Categoría: Cultura y Sociedad

  • Los laberintos mágicos de la Creación y el abismo educativo

    Los laberintos mágicos de la Creación y el abismo educativo

    De niño, regresando a casa por la bajada de la Calle 50, desde donde hoy está el Soho Mall, que antes era la casa de mis primos Novey de la Guardia, bajando hacia la Vía Brasil, algo me hizo dar la vuelta y a caminar de espaldas, con la mirada fija en la ruta que dejaba atrás. En la loma, a la altura del edificio conocido como «el tornillo» o el F&F Tower, a casi 0.4 km, vi aparecer una fila de cinco autos, el último, un pequeño camión. Mi atención se clavó hipnotizada en ese último vehículo. A medida que la fila me iba pasando y el camión se aproximaba, un presentimiento o no sé qué, me hizo pegar una veloz carrera alejándome del borde de la vía. Al mirar atrás, el camión había perdido el control, patinando salvajemente sobre el punto exacto donde yo habría estado parado. Recuerdo perfectamente subir la loma anterior a mi casa, mirar al cielo y pensar con la inocencia de mis seis años: “Nadie lo va a creer”. Traigo a colación este episodio no por nostalgia, sino para abrir de golpe las compuertas de una inmensa y brutal realidad que nos fue legada en la mismísima Creación.

    Aquella premonición salvadora no fue una anomalía milagrosa; fue un destello del sistema de navegación avanzado y latente que llevamos dentro. La ciencia materialista lleva décadas balbuceando que el ser humano apenas utiliza una minúscula fracción de su capacidad neuronal cognitiva. Lo que no nos dicen es por qué. Hemos mantenido apagadas, por diseño del sistema, frecuencias de procesamiento analítico, capacidades matemáticas insólitas y genialidades artísticas dormidas que hoy nos parecen de ciencia ficción.

    Para poder aprovechar los laberintos mágicos e inimaginables que se abren en las espumas de los encantados mares de ese mañana que es hoy, debemos estar dispuestos a realizar cambios impensables. Y el primero de ellos exige demoler una estructura fósil: nuestra educación neandertal.

    Los ministerios de educación, los MEDUCA del mundo, deben quedar en el olvido. Estas instituciones no nacieron como herramientas de iluminación o de educación real, sino como fábricas de sumisión y servilismo, diseñadas para moldear súbditos obedientes a merced de los torcidos que deambulan entre nosotros buscando el control del poder político. El viejo paradigma te educa para el cubículo, para la repetición y para la dependencia estatal. Te entrena para ser un engranaje sumiso en una máquina que la Inteligencia Artificial ya desmantela.

    La IA nos abre realidades inimaginables; entre ellas, la educativa. Al asumir el trabajo mundano, repetitivo y cognitivo básico, la tecnología no viene a embrutecernos, sino a actuar como el gran catalizador que forzará el despertar de esas capacidades latentes de la mente humana. Nos devuelve el tiempo y nos quita la excusa. Ya no se trata de memorizar datos que un algoritmo procesa en milisegundos, sino de expandir la consciencia hacia el arte puro, la intuición hiperdimensional y la creación de valor real en el mundo del mañana.

    La transición, por supuesto, infundirá pánico en las mentes educadas bajo el viejo manual del arrabal y la dádiva. Ver caer los templos del gigantismo estatal y ver desaparecer la burrocracia que simulaba funciones productivas les parecerá el fin del mundo. Pero no es el fin, es el extraordinario momento en que se abrirán las puertas de mismo Paraíso.

    Mucho antes de lo imaginado miraremos atrás desde la cúspide de la Noosfera; y nos reiremos con benevolencia de nuestra incapacidad de acceder al mismo Universo con las llaves que nos fueron entregadas en la Creación.

    Nota: Ensayo 2/4: La Singularidad de la Noosfera

  • La IA y el fin de la mentira. El mañana que es hoy

    La IA y el fin de la mentira. El mañana que es hoy

    A quienes todavía toleran mis abordajes conceptuales —algunos con genuino interés, otros con simple paciencia— suelo lanzarles una pregunta que siempre provoca un silencio incómodo: ¿Tú crees que en el Cielo hay secretos? Tras una pausa pensativa, la respuesta casi unánime es un rotundo «no». ¡Ajá! Y si en un orden superior el secreto no existe y la transparencia es absoluta; ¿qué creen ocurrirá cuando la IA (inteligencia artificial) no de lugar a la mentira y a los secretos? El descomunal reto que, como tsunami ya llega, nos presenta incógnitas imposibles de resolver con las mentalidades de un ayer obsoleto. ¿Qué hacer frente a semejante realidad? Buenísima pregunta.

    Para ver y luego entender lo que ya llega debemos despertar a la Apocalipsis y su Singularidad. Y con “apocalipsis” me refiero al final del camino que nos trajo al presente y el inicio de un nuevo camino que no lo podemos ver ni entender con los lentes del ayer sino con los de un mañana que aún no tenemos.

    Intenten imaginar los cambios que vendrán con los autos robóticos o con los retretes que analicen la bioquímica de tus deposiciones. Y ello es apenas un atisbo lo que todo ello traerá. Simplemente no tenemos la capacidad de ver y entender el colapso del ayer frente a un mañana deslumbrante y sin falsedades.

    ¿Cómo lograremos superar los obstáculos que se interponen a la adaptación exponencial del mañana que es hoy; tales como el gigantismo de la corrupta y burrocrática gobernanza de los gobiernos estatales erigida sobre el poder descarriado? La inmensa realidad de gobiernos y gobernantes cuyas prioridades están trastocadas, al poner sus mezquinos intereses por delante. Curioso que en Panamá los presidentes no logran reelección.

    Entonces… ¿qué ocurrirá cuando la IA ya no de lugar al secreto y la mentira; al robo y la desvergüenza? Cuando un sistema algorítmico global procese e interconecte la verdad factual en tiempo real y el motor del estatismo simplemente se fundirá por falta del lubricante que le permita andar. Esto nos lleva a las profundidades abismales de una realidad matemática ineludible: el fin definitivo de la cultura del falso subsidio que ya es económicamente insostenible.

