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  • Origen y Naturaleza del Estado y Sus Gobiernos

    Origen y Naturaleza del Estado y Sus Gobiernos

    El Estado, con mayúscula, se refiere a la comunidad organizada políticamente para constituir su seguridad, tanto interna como externa. “Estado» no es sinónimo de gobierno sino el pueblo que en su unión crea la entidad gubernamental con presidente, parlamento y un organismo que administre lo constituido. Desafortunadamente poca importancia se le ha dado al conocimiento y origen del Estado y de sus gobiernos, ya sea en los centros educativos o en medios informáticos y me pregunto si ello no sería a propósito de mantener el control del pueblo por medio de la ignorancia; ya que si no conoces que es estado y gobierno poco te darás cuenta de los abusos y manipulaciones viciosas.

    El Estado nace cuando una comunidad de personas se organiza para crear los medios que le den una seguridad que les permita dedicarse a sus actividades económicas; es decir, el trabajo para sobrevivir en un mercado productivo. El estado y sus gobiernos están para evitar la anarquía. La triste realidad es que mientras la mayoría de las personas escogen vivir por medio de su creatividad y el trabajo, otros escogen hacerlo robando al productivo. Y mucho más triste cuando los gobiernos del Estado son secuestrados por los ladrones.

    Aristóteles veía al Estado o la polis (la ciudad Estado) en la naturaleza del humano como ser social y político. Pero en ello Aristóteles destacaba que el Estado emergía a partir de la base de la sociedad, que es la familia, la villa, el pueblo y la ciudad; todo con miras a permitir el sustento y mejoramiento de la población, siempre orientado hacia lo virtuoso y el desarrollo o florecimiento. El problema surge cuando invertimos este orden y los gobiernos dictan a la población como deben actuar; ya que en tal situación el pueblo es el ganado y los gobernantes los vaqueros hacendados.

    Algunos pensadores Albert Jay Nock, advertían sobre el poder excedido y escribió libros con títulos como “La Criminalidad y el Estado” y “Nuestro Enemigo, el Estado”. Para Nock el Estado era la encarnación de los medios políticos, que en la historia no surgió por la vía de la cooperación sino de la conquista y la barbarie; y, cambiar de una gobernanza dictatorial y abusiva a una limitada y subsidiaria ha sido tan difícil que aún no es lo típico.

    El problema ocurre cuando el organismo estatal interrumpe o altera la organización y cooperación voluntaria y va metiendo normas compulsorias como los impuestos exagerados, los controles de precio y tantas otras leyes metiches. Y mucho peor cuando los gobiernos invaden actividades propias de la población, como la educación, agua, transporte, etc.; ya que ello viola groseramente el principio de subsidiaridad y favorece la rapiña.

    El enredo comienza cuando le damos al Estado y a sus gobiernos la fuerza de la coerción; la cual bien usada, de manera limitada y en contra del criminal, es bueno; pero por el mismo camino se presta para el surgimiento de los gobiernos de rapiña. Todo ello lo vemos con el surgimiento de la burrocracia, los compinches, y grupos de intereses, El interés típico del político panameño es egoísta y si no lo vemos en el desgobierno a nuestro alrededor, que el Señor nos ampare.

    En fin, darles poder a una clase gobernante viciosa es abrir las puertas a la corrupción y, desafortunadamente una población que no entiendes estas cosas fácilmente usará el mayor poder que tiene, el voto, no para limitar el poder desbocado sino para facilitarlo bajo la equivocada idea de que el gobernante ladrón derramará algunas migajas de sus mesas de banquete.

  • Hungría, Trump y señales de cambio.

    Hungría, Trump y señales de cambio.

    La caída de Orbán que siguió medio planeta (pocos países han concentrado tanta atención como esta vez) no es solo una derrota electoral en Hungría. Es una señal más de cambio de época que estamos viviendo, y se están acumulando tan rápido que apenas nos da tiempo a analizarlas.

    Trump pierde en todos los frentes diplomáticos abiertos y el mundo ya se reorganiza sin pedirle permiso. Ucrania resiste y al resistir ha reconfigurado Europa más de lo que nadie esperaba. Irán, lejos de colapsar, hoy le marca el ritmo de la negociación y le dice a Trump que hay otros ejes posibles. Los Emiratos Árabes, sin hacer ruido, tejen alianzas que ya no pasan por Washington ni por Bruselas. Y China, que observa en silencio, sabe que cualquier cierre del Estrecho de Ormuz que Trump amenaza hoy, le golpea a ella más que a nadie: es su petróleo, son sus rutas, es su economía la que depende de ese paso. Trump amenazando a Irán, le hace un daño imposible de no ser contestado, a su propio rival estratégico. La geopolítica rara vez es tan irónica.

    Netanyahu convenció a Trump de que atacar Irán era la jugada maestra. Ahora Trump bombardea, presiona, amenaza Ormuz y no encuentra la salida digna. No hay victoria clara, no hay negociación limpia, no hay día después o plan B pensado ( sí, ok…puede, pero por ahora no aparece). Netanyahu sigue hacia adelante porque no puede retroceder. Trump lo sigue porque tampoco puede. Dos líderes atrapados en una escalada que ninguno de los dos sabe cómo terminar. Y mientras tanto, el Líbano sangra y por cada bombardeo cosecha simpatías que antes no tenía. No estarían logrando el objetivo.

