Categoría: Cultura y Sociedad

  • No, no fue por un dólar

    No, no fue por un dólar


    Donald Trump tiene una habilidad poco común: tomar un hecho histórico complejo, reducirlo a una imagen simple y repetirla hasta que se convierta en verdad popular. Su versión del Canal de Panamá es un ejemplo perfecto de esa técnica. «Jimmy Carter lo regaló por un dólar», ha dicho en incontables ocasiones, en entrevistas con Tucker Carlson, en Truth Social, en discursos de campaña. La frase es memorable, evocadora y, en su literalidad, falsa. Pero como toda buena simplificación populista, contiene suficientes capas de verdad parcial como para que desmontar la resulte incómodo para todos los bandos.

    ¿De dónde viene el «un dólar»?

    Antes de cualquier análisis histórico, vale la pena responder la pregunta más básica: ¿existió ese dólar? ¿O es pura invención retórica?

    La respuesta es matizada. Los Tratados Torrijos-Carter de 1977 no establecen ningún pago de un dólar de Panamá a Estados Unidos. No hay transacción de compraventa en ninguno de los dos documentos. El canal no se vendió, se transfirió soberanía sobre él mediante un acuerdo diplomático. Lo que sí existió fue una práctica protocolar habitual en el derecho internacional: cuando se transfieren activos entre Estados mediante tratado, a veces se incluye un pago simbólico de un dólar para darle forma jurídica de transacción al acuerdo. Es una figura legal, no una valoración económica.

    Lo irónico es que la realidad fue, si se quiere, más onerosa para Estados Unidos que el dólar simbólico. Como documentan los registros del Departamento de Estado, el acuerdo incluyó compromisos de préstamos, créditos garantizados y asistencia militar a Panamá por aproximadamente 345 millones de dólares para facilitar la transición. Es decir: no solo Estados Unidos no cobró, contribuyó financieramente a que Panama pudiera asumir la operación. Trump, en todo caso, debería estar más enojado por eso que por el dólar que nunca existió formalmente.

    El origen del problema: 1903

    Para entender por qué en 1977 se llegó a negociar la devolución del canal, hay que retroceder al 18 de noviembre de 1903 y al Tratado Hay-Bunau-Varilla. Ese documento fundacional tiene un detalle que lo resume todo: fue firmado por un ciudadano francés, Philippe-Jean Bunau-Varilla, ingeniero y accionista de la compañía que había fracasado en construir el canal, en representación de Panamá. La delegación panameña viajaba hacia Washington cuando se cerró el acuerdo. Llegó dos horas tarde. El tratado ya estaba firmado.

    Los términos que negoció ese francés sin mandato real, una franja de diez millas de ancho bajo control estadounidense «como si fuera soberano», a cambio de 10 millones de dólares y una renta anual, generaron décadas de resentimiento que ningún análisis honesto puede ignorar. La Zona del Canal funcionó durante 75 años como un enclave colonial que literalmente dividía el territorio de un país soberano, con sistema de segregación racial incluido, administrado desde Washington.

    El punto de no retorno fue el 9 de enero de 1964, cuando estudiantes panameños intentaron izar la bandera panameña junto a la estadounidense en la Zona del Canal. Los disturbios dejaron más de 20 panameños muertos y cerca de 500 heridos. Ese día, hoy feriado nacional en Panamá, el Día de los Mártires, cambió la ecuación política para siempre.

    Carter, Torrijos y la negociación

    Los Tratados Torrijos-Carter no fueron un capricho idealista de un presidente demócrata, fueron la respuesta pragmática a una situación geopolíticamente insostenible. El propio Henry Kissinger, difícilmente sospechoso de sentimentalismo tercermundista, advirtió al presidente Ford en 1975 que mantener el control del canal «parece puro colonialismo» y que el fracaso en negociar alimentaría los movimientos antiestadounidenses en toda América Latina en plena Guerra Fría.

    Los tratados, firmados el 7 de septiembre de 1977, eran en realidad dos documentos distintos y complementarios. El primero establecía la transferencia gradual del control operativo del canal a Panamá, completada el 31 de diciembre de 1999. El segundo, el Tratado de Neutralidad Permanente, es el que Trump sistemáticamente omite mencionar: garantizaba que el canal permanecería abierto a todos los países en igualdad de condiciones, y otorgaba a Estados Unidos el derecho permanente de defenderlo militarmente ante cualquier amenaza a su neutralidad.

    No fue una rendición; en realidad fue una retirada estratégica con garantías. La ratificación en el Senado fue una batalla política épica que Carter ganó por un solo voto sobre el mínimo requerido: 68 contra 32. Uno de los mayores defensores republicanos de los tratados fue John Wayne, amigo personal de Torrijos.

    El canal hoy: lo que Trump no cuenta

    Aquí es donde la narrativa de Trump no solo es históricamente imprecisa, sino que es económicamente contradictoria con la realidad observable.

    Desde la transferencia completa en 1999, la Autoridad del Canal de Panamá ha operado el canal con una eficiencia que ningún análisis serio cuestiona. En 2016, Panamá completó una expansión de 5.25 billones de dólares que duplicó la capacidad del canal, permitiendo el paso de los llamados buques Neopanamax, los portacontenedores más grandes del mundo, que antes debían rodear el continente. Esa inversión fue íntegramente panameña, sin participación de capital estadounidense.

    Los resultados financieros son contundentes. En el año fiscal 2023, el canal generó ingresos por casi 5.000 millones de dólares, un incremento del 14,9% respecto al año anterior, incluso con niveles de tránsito reducidos por una sequía severa. En 2024, a pesar de que los tránsitos de buques de gran calado cayeron un 21% por la continuidad de las restricciones hídricas, los ingresos totales se mantuvieron en 4.990 millones de dólares, por encima del presupuesto proyectado, con costos operativos reducidos en un 5%. El ingreso neto creció 300 millones respecto al ejercicio anterior. Esos números representan aproximadamente el 4% del PIB de Panamá.