    Y frente a tan descomunal y brutal realidad los pasajeros del avión en picada mortal siguen viviendo y discutiendo un ayer de controles de precios, subsidios que no subsidian y tanto más que lo tienen en las narices y no lo ven. No más imaginen el transporte robótico, sin conductor, sin violar normas de tránsito, sin semáforos, sin accidentes; en dónde los seguros prácticamente desaparecerán; con costos tan disminuidos que no tendrá sentido comparar un auto. Y ni hablar cuando esos autos se eleven y transiten por el aire. Esta será la nueva etapa de la humanidad, la noosfera o etapa del conocimiento.

    Un mundo en el cual el trabajo manual y gran parte, sino todo el mental, lo hará la IA. ¿A qué nos dedicaremos los humanos? A ver si logramos un atisbo a ello… pues, casi todo el trabajo en que hoy nos afanamos para ganar el pan, lo podrán hacer los robots de IA mucho mejor y a una fracción del costo.

    No se trata de un cambio de gobierno ni de una crisis económica más. Estamos ante la reconfiguración radical de la condición humana. Quien tenga oídos para oír, que se prepare; porque el alud no va a detenerse para pedir permiso a quienes prefieren conservar su mirada vacua ante el mañana que es hoy.

    Nota: Ensayo 1 de 3 que abordan la Singularidad de la Noosfera

  • Socioeconomía de la prosperidad: nace del pueblo, no de sus gobiernos

    Socioeconomía de la prosperidad: nace del pueblo, no de sus gobiernos

    Ningún nuevo gobernante, aunque sea de la estirpe de los magos, puede deshacer los daños acumulados durante años de desgobierno, distorsiones y malas políticas. Esa es una verdad incómoda que muchos prefieren ignorar. ¿Cuántos panameños conocen o entienden de economía, y mucho menos de socioeconomía? Sin embargo, todos tienen derecho al voto; un voto que termina respaldando a los mismos gobernantes y diputados corruptos por los que han venido votando desde siempre. El sufragio típico en Panamá, y en tantos otros lares, va dirigido a quien más promete regalar lo que jamás se debe entregar: la propiedad del ser humano, su albedrío y el derecho a manejar su propia empresa.

    La economía no es solo números, inflación o déficit fiscal. Es la intersección entre los mercados y la cultura de una población: sus hábitos, sus expectativas, su relación con el trabajo, con la propiedad, con el Estado y el verdadero rol de la persona. Muy pocos entienden estos conceptos, y sin embargo son la base misma que determina el rumbo de una nación.

    En Panamá existe un daño profundo: una cultura política de arrabal y de servilismo que se expresa con claridad en el popular grito de “¡No a la privatización!”. ¿Cuántas personas comprenden el grado de ignorancia que hay detrás de esa consigna cuando se lanza más desde las tripas que desde el cerebro? La economía no es un ente abstracto separado de la gente; incluye, intrínsecamente, la cultura de la población.

    He visto marchas de protesta con pancartas que exigen que el gobierno resuelva problemas individuales, reflejo de corrientes culturales en Panamá que se oponen a la idea misma de la propiedad privada y de la responsabilidad individual. No se trata de menospreciar a nadie, sino de señalar una realidad: cuando una cultura está más cerca de estructuras ancestrales que de las exigencias de una sociedad contemporánea, y cuando casi no hay esfuerzo de adaptación, la nación termina cargando con expectativas imposibles. Pensar que un nuevo gobierno puede corregir mágicamente cientos de años de desgobierno y de una cultura desfasada de la realidad es pura fantasía.

    La realidad económica y socioeconómica varía enormemente dentro de un mismo país. En Argentina, la situación de Mendoza no es la misma que la de Buenos Aires. En Mendoza, al igual que en la Florida estadounidense, las autoridades no acataron con el mismo rigor el confinamiento del COVID que otras poblaciones. Quien visita Boquete nota que casi no se ve basura en las calles. En contraste, la realidad que vomitan los ríos capitalinos es elocuente. Y ante todo ello, ¿cuántos panameños vemos y entendemos la irresponsabilidad detrás del manejo de la basura en la capital?

    Recién abordé el tema del desorden vial con alguien, preguntando: ¿por qué llaman autopatrulla a los vehículos de la ATTT? No sabía. Le dije: porque la verdadera función de ordenamiento del tránsito vehicular se tiene que hacer patrullando; ya que sembrados como postes coimeros en las calles es imposible. O… ¿por qué hay tantos “policías muertos” (resaltos) en la capital? Pues porque nadie respeta las normas. ¿Andan buscando el por qué? Si las autoridades ni siquiera son capaces de administrar la recolección de basura o el ordenamiento del tránsito, ¿realmente alguien puede creer que respetarán las leyes de la economía? Y ni hablar de las de la socioeconomía, que representan el matrimonio entre las actividades del mercado y la cultura de la sociedad.

    La socioeconomía no se arregla con decretos ni con discursos grandilocuentes. Se construye —o se destruye— día a día, en la cultura, en las expectativas y en las decisiones de millones de personas.

  • De la inteligencia artificial a la “superinteligencia”: el problema que Hayek ya había previsto

    De la inteligencia artificial a la “superinteligencia”: el problema que Hayek ya había previsto

    Durante décadas llamamos inteligencia artificial a las máquinas capaces de realizar tareas que asociábamos con la inteligencia humana. Ahora aparece una palabra mucho más ambiciosa: superinteligencia.

    Donald Trump acaba de convertirla incluso en terminología oficial del gobierno estadounidense. Mediante una orden ejecutiva del 29 de septiembre, instruyó a las agencias del Ejecutivo a reemplazar, en sus comunicaciones y documentos no legislativos, Artificial Intelligence (AI) por Super Intelligence (SI). Pero hay un detalle esencial: la propia orden establece que, por ahora, “Super Intelligence” designa jurídicamente las mismas tecnologías incluidas en la definición vigente de inteligencia artificial. También ordena elaborar en 60 días una propuesta para una nueva definición federal.

