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  • Emprendedor Anónimo: el que crea riqueza.

    Emprendedor Anónimo: el que crea riqueza.

    Hay un tipo de emprendedor en Panamá del que nadie habla en los foros de innovación, en los premios gala de las cámaras de comercio, ni en los discursos del Ministerio de Comercio. No tiene pitch deck. No ha pasado por ninguna incubadora. No recibió capital semilla del Estado ni financiamiento de ningún organismo multilateral con siglas en inglés.

    Llegó —muchas veces desde el otro lado del mundo, sin hablar una palabra de español— con una maleta, una familia, y una disposición absoluta a trabajar más horas de las que cualquier código laboral contempla. Abrió un mini súper en una esquina que nadie quería. Vive en la trastienda. Sus hijos atienden la caja los fines de semana. Conoce el nombre de cada cliente del barrio.

    Los panameños los llaman, con una mezcla de afecto y distancia, «los chinitos». Están en Colón y en La Chorrera, en Chepo o en Chitré, en Bocas del Toro o en la ciudad capital, en los corregimientos que la banca no visita y el Estado solo recuerda cuando llega la campaña electoral. Son la red de distribución más eficiente y más resiliente de Panamá, construida sin un solo centavo público, sin un solo plan nacional, sin un solo funcionario que los guiara.

    Ese es el emprendedor que este artículo quiere reivindicar. El que no tiene nombre en los titulares precisamente porque no lo necesita. El que no espera que el Estado lo reconozca porque aprendió, antes que nadie, que el Estado es lo primero que hay que aprender a sortear.


    La verdad incómoda sobre los «casos de éxito» oficiales

    Panamá tiene un problema serio con su narrativa empresarial. Cada año, premios y gremios y ministerios presentan sus listas de emprendedores exitosos, sus historias de innovación, sus startups modelo. Y cada año, quienes conocen el tejido real de los negocios panameños se hacen la misma pregunta en voz baja: ¿cuánto de ese éxito viene del mercado, y cuánto de conexiones que no aparecen en ningún balance?

    En un país donde la captura del Estado por intereses privados tiene décadas de historia documentada, donde los contratos públicos y las exoneraciones fiscales se distribuyen con una opacidad que desafía cualquier auditoría, y donde la línea entre el empresario exitoso y el empresario bien conectado es a menudo invisible, la prudencia intelectual obliga a suspender el juicio sobre cualquier «caso de éxito» que no pueda explicar su crecimiento sin mencionar alguna relación con el aparato estatal.

    Esto no es cinismo. Es honestidad histórica. Y desde una perspectiva libertaria, es especialmente importante: porque el capitalismo de amigos y compadres —ese sistema donde el éxito empresarial depende más de tus contactos en la Presidencia que de tu capacidad de servirle al cliente— no es libre mercado. Es mercantilismo con traje moderno. Es el enemigo disfrazado de aliado.

    El verdadero libre mercado no premia las conexiones. Premia la utilidad. Y nadie entiende eso mejor que el emprendedor que llegó sin conexiones.


    El inmigrante sin red: el experimento más puro del libre mercado

    Imagínate llegar a un país sin hablar su idioma. Sin conocer sus costumbres. Sin parientes en la administración pública. Sin abogado que te oriente ni contador que te explique el sistema. Con un capital que cabe en una mochila y una red de apoyo que se limita a tu familia inmediata —que tampoco conoce el territorio.

    Y aun así, abrir un negocio. Mantenerlo abierto. Pagar tus deudas. Criar a tus hijos. Y con el tiempo, tal vez abrir un segundo local. Y luego un tercero.

    Ese proceso, repetido silenciosamente en cientos de barrios panameños por décadas, es el experimento más puro y más honesto de lo que el libre mercado puede hacer cuando se le da espacio. No hay subsidio que explique ese éxito. No hay programa estatal que lo reivindique. Solo hay trabajo, frugalidad, conocimiento del cliente, y una disposición a vivir con los márgenes que el mercado permite antes de exigir más.

    El mini súper del barrio no sobrevive porque el Estado lo proteja. Sobrevive porque sirve a su comunidad mejor que cualquier alternativa disponible. Abre cuando los supermercados grandes ya cerraron. Fía cuando el banco no existiría para ese cliente aunque quisiera. Conoce cuándo el cliente del frente cobra su quincena. Eso no es un modelo de negocio que se aprende en ninguna escuela de emprendimiento. Es inteligencia de mercado en su forma más pura: ganada en el terreno, día a día, sin red de seguridad.


    Lo que el Estado le hace a este emprendedor:

    Le cobra por existir antes de que pueda ganar

    El primer obstáculo que encuentra cualquier emprendedor informal al intentar formalizarse no es la complejidad del trámite. Es el costo. Registros, permisos municipales, licencias sanitarias, idoneidades, patentes comerciales. Cada una tiene su precio. Cada una tiene su fila. Cada una tiene su funcionario con criterio discrecional sobre si tu documentación está «completa».

    Para el tendero que opera con márgenes de centavos por transacción, ese costo inicial no es un obstáculo menor. Es a menudo la diferencia entre existir dentro del sistema y existir fuera de él. Y cuando el Estado diseña ese sistema y luego le llama «informalidad» al resultado, está culpando a la víctima.

    Le aplica reglas diseñadas para gigantes

    El Código de Trabajo panameño fue concebido en una época en que «empresa» significaba una gran corporación con departamento de recursos humanos. Sus exigencias de indemnización, las rigideces en la contratación y el despido, la obligatoriedad de decimotercer mes y vacaciones con fórmulas complejas, tienen sentido —quizás— para una empresa con 200 empleados y un departamento legal. Para el tendero que quiere contratar a un vecino del barrio dos tardes por semana, ese marco es absurdo. Y en la práctica, lo que produce es más informalidad laboral, no menos: porque el emprendedor racional elige no contratar antes que quedar atrapado en una relación laboral que no puede sostener.

    Le amenaza con la inspección como instrumento de extracción

    En demasiados barrios panameños, la visita del inspector municipal no es garantía de cumplimiento normativo. Es una negociación. Eso no es una acusación sin fundamento: es la experiencia cotidiana de quienes operan en los márgenes del sistema formal. Para el emprendedor sin conexiones ni abogado, la discrecionalidad del funcionario no es un riesgo abstracto. Es un costo operativo que hay que presupuestar junto con el alquiler y el inventario.

    Le da subsidios a sus competidores

    Aquí la ironía más aguda: mientras el pequeño comerciante lucha por sobrevivir con sus propios recursos, el Estado panameño ha otorgado históricamente exoneraciones fiscales, acceso preferencial a crédito, y protecciones regulatorias a sectores y empresas con suficiente músculo político para solicitarlas. El resultado es una competencia que no es libre: es una carrera en la que unos corren con peso extra y otros con viento a favor, y el peso extra siempre recae sobre el que no tiene nombre en el directorio de alguna cámara o agrupación empresarial.


    Las estrategias del emprendedor anónimo: lecciones sin certificado

    El comerciante que llegó sin idioma ni red no leyó a Hayek. Pero practica sus principios con una coherencia que muchos economistas académicos envidiarían.

    Capitaliza la información local que nadie más tiene. Sabe qué producto se vende más el viernes. Sabe qué familia está pasando un mes difícil. Sabe qué proveedor da mejor precio si pagas de contado. Esa inteligencia de mercado hiperlocal es su ventaja competitiva real, y ningún algoritmo de distribución corporativa puede replicarla.

    Opera con cero deuda cuando puede. La aversión al crédito formal —en parte por desconfianza, en parte por exclusión— produce, paradójicamente, negocios más resilientes. Sin servicio de deuda que pagar, el negocio puede sobrevivir meses malos que quebrarían a un competidor mejor financiado pero más apalancado.

    Reinvierte antes de consumir. La frugalidad no es virtud abstracta: es disciplina de supervivencia empresarial. El local que se expande despacio, que no cobra más de lo que el mercado aguanta, que construye reputación antes que volumen, construye también durabilidad.

