Categoría: Cultura y Sociedad

  • Lo que necesita MEDUCA es dejar de administrar la educación, no un mejor ministro

    Lo que necesita MEDUCA es dejar de administrar la educación, no un mejor ministro

    Cada vez que un escándalo sacude al Ministerio de Educación (MEDUCA) aparece la misma reacción: hay que encontrar al culpable, cambiar de ministro o funcionarios, investigar contratos, exigir mayor transparencia y prometer que la próxima administración será diferente.

    Todo eso puede ser necesario. Pero no resuelve el problema de fondo.

    Un sistema que concentra miles de millones de balboas, decisiones de compra, nombramientos, infraestructura, tecnología, programas educativos y una enorme estructura administrativa en un ministerio central siempre será extraordinariamente atractivo para la política, los grupos de presión y quienes viven de contratar con el Estado. El problema no es solamente quién administra MEDUCA, sino qué y cuánto administra.

    En 2026 el MEDUCA tiene un presupuesto aprobado de aproximadamente B/.3.640 millones. Su propia estructura institucional refleja un organismo que interviene desde la formulación de políticas y controles hasta la coordinación académica, administrativa y regional del sistema educativo.

    Desde una perspectiva liberal, una verdadera reforma educativa debería comenzar precisamente allí: separando aquello que necesariamente debe hacer el Estado de aquello que simplemente hemos acostumbrado a que haga un ministerio.

    El MEDUCA debería gobernar el sistema, no gestionarlo todo

    Un MEDUCA reformado debería ser considerablemente más pequeño.

    Su función central tendría que concentrarse en pocas cosas: establecer estándares mínimos de aprendizaje; garantizar información pública comparable sobre resultados; proteger el acceso a la educación de quienes no puedan financiarla; fiscalizar el cumplimiento de normas básicas; y administrar mecanismos transparentes de financiamiento. Poco más.

    No debería decidir desde Ciudad de Panamá qué computadora necesita un maestro de Chiriquí, qué reparación corresponde a una escuela de Darién, qué proveedor debe abastecer determinado insumo o cómo debe resolverse cada necesidad material de miles de centros educativos diferentes.Tampoco debería decidir sobre el contenido entero y uniforme del Currículum escolar excepto lo que hemos señalado arriba.

    Porque cuanto mayor sea la cantidad de decisiones que pasan por un mismo escritorio, mayor será también el valor económico de controlar ese escritorio.

    La descentralización no elimina la corrupción, pero reduce el premio de capturar el poder central.

    Dividir el poder también divide las oportunidades de corrupción

    Existe una diferencia enorme entre que una institución compre decenas de miles de equipos mediante una sola contratación y que cientos o miles de unidades educativas puedan adquirir los recursos que necesitan dentro de presupuestos públicos, reglas claras y procedimientos competitivos.

    En el primer modelo hay un comprador gigantesco y unos pocos contratos gigantescos. En el segundo hay muchos compradores, muchos proveedores y decisiones mucho más pequeñas.

    La corrupción puede existir igualmente. Pero deja de existir un único punto capaz de distribuir cientos de millones y esa diferencia importa.

    Una licitación nacional puede justificar enormes esfuerzos de lobby, relaciones políticas, intermediarios y captura regulatoria. Una compra realizada por una escuela, municipio o región difícilmente tenga el mismo atractivo.

    La descentralización funciona entonces como una forma de diversificación del riesgo institucional. Es el mismo principio por el que no ponemos toda nuestra riqueza en una única inversión. Tampoco deberíamos poner todo el poder de decisión educativa en una única institución.

    El dinero debería seguir al alumno

    Pero descentralizar solamente desde MEDUCA hacia otras burocracias públicas sería insuficiente.

    Transferir facultades del gobierno nacional a direcciones regionales o municipios puede acercar las decisiones a los ciudadanos, pero no introduce necesariamente competencia. Una reforma verdaderamente promercado debería avanzar un paso más: financiar a las personas antes que financiar estructuras.

    El Estado puede garantizar que todos los niños tengan recursos para educarse sin necesidad de convertirse simultáneamente en propietario, administrador, comprador y proveedor dominante de educación.

    El mecanismo podría adoptar diferentes formas: bonos educativos, cuentas educativas, financiamiento por estudiante o modelos combinados. El principio es más importante que el instrumento, es decir, el presupuesto acompaña al alumno y no a la institución.

    Una familia podría elegir entre escuelas públicas autónomas, cooperativas, privadas, comunitarias u otras modalidades habilitadas bajo estándares mínimos comunes. Panamá ya reconoce jurídicamente incluso la educación en casa mediante la Ley 245 de 2021, lo que demuestra que el ordenamiento jurídico no identifica necesariamente educación con escolarización estatal tradicional.

    La consecuencia de financiar la demanda sería profunda. Las escuelas dejarían de recibir recursos simplemente porque existen. Tendrían que atraer y conservar estudiantes. Y los padres dejarían de ser administrados por el sistema para transformarse progresivamente en sus clientes.

    Autonomía para las escuelas

    Una escuela pública verdaderamente descentralizada debería poder administrar una parte importante de su presupuesto. Su director y su comunidad educativa deberían tener capacidad para decidir sobre mantenimiento, tecnología, materiales y determinadas contrataciones dentro de límites previamente establecidos. También debería existir autonomía creciente para contratar personal y organizar proyectos educativos. A cambio, esa autonomía tendría que venir acompañada de algo que el sistema centralizado suele diluir: responsabilidad concreta por los resultados.

    Hoy, cuando todo depende de una extensa cadena administrativa, es extraordinariamente fácil que nadie sea finalmente responsable.

    El director culpa a la regional, la regional culpa al ministerio, el ministerio culpa al presupuesto, el gobierno culpa al anterior. Y el ciudadano termina sin saber quién tomó la decisión.

    La descentralización permite exactamente lo contrario: usted recibió este presupuesto, tomó estas decisiones y obtuvo estos resultados.

    Transparencia no significa publicar más PDFs

    Existe además una confusión frecuente entre transparencia y burocracia.

    Un sistema transparente no es necesariamente aquel que exige veinte formularios, siete firmas y cinco controles previos. Muchas veces semejante arquitectura simplemente multiplica las oportunidades para la discrecionalidad administrativa (es decir, corrupción).

    La verdadera transparencia debería permitir que cualquier ciudadano pueda conocer, en pocos minutos, cuánto dinero recibe una escuela, qué compró, a quién se lo compró, cuánto pagó y qué resultados educativos obtiene. Esto se da mediante los datos abiertos auditables fácilmente por todos los ciudadanos, compras visibles, precios comparables, contratos disponibles e indicadores de resultados. Y todo ello en formatos que permitan comparar una escuela con otra.

    No necesitamos necesariamente más interventores, lo que necesitamos es más información y más ojos mirando.

    Cuando cientos de proveedores pueden competir y miles de padres pueden comparar, la vigilancia deja de depender exclusivamente de funcionarios que fiscalizan a otros funcionarios.

    También hay que permitir que fracasen las malas decisiones

    Aquí aparece probablemente el elemento más incómodo de cualquier reforma liberal: la competencia solamente funciona cuando existen consecuencias.