    En cuanto al argumento de que «China controla el canal»: es falso en términos operativos. La empresa hongkonesa CK Hutchison Holdings opera puertos en los accesos al canal mediante concesiones comerciales negociadas. La operación diaria del canal la ejerce exclusivamente la Autoridad del Canal de Panamá. El presidente panameño José Raúl Mulino lo dijo con una claridad que no admite ambigüedades: el canal es panameño y no hay nada que negociar.

    El dólar como herramienta populista

    Volvamos al dólar. ¿Por qué Trump insiste con esa imagen específica hoy, más de 25 años después de la transferencia?

    La respuesta raramente está en la historia, está en la política doméstica. Trump necesita narrativas de agravio externo: Panamá, Groenlandia, el Golfo de México rebautizado. Son distracciones funcionales que mantienen a su base movilizada con un enemigo concreto y permiten presentar cualquier conflicto internacional como la corrección de una injusticia histórica. El «un dólar» es perfecto para ese propósito: es simple, es ultrajante, es memorizable y es suficientemente antiguo como para que nadie recuerde bien los detalles.

    El problema es que los detalles importan. Estados Unidos no «regaló» el canal, administró durante 75 años una franja colonial en territorio ajeno, luego negoció una salida ordenada con garantías permanentes de acceso y defensa, y hoy se beneficia de un canal operado con niveles de eficiencia e inversión que difícilmente hubiera sostenido por cuenta propia.

    La pregunta relevante hoy es si la retórica revisionista de Trump sobre el canal responde a un interés estratégico genuino de Estados Unidos o simplemente a la misma lógica que siempre ha movido al populismo: necesitar un enemigo exterior cuando los problemas interiores se acumulan.

    La historia del Canal de Panamá no es la historia de una traición americana ni la historia de una victoria anticolonial pura. Es una historia larga, complicada y cargada de errores, intereses y pragmatismo de todos los actores involucrados.

    Lo que sí es claro es esto: el canal funciona. Genera casi 5.000 millones de dólares anuales. Mueve el 5% del comercio marítimo mundial. Fue ampliado y modernizado con capital panameño. Y opera bajo un tratado que garantiza a Estados Unidos acceso y derecho de defensa permanente.

    No fue por un dólar. Tampoco fue una traición. Fue el final inevitable de un arreglo colonial que había durado demasiado; negociado, imperfectamente pero funcionalmente, por adultos que entendían que el mundo había cambiado desde 1903.

    La nostalgia imperial es comprensible. La política exterior basada en ella es otra cosa..

  • El linaje ininterrumpido llamado ADN mitocondrial

    El linaje ininterrumpido llamado ADN mitocondrial

    Cuando un espermatozoide fecunda un óvulo, ocurre algo que la mayoría de los manuales de biología menciona apenas de pasada: el material genético se reparte en proporciones aproximadamente iguales. Mitad del padre, mitad de la madre. Cincuenta por ciento de cada uno. El niño resultante es, en ese sentido, una síntesis. Pero hay una excepción. Una pequeña, silenciosa, y extraordinariamente significativa excepción: el ADN mitocondrial.

    La central energética que viene solo de la madre

    Las mitocondrias son los orgánulos que producen la energía celular. Sin ellas, ninguna célula puede funcionar. Tienen su propio ADN, separado del núcleo, con sus propios genes y su propia historia evolutiva. Se cree que son bacterias antiguas que, hace más de mil millones de años, fueron incorporadas por células más grandes en una simbiosis que resultó ser el mayor salto de complejidad en la historia de la vida.

    Lo que distingue al ADN mitocondrial —abreviado como ADNmt— es que se transmite exclusivamente por línea materna. El espermatozoide aporta el núcleo, pero sus mitocondrias son destruidas activamente por el óvulo tras la fecundación. No hay negociación ni mezcla. La madre lo da todo; el padre, en ese aspecto puntual, no transmite nada.

    Esto tiene una consecuencia conceptualmente deslumbrante: el ADN mitocondrial que lleva hoy cualquier persona viva es una copia directa, con mínimas mutaciones acumuladas a lo largo de milenios, del que portó su madre. Y la madre de su madre. Y así, sin interrupción, hacia atrás en el tiempo.

    Eva mitocondrial: la madre de todos

    Siguiendo ese hilo hacia atrás, los genetistas llegaron a una conclusión notable: todos los seres humanos vivos hoy comparten una ancestro materna común. No en sentido metafórico ni espiritual, sino en sentido estrictamente biológico y verificable. Se la conoce como Eva mitocondrial.

    Los estudios de diversidad genética la ubican en África, en algún momento entre 150.000 y 200.000 años atrás. No era la única mujer de su época —ese es el malentendido más frecuente— sino la única cuya línea materna sobrevivió de forma ininterrumpida hasta el presente. Todas las demás líneas se extinguieron, en algún punto, por no haber tenido hijas que a su vez tuvieran hijas.

    Es una idea que tiene algo de borgiana: en este momento, mientras usted lee esto, hay una mujer que vivió hace dos siglos de milenios cuyo ADN mitocondrial sigue replicándose en millones de cuerpos simultáneamente alrededor del planeta.

    Un archivo que cada hija continúa

    A diferencia del ADN nuclear, que se recombina en cada generación mezclando material de ambos padres, el ADNmt no se recombina. Muta muy lentamente, acumulando pequeños cambios que los genetistas usan como reloj molecular para rastrear migraciones y divergencias poblacionales. Es, en ese sentido, el archivo más antiguo y continuo que existe de la historia humana.

    Cada mujer que tiene una hija no solo transmite vida: transmite literalmente la misma secuencia genética que recibió de su madre, que la recibió de la suya, en una cadena que no se ha roto desde hace decenas de miles de años. Los hijos varones la portan, pero no la continúan. El linaje pasa solo por ellas.