    Y mientras todo esto ocurre, Trump ataca al Papa. Al Papa !!. Cuando un poder político siente que necesita enfrentarse a la autoridad moral más simbólica del planeta, algo le está fallando por dentro.

    En ese contexto, Orbán cae. El gran laboratorio de la democracia iliberal cierra tras 16 años. Putin pierde su caballo de Troya en la UE. La «internacional iliberal» (Trump, Milei, Vox, Salvini, etc) apostó por él. Todos perdieron. Y lo perdieron con el 79% de participación, la más alta desde la caída del comunismo. Eso es un voto de hartazgo, sobre todo moral. 16 años en los que Hungría se empobreció en todos los indicadores reales: economía, sanidad, educación, libertad de prensa, independencia judicial. 16 años pagando el precio de un hombre que construyó un régimen a su medida y llamó a eso libertad.

    Libertad. Esa palabra que hoy se usa como escudo marketinero para cubrir cualquier cosa. También en Argentina, donde los indicadores reales, no los imaginados, no los del relato oficial, siguen escondidos en un «Excel» creativo, mientras el discurso sube de volumen, insultos y ofensas al periodismo. No hace falta esperar 16 años ni llegar al fondo para cambiar de rumbo. Hungría tardó lo que tardó. El tema es que no debería hacer falta tanto tiempo ni tanto deterioro para corregir, rectificar y poder enderezar lo que se está haciendo mal.

    Porque lo más extraordinario de hoy no es que Orbán haya caído. Es cómo cayó: en las urnas, sin violencia, con votos. En la historia, en general, los grandes cambios casi siempre llegan con sangre, tiros y sufrimiento. Hungría hoy nos dice que existe otra forma, menos frecuente, pero existe. Ojalá no se necesitara tanto tiempo ni tanta angustia.

    Los ciclos se agotan. En Hungría, en el tablero de los aranceles, en Medio Oriente, en cada país donde el relato tapa los hechos reales. Y cuando se agotan, se agotan de golpe; por las buenas, como en Budapest anoche, o por las malas. Pero se terminan. Siempre se terminan. La pregunta, para cada país, para cada líder, pero sobre todo para cada uno de nosotros, es cuánto se está dispuesto a perder antes de decidir que ya es suficiente.

    Porque al final del día, la salvación no tiene nombre de dirigente ni cara de político. Viene de otra parte. Viene de cada persona que decide que sus derechos no son negociables, que la libertad no es una palabra de campaña, que la dignidad no se canjea por relato. Así de simple. Así de extraordinario.

    Tenemos que ejercer en serio nuestros derechos fundamentales. Cada uno y todos los días. Antes de que cueste más defenderlos que haberlos cuidado a tiempo. Porque la alternativa ya la describió Thomas Sowell hace décadas: que otros decidan por nosotros y que al hacerlo mal, no les quepa responsabilidad alguna. Que se vayan a casa, con su pensión, sus nuevas propiedades, con su impunidad, y que la factura la paguemos nosotros, incluso con la vida. Eso tiene un nombre. Y no es libertad.

  • Educado

    Educado

    ¿Alguna vez alguien te preguntó por el significado de “educado”? No es una pregunta común y mucho menos común es recibir una respuesta educada. Diccionarios como el de la Real Academia Española lo devienen así: “Que tiene buena educación o urbanidad”; lo cual, apenas es una pista somera e incipiente del significado y alcance de este trascendental vocablo. Sobre “educación”, lo único que dice la RAE es: “Acción y efecto de educar☹”

    La palabra “educado” en su origen significa

    criar, alimentar o nutrir”

    y “educar” origina en

    sacar fuera, extraer o conducir hacia afuera”;

    por lo cual yo diría que se trata de sacar de nuestro interior el potencial que tenemos; que requiere instrucción y guía de lo latente en nuestro interior. Es crianza, formación, transmisión de conocimientos, con miras a desarrollar potencialidades que corresponden primordialmente al núcleo de la familia y que no corresponde delegar a los gobiernos del Estado.

    A través del tiempo el vocablo “educar” lo hemos ido asociando a la escuela y, en especial a la “superior”, que no me parece que ello es verdadera garantía para llegar a ser educado; particularmente cuando veo a tantos licenciados maleducados. Lo que señalo nos deja con el reto de entender cómo hemos de educar a nuestros hijos. Pero, si ni siquiera entendemos significado del término, el asunto anda mal.

    La gran y trágica desviación en el proceso educativo de nuestros hijos nació cuando los glotones del poder gubernamental lograron convencer a las masas que los gobiernos eran el mejor instrumento para educar; ese que hoy llamamos, erradamente, MEDUCA. El problema es que gobernar y educar no “conjugan”; término que significa…

    unir o juntar bajo el mismo yugo”.

    Al yugo de los gobiernos estatales desbocados cuyo interés no es, necesariamente, educar a la población; ya que una población educada no votaría por gobernantes podridos, tal como ha ocurrido en nuestra hermosa Panamá desde la llegada de Cristobal.