    Es decir: Estados Unidos no despertó el martes habiendo creado una inteligencia superior a la humana; por ahora, fundamentalmente cambió el nombre.

    Y precisamente por eso vale la pena detenerse.

    Una palabra que cambia la relación

    “Artificial” nos habla del origen de la inteligencia: ha sido fabricada. “Super” introduce algo diferente: una jerarquía. Sugiere que estamos ante una inteligencia superior.

    La Casa Blanca explica explícitamente que considera que el término antiguo ya no refleja adecuadamente las capacidades de los sistemas actuales y que Super Intelligence transmite mejor su potencial transformador, pero esto no coincide necesariamente con el significado técnico tradicional de Artificial Superintelligence, ASI.

    En ese sentido, una superinteligencia sería un sistema que superase ampliamente a los mejores seres humanos en una gran variedad de capacidades intelectuales: ciencia, ingeniería, razonamiento, planificación, creatividad o investigación.

    Y aquí es importante distinguir también a Elon Musk de la iniciativa terminológica de Trump. Musk lleva tiempo utilizando el concepto de superinteligencia en ese sentido técnico y, recientemente, él, Sam Altman y Dario Amodei han advertido sobre el riesgo de sistemas capaces de participar en su propio desarrollo y acelerar sucesivamente sus capacidades. Musk apoyó incluso llamados a reducir el ritmo de desarrollo de los modelos más avanzados.

    Por tanto, existen dos conversaciones simultáneas: una superinteligencia futura que realmente podría superar intelectualmente al ser humano, y el nuevo “Super Intelligence” utilizado por la administración Trump como nombre para la categoría tecnológica que hasta ahora llamábamos IA.

    Confundirlas puede ser peligroso, porque llamar superinteligente a una herramienta puede modificar nuestra disposición a discutir con ella.

    Hayek y el error del gran cerebro central

    Aquí aparece Friedrich Hayek. El problema que Hayek identificó en la planificación central nunca fue simplemente que los burócratas tuvieran computadores demasiado lentos; era mucho más profundo. El conocimiento necesario para coordinar una sociedad no existe reunido en ningún sitio, está disperso entre millones de personas.

    El dueño de un pequeño comercio conoce algo sobre sus clientes que no aparece en una estadística nacional; el empresario descubre una oportunidad que todavía nadie había imaginado; el consumidor cambia de preferencias; el trabajador conoce detalles de su profesión imposibles de introducir completamente en una base de datos. Y una enorme cantidad de ese conocimiento aparece durante el propio proceso de mercado. Los precios ayudan a transmitirlo, la competencia ayuda a descubrirlo, el error ayuda a corregirlo.

    Por eso el gran interrogante frente a la superinteligencia no es si una máquina podrá procesar un billón de veces más datos que un funcionario. Probablemente podrá. La pregunta es si de allí debemos concluir que finalmente hemos construido el planificador capaz de conocer lo suficiente como para dirigir el sistema desde arriba; ahí reaparece la fatal arrogancia, pero dotada esta vez de centros de datos, modelos gigantescos y millones de millones de operaciones por segundo. Una superinteligencia podría resolver extraordinariamente bien el problema del procesamiento de información. Eso no significa que haya eliminado el problema del conocimiento. No puede calcular hoy una información que sólo existirá mañana porque alguien la descubrirá mañana.

    Y tampoco puede resolver nuestros valores

    Existe además otra dificultad que suele desaparecer detrás del entusiasmo tecnológico.

    Una máquina puede decirnos qué combinación de recursos probablemente reduzca más los accidentes de tráfico, pero ¿cuánta libertad estamos dispuestos a sacrificar para conseguirlo?. Puede calcular qué política sanitaria maximiza determinados resultados, pero ¿cómo distribuimos los costos?. Puede determinar que determinada vigilancia financiera facilita detectar delito, pero ¿cuánta privacidad estamos dispuestos a perder?. Esas preguntas no son problemas de capacidad computacional. Son conflictos entre valores humanos. No existe suficiente inteligencia para convertir una decisión moral o política en un hecho matemático.

    Popper añadiría otra advertencia

    Karl Popper construyó su defensa de la sociedad abierta alrededor de una idea extraordinariamente simple: podemos equivocarnos. Por eso necesitamos crítica, contraste, instituciones que permitan corregir errores y gobernantes que puedan ser reemplazados.

    Ahora imaginemos una administración que comienza a decir: “el sistema superinteligente determinó que ésta es la solución óptima”. La frase puede adquirir una autoridad formidable: ¿Quién se atreve a discutir con algo que hemos definido previamente como superior a nuestra inteligencia?. Éste puede ser uno de los peligros políticos menos evidentes de la palabra. No que la máquina inevitablemente se convierta en un tirano, sino que los humanos empecemos a conceder autoridad política a sus conclusiones.

    Una sociedad abierta necesitará exactamente lo contrario. Modelos que puedan competir, resultados que puedan cuestionarse, decisiones que puedan apelarse, sistemas que puedan desconectarse. Y personas capaces de decir: “La máquina puede ser más inteligente que yo y aun así necesito saber por qué debo obedecerla”.

    El verdadero problema liberal

    Desde una perspectiva liberal, quizá estemos haciendo la pregunta equivocada cuando nos preguntamos si la superinteligencia será buena o mala. La cuestión fundamental será: ¿quién la controla?

    Imaginemos una superinteligencia accesible a millones de individuos. Un médico la utiliza para diagnosticar mejor. Un pequeño empresario para competir con una multinacional. Un estudiante para aprender. Un científico para investigar.

    Distintos modelos compiten entre sí y ninguna institución posee el monopolio. Eso puede representar una extraordinaria descentralización del conocimiento y de las capacidades.

    Ahora imaginemos exactamente la misma inteligencia conectada a: identidad digital, cámaras, información tributaria, historial médico, cuentas bancarias, movimientos financieros, registros públicos y eventualmente dinero programable. El problema ya no es cuánto sabe la máquina, sino cuánto poder posee quien puede utilizar todo lo que la máquina sabe sobre nosotros. La tecnología puede ser idéntica. La estructura institucional es completamente distinta.

