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  • El petróleo no lava la sangre

    El petróleo no lava la sangre

    Donald Trump anunció “el mayor acuerdo petrolero de la historia” y sostuvo que Estados Unidos obtendrá el control mayoritario sobre más de 65.000 millones de barriles de las reservas de petróleo venezolanas. Delcy Rodríguez, presidenta interina desde la captura de Nicolás Maduro, confirmó un convenio energético por 25 años para desarrollar 17 campos y alcanzar una producción superior a 1,5 millones de barriles diarios. Caracas calcula inversiones cercanas a los 100.000 millones de dólares e ingresos fiscales de unos 209.000 millones.

    Las cifras son monumentales. La transparencia, en cambio, es mínima.

    No se conoce públicamente el contrato completo, existen dudas sobre su encaje en la legislación venezolana y algunas informaciones hablan de concesiones operativas mucho más extensas que los 25 años anunciados por Rodríguez. Tampoco está claro qué empresas asumirán las inversiones, cómo se distribuirán exactamente los beneficios ni ante qué tribunales responderán las partes. Estados Unidos tendría una participación mayoritaria del 55% en una nueva estructura empresarial y acceso preferente al crudo, parte del cual sería utilizado para reponer su Reserva Estratégica.

    Sin embargo, lo más revelador del anuncio de Trump no fue el tamaño del negocio. Fue la manera en que presentó a su socia: la “altamente respetada presidenta interina de Venezuela, Delcy Rodríguez”.

    ¿Altamente respetada por quién?

    Un gobierno puede verse obligado a negociar con quien controla de facto otro Estado. La diplomacia no es una reunión de santos y con frecuencia exige tratar con personas y regímenes repudiables. Pero negociar no implica respetar; reconocer un poder de hecho no equivale a otorgarle legitimidad moral.

    Trump podía decir que Rodríguez era su interlocutora, que había cumplido determinados compromisos o que resultaba funcional para estabilizar la producción petrolera. Eligió llamarla “altamente respetada”. Ese adjetivo no describe una necesidad geopolítica: limpia una biografía política.

    Los ojos que Trump decidió no mirar

    El 15 de enero de 2018, Óscar Pérez estaba rodeado junto con seis integrantes de su grupo en una casa de El Junquito, en las afueras de Caracas. Pérez había sido inspector del CICPC, piloto y miembro de una unidad de operaciones especiales antes de rebelarse contra el régimen de Nicolás Maduro.

    No era un manifestante pacífico. Había sustraído un helicóptero policial, disparado y lanzado granadas contra edificios oficiales —sin producir víctimas— y posteriormente participado en la sustracción de armas de un cuartel militar. El Estado tenía razones legítimas para detenerlo y someterlo a un proceso judicial. Precisamente por eso debía capturarlo con vida si se rendía.

    Pero sus últimos minutos fueron registrados por él mismo.

    En aquellos videos aparece herido, con el rostro ensangrentado y sus ojos claros mirando directamente a la cámara. Repite que están dispuestos a entregarse, pide que cesen los disparos y denuncia que no quieren permitirles salir con vida. “Nos vamos a entregar”, insiste mientras las fuerzas de seguridad continúan el ataque. Poco después, Pérez y otras seis personas estaban muertos. El Gobierno presentó la operación como el desmantelamiento de una célula terrorista; la oposición, distintas organizaciones y posteriores reconstrucciones plantearon graves indicios de que se trató de una ejecución extrajudicial.

    Aquellos ojos quedaron grabados en la memoria de muchísimos venezolanos. No porque Óscar Pérez fuera un hombre perfecto ni porque todas sus acciones deban ser reivindicadas. Quedaron grabados porque mostraron, casi en tiempo real, la diferencia entre la justicia y la venganza estatal: un hombre podía haber cometido delitos, pero seguía teniendo derecho a rendirse, a ser detenido, a tener un abogado y a comparecer vivo ante un juez.

    La respuesta de Delcy Rodríguez aquel mismo día no fue pedir una investigación independiente sobre las circunstancias de las muertes. Como presidenta de la ilegítima Asamblea Nacional Constituyente, acusó de “sinvergüenzas” a quienes cuestionaban el operativo y se refirió a Pérez como criminal.

    No existe una prueba pública que permita afirmar que Rodríguez dio la orden de matarlo. La responsabilidad penal individual debe demostrarse y un liberal no puede renunciar al debido proceso ni siquiera cuando juzga a los integrantes de un régimen que lo destruyó. Pero tampoco puede aceptarse la ficción de que Rodríguez fue una observadora distante.

    Ella presidía entonces la Asamblea Constituyente creada por el chavismo para desplazar al Parlamento elegido por los venezolanos y concentrar todavía más poder. Meses después fue designada vicepresidenta ejecutiva de Maduro, cargo desde el cual mantuvo una posición central durante los años en que organismos internacionales documentaron detenciones arbitrarias, desapariciones, torturas, violencia sexual y ejecuciones extrajudiciales.