    Fue un error garrafal haber centralizado los centros educativos bajo la egida de las corruptas mafias políticas; las cuales, para facilitar la inmensa tarea procuraron estandarizar los currículos que ensañar a todos como si todos fuesen igualitos. ¡Craso error!” u “horror”; ya que los aventajados se aburrían y los desaventajados languidecían en la oscuridad, lo cual me consta ya que yo ocupé los últimos puestos durante mi primaria y parte de la secundaria. Ello era y sigue siendo el embuste del igualitarismo, como si los humanos fuésemos igualitos todos. La igualdad sólo se logra en la pobreza, tanto económica, cultural y educativa; lo cual le encanta a los zorros del gallinero.

    La otra palabra interesante es “inteligente”, que se refiere a quien ve y entiende las cosas como en realidad son y no como las pintan en las escuelas NODUCA. Tal es el lastimoso caso cuando llamamos “verano” al invierno, e “invierno” al verano; y también nos enseñaron que en Panamá no hay ni otoño ni primavera; lo cual es una barbaridad. Ahorita en Panamá, el 20 de abril, si te paras a las 12 mediodía al sol y miras a tus pies, verás que no tienes sobra debajo de ti; ya que el sol estará en su cénit a los 9° de latitud norte en que está Panamá. Los términos verano, otoño, invierno y primavera son términos astronómicos y no de si llueve o no llueve.

    Y… ¿cómo no ver la primavera, en estos días?: en el canto de la choroteca, la cas-cas, capisucia, primavera o ‘mirlo’. Esta ave que anuncia a todo trino sus amores. ¿Y cómo no ver el reverdecer, las flores, cocuyos, abejas y la algarabía de la época de cría… los huevos de iguana? Educado es conocer el mundo.

  • Bitcoin en el Estrecho de Ormuz: cuando el dinero deja de pedir permiso

    Bitcoin en el Estrecho de Ormuz: cuando el dinero deja de pedir permiso

    La reciente decisión de Irán de exigir el pago de peajes en Bitcoin para transitar el Estrecho de Ormuz no es simplemente una curiosidad geopolítica: es un acontecimiento histórico. Por primera vez, un Estado está utilizando un sistema monetario descentralizado como infraestructura de liquidación en un punto crítico del comercio global. Y eso, guste o no, cambia las reglas del juego.

    Segúnmúltiples reportes recientes, Irán ha comenzado a exigir pagos en criptomonedas a petroleros que atraviesan este paso estratégico (por donde fluye alrededor del 20% del petróleo mundial) con tarifas que pueden llegar hasta millones de dólares o, en algunos casos, alrededor de 1 dólar por barril transportado. El objetivo declarado es controlar el tránsito durante un frágil alto el fuego, pero el objetivo real es mucho más profundo: escapar del sistema financiero internacional dominado por Occidente.

    Bitcoin como arma de soberanía

    Desde una perspectiva libertaria, esto confirma lo que muchos llevamos años defendiendo: Bitcoin no es una inversión, es una herramienta de soberanía. Es dinero sin permiso. Y cuando un Estado sancionado como Irán lo adopta para cobrar peajes, está reconociendo implícitamente que el sistema fiat, especialmente el dólar, no es neutral, sino político.

    Irán no puede confiar en SWIFT ni en bancos occidentales sin exponerse a bloqueos o confiscaciones. Bitcoin, en cambio, permite recibir pagos de forma directa, global y resistente a la censura. Como señalan analistas, las transacciones en cripto “complican la interceptación o congelación de pagos en tiempo real”. Es decir: exactamente lo que Bitcoin fue diseñado, ser resistente a la censura.

    El fin práctico del monopolio monetario

    Este movimiento también ataca el corazón del sistema del petrodólar. Durante décadas, el comercio energético global ha estado denominado en dólares, lo que ha otorgado a Estados Unidos un poder desproporcionado sobre la economía mundial. Pero si un chokepoint como Ormuz empieza a aceptar Bitcoin, se abre la puerta a un comercio energético parcialmente desdolarizado.

    No estamos hablando de una adopción ideológica. Irán no es libertario. Es un régimen autoritario que simplemente está utilizando la mejor herramienta disponible para sobrevivir a sanciones. Pero precisamente ahí está la lección: Bitcoin no necesita aprobación moral. Funciona porque es útil.

    Y cuando incluso los Estados más hostiles al libre mercado lo utilizan, queda claro que el dinero descentralizado ha cruzado el Rubicón.

    De la teoría a la infraestructura real

    Hasta ahora, muchos críticos decían que Bitcoin no tenía “uso real” más allá de la especulación. Ese argumento acaba de morir. Aquí vemos Bitcoin integrado en una infraestructura física crítica: rutas marítimas, comercio de petróleo, logística global.

    El proceso descrito, es decir el registro previo del cargamento, cálculo del peaje y pago rápido en Bitcoin antes de cruzar, convierte a la red en una capa de liquidación para comercio internacional en tiempo real. Esto no es teoría. Es infraestructura.