    La superinteligencia no refuta a Hayek

    Quizá ocurra algo paradójico.

    Cuanto más inteligentes sean nuestras máquinas, más tentador será creer que finalmente hemos superado los límites que justificaban instituciones descentralizadas. Que ahora sí podemos calcularlo todo, predecirlo todo, optimizarlo todo, diseñar el resultado correcto.

    Pero Hayek nunca sostuvo que las personas fueran demasiado poco inteligentes para planificar una sociedad. Sostuvo algo mucho más difícil de resolver: nadie posee el conocimiento que una sociedad contiene de manera distribuida.

    La superinteligencia puede aumentar espectacularmente lo que sabemos. No necesariamente convierte todo lo que necesitamos saber en conocimiento centralizable.

    Y Popper nos recordaría que, incluso si alguna vez construimos una inteligencia que nos supere ampliamente, seguirá siendo prudente organizar nuestras instituciones como si pudiera equivocarse. Por eso el cambio de AI a SI puede ser más que una curiosidad lingüística; las palabras importan porque moldean expectativas.

    Si “superinteligencia” termina significando “autoridad que sabe mejor”, habremos cometido un error muy antiguo con una tecnología completamente nueva.

    La pregunta liberal no será si debemos temer a una máquina demasiado inteligente. Será bastante más concreta: ¿vamos a utilizar la superinteligencia para ampliar la capacidad del individuo o para ampliar la capacidad de quienes pretenden decidir por él?

    Porque el verdadero peligro nunca fue que alguien supiera demasiado. El peligro es que alguien crea que saber más le otorga el derecho a decidir demasiado sobre los demás.

  • El Efecto de Goteo Económico

    El Efecto de Goteo Económico

    «El “derrame” o “goteo” (trickle-down) suele ser muy malinterpretado en el debate político superficial.«.

    Un podcaster pregunta: “¿Si la economía crece, los pobres salen de la pobreza o los ricos se vuelven más ricos?”. Luego asevera que una economía puede crecer sin que se reduzca la pobreza… sí; pero también depende de lo que se entiende por “economía”.

    ¿Cómo hacer que el crecimiento llegue a la mayoría de los hogares? El del podcast responde que “se necesita política social y redistributiva” para rescatar a los pobres. ¿Será cierto que la solución está en el confisca, parte y reparte, para que los maleantes gubernamentales se queden con la mejor parte? El podcaster y muchísimos más no se han asomado al abismo o etiología del mal.

    Hay otro tema de fondo que conviene considerar: la definición misma de riqueza. ¿Acaso riqueza es simplemente tener más dinero? ¿O se logra verdadera riqueza subiendo salarios por decreto y redistribuyendo? ¡Nooo! La verdadera riqueza está en la persona que crece en cultura, conocimientos, hábitos y capacidad. Requiere aumentar la productividad y su valor en el intercambio social que es el mercado; no sólo de bienes y servicios, sino de acercamiento humano. Y, por favor, no busquemos eso por la vía política y menos la politiquera y redistributiva; pues allí no van a encontrar otra cosa que pobreza socioeconómica.

    El camino más sólido pasa por generar las condiciones para que más personas logren producir productos o servicios que otros quieran comprarles. Para ello se requieren verdadera educación, seguridad jurídica, estabilidad, incentivos al trabajo e inversión; es decir, un entorno donde el esfuerzo y la productividad sean recompensados. Sin ello no hay motivación, y sin motivación regresamos a las cuevas.

    Cuando niño conocí en nuestra empresa de familia, Novey, al Sr. González, gerente del patio, cuyo salario era de unos $600. Cuando se jubiló y sin más que hacer, se fue a Puerto Coquira en el Bayano y veía llegar a los nativos en sus piraguas que venían de compras a la Capital; y le vino la idea de hacerles el encargo de compras. Pasaron los años y el Sr. González le regaló una casa a cada una de sus tres hijas… eso no es goteo sino una cabeza de agua que aprendió en real vivencia en una empresa que no se embarraba con la corruptela gubernamental.

    El “derrame” o “goteo” (trickle-down) suele ser muy malinterpretado en el debate político superficial. La frase nació como burla a la idea de que la actividad de arriba ayuda a los de abajo. Se usa como estratagema para negar el efecto real y virtuoso: el derrame de capacidades, conocimiento, estructura y ejemplo que los empleados de una buena empresa hacen suyo. Lo que el Sr. González demostró es precisamente eso. Y este es apenas un ejemplo.

    Pero hay algo más profundo. Ni el goteo ni el diluvio alcanzan cuando la gobernanza está podrida. La pobreza crónica suele tener su manantial en instituciones extractivas, deuda pública insostenible, clientelismo y corrupción. En ese terreno, las políticas redistributivas se convierten en botín y los recortes fiscales solos no bastan. Sin reglas claras, seguridad jurídica e incentivos reales al trabajo productivo, el crecimiento se concentra o se evapora. El verdadero derrame no es un regalo que cae desde arriba: es el resultado de personas que aumentan su valor en el mercado porque el entorno se lo permite y recompensa.

  • Christa Pike y la ejecución fallida: una reflexión sobre la pena de muerte

    Christa Pike y la ejecución fallida: una reflexión sobre la pena de muerte

    El caso de Christa Pike me conmueve, y quiero empezar aclarando algo que para mí es indispensable: no estoy defendiendo a una delincuente ni relativizando el crimen que cometió.

    Pike fue condenada por el brutal asesinato de Colleen Slemmer en Tennessee en 1995. Tenía 18 años cuando participó en el crimen. La madre de Slemmer ha apoyado durante años su ejecución.

    No tengo idea de cómo reaccionaría yo si alguien asesinara a mi hija. Y precisamente por eso procuro no juzgar a una madre que reclama la muerte de quien mató a la suya. Pero hay otra pregunta que no consigo quitarme de la cabeza: ¿Estaría esa misma madre dispuesta a matar personalmente a Christa Pike?. No lo pregunto como provocación ni como reproche, sino porque creo que existe una diferencia moral enorme entre matar y pedir que alguien mate por nosotros.