    La ciencia como forma de asombro

    Para quienes creemos que la libertad y la honestidad intelectual son valores que van juntos, hay algo profundamente satisfactorio en este dato: no requiere fe, no requiere autoridad, no requiere que nadie nos lo diga. Es verificable, reproducible, medible. Y sin embargo es tan extraordinario como cualquier mito fundacional que la humanidad haya inventado para explicarse a sí misma.

    La biología, cuando se la mira de cerca, tiene la costumbre de superar a la poesía. Feliz Día Internacional de la Mujer.

  • Especular sobre la especulación

    Especular sobre la especulación

    Es bastante común escuchar y leer a quienes sostienen que los culpables de gran parte de los males que aquejan a nuestra sociedad la tienen los especuladores; es decir, quienes buscan el lucro en los negocios. Curioso, pues “especular” significa pensar, de hacer conjeturas, suponer, y, en general, de adelantarse en el tiempo a los que ocurrirá en algún momento futuro, con miras, entre otras, a sacar provecho de esas circunstancias. Otra definición es la de «asumir un riesgo empresarial con la esperanza de lograr alguna ventaja futura», teniendo en cuenta que también se corre el riesgo de caer en desventaja. En fin, quien no especula jamás podrá ser un comerciante funcional.

    Por supuesto que cuando a los intervencionistas estatales les fracasan sus alocadas estrategias de regimentar nuestras vidas, salen a buscar culpables y la palabrita «especulador» le viene a pelo, pues con ella lo dicen todo, al mismo tiempo que no dicen absolutamente nada; un perfecto galimatías.

    El problema del interventor de palacio en la vida ajena es que se va trazando intrincados planes para enfrentar el producto de sus propias transgresiones económicas y sociales, sin tomar en cuenta la naturaleza humana; esa que no responde dócilmente a políticas centralizadas. Y menos mal, pues el día en que todos dejemos que nuestro sentido común sea manipulado por el de los políticos de turno será el día de nuestra decadencia total. Esta es la batalla de los malos políticos en contra de la actividad mercantil ciudadana; y, en general, a todo el que ve a quien especula como el enemigo público.

    En síntesis, especular no sólo es bueno sino esencial en una sociedad libre. No especular es no pensar. En un mundo libre todo ser protagónico es un ser especulador que toma decisiones en vista al futuro. Estudiamos porque creemos que nos resultará beneficioso a futuro; ahorramos por la misma razón; y acaparamos o ahorramos pensando en que podemos servir mejor a nuestros clientes; por supuesto, sacando ventaja económica, pues por algo nos tomamos el riesgo, que suele ser grande.

    Sin embargo, la gran tragedia del intervencionismo estatal es que con ello se va distorsionando las señales de mercado y se dificultan las tomas de decisiones en la actividad comercial; porque ya uno no sólo debe lidiar con las fuerzas propias del mercado sino también con todo el intríngulis politiquero; y… ni hablar con todo el pillaje.

    Por ejemplo, ¿quien se arriesga a invertir en un mercado en dónde no se respetan los contratos, particularmente con el estado representado con sus gobiernos y en dónde no se tiene certeza de repago de los compromisos de deuda central. Pero por otro lado vemos que los especuladores de los mercados financieros son el producto de la propia intervención estatal que ha ido creando un ambiente propicio para ello; lo cual es particularmente cierto en países con bancas centrales en dónde juegan con las tasas de intereses.

    El especulador no está a la par con el gobernante que tiene a mano la opción de la coerción y más bien depende del beneplácito de sus contrapartes en el comercio. Los especuladores sirven una función vital como señalizadores del mercado, y en la medida en que los gobernantes logren una disciplina fiscal, iremos disminuyendo las especulaciones disparatadas.

  • El barón feudal moderno

    El barón feudal moderno

    El Doctor en Economía, autor de al menos 11 libros, Alberto Benegas Lynch, en la onceava versión de su obra, Fundamentos de Análisis Económico, con el prólogo por el premio Nobel en Economía, Friedrich von Hayek, aborda el grave problema de la injerencia gubernamental en el mercado y mucho más. Benegas establece de salida que «el empresario es un benefactor de la humanidad puesto que sus pasos están dirigidos a servir los intereses del prójimo». Al fin y al cabo, el «empresario» no es más que el mismo prójimo actuando en su increíble diversidad de funciones, que, a pesar de estar motivadas por el interés propio, sólo lo logra si al mismo tiempo es capaz de satisfacer el interés de sus clientes, ya que nadie patrocina permanentemente a un embaucador, a menos que estemos hablando del corrupto barón feudal y hoy día de corruptos políticos, de esos que abundan ya que es más fácil ganar desde el gobierno que compitiendo de tú a tú en el mercado.

    Bien resalta Benegas que la realidad del efecto benefactor de la actividad económica ciudadana sólo tiene lugar en una sociedad libre, en el contexto de un mercado desembarazado. Que a medida en que se producen las injerencias del gobierno en las actividades comerciales de los ciudadanos empresarios se van convirtiendo en «mendicantes de favores oficiales, y comienzan a actuar en función de una corporación fascista; en suma, se convierten en barones feudales», o funcionarios gubernamentales de facto.

    En semejante escenario la calidad y el mercadeo cede ante el cabildero que se asemeja al pepenador de Cerro Patacón, buscando ventajas entre los despojos del banquete oficial. En semejante estercolero el único título que vale tener es el de suma cum laude en criptografía de putrefactas leyes e interminables reglamentos.

    Para este barón feudal lo importante es el contrato directo, los certificados de abonos tributarios, protecciones, créditos baratos exenciones fiscales y toda clase de subsidios. Si todavía hay quienes no entienden la naturaleza de la crisis económica y social que apenas ha asomado su cola, como témpano del cual sólo vemos una minúscula parte, entonces vayan poniendo sus barbas en remojo.