    El lado incómodo: coerción y libertad

    Ahora bien, un análisis honesto debe reconocer la tensión moral: este uso de Bitcoin no es voluntario. Es coercitivo. Los barcos pagan porque no tienen alternativa.

    Pero esto no es un fallo de Bitcoin, sino una prueba de su neutralidad. El mismo protocolo que empodera a individuos frente a gobiernos también puede ser utilizado por gobiernos frente a otros actores. Bitcoin no discrimina; simplemente ofrece un sistema monetario incorruptible.

    Desde una óptica libertaria, la solución no es rechazar Bitcoin, sino expandir su adopción para que todos tengan acceso a esta herramienta de soberanía (y no por los Estados convenientemente).

    El mundo ya cambió

    Lo que está ocurriendo en el Estrecho de Ormuz y el Bitcoin es un anticipo del futuro: un mundo donde el dinero ya no está completamente controlado por bancos centrales ni imperios financieros.

    Bitcoin ha pasado de ser un experimento cypherpunk a convertirse en una pieza funcional de la geopolítica global. Y cuando el comercio de petróleo, la columna vertebral de la economía mundial, empieza a tocar la red, estamos ante un cambio de paradigma. Claro, no es la forma que hubiéramos deseado, pero sí señala una dirección. No es el fin del sistema fiat… todavía. Pero es el principio del fin de su monopolio.

    Y como libertarios, eso es exactamente lo que llevábamos esperando.

  • ¿Quiénes son las Élites?

    ¿Quiénes son las Élites?

    La élite o élites se refiere a esa minoría selecta, que supone ser superior o rectora gobernante; y la definición de la IA la he alterado yo debido que la IA no dice que “supone ser superior” sino sólo superior; lo cual me deja pensando… ¿superior en qué? En el pensamiento romano político y clásico el vocablo “superior” existen dos vertientes, la de “autoridad” y la de “potestad”:

    • “Autoridad” viene de autor, o quien conoce y escribe la obra y aportando valor y crecimiento, actuar que le da prestigio y legitimidad.
    • “Potestad” es la capacidad legal respaldada por la fuerza para mandar; sea o no “autoridad” que tenga los méritos, o la razón.

    En el escenario panameño vemos exceso de una potestad adaptada al pillaje, pero poca o ninguna para hacer crecer al país y sacar a los pobres del pantano de la pobreza. Y, el uso típico que le hemos dado al término “élite”, rabiblanco y tal, es para referirse a la oligarquía del Club Unión; sin importar de que esa oligarquía ya poco suena o truena. La realidad y el problema es que la élite y la oligarquía de antaño ha mutado dando cabida a una élite con rabos multicolor. Y, tristemente, en ello, se ha formando una mafia que busca justificación legal con poca moral.

    Hoy estamos frente a lo que se conoce como una “movilidad social oportunista” que se vale del mimetismo para sus fechorías. Ahora, desde el poder político y económico, no aportan nuevos valores, sino que, habiéndose copiado los vicios y estética de la vieja guardia, buscan validar su corrupto actuar disfrazándose de pobres; aunque ya muchos son más ricos que los ricos del ayer.

    Antaño, el poder de los rabiblancos se basaba, más que nada, en la propiedad de la tierra, ya que verdaderos comerciantes no eran; su negocio, empresa o emprendimiento estaba en el Palacio de las Garzas y tal. Era allí desde dónde fluía y sigue fluyendo el chen-chen que le sustraen al sector realmente productivo; ya que nuestros gobiernos monopólicos nada tienen de productivos; y más bien son destructivos.

    La nueva rabiblancura busca legitimidad aprendida en el corrupto ayer; haciéndose pasar por lo que no son… gobernantes. A diferencia, extranjeros que llegaron a Panamá pobres, crearon empresas que dieron miles de plazas de trabajo y desarrollo. Mi abuelo Novey solía decir, “quien con niños se acuesta, cagado amanece”, pues él rehusaba hacer negocios con el “gobierno”. Tristemente, yo no le hice caso y la empresa que fundé, luego de que me despidieran como director de aeronáutica, porque no era ladrón, fracasó porque a pesar de que ganábamos contratos y nuestro producto era de primera, no accedimos a pagar las coimas. ¿Cómo pagarlas si no las habíamos incluido en el presupuesto?

    Tristemente, tanto los rabiblancos de antaño como la nueva mezcolanza de rabos multicolor carecen de ética, caminando en malandar. Hoy, como ayer, el pueblo vota por los más corruptos pensando que estos les derramarán despojos desde las mesas de sus banquetes; lo cual aflora en aquello de “robó, pero le dio al pueblo”. En fin, los que hoy llamamos “élites”, en buena medida son mutantes que se graduaron en las universidades del desenfreno.

    Ahora, el gobierno y la gobernanza secuestrada se disfrazan de emprendedores, en actividades que no es “gobierno ni gobernanza”. Son las élites del engaño y la rapiña. Y mientras el pueblo languidece en los arables periurbanos de pobreza, los empresarios extranjeros tienen el campo libre para emprender; y… menos mal, ya que alguien debe producir para lograr prosperidad.

