Etiqueta: políticamente correcto

  • Abierto de Australia: una victoria con asterisco para Nadal

    No podemos decir “como nunca antes”, pero convengamos que, por muchos años, un evento deportivo con un asombroso triunfo en una final para el infarto, no generaba tanta controversia. El Abierto de Australia con el victorioso Nadal está generando discusiones que van más allá de lo deportivo. Es una discusión que no debería haber existido. Claro, si no fuera por el elemento político que arruina una vez más, la sana competencia deportiva.

    Lastimosamente, no aprendemos de la historia y ésta vuelve y repite, como diría Marx, «La historia ocurre dos veces: la primera vez como una gran tragedia y la segunda como una miserable farsa».

    Uno de los eventos más trágicos de la historia, donde el deporte fue intervenido, contaminado y finalmente utilizado como propaganda política fueron los Juegos Olímpicos de Berlín, en la Alemania nazi de 1936.  Los nazis querían utilizar el deporte para lavar sus cada vez más oscuras intenciones. Fue Goebbels quien le hizo ver a Hitler la inigualable ocasión propagandística que un acontecimiento de esa trascendencia podía suponer para el Tercer Reich.

    Para ese momento, Daniel Prenn tenista judío alemán estaba en la cima de su juego, ocupando el puesto número uno en Alemania durante cuatro años consecutivos, desde 1928 hasta 1932, cuando se le prohibió competir en 1933 cuando los nazis llegaron al poder. A pesar de su gran éxito en la cancha, la Federación Alemana de Tenis aprobó estas resoluciones (en parte) en abril de 1933: “1. Ningún judío puede ser seleccionado para un equipo nacional o la Copa Davis. 2. Ningún club o asociación judía o marxista puede estar afiliado a la Federación Alemana de Tenis. 3. Ningún judío podrá ocupar un cargo oficial en la Federación.” Y, agregaron, con nombre propio: “El jugador Dr. Prenn (judío) no será seleccionado para el equipo de la Copa Davis en 1933”.

    En abril de 1933, se instituyó una política de “Sólo arios” en todas las organizaciones deportivas alemanas. Los atletas “no arios” eran sistemáticamente excluidos de las instalaciones y asociaciones deportivas alemanas. Se prohibía el acceso a las instalaciones a perros y judíos citaban los carteles.

    Como uno podría concluir que sucede ahora, ante estas medidas discriminatorias, que nada tenían que ver con el deporte, existían partidarios de participar de los juegos y otros que no. Del lado de los partidarios del boicot, uno de los más activos era Jeremiah Mahoney, presidente de la Federación Estadounidense de Atletismo. Mahoney sostenía que Alemania había quebrado el espíritu Olímpico al imponer discriminaciones raciales y religiosas; participar, según él, implicaba apoyar a Hitler. Las llamadas al boicot de Mahoney fueron particularmente escuchadas por la comunidad católica de Estados Unidos. Ernst Lee Jahncke, otro de los activistas favorables al boicot fue expulsado de Comité Olímpico Internacional por manifestarse en contra de la participación de Estados Unidos en los juegos.

    Las propuestas de boicot fueron enérgicamente discutidas en otros países, especialmente en el Reino Unido, Francia, España, Suecia, Checoslovaquia y en Holanda. Los alemanes exiliados por motivos políticos también se manifestaron a favor del boicot. Sin embargo, con la excepción de España, todos estos países terminarían por participar, pese a que atletas, tanto judíos como no judíos, de varias delegaciones se negaran a asistir, o fueran excluídos, como Marty Glickman y Sam Stoller.

    Aunque Alemania argumentaba que el desempeño atlético era el único argumento a la hora de realizar la selección del equipo deportivo olímpico, el Comité Olímpico Internacional (COI) mantenía la preocupación, posiblemente más estética que ética, sobre la total ausencia de atletas judíos en el equipo alemán. Finalmente, el gobierno de Hitler tuvo que ceder y pactó con el COI la inclusión de una cuota judía simbólica en el equipo. La elegida fue Helene Mayer, una esgrimista alemana judía en el exilio que aceptó regresar al país que la había despreciado por judía, para defender la bandera nazi. El hecho es que Mayer llegó a Berlín, compitió y ganó la medalla de plata.  Después vino la ceremonia del podio, el brazo en alto haciendo el saludo nazi y una imagen que aún hoy resulta perturbadora.

    El régimen hitleriano explotó las Olimpíadas para impresionar a miles de espectadores y periodistas extranjeros presentando la imagen lavada de una Alemania pacífica y tolerante. Y les funcionó.