    En 2019, siendo ya vicepresidenta, el capitán de corbeta Rafael Acosta Arévalo desapareció bajo custodia de la Dirección General de Contrainteligencia Militar. Fue presentado ante un tribunal en silla de ruedas, prácticamente incapaz de hablar o moverse, y murió horas después. La autopsia registró un politraumatismo generalizado. Amnistía Internacional calificó el caso como detención arbitraria, desaparición forzada, tortura y muerte bajo custodia estatal.

    Óscar Pérez y Rafael Acosta Arévalo son casos diferentes, pero forman parte de una misma memoria: la de un Estado que convirtió la fuerza pública en instrumento de conservación del poder. A ellos se suman los presos de El Helicoide, los jóvenes muertos en las protestas, los perseguidos, los torturados y los millones que tuvieron que abandonar Venezuela.

    ¿Cómo reciben todos ellos la noticia de que una de las principales figuras políticas de aquel régimen es ahora, para el presidente de Estados Unidos, una persona “altamente respetada”?

    Del anticomunismo al negocio de Estado

    El petróleo explica la metamorfosis.

    Trump no ha descubierto repentinamente virtudes democráticas en Delcy Rodríguez. Ha encontrado una dirigente capaz de garantizarle acceso privilegiado a las mayores reservas de crudo del planeta, en momentos en que necesita reducir el precio de la gasolina, recomponer la Reserva Estratégica estadounidense y asegurar suministros frente a la inestabilidad internacional.

    Rodríguez, a cambio, recibe algo más valioso que el dinero: reconocimiento, protección y continuidad política. El petróleo que durante años sostuvo al régimen chavista ahora puede servir para legitimar su supervivencia bajo tutela estadounidense.

    Ambos ganan. Trump presenta ante sus electores un negocio gigantesco; Rodríguez se transforma, sin pasar por elecciones libres, de jerarca sancionada del chavismo en socia estratégica de Washington. Quienes no participaron en la negociación son los venezolanos.

    Este punto resulta esencial desde una perspectiva liberal. El problema no es que capital estadounidense invierta en petróleo venezolano. Venezuela necesita capital, tecnología, infraestructura y apertura después de décadas de expropiaciones, corrupción y destrucción de PDVSA. El intercambio internacional y la inversión privada podrían contribuir enormemente a su recuperación.

    Pero un acuerdo entre gobiernos no es necesariamente libre comercio. Y una empresa elegida por el poder político no se vuelve privada por el simple hecho de tener accionistas particulares.

    Si Washington selecciona a los operadores, participa mayoritariamente en la estructura, obtiene petróleo en condiciones preferentes y destina la producción a fines estratégicos de Estados Unidos, mientras una autoridad venezolana sin legitimidad electoral compromete recursos nacionales durante décadas mediante cláusulas secretas, no estamos ante un mercado libre. Estamos ante mercantilismo geopolítico: dos poderes estatales distribuyendo privilegios y activos que administran como si fueran propios.

    El liberalismo no consiste en sustituir el monopolio socialista de PDVSA por una sociedad escogida desde la Casa Blanca. Liberalizar significaría abrir la industria a la competencia, publicar las condiciones, garantizar derechos de propiedad, establecer tribunales independientes y permitir que distintas empresas asuman riesgos sin privilegios políticos. Sobre todo, implicaría que un gobierno legítimo rindiera cuentas ante los ciudadanos venezolanos.

    Nada de eso puede reemplazarse con una fotografía entre Trump y Rodríguez.

    ¿Liberación o colonia?

    Durante años, millones de venezolanos vieron en Estados Unidos una posible ayuda para terminar con la dictadura. Ahora contemplan cómo Washington respalda a una de sus principales jerarcas a cambio de petróleo.

    La palabra “colonia” puede parecer excesiva. El comercio con una potencia extranjera no convierte a un país en colonia y defender la soberanía tampoco debería servir de excusa para preservar el monopolio estatal o rechazar inversión extranjera. Pero cuando una potencia controla la explotación de una parte sustancial de los recursos de otro país, decide quién participa, tutela de hecho a su gobierno y negocia sin intervención ni conocimiento de sus ciudadanos, la relación empieza a parecerse demasiado a aquello que pretende negar.

    No es colonialismo porque intervengan empresas estadounidenses. Es colonialismo si los venezolanos dejan de ser sujetos de su propia reconstrucción y se convierten únicamente en habitantes del territorio donde otros gobiernos reparten el subsuelo.

    Las recientes excarcelaciones son positivas, pero tampoco resuelven la cuestión moral. Liberar a personas que nunca debieron estar presas no convierte al carcelero en demócrata. A mediados de agosto, Foro Penal aún registraba centenares de presos políticos, mientras muchas de las personas excarceladas seguían sometidas a restricciones judiciales.

    Una transición verdadera requiere libertad política, elecciones verificables, independencia judicial, apertura económica y justicia para las víctimas. No exige venganzas ni juicios colectivos, pero sí investigaciones individuales y responsabilidad por los crímenes cometidos. Sin verdad y sin justicia, la estabilidad será apenas impunidad financiada con petróleo.