    Si una escuela administra persistentemente mal sus recursos, pierde estudiantes y ofrece malos resultados, no puede recibir automáticamente más dinero para compensar su fracaso. Deberá cambiar su dirección, reorganizarse, fusionarse con otra institución o eventualmente desaparecer y mientras tanto, los recursos deben acompañar a los estudiantes hacia alternativas mejores. Eso es precisamente lo que normalmente no ocurre en los monopolios públicos.

    Una empresa que pierde clientes debe corregirse, sin embargo, una oficina pública que funciona mal suele reclamar mayor presupuesto. Los incentivos están invertidos.

    El mercado no significa abandonar al que menos tiene

    Quizás el argumento más previsible contra este modelo sea que terminaría perjudicando a los sectores de menores ingresos. Es exactamente al revés si se diseña correctamente.

    La familia con dinero ya dispone de libertad educativa, porque puede pagar una escuela privada, mudarse cerca de una mejor escuela, contratar profesores particulares o enviar a sus hijos al extranjero. El monopolio educativo afecta principalmente a quien no puede escapar de él, los más pobres.

    Por eso un sistema de elección escolar debería contemplar financiamiento público completo para las familias de menores ingresos, recursos adicionales para discapacidad, zonas rurales o situaciones de especial vulnerabilidad y eventualmente incentivos mayores para escuelas que atiendan poblaciones difíciles. La redistribución puede hacerse explícitamente.

    Lo que no resulta necesario es que, para ayudar a una familia pobre a pagar la educación de sus hijos, el Estado tenga que administrar directamente prácticamente toda la cadena educativa.

    Del ministerio proveedor al Estado garante

    Panamá discute actualmente una modernización de su Ley Orgánica de Educación, cuya base sigue siendo la Ley 47 de 1946; la propia Comisión de Educación de la Asamblea ha venido trabajando en propuestas de reforma. Eso abre una oportunidad mucho mayor que modificar artículos administrativos.

    Modernizar no debería significar digitalizar el mismo modelo centralizado ni tampoco incorporar computadoras, plataformas, nuevas direcciones o nuevos procedimientos.

    Una reforma estructural consiste en preguntarse qué funciones debe conservar el Estado y cuáles pueden devolverle a las escuelas, las familias, las comunidades y el mercado.

    MEDUCA debería evolucionar desde un gigantesco proveedor y administrador de educación hacia un organismo mucho más limitado que garantice acceso, establezca estándares mínimos, produzca información y fiscalice reglas generales. Es decir, ser menos interventor y más árbitro en caso de colisiones en la gestión descentralizada.

    La mejor política anticorrupción es reducir aquello que puede capturarse

    Nunca habrá un sistema institucional completamente inmune a la corrupción. Se pueden cambiar ministros, endurecer penas, crear comisiones y multiplicar auditorías. Se pueden diseñar nuevas plataformas de contratación y todo eso podrá ayudar; pero seguirá existiendo un incentivo extraordinario para capturar una institución mientras esa institución conserve un poder extraordinario para repartir dinero, contratos y empleos.

    La reforma liberal introduce una defensa mucho más elemental: quitar poder antes que intentar encontrar personas suficientemente virtuosas para ejercerlo.

    Descentralizar las decisiones.

    Dividir las compras.

    Permitir competencia entre proveedores.

    Dar autonomía a las escuelas.

    Publicar resultados.

    Financiar a los estudiantes.

    Y permitir que las familias elijan.

    No porque los padres, directores, municipios o empresarios sean moralmente superiores a los funcionarios de MEDUCA, justamente porque ninguno de ellos lo es. El liberalismo nunca necesitó gobernantes perfectos ni los pretende; sólo aboga por instituciones diseñadas bajo la premisa mucho más realista de que las personas responden a incentivos, persiguen intereses propios y pueden abusar del poder cuando ese poder se concentra.

    Por eso, después de cada escándalo educativo (ahora con la renunciada ministra) que vuelve a agobiarnos, quizás la pregunta no debería ser “¿Quién será el próximo ministro?”, sino una bastante más importante: “¿Por qué necesitamos que el próximo ministro tenga tanto poder?”

  • La Coyunda Entre lo Natural y la Creatividad Humana

    La Coyunda Entre lo Natural y la Creatividad Humana

    Las realidades morales de la naturaleza y la creatividad humana trabajando juntas

    Cuando el piloto alcanza suficiente altura, el panorama cambia por completo. Lo que desde tierra parecía un oscuro chubasco con ventiscas, desde arriba se convierte en radiantes pompas de jabón. Dejamos abajo la tormentosa oscuridad y, de pronto, el mundo se ve diferente. Podemos ver mucho más lejos y llegar a donde antes no imaginábamos. Lo mismo ocurre en el plano mental y espiritual cuando logramos elevarnos.

    La naturaleza —la Creación— no es un simple almacén neutral de materias primas. Tiene realidades morales propias. Es un sistema vivo, ordenado y generoso, pero también exigente. Nos da abundantemente, siempre y cuando respetemos sus ritmos y sus límites. Quien intenta violarla con arrogancia termina cosechando erosión, contaminación y escasez. Quien la cuida con sabiduría descubre que puede ser sorprendentemente generosa.

    Aquí entra la creatividad humana, ese don extraordinario que se nos ha concedido. Es el fuego interior que debemos alimentar con leña seca para que produzca llamaradas. Gracias a ella aprendimos a despegarnos del suelo y surcar los aires, y hoy ya soñamos con volar más allá de la atmósfera.

    La verdadera mayordomía no consiste en elegir entre explotar la naturaleza o dejarla intacta. Consiste en aprender a trabajar con ella. Es la diferencia entre saquear un bosque y diseñar sistemas que lo renueven mientras producen lo necesario. Es la diferencia entre contaminar un río y crear tecnologías que lo mantengan limpio y productivo. Hasta los pequeños castores nos enseñan que es posible reparar cuencas destruidas sin necesidad de tecnología avanzada.

    Esta colaboración entre la naturaleza y la creatividad humana es uno de nuestros mayores recursos. Gracias a ella hemos pasado de vivir a merced de la tierra a poder alimentarnos, vestirnos y protegernos de formas antes impensables. Sin embargo, este poder trae consigo una responsabilidad moral profunda. No somos dueños absolutos del planeta. Somos mayordomos. Se nos ha confiado un jardín para cultivarlo, embellecerlo y entregarlo mejor de lo que lo recibimos.

    Desafortunadamente, en países como Venezuela y Panamá vemos el resultado de lo contrario. A pesar de tener abundantes recursos naturales, no hemos sabido usarlos con sabiduría. Nuestros gobiernos, en lugar de fomentar el espíritu de mayordomía en el pueblo, han promovido el servilismo a través de subsidios que, en realidad, solo subsidian la pobreza y la dependencia.

    Como piloto, nunca confié ciegamente en el controlador de tierra. Él puede asesorar sobre el tráfico y las tormentas, pero cuando surge una emergencia, quien está al mando de la aeronave soy yo. Lo mismo ocurre en la vida y en la sociedad. El mayor Controlador del Universo nos dio libertad para volar incluso en cielos tormentosos. Qué arrogancia la de aquellos gobernantes estatistas que pretenden controlarlo todo, y luego culpan a otros cuando el vuelo termina en accidente.