  • Negocios con el poder: la trampa prebendaria y la traición al ideal liberal

    Negocios con el poder: la trampa prebendaria y la traición al ideal liberal


    Uno de los principios más elementales del liberalismo es la estricta separación entre el poder político y los negocios privados. No por una cuestión moral abstracta, sino por una razón profundamente práctica: cuando esa frontera se diluye, emerge inevitablemente el sistema prebendario, donde el éxito económico deja de depender del mérito y pasa a depender del acceso al poder.

    El reciente escándalo vinculado a la criptomoneda $LIBRA vuelve a poner este problema en el centro de la escena. La promoción pública del activo por parte del presidente generó un aumento explosivo de su valor seguido de un colapso abrupto, con pérdidas millonarias para miles de inversores y ganancias concentradas en unos pocos actores con información privilegiada.

    Más grave aún, investigaciones posteriores han revelado posibles vínculos previos, comunicaciones directas y hasta la existencia de borradores de acuerdos económicos asociados a esa promoción, lo que ha derivado en denuncias judiciales, pedidos de investigación y cuestionamientos éticos de fondo.

    Sin embargo, el problema excede lo jurídico. Puede que algunos aspectos terminen siendo legales o indemostrables en términos penales. Pero el liberalismo no se agota en la legalidad. Existe una dimensión anterior y más exigente: la legitimidad.

    El fenómeno que aquí se observa no es nuevo. Es el clásico patrón de captura del poder por intereses privados o, en su variante más moderna, de utilización del poder para habilitar negocios que no existirían sin esa influencia. En términos de la teoría de la elección pública (public choice), los incentivos están alineados: quien detenta poder tiene la capacidad de generar beneficios extraordinarios, y quienes buscan esos beneficios tienen incentivos para acercarse al poder.

    El resultado es un sistema donde las oportunidades no se distribuyen en función del talento o el riesgo asumido, sino en función de la cercanía política. Eso es, precisamente, el prebendarismo.

    Y aquí radica el punto más delicado: cuando este tipo de prácticas ocurre bajo gobiernos que se presentan como liberales, el daño es doble. No sólo se afecta la confianza institucional, sino que se erosiona el propio capital simbólico de las ideas de la libertad.

    Porque el liberalismo no es un discurso antiestatal en abstracto. Es una ética del poder. Implica límites, implica renuncias, implica —sobre todo— la decisión consciente de no utilizar la posición pública para generar ventajas privadas.

    Cuando esa barrera se rompe, lo que queda no es un “liberalismo imperfecto”. Es otra cosa. Es la repetición de un patrón histórico donde el poder político deja de ser árbitro y se convierte en jugador.

    Y en ese punto, la narrativa de la “casta” pierde sentido. Porque el problema nunca fue sólo quién estaba en el poder, sino qué se hace con él.

    En cualquier economía sana, hacer negocios depende del mercado. En una economía capturada, depende del poder.

    Y cuando esa lógica se instala, el sistema deja de premiar la innovación y empieza a premiar la proximidad.

    Por eso, el verdadero daño de estos episodios no está únicamente en las pérdidas económicas o en las investigaciones judiciales en curso. Está en algo más profundo: la degradación de las reglas de juego.

    Un gobierno que prometía terminar con los privilegios no puede, sin costo, ser percibido como parte de ellos.

    Porque en política, como en los mercados, la confianza es el activo más valioso.

    Y una vez que se pierde, no hay relato que la reconstruya.

  • Viernes Santo

    Viernes Santo

    Viernes Santo, incluso quien no es creyente, puede detenerse un momento ante un hecho humano.

    Más allá de la fe, de la liturgia y del dogma, la historia no trata a Jesús como una invención. Lo reconoce, con algunas observaciones, como a un hombre real: alguien que vivió, habló, reunió seguidores, incomodó al poder y terminó ejecutado por el Imperio. No hace falta creer para entender el contexto: un disidente, vuelto peligroso por su palabra, aplastado por el orden establecido. ¿Suena familiar?

    Y cuando decimos “ejecutado”, no hablamos de una muerte abstracta. Hablamos del aparato romano del castigo. La crucifixión.

    Primero, la flagelación. El instrumento no era un simple látigo: era el flagrum, varias correas de cuero con incrustaciones de metal y hueso. Cada golpe no solo hería: desgarraba. Las bolas de plomo hundían la carne; los fragmentos afilados la arrancaban. La piel cedía primero, luego el tejido, luego el músculo. No había límite de golpes. La intención no era solo castigar, sino llevar al cuerpo al borde del colapso sin permitirle morir aún. Una crueldad que nos trae náuseas mientras las describimos.

    Después, la humillación. Un manto, una caña, golpes en la cabeza. Y una corona de espinas trenzadas y presionadas sobre el cráneo, una burla cruel que punzaba, abría la piel y convertía el dolor en espectáculo. Porque sí, una inmensa masa lo contemplaba no sin cierto deleite, aunque nos parezca increíble.