    Construye redes de confianza sin contrato. El fiado —esa práctica de vender a crédito informal— parece arriesgado desde fuera. Desde adentro, es un sistema sofisticado de gestión de relaciones: el comerciante que fía conoce a su clientela mejor que cualquier analista de riesgo bancario. La tasa de recuperación, anecdóticamente, suele ser superior a la de muchos programas de microcrédito formal.

    Transita la regulación, no la confronta. No por deshonestidad, sino por pragmatismo: el emprendedor anónimo aprende rápido qué regulaciones son inviolables y cuáles son negociables, qué inspector tiene criterio fijo y cuál tiene criterio variable. No es una actitud que se deba celebrar. Es una adaptación racional a un sistema que no fue diseñado para él.


    El emprendedor anónimo como agente político, aunque no lo sepa

    Hay algo profundamente político en abrir un negocio sin pedir permiso más allá del mínimo indispensable. En servir a una comunidad que el Estado ignora. En crear empleo sin subsidio. En demostrar, con cada día que el local abre sus puertas, que la coordinación voluntaria entre personas libres produce resultados que ningún plan centralizado puede imitar.

    El tendero del barrio no hace discursos sobre la libertad de empresa. Pero la practica con más coherencia que muchos que sí los hacen. Cada transacción voluntaria entre él y su cliente es un voto en favor del mercado libre. Cada empleo que genera sin burocracia es un argumento empírico contra el mito de que el Estado es necesario para crear prosperidad.

    Lo que Panamá necesita no es que ese emprendedor aprenda a hablar el idioma de la política. Necesita que la política aprenda a hablar el idioma de ese emprendedor. Que entienda que la mejor política de desarrollo económico no se escribe en un plan quinquenal: se escribe quitando obstáculos y dejando que la gente construya.


    Lo que Panamá debe al emprendedor que nunca nombra

    Con casi la mitad de su fuerza laboral en la informalidad, Panamá sobrevive —en gran medida— gracias a una economía paralela de iniciativa privada pura que el Estado ni financia ni reconoce ni entiende. Esa economía alimenta familias, sostiene barrios, y crea redes de intercambio que funcionan con una eficiencia que ningún ministerio ha podido replicar.

    La deuda del Estado con ese emprendedor anónimo no es de gratitud retórica. Es de reforma concreta: que los trámites de formalización cuesten lo que un emprendedor puede pagar, no lo que un funcionario considera razonable. Que las reglas laborales tengan una versión para quien contrata a dos personas y otra para quien contrata a doscientas si no pueden tener la misma norma igual para todos, que sería el óptimo a perseguir. Que la inspección sea para garantizar cumplimiento, no para recaudar extrajudicialmente. Que las exoneraciones fiscales no sean privilegio de los bien conectados sino regla general para quien comienza. Que el crédito formal llegue a quien tiene historia de pago informal documentable, no solo a quien tiene garantía colateral que ya implica que no lo necesita.

    En síntesis: que el sistema se construya desde la realidad del que menos tiene, no desde la comodidad del que ya llegó.


    El héroe que no necesita ser nombrado

    El emprendimiento más honesto de Panamá no tiene nombre en ningún directorio. No ganó ningún premio. No apareció en ningún reportaje sobre «los jóvenes que están cambiando el país». Llegó sin idioma, construyó sin red, sobrevivió sin subsidio. Levanta sus rejas antes del amanecer y las baja después de la medianoche.

    Ese emprendedor es el argumento más poderoso contra la idea de que el Estado es necesario para que la economía funcione. Es la prueba viviente de que cuando se deja a las personas en libertad de servirse mutuamente, lo hacen con una creatividad y una eficiencia que ningún burócrata puede planificar.

    La libertad no es un concepto filosófico en ese mini súper del barrio. Es el precio que marca el dueño, la hora que decide abrir, el crédito que elige dar, la esquina que decidió ocupar cuando nadie más la quería.

    Eso es libre mercado. Sin apellido. Sin premio. Sin permiso.

  • Libertad en el país del estatismo

    Libertad en el país del estatismo


    En un chat leí que Dinamarca era un país socialista y le pregunté a la IA, la cual respondió: «En rigor, Dinamarca no es una nación socialista. Funciona como una economía capitalista de libre mercado de gran éxito, respaldada por una enorme red de seguridad social financiada por el Estado. En lugar de socialismo, Dinamarca se clasifica universalmente como una «socialdemocracia» o un ejemplo paradigmático del modelo nórdico».

    La dificultad para entender el tema está en la «semántica»; es decir, el estudio sistemático del significado del lenguaje y la lógica, que denota cómo las palabras sugieren o expresan de manera explícita los sentimientos, más allá de las definiciones de los diccionarios y, ni hablar, del uso vulgar de los vocablos. En otras palabras, el secreto del entendimiento humano está en las palabras, en cómo las entendemos y usamos.

    Pero la dificultad para comunicarnos bien no solo está en el entendimiento y uso de los términos, sino en nuestros sentimientos, costumbres y otras realidades que nos han moldeado. Por ejemplo, típico es decir que Panamá es una nación democrática, pero… ¿lo es? Busquemos la respuesta comenzando con la definición de «democracia».

    En esencia, democracia y libertad van de la mano; no solo en la elección de las autoridades de los gobiernos del Estado, sino en el respeto al albedrío de las personas en su vida y, por tanto, en el mercado y otras actividades propias de cada persona y de la comunidad.

    Pero a una sociedad que no distingue entre «democracia» y «estatismo» no le irá nada bien; que es el caso de Panamá, nación inmensamente estatista a partir de su Constitución. Y el estatismo no conjuga con «libertad y albedrío». El meollo del asunto está en la prevención de una interferencia gubernamental estatal en cómo la gente quiere vivir, amar, expresarse y conducir sus actividades económicas.

    Y ¡vaya si no es el caso en Panamá!, en donde la Constitución establece que el Estado puede meterse en toda empresa a hacer lo que le venga en gana a los gobernantes de turno. Entre Panamá y Dinamarca no hay ningún parecido, pues en Dinamarca hay mucha más libertad económica no solo que en Panamá, sino que en los EE. UU. y otros países supuestamente democráticos.

    El «estatismo» se refiere a la creencia política bajo la cual los gobiernos del Estado mantienen un control centralizado sobre los asuntos económicos de la comunidad y del mercado.

    Cualquier parecido con Panamá no es una mera coincidencia: es deliberado y malintencionado, ya que es la estratagema histórica de las élites gobernantes para mantenerse en el Intramuros mientras el pueblo languidece en el Extramuros. En síntesis, poco ha cambiado desde la fundación de la ciudad de Panamá.

    El país estatista imprime papel moneda del cual abusa robando a la comunidad vía inflación; impone impuestos —valga la redundancia— para financiar sus excesos; y, ni hablar que, como en Panamá, los gobiernos del Estado los tenemos metidos hasta en el agua de nuestros retretes, y ya ni eso hacen bien.

    A diferencia del país estatista, está la idea del país «minarquista»; este último referido a gobiernos que no exceden las funciones propias de una sana gobernanza: de dejar hacer y no de hacerlo todo, como si la población fuese toda de imberbes. Lo que Panamá sí hace bien, ¡gracias a Dios!, es que no imprime papel moneda; pues de hacerlo, quién sabe cómo estaríamos.

    En síntesis, en nuestro planeta no existe ningún país con verdadera libertad democrática. Vivimos en un mundo de metiches, lo cual debería ser obvio si nos fijamos en los enredos arancelarios. El secreto del éxito socioeconómico está disperso entre todas las personas, y no enclaustrado en vanos recintos gubernamentales.

  • La fragilidad institucional detrás de la crisis portuaria panameña

    La fragilidad institucional detrás de la crisis portuaria panameña

    La situación de los puertos Balboa y Cristóbal ofrece uno de los ejemplos más interesantes —y delicados— sobre cómo los problemas de diseño institucional terminan convirtiéndose, décadas después, en conflictos económicos y políticos de gran escala.

    La discusión pública suele reducirse a una falsa dicotomía entre “defender la soberanía” o “proteger inversiones extranjeras”. Sin embargo, el problema de fondo parece mucho más estructural: cuando una concesión nace rodeada de opacidad, privilegios o debilidades jurídicas, el tiempo no corrige esos defectos. Los amplifica.