    La mayoría de las fuentes de información se hicieron eco de un artículo publicado por el New York Times que señalaba que las Olimpíadas habían devuelto a Alemania a «la comunidad mundial» y le habían restituido su «humanidad». Sólo unos pocos periodistas, entre ellos William Shirer, pensaban que el brillo alemán era una fachada que ocultaba un régimen racista y opresivamente violento.  Los esfuerzos y la máquina propagandística se extendieron mucho más allá de las Olimpíadas con el lanzamiento mundial, en 1938, de “Olympia”, el controvertido documental sobre las Olimpíadas dirigido por la cineasta alemana y seguidora nazi Leni Riefenstahl. El régimen nazi la escogió para realizar esta película sobre las Olimpíadas de Verano de 1936.

    Alemania invadió Polonia el 1 de septiembre de 1939. A tan sólo tres años de las Olimpíadas, el «hospitalario» y «pacífico» anfitrión de los Juegos Olímpicos desató la Segunda Guerra Mundial, un conflicto que causó una de las mayores pérdidas de vidas humanas de la historia y una destrucción edilicia y sobre todo ética y moral incalculable.

    No puede soslayarse ni negarse. El triunfo de Nadal es impresionante. La remontada del juego ante Medvedev es épica. Este encuentro entrará en la historia al ser la primera remontada en una final del Abierto de Australia en la era Open, en la que el ganador del título remonta en la final dos sets a cero. Quienes disfrutan del deporte, quienes son aficionados al tenis, no pueden evitar la emoción de semejante partido.

    Sin embargo, lo que empaña este triunfo en el Abierto de Australia , es que no se sabrá nunca cómo se hubiera desarrollado el torneo con un jugador como Djokovic disputando la competencia. Es una victoria amarga, siempre quedará la duda sobre el curso del torneo; y por lo mismo debería leerse con una marca, un asterisco que a pie de página explique que por motivos puramente políticos y no por condiciones deportivas se privó a un competidor jugar y disputar un título.

    Quizá la final hubiera sido otra. Quizás el ganador hubiera sido otro. O quizá no…por eso, esa duda que invade la gesta deportiva del Abierto de Australia lo afea. Esa duda de que el deporte sirve y es usado, una vez más, como vehículo para propagar una narrativa política que lastimosamente no podemos decir “como nunca antes había ocurrido”.

  • Creer en la lucha social ha envenenado el discurso, destruyendo la armonía

    Se ha abierto una grieta en la sociedad, y es cada vez mas raro que la gente con puntos de vista diferentes pueda mantener una discusión civilizada. Hace no mucho tiempo atrás, las opiniones políticas de los amigos no importaban tanto, y tener opiniones diferentes no ponía inmediatamente fin a la discusión.

    Los conflictos que han surgido son en parte causados por la pérdida del discurso tradicional, y esto se debió mayormente a dos conceptos comunistas: el siempre cambiante sistema político-moral de la “corrección política” de Mao Zedong y la teoría marxista de la Escuela de Frankfurt de la “tolerancia represora”, en la cual las opiniones que divergen de la narrativa política aprobada deben ser tratadas con intolerancia y supresión violenta.

    Mucho de esto se relaciona con el envenenamiento de la dialéctica tradicional: los métodos de discusión y debate que alguna vez nos permitieron encontrar la verdad y los puntos en común en opiniones contrarias. Entre los métodos más conocidos en Occidente está el método socrático, en el cual la gente de opiniones diferentes se preguntan y responden preguntas, y a través de la discusión son capaces de ensanchar su entendimiento y hallar la verdad.

    Fue este sistema de dialéctica tradicional lo que nos permitía conversar con los que piensan diferente, interactuar incluso con los que no estamos de acuerdo, y mantener un cierto grado de armonía entre personas de diferentes creencias.

    Pero en las formas de debate de hoy día, las conversaciones caen pronto en ataques personales. El tema de discusión se vuelve solo una herramienta política para acusar a la gente de violar algún asunto social políticamente correcto.

    En la raíz de este problema, tanto en la corrección política como en la “tolerancia represora”, está la dialéctica comunista conocida como materialismo dialéctico.

    La dialéctica tradicional le permitía a los lados contrarios buscar la armonía, pero el materialismo dialéctico hace lo contrario. El materialismo dialéctico del comunismo está específicamente diseñado para crear la “lucha”, usando la teoría dialéctica hegeliana en la que el “conflicto conduce hacia adelante”.

    El materialismo dialéctico se trata específicamente de alejar a la gente. El propósito es lo contrario a la dialéctica tradicional. Su objetivo es llevar al conflicto a los dos lados y hacer que la gente quede enfrentada.

