Es bastante común escuchar y leer a quienes sostienen que los culpables de gran parte de los males que aquejan a nuestra sociedad la tienen los especuladores; es decir, quienes buscan el lucro en los negocios. Curioso, pues “especular” significa pensar, de hacer conjeturas, suponer, y, en general, de adelantarse en el tiempo a los que ocurrirá en algún momento futuro, con miras, entre otras, a sacar provecho de esas circunstancias. Otra definición es la de «asumir un riesgo empresarial con la esperanza de lograr alguna ventaja futura», teniendo en cuenta que también se corre el riesgo de caer en desventaja. En fin, quien no especula jamás podrá ser un comerciante funcional.
Por supuesto que cuando a los intervencionistas estatales les fracasan sus alocadas estrategias de regimentar nuestras vidas, salen a buscar culpables y la palabrita «especulador» le viene a pelo, pues con ella lo dicen todo, al mismo tiempo que no dicen absolutamente nada; un perfecto galimatías.
El problema del interventor de palacio en la vida ajena es que se va trazando intrincados planes para enfrentar el producto de sus propias transgresiones económicas y sociales, sin tomar en cuenta la naturaleza humana; esa que no responde dócilmente a políticas centralizadas. Y menos mal, pues el día en que todos dejemos que nuestro sentido común sea manipulado por el de los políticos de turno será el día de nuestra decadencia total. Esta es la batalla de los malos políticos en contra de la actividad mercantil ciudadana; y, en general, a todo el que ve a quien especula como el enemigo público.
En síntesis, especular no sólo es bueno sino esencial en una sociedad libre. No especular es no pensar. En un mundo libre todo ser protagónico es un ser especulador que toma decisiones en vista al futuro. Estudiamos porque creemos que nos resultará beneficioso a futuro; ahorramos por la misma razón; y acaparamos o ahorramos pensando en que podemos servir mejor a nuestros clientes; por supuesto, sacando ventaja económica, pues por algo nos tomamos el riesgo, que suele ser grande.
Sin embargo, la gran tragedia del intervencionismo estatal es que con ello se va distorsionando las señales de mercado y se dificultan las tomas de decisiones en la actividad comercial; porque ya uno no sólo debe lidiar con las fuerzas propias del mercado sino también con todo el intríngulis politiquero; y… ni hablar con todo el pillaje.
Por ejemplo, ¿quien se arriesga a invertir en un mercado en dónde no se respetan los contratos, particularmente con el estado representado con sus gobiernos y en dónde no se tiene certeza de repago de los compromisos de deuda central. Pero por otro lado vemos que los especuladores de los mercados financieros son el producto de la propia intervención estatal que ha ido creando un ambiente propicio para ello; lo cual es particularmente cierto en países con bancas centrales en dónde juegan con las tasas de intereses.
El especulador no está a la par con el gobernante que tiene a mano la opción de la coerción y más bien depende del beneplácito de sus contrapartes en el comercio. Los especuladores sirven una función vital como señalizadores del mercado, y en la medida en que los gobernantes logren una disciplina fiscal, iremos disminuyendo las especulaciones disparatadas.


Deja una respuesta