    Trump puede negociar con Delcy Rodríguez si considera que eso sirve a los intereses de Estados Unidos. Lo que no debería hacer es exigirles a los venezolanos que participen de su amnesia.

    Porque utilidad no es respetabilidad. Obediencia no es legitimidad. Excarcelar no borra haber encarcelado. Y vender petróleo no convierte una dictadura en una democracia.

    En algún lugar de la memoria venezolana siguen aquellos últimos videos de Óscar Pérez: el rostro ensangrentado, la voz pidiendo que dejaran de disparar y los ojos claros de un hombre que quería entregarse.

    Frente a esa mirada, la expresión “altamente respetada” deja de ser una fórmula diplomática. Se convierte en una ofensa.

    El petróleo puede comprar alianzas, silencios y reconocimientos. Lo único que no debería poder comprar es el olvido.

  • Más allá del estrecho de Ormuz: los cuellos de botella que pueden hacer tambalear el control de los mares

    Más allá del estrecho de Ormuz: los cuellos de botella que pueden hacer tambalear el control de los mares

    Los grandes pasos marítimos del petróleo ya no se dividen entre importantes y secundarios, sino entre los que están bajo asedio, los que tienen dueño, los que están naciendo y los que sostienen todo el sistema. Cuando los mercados temen un cierre en el estrecho de Ormuz, el precio del petróleo se dispara en cuestión de horas. Lo hemos visto muy de cerca en todo 2026. La razón es bien conocida: por ese angosto paso del golfo Pérsico transita cerca del 20 % del crudo y el 25 % del gas natural licuado (GNL) que consume el mundo, según la Agencia Internacional de Energía. Pero fijarse sólo en Ormuz es leer solo una página del atlas y creer que se ha entendido el mundo.

    La Administración de Información Energética de Estados Unidos (EIA) estima que el 76 % del petróleo mundial viaja por mar. Ese océano de crudo y gas no fluye libremente: se estrangula en una docena de pasos que concentran los flujos en espacios de pocos kilómetros, a veces de pocos cientos de metros. Lo interesante no es catalogarlos, sino entender que se dividen en cuatro familias con lógicas de riesgo muy distintas: los pasos clásicos que están bajo asedio, los que tienen dueño con nombre y apellidos, los que están naciendo ante nuestros ojos y los que sostienen silenciosamente todo el edificio.

    Los principales cuellos de botella energéticos globales (el tamaño del círculo es proporcional al tráfico de barriles de petróleo). Fuente: elaboración propia con datos de la EIA (1H2025)., CC BY

    Bajo el asedio de los drones y las lanchas rápidas

    Durante medio siglo, la seguridad de los cuatro grandes pasos del petróleo –el estrecho de Ormuz, que conecta el golfo Pérsico con el Índico; el canal de Suez, que sirve de paso entre el Mediterráneo y el mar Rojo; el de Bab el-Mandeb, entre el mar Rojo y el Índico, y el paso de Malaca, que conecta el Índico con el Pacífico– descansó sobre una premisa simple: ningún actor racional se atrevería a desafiar a la marina estadounidense. Esa premisa ha muerto entre 2023 y 2026, y su certificado de defunción se firmó en el mar Rojo.

    En 2023, los hutíes atacaron desde la costa yemení los buques comerciales estadounidenses y británicos en tránsito por Bab el-Mandeb, como una declaración de apoyo a Hamás en la guerra contra Israel. Entonces, las milicias demostraron que un arsenal de drones y misiles baratos bastan para desviar el comercio mundial. No necesitaron hundir ninguna flota: la mera amenaza disparó los seguros marítimos y obligó a las navieras a rodear África, elevando los fletes entre un 200 y un 300 %, y alargando cada viaje entre 10 y 15 días.

    Tras los ataques, el canal de Suez –con apenas 313 metros de ancho en sus tramos críticos y por el que transitan unos 12 millones de barriles diarios– vio evaporarse buena parte de su tráfico sin que nadie lo bloqueara físicamente. Las flotillas navales multinacionales desplegadas en la zona, analizadas en detalle por la propia EIA, no lograron restaurar la confianza: la disuasión clásica no funciona contra quien no tiene nada que perder.

    La misma lección se proyecta sobre los dos gigantes asiáticos del mapa. Ormuz mueve unos 20 millones de barriles diarios pero Malaca lo supera: 23,2 millones de barriles diarios en el primer semestre de 2025, el 29 % de todo el comercio marítimo mundial de petróleo, apretados en un pasaje de 2,5 kilómetros entre Malasia e Indonesia.

    China importa por esa vía cerca del 80 % de su crudo y esa enorme dependencia genera el llamado “dilema de Malaca”.

    Los pasos con dueño: donde el riesgo no es un misil, sino una firma

    Otro tipo de riesgo está en los pasos controlados por un Estado concreto que puede –legalmente o de facto– condicionar el tránsito de terceros. Esta presión es menos espectacular que un ataque con drones, pero sus efectos pueden ser igual de profundos.