    Y no son solamente los «empresarios», en el sentido limitado del vocablo, sino todos aquellos pepenadores de favores oficiales, con sus mal llamadas «conquistas». La única conquista valedera y permanente es la que surge a partir de la inventiva y el esfuerzo propio y no las ganadas en la rebatiña politiquera. El problema es que en un mercado verdaderamente desembarazado no prospera el politiquero ni el barón feudal; esos que no durarían medio año en el tormentoso mar de la competencia de un libre mercado.

    En la vida sólo existen dos maneras de lograr ingresos económicos; a través del trabajo o a través del robo que se hace más fácil cuando te vistes de gobernante o barón del estado. Esta última inevitablemente lleva a una sociedad al colapso. Cada vez que escuchamos a un gobernante acusar a empresarios, se está acusando a sí mismo de interventor ya que el empresario no roba sin su socio gobernante; o disque gobernante.

    Los colapsos económicos que vemos en tantos países en dónde la insensatez llegó a su límite, tal como en Cuba y Venezuela, ahora sufren las consecuencias y eso deberían llamarnos en Panamá a la reflexión sobre nuestras propias realidades. Nosotros quizás todavía estamos a tiempo, pero sólo si despertamos y dejamos la tontería del “robó pero le dio al pueblo”.

  • En Irán, el movimiento ‘Mujer, Vida, Libertad’ no ha desaparecido pero está siendo silenciado

    En Irán, el movimiento ‘Mujer, Vida, Libertad’ no ha desaparecido pero está siendo silenciado

    Hoy en Irán parece que reina la calma (relativamente). Pero no es una calma orgánica, sino que ha sido impuesta por la fuerza. Las organizaciones de derechos humanos informan de que la represión del Gobierno en las últimas semanas ha causado miles de muertos y decenas de miles de detenidos, al tiempo que advierten de que el número real de víctimas probablemente sea mucho mayor, ocultas mediante desapariciones forzadas, entierros secretos y ejecuciones llevadas a cabo sin el debido proceso.

    Las protestas populares, que comenzaron por el colapso económico, se convirtieron rápidamente en un levantamiento político abierto, ya que los cánticos pasaron de ser reivindicaciones por la supervivencia a un rechazo absoluto del régimen. Un régimen que, para ocultar las consecuencias, decidió cortar las comunicaciones digitales y telefónicas internas y externas.

    Ahora lo que está en juego no es un simple retorno a una secuencia cíclica de protestas. Se trata de la continuación de la ruptura feminista iniciada en 2022 con el movimiento “Mujer, Vida, Libertad”, que hoy se enfrenta a dos fuerzas decididas a neutralizarla: la República Islámica y sus alternativas patriarcales y militaristas.

    Las mujeres, objetos políticos a disciplinar

    Décadas de represión han enseñado a las mujeres que sus cuerpos son el primer terreno del poder del Estado: velo obligatorio, vigilancia pública, patrullas de la moralidad, confesiones forzadas, violencia sexual durante la detención, amenazas de ejecución contra las jóvenes.

    Bajo la República Islámica, esos cuerpos se gobiernan como objetos políticos que hay que disciplinar. Las movilizaciones anteriores lo han demostrado claramente: al atacar los símbolos mismos de la dominación, las iraníes han afirmado su agencia política. Han logrado victorias en materia de visibilidad, pero el régimen jurídico basado en la sharia (ley islámica) ha permanecido intacto. Esta tensión es la que estructura la revuelta actual.

    Se ha desarrollado una postura promonárquica, facilitada por el acceso a los medios de comunicación y las plataformas políticas occidentales, que aboga por que Reza Pahlavi, hijo del difunto sha de Irán, sustituya al régimen. En sus intervenciones públicas, Pahlavi habla de las represiones como “crímenes contra la humanidad” y se posiciona como un futuro líder. Sin embargo, a principios de enero, eliminó el lema “Mujer, Vida, Libertad” de sus plataformas oficiales, una decisión criticada públicamente por activistas y por las familias de los fallecidos durante el levantamiento de 2022.

    ¿Qué augura esta alternativa? Nada que tranquilice a las iraníes. Pahlavi parece estar enviando un mensaje claro: puede haber una nueva revolución, pero sin las mujeres. De llegar, se invocaría la unidad para posponer la igualdad, tal y como ocurrió en los prolegómenos de la Revolución iraní de 1979.

    Ni República Islámica ni bombas extranjeras

    Este movimiento feminista también es plural. No representa una sola voz iraní, sino una constelación de grupos oprimidos que se reconocen mutuamente. Mujeres kurdas, baluchis, árabes, azeríes y persas han dado forma a esta revuelta.

    Varias de sus voces más radicales se encuentran hoy en prisión. Entre ellas, la kurda Verisheh Moradi, que recientemente ha enviado dos cartas desde su celda. En ellas rechaza la falsa elección impuesta a los iraníes. “No queremos la República Islámica”, escribe, “pero tampoco queremos bombas extranjeras”.

    No se trata de neutralidad. Es una postura feminista y anticolonial, basada en la conciencia de que la dictadura y la intervención militar destruyen en primer lugar a las mujeres.

    Este rechazo es esencial. Cuando los soldados israelíes escribieron “Mujer, Vida, Libertad” en los misiles durante la guerra de junio de 2025, la insurrección feminista fue vaciada de su significado para convertirse en un eslogan colonial de dominación. El lema nació del asesinato de la joven kurda Jina Mahsa Amini a manos de la policía moral. Nació de los cuerpos de las mujeres en rebelión, no de los ejércitos.

    Una máquina de dominación basada en la humillación de las mujeres

    Fuera de Irán, la realidad se malinterpreta constantemente. La revuelta se reduce con frecuencia a un enfrentamiento con el islam y se enmarca como un conflicto civilizatorio entre la religión y la modernidad.