    En la mayordomía de los recursos, la altura importa. Cuanto más alto volamos —moral, intelectual y espiritualmente—, mejor entendemos que la naturaleza y la creatividad humana no son enemigas, sino socias en un proyecto mucho más grande.

    El vuelo continúa.

    Nota: Ensayo No. 3 sobre: La Mayordomía de los Recursos

  • Derecho Natural y Constitución

    Derecho Natural y Constitución

    El derecho natural es un fuerte candidato a ser el punto de partida fundamental de cualquier constitución duradera o de un orden político viable. Antes de las reglas positivas, del diseño institucional, de la separación de poderes o de los procedimientos de reforma, es necesario contar con una visión coherente de lo que ya es verdadero acerca de los seres humanos y de sus relaciones —derechos, deberes, justicia y los límites de la autoridad legítima— que el documento escrito reconoce, protege y organiza, ya que la ley se descubre y no se inventa.

    Las tradiciones del derecho natural (clásica, estoica, tomista, lockeana y ciertas corrientes de la Ilustración) sostienen que existen principios morales y prácticos descubribles por la razón, arraigados en la naturaleza humana y en las exigencias de la cooperación social. Estos incluyen bienes básicos como la vida, el conocimiento, la razonabilidad práctica y la comunidad; derechos correlativos contra la agresión, el robo o el dominio arbitrario; y la idea de que la autoridad política solo se justifica en la medida en que asegura estos bienes y derechos, en lugar de anularlos. Una constitución que parte de aquí trata al Estado como un instrumento para proteger un orden moral pre político, y no como la fuente de todos los derechos y de toda legitimidad. Esa orientación tiende a producir límites más claros al poder, protecciones más sólidas para los individuos y las asociaciones intermedias, y una mayor resistencia a la captura puramente mayoritaria o de élites.

    En la práctica, muchas tradiciones constitucionales exitosas se han inspirado en esta premisa, aunque no siempre usaran la expresión “derecho natural”. Los documentos fundacionales estadounidenses, por ejemplo, invocan explícitamente “las Leyes de la Naturaleza y del Dios de la Naturaleza” y derechos inalienables. Las constituciones liberales clásicas y algunas de orientación demócrata-cristiana tratan de manera similar ciertos derechos y restricciones institucionales como reflejos de realidades morales más profundas, y no como meras preferencias políticas. Cuando las constituciones, por el contrario, consideran los derechos como puras creaciones del Estado o de las mayorías políticas sucesivas, se vuelven más vulnerables a la revisión cada vez que cambia el equilibrio temporal de poder: un resultado visible en muchos experimentos constitucionales latinoamericanos que han sido reescritos repetidamente con cada ciclo de predominio político.

    Respecto a Panamá y a las discusiones de la APEDE entre expresidentes, los debates sobre reforma constitucional allí, como en otros lugares, suelen centrarse en la arquitectura institucional (presidencialismo frente a parlamentarismo, límites de mandatos, reglas electorales, independencia judicial, reglas fiscales). Esas cuestiones son importantes, pero son secundarias. Sin un punto de partida compartido acerca de la naturaleza y los límites de la autoridad legítima, las opciones institucionales se convierten en instrumentos de una disputa de poder en lugar de salvaguardas de un orden común. Un enfoque inspirado en el derecho natural preguntaría primero: ¿Cuáles son los requisitos básicos de la justicia y del florecimiento humano que cualquier constitución panameña debe respetar? ¿Qué formas de poder estatal están inherentemente limitadas por esos requisitos? Solo entonces los detalles de los procedimientos de reforma, los contrapesos y el diseño institucional se siguen como medios y no como fines.

    Esto no significa afirmar que el derecho natural produzca un plano único y detallado que todo país deba copiar. Personas razonables discrepan sobre el contenido preciso y la derivación de los principios del derecho natural, y las aplicaciones históricas han sido a veces selectivas o interesadas. Las circunstancias culturales, históricas y prácticas también moldean las instituciones viables. Sin embargo, la alternativa —tratar la constitución como un puro acto de voluntad de la coalición dominante del momento— tiene un historial peor en cuanto a estabilidad a largo plazo, gobierno limitado y protección de los derechos básicos.

    En resumen, centrarse primero en el descubrimiento y el reconocimiento de las restricciones del derecho natural es una forma más fundamental y durable de “constituir” un Estado que comenzar por la ingeniería institucional o la negociación partidista. El texto escrito y los argumentos políticos que le siguen deben ser consecuencia de ese reconocimiento.

  • Ver el Mundo Desde lo Alto

    Ver el Mundo Desde lo Alto

    Una de mis aventuras en lo alto ocurrió volviendo solo en un Cessna 172 de un vuelo al interior. Pasando sobre Chame decidí ver cuan alto podía volar el 172 y comencé a ascender. Ya sobre Taboga llegué a casi 17,000 pies de altura (5,000 Mts.) y viendo que el color de mis uñas se tornaba rosado, me dije: “ya está bueno y apagué el motor. Ya con la hélice detenida al frente me dirigí a la Ciudad volando a lo planeador; hasta que aterricé en M. A. Gelabert, como planeador. Allá arriba y en esas aventuras los problemas de abajo desaparecen y uno gana claridad; el mundo no lo ves igual. Eso es exactamente lo que necesitamos en la mayordomía de los recursos: aprender a subir por encima de los tranques vehiculares, el ruido, y los problemas que nos rodean y no logramos entender y así, seguimos volando a baja altura en vez de subir a ver un panorama mucho más amplio.

    Tomemos la pobreza, por ejemplo. El síntoma es obvio: gente sin suficiente ingreso, sin acceso digno a educación o salud. La respuesta habitual sería: más “asignación”; más subsidios, más programas gubernamentales, más reparto. Pero eso es tratar la fiebre sin curar la infección. El origen o ‘etiología’ suele estar en sistemas que destruyen la creatividad, castigan el esfuerzo o impiden que las personas desarrollen y les dejen usar sus propios recursos y talentos.

    Lo mismo pasa en la economía y la política, donde abunda la tontería humana. Vemos gobiernos que gastan enormes cantidades de dinero en subsidios a industrias obsoletas, mientras ahogan con regulaciones a las nuevas empresas que podrían crear verdadera riqueza. Es como tratar de mantener un avión viejo en el aire echándole más combustible, en vez de diseñar uno más eficiente. O como subsidiar el azúcar y después gastar más dinero en campañas contra la diabetes. ¡Es comedia pura, si no fuera tragedia!

    Otro ejemplo clásico se da con la creación de entidades gubernamentales, como el Ministerio de Cultura, cuando la gran mayoría no entiende de cultura; creen que se trata del tamborito, la pollera y tal. Pero, a final del día, terminamos alimentado corrupción o dependencia en lugar de cultivar un buen desarrollo cultural. Es como darle pescado a alguien todos los días en vez de enseñarle a pescar… y luego, quejarnos cuando siguen teniendo hambre. La mayordomía verdadera pregunta: ¿qué condiciones estamos creando (o destruyendo) para que las personas puedan generar y cuidar sus propios recursos?