    Y el Estado nos permite borrar esa diferencia.

    Cuando decimos “que la ejecuten”, no tenemos que mirar a la persona a los ojos. No tenemos que inmovilizarla. No tenemos que introducirle una aguja. No tenemos que administrar la sustancia que sabemos que va a detener su vida. Podemos pedirlo desde nuestra casa y después continuar con nuestro día. El Estado se encarga del resto y ahí aparece algo que me inquieta profundamente: la delegación hace mucho más fácil pedir la muerte de otra persona.

    La burocracia también anestesia

    Una ejecución moderna está extraordinariamente fragmentada, quizás porque así se diluye aún más el sentido de la responsabilidad.

    Un tribunal dicta una sentencia. Otro tribunal revisa los recursos. Un gobernador decide si concede clemencia. Un funcionario fija la fecha. Otros preparan al condenado. Alguien consigue los medicamentos. Otro coloca las vías. Otro ejecuta el protocolo. Hay testigos, formularios, horarios y procedimientos. Al final, la muerte termina convertida en un acto administrativo. Y cuando la responsabilidad queda repartida entre tantas personas, aparece una peculiar ilusión moral: parece que nadie está matando. Pero sí alguien muere.

    El intento de ejecución de Christa Pike del 30 de septiembre llevó esa contradicción a un extremo difícil de ignorar. Tennessee siguió su protocolo de inyección letal y le administró pentobarbital, pero Pike no murió. El propio Departamento de Corrección reconoció después que el protocolo no permitía realizar procedimientos adicionales y que fue trasladada a un centro médico.

    Pensemos un momento en la escena: el Estado había decidido que esa persona debía morir, intentó matarla (ejecutarla dirán otros) y no lo consiguió, entonces una ambulancia la trasladó para que profesionales sanitarios procuraran mantenerla con vida.

    No lo señalo como una incoherencia jurídica: evidentemente, una vez terminado el procedimiento autorizado, el Estado seguía teniendo bajo su custodia a una persona viva. Lo que me interesa es la contradicción moral que deja al descubierto. ¿Qué hacemos ahora? ¿La curamos para intentar matarla nuevamente? No sé cómo mirar esa pregunta y no sentir cierto horror.

    Mi problema no es que existan crímenes monstruosos

    Desde una perspectiva libertaria, mi objeción a la pena de muerte no consiste en negar la responsabilidad individual, todo lo contrario, creo profundamente en ella.

    Una persona que asesina debe responder por haber destruido el derecho más básico de otra: su vida.

    Tampoco me convence el argumento según el cual todo delincuente es fundamentalmente una víctima de su entorno, de la sociedad o de las circunstancias. Podemos intentar comprender las circunstancias que rodearon un crimen sin eliminar la responsabilidad de quien lo cometió.

    Mi duda aparece en otro lugar. ¿Quién adquiere el derecho a matar como consecuencia de ese crimen?

    Durante mucho tiempo existieron sociedades en las que el castigo estaba mucho más cerca de la víctima. La venganza, la reparación y posteriormente los sistemas de compensación nacieron precisamente alrededor del daño sufrido por una persona concreta.

    El Estado moderno hizo algo muy distinto: convirtió el delito contra una persona en un delito contra “la sociedad” y se arrogó progresivamente el monopolio del castigo. En algunos lugares también el poder de matar. Y ahí mi desconfianza libertaria se dispara.

    Si desconfiamos del Estado cuando regula una empresa, administra nuestro dinero, establece impuestos o decide qué podemos hacer con nuestra propiedad, ¿por qué deberíamos abandonar esa desconfianza precisamente cuando ejerce el poder más irreversible de todos?

    Una multa equivocada puede devolverse, una condena injusta de prisión puede, imperfectamente y demasiado tarde, terminar, una ejecución equivocada no puede corregirse. Pero hay algo incluso anterior a ese argumento institucional.

    Si quieres que muera, ¿estarías dispuesto a matarlo?

    No sostengo que la madre de una víctima deba convertirse en verdugo. Tampoco creo que haber sufrido una agresión otorgue automáticamente un derecho ilimitado a hacer cualquier cosa con el agresor. Mi pregunta es otra.

    Me pregunto si antes de reclamar la pena de muerte no deberíamos someternos mentalmente a una prueba extremadamente sencilla: si considero que esa persona debe morir, ¿estaría dispuesto yo mismo a producir su muerte?

    No hace falta que la respuesta sea necesariamente afirmativa para defender filosóficamente la pena capital. Se puede argumentar, razonablemente, que precisamente hemos creado instituciones judiciales para que el castigo no dependa de la emoción personal de la víctima. Pero creo que la pregunta sigue siendo moralmente indispensable porque obliga a retirar una capa de abstracción.

    “Aplicar la pena capital” suena muy distinto de “matar a esta persona”. “Cumplir la sentencia” suena muy distinto de “inyectarle una sustancia hasta que deje de respirar”. El lenguaje burocrático puede ocultarnos aquello que realmente estamos solicitando.

    Delegar no elimina nuestra responsabilidad moral

    Este es probablemente el punto que más me inquieta.

    Si considero inmoral realizar personalmente determinado acto, encargarle ese mismo acto a un tercero no resuelve automáticamente el problema. No aceptamos ese principio en ningún otro ámbito.

    Si contrato a una persona para agredir a alguien, sigo siendo responsable de la agresión; si ordeno un robo, no desaparece mi responsabilidad porque otro haya entrado físicamente en la casa. Entonces, al menos deberíamos preguntarnos por qué consideramos tan diferente pedir al Estado que mate.

    Tal vez la respuesta sea que creemos que la justicia exige esa muerte. Puede ser, pero entonces deberíamos ser capaces de mirar directamente aquello que estamos defendiendo, sin escondernos detrás del procedimiento, porque existe el riesgo de que el Estado no sólo monopolice la violencia, sino que nos proporcione una distancia suficientemente cómoda para reclamar violencia que quizás no estaríamos dispuestos a ejercer nosotros mismos.