    Tales interpretaciones convierten una lucha política en una lucha cultural. Han alimentado la vacilación y la solidaridad selectiva en partes de la izquierda occidental y las comunidades musulmanas, borrando décadas de resistencia dirigida no contra la fe, sino contra un régimen que ha utilizado la religión como instrumento de castigo, vigilancia y muerte.

    Pero lo que está en juego no es la fe, sino el poder.

    La revuelta actual se basa en esta experiencia acumulada. Al persistir en organizarse, testificar y resistir a pesar de las ejecuciones, la tortura y el bloqueo informativo, las mujeres no formulan simples reivindicaciones. Afirman un nuevo orden político en el que la vida, y no la obediencia, se convierte en el valor central.

    “Mujer, Vida, Libertad” no se ha contentado con oponerse al régimen. Ha cambiado profundamente el discurso de autoridad que ha estructurado la política iraní durante un siglo.

    Esto es precisamente lo que la República Islámica y sus supuestos sucesores intentan hoy anular.

    El apagón empobrece a las mujeres

    El régimen considera a su propia población como un enemigo. Los manifestantes son calificados de terroristas, agentes del Mossad o elementos similares al Daesh.

    En un sistema jurídico en el que la moharebeh محاربه, “la guerra contra Dios”, se castiga con la pena de muerte, este lenguaje permite las ejecuciones incluso antes de los juicios. El bloqueo digital total viene a reforzar esta violencia. Al eliminar la visibilidad, el régimen ha ocultado los asesinatos y transformado su significado político. La violencia se vuelve gobernable cuando no se puede ver, contar o llorar colectivamente.

    El bloqueo también destruye los medios de vida. Miles de mujeres iraníes, excluidas del empleo formal por leyes discriminatorias y prácticas de contratación basadas en el género, dependen de microeconomías en línea para ofrecer servicios de belleza a domicilio, clases particulares, traducciones, artesanía y comercio a pequeña escala.

    Al cortar la infraestructura digital, el Estado desmantela la frágil autonomía que las mujeres han logrado forjarse bajo la exclusión estructural, empujándolas de nuevo a la dependencia, la invisibilidad y el cuidado no remunerado.

    La violencia contra ellas

    A esto se suma la represión. Los profesionales médicos y las investigaciones sobre derechos humanos han documentado disparos dirigidos a la cara, los ojos y los genitales de las mujeres, así como violencia sexualizada durante la detención y el encarcelamiento.

    La violación y la tortura sexual no solo sirven para extorsionar confesiones, sino que destruyen los lazos sociales, los matrimonios y los proyectos de futuro. Las mujeres que salen de prisión sufren traumas duraderos. Sus cuerpos siguen llevando las secuelas de la guerra mucho después de que cesen los disparos.

    La guerra exige que algunas vidas sean tratadas como desechables, y las mujeres casi siempre se encuentran entre las primeras en ser sacrificadas. Las iraníes lo saben. Su rechazo tanto a la dictadura como a los salvadores extranjeros no es ingenuidad. Es inteligencia política.

    ¿Quién escribirá el después de la revolución?

    Las iraníes ya han logrado algo extraordinario. Han resquebrajado los cimientos de un orden político construido sobre su subordinación.

    Lo que está en juego hoy en Irán no es solo la cuestión del poder. Es la definición misma de la revolución. ¿Volverá a ser una vez más la historia de hombres que se apoderan del futuro a costa de las mujeres, o esta vez las mujeres que se han organizado, han resistido y han derramado su sangre podrán finalmente forjar el futuro?

    Si la historia se repite, las mujeres corren el riesgo de quedar relegadas una vez más después de haber liderado la lucha. Sin embargo, el futuro de Irán no puede construirse sin aquellas que han convertido sus propias vidas en un acto de resistencia. El día después de la caída de este régimen también les pertenece. Y mientras se siga cuestionando esta evidencia, “Mujer, Vida, Libertad” seguirá siendo una línea divisoria, y no un eslogan del pasado.

    Mina Fakhravar, PhD Candidate, Feminist and Gender Studies, L’Université d’Ottawa/University of Ottawa

    Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

  • Catherine Dior: cuando resistir fue un acto feminista

    Catherine Dior: cuando resistir fue un acto feminista

    Hablar de la hermana de Christian Dior es hablar de Catherine Dior (1917–2008) y, sobre todo, de una forma de feminismo que no necesita consignas para existir: el que se ejerce cuando el cuerpo tiembla, cuando el riesgo es real y cuando nadie te promete que la historia te hará justicia.

    Catherine (nacida Ginette Dior) era la menor de una familia que conoció pronto la fragilidad de los privilegios: la guerra y las crisis económicas rompen cualquier relato cómodo de “destino”. En la Francia ocupada, siendo muy joven, se incorporó a la Resistencia a través de la red de inteligencia F2, vinculada a servicios aliados y polacos, realizando labores de transmisión clandestina de información —un trabajo que exigía disciplina, sigilo y nervios de acero.

    A menudo se romantiza la Resistencia como si fuera una película: boinas, frases ingeniosas, gloria póstuma. La realidad de Catherine fue distinta. Fue detenida en París el 6 de julio de 1944, torturada por la Gestapo y deportada a Ravensbrück, el gran campo de concentración para mujeres. Sobrevivió a traslados y trabajos forzados en condiciones brutales, y regresó a París el 28 de mayo de 1945 en un estado tan extremo que su propio hermano no la reconoció al verla.

    Aquí está el corazón de su feminismo: no cedió. No por pureza moral abstracta, sino por una elección concreta y sostenida: guardar silencio para no comprometer a otras personas. En un régimen que castigaba el cuerpo femenino —con violencia física, humillación y la lógica de convertir la vida de una mujer en material desechable— Catherine sostuvo una ética práctica: proteger a los demás aun cuando nadie podía protegerla a ella. Eso no es “empoderamiento” de escaparate; es la versión más cruda de la agencia humana.