    La raíz del problema suele ser mental y moral. Cuando creemos que los recursos son un pastel fijo, nos enfocamos en pelear por nuestra rebanada (o en quitársela al vecino). Cuando entendemos la mayordomía, empezamos a preguntar: ¿cómo cultivamos mejor el talento humano? ¿Cómo liberamos la creatividad? ¿Cómo trabajamos con la naturaleza en vez de solo extraerla?

    El secreto de volar en el fluido atmosférico, igual que vencer las limitaciones humanas, está en vencer la resistencia al avance que ocurre cuando la aeronave choca con el aire que se resiste a darle paso. Yo como instructor le apagaba el motor a mis estudiantes para mostrarles que el avión vuela porque tiene alas y no sólo por el ruidoso motor. Al principio les daba un miedo que debían conocer y lidiar pues uno no sabe cuando ello le ocurrirá.

    En los próximos ensayos seguiremos ganando altitud: exploraremos la mayordomía de los recursos humanos, de la naturaleza y de nuestra vida colectiva. Veremos que, aunque existen límites reales, también existe un enorme espacio por encima de ellos para volar más alto y más lejos.

    La resistencia al avance siempre estará allí y debemos aprender a vencerla.


    Nota: como todos los viernes, se publica el Ensayo No. 2/4 sobre La Mayordomía de los Recursos.

  • Ser soberano financiero: riqueza sin permiso

    Ser soberano financiero: riqueza sin permiso

    En The Sovereign Individual, publicado en 1997, James Dale Davidson y William Rees-Mogg anticiparon que el éxito financiero dejaría de medirse únicamente por la cantidad de ceros acumulados. También importaría la capacidad de organizar la propia vida de manera que permitiera alcanzar verdadera autonomía e independencia individual. Ser soberano financiero.

    Casi treinta años después, esa idea resulta más actual que nunca.

    Ser soberano financiero no significa simplemente tener mucho dinero. Una persona puede poseer millones y seguir siendo completamente dependiente de un banco que puede bloquearle la cuenta, de una moneda que pierde poder adquisitivo, de un gobierno que modifica retroactivamente las reglas, de una plataforma que decide quién puede cobrar o de un intermediario que exige permiso para mover el fruto de su trabajo.

    La riqueza nominal no garantiza libertad.

    La soberanía financiera comienza cuando una persona recupera control real sobre tres cosas: cómo obtiene valor, cómo lo conserva y cómo lo transfiere.

    Tener dinero no es lo mismo que controlarlo

    El saldo que aparece en una cuenta bancaria no es dinero bajo control directo. Es una obligación de una institución hacia el depositante. Normalmente funciona, pero continúa sometida a condiciones, horarios, límites, regulaciones y decisiones de terceros.

    El soberano financiero comprende la diferencia entre propiedad y acceso condicionado.

    No por eso debe abandonar los bancos ni vivir completamente fuera del sistema. La soberanía no consiste en rechazar toda intermediación, sino en evitar que un único intermediario tenga poder absoluto sobre nuestra vida económica.

    Se puede utilizar un banco sin depender enteramente de él. Se puede usar una plataforma de pagos sin convertirla en la única vía para cobrar. Se puede operar dentro de la legalidad sin entregar voluntariamente más información de la necesaria. Se puede aprovechar la infraestructura existente conservando alternativas para salir de ella.

    Soberanía no significa no depender de nadie. Significa no depender de un único permiso.

    Autocustodia: poseer las llaves

    Bitcoin introdujo una posibilidad históricamente extraordinaria: conservar y transferir valor digital sin necesitar la autorización de un banco, un Estado o una empresa.

    Pero comprar bitcoin en un exchange no convierte automáticamente a nadie en soberano. Cuando otra persona controla las claves, esa persona controla los fondos. El usuario conserva una promesa de pago, no el activo en sí. De allí nace el principio cypherpunk más conocido: Not your keys, not your coins.

    La autocustodia permite que el control material del patrimonio permanezca en manos de su propietario. Sin embargo, también elimina al intermediario que tradicionalmente recupera contraseñas, revierte errores o atiende reclamos.

    La soberanía sustituye permiso por responsabilidad individual.

    Eso exige aprender a proteger semillas, verificar direcciones, utilizar dispositivos confiables, mantener copias de seguridad, evitar puntos únicos de fallo y diseñar mecanismos sucesorios. En patrimonios importantes puede requerir multisig, separación geográfica de respaldos y procedimientos que reduzcan tanto el riesgo de robo como el de pérdida accidental. No basta con tener las llaves. Hay que saber conservarlas.

    Privacidad financiera

    La privacidad no es el derecho a cometer delitos. Es el derecho a decidir quién conoce nuestra vida económica.

    Cada compra revela información como hábitos, relaciones, ubicación, intereses, estado de salud, creencias y prioridades. Cuando todas las transacciones quedan vinculadas a una identidad, quien controla esos datos obtiene una radiografía extraordinariamente precisa de la persona.

    El dinero completamente vigilado no es neutral y puede convertirse en una herramienta de control.

    Un sistema financiero soberano facilita que las personas realicen intercambios legítimos sin quedar expuestas permanentemente ante gobiernos, corporaciones, delincuentes o cualquier tercero capaz de acceder a las bases de datos.

    Por eso la tradición cypherpunk o libertaria no concibe la privacidad como un accesorio, sino como una condición de la libertad. La criptografía permite crear espacios en los que los derechos no dependen de la buena voluntad del poder, sino de propiedades matemáticas verificables.

    La privacidad no consiste en tener algo que ocultar. Consiste en no aceptar que otros tengan derecho automático a observarlo todo.

    Independencia monetaria

    Una persona que ahorra exclusivamente en la moneda emitida por su gobierno está expuesta a las decisiones políticas de ese gobierno: inflación, controles de capitales, devaluaciones, corralitos, impuestos inesperados o restricciones a la compraventa de divisas.

    Ser soberano financiero implica entender que el dinero también contiene riesgo político.

    La respuesta no tiene por qué ser concentrar todo el patrimonio en un único activo. La concentración extrema crea una nueva dependencia. La autonomía requiere diversificación: distintas monedas, activos, jurisdicciones, mecanismos de custodia y fuentes de ingresos.

    Puede incluir efectivo, bitcoin, metales, acciones, inmuebles, monedas extranjeras o participaciones en negocios productivos. La combinación dependerá de las circunstancias de cada persona.

    Lo importante es que ninguna decisión individual, ninguna institución y ningún decreto puedan destruir todo el patrimonio de una sola vez.

    La capacidad de salir

    La verdadera libertad se mide por la posibilidad de decir que no.

    No a un empleador abusivo. No a un banco que impone condiciones injustas. No a una plataforma que amenaza con cerrar una cuenta. No a un país que transforma al ciudadano en rehén fiscal o monetario. No a una relación en la que la dependencia económica impide marcharse.

    Por eso la soberanía financiera no es solamente una cuestión de inversión. También exige reducir deudas, acumular liquidez, desarrollar habilidades transferibles, crear fuentes de ingreso independientes y mantener bajos los costes fijos.

    Quien necesita desesperadamente el próximo pago tiene poca capacidad de negociación. Quien posee reservas, opciones y movilidad puede tomar decisiones de acuerdo con sus valores y no únicamente por miedo.

    El patrimonio soberano no sirve solo para consumir más. Sirve para ampliar el espacio dentro del cual una persona puede elegir.