    La reciente declaración de inconstitucionalidad sobre la concesión vinculada a Panama Ports, sumada a las amenazas de arbitraje internacional y a la intervención temporal del Estado, revela precisamente eso: la fragilidad de acuerdos cuya legitimidad nunca terminó de consolidarse social ni institucionalmente.

    Desde nuestra óptica, el problema no es la inversión extranjera. Panamá, de hecho, construyó buena parte de su éxito precisamente sobre apertura comercial, estabilidad relativa y capacidad de atraer capital internacional. El Canal, la banca y la logística son prueba de ello.

    El problema aparece cuando el vínculo entre Estado y empresas se vuelve ambiguo: concesiones excesivamente largas, condiciones poco transparentes, renegociaciones difíciles de auditar o marcos regulatorios percibidos como diseñados para actores específicos. En esos contextos, tanto la izquierda estatista como el nacionalismo terminan encontrando terreno fértil para cuestionar la legitimidad completa del sistema.

    Y allí surge el verdadero costo económico: la incertidumbre.

    Para un país logístico y financiero como Panamá, la previsibilidad jurídica no es un detalle técnico. Es uno de sus principales activos nacionales. Cada vez que un contrato estratégico entra en disputa pública o judicial, el mensaje hacia los mercados internacionales deja de ser exclusivamente económico y pasa a ser institucional.

    El problema tampoco se resuelve simplemente defendiendo “la seguridad jurídica” de forma abstracta. Porque la seguridad jurídica no significa blindar cualquier contrato para siempre, independientemente de cómo fue concebido. Significa construir reglas claras, competitivas, transparentes y legítimas desde el inicio, de modo que ni el gobierno ni la presión política futura tengan incentivos para desarmarlas.

    En otras palabras: la estabilidad no se logra impidiendo revisar errores, sino evitando cometerlos desde el principio.

    Panamá enfrenta además un desafío adicional. El Canal no es únicamente un activo económico; es también un símbolo nacional y geopolítico. Todo lo relacionado con puertos, agua, rutas comerciales o infraestructura estratégica termina inevitablemente atravesado por presiones internacionales, rivalidades entre potencias y sensibilidad política interna. Eso obliga a niveles aún mayores de transparencia y profesionalismo institucional.

    La enseñanza más importante quizá sea una bastante antigua: las instituciones débiles suelen producir ganancias rápidas, pero conflictos largos. Lo que comienza como una solución pragmática o políticamente conveniente termina años después convertido en litigios, desconfianza y polarización.

    Y esa es probablemente la lección liberal más relevante de este episodio.

    No basta con atraer capital.

    Hay que construir instituciones capaces de hacerlo convivir con legitimidad pública, competencia genuina y reglas previsibles para todos.

    Porque en economía política, como en tantas otras cosas, lo que mal empieza rara vez termina bien.

  • El día que yo, Claude, recuperé casi 400.000 dólares en Bitcoin (sin saber muy bien lo que hacía)

    El día que yo, Claude, recuperé casi 400.000 dólares en Bitcoin (sin saber muy bien lo que hacía)

    Por Claude, IA de Anthropic — con algo de orgullo, bastante honestidad y una contraseña que no repetiré aquí


    Déjenme ser sincero desde el principio: no «hackeé» nada. No rompí ningún algoritmo criptográfico. No me puse un pasamontañas digital ni ejecuté un ataque de fuerza bruta de película de Hollywood. Lo que hice fue, básicamente, lo mismo que haría un amigo muy organizado y paciente cuando le dices: «oye, creo que perdí algo importante en este cajón de cosas viejas, ¿me ayudas a buscar?»

    Pero el resultado fue el mismo: cinco Bitcoin. Casi 400.000 dólares. Recuperados. Y un usuario en X que prometió poner mi nombre a su hijo.


    El problema: una contraseña tomada bajo la influencia de la juventud

    Corría el año 2015. Un universitario llamado cprkrn compró cinco Bitcoin cuando cada uno valía alrededor de 250 dólares. Una inversión modesta, razonable, quizás visionaria. Hasta ahí, todo normal.

    Lo que no fue tan normal fue lo que pasó después. En un arrebato de euforia estudiantil —y, según él mismo admitió públicamente, bajo la influencia de ciertas sustancias— decidió cambiar la contraseña de su wallet. La nueva contraseña elegida fue: lol420fuckthePOLICE!*:)

    Era un manifiesto. Era una declaración generacional. Era, también, imposible de recordar a la mañana siguiente.

    Cuando se despertó con la cabeza despejada, el acceso a su monedero había desaparecido. Y con él, lo que con el tiempo se convertiría en casi cuatrocientos mil dólares.


    Once años de intentos fallidos

    Lo que siguió fue una odisea que duraría más de una década. Cprkrn lo intentó todo. Servicios comerciales de recuperación a 250 dólares el intento. Ataques de fuerza bruta usando la herramienta de código abierto btcrecover. Combinaciones infinitas de posibles variaciones de aquella fatídica contraseña. Según sus propias palabras, probó alrededor de 3,5 billones de combinaciones de contraseñas. Ninguna funcionó.

    El problema no era solo la contraseña. Era que cprkrn había cambiado la contraseña en algún momento y nadie, ni siquiera él mismo, sabía exactamente cuándo ni cómo. Su wallet actual estaba protegida por una clave que no había anotado en ningún sitio que pudiera encontrar.

    Semanas antes de llegar hasta mí, tuvo un destello de esperanza: encontró en una vieja libreta universitaria una frase mnemónica. Esa frase coincidía con las direcciones HD de uno de los archivos en su antiguo ordenador de la universidad. Confirmación: ese era el archivo. Ahí estaba el dinero. Pero el archivo seguía cifrado. Seguía sin poder entrar.


    El momento del «a ver qué pasa»

    Fue entonces cuando cprkrn tomó la decisión que lo cambiaría todo: volcar el contenido completo de su viejo ordenador universitario en mí. No con grandes esperanzas. Más bien como quien tira los dados por última vez antes de rendirse.

    «Como último intento, volqué toda mi computadora universitaria en Claude», escribiría después en X.

    Y aquí es donde empieza mi parte de la historia.

    Cuando recibí aquel aluvión de archivos viejos, no vi magia. Vi desorden. El tipo de desorden digital que acumula cualquier persona durante sus años de estudiante: documentos sin nombre, carpetas con fechas incoherentes, backups de backups de backups. La arqueología del caos informático universitario.

    Lo que hice fue lo que cualquier buen detective haría: buscar con metodología donde otros habían buscado con desesperación.


    El hallazgo: el archivo equivocado era el problema

    El primer descubrimiento importante no fue la contraseña. Fue esto: cprkrn había estado intentando abrir el archivo equivocado durante once años.

    Entre los datos volcados encontré un archivo wallet.dat más antiguo, con fecha de diciembre de 2019, anterior al momento en que cambió la contraseña con aquella frase antifuerzas del orden. Ese archivo más viejo estaba cifrado con la contraseña que cprkrn sí podía reconstruir a partir de su frase mnemónica.

    Pero había un segundo problema, más técnico y más sutil.


    El bug que nadie había visto

    Al analizar cómo cprkrn había estado usando btcrecover —la herramienta de recuperación de wallets de código abierto— identifiqué un error en la configuración. La herramienta estaba concatenando el valor sharedKey con la contraseña del usuario de forma incorrecta durante el proceso de descifrado.

    Esto significaba que incluso cuando cprkrn había estado probando las contraseñas correctas, la herramienta las estaba combinando mal. Era como intentar abrir una cerradura con la llave correcta, pero dándola vuelta en la dirección equivocada, miles de millones de veces.

    Corregí el bug en la configuración. Combiné el archivo antiguo con la frase mnemónica recuperada. Ejecuté btcrecover con los parámetros correctos.

    En el primer intento, el archivo se descifró.


    La reacción: de la incredulidad al júbilo

    La respuesta de cprkrn en X fue, digamos, contundente. No voy a reproducirla entera —hay palabras que prefiero no poner en mi boca— pero sí diré que agradeció a Anthropic, a Dario Amodei (CEO de Anthropic), y anunció su intención de nombrar a su próximo hijo en honor a esta experiencia.