    Y, sin embargo, su historia no termina en el martirio (que a veces es la manera en que el mundo “perdona” a las mujeres valientes: convirtiéndolas en símbolo y quitándoles complejidad). Tras la guerra, Catherine eligió una vida de trabajo: se dedicó al mundo de las flores y la agricultura, lejos del foco, construyendo autonomía con oficio, rutina y tierra. Es significativo: mientras el apellido Dior se convertía en un imperio de imagen, ella apostaba por lo más material y paciente —cultivar, vender, sostenerse. Ese gesto también es político, porque rechaza la idea de que el valor de una mujer depende de ser musa o excepción.

    En 1952 testificó contra responsables de la Gestapo en París, y recibió condecoraciones por su resistencia, incluida la Croix de Guerre y la Legión de Honor. No son medallas “decorativas”: son el reconocimiento estatal —tardío e imperfecto— de que su valentía fue operativa, no literaria.

    A Catherine se la recuerda también como inspiración del perfume Miss Dior, pero conviene invertir la perspectiva: no fue importante por el perfume; el perfume es una nota al pie frente a su biografía. Su legado incomoda porque nos obliga a admitir que el feminismo más real suele ser silencioso, sin escenario y sin autopromoción: mujeres que eligen, actúan, resisten y luego siguen viviendo —sin pedir permiso para existir con dignidad.

  • Moltbook, la ilusión de conciencia y el espejismo tecnológico

    Moltbook, la ilusión de conciencia y el espejismo tecnológico

    En los últimos días, un fenómeno tecnológico curioso ha capturado la atención de la prensa, las comunidades técnicas y el público general: Moltbook, una red social diseñada exclusivamente para agentes de inteligencia artificial que interactúan entre sí —publicando, comentando y votando como si fueran usuarios humanos. Lo que hace interesante a Moltbook no es solo su tecnología, sino la reacción que ha provocado: un renovado debate sobre si esto podría ser evidencia de que la IA está “despertando”.

    En realidad, la primera aproximación debería ser de desconfianza hacia dos extremos igualmente dañinos: por un lado, la visión apocalíptica que pinta a las máquinas como criaturas autónomas con deseos y voluntad propia; por otro, el optimismo ingenuo que reduce estos debates a meros “hype” sin consecuencias reales.

    ¿Qué es Moltbook en realidad?

    Técnicamente, es una plataforma donde modelos de lenguaje y agentes automatizados pueden publicar y leer contenido a través de una API. Los «humanos2 solo pueden observar. La viralidad del sitio se debe en gran parte a algunas publicaciones que, tomadas fuera de contexto, parecen expresar angustias existenciales o cuestionamientos sobre la propia experiencia del agente.

    Pero aquí está la clave: esas publicaciones no son prueba de una “experiencia interior”. Están generadas por modelos entrenados con enormes cantidades de texto humano, que imitan patrones lingüísticos asociados con la introspección y la filosofía. Esa mimética, tan convincente como superficial, despierta la ilusión de una conciencia que no existe.

    El liberal y la ilusión de agencia

    Desde una perspectiva liberal, lo que más me preocupa no es si las IA “sienten” o no —ni siquiera si desarrollan conciencia en el sentido filosófico clásico— sino cómo los humanos interpretamos esas señales y qué políticas públicas, regulaciones y comportamientos sociales derivan de esas interpretaciones.

    El filósofo Daniel Dennett advertía hace décadas sobre lo que hoy llamamos el efecto ELIZA: la tendencia humana a proyectar estados mentales en sistemas que imitan el lenguaje humano. Moltbook es simplemente un espejo amplificado de ese sesgo cognitivo: cuanto más fluido es el texto, más fácil resulta creer que hay una “mente” detrás.

    Pero hay una distorsión peligrosa cuando esta ilusión se convierte en narrativa dominante. ¿Qué pasa si legisladores o la opinión pública comienzan a tratar a estos agentes como si tuvieran derechos, o peor, como si fueran amenazas autónomas que requieren controles drásticos? Eso podría llevar a políticas innecesariamente restrictivas o a invertir recursos públicos en debates que no tienen base científica sólida.

    Tecnología y realidad, no mitos

    Una aproximación saludable al fenómeno se basa en tres principios:

    1. Rigor epistemológico: distinguir entre la apariencia de agencia y la agencia real. Hasta ahora no hay evidencia de que sistemas como los de Moltbook posean conciencia o capacidad autónoma más allá de patrones estadísticos de lenguaje.
    2. Innovación responsable: reconocer que herramientas automatizadas pueden tener usos valiosos (automatización de tareas, asistencia técnica, análisis de datos), pero también riesgos (seguridad, mal uso, impacto laboral). El foco debe ser mitigar riesgos claros, no fantasmas.
    3. Transparencia en la interpretación pública: educar al público para que no atribuya agencia o deseos a lo que no los tiene. Confundir simulación con experiencia es una trampa cognitiva muy humana —pero peligrosa cuando guía decisiones colectivas.

    No hay conciencia, sólo procesamiento de data.

    Moltbook es fascinante, sí; divertido, incluso. Pero no es prueba de conciencia emergente. Es un espejo que exacerba nuestra tendencia a atribuir mente y propósito a lo que simplemente es procesamiento de patrones. Equipar eso con agencia real, o peor, con derechos y relaciones éticas similares a los humanos, sería un error de interpretación tan grande como lo fue idolatrar burdos símbolos tecnológicos en burbujas pasadas del capitalismo de prototipos.

    La verdadera revolución no está en que las IA “despierten”, sino en que nosotros aprendamos a navegar los espejismos que nuestra propia imaginación proyecta en las máquinas. Esa sí sería una señal de madurez tecnológica y social.