    Jurisdicción y arbitraje institucional

    Los individuos soberanos también comprenden que los Estados compiten, aunque muchos gobiernos prefieran fingir que sus ciudadanos les pertenecen.

    Residencia, nacionalidad, domicilio fiscal, lugar de constitución de una empresa y custodia de los activos no tienen por qué coincidir siempre en una única jurisdicción. Conocer las alternativas legales permite reducir riesgos, evitar abusos y elegir entornos más respetuosos de la propiedad.

    Esto no significa evadir obligaciones ni esconder delitos. Significa estructurar legítimamente la propia vida sin aceptar que el lugar accidental de nacimiento determine para siempre qué reglas debemos soportar.

    La posibilidad de salida disciplina al poder. Cuando las personas, el capital y el talento pueden marcharse, los gobiernos deben competir por atraerlos en lugar de tratarlos como propiedad tributaria.

    La soberanía es un proceso

    Nadie se vuelve soberano comprando una hardware wallet o abriendo una cuenta en otro país. Tampoco existe independencia absoluta.

    La soberanía es una arquitectura construida gradualmente.

    Consiste en eliminar puntos únicos de fallo. Mantener alternativas. Aprender. Diversificar. Proteger la privacidad. Comprender la tecnología que utilizamos. Prepararnos para interrupciones. Reducir dependencias innecesarias y conservar la capacidad de abandonar sistemas que dejan de servirnos.

    No se trata de vivir aislados. Se trata de relacionarnos voluntariamente.

    El individuo soberano coopera, comercia, contrata y confía, pero procura que ninguna relación pueda transformarse fácilmente en dominación. Utiliza instituciones mientras le resultan útiles y conserva la posibilidad de retirarse cuando dejan de serlo.

    Más que acumular ceros

    Durante décadas, el éxito financiero fue presentado como una cifra: patrimonio, salario, propiedades o rentabilidad anual.

    Pero una fortuna que no puede moverse no es completamente propia. Una cuenta que puede ser congelada sin defensa no es plenamente soberana. Un ingreso que depende de la aprobación de una plataforma es precario. Un patrimonio visible para todos es vulnerable. Una riqueza encerrada en una única jurisdicción está expuesta a una sola decisión política.

    El nuevo indicador de éxito será distinto.

    No preguntaremos solamente cuánto posee una persona, sino cuánto de ello controla realmente. Cuántos intermediarios pueden impedirle utilizarlo. Cuántas alternativas conserva. Cuánto tiempo puede vivir sin pedir permiso. Qué capacidad tiene para proteger a su familia, abandonar un sistema abusivo y elegir las reglas bajo las cuales desea cooperar.

    La soberanía financiera no promete seguridad absoluta. Garantiza algo más valioso: la posibilidad de asumir nuestros propios riesgos, cometer nuestros propios errores y organizar nuestra vida en nuestros propios términos.

    La meta no es ser más ricos dentro de una jaula, sino construir una riqueza que también nos entregue las llaves.

  • Quieres un “Estado de Bienestar”, paga el precio de la inmigración

    Quieres un “Estado de Bienestar”, paga el precio de la inmigración

    Comencemos por decir las cosas como son. Si quieres un Estado que subvenciona haraganes -coaccionando a sus ciudadanos para que paguen los impuestos necesarios- tienes que saber que atraerás inmigrantes haraganes.

    Las imágenes de miles de personas intentando cruzar desde Marruecos hacia Ceuta volvieron a colocar el tema en el centro del debate europeo y global. España reforzó la frontera, desplegó efectivos de seguridad y el inefable Pedro Sánchez se trasladó al enclave español mientras el episodio reabría uno de los debates más sensibles de la Unión Europea: el control de sus fronteras.

    Rápidamente se convirtió en un argumento político para la derecha occidental. Italia anunció el restablecimiento de controles temporales sobre los viajeros procedentes de España, mientras Trump utilizó las imágenes de Ceuta para advertir que ese podría ser el futuro de EE.UU. si los demócratas regresaran al poder. La inmigración volvió a transformarse en una poderosa herramienta demagógica de disputa política.

    Por cierto, no faltaron las hipótesis confabuladoras sobre que Marruecos provocó estos hechos deliberadamente. Durante los últimos veinticinco años, el reino marroquí dejó de ser un vecino periférico de Europa para convertirse en uno de los actores estratégicos del Mediterráneo occidental. Hoy España necesita su cooperación para controlar los flujos migratorios, combatir el terrorismo, preservar la estabilidad de Ceuta y Melilla, las dos ciudades autónomas españolas situadas en la costa norte de África.

    Madrid necesita un equilibrio entre sus dos grandes socios -y rivales entre sí- del Magreb: depende de Argelia para garantizar parte de su abastecimiento energético y de Marruecos por los motivos que vimos. En ese contexto, el 20 de julio Pedro Sánchez viajó a Argel para reforzar la cooperación energética. Apenas diez días después estalló la crisis de Ceuta.

    No existe evidencia pública que permita vincular ambos episodios ni afirmar que Marruecos haya relajado deliberadamente los controles fronterizos, como sí ocurrió en 2021. Sin embargo, aquel antecedente demostró hasta qué punto el control migratorio puede convertirse en un instrumento de presión política. Pero, en cualquier caso, ese no es el problema de fondo.

    Para el periodo 2021-2027, la Unión Europea tiene comprometidos más de 1.600 millones de euros para programas de cooperación destinados al desarrollo económico, el fortalecimiento institucional, la gestión migratoria y el control de las fronteras. La estabilidad de Marruecos pasó a formar parte de la seguridad europea. Pero regalar dinero de los ciudadanos europeos es contraproducente y solo deja contentos a los políticos y sus andanzas.

    Una de las patas para una solución de fondo es que los países en cuestión, desde donde vienen los inmigrantes, liberen sus mercados de manera que sus economías se expandan, y así suba el nivel de vida local logrando que menos personas quieran irse.

    La solución de fondo para los países desarrollados pasa por el cese inmediato de todo beneficio social, fiscal, de salud, educación, y de cualquier tipo y, entonces, cuando tengan que pagar por todo veremos cuántos se quedan. Si cada inmigrante tiene que pagarse lo suyo, lo haraganes que viven a costa de los ciudadanos locales y sus impuestos, desaparecen. Quedarán solo los que consiguen un empleo que les permita vivir mejor que en su país y ni siquiera esto porque muchos, aun ganando más que en su tierra, extrañarán su patria y se volverán.

    Por cierto, los que se quedan trabajando honestamente y ganando más que en su tierra no solo que no perjudican al país de adopción, sino que lo benefician. Trabajo sobra, hay mucho por hacer piense solo en el déficit habitacional, de hospitales y tanto más. En un mercado libre, hay pleno empleo siguiendo la curva de oferta y demanda y, si los salarios son bajos éstos se suben solo con capitalización.

     Son los políticos los que provocan la desocupación con leyes coactivas que impiden el trabajo “legal”, por caso, la ley del salario mínimo lo que logra es prohibir que trabajen los que ganarían menos que son, precisamente, los que más lo necesitan.

     Entonces, si hay pleno empleo, no puede decirse que los inmigrantes están quitando trabajo a los locales. Otra falacia es que, aunque no haya desocupación, los inmigrantes, al aumentar la oferta laboral, deprimen los salarios y empobrecen al país.

