, Nicolás Maduro, aunque en menor medida, hicieron votos para que el país dejara de ser “rentista” o dependiente de sus cuotas de crudo y, además, que la economía nacional se diversificara en otras industrias. Ese hito nunca llegó, sin embargo.

    Venezuela, de hecho, vivió dos grandes momentos recientes por el alza mundial de los precios de los barriles de crudo. Los economistas los llaman booms petroleros, por las tarifas de más de 100 dólares por cada barril: entre 2004 y 2008; y, luego, entre 2011 y 2014. Según investigaciones del economista y director de la firma Capital Market Finance, Jesús Casique, el gobierno obtuvo ganancias de 290.968 millones de dólares en aquel primer boom.

    Cerca de los 700.000 barriles

    La producción petrolera se ha desplomado durante el mandato del presidente Nicolás Maduro. El oficialismo suele culpar de ello a las sanciones económicas de Estados Unidos contra su industria prima, pero cifras oficiales dan cuenta de un descenso paulatino de la producción mucho antes de que el expresidente Donald Trump anunciara sus medidas en ese sector, entre 2019 y 2020.

    Venezuela producía 2,5 millones de barriles de petróleo al día en 2013, cuando Maduro ascendió al poder. Poco a poco, esos números fueron cayendo mientras el país se sumía en una crisis económica ajena a las sanciones: en 2016, bajó a 2,2 millones de barriles al día, en promedio; en 2017, a 1,9 millones; en 2018, a 1,4; y en 2019, ya sancionado, la nación produjo 878 millones de barriles.

    Expertos petroleros advierten que la crisis en la industria petrolera previa a las sanciones extranjeras se concretó por falta de mantenimiento de los sitios de operaciones, la corrupción gerencial, el incremento de la nómina de PDVSA y la ausencia de mano de obra calificada en los campos y las direcciones oficiales.

    El peor año de producción fue 2020, cuando rondó los 527.000 barriles. Dos años luego, la cooperación de Rusia e Irán para evadir sanciones en el mercado financiero y reactivar moderadamente los campos petroleros han permitido a Venezuela escalar su producción hasta cerca de los 700.000 barriles por día.

    El país suramericano produjo en abril pasado 775.000 barriles por día, es decir, 47.000 más que el mes anterior, de acuerdo con los reportes del gobierno de Maduro a la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP).

    Venezuela es la meca de las reservas petroleras probadas del mundo. Su subsuelo tiene 303.000 millones de barriles de crudo, en promedio, según un informe energético publicado en 2010 por la agencia de inteligencia de Estados Unidos. Solo Arabia Saudita (260.000 millones) y Canadá (170.000 millones) se le acercan en esa categoría.

    ¿Rumbo a dos millones?

    El presidente Maduro ha reiterado su meta de producir dos millones de barriles al día, una cuota similar a la de hace cuatro años. El país tendría que triplicar en solo meses su cuota de extracción y exportación de barriles de petróleo, lo que expertos independientes del sector consideran imposible e ilusorio.

    “Este año vamos a dos millones de barriles diarios llueva, truene o relampaguee. Este año recuperamos la producción petrolera de la mano de la clase obrera”, indicó en marzo el mandatario venezolano durante un acto oficial.

    Su gobierno reportó cerca del día de Navidad, en diciembre de 2021, que había llegado al “hito” de producir un millón de barriles, pero los informes oficiales no reflejaron luego esos números. Economistas indicaron que ello se debe a que el gobierno quizás haya alcanzado la cifra en un día o momento específico.

    Reparaciones necesarias

    Venezuela aspira a incrementar su bombeo de crudo en medio de un veto internacional a la energía del segundo productor de petróleo del mundo, Rusia, por su incursión armada en Ucrania. El reto es, sin embargo, cómo producir lo suficiente para países como Estados Unidos si su parque refinador está operando al 10%, se preguntó en marzo el economista Rafael Quiroz.

    Irán anunció la semana pasada la firma de un acuerdo con Venezuela por 110 millones de euros (115,7 millones de dólares) para que su Compañía Nacional Petrolera de Ingeniería y Construcción ayudase a PDVSA poner en óptima marcha su refinería El Palito, una de las más grandes del país suramericano.

    De acuerdo con el vocero de una matriz de la compañía petrolera iraní, El Palito solo opera al 50% de su capacidad, de 140.000 barriles de crudo por día.

    La meta con Chevron

    La administración estadounidense del hoy expresidente Donald Trump ordenó en abril de 2020 a Chevron “cesar gradualmente” sus actividades petroleras y reducirlas a un mero “mantenimiento” de sus activos. También, le prohibió establecer negociaciones directas con la empresa estatal venezolana.