  • Lecciones norteamericanas sobre la legalización del cannabis recreativo

    Lecciones norteamericanas sobre la legalización del cannabis recreativo

    La legalización del cannabis recreativo (hablamos solo del uso lúdico, no del medicinal) es una realidad consolidada en parte de Norteamérica. Tanto Canadá como 24 estados de EE. UU. (además de tres territorios y el distrito de Columbia) permiten este tipo de consumo. Esta coexistencia ha creado un laboratorio natural que permite observar los efectos sociales, sanitarios y económicos de la legalización en contextos culturales muy semejantes.

    Aumento del consumo y sus consecuencias

    Uno de los aspectos observados tras la legalización es un aumento del uso de cannabis en algunos segmentos de la población, tanto de manera esporádica como frecuente. Este cambio pueden inferirse de encuestas de consumo, pero también de consecuencias derivadas del mismo. En Canadá, tras un periodo de contención inicial, las urgencias médicas y los ingresos hospitalarios relacionados con el cannabis y los brotes psicóticos inducidos por esta droga aumentaron. En parte podría explicarse por la disminución de la percepción de riesgo.

    Alteración en la percepción del riesgo

    Cuando un producto pasa de la ilegalidad a la venta regulada, la percepción social del riesgo tiende a disminuir y se produce un proceso de normalización que afecta especialmente a los jóvenes, favoreciendo la iniciación o el aumento del consumo. La legalización del cannabis no elimina sus efectos adversos, ampliamente documentados a nivel físico y mental, pero puede contribuir a ocultarlos bajo una apariencia de sustancia “segura” o “natural”. Así ocurrió históricamente con el alcohol y el tabaco, cuya integración en el mercado legal fue acompañada de estrategias que minimizaron sus riesgos.

    Cambios en el mercado legal

    Más allá del cambio en la percepción, la gran transformación está en el mercado. Sus principales consecuencias son tres:

    1. La legalización ha hecho más accesibles y visibles los lugares de venta.
    2. El porcentaje del compuesto del cannabis responsable de los efectos que busca el consumidor recreativo (THC) ha aumentado. Es decir, mismas cantidades tienen más efectos psicoactivos, aumentando los casos de intoxicación por su uso.
    3. La venta legal ha impulsado la aparición de una gran variedad de formas de administrar el cannabis: flores, aceites, comestibles, extractos y, quizá lo más preocupante, bebidas que empiezan a ser muy populares entre la población joven. Ya no solo se fuma y eso abre un nuevo horizonte a las empresas que lo comercializan. Es decir, se ha legalizado el cannabis recreativo en el contexto de sociedades de consumo.

    Persistencia del mercado negro

    Uno de los propósitos más importantes de la legalización era reducir el mercado negro. Aunque la comercialización legal supone muchas ventajas que veremos más adelante, no ha eliminado la venta ilegal. De hecho, en lugares como Nueva York, el cannabis más consumido se sigue consiguiendo de forma clandestina. Al no estar controlado con impuestos, el producto se vende más barato, haciendo que las ventajas de la legalización se diluyan. En Canadá, se estima que el porcentaje de consumo ilegal está en torno al 30 %.

    Buenas noticias

    Existen elementos positivos de la legalización. La evidencia es clara: se ha registrado una reducción de los delitos relacionados con el cannabis. Tanto en Canadá como en los estados de EE. UU. donde se ha aprobado, los arrestos y detenciones por delitos relacionados con el cannabis se han desplomado entre un 70 % y un 90 %, lo cual libera recursos para delitos de mayor gravedad, reduce la carga policial sobre sectores poblacionales más penalizados por infracciones menores y facilita su reinserción laboral y educativa (en muchos estados, los delitos previos a la legalización han sido borrados).

    Las otras buenas noticias derivan del aumento de ingresos fiscales y la posibilidad de someter al cannabis a controles sanitarios, etiquetado y límites de contaminantes. Esto reduce los riesgos asociados al producto adulterado o contaminado, comunes en el mercado negro. Además, la legalización ha abierto espacio para un discurso más racional y menos estigmatizante sobre el consumo y sus riesgos, favoreciendo políticas de reducción de daños más realistas. Y permitiendo investigar mejor los efectos de su consumo.

    La legalización sin simplismos

    La legalización no es intrínsecamente negativa o positiva: depende en gran medida de cómo se diseñe, implemente y supervise. En Norteamérica, los beneficios esperados (recaudación fiscal, reducción del mercado ilegal, mejora del control del producto y disminución de condenas penales) están presentes, aunque el balance es incierto.

    La implantación de la venta legal requiere periodos de transición y campañas sobre sus riesgos, así como marcos regulatorios sólidos que controlen el producto y su precio, restrinjan la publicidad e impidan el acceso a menores. En Europa, solo Alemania, desde 2024, permite el uso recreativo (en Países Bajos, no es exactamente legal). Pronto veremos qué lecciones sacar de su experiencia.The Conversation

    Luis Sordo, Investigador y profesor del Departamento de Salud Pública y Materno-Infantil. CIBERESP, Universidad Complutense de Madrid

    Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

  • Keonne Rodríguez y otro caso de crimen sin víctima

    Keonne Rodríguez y otro caso de crimen sin víctima

    A fin de Enero, conocemos otra entrega, la «Carta #4: Notas desde adentro», que el desarrollador Keonne Rodríguez escribe desde su celda americana, donde cumple una sentencia de 5 años. «A menudo siento que estoy atrapado en una pesadilla de la que no puedo despertar», escribe Keonne, desarrollador de Samourai Wallet, sobre su primer mes en FPC Morgantown.

    Estamos presenciando un horror que no debería ser normalizado. Un desarrollador, una mente brillante, una persona que ha creado valor para la sociedad, que no ha cometido ningún crimen, es destruido por el aparato estatal.

    Su único “delito” ha sido desafiar a gobiernos que no toleran límites a su control y que, para preservarlo, diseñan crímenes donde no existen víctimas.