    A ver. Cualquier persona al trabajar produce para sí misma y, además, produce para la sociedad. Por ejemplo, un empleado de una empresa tiene que producir lo suficiente para ganar su salario y para dejarle ganancias a la empresa, de otro modo no se lo contrataría. Un trabajador o comerciante autónomo tiene que producir lo suficiente para sí y además para favorecer al cliente que, de otro modo, si no obtuviera algo mejor al dinero que deja, no compraría.

    Entonces, necesariamente todo inmigrante que trabaje en un mercado libre aportará ganancias para esa sociedad, para ese país. Claro que la ecuación se quiebra cuando los inmigrantes se benefician con el asistencialismo estatal (que pagan los ciudadanos) con el poco dinero que han dejado los políticos después de cobrarse lo suyo.  

    Actitudes como las de la primera ministra italiana, Meloni, por el contrario, agravan el problema. Además de crear múltiples inconvenientes a todos los ciudadanos del mundo -no solo a los españoles e italianos- no hace hincapié en el verdadero problema -el Estado de Bienestar- y por tanto lo legitima. Además, los controles fronterizos solo detienen a la gente decente, los delincuentes tienen mil trucos para evadirlos y, para remate, ante la imposibilidad de ingresar legalmente, se crean las mafias que les procuran el ingreso de manera ilegal.

     Y, por cierto, tanto el asistencialismo como los gastos de las fuerzas represivas estatales se pagan por vía impositiva que, irónicamente, empobrecen a los más pobres ya que, por caso, los empresarios los pagan subiendo precios.

    Corolario: los problemas de la libertad se solucionan siempre por el camino de una mayor libertad y, por el contrario, cualquier acción represiva solo empeorará las cosas. Es decir que, cuando enfrentamos un problema, la actitud debe ser la de razonar y estudiar ¿por dónde tenemos que liberar para que el problema se solucione? Y jamás dejarnos llevar por una reacción primaria y, menos aún, si promueve una mayor represión a las libertades individuales.

  • El Sol doblará la luz de las estrellas durante el eclipse (y podremos comprobarlo)

    El Sol doblará la luz de las estrellas durante el eclipse (y podremos comprobarlo)

    Mirar hacia arriba es un recurso fenomenal para hacernos conscientes de la gravedad. Su efectos sobre los cuerpos con masa se aprecian bien cuando seguimos el vuelo de una pelota o trazamos la órbita de un planeta. Pero la gravedad, sorprendentemente, también actúa sobre lo que no pesa, sobre la luz, nada más y nada menos. Tanto es así que puede curvarla. Muy pronto, un eclipse de Sol nos permitirá ser testigos de ese desconcertante efecto.

    Los fotones por un carril trazado

    Las escurridizas partículas que componen la luz, los fotones, no escapan a la acción gravitatoria,

    Se debe a que, como nos dijo Einstein la gravedad es la manifestación de la curvatura del espacio-tiempo. Esa curvatura la producen y la acentúan la masa y la energía que contiene el propio tejido del universo.

    Eso obliga a todas las partículas a seguir una suerte de trayectorias que no son exactamente rectas, como si viajaran entre raíles, las llamadas geodésicas. Son líneas que se pegan al espacio-tiempo tratando de hacer los caminos de las partículas lo más eficientes posibles.

    Curiosamente la gravedad es capaz de curvar cualquier fotón. Y esto abre un enorme abanico de posibilidades en astrofísica. Pero nos vamos a centrar en la luz visible.

    El camino de la luz desde una estrella lejana

    Pensemos en un fotón proveniente de una estrella lejana que, por fortuna, llega hasta nosotros sin toparse con ningún obstáculo. No es descabellado: el espacio típico entre estrellas es 10 trillones de veces menos denso que nuestra atmósfera. Además, sabemos que hay un número inconcebible de fuentes luminosas ahí fuera. Por esos dos motivos, existe una barbaridad de fotones en el universo capaces de recorrer (muchos) años luz (o billones de kilómetros) sin inmutarse.

    El punto de llegada del fotón puede ser un sofisticado telescopio haciendo complejas tareas de investigación astronómica. Pero también puede jugar ese papel nuestro propio ojo al desnudo.

    Pensemos ahora en una estrella que manda directamente hacia nosotros fotones que nos llegan cada noche. La fuente estelar emite en todas direcciones. No obstante, una pequeña desviación angular, una mínima apertura, condenaría al fotón a escapar hacia otros lugares del universo y no nos alcanzaría. Esa estrella pasaría a ser invisible para nosotros.

    Pero ¿y si la gravedad consigue rectificar esa desviación inicial y dobla la trayectoria del fotón?

    Para que eso suceda, el fotón debe pasar cerca de una concentración de masa lo suficientemente densa y compacta. El efecto es como si un cuerpo con mucha masa tirase de la luz, a la manera de una fuerza. Aunque ya hemos dicho que en realidad es la curvatura del espacio-tiempo y no una fuerza la que causa esa desviación.

    En el escenario del próximo eclipse, esa concentración de masa es el Sol.

    Necesitamos oscuridad

    Es obvio, por otro lado, que para ver bien las estrellas necesitamos que el cielo esté oscuro, y eso generalmente ocurre de noche. En ese momento del día, el Sol no está en medio de la línea de visión que nos une con la estrella que queremos observar. Por tanto, la luz que nos llega de esa fuente en principio no se ha torcido por efecto de la masa del Sol. Esa luz habrá seguido una línea de esas relativistas que reemplazan a las rectas.

    Entonces, ¿es posible conjugar esas dos condiciones, es decir, tener el Sol frente a nosotros y un cielo oscuro?

    ¡Sí lo es! De hecho, eso sucede justamente durante un eclipse. La Luna, al interponerse entre el Sol y nosotros con precisión sideral, oscurece el cielo de forma significativa. Esto nos permite registrar la posición aparente y momentánea de la estrella y estimar la desviación. Y así podremos concluir que la luz se ha doblado de verdad. Pero para ello se necesita completar una tarea previa: averiguar dónde se encontraba la estrella antes del eclipse.

    Ya sabemos que no se nos da muy bien determinar de día la posición de fuentes luminosas como las estrellas. Sencillamente no podemos distinguir la luz que nos llega de ellas de la que nos llega de nuestro Sol. Así que, con anterioridad, hay que medir la posición habitual de la estrella de noche y volver a “cazarla” durante el eclipse. Por supuesto, ese registro inicial de posición se habrá hecho previamente en una noche con buena visibilidad para hacer observaciones astrofísicas.

    Qué ocurre durante el eclipse

    Durante el eclipse, el astro rey, con su significativa masa, curva el espacio tiempo en su vecindad. Esa curvatura hace que el fotón que viaja desde la estrella situada detrás describa una trayectoria que asemeja un arco. Pero nuestro ojo no sabe que el fotón procede de detrás del Sol: interpreta que ha seguido un camino recto como el de cualquier otro cuanto de luz. Así que el astrónomo –amateur o no– encargado de cartografiar la posición de la estrella emisora dirá que está desplazada hacia un lado respecto a su posición habitual.