    Luego, el camino. El condenado cargando el madero, debilitado, sangrando, cayendo. Y finalmente la cruz romana: un método no solo para matar, sino para exhibir. El cuerpo fijado, elevado en lo más alto, expuesto. La muerte no llegaba de inmediato, sino lentamente, entre asfixia, agotamiento y pérdida de sangre. Era una ejecución pensada para quebrar no solo al hombre, sino a cualquiera que lo mirara. El garrote legal de nuestro tiempo para cualquiera que se atreva y enfrente el poder, de ahí la idea de la exposición aleccionadora.

    Por eso, incluso desde una posición secular, el Viernes Santo nos dice algo. Tal vez Jesús no murió “por nosotros” en el sentido religioso. Pero sí murió por sostener una palabra que desordenaba el mundo de su época; por decir algo distinto de lo permitido; por encarnar una idea que el poder consideró intolerable. Por ser un disidente desafiando al orden establecido con el sólo poder de las ideas, de la palabra.

    Y eso sí nos abarca a todos.

    Porque el mecanismo no ha cambiado tanto. Ya no tenemos látigos ni cruces. Ahora tenemos otras formas, más limpias, más aceptables, de castigar al disidente: desacreditarlo, aislarlo, ridiculizarlo, expulsarlo. La violencia se ha refinado pero el impulso de censura es el mismo. El poder sigue reaccionando ante quien incomoda.

    Recordar hoy a Jesús, incluso sin fe, es recordar a quienes han sido castigados por decir algo distinto, por señalar una injusticia, por negarse a obedecer lo establecido.

    Consideramos que Viernes Santo puede conmemorarse no solo como el recuerdo y luto de una pasión sagrada, sino como la memoria de un hombre al que el poder llevó hasta el extremo de la crueldad y la maldad porque sus ideas resultaban peligrosas.

    Y si algo exige este día, incluso para quienes no creen, es una toma de posición.

    Porque la historia no solo recuerda a quien fue llevado a la cruz, también recuerda a quienes lo permitieron.

    A Poncio Pilato, que se lavó las manos. A Herodes Antipas, que convirtió el dolor y la crueldad en espectáculo. A la muchedumbre, que miró, se acostumbró y siguió adelante.

    Y ese guion no ha desaparecido. Hoy ya no hay cruces en las plazas, pero sigue existiendo el poder que castiga al que incomoda, y multitudes que aplauden, callan o miran hacia otro lado.

    Por eso, si algo significa ser libres, de verdad libres, es decidir de qué lado estamos cuando alguien es señalado, castigado o silenciado por pensar distinto.

    No seremos Pilato. No nos lavaremos las manos frente a la injusticia. No confundiremos prudencia con cobardía.

    Y tampoco dejaremos de nombrar a los Herodes de nuestro tiempo, aunque muchos sigan aplaudiendo y celebrando la destrucción de quien incomoda, reducido ya a la indefensión frente a la omnipotencia del Estado.

    Porque cada época tiene su cruz, cada poder sus métodos, y cada sociedad su momento de decidir si repite la historia o finalmente aprende de ella.

  • El Alma del Predador Gobernante

    El Alma del Predador Gobernante

    El vocablo “predador” describe a quienes saquean o actúan con rapiña; ya sea para sustento o para ascender en la escalera social y económica de manera ladina. Murray Rothbard en su obra Hombre, Economía, y Estado (1962) desarrolló una teoría económica de libertad, tal como lo hace nuestra Constitución, que luego contradictoriamente, en el mismo párrafo se contradice, abriendo camino para la discrecionalidad de las autoridades, lo cual contraría la misma Constitución. Y para quienes lo dudan, vean el artículo del abogado Carlos Barsallo intitulado “El Nuevo Excepcionalísimo Panameño «.

    Barsallo pregunta: “¿cómo puede un país alcanzar niveles de ingreso alto mientras mantiene percepciones persistentes de corrupción?”. Pero, yo añadiría que son más que percepciones; lo cual toma cuerpo cuando Barsallo cita a James Loxton en el Journal of Democray un artículo intitulado “The Puzzle of Panamanian Excepcionalism” (el rompecabezas del excepcionalísimo panameño). Es decir, que Panamá es berraca ya que a pesar de su corrupción gubernamental endémica, que ha afectado el desarrollo socioeconómico de gran parte de la población, flota por encima de las consecuencias de corruptela; tanto en el ámbito social como en el gubernamental.

    El excepcionalísimo de Panamá, como yo lo veo y coincido con Barsallo, nos llega debido a que nos hemos convertido en un refugio financiero de dólares, pero no porque tengamos una población productiva. Pero el asunto va bastante más allá y tiene raíces históricas y socioeconómicas, entre otras. En cortito, la triste realidad de los panameños es que no somos muy dados al emprendimiento; lo cual tiene raíces coloniales que persisten desde Cristobal Colón, Pedrarias y tal.

    Uno de los comentarios de Barsallo que más me llamó la atención, cuando dice:

    “…somos muy grandes porque engordamos, no porque crecimos… pesamos más por grasa y no por músculo”.

    Pero profundizando más en el asunto debemos ver y entender que difícilmente existe mejor herramienta para oprimir y controlar a una sociedad que un gobierno prostituido; que, por un lado, mantiene a los rabiprietos aplastados, y se alía con algunos empresaurios para cometer sus fechorías.