    Un caso de manual son los estrechos turcos. La convención de Montreux de 1936 dio a Turquía las llaves del Bósforo y los Dardanelos, únicos accesos al mar Negro, por donde sale el crudo kazajo y ruso hacia el Mediterráneo.

    Tras la invasión de Ucrania, Ankara aplicó Montreux con un doble rasero: cerró el paso a los buques de guerra pero lo mantuvo abierto a los petroleros rusos con crudo barato. El estrecho se convirtió en moneda de cambio de la política exterior turca y Europa descubrió que una de sus arterias de importación dependía de la buena voluntad de un socio indispensable e imprevisible.

    Menos conocidos son los estrechos daneses –Gran Belt, Pequeño Belt y Øresund–, única salida del Báltico al Atlántico. Por ellos salía alrededor de un tercio de las exportaciones marítimas rusas de crudo, antes de las sanciones económicas a Rusia por la guerra de Ucrania. Aquí no hay Montreux: Dinamarca no puede negar el paso inocente que estipula el derecho marítimo, por el que los barcos de todos los Estados pueden navegar por el mar territorial de otro, siempre que se trate de un paso rápido y sin detenciones. Pero la geografía impone su propio peaje: el Øresund apenas alcanza 8 metros de calado en algunos puntos, lo que veta a los superpetroleros y obliga a Rusia a usar buques más pequeños y costosos.

    A esta familia también pertenecen Gibraltar, 14 kilómetros entre Europa y África, y puerta del GNL atlántico hacia el Mediterráneo, y el canal de Panamá, que conecta las costas atlánticas y pacíficas del continente americano y da salida al GNL texano hacia Asia. Panamá añade una vuelta de tuerca: el clima se está convirtiendo en su dueño efectivo. La sequía de 2023-24 en la cuenca del lago Gatún redujo el calado, impuso colas de semanas y demostró que la infraestructura más sofisticada puede ser rehén del ciclo hidrológico. La retórica de la administración Trump sobre “recuperar el canal” hizo el resto: hasta los pasos más institucionalizados vuelven a estar en el mercado de la geopolítica.

    El tablero que viene: deshielo, semiconductores y gas africano

    La tercera familia no aparece en los manuales clásicos de seguridad energética porque está naciendo ahora mismo. Son los corredores que el cambio climático, la transición energética y la rivalidad entre China y EE. UU. están dibujando sobre el mapa.

    El más literal es el Ártico. El deshielo está convirtiendo la Ruta del Mar del Norte, a lo largo de la costa siberiana, en una autopista estacional que podría operar todo el año hacia mediados de siglo, recortando 7 000 kilómetros entre Rotterdam y Shanghai. Rusia lleva una década preparándose con rompehielos nucleares, nuevos puertos y bases militares en la zona, mientras que en su flanco occidental está Groenlandia, con sus tierras raras y su posición dominante, lo que explica el insistente interés de Washington por la isla.Justo debajo, el GIUK Gap (el pasillo entre Groenlandia, Islandia y Reino Unido), que fue la línea antisubmarina de la Guerra Fría, se prepara para una segunda vida como corredor logístico vigilado.

    En el otro extremo térmico del planeta, el canal de Mozambique se perfila como la arteria del gas africano: los yacimientos de Mozambique y Tanzania, entre los diez mayores del mundo, empezarán a exportar GNL a gran escala en la segunda mitad de la década, y sus metaneros tendrán que pasar entre la costa africana y Madagascar.

    El corredor emergente más inestable no es nuevo en el mapa, sino en su significado: el estrecho de Taiwán. Por sus aguas transitan los petroleros y metaneros que abastecen a Japón, Corea del Sur y el norte de China. Pero también los semiconductores que alimentan la industria mundial y los cables submarinos que sostienen internet. Un conflicto en Taiwán no sería solo un shock energético sino también industrial y digital simultáneo, sin precedente histórico con el que compararlo. Es el único paso del mapa cuyo cierre no admite ruta alternativa que valga. https://datawrapper.dwcdn.net/aFOHE/2/

    La garantía de fondo: lo que sostiene el sistema cuando todo falla

    Queda una última familia, la menos visible: las piezas que no mueven barriles pero hacen posible que los demás los muevan. Son el seguro del sistema, y como todo seguro, sólo se aprecia cuando hay siniestro:

    1. La pieza militar: Diego García, un atolón de 44 kilómetros cuadrados en mitad del océano Índico, que alberga desde los años setenta una base militar anglo-estadounidense desde la que se puede proyectar poder sobre los pasos de Ormuz, Bab el-Mandeb y Malaca a la vez. La lección es incómoda pero clara: el flujo energético global descansa, en última instancia, sobre infraestructura militar de proyección de poder.
    2. La pieza geográfica: el cabo de Buena Esperanza, que no puede cerrarse al ser mar abierto y que absorbe el tráfico cuando Suez o Bab el-Mandeb fallan. No obstante, cada activación añade dos semanas de travesía y millones de dólares por viaje que acaban en la factura del consumidor.
    3. La pieza industrial: los oleoductos que rodean los estrechos –como el Petroline saudí hacia el mar Rojo (con hasta 7 millones de barriles diarios de capacidad ampliada), el Habshan-Fujairah emiratí que esquiva Ormuz, el Bakú-Tiflis-Ceyhan que evita el Bósforo– son la redundancia planificada del sistema. Pero el sabotaje del Nord Stream, en 2022, mostró que los tubos también se atacan y ninguno puede absorber el volumen completo de los pasos que complementan. La redundancia atenúa la vulnerabilidad; no la elimina.

