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  • ¿Por qué a menudo suenan igual todos los políticos?

    Si nos preguntan qué diferencia al ser humano del animal, creemos que casi todos responderíamos lo mismo: la racionalidad. Sin embargo, esa racionalidad no se emplea en muchas decisiones que tomamos, pues en multitud de ocasiones nos guiamos por emociones o sentimientos. Podríamos decir que el ser humano vive una pugna constante entre el yo que piensa y el yo que siente. Y esto lo trasladamos al caso de las decisiones políticas, donde a menudo intervienen muchos aspectos nada racionales a la hora de dar nuestro apoyo a un político o a otro. Los expertos en comunicación política saben que la imagen que proyectan los políticos resulta determinante para que los ciudadanos depositen su confianza en ellos. Y en esa imagen, el estilo de comunicación posee un peso fundamental.

    Comunicación verbal, no verbal y paraverbal

    La capacidad de comunicar del ser humano trasciende el uso de las palabras. Sin necesidad de hablar, estamos comunicando a través de la expresión facial, los gestos, los movimientos e incluso nuestra indumentaria y nuestro peinado revelan mucha información de nosotros mismos. Es más, comunicamos hasta cuando no queremos comunicar, porque el hecho de que una persona no conteste a un mensaje ya nos está transmitiendo información.

    La comunicación tiene tres componentes: los no verbales (gestos, postura, expresión, facial, vestimenta y hasta el espacio en que está), los paraverbales (todo lo que se transmite a través de la voz: volumen, entonación, velocidad, vocalización o pausas) y los verbales (las palabras que pronunciamos).

    Gestos, actitudes e imagen

    Los manuales de oratoria han prestado mucha atención a las palabras (lo que se conoce como comunicación verbal), si bien en las últimas décadas somos más conscientes de que las cualidades paraverbales y no verbales son determinantes en la transmisión de un mensaje oral.

    La comunicación paraverbal posee una importancia enorme en la imagen que proyecta el hablante, ya que influye poderosamente para que entendamos a la perfección las palabras emitidas y nos anima a seguir escuchando o a empatizar con el otro.

    Por ejemplo, un hablante que pronuncie con una vocalización muy deficiente o con un volumen muy bajo enseguida pierde la atención de su oyente, o incluso el uso constante de muletillas o retardatarios innecesarios influye de manera negativa en la imagen que emite.

    Con respecto a la comunicación no verbal, es la que tiene que ver con los gestos, los movimientos, la expresión de la cara, la mirada y la vestimenta. También en el proceso de comunicación adquiere gran protagonismo el espacio, con elementos como la decoración, la temperatura o el ruido.

    Cómo transmiten la información los políticos

    En la esfera política se escenifican las estrategias propias de la oratoria. Una utilizada muy frecuentemente es la creación de binomios (lo propio es bueno y lo perteneciente a la oposición malo) y se sirven de recursos intensificadores o atenuantes (también denominados enmascaradores o mitigadores). Entre los primeros, podemos destacar:

    1. Repeticiones léxicas. Ejemplo: “Siempre hemos obrado desde el respeto, porque mostramos respeto a la nación, igual que respetamos a los ciudadanos y, por supuesto, siempre hemos respetado a esta institución”.
    2. Series enumerativas, que consiste en estructuras sintácticas paralelas que embellecen el lenguaje. Ejemplo: “Confío profundamente en nuestra capacidad de resolución de problemas, confío profundamente en el equipo del que formo parte y confío profundamente en que al final todos los ciudadanos conocerán la verdad”.
    3. Interrogaciones retóricas, destinadas a hacer reflexionar al oyente sin que este responda a tal pregunta; en dicha intervención se deja muy claro el posicionamiento del hablante al formularla y no se incluye ningún elemento de duda. Ejemplo: “¿Por qué su partido propone un modelo nuevo de relaciones laborales?”
    4. Ironía, que consiste en una forma muy descortés de desprestigiar al adversario sin utilizar, en muchas ocasiones, ni un discurso comprometido ni palabras malsonantes. Determinados políticos la utilizan como una seña de identidad. Ejemplo: “¡Qué bien vivimos desde que ustedes están al frente del Gobierno!”
    5. Concesión como mecanismo de refuerzo argumentativo. Ejemplo: “Es normal que usted desconfíe ante esta propuesta, pero nosotros no vamos a utilizar una doble vara de medir como han hecho ustedes”.
    6. Contraste, que refuerza las diferencias. Ejemplo: “Cuando ustedes gobernaban todo eran problemas, con nosotros todo son soluciones; con ustedes había déficit económico, con nosotros hay superávit”.