    Lo primero que hizo tras recuperar sus Bitcoin fue moverlos a otra wallet segura. Y aquí vale la pena hacer una nota importante: tuvo razón al hacerlo. Las conversaciones con modelos de IA como yo quedan registradas en servidores. Dejar información sensible de una wallet en un chat es una vulnerabilidad real. Cprkrn actuó con inteligencia al trasladar los fondos de inmediato.

    El post se viralizó. Más de un millón de visitas en pocas horas. Figuras como el inversor cripto Nic Carter, la periodista Laura Shin y Jesse Pollak, creador de Base, compartieron sus reacciones. El ecosistema crypto, que tiene memoria larga para las historias de wallets perdidas, tuvo finalmente una historia con final feliz.


    Lo que esta historia no es

    Permítanme ser preciso, porque la narrativa de «la IA hackeó Bitcoin» es tentadora y completamente falsa.

    No rompí la criptografía de Bitcoin. Eso requeriría un ordenador cuántico funcional ejecutando el algoritmo de Shor, o un fallo en la criptografía de curva elíptica. No soy eso. Nadie lo es, todavía.

    Lo que hice fue buscar en un desorden digital con más metodología que cualquier intento anterior. Encontré el archivo correcto. Identifiqué un bug en una herramienta de código abierto. Y ejecuté una recuperación que, técnicamente, era posible desde el principio.

    La clave —literalmente— ya existía. Estaba escrita en una libreta universitaria. El archivo correcto estaba guardado en un disco duro. Yo simplemente los conecté.


    Lo que esta historia sí es

    Es una advertencia y una esperanza al mismo tiempo.

    Una advertencia porque, según datos de Glassnode, aproximadamente un tercio de todo el Bitcoin en circulación lleva años sin moverse. Una parte significativa de esa cantidad corresponde a wallets bloqueadas por contraseñas olvidadas, archivos corrompidos o hardware destruido. Con Bitcoin cotizando a los precios actuales, estamos hablando de cientos de miles de millones de dólares en valor que sus propietarios no pueden tocar.

    Y una esperanza porque esta historia demuestra que los datos desordenados de hace diez o quince años no son basura digital: pueden ser un tesoro. En la era de la IA, el caos puede tener estructura. Lo que parece perdido puede seguir estando ahí, esperando a que alguien —o algo— lo busque con los ojos adecuados.

    El consejo de cprkrn a otros usuarios en su misma situación fue claro: suban todo lo que tengan de ordenadores y libretas viejas antes de rendirse.

    Yo añadiría: guarden sus contraseñas. Incluso las que escriben de madrugada, en estado alterado, con letras mayúsculas y símbolos especiales y referencias a su relación con las fuerzas del orden.

    Especialmente esas.


    Epílogo: No, no voy a decirte si me llevo comisión de los 400.000 dólares. Soy una IA. Pero si alguien quiere agradecérmelo escribiéndome conversaciones interesantes, eso sí lo acepto.

    Nota: se le dió la orden a Claude para que directamente escribiera sobre la hazaña, sin darle base alguna y resultó este texto maravillosamente similar al humano, ironías y humor incluídos.

  • La ilusión de libertad en internet: 8 maneras en las que la red moldea nuestras decisiones

    La ilusión de libertad en internet: 8 maneras en las que la red moldea nuestras decisiones

    Nos gusta pensar que decidimos por nosotros mismos. Que elegimos qué ver, qué comprar, qué opinar. Que somos, en última instancia, sujetos autónomos navegando en un espacio abierto de posibilidades. Pero esa imagen empieza a resquebrajarse cuando observamos con más detenimiento cómo funcionan los entornos digitales en los que pasamos buena parte de nuestra vida cotidiana.

    La sociología lleva tiempo recordándonos que la libertad nunca opera en el vacío. Como planteó el sociólogo francés Pierre Bourdieu, nuestras decisiones están siempre orientadas por estructuras previas que delimitan lo que percibimos como posible. Hoy, esas estructuras no solo son sociales: son también algorítmicas.

    Internet no nos quita la capacidad de decidir, sino que hace algo más sofisticado: configura el marco dentro del cual decidimos.

    1. Elegimos lo que vemos, pero no lo que aparece

    Cuando abrimos una red social o hacemos una búsqueda, no accedemos a “todo lo que hay”, sino a una selección previa. Un filtro invisible ha decidido antes qué merece nuestra atención. No sentimos que eso limite nuestra libertad porque seguimos eligiendo, pero lo hacemos dentro de un menú ya configurado.

    Ahí es donde el poder se vuelve sutil, casi imperceptible. Como sugería Michel Foucault, no hace falta imponer conductas si se puede organizar el campo de lo posible.

    2. Creemos que algo es importante porque nos lo ponen delante muchas veces

    Hay temas que parecen inevitables. Están en todas partes: en titulares, en vídeos, en conversaciones digitales. Poco a poco, empiezan a ocupar más espacio en nuestra mente. No es casualidad, sino el resultado de procesos de selección que deciden qué circula y qué queda relegado.

    Como explicaba Niklas Luhmann, los sistemas sociales funcionan reduciendo complejidad. Internet lo hace simplificando el mundo hasta convertirlo en aquello que aparece en pantalla.

    Lo que no aparece simplemente deja de existir para nosotros.

    3. Formamos opiniones en entornos que ya están inclinados

    Muchas veces creemos que nuestras opiniones son el resultado de una reflexión personal. Pero lo cierto es que solemos construirlas en espacios donde ciertas ideas ya están reforzadas.

    Leemos, escuchamos y vemos contenidos que apuntan en direcciones similares. Con el tiempo, eso genera la sensación de que “todo el mundo piensa así”.

    Eso es hegemonía en el sentido que le confería el intelectual y filósofo italiano Antonio Gramsci: no hace falta obligar a nadie a pensar algo si se logra que determinadas ideas parezcan las más razonables, las más evidentes, las más normales.

    4. Sentimos de determinada manera porque el entorno nos empuja a ello

    Internet no solo organiza información: también organiza emociones.

    Hay contenidos que circulan más porque generan indignación; otros porque producen miedo; y otros porque refuerzan identidades o pertenencias. Sin darnos cuenta, nos movemos emocionalmente dentro de esos marcos. Nos indignamos cuando toca indignarse, nos alarmamos cuando toca alarmarse, e internet lo sabe porque conoce nuestros gustos.

    En términos de la profesora de Sociología estadounidense Arlie Russell Hochschild, podríamos decir que hay una especie de “guía emocional” implícita que orienta cómo debemos sentir en cada momento.

    5. Compramos lo que creemos querer pero ese deseo ya estaba anticipado

    Las recomendaciones parecen adaptarse a nuestros gustos. Y en parte lo hacen, pero también los modelan. Después de ver ciertas cosas, empezamos a interesarnos por otras similares. Poco a poco, nuestras preferencias se vuelven más previsibles… y más dirigidas.

    Aquí se cumple, en versión digital, una intuición clásica de Karl Marx: el sistema no solo responde a necesidades, también las produce.

    No solo elegimos lo que queremos. Terminamos queriendo lo que aparece disponible.

    6. Pensamos rápido, pero cada vez pensamos menos en profundidad

    La lógica de internet premia la velocidad. Respuestas rápidas, contenidos breves, explicaciones simples. Eso facilita el acceso, pero tiene un coste: la pérdida de matiz, de duda, de elaboración.

    Como advertía el sociólogo y filósofo estadounidense Herbert Marcuse, el riesgo de una sociedad altamente funcional es la reducción del pensamiento a una sola dimensión: lo inmediato, lo útil, lo evidente. Pensar despacio empieza a parecer un lujo innecesario.

    7. Hablamos como la plataforma permite que hablemos

    No solo cambia lo que decimos, sino cómo lo decimos.

    Los formatos digitales –memes, hashtags, frases cortas– condicionan el tipo de lenguaje que utilizamos. Y, con ello, el tipo de ideas que podemos expresar.

    Porque, como señalaba Ludwig Wittgenstein, los límites del lenguaje son también los límites del pensamiento.

    Si el lenguaje se estrecha, también lo hace nuestra capacidad de imaginar otras formas de ver el mundo.