    Extremistas de Antifa atacan un simpatizante de Trump en el Parque Martin Luther King Jr. en Berkeley, California, el 27 de agosto de 2017. (Elijah Nouvelage/Getty Images)

    El comunismo, basado en la lucha y el materialismo ateo, usa estos métodos para fomentar la lucha en todos los niveles de jerarquía social y en todos los sectores de la sociedad donde interactúan los diferentes grupos. El comunismo quiere que luches contra algo: cree que los hombres deben luchar contra el gobierno, las mujeres contra los hombres, los niños contras sus familias y maestros, y que la gente debe luchar toda contra el Cielo.

    La desarmonía social en el comunismo es intencional. Para Karl Marx y Friederich Engels, quienes crearon el materialismo dialéctico, la idea de que el “conflicto hace avanzar” jugó un rol en sus teorías de la “evolución” social. Crear más discordia y desarmonía en la sociedad, agudizando los antagonismos entre cuanto grupo pudieron, ayudó al “progreso” del fin más profundo del comunismo, que es destruir la moral, la cultura y la creencia.

    Podemos ver los efectos de este concepto en todos los movimientos sociales basados en teorías comunistas de lucha que usan esta dialéctica deformada, o en sus interpretaciones actuales, entre ellas la “corrección política” y la “tolerancia represora”. En el feminismo marxista, las mujeres luchan contra el hombre y las familias; en los movimientos sociales como Black Lives Matter, u Occupy, vemos grupos de personas que creen que la única solución a sus problemas es la interminable lucha contra otras razas o clases; y la lista sigue.

    Ya que la “tolerancia represora” les enseña a estos grupos que es aceptable usar “cualquier medio” cuando atacan a otros, vemos que el sexismo se usa para luchar contra el “sexismo”; vemos al racismo ser usado para luchar contra el “racismo” y vemos el odio ser usado para luchar contra el “odio”.

    Por supuesto, esto no quiere decir que no existen cosas malas en la sociedad. Pero aparte de la habilidad para discutir e interactuar, otra diferencia clave entre las creencias del comunismo y las de la sociedad tradicional es en cómo deberíamos tratar con nuestros problemas.

    La dialéctica tradicional nos enseña a discutir pacíficamente cuando tenemos diferencias de opinión, la moral tradicional enseña a mirarse uno mismo en los conflictos. Incluso cuando nos menosprecian, la moral tradicional nos enseña que podemos mostrarles a los demás lo opuesto, manteniendo un carácter recto cuando enfrentamos dificultades.

    Las religiones tenían principios como la creencia cristiana de que deberías “ofrecer la otra mejilla” cuando uno recibe un golpe, o las enseñanzas del budismo o taoísmo de que las dificultades son causadas por el karma de hechos pasados. Las creencias tradicionales han también enseñado principios sociales de etiqueta como el dominio propio y los buenos modales, incluso cuando uno se encuentra con cosas desagradables.

    Hay una fábula de la China antigua que ilustra estos principios. Se trata de un burro que se cae en un pozo. Es muy simbólico sobre cómo muchas sociedades tradicionales tratan las adversidades.

    En la historia, un burro se cae a un pozo y el granjero no estaba seguro de qué hacer. El burro estaba llorando y haciendo ruidos terribles, y el granjero, dándose cuenta de que no podía sacar al burro y de que el pozo tampoco podría usarse más, tomó la drástica decisión de llenar el pozo con tierra y enterrar al burro.

    El granjero comenzó a arrojar paladas de tierra dentro del pozo. Los llantos del burro se vuelven más intensos. Pero luego de un corto tiempo, los llantos se detienen. El granjero miró dentro del pozo y vio al burro parado sobre la tierra.

    Viendo esto, el granjero tomó otra pala llena de tierra y la arrojó al pozo. El burro se sacudió la tierra y luego se paró sobre el montón de tierra que iba creciendo. El granjero repitió la acción y el burro repetidamente se sacudía la tierra y subía un poco más, hasta que al final llegó hasta la cima y pudo salir del pozo.

    Esta historia simboliza la creencia tradicional de que las adversidades nos ayudan a mejorar. Ellas nos pueden enterrar o podemos usarlas para elevarnos.

    Es esta la forma en la que la cultura y religión tradicional difiere del comunismo. La religión nos pide mirar dentro de uno mismo y escalar hacia principios más nobles. La tradición nos pide restringirnos y conversar. El comunismo te pide ver hacia fuera de ti mismo y luchar incesantemente.

    Por Joshua Philipp – La Gran Época