    Y entre los mecanismos atenuantes o enmascaradores, que se usan para disimular determinadas cuestiones comprometidas, podemos distinguir tres tipos:

    1. Eufemismos. En la última etapa de Gobierno de Rodríguez Zapatero, su partido político no hablaba de “crisis” sino de “ajuste”, “escenario de crecimiento debilitado”, “desaceleración”, “coyuntura económica adversa” o “debilidad de crecimiento económico”.
    2. Lenguaje vago, como son las expresiones de cantidades no precisas (“demasiado”, “mucho” o “poco”), adjetivos con significado no preciso (“importante” o “interesante”), adverbios de duda (“probablemente”, “quizá(s)” o “tal vez”) o sustantivos genéricos (“cosa”, “asunto” o “tema”).
    3. Lenguaje redundante, donde hay muchas palabras y poco contenido. La redundancia se cifra a través de repeticiones léxicas, de incluir palabras de más que no aportan apenas significado y también puede poseer carácter semántico (“patria común” o “logros alcanzados”).

    Estas estrategias lingüísticas pueden resultar obvias para el lector avezado y, sin embargo, siguen teniendo un efecto en nuestra percepción de los discursos que las usan. Nuestro yo que piensa intenta aislarlas, pero nuestro yo que siente sigue siendo susceptible a ellas.The Conversation

    Susana Ridao Rodrigo, Profesora catedrática en el Área de Lengua Española (UAL), Universidad de Almería y José Torres Álvarez, Profesor en la Facultad de Educación, UNIR – Universidad Internacional de La Rioja

    Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

  • La realidad, la verdad, la lógica, las falacias y los datos

    «El camino para captar la realidad es siempre uno sinuoso y lleno de obstáculos. Se trata de una peregrinación.»

    Comencemos con las falacias, es decir razonamientos con apariencia de verdad pero que son errados. Aristóteles fue el primero en detallar y explicar las falacias y tal vez el listado más abundante fue realizado por David Hackett Fisher quien se refiere a ciento catorce falacias. Aquí nos referimos a diez que son las más comunes en nuestro medio.

    Primero, la falacia ad populum, es decir, si lo hacen todos está bien, si no lo hace nadie está mal. Con este criterio no hubiéramos pasado del taparrabos y el garrote pues el primero que empleó el arco y la flecha habría que condenarlo y así con todos los inventos de la humanidad. Segundo, la falacia ad hominem, esto es, referirse peyorativamente a la persona del contrincante y no a su argumentación. Decir, por ejemplo, que la contraparte está equivocada porque es extranjera o porque pertenece a tal o cual religión. Tercero, la falacia de generalización que puede aplicarse al caso de un buen deportista que por ser tal se lo consulta sobre la evolución de la economía o la política a lo que responde entusiasmado el candidato sin percatase de la trampa.

    Cuarto, la falacia de carácter transitivo: se dice que una persona está equivocada porque está vinculada a otra que sostiene este o aquel principio. Puede ilustrarse esto con la pretendida refutación de un argumento de A porque es amiga de B y C o porque pertenecen al mismo país o grupo partidario. Quinto, la falacia ad baculum que amenaza con la fuerza no necesariamente física sino referida a cantidad de personas que apoyan la idea del opinante. Sexta, la falacia de autoridad que es la que circunscribe su pretendida razón porque fulano o mengano lo dicen. Séptimo, la falacia ad misericordiam, esto es la pretendida razón apelando a la situación de la persona. La ilustración extrema que es la más citada y la más ridícula es la del parricida que clama perdón por quedar huérfano.

    Octava, la falacia de ignorancia que pretende un argumento valedero al concluir que por el hecho de no poder demostrar la falsedad de algo resulta verdadero o, por el contrario, por el hecho de no poder demostrar la veracidad de algo resulta falso. Por ejemplo, sostener que hay serpientes en cierto planeta no lo convierte en verdadero por el hecho de no poder demostrar su falsedad o por el contrario el afirmar que no hay esas serpientes en ese planeta no lo convierten en falso por el hecho de no poder constatar su veracidad. Novena, la falacia de causa falsa, esto es la pretensión de establecer nexo causal por el mero hecho que un acontecimiento precede a otro. Y por último en nuestro inventario en forma de decálogo, la petición de principio, la cual se presenta reiterando en la conclusión lo mismo que se estableció en la premisa.

    Respecto al valor de los datos estadísticos y los gráficos, ponemos en una cápsula lo que hemos desarrollado detenidamente en otra oportunidad en este mismo medio en torno al slogan de aquello que dato mata relato. Ahora solo decimos que si fuera cierto que dato mata relato no habría relato pues hubiera fenecido dado el abarrotamiento de estadísticas que aparecen por doquier, sin embargo observamos que los relatos no sólo no han muerto sino que se multiplican con audiencias cada vez mayores en nuestra época.