    Leído así, el mapa de los cuellos de botella (chokepoints) es un mapa de poder. Para los importadores netos de combustibles fósiles, la lección es que diversificar fuentes sin diversificar rutas es hacer la mitad del trabajo: depender de un único corredor equivale a firmar un pagaré geopolítico con vencimiento impreciso.

    Enrique Parra Iglesias, Profesor Titular de Universidad, Universidad de Alcalá

    Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

  • Estrecho de Ormuz: la prueba geopolítica de Trump

    Estrecho de Ormuz: la prueba geopolítica de Trump

    A 16 de marzo de 2026, la novedad central no es solo que el Estrecho de Ormuz siga severamente perturbado, sino que la guerra entre Israel, con apoyo militar de EE. UU. bajo Trump, e Irán ha abierto una crisis de hegemonía: Washington puede golpear, pero no logra ordenar una coalición amplia para estabilizar el teatro ni restaurar plenamente la libertad de navegación. Reuters, AP y otros medios coinciden en tres hechos: Irán ha reducido de forma drástica el tráfico por Ormuz; Trump ha pedido ayuda a aliados y socios para reabrirlo; y la respuesta internacional ha sido fría, cautelosa o directamente negativa.

    Lo más importante para entender la crisis del Estrecho de Ormuz hoy es que no está “herméticamente” cerrado en términos absolutos, pero sí funciona como un chokepoint bajo coerción iraní. Hay paso selectivo y altamente riesgoso: un petrolero pakistaní logró cruzar, e India e Irán negocian tránsito seguro para algunos buques, mientras Washington admite que por ahora tolera el paso de ciertos barcos iraníes, indios y chinos para evitar un shock energético aún mayor. Eso sugiere que Teherán no ha impuesto un bloqueo clásico total, sino una interdicción política y militar selectiva, suficiente para hundir el tráfico, disparar primas de riesgo y demostrar capacidad de veto.

    En el plano estratégico, Trump pidió apoyo internacional y no lo consiguió en la escala que buscaba. España descartó participar en operaciones militares en Ormuz; Grecia dijo que no irá más allá de la misión Aspides en el Mar Rojo; Alemania, Italia y otros aliados europeos han rechazado enviar fuerzas navales para una operación ofensiva o de imposición liderada por EE. UU.; Japón dijo que no planea por ahora una misión de escolta; y Australia tampoco prevé mandar buques de guerra. El Reino Unido es el caso intermedio: rechaza verse arrastrado a una guerra más amplia, pero estudia fórmulas limitadas de apoyo a la reapertura del paso, sin comprometerse a una participación ofensiva clásica.

    El problema de Trump no es solo militar, sino de legitimidad estratégica. La campaña ha probado que EE. UU. e Israel pueden degradar activos iraníes, pero no que puedan traducir esa superioridad cinética en un nuevo orden regional estable. Israel ya habla de al menos tres semanas más de guerra; Irán sigue golpeando por vías asimétricas; el tráfico energético global continúa dañado; y los aliados no quieren firmar un cheque en blanco para una guerra cuyo objetivo oscila entre castigo, disuasión, contención nuclear y eventual cambio de régimen.

    El mercado ya está votando con miedo. Brent rondó los 101-102 dólares tras haber superado el umbral psicológico de 100, mientras la IEA activó una liberación extraordinaria de 400 millones de barriles y mantiene más de 1.400 millones en reservas de emergencia. Aun así, la propia Reuters subraya que las herramientas para absorber el shock se están agotando rápido. La interrupción en Ormuz afecta alrededor del 20% del petróleo y del gas licuado transportados por mar, y ha obligado a recortes severos de producción en Emiratos y otras plazas regionales.

    La crisis del Estrecho de Ormuz ha expuesto que Trump no puede destruir el multilateralismo un día y reclamarlo al siguiente sin pagar un precio. Pero la formulación más sólida no es que ya haya “derrota” estadounidense en sentido total, sino que existe una brecha cada vez mayor entre la capacidad de infligir daño y la capacidad de construir coalición, legitimidad y orden. Y en geopolítica, esa brecha acaba siendo decisiva: una potencia puede ganar ataques y perder posición. Hoy, en Ormuz, ese es exactamente el riesgo de Washington.

  • ¿Cómo está el sector petrolero de Venezuela ahora que EEUU le abre una ventana?