    Chevron es la única gran compañía petrolera de Estados Unidos presente en Venezuela. El especialista en economía y petróleo, Antonio De La Cruz, explicó en marzo pasado a la VOA que Chevron produce entre 120.000 y 130.000 barriles de petróleo mediante una figura conocida como empresa mixta, en la cual el Estado venezolano tiene mayoría. La aspiración de la compañía norteamericana es poder producir 400.000 barriles de crudo al día y sumar una cuota similar producida por PDVSA para comercializarlo fuera del país, dijo.

    Dos puntos clave para llegar a esa cuota de 800.000 explotados y comercializados por Chevron, anticipó De La Cruz, son la flexibilización de las sanciones del gobierno de Joe Biden y una modificación legal en Venezuela que permita a Chevron tener mayoría de acciones en esas empresas mixtas.

    Son temas que, desde esta semana, la compañía estadounidense podrá tratar cara a cara con el antes vetado gobierno venezolano.

  • Crisis en Ucrania está cambiando los flujos globales de energía

    A medida que las restricciones al comercio de energía con Rusia se van haciendo populares en Estados Unidos y Europa, de acuerdo con CNN, Moscú se enfrenta al desafío de desviar su petróleo y gas natural a otros mercados como China y la India.

    La guerra en Ucrania y las sanciones de Occidente a Rusia han trastornado la dinámica de las exportaciones e importaciones de combustibles fósiles globales, debido a que Rusia es el tercer productor de petróleo del mundo.

    La crisis de Ucrania ha llevado a Occidente a reconsiderar su dependencia energética de Rusia, dicen los analistas.

    Desde el punto de vista ruso, la dependencia de Europa en Moscú impediría que interviniera en el ataque a Ucrania.

    Sin embargo el 22 de febrero, dos días antes de la invasión, Alemania suspendió el proyecto Nord Stream 2, un gasoducto de 11.000 millones de dólares por el Mar Báltico concebido para duplicar el flujo de gas ruso que llegaba a Alemania.

    Las grandes compañías petroleras anunciaron su salida del mercado ruso: BP el 27 de febrero, Exxon el 1 de marzo y Shell el 8 de marzo.

    A medida que las restricciones al comercio de energía con Rusia se van haciendo populares en Estados Unidos y Europa, de acuerdo con CNN, Moscú se enfrenta al desafío de desviar su petróleo y gas natural a otros mercados como China y la India.

    Los analistas dijeron al servicio en mandarín de la Voz de América que la transición de la Unión Europea a la energía renovable continuará disminuyendo la influencia energética de Rusia a corto plazo, y que Estados Unidos incrementará la producción doméstica y quizás reciba envíos de fuentes externas menos amistosas.

    Europa y EE. UU.

    Rusia es el tercer productor de petróleo del mundo detrás de Estados Unidos y Arabia Saudita, y su gas natural y su petróleo comprenden alrededor del 40% y 25% de las importaciones de los 27 países de la Unión Europea, respectivamente.

    Europa necesita acelerar la promoción de las tecnologías de energía limpia y reducir su dependencia del petróleo, el carbón y el gas natural de Rusia, dijo la presidenta de la Comisión Europea Ursula von der Leyen.

    «Simplemente no podemos depender de un distribuidor que explícitamente nos amenaza”, dijo el 8 de marzo, cuando la comisión reveló el proyecto REPowerEU, un plan que incluye a la energía renovable.

    Sin embargo, los expertos señalan que construir la infraestructura de energía renovable toma tiempo y que países europeos como Italia y Alemania también dependen mucho del gas natural importado para hacer la transición de combustibles fósiles a la energía eólica, solar y otras.

    Henry Lee, director del Programa de Recursos Naturales y Medio Ambiente de la Universidad de Harvard, dijo a la VOA que aunque reducir la dependencia de Rusia es consistentes con las metas de la UE a largo plazo, de inmediato será muy dolorosa.

    «Si Europa reduce el gas ruso y abre sus estaciones de gas natural licuado a casi el 100 % de capacidad, todavía enfrentará una escasez de 15-20% el próximo invierno”, y eso incluso si la UE usa todo el gas almacenado actualmente y reduce el consumo en un 15%.

    «A la larga, de tres a cinco años, habrá mayores opciones”, agregó.

    Duncan Wood, director interino del Programa Global Europe del Wilson Center, un centro de estudios en Washington, opina que la influencia política de Rusia disminuirá significativamente a medida que avancen los planes europeos reducir su consumo de carbón.

    “Nord Stream 2 siempre iba a ser el punto mayor del poder energético de Rusia sobre Europa, pero (el presidente ruso Vladimir) Putin aceleró el desplome con sus acciones en Ucrania”, dijo Wood a la VOA.