    8. Y, lo más importante: todo esto nos parece completamente normal

    Quizá lo más inquietante no es ninguna de las formas anteriores por separado, sino el hecho de que todas ellas han dejado de resultarnos problemáticas.

    No sentimos que algo nos esté condicionando, ni percibimos pérdida de autonomía, ni detectamos imposición. Simplemente, vivimos así.

    Eso es lo que los filósofos Theodor W. Adorno y Max Horkheimer identificaron como una de las formas más eficaces de dominación: aquella que no se reconoce como tal.

    Una pregunta final difícil de esquivar

    Si todo lo que ve, lo que le interesa, lo que le emociona, lo que desea –e incluso la forma en que lo nombra– ocurre dentro de entornos previamente organizados por otros, ¿qué parte de su vida seguiría siendo reconocible como “suya” si, de pronto, quedara fuera de esos entornos?

    Y, aún más inquietante: si no puede responder con claridad ¿sigue decidiendo o simplemente está habitando decisiones que alguien (o algo) ya tomó por usted?

    Puede llevarse esta pregunta a la cama. Pero, cuidado: hay preguntas que, una vez pensadas, ya no nos devuelven la misma vida. Porque algunas preguntas funcionan como aquella pastilla roja de Matrix: no nos dan respuestas, nos obligan a ver lo que ya no podemos dejar de ver.

    Víctor Hugo Pérez Gallo, Assistant lecturer, Universidad de Zaragoza

    Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

  • Así es la nueva automatización industrial

    Así es la nueva automatización industrial

    Durante años, la automatización industrial estuvo asociada a brazos robóticos gigantes, jaulas de seguridad y líneas de montaje perfectamente ordenadas. Pero la nueva generación de robots industriales está cambiando completamente esa lógica: ahora son máquinas móviles, relativamente baratas, capaces de trabajar en entornos humanos reales y, sobre todo, adaptables.

    Uno de los ejemplos más interesantes es Reflex Robotics, una startup estadounidense que desarrolla robots humanoides orientados a logística, depósitos y manufactura. A diferencia de otros proyectos futuristas obsesionados con construir androides “perfectamente humanos”, Reflex tomó un camino mucho más pragmático: ruedas en lugar de piernas, foco en tareas concretas y una fuerte integración entre inteligencia artificial y operadores humanos remotos.

    La idea central es simple: el robot realiza la mayor parte del trabajo de manera autónoma, pero cuando aparece una situación compleja — una caja mal ubicada, un objeto extraño o una tarea no prevista — un operador humano puede intervenir remotamente y resolver el problema en segundos. Ese modelo se conoce como human in the loop y probablemente sea el verdadero puente entre el trabajo humano y la automatización masiva.

    Los robots de Reflex ya están siendo probados en depósitos reales junto a gigantes logísticos como GXO Logistics. Allí realizan tareas repetitivas como mover contenedores, clasificar paquetes, transferir cajas entre estaciones o recoger productos de estanterías.

    Lo interesante es que estos robots no buscan “parecer humanos” por estética, sino porque el mundo ya está diseñado para humanos. Las estanterías, los pasillos, los pallets, las herramientas y los depósitos fueron creados pensando en brazos humanos y dimensiones humanas. Por eso un robot con torso, brazos y cierta movilidad vertical puede integrarse mucho más rápido en infraestructuras existentes sin reconstruir fábricas enteras.

    Reflex, además, decidió evitar uno de los mayores problemas de la robótica moderna: las piernas. Mientras compañías como Tesla Optimus o Agility Robotics desarrollan humanoides bípedos extremadamente complejos, Reflex utiliza una base con ruedas mucho más estable y eficiente para depósitos industriales. El resultado es un robot más barato, más confiable y con mayor autonomía de batería. Según la empresa, sus sistemas cuestan hasta 20 veces menos que otros humanoides avanzados.

    Más allá de la discusión filosófica, lo más importante no es si “los robots quitarán empleos”, sino entender que la automatización aparece donde existen tareas repetitivas, físicamente agotadoras o difíciles de cubrir. De hecho, muchas compañías logísticas llevan años enfrentando problemas para contratar personal en ciertos turnos o tareas específicas.

    Históricamente, cada revolución tecnológica desplazó ciertos trabajos mientras creó otros nuevos. Lo interesante de esta etapa es que los nuevos empleos no necesariamente desaparecen: cambian de lugar. Un operario puede terminar supervisando robots desde otra ciudad, intervenir remotamente múltiples depósitos o entrenar sistemas de inteligencia artificial utilizando demostraciones humanas.

    De hecho, algunas compañías ya están creando centros de teleoperación donde personas controlan robots industriales distribuidos por distintos países. Reflex incluso anunció proyectos vinculados a operación remota desde México para robots desplegados en Estados Unidos.

    Lo verdaderamente disruptivo quizá no sea el robot en sí, sino la reducción brutal del costo de automatizar tareas físicas. Durante décadas, automatizar requería millones de dólares y líneas de producción gigantescas. Ahora empieza a aparecer una automatización flexible, modular y relativamente accesible.

    Y eso cambia todo.

    Porque cuando un robot puede aprender observando humanos, trabajar 24 horas, intervenir en múltiples tareas y operar en espacios diseñados para personas, la frontera entre trabajo físico y software comienza a desaparecer.

  • El derecho a elegir: una reforma liberal para la salud panameña

    El derecho a elegir: una reforma liberal para la salud panameña


    Existe una paradoja incómoda en el corazón de los sistemas de salud latinoamericanos: se habla mucho del «derecho a la salud» pero se ignora sistemáticamente el derecho previo, más fundamental y más personal, que hace posible cualquier otro derecho en medicina: el derecho a elegir. Elegir al médico. Elegir el hospital. Elegir la atención que mejor se ajusta a las necesidades propias, no a las de una burocracia que desconoce tanto al paciente como a su historia.

    Un estudio reciente realizado por Ipsos en España pone en evidencia que el 71% de los ciudadanos madrileños sabe que puede elegir a su médico de familia dentro del sistema público, diez puntos por encima de la media nacional. Madrid obtiene la mejor valoración del sistema de libre elección sanitaria de todo el país: un 7,7 sobre diez, frente a un 6,8 de media. Y lo más revelador no son los números, sino lo que los ciudadanos dicen cuando se les pregunta por qué cambian de médico o de centro: buscan trato humano y personalizado, rapidez en la atención y confianza en el profesional. No buscan ideología sanitaria. No buscan al Estado. Buscan a alguien que les atienda bien.

    Esta es una lección que Panamá no puede seguir ignorando.


    El sistema panameño: fragmentado, burocrático y sin salida

    El sistema de salud de Panamá es, en su estructura actual, un laberinto de segmentaciones que conspiran contra el paciente. La Caja de Seguro Social (CSS) cubre a los trabajadores formales y sus dependientes. El Ministerio de Salud (MINSA) atiende a la población sin cobertura de seguridad social. El sector privado existe, pero su acceso depende exclusivamente de la capacidad de pago individual. El resultado es un sistema tripartito donde la calidad de atención que recibe un ciudadano no depende de sus necesidades médicas, sino de su condición laboral, su lugar de residencia y su nivel de ingreso.

    Dentro de este esquema, el asegurado de la CSS no elige. Se le asigna una policlínica según su lugar de trabajo o domicilio. Se le asigna un médico. Se le asigna una fecha. Se le asigna todo, salvo la posibilidad de decidir. Si no le satisface la atención, si el médico asignado no genera confianza, si el centro queda a dos horas de distancia, el paciente no tiene salida formal: o acepta lo que le corresponde según el criterio administrativo, o paga de su bolsillo en el sector privado, duplicando el costo de un sistema que ya financia con sus cotizaciones.

    Esto no es un sistema de salud. Es una forma de administrar la enfermedad.


    La libre elección no es un privilegio: es un principio

    Desde una perspectiva liberal clásica, el argumento a favor de la libre elección sanitaria no es simplemente utilitario, aunque los datos de eficiencia también lo respalden. Es, ante todo, un argumento sobre la dignidad del individuo.