    La empresa petrolera Chevron podrá negociar cara a cara con el gobierno de Venezuela, que aspira a casi triplicar su actual cuota de producción.

    El alivio de algunas sanciones económicas contra el sector petrolero del Estado venezolano, por parte de la Casa Blanca, pone bajo el foco global a una industria millonaria en reservas de crudo, pero empobrecida en sus números recientes por un múltiple abanico de dificultades.

    El pulmón de Venezuela

    La industria petrolera es la quintaesencia de la economía venezolana desde el llamado reventón del primer pozo de crudo, en diciembre de 1922, en el estado occidental de Zulia, a 700 kilómetros de la capital, Caracas. El Barroso II, como se le conoció en todo el mundo, se mantuvo regurgitando petróleo por 10 días.

    Se calcula que las ganancias por explotación petrolera han representado desde entonces entre 90% y 95% del Producto Interno Bruto de Venezuela.

    El expresidente Hugo Chávez y también su sucesor, Nicolás Maduro, aunque en menor medida, hicieron votos para que el país dejara de ser “rentista” o dependiente de sus cuotas de crudo y, además, que la economía nacional se diversificara en otras industrias. Ese hito nunca llegó, sin embargo.

    Venezuela, de hecho, vivió dos grandes momentos recientes por el alza mundial de los precios de los barriles de crudo. Los economistas los llaman booms petroleros, por las tarifas de más de 100 dólares por cada barril: entre 2004 y 2008; y, luego, entre 2011 y 2014. Según investigaciones del economista y director de la firma Capital Market Finance, Jesús Casique, el gobierno obtuvo ganancias de 290.968 millones de dólares en aquel primer boom.

    Cerca de los 700.000 barriles

    La producción petrolera se ha desplomado durante el mandato del presidente Nicolás Maduro. El oficialismo suele culpar de ello a las sanciones económicas de Estados Unidos contra su industria prima, pero cifras oficiales dan cuenta de un descenso paulatino de la producción mucho antes de que el expresidente Donald Trump anunciara sus medidas en ese sector, entre 2019 y 2020.

    Venezuela producía 2,5 millones de barriles de petróleo al día en 2013, cuando Maduro ascendió al poder. Poco a poco, esos números fueron cayendo mientras el país se sumía en una crisis económica ajena a las sanciones: en 2016, bajó a 2,2 millones de barriles al día, en promedio; en 2017, a 1,9 millones; en 2018, a 1,4; y en 2019, ya sancionado, la nación produjo 878 millones de barriles.

    Expertos petroleros advierten que la crisis en la industria petrolera previa a las sanciones extranjeras se concretó por falta de mantenimiento de los sitios de operaciones, la corrupción gerencial, el incremento de la nómina de PDVSA y la ausencia de mano de obra calificada en los campos y las direcciones oficiales.

    El peor año de producción fue 2020, cuando rondó los 527.000 barriles. Dos años luego, la cooperación de Rusia e Irán para evadir sanciones en el mercado financiero y reactivar moderadamente los campos petroleros han permitido a Venezuela escalar su producción hasta cerca de los 700.000 barriles por día.

    El país suramericano produjo en abril pasado 775.000 barriles por día, es decir, 47.000 más que el mes anterior, de acuerdo con los reportes del gobierno de Maduro a la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP).

    Venezuela es la meca de las reservas petroleras probadas del mundo. Su subsuelo tiene 303.000 millones de barriles de crudo, en promedio, según un informe energético publicado en 2010 por la agencia de inteligencia de Estados Unidos. Solo Arabia Saudita (260.000 millones) y Canadá (170.000 millones) se le acercan en esa categoría.

    ¿Rumbo a dos millones?

    El presidente Maduro ha reiterado su meta de producir dos millones de barriles al día, una cuota similar a la de hace cuatro años. El país tendría que triplicar en solo meses su cuota de extracción y exportación de barriles de petróleo, lo que expertos independientes del sector consideran imposible e ilusorio.

    “Este año vamos a dos millones de barriles diarios llueva, truene o relampaguee. Este año recuperamos la producción petrolera de la mano de la clase obrera”, indicó en marzo el mandatario venezolano durante un acto oficial.

    Su gobierno reportó cerca del día de Navidad, en diciembre de 2021, que había llegado al “hito” de producir un millón de barriles, pero los informes oficiales no reflejaron luego esos números. Economistas indicaron que ello se debe a que el gobierno quizás haya alcanzado la cifra en un día o momento específico.

    Reparaciones necesarias

    Venezuela aspira a incrementar su bombeo de crudo en medio de un veto internacional a la energía del segundo productor de petróleo del mundo, Rusia, por su incursión armada en Ucrania. El reto es, sin embargo, cómo producir lo suficiente para países como Estados Unidos si su parque refinador está operando al 10%, se preguntó en marzo el economista Rafael Quiroz.

    Irán anunció la semana pasada la firma de un acuerdo con Venezuela por 110 millones de euros (115,7 millones de dólares) para que su Compañía Nacional Petrolera de Ingeniería y Construcción ayudase a PDVSA poner en óptima marcha su refinería El Palito, una de las más grandes del país suramericano.