    Estados Unidos, en contraste, es mucho menos dependiente de la energía rusa, con alrededor del 3% de sus importaciones de petróleo y ninguna de gas natural.

    «Estados Unidos tiene bastante gas, de modo que los precios pudieran subir ligeramente, pero mucho menos que en Europa”, dijo Lee. Los precios del gas natural no han fluctuado mucho desde la invasión de Rusia a Ucrania, según la Administración de Información de Energía de EE. UU.

    El petróleo, sin embargo, es una materia prima de comercio global, de modo que Estados Unidos sufrirá los mismos aumentos que el Europa.

    China y la India

    Mientras Europa depende mucho de Rusia para sus importaciones de energía, Rusia, por su parte, depende de sus exportaciones de combustibles fósiles, que hacen más de dos quintas partes de los ingresos del Gobierno.

    Con el abandono de Occidente, Rusia se verá forzada a buscar nuevos compradores, y China es una posibilidad. Antes de la invasión a Ucrania, China era uno de los mayores mercados de exportación de su petróleo, gas natural y carbón, con el 20% del petróleo ruso y el 25% del carbón según la Administración de Información de Energía de EE. UU.

    El diario Wall Street Journal reportó que Rusia está ofreciendo ahora exportaciones de petróleo a la India y China al 20% menos de los precios del mercado.

    Lo que queda por ver ahora es cómo esas partes puedan eludir las sanciones financieras de EE. UU. para concertar acuerdos. La logística es también un problema, porque Rusia no tiene la infraestructura suficiente para mover la energía con facilidad a China y la India, dijo Lauri Myllyvirta, analista del Centro de Investigaciones de Energía y Aire Limpio.

    [Información de Jie Xi]

  • Mejor USA que rusa

    Hoy leo a Judson Berger quien pregunta: “Quién le dirá a la administración Biden que la extracción petrolífera de Venezuela es tan dañina para el medio como la extraída en Texas”. Lo cual, aunque cierto en cierto grado, sí que hay una diferencia; no sólo en la calidad del crudo sino en las normas ambientales de su explotación y uso. Y ni hablar que al comprarle el petróleo de la élite rusa (a Putin) o a Maduro se está colaborando con criminales y fregando a toda la población estadounidense; junto al resto del planeta, incluyendo a Panamá.

    Precisamente en todo ello vemos la perversidad de la politiquería que en búsqueda de intereses mezquinos está dispuesta a causar inmensos daños a la población. Tal es el caso que vemos en Panamá, en dónde ayer sale en La Prensa algo que publiqué hace años en mi libro, Educación ¿particular o gubernamental?, como también en varios ensayos que abordan el tema de la educación centralizada en contraposición a la descentralizada o privada.

    El problema con el rechazo visceral a la “privada” es: ¿privada de qué? Pues, privada de la corruptela de politicastros y gremios magisteriales de funcionarios del estado que tienen secuestrada a toda la población.

    Y, aunque pareciera que me desvié del tema del petróleo, en realidad no es así, ya que si ponemos atención veremos que tanto el tema energético como el educativo, junto con tantos más, se ven afectados por bajos instintos que ni siquiera son ideológicos sino inmorales. Bueno, la verdad es que ideologías como la del socialismo no sólo son empobrecedoras sino inmorales.

    El otro aspecto del desvío que produjo el gobierno Biden con lo de los combustibles fósiles, es que desconoce y se aprovecha de la ignorancia popular en torno a las realidades de la industria en general. Cerrar la producción petrolífera, alegando la protección del ambiente, es fácil. Lo que no es nada fácil es, una vez que te das cuenta del error, lo difícil que resultará, por muchas razones, volver con la producción.

    Por un lado, los inversionistas habrán quedado espantados. Imagínense la inversión que fue afectada en la suspensión del oleoducto Keystone XL. Y ni hablar las 10,000 plazas de trabajadores especializados que tuvieron que emigrar; los cuales no vuelven así no más.

    Lo triste es que los burrócratas no entienden y no toman en cuenta o no les importa lo difícil y arriesgado de invertir en una exploración petrolífera y luego en la operación; particularmente cuando constantemente deben luchar contra el mar de normas que supuestamente les imponen para cuidar el medio; muchas de las cuales son puro tilín-tilín y poca paleta. Y tengan presente que no sólo es Keystone XL, sino toda la industria desde México hasta Alaska y, de paso, Canadá; mientras, a todo ello, ahora pretenden ayudar a Maduro y otras dictaduras.

    En resumen, mientras que tantos gobiernos sigan secuestrados por oligarquías corruptas, y mientras que la población mal educada en los NODUCA del mundo sigan votando por los más ladinos, la cacareada “brecha” entre ricos y pobres no mejorará lo que bien puede y debe.