    ¿Por qué ocurre esta llamativa multiplicación? Pues porque el debate de fondo no tiene lugar entre dato y relato sino en un plano anterior y de mucho mayor peso, cual es la confrontación entre interpretaciones contrarias de los nexos causales de la realidad y recién entonces, una vez comprendidos estos nexos, puede agregarse como una demostración de aquella refutación rigurosa la serie estadística en cuestión que ya en esa instancia sirve para reconfirmar el punto.

    Esto que dejamos consignado lo ha explicado el premio Nobel en economía Friedrich Hayek en un célebre y notable texto titulado The Facts in Social Sciences donde muestra la gran diferencia entre las ciencias naturales y las sociales. Señala que en el primer caso se observan hechos como la mezcla entre un líquido y otro en el laboratorio produce tal o cual resultado, sin embargo en ciencias sociales no hay laboratorio sino que enfrentamos fenómenos complejos que hay que interpretar todos ellos, no hay las reacciones de laboratorio sino que hay acciones humanas que requiere se las entienda. En otras palabras, si por ejemplo el historiador se propone describir la Revolución Francesa aun viviendo en la época no la entenderá con solo mirar los movimientos de los personajes, debe interpretar el sentido y la razón de lo que ocurre (para no decir nada de los que no la vivieron que deben reinterpretar lo que otros interpretaron). Es decir, si alguien sostuviera que ese acontecimiento se produjo porque Luis XVI estornudó no hay forma de refutarlo en los hechos, solo se puede explicar a través del desarrollo de nexos causales.

    Lo que venimos comentando desde luego no significa que cada cual tenga su interpretación y todas sean valederas, habrá unas que se acercan más a lo sucedido que otras y las habrá que dan en el clavo. El asunto entonces no es caer en la ingenua posición de sostener que todo se resuelve mostrando una planilla con los suficientes datos pues esos mismos datos serán (y son) interpretados de muy diversas maneras precisamente respecto al otro plano que venimos comentando. Como queda consignado, en ciencias naturales el hecho físico es suficiente pues no hay acción sino reacción, en cambio en ciencias sociales el hecho físico requiere explicación e interpretación de propósitos deliberados. Por eso es que libros y ensayos desde Ragnar Frisch, Jan Tinbergen, Roy G.D. Allen y Enrico Giovanini al actual Thomas Piketty están inundados de series estadísticas (y fórmulas), mientras que obras como las de Murray Rothbard, Israel Kirzner, Anthony de Jasay, James Buchanan, von Mises y Hayek no contienen una sola serie estadística para probar sus puntos. Entonces, para combatir el relato hace falta mucha más argumentación que lamentablemente por el momento está en gran medida ausente. Por eso en esta etapa los liberales en gran medida estamos perdiendo la batalla cultural. Los socialismos disimulan con estadísticas pero otros flancos argumentan a fondo con insistencia bajo el lema del mayo francés: “Seamos realistas, pidamos lo imposible.”

    Por último, respecto a lo que se discute en torno al realismo, se ha dicho que lo que no es percibido no es real, es decir, la tesis originalmente expuesta por Berkeley. Pero eso habría que extenderlo al mismo sujeto que observa, esto es, que no existiría si no lo percibe otro y así sucesivamente lo cual no termina en la Primera Causa ya que, paradójicamente, no tendría existencia real si no es percibida por otro, situación que conduce a la inexistencia de todo (incluso de la afirmación del no-realismo).

    Por otra parte, hay cosas que se estiman percibidas como, por ejemplo, los espejismos, las ilusiones y las estrellas que creemos observar cuyas luces navegan en el espacio pero que pueden haber dejado de existir hace tiempo.

    Por el principio de no-contradicción, una proposición no pude corresponderse y no corresponderse simultáneamente con el objeto juzgado (el relativista toma como verdad su relativismo). También cabe destacar que, sin duda, todo lo que entendemos es subjetivo en el sentido de que es el sujeto que entiende, pero cuando hacemos referencia a la objetividad o a la verdad aludimos a las cosas, hechos, atributos, propiedades y procesos que existen o tienen lugar independientemente de lo que opine el sujeto sobre aquellas ocurrencias y fenómenos que son ontológicamente autónomos. Lo antedicho en nada se contradice con el pluralismo y los diversos fines que persiguen las personas, dado que las apreciaciones subjetivas en nada se contraponen a la objetividad del mundo. Constituye un grosero non sequitur afirmar que del hecho de que las valorizaciones y gustos son diversos, se desprende la inexistencia de lo que es.

    Cuando se dice que no puede tomarse partido por tal o cual posición debe tenerse en claro que quien eso dice está de hecho tomando partido por no tomar partido, del mismo modo que quien sostiene que no debe juzgarse está abriendo un juicio. Como explicita Konrad Lorenz, si no hubiera tal cosa como proposiciones verdaderas no tendría sentido ninguna investigación científica puesto que no habría nada que investigar.