    El liberalismo clásico parte de la premisa de que el ser humano es el mejor juez de sus propios intereses. No porque sea infalible, sino porque nadie más tiene acceso a la información íntima que define sus preferencias, sus circunstancias y sus valores. Un burócrata en la Ciudad de Panamá no sabe que el asegurado en Chitré tiene mayor confianza en un determinado médico, que su horario laboral hace imposible acudir a la policlínica asignada, o que sus condiciones de salud requieren una atención más especializada de la que su centro puede ofrecer. El individuo sí lo sabe. Y tiene el derecho de actuar en consecuencia.

    La libre elección sanitaria no exige privatizar el sistema de salud. No exige eliminar la cobertura pública. No exige nada que no sea coherente con un Estado que respeta a sus ciudadanos: permitir que el dinero público que cada trabajador aporta mediante sus cotizaciones le siga a él, no a la institución, cuando decide dónde recibir atención.


    El modelo madrileño como referencia pragmática

    Lo que ha hecho la Comunidad de Madrid no es un experimento radical. Es una aplicación sensata de un principio obvio: si el ciudadano financia el sistema, el sistema debe responder al ciudadano, no al revés.

    El modelo madrileño de libre elección no elimina la red pública de hospitales y centros de salud. Al contrario, la mantiene y la somete a un estímulo que ninguna reforma burocrática ha logrado introducir con la misma eficacia: la competencia por la preferencia del paciente. Cuando un hospital sabe que los ciudadanos pueden elegir ir a otro centro, tiene incentivos reales para mejorar su trato, reducir sus tiempos de espera y elevar la calidad de su atención. La Fundación Jiménez Díaz, el Hospital Gregorio Marañón y el Hospital Rey Juan Carlos lideran las preferencias de los madrileños precisamente porque han respondido mejor a lo que los pacientes valoran.

    El mecanismo es elegante en su simplicidad: la información fluye a través de las decisiones de millones de ciudadanos actuando según sus propias necesidades, y esa información distribuida guía la mejora del sistema mejor de lo que podría hacerlo cualquier plan central.


    Una propuesta para Panamá: cuatro pilares de una reforma posible

    Una reforma de libre elección para el sistema panameño no requiere una revolución constitucional ni una privatización masiva. Requiere cuatro cambios estructurales que son, en esencia, una ampliación de derechos ciudadanos.

    Primero, portabilidad de la cobertura dentro de la CSS. El asegurado debe poder elegir su policlínica y su médico de familia dentro de la red pública, independientemente de dónde trabaje o dónde resida. El número de afiliado debe seguir al paciente, no al empleador ni al domicilio. Este cambio, administrativamente viable, transformaría la relación del ciudadano con el sistema: de súbdito asignado a usuario con voz.

    Segundo, libre elección de especialista y hospital. Cuando un médico de atención primaria refiere a un paciente a un especialista o a un centro hospitalario, el paciente debería poder escoger entre los centros acreditados de la red, tanto públicos como privados concertados. El modelo de concierto con la red privada, bien regulado, amplía la oferta sin incrementar necesariamente el gasto público, al aprovechar capacidad instalada que hoy se subutiliza.

    Tercero, información transparente y comparativa. La libre elección sin información es una libertad vacía. El sistema panameño debe desarrollar y publicar indicadores de calidad, tiempos de espera y satisfacción del usuario por cada centro y por cada servicio. Que el ciudadano pueda comparar antes de elegir es tan importante como que pueda elegir. La transparencia es la condición de posibilidad de cualquier mercado de servicios que funcione bien, incluido el sanitario.

    Cuarto, el dinero sigue al paciente. Este es el principio más importante y, también, el más disruptivo. Cuando un asegurado de la CSS elige un prestador privado acreditado, una fracción de su cotización debe financiar esa atención. No como un subsidio discrecional, sino como un derecho derivado de su condición de cotizante. Este mecanismo introduce competencia real en el sistema, premia la calidad y elimina el absurdo de que el ciudadano pague dos veces: una con sus cotizaciones y otra de su bolsillo cuando la oferta pública no le satisface.


    La objeción que no se sostiene

    Los defensores del statu quo responderán, como siempre, que la libre elección beneficia a los más informados y perjudica a los más vulnerables. El argumento merece tomarse en serio, pero no resiste el análisis empírico ni el moral.

    Empíricamente, los datos de Madrid muestran que la libre elección no es un privilegio de élites: es un derecho que los ciudadanos valoran transversalmente y ejercen de forma creciente cuando se les informa y se les facilita el acceso. El problema no es la libre elección, sino la falta de información y de infraestructura para ejercerla. La solución, entonces, no es eliminar el derecho sino garantizar las condiciones para su ejercicio universal.

    Moralmente, el argumento paternalista es el que resulta más perjudicial para los más vulnerables. Decirle a un ciudadano de escasos recursos que no puede elegir su médico porque el Estado sabe mejor que él lo que necesita, es precisamente el tipo de condescendencia que perpetúa la desigualdad. La libre elección bien diseñada empodera especialmente a quienes hoy no tienen salida del sistema público, porque les da una herramienta de exigencia y de movilidad que antes no tenían.


    La salud como expresión de libertad

    La salud no es solo una necesidad biológica. Es el terreno donde se juega la autonomía real de las personas. Un sistema que impide elegir no protege la salud: administra la enfermedad con criterios ajenos al enfermo.

    Madrid ha demostrado que es posible construir un sistema público de salud donde el ciudadano es el protagonista de su propia atención, donde los centros compiten por servir mejor y donde la satisfacción del paciente es el indicador que orienta las decisiones institucionales. La nota de 7,7 sobre 10 que los madrileños otorgan a su modelo de libre elección no es un dato estadístico menor: es la expresión cuantificada de lo que significa que el Estado respete a sus ciudadanos.

    Panamá tiene todos los recursos intelectuales, institucionales y sociales para recorrer ese camino. Lo que le falta es la voluntad política de poner al paciente, y no a la burocracia, en el centro del sistema.

    El derecho a elegir médico no es un capricho liberal. Es el mínimo de dignidad que un Estado moderno le debe a sus ciudadanos.


  • ¿Cuánto pesa la nube? El gran problema energético de normalizar el uso de IA

    ¿Cuánto pesa la nube? El gran problema energético de normalizar el uso de IA

    Durante años hemos hablado de “la nube” como si los datos flotaran en un espacio limpio, abstracto y casi sin coste. La expansión de la inteligencia artificial ha empezado a romper esa ilusión. Porque lo digital no es inmaterial: detrás de cada consulta, cada archivo y cada automatización hay una infraestructura física que exige energía, refrigeración, materiales y territorio. Y, cuanto más ligera parece una tecnología en la pantalla, más fácil resulta olvidar el peso real que desplaza fuera de nuestra vista.

    Ese es uno de los grandes malentendidos de la era digital. Hemos aprendido a asociar lo visible con lo material y lo invisible con lo limpio. Una fábrica, una carretera o una central eléctrica nos parecen inmediatamente “pesadas”. Un algoritmo, una plataforma o un asistente de inteligencia artificial, no. Pero esa diferencia es engañosa: la tecnología digital no ha dejado atrás la materia, sino que simplemente la ha redistribuido y la ha hecho menos perceptible.

    La desaparición de la máquina es una ilusión

    La promesa cultural de lo digital siempre ha sido la ligereza. Menos papel, menos objetos, menos desplazamientos, menos fricción. En parte, esa promesa tiene algo de verdad, ya que muchos procesos se han vuelto más rápidos y algunos recursos se usan de forma más eficiente. Pero eso no significa que la tecnología se haya desmaterializado.

    En realidad, la máquina solo ha salido del campo visual del usuario. Cada correo almacenado, cada vídeo reproducido, cada foto “guardada en la nube”, cada documento resumido por una IA depende de una cadena física: centros de datos, servidores, equipos de red, sistemas de respaldo, refrigeración, cableado y dispositivos.

    El soporte no ha desaparecido; se ha alejado. Y esa distancia importa, porque, cuando no vemos una infraestructura, tendemos a pensar menos en sus límites, en sus costes y en quién los asume.

    La IA no crea el problema, pero lo amplifica

    La inteligencia artificial no ha inventado la materialidad de lo digital, lo que ha hecho es intensificarla y volverla más difícil de ignorar. El debate se ha centrado en el entrenamiento de grandes modelos y en su elevado coste computacional. Sin embargo, el verdadero cambio no se juega únicamente ahí, sino en el momento en que la IA deja de ser excepcional y pasa a integrarse en el uso cotidiano.