    Ni absolución ni espectáculo

    Sentir compasión por Christa Pike no significa absolverla. Y sentir horror ante una ejecución fallida no significa olvidar a Colleen Slemmer. Podemos sostener simultáneamente dos ideas, que una persona cometió un acto monstruoso y que sigue siendo una persona.

    Quizás una civilización se mida precisamente por nuestra capacidad para sostener ambas cosas al mismo tiempo.

    No sé qué sentiría si asesinaran a mi hija. Tal vez querría matar al responsable. Sería absurdo presumir hoy de una serenidad moral que nunca he tenido que poner a prueba, pero precisamente por eso tampoco quiero convertir mi reacción emocional hipotética en una potestad permanente del Estado. Y mucho menos quiero que la muerte de una persona termine transformada en un espectáculo aséptico en el que observamos desde lejos cómo funcionarios ejecutan aquello que nosotros hemos pedido.

    El caso de Christa Pike ha dejado una imagen difícil de olvidar: el Estado intentando matar a una persona, fracasando y enviándola después al hospital.

    Quizás el problema no esté solamente en que la ejecución haya salido mal. Quizás deberíamos preguntarnos qué significa exactamente que consideremos normal cuando sale bien.

    Porque antes de decir “que la maten”, existe una pregunta incómoda que deberíamos atrevernos a contestar: ¿lo haríamos nosotros mismos?. Si la respuesta cambia cuando desaparecen el verdugo, el protocolo y la distancia, entonces tal vez esa distancia no sea un detalle.

    Tal vez sea precisamente lo que nos permite pedir con tanta facilidad algo que, si tuviéramos que hacerlo con nuestras propias manos, nos resultaría mucho más difícil llamar justicia.

  • De Panamá Viejo a Panamá Nuevo

    De Panamá Viejo a Panamá Nuevo

    Las pobrezas que hoy nos perturban debemos verlas en nuestra evolución social, la cual comenzó con la finca que el rey de España configuró con un modelo rentista. El intento originario no estaba en poblar, cultivar y lograr una riqueza social humana, sino en cosechar las riquezas de Castilla del Oro, en donde se creía que las arenas de las playas eran doradas. Luego, con el tiempo, al descubrir que las playas eran de arena común, el intento fue lograr ingresos a través de peajes: tanto por el paso a través del istmo, como por quienes se quedaron varados aquí y tuvieron que pagar por cupos, coimas, licencias y demás para poder hacer mercado en la finca del rey.

    Con el pasar del tiempo, el oro de la finca se agotó y la vida en la se fue circunscribiendo a Panamá la Vieja y luego a la Nueva; que no era más que un burgo medieval dentro del cual había una casta burguesa, calles de tierra y un sistema séptico que transportaba la caca en carretas, y fuera de sus muros, el Arrabal. Entonces ¿qué fue de la gobernanza, acaso cambió? La respuesta la podemos ver en el comentario de un diputado en la asamblea colombiana en 1840, quien dijo: “Quien quiera conocer a Panamá, que vaya rápido, ¡pues se acaba!”

    En 1849 se produce un fenómeno único con el descubrimiento de oro en California, que torna a Panamá en el atajo hacia la riqueza del oeste gringo. ¿Y qué encontraron los argonautas en Panamá? Pues lo que había advertido el diputado colombiano. Ese choque entre transeúntes a través de parajes de escasez social y económica produjo muchos incidentes de «tajadas de sandía»; y no solamente como cuenta la errada historia.

    Más adelante, luego del ferrocarril, continúan nuestros problemas que culminan en la Guerra de los Mil Días y luego en la construcción del Canal de Panamá, en la cual el choque entre culturas vuelve a estar presente y termina con el enclave de la Zona del Canal; en donde se esconden los “zonians” de los panameños porque no se llevan. Bueno, sí, acaso para ir los días libres a las cantinas y prostíbulos a formar peleas; o panameñas que iban los fines de semana a las bases militares a buscar futuro.

    En 1903 nos independizaron los gringos y, desde entonces, ¿qué cambios reales se dieron en el modelo? Bueno, la Constitución de 1972 es fiel testimonio del ideal de gobernanza centralista, populista e intervencionista que adoptamos. Y lo más curioso es que aún hoy, en el 2026, la mayoría casi no lo advierte y quieren reformar lo irreformable; algo así como reconstruir a Frankenstein.

    Pero aún pocos ven la realidad en la cual los gobiernos están enquistados de manera destructiva en el mercado, dando testimonio de que la finca ya no es del rey de España, sino de los corruptos y corruptores «reyes» del Nuevo Panamá, que han llevado el clientelismo de los cupos, licencias y coimas al grado de arte. Y de educación real y efectiva… ¡ni pensarlo!, pues ello destruiría el cercado de semovientes ciudadanos liberándolos y destruyendo la finca burguesa.

    En resumen, y para entender nuestra terrible realidad, hay que reconocer nuestro pecado original: Panamá no nació como una nación, sino como la finca del rey de España. Desde la colonia hasta el sol de hoy, los administradores solo han cambiado de nombre, pero mantienen la misma tara mental: gestionar una economía de peaje y prebendas, creando una escasez institucionalizada para mantener a la población dependiente del «parte y reparte». Es bajo esta lógica de capataces que nace el NODUCA.

  • 1337: el pequeño código que sobrevivió a la cultura hacker y llegó hasta la privacidad digital

    1337: el pequeño código que sobrevivió a la cultura hacker y llegó hasta la privacidad digital

    Si alguna vez viste el número 1337 en un nombre de usuario, una donación en Bitcoin, una dirección, una contraseña antigua, una remera geek o una conversación entre gente de tecnología, probablemente no estaba allí por casualidad.

    1337 se lee “LEET”, una forma abreviada de elite.

    El truco consiste en reemplazar letras por números visualmente parecidos:

    1 = L
    3 = E
    3 = E
    7 = T

    Así, 1337 → LEET → elite.