    De acuerdo con el vocero de una matriz de la compañía petrolera iraní, El Palito solo opera al 50% de su capacidad, de 140.000 barriles de crudo por día.

    La meta con Chevron

    La administración estadounidense del hoy expresidente Donald Trump ordenó en abril de 2020 a Chevron “cesar gradualmente” sus actividades petroleras y reducirlas a un mero “mantenimiento” de sus activos. También, le prohibió establecer negociaciones directas con la empresa estatal venezolana.

    Chevron es la única gran compañía petrolera de Estados Unidos presente en Venezuela. El especialista en economía y petróleo, Antonio De La Cruz, explicó en marzo pasado a la VOA que Chevron produce entre 120.000 y 130.000 barriles de petróleo mediante una figura conocida como empresa mixta, en la cual el Estado venezolano tiene mayoría. La aspiración de la compañía norteamericana es poder producir 400.000 barriles de crudo al día y sumar una cuota similar producida por PDVSA para comercializarlo fuera del país, dijo.

    Dos puntos clave para llegar a esa cuota de 800.000 explotados y comercializados por Chevron, anticipó De La Cruz, son la flexibilización de las sanciones del gobierno de Joe Biden y una modificación legal en Venezuela que permita a Chevron tener mayoría de acciones en esas empresas mixtas.

    Son temas que, desde esta semana, la compañía estadounidense podrá tratar cara a cara con el antes vetado gobierno venezolano.

  • Crisis en Ucrania está cambiando los flujos globales de energía

    A medida que las restricciones al comercio de energía con Rusia se van haciendo populares en Estados Unidos y Europa, de acuerdo con CNN, Moscú se enfrenta al desafío de desviar su petróleo y gas natural a otros mercados como China y la India.

    La guerra en Ucrania y las sanciones de Occidente a Rusia han trastornado la dinámica de las exportaciones e importaciones de combustibles fósiles globales, debido a que Rusia es el tercer productor de petróleo del mundo.

    La crisis de Ucrania ha llevado a Occidente a reconsiderar su dependencia energética de Rusia, dicen los analistas.

    Desde el punto de vista ruso, la dependencia de Europa en Moscú impediría que interviniera en el ataque a Ucrania.

    Sin embargo el 22 de febrero, dos días antes de la invasión, Alemania suspendió el proyecto Nord Stream 2, un gasoducto de 11.000 millones de dólares por el Mar Báltico concebido para duplicar el flujo de gas ruso que llegaba a Alemania.

    Las grandes compañías petroleras anunciaron su salida del mercado ruso: BP el 27 de febrero, Exxon el 1 de marzo y Shell el 8 de marzo.

    A medida que las restricciones al comercio de energía con Rusia se van haciendo populares en Estados Unidos y Europa, de acuerdo con CNN, Moscú se enfrenta al desafío de desviar su petróleo y gas natural a otros mercados como China y la India.

    Los analistas dijeron al servicio en mandarín de la Voz de América que la transición de la Unión Europea a la energía renovable continuará disminuyendo la influencia energética de Rusia a corto plazo, y que Estados Unidos incrementará la producción doméstica y quizás reciba envíos de fuentes externas menos amistosas.

    Europa y EE. UU.

    Rusia es el tercer productor de petróleo del mundo detrás de Estados Unidos y Arabia Saudita, y su gas natural y su petróleo comprenden alrededor del 40% y 25% de las importaciones de los 27 países de la Unión Europea, respectivamente.

    Europa necesita acelerar la promoción de las tecnologías de energía limpia y reducir su dependencia del petróleo, el carbón y el gas natural de Rusia, dijo la presidenta de la Comisión Europea Ursula von der Leyen.

    «Simplemente no podemos depender de un distribuidor que explícitamente nos amenaza”, dijo el 8 de marzo, cuando la comisión reveló el proyecto REPowerEU, un plan que incluye a la energía renovable.

    Sin embargo, los expertos señalan que construir la infraestructura de energía renovable toma tiempo y que países europeos como Italia y Alemania también dependen mucho del gas natural importado para hacer la transición de combustibles fósiles a la energía eólica, solar y otras.

    Henry Lee, director del Programa de Recursos Naturales y Medio Ambiente de la Universidad de Harvard, dijo a la VOA que aunque reducir la dependencia de Rusia es consistentes con las metas de la UE a largo plazo, de inmediato será muy dolorosa.

    «Si Europa reduce el gas ruso y abre sus estaciones de gas natural licuado a casi el 100 % de capacidad, todavía enfrentará una escasez de 15-20% el próximo invierno”, y eso incluso si la UE usa todo el gas almacenado actualmente y reduce el consumo en un 15%.

    «A la larga, de tres a cinco años, habrá mayores opciones”, agregó.

    Duncan Wood, director interino del Programa Global Europe del Wilson Center, un centro de estudios en Washington, opina que la influencia política de Rusia disminuirá significativamente a medida que avancen los planes europeos reducir su consumo de carbón.