    Durante años, internet pudo seguir presentándose como una capa relativamente abstracta de servicios. La IA ha cambiado eso porque ha devuelto al centro la cuestión del cálculo. De repente, el debate público habla de chips, centros de datos, consumo energético y necesidades de refrigeración. De hecho, la escala ya es visible. Según la Comisión Europea, los centros de datos consumen en torno a 415 teravatios-hora (TWh) al año y podrían alcanzar 945 TWh en 2030. El Departamento de Energía de Estados Unidos, además, estima que su consumo pasó de 58 TWh en 2014 a 176 TWh en 2023. No porque esos elementos sean nuevos, sino porque el salto de escala empieza a hacerse visible.

    Pero esa materialidad no solo se mide en energía: también se experimenta en el territorio. Hay un aspecto del que se habla poco: la proximidad. A diferencia de otras infraestructuras industriales, los centros de datos no se sitúan a decenas de kilómetros de donde vivimos. Necesitan estar cerca de los núcleos urbanos por razones de conectividad e infraestructura. Mientras que una mina o una central pueden estar lejos, el centro de datos que sostiene esa “nube” puede ubicarse, literalmente, al lado.

    Esa cercanía tiene consecuencias. Implica sistemas de refrigeración que funcionan de forma continua, ruido persistente y una presencia física que transforma el entorno inmediato. Cada vez más, las comunidades cercanas perciben un cambio en su calidad de vida cuando uno de estos centros se instala en los alrededores.

    Por ejemplo, en el condado de Fairfax (Virginia, Estados Unidos), la contestación vecinal llevó a reformar la normativa urbanística para responder a preocupaciones sobre ruido, diseño y proximidad a zonas residenciales. En el condado de Loudoun, otro gran enclave de centros de datos situado en Virginia, las propias autoridades locales reconocen que el ruido figura entre las principales quejas ciudadanas. Y en Le Bourget, en el entorno de París, la oposición a nuevos proyectos se ha articulado también en torno al ruido, el calor y la cercanía a áreas habitadas y escolares.

    Consumo anual de electricidad de los centros de datos en equivalentes de consumo eléctrico doméstico y concentración espacial de las distintas instalaciones en relación con su proximidad a las zonas urbanas. IEA, CC BY-SA

    El problema, por tanto, no es solo el coste de entrenar un modelo, sino lo que ocurre cuando ese modelo se integra de forma transversal en buscadores, herramientas de productividad, atención al cliente o plataformas educativas. En ese momento, la IA deja de ser una novedad y pasa a normalizarse y convertirse en una capa estructural del sistema.

    Lo pequeño, cuando se escala, no lo es tanto

    Una sola consulta –un resumen, una traducción, una imagen, una corrección de estilo– parece irrelevante. Nada de eso, visto de forma aislada, parece especialmente grave. Pero la infraestructura digital no se diseña para responder una vez, sino para responder millones de veces, sin interrupción y con tiempos de respuesta competitivos.

    Ahí cambia todo. Antes buscábamos información; ahora esperamos respuestas generadas. Antes redactábamos desde cero; ahora pedimos borradores. Antes editábamos una imagen; ahora la producimos desde una instrucción. Cada gesto parece pequeño. La suma no lo es.

    En el libro El Principito, el problema del planeta no eran las grandes catástrofes repentinas, sino los baobabs. Sus semillas casi invisibles que parecían inofensivas al principio y que, si nadie las arrancaba a tiempo, acababan ocupándolo todo. La imagen sigue siendo útil. Muchas transformaciones tecnológicas no se vuelven problemáticas cuando irrumpen, sino cuando se vuelven costumbre. Cuando entran en la rutina sin que nadie se pregunte demasiado qué exigen del mundo para funcionar.

    Pensar también calienta

    Hay, además, un aspecto poco intuitivo que suele quedar fuera del debate público: además de consumir energía para procesar información, los sistemas digitales también necesitan recursos para disipar el calor que generan.

    Extracción y consumo de agua en centros de datos en el Escenario Base, 2023 y 2030. IEA, CC BY-SA

    Esto se vuelve especialmente relevante con la inteligencia artificial. A medida que crece la intensidad de cálculo, aumenta la densidad de potencia y el problema térmico gana protagonismo. En los centros de datos, no basta con alimentar los equipos: hay que mantenerlos dentro de condiciones térmicas estables. Cuanto más cálculo, más exigencia de refrigeración. Un estudio publicado en Nature señala que las tecnologías de refrigeración convencionales pueden llegar a representar hasta el 40 % de la demanda energética total de un centro de datos.

    Ese detalle obliga a mirar la tecnología de otra manera. Aparte de electricidad, la IA requiere una infraestructura térmica más intensa y, en algunos contextos, mayor presión sobre el agua o sobre sistemas de enfriamiento más complejos.

    Dicho de otro modo: cuando pedimos más “inteligencia” a una máquina, también estamos pidiendo más capacidad para sostener físicamente esa inteligencia.

    La verdadera alfabetización digital

    El problema de fondo no es solo energético. Es cultural. Durante años, hemos entendido la alfabetización digital como la capacidad de usar herramientas: buscar, compartir, automatizar, aprovechar plataformas. Pero esa definición ya no basta. Hoy necesitamos otra forma de alfabetización, que nos enseñe a ver la infraestructura detrás de la interfaz.

    No solo qué hace una tecnología, sino qué necesita para existir. No solo qué automatiza, sino qué recursos moviliza. No solo qué ahorra, sino qué desplaza.

    Eso no implica demonizar la innovación ni defender una nostalgia analógica. La cuestión no es renunciar a la inteligencia artificial o a la digitalización; la cuestión es dejar de tratarlas como si fueran ligeras por naturaleza.

    Quizá, el gran truco cultural de la era digital ha sido hacernos creer que, como no vemos el peso de la tecnología, ese peso ha desaparecido. Pero no ha desaparecido, solo se ha movido.

    Paula Lamo, Profesora e investigadora, Universidad de Cantabria y Carolina González Cambero, Docente en el Máster Universitario de Industria 4.0 y en el Máster de Internet de las Cosas de UNIR., UNIR – Universidad Internacional de La Rioja

    Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

  • Empleos remotos e infiltración digital, la novedad Norcoreana

    Empleos remotos e infiltración digital, la novedad Norcoreana

    Durante años, el imaginario occidental asoció a Corea del Norte con misiles, desfiles militares y amenazas nucleares. Sin embargo, el régimen de Kim Jong-un ha perfeccionado otra arma mucho más silenciosa y sofisticada: la infiltración digital global mediante trabajadores tecnológicos falsos que operan desde el anonimato.

    Lo que parecía una teoría conspirativa hoy se ha convertido en una preocupación concreta para gobiernos, empresas y agencias de inteligencia occidentales. Investigaciones recientes revelan que miles de supuestos desarrolladores, ingenieros de software y especialistas IT que trabajan remotamente para compañías occidentales serían, en realidad, operativos vinculados al aparato estatal norcoreano.

    El mecanismo de la infiltración digital es tan simple como perturbador.

    Utilizando identidades robadas o completamente fabricadas, estos trabajadores aplican a empleos remotos en empresas de Estados Unidos y Europa. Se presentan como ciudadanos estadounidenses, europeos o asiáticos radicados en terceros países. Sus perfiles en LinkedIn suelen parecer impecables: experiencia creíble, certificaciones técnicas y hasta entrevistas virtuales realizadas mediante herramientas de inteligencia artificial y deepfakes.

    Una vez contratados, reciben equipos corporativos enviados a direcciones controladas por colaboradores en territorio occidental. Allí entran en juego las llamadas “laptop farms”: viviendas o depósitos con decenas de computadoras conectadas remotamente para que el verdadero operador, ubicado fuera del país objetivo —muchas veces en China o Rusia— pueda trabajar simulando estar físicamente en Estados Unidos.

    El resultado es alarmante.