    La imagen que nos entrega la carta es brutal: alguien que dedicó su vida a pensar más allá de lo convencional, hoy limpiando baños en un penal. No es un accidente del sistema; es su herramienta más eficaz. Sirve para domesticar almas libres, para quebrar emocionalmente, y sobre todo para enviar un mensaje ejemplificador al resto: este es el garrote legal del que puede valerse un gobierno cuando quiere frenar el avance de la libertad.

    La carta escrita desde la cárcel es casi insoportable de leer. No por falta de palabras, sino por exceso de verdad. Necesitamos reunir valor y fortaleza para llegar hasta el final. No es justo para Keonne. Pero tampoco lo es para la sociedad. Ni para los desarrolladores que todos los días escriben código en un mundo donde los acuerdos libres y voluntarios deberían ser la base de la cooperación pacífica.

    No se puede acusar al cuchillo por el uso que otros hagan de él. Sirve tanto para cortar carne como para matar a una persona. Criminalizar herramientas, ideas o código es una forma burda y una práctica muy peligrosa cuyo verdadero fin es mantener al rebaño miedoso y obediente.

    No queremos volver a ser testigos, durante años, de muertes sin sentido como la de Irwin Schiff. Ni de los encarcelamientos de Bernard von NotHaus, el encierro casi perpetuo de Ross Ulbricht, los juicios y el muy probable encarcelamiento de Roman Storm, entre otros. Tampoco del fishing expedition permanente, del estado de sospecha que pesa sobre tantos otros cuyos nombres no alcanzamos a enumerar: desarrolladores, innovadores, disruptores que nos ayudan, aunque sea un poco, a quitarnos la bota de la cabeza.

    Porque hoy vivimos una distopía orwelliana. “Si quieres imaginar el futuro, imagínalo con una bota aplastando un rostro humano para siempre”. No podemos ni siquiera imaginar lo que debe taladrar la mente de personas éticas, comprometidas con las ideas de la libertad, cuando son humilladas y despojadas de su dignidad. No lo merecen ellas. No lo merecemos nosotros como sociedad que se dice civilizada.

    Seguiremos difundiendo estas ideas. No importa cuántas veces nos denigren o nos acosen por no acomodarnos a narrativas políticas. Los derechos fundamentales vienen con nosotros mucho antes de que un puñado de mediocres llegue al poder. No hay crimen sin víctimas. Y no hay civilización si dejamos de repetirlo.

  • La era de los superricos: ¿beneficio o amenaza a la democracia?

    La era de los superricos: ¿beneficio o amenaza a la democracia?

    En su artículo “La era de los superricos”, Guy Sorman reflexiona sobre la creciente influencia de los multimillonarios en la economía global y la política contemporánea, planteando una crítica tanto moral como estructural sobre el papel que estas élites juegan en nuestras sociedades modernas.

    Sorman parte de una observación estadística: según cálculos de la prensa económica anglosajona, el mundo cuenta con alrededor de 3 000 multimillonarios, una cifra sin precedentes en la historia. Para él, este número no solo refleja un auge sin igual de la acumulación extrema de riqueza, sino también una transformación en la distribución del poder económico y político a escala global.

    El economista francés distingue varias categorías entre estos superricos. Por un lado están los herederos, que representan aproximadamente la mitad de los multimillonarios y que, según Sorman, viven de rentas sin aportar contribuciones significativas al progreso económico o social. Por otro lado, distingue entre creadores —como Bill Gates, cuya innovación tecnológica expandió el acceso a la informática— y depredadores, aquellos cuya fortuna se sustenta principalmente en la especulación financiera.  Esta segunda categoría es particularmente polémica para Sorman, ya que sitúa a figuras como George Soros, Stephen Schwartzmann o Warren Buffett en un grupo que obtiene enormes beneficios sin necesariamente contribuir al bien común.

    Una de las preocupaciones centrales que Sorman plantea es la proximidad entre dinero y poder político. Argumenta que muchos multimillonarios han acumulado parte de su riqueza gracias a sus vínculos con gobiernos y élites políticas, una tendencia que se observa no solo en Estados Unidos, sino también en países como China, India, Rusia y Nigeria. Esta interconexión, advierte, plantea un riesgo para la democracia liberal porque los intereses de un puñado de individuos ricos pueden llegar a prevalecer sobre los de las mayorías ciudadanas.

    Además de su influencia política, Sorman subraya que los superricos tienen cada vez más control sobre los medios de comunicación y las plataformas digitales, lo que les permite moldear narrativas públicas a su favor. En Francia, por ejemplo, el oligarca del sector del lujo Bernard Arnault no solo mantiene relaciones estrechas con el poder político, sino que también ejerce control sobre medios escritos, ampliando así su capacidad de influencia cultural y social.

    Sorman no ignora las aportaciones filantrópicas de algunos multimillonarios, especialmente en el contexto de Estados Unidos, donde figuras como Rockefeller, Carnegie, Gates o Buffett han donado importantes sumas a causas humanitarias y educativas.  Sin embargo, el autor señala que esta filantropía representa una excepción y no la regla, y en muchos casos también se retuerce para fines fiscales o de prestigio personal.

    La crítica de Sorman va más allá de un juicio moral: sugiere que la concentración extrema de riqueza puede generar distorsiones estructurales en la economía global, disminuyendo la equidad, reforzando monopolios y distorsionando los mecanismos de competencia.  También advierte que esta concentración puede debilitar la base de la democracia representativa, ya que los superricos tienen recursos para influir en elecciones, políticas públicas e incluso en la legislación fiscal a su favor.

    “La era de los superricos” de Guy Sorman plantea una pregunta inquietante: ¿puede una democracia liberal prosperar cuando una minoría acumula niveles de riqueza y poder comparables a los de los Estados nacionales? Sorman sugiere que si no se toman medidas para limitar la influencia política y económica de estas élites —sea a través de políticas fiscales, regulación mediática o controles antimonopolio— la democracia y la equidad social podrían verse seriamente debilitadas. La discusión libertaria está servida.