    Pero detrás de esa pequeña broma tipográfica existe toda una historia de cultura digital, anonimato, pertenencia y resistencia frente al control.

    De los BBS a la cultura hacker

    El llamado leetspeak apareció y se popularizó en los años 80 y 90 en comunidades informáticas, especialmente en BBS (Bulletin Board Systems), foros, grupos de hackers, jugadores y usuarios técnicamente avanzados.

    En aquella Internet primitiva, escribir palabras sustituyendo letras por números servía para varias cosas. A veces era simplemente diversión, o permitía distinguir a quienes pertenecían a determinada comunidad. Y en otros casos ayudaba a evitar filtros automáticos muy rudimentarios que buscaban palabras exactas. No era criptografía, pero tampoco era anonimato real. Eso sí, expresaba una idea que luego aparecería repetidamente en la cultura cypherpunk: si alguien construye un sistema para clasificar y controlar información, los usuarios intentarán encontrar maneras de escapar de él.

    Con el tiempo, leet dejó de significar literalmente “élite informática” y se convirtió en una especie de guiño cultural. Escribir 1337 era una manera de decir: sé de dónde viene esto.

    ¿Qué tiene que ver con la privacidad?

    Aquí conviene hacer una precisión. 1337 no significa privacidad. No es un código criptográfico, no protege datos y no convierte una comunicación en anónima. Su relación con la privacidad es cultural.

    Muchos de los espacios donde se utilizaba leetspeak eran también lugares donde se discutían criptografía, software libre, seguridad informática, pseudónimos, anonimato y libertad en Internet; es decir, 1337 terminó formando parte del lenguaje informal de una generación que empezó a hacerse una pregunta que hoy resulta muchísimo más importante: ¿cuánto debe saber una red sobre nosotros?

    Aquella pregunta pareció casi extravagante durante los primeros años de Internet. Hoy vivimos rodeados de respuestas. Nuestros teléfonos saben dónde estamos; los bancos conocen buena parte de nuestros movimientos financieros, las plataformas conocen qué compramos, qué leemos, con quién hablamos y cuánto tiempo permanecemos mirando una pantalla. La privacidad digital dejó de ser una preocupación de hackers excéntricos y se convirtió en una cuestión cotidiana.

    Del leetspeak a Bitcoin

    Por eso tampoco resulta extraño encontrar 1337 dentro del ecosistema Bitcoin o en comunidades cypherpunk. Puede aparecer como una cantidad simbólica (por ejemplo, 1.337 sats), como parte de un alias o simplemente como una referencia cultural. No aporta ninguna propiedad técnica al dinero, pero recuerda una genealogía.

    Antes de Bitcoin estuvieron los cypherpunks. Antes de las wallets estuvieron las claves PGP. Antes de que los gobiernos discutieran cómo regular la privacidad financiera, ya existían comunidades que defendían la criptografía como herramienta para proteger al individuo.

    Bitcoin llevó parte de esa filosofía a otro terreno: el dinero. Monero la llevó aún más directamente hacia la privacidad financiera. Y herramientas cifradas de comunicación hicieron lo mismo con nuestros mensajes.

    Una pequeña cifra con una gran historia

    Hoy 1337 puede parecer una curiosidad nerd. Y en buena medida lo es.

    Pero también es un fósil cultural de una etapa muy importante de Internet: aquella en la que los usuarios todavía experimentaban con identidades, lenguaje y tecnologías sin asumir que todo debía estar permanentemente identificado, registrado y analizado.

    No hace falta convertir cuatro números en un símbolo revolucionario, pero sí vale la pena recordar de dónde vienen. Porque detrás de 1337 hay algo más interesante que una forma de escribir “elite”. Hay una vieja intuición de Internet: los individuos también pueden crear sus propios códigos, sus propias comunidades y sus propias herramientas sin pedir permiso.

    Y esa idea, décadas después, sigue siendo central para cualquier conversación seria sobre privacidad y libertad digital.

  • ¿Quién es Dueño de Ti?

    ¿Quién es Dueño de Ti?

    La respuesta parece obvia, casi ridícula por su simplicidad: el dueño de ti eres tú. Eres el soberano absoluto de tu cuerpo, de tu pensamiento, de tu obra y de tus acciones. Este principio de auto propiedad es la raíz de donde brota todo lo demás que está inscrito en la misma Creación y que tan difícil responsabilidad nos fue adjudicada. Si eres dueño de tu mente y de tu esfuerzo, inevitablemente eres dueño de lo que produces. De allí deviene, de forma natural e inalienable, el derecho a la propiedad privada.

    Nuestra Constitución comienza declarando estos derechos fundamentales con gran elocuencia, pero tropieza y se contradice en el camino. Lo más grave no es solo la incoherencia jurídica, sino cómo este virus ideológico ha permeado en la sociedad panameña. Hoy, un lema común resuena desde las calles hasta los gremios empresariales que cacarean libertades, pero actúan con debilidades: «no a la privatización». Hemos satanizado la palabra hasta el punto de olvidar que privatizar es, simplemente, validar lo que es estrictamente tuyo.

    Esta fobia a lo individual ha engendrado una costumbre morbosa en nuestro andamiaje legal y social: una burrocracia asfixiante diseñada para hacernos creer que el Estado nos otorga el permiso de existir y vivir.

    Cuando fui director en las empresas Novey, contábamos con un ejército de abogados y mensajeros dedicados exclusivamente a lidiar con el monstruo estatal. Era un escudo divino. Pero al dejar atrás los recursos de los grandes capitales, la realidad golpea de frente: hoy, para el ciudadano de a pie, cumplir con la normativa gubernamental es una tarea imposible. La consecuencia directa está a la vista de todos: a «Tío Pueblo» no le queda más remedio que refugiarse en el emprendimiento informal para poder sobrevivir. Menos mal que existe la informalidad, porque el diseño estatal está hecho para ahogar la iniciativa privada.

    Y no perdamos de vista que las vilipendiadas “escuelas rancho” son negocios informales, a veces de una persona o familia y otras de la misma comunidad que no encuentra solución en el NODUCA.