    Que en Panamá tenemos menos impuestos. ¡Que lindo!; ¿y acaso el Canal y todas las empresas gubernamentales metidas en actividades propias del mercado no son una forma de impuesto? Impuesto que no sólo sirve para el pillaje, sino que destruye la cultura de emprendimiento, lo cual aflora, como suelo señalar, en el “no a la privatización” que debemos traducir a “sí al pillaje gubernamental”. Y más aún, que las empresas estatales, a diferencia de las privadas, si dan mal servicio, no pagan las consecuencias. Es un intervencionismo coercitivo que si lo ven, lo pasan de alto. El caso del MEDUCA o NODUCA como le llamo yo, es buen ejemplo; pues no educa y tampoco deja educar.

    Curioso que ya en los EE.UU. el gobierno de Trump cerró el ministerio o como le llamen, de educación federal; y mutó en un programa que impulsa el derecho de la familia a escoger dónde educan a sus hijos. Y, en ello, están surgiendo las escuelas chárteres, que son estatales pero administradas privadamente. Pero también está aumentando rápidamente los programas que dan a la familia los fondos para que estas elijan dónde educar a sus vástagos. Ahora cada estado maneja por cuenta propia el tema educación.

    Y, otro aspecto que pocos ven es que cuando los gobiernos del estado se meten a ser empresaurios, destruyen algo vitalísimo… ‘el cálculo económico’; sin lo cual una empresa privada no puede subsistir. La privada que no entrega cantidad y calidad no subsiste; pero las empresas gubernamentales, tal como NODUCA, siguen campantes y rampantes fabricando pobreza; violando el precepto constitucional vertido en el artículo 49 que garantiza resarcimiento por daños ocasionados. ¡Inmensa burla!

  • Mises, sus papeles perdidos y la inflación en la Austria de posguerra

    Mises, sus papeles perdidos y la inflación en la Austria de posguerra

    La historia de los llamados “papeles perdidos” de Ludwig von Mises es una de las más singulares del pensamiento económico del siglo XX. No solo por su itinerario , de Viena a Moscú, pasando por el saqueo nazi y la captura soviética, sino porque esos documentos permiten observar cómo un economista analizaba, en tiempo real, una de las crisis inflacionarias más profundas de la Europa de entreguerras.

    Entre 1909 y 1934, Mises trabajó como economista en la Cámara de Comercio de Viena, una institución con influencia directa en la formulación de políticas públicas. Su labor consistía en elaborar informes, asesorar a autoridades y analizar la evolución económica de Austria. Sin embargo, el contexto en el que desarrolló su trabajo cambió radicalmente tras el colapso del Imperio austrohúngaro al final de la Primera Guerra Mundial.

    La nueva Austria era un país pequeño, con una estructura productiva fragmentada, grandes déficits fiscales y una fuerte inestabilidad política. Para financiar el gasto público, el gobierno recurrió crecientemente a la emisión monetaria. El resultado fue una rápida depreciación de la corona austríaca entre 1919 y 1922, con aumentos sostenidos de precios y pérdida del poder adquisitivo. Aunque no alcanzó los niveles extremos de la hiperinflación alemana, el proceso fue lo suficientemente severo como para desorganizar la economía y erosionar la confianza en la moneda.

    Es en este contexto donde los papeles de Mises adquieren un valor excepcional. No se trata de una obra sistemática escrita a posteriori, sino de memorandos, notas y diagnósticos redactados en medio de la crisis. En ellos, Mises analizaba el vínculo entre déficits fiscales y expansión monetaria, advirtiendo que la inflación no era un fenómeno aislado, sino la consecuencia directa de decisiones políticas. Señalaba cómo la emisión sostenida distorsionaba los precios relativos, dificultaba el cálculo económico y generaba una falsa sensación de prosperidad que inevitablemente desembocaría en ajustes más dolorosos.

    También proponía medidas concretas: disciplina fiscal, freno a la emisión y restauración de una moneda estable. Su enfoque combinaba teoría económica con observación empírica, reflejando la tensión entre el análisis académico y la urgencia de la política económica cotidiana.

    En 1938, tras la anexión de Austria por la Alemania nazi, estos documentos fueron confiscados del apartamento de Mises en Viena. Años después, al finalizar la Segunda Guerra Mundial, fueron capturados por el Ejército Rojo y trasladados a archivos en Moscú, donde permanecieron clasificados durante décadas. Durante más de medio siglo, este material —alrededor de 10.000 páginas— quedó fuera del alcance de investigadores y del propio desarrollo historiográfico de la economía.

    No fue hasta los años noventa, tras la disolución de la Unión Soviética, que el economista Richard Ebeling logró acceder a estos archivos y redescubrir el conjunto documental. Su recuperación no alteró las teorías por las que Mises ya era conocido, pero sí enriqueció significativamente la comprensión de su pensamiento.

    Los papeles revelan a un Mises profundamente comprometido con el análisis de la realidad económica de su tiempo. Más allá de sus obras publicadas, muestran el proceso intelectual detrás de sus ideas: cómo observaba la inflación, cómo interpretaba sus causas y cómo intentaba influir, desde una posición técnica, en el rumbo de una economía en crisis.