    Conviene retomar la idea de que todos los fotones pueden sufrir desviaciones de su trayectoria por efecto de objetos compactos que se interpongan en su camino. Bajo el paraguas de ese efecto, el de lente gravitacional, surge una astrofísica muy potente.

    Las lentes gravitacionales van más allá de reposicionar o incluso duplicar galaxias o estrellas: revelan también cómo está distribuida la materia, incluida la materia oscura. Además, funcionan como gigantescos telescopios cósmicos que magnifican el universo lejano. Así nos permiten ver objetos que sin ellas permanecerían invisibles y también dan acceso a etapas del universo admirablemente tempranas.

    La primera vez que se observó durante un eclipse que la desviación de la luz era perfectamente compatible con la predicción de Einstein, hace más de un siglo, se produjo un histórico momento wow y comenzó una revolución científica. En el próximo eclipse de agosto de 2026, nos corresponde a nosotros escribir nuestra historia, una con eclipses y luces fantásticas.

    Ruth Lazkoz, Catedrática de Física Teórica, Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea

    Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

  • La Mayordomía de los Recursos

    La Mayordomía de los Recursos

    Hoy inicio una serie de ensayos que buscan explorar una mejor manera de reducir la pobreza y las luchas sociales.

    Ensayo 1: Mayordomía en lugar de Asignación

    A lo largo de mi vida como piloto aprendí una lección fundamental: el avión no despega porque alguien “asigne” combustible y fuerza. Despega porque se genera suficiente empuje y sustentación en las alas para vencer la inercia, la resistencia del aire y la gravedad. El primer paso está siempre en el deseo de superar limitaciones y surcar los aires.

    Recuerdo con claridad aquel día, cuando tenía 17 años y mi padre me llevó a Paitilla. Miguelito Pastor nos elevó en su Aeronca y, de pronto, se abrió ante mí un nuevo mundo, un mundo expandido. Aquel vuelo que mi padre me regaló me enseñó algo que hoy aplico a uno de los grandes temas de nuestro tiempo: cómo manejamos los recursos.

    Durante décadas hemos hablado de la “asignación de recursos”. Es una expresión que suena técnica y ordenada, pero que esconde un problema profundo. La palabra “asignación” sugiere que alguien —un gobierno, un planificador o una autoridad— debe decidir quién recibe qué. Implica un pastel fijo que solo hay que repartir. Esa mentalidad nos ha llevado a muchos de los problemas de pobreza que hoy sufrimos, no solo económica, sino también del alma.

    Yo propongo un cambio de palabra y, sobre todo, de mentalidad:

    La Mayordomía de los Recursos.

    La mayordomía no es mera distribución. Es el arte responsable de cuidar, cultivar y hacer florecer los recursos de la Creación —tanto los naturales como los que nacen de la creatividad humana—. No se trata solo de dividir lo que existe, sino de generar condiciones para que los recursos se expandan. Papá Dios nos entregó las llaves del Paraíso terrenal y nos dejó el reto de cultivarlo y llevarlo a fructificación; a sabiendas que el camino apunta al mismo Universo.

    La diferencia es clara. La asignación se enfoca en la escasez: ¿cómo repartimos de forma “justa” el agua, el dinero, el talento, la tierra o la educación? La mayordomía pregunta algo más profundo: ¿cómo cultivamos estos recursos para que produzcan vida, belleza y abundancia real a lo largo del tiempo? ¿Cómo honramos tanto las limitaciones de la naturaleza como el extraordinario potencial creativo del ser humano?

    Esta no es solo una discusión económica o técnica. Es también moral y espiritual. La mayordomía reconoce que los recursos no son cosas inertes. Forman parte de un sistema vivo del que somos miembros, no conquistadores absolutos. Incluye los recursos naturales (tierra, agua, aire, biodiversidad), los humanos (tiempo, talento, energía, sueños) y, especialmente, nuestra capacidad de imaginar, innovar y elevar la realidad a estadios superiores de existencia.

    A mis 84 años, he visto cómo la mentalidad de asignación genera conflictos, burocracia y desperdicio. La mayordomía, en cambio, invita a la responsabilidad personal y colectiva, a la creatividad y a la esperanza.

    En esta serie de ensayos exploraremos juntos este camino. Veremos cómo aplicar la mayordomía a los recursos humanos, a la naturaleza, a la política, a la economía y a nuestra propia vida interior. No ofrezco soluciones mágicas, solo una mirada más clara y elevada —como la que se obtiene cuando el avión finalmente despega y se puede contemplar el panorama completo.

    Sí, tendremos que volar y navegar entre nubes tormentosas, tal como hice durante muchos años, en búsqueda de aquella pista celestial.

    El vuelo apenas comienza. Amárrense los cinturones.

    Nota: ensayos siguientes se publicarán todos los viernes.

  • La Madriguera del Socialismo

    La Madriguera del Socialismo

    «Creer que arrebatando dinero al productivo vas a resolver los problemas del improductivo. Esa es la madriguera del engaño que mueve tripas, pero no la razón y el conocimiento relevante que está disperso entre la población.«.

    Hoy día, en los EE.UU. se está dando un resurgimiento político que clama soluciones por intermedio de la acción o intervención centralista gubernamental. Ello no es nuevo, a principios del siglo pasado se llevó a cabo una batalla intelectual entre quienes favorecían el socialismo y los que abogaban por el capitalismo. Nos cuenta Connor O’Keeffe que el meollo (médula) de la discusión giró en torno al cálculo económico. El asunto era si una gobernanza central de economía planificada era mejor que el orden espontáneo del mercado. Muchos creen, equivocadamente, que el libre mercado es “desordenado” o acaparado por los ricos.

    O’Keeffe advierte que el debate no es mayormente ideológico sino populista y yo añado que el asunto está en las realidades subyacentes. La tendencia socialista tiende a emerger no del buen cálculo económico sino del sentir visceral. Veamos lo que es “cálculo económico:

    es el proceso mediante el cual los agentes económicos (personas, empresas o planificadores) evalúan y comparan los costes y beneficios de diferentes alternativas para asignar recursos escasos de la forma más eficiente posible.”

    ¿Pero, cuántas personas manejan sus ingresos y gastos calculadamente? Jamás olvido a un maestro de obra o manitas que un día me dijo:

    Yo he ganado mucho dinero en mi vida; pero, me lo metía en los bolsillos del pantalón y, al tiempo, metía la mano y no había nada.”

    Lastimosamente, no son muchas las personas que economizan o ahorran o son frugales en el gasto; lo cual es más pernicioso cuando esas personas no son buenas produciendo cosas que otros valoran y desean comprar. Lo esencial es saber “administrar la casa” y, no sólo la casa dónde vivimos sino la ciudad y el país en el cual vivimos.

    Pero, la dura realidad es que quienes calculan sus gastos, ahorran y son productivos, pueden lograr buenos ingresos; mientras los que no economizan, tienden a ser pobres, a menos que… sean buenos robando; es decir, viviendo a costillas del productivo. Pero robar tampoco es cosa sencilla. Hay buenos y malos ladrones, como también hay actividades que se prestan para robar; tal como ser gobernante; y por allí andan los arrieros.

    El rico eficaz y económico muy poco busca ser gobernante, a menos que… ¡Síii!; sean pésimos empresarios y buenos ladrones, que conectándose con “empresarios ladrones” logran, como los mejores osos del norte, los puestos claves del río para pescar salmones.