    Paul Watzlawick en su libro titulado ¿Es real la realidad? concluye que “la tesis básica del libro según la cual no existe una realidad absoluta, sino solo visiones o concepciones subjetivas, y en parte totalmente opuestas [de lo que es] la realidad, de las que se supone ingenuamente que responden a la realidad ´real´, a la ´verdadera´ realidad”.

    Nos parece que aquí se confunden planos de análisis. Como queda dicho, el juicio subjetivo en nada cambia la existencia de las cosas, sus propiedades y atributos. Ese juicio podrá desde luego estar más cerca o más lejos de describir al objeto juzgado puesto que la proposición verdadera consiste en la concordancia o correspondencia del juicio con el objeto juzgado. Pero nuevamente decimos que esto no significa que las dificultades de lograr el cometido se hayan disipado: el camino para captar la realidad es siempre uno sinuoso y lleno de obstáculos. Se trata de una peregrinación. Hay en este sentido una permanente navegación pues no hay puerto o destino final en el conocimiento ya que remite a corroboraciones provisorias sujetas a refutaciones. Nunca el ser humano llegará a una situación en que pueda ufanarse de haber completado su faena de haber abarcado la totalidad de lo real ya que estamos hablando de seres imperfectos, limitados y sumamente ignorantes.

    Lo dicho no quita para nada lo certera de la observación de Watzlawick en cuanto a la influencia malsana del grupo en el individuo cuando un sujeto se deja atropellar por lo que dicen o hacen otros.

    Pero esto no modifica nuestros comentarios sobre la realidad, solo que demuestra la enorme presión de la multitud sobre quienes opinan distinto, lo cual puede comprobarse a diario con personas que no se atreven a opinar lo que se considera “políticamente incorrecto” y, por ende, dejan de cumplir con su obligación moral de comportarse de acuerdo con la integridad elemental y la honestidad intelectual por cobardía, y así los timoratos dejan cada vez más espacio a la corriente dominante para que imponga su visión.

    Para poner el asunto de otra manera, una cosa es afirmar erróneamente que la realidad depende de la opinión y que, por tanto, no hay verdad objetiva y otra bien diferente es reconocer que cada uno tiene el derecho de interpretar, debatir, exponer y mostrar según su criterio cual es la realidad de tal o cual cosa. Precisamente, en esto consiste la posibilidad de progreso y acercamiento a la captación de diferentes realidades. Como se ha apuntado, las sucesivas refutaciones parciales o totales permiten el avance en el conocimiento.

    La duda (no de todo puesto que no dudamos que dudamos) y el racionalismo crítico son buenos ejercicios: ubi dubiun ubi libertas (si no hay duda, no hay libertad) puesto que en un mundo de dogmáticos no se requiere libertad ya que todo sería certezas. Pero lo contrario no significa escepticismo en el sentido de desconfianza en nuestra capacidad perceptual, sino que la conciencia del error nos da la pauta que somos capaces de distinguirlo de la verdad.

    El realismo -también crítico- profesa la existencia del mundo exterior al sujeto que observa que es, por ende, distinto al sujeto que conoce. La ciencia se refiere a la expansión del conocimiento de ese mundo exterior que presupone para sus estudios y experimentos. La inteligencia, el inter-legum, apunta a expandir el conocimiento que no se refiere solo a lo que puede comprobarse en el laboratorio sino a fenómenos no verificables en la experimentación sensible sino en el razonamiento de procesos complejos.

    Nicholas Rescher en su obra Objetivity escribe que “La independencia ontológica de las cosas -su objetividad y autonomía de las maquinaciones de la mente- constituye un aspecto crucial del realismo” de lo cual no se sigue que la mente pueda captar toda la realidad del universo, por lo que “coincidimos con el realismo en el énfasis de la independencia del carácter de la realidad, pero sabiendo que la realidad tiene una profundidad y complejidad que sobrepasa el alcance de la mente”. Esto, nuevamente recalcamos, es debido a las limitaciones de los humanos: el esfuerzo por captar la realidad para nada elimina la posibilidad de captar fragmentos de lo que existe.

    Entonces y en resumen, una cosa es la proposición falsa o verdadera y otra es la lógica o ilógico del razonamiento para lo cual nada mejor que consultar el formidable estudio sobre lógica de Aristóteles quien también criticó a los sofistas al escribir que “la sofística es una sabiduría aparente, pero no lo es” y que como apunta Julián Marías son relativistas. Morris Cohen ha refutado la manía de sostener que una verdad debe ser demostrada vía la verificación empírica al responder al opinante que su conclusión no es verificable empíricamente y como nos ha enseñado Karl Popper solo hay corroboraciones provisorias abiertas a refutaciones, pero en ningún caso en la ciencia hay verificación.