    “Nord Stream 2 siempre iba a ser el punto mayor del poder energético de Rusia sobre Europa, pero (el presidente ruso Vladimir) Putin aceleró el desplome con sus acciones en Ucrania”, dijo Wood a la VOA.

    Estados Unidos, en contraste, es mucho menos dependiente de la energía rusa, con alrededor del 3% de sus importaciones de petróleo y ninguna de gas natural.

    «Estados Unidos tiene bastante gas, de modo que los precios pudieran subir ligeramente, pero mucho menos que en Europa”, dijo Lee. Los precios del gas natural no han fluctuado mucho desde la invasión de Rusia a Ucrania, según la Administración de Información de Energía de EE. UU.

    El petróleo, sin embargo, es una materia prima de comercio global, de modo que Estados Unidos sufrirá los mismos aumentos que el Europa.

    China y la India

    Mientras Europa depende mucho de Rusia para sus importaciones de energía, Rusia, por su parte, depende de sus exportaciones de combustibles fósiles, que hacen más de dos quintas partes de los ingresos del Gobierno.

    Con el abandono de Occidente, Rusia se verá forzada a buscar nuevos compradores, y China es una posibilidad. Antes de la invasión a Ucrania, China era uno de los mayores mercados de exportación de su petróleo, gas natural y carbón, con el 20% del petróleo ruso y el 25% del carbón según la Administración de Información de Energía de EE. UU.

    El diario Wall Street Journal reportó que Rusia está ofreciendo ahora exportaciones de petróleo a la India y China al 20% menos de los precios del mercado.

    Lo que queda por ver ahora es cómo esas partes puedan eludir las sanciones financieras de EE. UU. para concertar acuerdos. La logística es también un problema, porque Rusia no tiene la infraestructura suficiente para mover la energía con facilidad a China y la India, dijo Lauri Myllyvirta, analista del Centro de Investigaciones de Energía y Aire Limpio.

    [Información de Jie Xi]

  • Mejor USA que rusa

    Hoy leo a Judson Berger quien pregunta: “Quién le dirá a la administración Biden que la extracción petrolífera de Venezuela es tan dañina para el medio como la extraída en Texas”. Lo cual, aunque cierto en cierto grado, sí que hay una diferencia; no sólo en la calidad del crudo sino en las normas ambientales de su explotación y uso. Y ni hablar que al comprarle el petróleo de la élite rusa (a Putin) o a Maduro se está colaborando con criminales y fregando a toda la población estadounidense; junto al resto del planeta, incluyendo a Panamá.

    Precisamente en todo ello vemos la perversidad de la politiquería que en búsqueda de intereses mezquinos está dispuesta a causar inmensos daños a la población. Tal es el caso que vemos en Panamá, en dónde ayer sale en La Prensa algo que publiqué hace años en mi libro, Educación ¿particular o gubernamental?, como también en varios ensayos que abordan el tema de la educación centralizada en contraposición a la descentralizada o privada.

    El problema con el rechazo visceral a la “privada” es: ¿privada de qué? Pues, privada de la corruptela de politicastros y gremios magisteriales de funcionarios del estado que tienen secuestrada a toda la población.

    Y, aunque pareciera que me desvié del tema del petróleo, en realidad no es así, ya que si ponemos atención veremos que tanto el tema energético como el educativo, junto con tantos más, se ven afectados por bajos instintos que ni siquiera son ideológicos sino inmorales. Bueno, la verdad es que ideologías como la del socialismo no sólo son empobrecedoras sino inmorales.

    El otro aspecto del desvío que produjo el gobierno Biden con lo de los combustibles fósiles, es que desconoce y se aprovecha de la ignorancia popular en torno a las realidades de la industria en general. Cerrar la producción petrolífera, alegando la protección del ambiente, es fácil. Lo que no es nada fácil es, una vez que te das cuenta del error, lo difícil que resultará, por muchas razones, volver con la producción.

    Por un lado, los inversionistas habrán quedado espantados. Imagínense la inversión que fue afectada en la suspensión del oleoducto Keystone XL. Y ni hablar las 10,000 plazas de trabajadores especializados que tuvieron que emigrar; los cuales no vuelven así no más.

    Lo triste es que los burrócratas no entienden y no toman en cuenta o no les importa lo difícil y arriesgado de invertir en una exploración petrolífera y luego en la operación; particularmente cuando constantemente deben luchar contra el mar de normas que supuestamente les imponen para cuidar el medio; muchas de las cuales son puro tilín-tilín y poca paleta. Y tengan presente que no sólo es Keystone XL, sino toda la industria desde México hasta Alaska y, de paso, Canadá; mientras, a todo ello, ahora pretenden ayudar a Maduro y otras dictaduras.

    En resumen, mientras que tantos gobiernos sigan secuestrados por oligarquías corruptas, y mientras que la población mal educada en los NODUCA del mundo sigan votando por los más ladinos, la cacareada “brecha” entre ricos y pobres no mejorará lo que bien puede y debe.