    En ese sentido, los papeles perdidos no solo son un hallazgo histórico, sino una ventana privilegiada a la interacción entre teoría y práctica en uno de los períodos más turbulentos de la historia económica europea.

  • Noelia, Durkheim y la soberanía irrenunciable del yo

    Noelia, Durkheim y la soberanía irrenunciable del yo

    Le quedan dos horas. Nos destroza el alma. Y aun así, no tenemos nada que ofrecerle a Noelia que ella no se haya ofrecido ya a sí misma: años de evaluaciones, peritos de todas las disciplinas, cinco tribunales, y una claridad sobre su propio sufrimiento que ninguno de nosotros, desde afuera, podemos siquiera imaginar. Hoy, mientras el mundo opina, ella elige. Y esa diferencia lo es todo.

    Hay una paradoja en el corazón de este debate que casi nadie quiere mirar de frente. Quienes se oponen a la eutanasia de Noelia lo hacen, en su mayoría, desde el amor. Quieren que viva. Quieren que mejore. Quieren que encuentre una salida que ella, después de años de búsqueda genuina, ha concluido que no existe. Y aquí está la pregunta que el libertarismo obliga a formular con toda su incomodidad: ¿tiene el amor de otros autoridad moral sobre el cuerpo y la decisión de una persona capaz? La respuesta honesta es no. El amor no es propiedad. El deseo de que alguien viva no es un derecho sobre su vida.

    «La autonomía no es frialdad. Es el último territorio que nadie debería arrebatarle a otra persona.»

    Émile Durkheim, el padre de la sociología moderna, habría querido impedírselo. Su monumental obra sobre el suicidio, publicada en 1897, construye toda su arquitectura intelectual sobre una premisa que el libertarismo rechaza de raíz: que el individuo es fundamentalmente un producto social, que sus decisiones más íntimas son en realidad síntomas de fuerzas colectivas, y que la sociedad tiene tanto el derecho como la obligación de regularlo, contenerlo, retenerlo. Para Durkheim, el suicidio no es una decisión, es un fallo del tejido social. La solución no está en el individuo, sino en fortalecer las instituciones que lo anclan al mundo.

    Es una visión coherente. Y es, en el caso de Noelia, profundamente equivocada.

    Porque Durkheim construyó su teoría sobre estadísticas agregadas que, por definición, borran lo más importante: la situación particular, irrepetible e intransferible de cada persona. Reducir miles de decisiones únicas a una «tasa social» es un ejercicio de poder epistémico, la pretensión de que el observador externo sabe más sobre una vida que quien la vive. Friedrich Hayek lo llamaría arrogancia del conocimiento. Y en este caso, esa arrogancia tiene consecuencias concretas: se convierte en el argumento para que un juez adicional, una mayoría moral, un padre que ama con desesperación, interpongan su voluntad entre Noelia y su decisión.

    El caso de Noelia no es sencillo. Nadie honesto puede pretender que lo es. Ella no padece una enfermedad terminal en el sentido convencional, padece una paraplejia irreversible, dolores neuropáticos crónicos, y un sufrimiento psicológico severo derivado de una agresión brutal. Y aquí es donde el debate filosófico se vuelve más exigente: ¿puede un estado de sufrimiento mental, aunque no sea psicosis, comprometer la autonomía hasta el punto de invalidar la decisión?

    Es la pregunta más honesta que el libertarismo debe enfrentar, y la respuesta no puede ser simplista. La autonomía no es un interruptor de encendido y apagado. Es un espectro. Pero hay una diferencia crucial entre reconocer esa complejidad y usarla como coartada para la tutela indefinida. Noelia fue evaluada durante años. Siete especialistas encontraron plena capacidad de decisión. El Tribunal Constitucional español y el Tribunal Europeo de Derechos Humanos rechazaron los recursos que intentaban detenerla. Si ese proceso no es suficiente garantía, entonces no existe ningún proceso que lo sea y la consecuencia lógica es que ninguna persona con sufrimiento crónico podría jamás ejercer su autonomía, porque siempre habrá alguien dispuesto a dudar.

    «Defender la vida de verdad significa respetar también el derecho a despedirse de ella.»

    Quizás ese era el límite de Durkheim, no el de ella. Su sociología fue revolucionaria, pero nació en una época que no concebía la autonomía individual como un valor en sí mismo, separado del contrato social. Hoy tenemos ese lenguaje. Tenemos esa tradición, de John Stuart Mill a Robert Nozick, que insiste en que sobre sí mismo, sobre su propio cuerpo y su mente, el individuo es soberano. No el Estado. No la mayoría. No la familia, aunque ame. No el médico, aunque cuide. El individuo.

    Abrazamos la vida. La defendemos. Pero más amamos la libertad y el respeto a las decisiones individuales de cada uno. Y sabemos que defender la vida de verdad significa respetar también el derecho a despedirse de ella. Noelia no nos pide que muramos con ella. Nos pide algo más difícil: que confiemos en que ella sabe lo que nosotros, desde afuera, nunca podremos saber. Su sufrimiento. Su límite. Su decisión.

    Hoy, Noelia también está abrazando la suya.