    El gobierno es necesario, igual que la quimioterapia. Necesitamos gobierno y gobernantes, no para manejar el taxi, cocinar o volar el avión, sino para salvarnos de los ladrones. ¿Pero qué hacer cuando los ladrones son los encargados de atajar ladrones?

    Bien lo decía Fréderic Bastiat:

    el gobierno es la gran ficción a través de la cual todos buscan vivir a costillas de los demás”.

    Es creer que arrebatando dinero al productivo vas a resolver los problemas del improductivo. Esa es la madriguera del engaño que mueve tripas, pero no la razón y el conocimiento relevante que está disperso entre la población; de manera que sólo mediante un sistema de precios libres funciona la economía.

    Más allá, alejado de la libertad de sano capitalismo, están las feas coyundas entre autoridades y corruptos empresarios que no sólo usan las escuelas y universidades estatales para adoctrinar y educar en el arte de protestas callejeras que se prestan para un servilismo político.

    En tal realidad muchos ciudadanos disparan su enojo a dónde no es; al capitalismo, al rico y tal. Y lo más curioso es proponer al socialismo o hasta el comunismo como solución. Absurdo pensar que la mejor manera de gobernar es dando las llaves del gallinero a los zorros come gallinas.

  • ¿Por qué cuando estamos junto al mar nos apetece comer cosas saladas?

    ¿Por qué cuando estamos junto al mar nos apetece comer cosas saladas?

    Hay escenas que parecen formar parte de una memoria compartida: una mesa frente al mar y una bebida fría acompañada de aceitunas, patatas, frutos secos, sardinas, tortilla o una ración de calamares. A veces ni siquiera tenemos mucha hambre, pero el ambiente parece empujarnos hacia lo salado. ¿Es solo costumbre? ¿Responde a una necesidad del organismo? ¿O el mar despierta de algún modo el apetito por la sal?

    El cuerpo también habla: sudor, sodio y sed

    El primer sospechoso es el sudor. En la playa caminamos, nadamos, jugamos, tomamos el sol y, aunque la brisa lo disimule, perdemos agua y electrolitos. Entre ellos se encuentra el sodio, esencial para mantener el equilibrio de líquidos, transmitir impulsos nerviosos y permitir el funcionamiento muscular.

    Cuando el organismo detecta una pérdida importante de ese nutriente, puede activar mecanismos que favorecen la búsqueda de sal. Esto no significa que cada antojo de patatas fritas sea una señal urgente del cuerpo. La mayoría de las personas no llega a la playa con una deficiencia real de sodio y, de hecho, en las sociedades occidentales solemos consumir más sal de la recomendada. Sin embargo, el calor, el ejercicio, la sudoración abundante, la exposición prolongada al sol o el consumo de alcohol pueden aumentar la sensación de que algo salado “entra mejor”.

    El cuerpo no responde a la sal únicamente como nutriente, sino también como una experiencia sensorial cuyo atractivo cambia según el estado fisiológico. La apetencia surge así de la interacción entre necesidad, aprendizaje, placer y ambiente.

    También interviene la sed. Los alimentos salados estimulan el deseo de beber, y junto al mar solemos tener bebidas frías a mano. La combinación entre sal, frescor y calor ambiental resulta atractiva: aceitunas y cerveza, patatas y refresco, frutos secos y agua con gas, pescado frito y limón… El placer reside en la secuencia completa: calor, sal, bebida fría, descanso y conversación.

    El mar como escenario del apetito

    La fisiología, sin embargo, no lo explica todo. Si fuera solo una cuestión de sudor, al salir de una sauna nos apetecerían los mismos alimentos que en un chiringuito, y no siempre ocurre. Comemos con el cuerpo, pero también con la memoria. El cerebro aprende asociaciones: el cine está vinculado a las palomitas; un cumpleaños, a la tarta; la Navidad, a los dulces; y la playa, al aperitivo. Las señales ambientales pueden influir en qué comemos y en qué cantidad, incluso antes de que aparezca el hambre fisiológica.

    El mar concentra muchas de esas señales. Huele a sal, algas, protector solar, pescado, humo de cocina y verano. Suena a olas, conversaciones y vajilla de terraza. Todo el conjunto funciona como un “menú invisible” que el cerebro reconoce sin necesidad de leerlo.

    Además, muchos alimentos costeros son salados por razones históricas. Durante siglos, la sal fue esencial para conservar pescados antes de la refrigeración. De ahí nacieron preparaciones como las anchoas, la mojama, el bacalao, las huevas o numerosos pescados curados. En las regiones marítimas, la sal no representa solo un sabor: forma parte de la conservación, el comercio, la gastronomía y el paisaje.

    Por eso, el deseo de comer algo salado junto al mar también puede entenderse como una respuesta aprendida. No buscamos sal únicamente porque el cuerpo pueda necesitarla, sino porque hemos aprendido que forma parte del ritual de estar en la costa.

    Una experiencia multisensorial

    Además, el sabor no nace solo en la lengua. También intervienen el olfato, la vista, el sonido, la textura, la temperatura, el entorno y las expectativas . La investigación sobre gastrofísica muestra que el ambiente puede modificar la experiencia de comer. Un alimento puede parecernos más fresco, intenso o agradable según las señales que lo acompañan.

    Comer junto al mar no es igual que degustar el mismo plato en una habitación cerrada. Las olas, la brisa, el olor salino y la temperatura cambian la escena. Quizá no aumenten literalmente la cantidad de sal, pero pueden hacer que el cerebro interprete como más apropiados o placenteros los sabores marinos.

    Una anchoa, una ostra o un pescado frito parecen encajar con el paisaje. Cuando un alimento resulta coherente con el contexto, suele disfrutarse más. El cerebro no evalúa el sabor de forma aislada, sino dentro de una escena completa. Por eso un aperitivo sencillo puede parecer extraordinario frente al mar y menos memorable en casa.

    Disfrutar sin abusar

    Conviene, no obstante, no romantizar la sal. Que el cuerpo pueda desear alimentos que la contengan durante un día caluroso no significa que necesitemos consumirlos sin límite. La Organización Mundial de la Salud recomienda que los adultos tomen menos de cinco gramos de sal al día. Aperitivos, conservas, snacks, salazones y frituras pueden aportar cantidades elevadas en poco volumen.

    Entender el antojo no equivale a justificar una barra libre. Podemos disfrutar del sabor intenso sin depender solo de productos ultraprocesados. Algunas alternativas son pescados y mariscos frescos, aceitunas en cantidades moderadas, frutos secos con poca sal, gazpacho, ensaladas, encurtidos –controlando la cantidad– y preparaciones con limón, vinagre, hierbas o especias.

    Cuando estamos en la playa y nos apetece algo salado, probablemente no existe una sola causa. Habla el sudor, el sodio y la sed, pero también el olor del mar, la memoria de otros veranos y una cultura gastronómica construida durante siglos alrededor de la sal. Ese deseo no es únicamente biología ni costumbre: es una conversación entre el cuerpo, el paisaje, los sentidos y la memoria.

    José Miguel Soriano del Castillo, Catedrático de Nutrición y Bromatología del Departamento de Medicina Preventiva y Salud Pública, Universitat de València

    Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.