    En semejante realidad surge la incógnita de ¿cómo podemos defendernos contra aquellos que en sus vidas no aprendieron de moralidad y en el desespero por subsistir y descollar revierten a la violencia en contra de la propiedad ajena. Buena parte de la solución está en la educación; pero, lastimosamente esa también ha sido secuestrada y tergiversada por torcidos intereses centralistas. Y lo torcido llega a tal extremo que hasta gran parte del sector privado, por acto u omisión, apoya el empobrecedor monopolio educativo estatal; ese que ha invadido la esfera de lo privado que pertenece a la familia, al igual que en tantas otras actividades propias del mercado.

    De qué sirve un MEDUCA que no enseña desde la juventud las realidades de propiedad, comenzando por la propia. De allí nace que una gran parte de la población busca resolver sus necesidades por la vía estatista; a tal punto que llegan argüir que los subsidios y tal son “derechos” de propiedad. Que quitarle al productivo para dar al improductivo es lo correcto. O peor, de justificar tomar las cosas por la vía coercitiva; el asalto, la trampa, el robo, engaño y la mentira.

    Al marchar ciegamente contra «lo privado» y aplaudir el exceso de regulaciones, la población marcha contra su propia soberanía. Si el derecho a lo tuyo, a tu negocio y a tu legítima defensa se debilita, la respuesta a la pregunta inicial deja de ser obvia. Si tú no eres tu propio dueño debido a un papel vencido o a un trámite imposible, ¿de quién eres propiedad entonces?

  • El Derecho a Elegir es Sagrado

    El Derecho a Elegir es Sagrado

    En los dos artículos anteriores sostuve que la educación pertenece primero a la familia y que los gobiernos, al apoderarse de su administración directa, violan el principio de subsidiariedad. También afirmé que el aprendizaje es, ante todo, un proceso emocional y relacional que los sistemas centralizados —capturados por sindicatos y cálculos políticos— violan por razones no edificantes. Hoy quiero mostrar por qué el derecho a elegir es sagrado cuando se trata de la educación de nuestros hijos, lo que revelan los números bien llevados y, sobre todo, lo que revelan las escuelas rancho que muchos quieren cerrar.

    Las cifras internacionales son elocuentes. En Estados Unidos, el porcentaje de estudiantes que alcanzan niveles sobresalientes en matemáticas ronda apenas el 8 %. En China esa proporción se eleva a cerca del 58 %. India, en varios de sus sectores urbanos y en las escuelas que operan con real exigencia, muestra también porcentajes muy superiores. No se trata de una diferencia menor: es un abismo que se traduce en capacidad de innovación y competitividad. Y ocurre mientras se gastan fortunas por alumno en sistemas que privilegian los intereses de grupos con intereses que no tienen que ver con el aprendizaje.

    Panamá no es ajena a esta realidad. Participé en un estudio financiado por la Embajada del Reino Unido en Panamá, dirigido por Martín Krause y en el que también intervino el investigador británico James Tooley, autor de The Beautiful Tree. Cuando presentamos los hallazgos en la Cámara de Comercio, el presidente de la entidad dijo con claridad: “Este estudio no debe quedar encerrado en estas cuatro paredes”. Lamentablemente, allí se quedó. En APEDE, cuando mostramos que en Panamá existían escuelas de bajo costo como las que Tooley había documentado en India, China y África —escuelas rancho de propiedad comunitaria o privada que educaban mejor que muchas oficiales—, un ex presidente de la asociación se levantó airado y exigió que se revelaran sus ubicaciones para proceder a su cierre.

    Yo mismo fui a verificarlo sobre el terreno. En Veracruz, al oeste del Canal, filmé escuelas particulares modestas que cobraban alrededor de 35 dólares mensuales. No tenían edificios monumentales ni banderas institucionales, pero tenían algo más valioso: dueños responsables, maestros comprometidos, padres juiciosos, cercanía a los hogares y, lograr mejor futuro para sus hijos. Los padres pagaban de su bolsillo lo que el Estado ofrecía “gratis”, porque sabían que muy a menudo lo gratis sale carísimo. El video sigue disponible y muestra, sin discursos, por qué esas familias elegían la escuela sencilla .

    Tooley documentó el mismo fenómeno en decenas de países: cuando los padres tienen la posibilidad real de elegir, y cuando existen proveedores independientes que responden directamente ante ellos, los niños aprenden más y mejor. La distancia importa, como la confianza en quien dirige la escuela, el vecindario y educadores que promueven amor por el conocimiento real y no por un adoctrinamiento; ni por edificios grandiosos que no tienen dueños que respondan por lo que venden.

    La solución está en devolver a las familias el poder de decidir. Si hay que ayudar, que no sea en mazmorras políticas sino a través de la acción ciudadana en sanos mercados sin burrocracia. Démosle los medios económicos para los padres contraten a su juicio.

    Libertad para que comunidades, agrupaciones y educadores funden y dirijan escuelas sin asfixia regulatoria. La verdadera manera en que el Estado puede proteger es supervisando y no avasallando con monopolios infectos de estatismo. Se pueden lograr resultados muy superiores con costos muy inferiores.

    Mi trayectoria de más de seis décadas —desde la escuela de vuelo de 1964, la Escuela de Aeronáutica Civil, el trabajo en APEDE, el estudio con Tooley y las visitas a las escuelas de Veracruz— me ha llevado siempre a la misma conclusión. La educación florece cuando la responsabilidad vuelve a quienes más quieren al niño: sus padres. Florece cuando el maestro se siente responsable ante ellos y no ante gobiernos de turno. Florece cuando la emoción del aprendizaje vuelve a ocupar el centro.

    Lástima que sean tantos que no ven o atienden la realidad en la existencia de las escuelas brujas, rancho, o como quieran llamarles. O peor, que si las señalamos las vayan a cerrar porque educan mejor que el NODUCA y eso no lo pueden permitir. Lo que se les escapa es que el derecho a elegir es sagrado y sin ello lo que tenemos es dictadura y pobreza.

    Nota: Ensayo 3/3