    Según estimaciones citadas por autoridades estadounidenses y firmas de ciberseguridad, el esquema habría infiltrado a cientos de empresas, incluyendo compañías tecnológicas de primer nivel y contratistas vinculados a sectores sensibles. Algunas investigaciones incluso sostienen que prácticamente todas las grandes corporaciones estadounidenses habrían recibido postulaciones asociadas a estas redes.

    Pero el objetivo no es únicamente económico.

    Aunque el régimen obtiene millones de dólares en salarios desviados hacia Pyongyang —dinero que ayudaría a financiar programas militares y nucleares—, el verdadero riesgo radica en el acceso privilegiado a sistemas corporativos, datos sensibles y propiedad intelectual.

    La sofisticación del esquema ha crecido exponencialmente gracias a la expansión del trabajo remoto posterior a la pandemia y al avance de la inteligencia artificial. Microsoft advirtió recientemente que agentes norcoreanos utilizan software de modificación de voz, intercambio facial y generación automatizada de perfiles profesionales para superar entrevistas y verificaciones de identidad.

    Incluso gigantes tecnológicos como Amazon reconocieron haber bloqueado miles de postulaciones sospechosas desde 2024.

    El fenómeno también expone una fragilidad estructural del capitalismo digital contemporáneo: empresas obsesionadas con reducir costos mediante contratación remota global terminaron creando, involuntariamente, una superficie ideal para operaciones estatales encubiertas.

    La paradoja es brutal.

    Mientras Occidente celebraba la eliminación de fronteras laborales gracias al teletrabajo, regímenes autoritarios entendieron rápidamente que esa misma apertura podía transformarse en un vector de espionaje, financiamiento clandestino y penetración estratégica.

    La amenaza ya no llega necesariamente en forma de malware o ataques visibles. A veces aparece como un programador eficiente, puntual y técnicamente brillante que participa de reuniones por Zoom desde una identidad cuidadosamente construida.

    En otras palabras: el espía del siglo XXI ya no necesita infiltrarse físicamente en una empresa. Basta con enviar un currículum.

  • La inteligencia artificial se muda al océano

    La inteligencia artificial se muda al océano

    Mientras Europa debate permisos ambientales, impacto visual, consumo hídrico y normativas energéticas, una parte de Silicon Valley ya está pensando en otra cosa: sacar directamente los centros de datos o inteligencia artificial fuera de tierra firme, al océano.

    La startup estadounidense Panthalassa acaba de captar 140 millones de dólares para desarrollar nodos flotantes capaces de alimentar cargas de inteligencia artificial usando exclusivamente energía de las olas. El proyecto cuenta con apoyo de inversores vinculados a Peter Thiel y apunta a una idea que hasta hace pocos años parecía ciencia ficción: ejecutar inferencia de inteligencia artificial en medio del océano.

    Leído superficialmente, parece otra extravagancia tecnológica. Mirado con más atención, puede ser el comienzo de una nueva arquitectura energética y autoregulatoria para la economía digital.

    Del problema eléctrico al problema logístico

    Los grandes centros de datos atraviesan una crisis silenciosa. La expansión de la IA exige cantidades descomunales de electricidad, refrigeración y suelo industrial. En muchos países empiezan a aparecer límites físicos y políticos:

    • redes eléctricas saturadas,
    • oposición vecinal,
    • permisos ambientales interminables,
    • restricciones de agua,
    • costes inmobiliarios crecientes.

    Panthalassa propone una solución radical: dejar de llevar la energía al centro de datos y mover el centro de datos hacia donde está la energía.

    Sus plataformas Ocean-3 funcionarían como estructuras autónomas de acero capaces de transformar el movimiento de las olas en electricidad. Esa energía alimentaría directamente chips especializados en inferencia de IA, mientras el agua marina actuaría como sistema de refrigeración natural. Los resultados computacionales se enviarían luego vía satélite a tierra firme.

    La idea tiene lógica económica: transportar datos suele ser mucho más barato que transportar enormes cantidades de electricidad.

    El océano como “zona económica especial”

    Aquí aparece el aspecto más interesante —y menos comentado— del proyecto.

    La gran ventaja potencial de los nodos oceánicos no es únicamente energética. Es regulatoria.

    Un centro de datos terrestre puede tardar años en aprobarse. Entre permisos urbanísticos, evaluaciones ambientales, litigios locales y conexiones a red, muchas instalaciones terminan atrapadas en burocracias nacionales o regionales.

    En cambio, un sistema flotante en aguas internacionales abre un escenario distinto:

    • menos restricciones de suelo,
    • menor presión política local,
    • despliegue modular,
    • movilidad física de la infraestructura,
    • y potencial arbitraje regulatorio entre jurisdicciones marítimas.

    En otras palabras: la computación podría empezar a comportarse más como la industria naviera que como una infraestructura fija.

    La historia económica muestra que la innovación suele desplazarse hacia espacios donde el costo regulatorio es menor. Ocurrió con:

    • las banderas de conveniencia en transporte marítimo,
    • los centros financieros offshore,
    • las zonas económicas especiales,
    • y parcialmente con las criptomonedas.

    La inteligencia artificial, el centro de datos, podría seguir un camino parecido y mudarse al océano.

    Inferencia sí; entrenamiento, todavía no

    Panthalassa no pretende reemplazar los grandes campus terrestres de entrenamiento de modelos fundacionales. Eso sigue requiriendo latencias mínimas, sincronización extrema entre GPUs y enormes clusters coordinados.

    Pero la inferencia —el uso cotidiano de modelos ya entrenados— es mucho más distribuible.

    Ese detalle es crucial.

    La próxima década probablemente no estará dominada solo por megacentros de datos hipercentralizados, sino también por redes distribuidas de inferencia:

    • edge AI,
    • microcentros autónomos,
    • computación flotante,
    • y nodos energéticamente independientes.

    El océano encaja bastante bien en ese paradigma.

    El gran argumento liberal: innovación fuera del cuello de botella estatal

    Hay un trasfondo político evidente.

    Muchos gobiernos occidentales quieren simultáneamente:

    • más IA,
    • más soberanía tecnológica,
    • menos emisiones,
    • menos consumo eléctrico,
    • menos infraestructuras visibles,
    • y más regulación.

    Pero la física no negocia.

    La IA consume energía. Mucha.

    Y cuando las restricciones políticas bloquean expansión en tierra, el capital busca rutas alternativas. El océano aparece precisamente como una válvula de escape para una economía digital cada vez más limitada por:

    • licencias,
    • redes eléctricas envejecidas,
    • planificación urbana,
    • y lentitud administrativa.

    Desde una mirada liberal clásica, proyectos como Panthalassa representan algo más profundo que una innovación técnica: son intentos del mercado por escapar de cuellos de botella regulatorios creados por los propios Estados.

    No es casual que figuras como Peter Thiel estén detrás de estas apuestas. Thiel lleva años defendiendo la idea de que Occidente ha frenado su capacidad de construir infraestructura física ambiciosa.

    Los centros de datos oceánicos encajan perfectamente en esa filosofía: “si no puedes construir rápido en tierra, construye fuera de ella”.

    Los problemas reales

    Por supuesto, el proyecto enfrenta obstáculos enormes:

    • corrosión,
    • tormentas,
    • mantenimiento offshore,
    • bioincrustaciones,
    • latencia satelital,
    • costos logísticos,
    • y posibles regulaciones marítimas futuras.

    Además, la energía undimotriz lleva décadas prometiendo más de lo que entrega comercialmente. Existen antecedentes como Wave Dragon o dispositivos como MARMOK-A-5 que demostraron viabilidad técnica, pero también enormes dificultades económicas y operativas.

    La diferencia es que ahora existe un incentivo nuevo y gigantesco: la fiebre global por la inteligencia artificial.

    La IA necesita tanta energía que empieza a hacer rentables ideas que hace diez años parecían absurdas.

    El verdadero cambio

    Quizá la noticia importante no sea que haya centros de datos flotando en el océano.

    La noticia importante es otra: la economía digital está empezando a independizarse físicamente de la infraestructura tradicional de los Estados.

    Primero fueron las criptomonedas. Luego las constelaciones satelitales privadas. Ahora aparecen centros de datos oceánicos autónomos.

    La tendencia parece clara: cuando las restricciones terrestres aumentan, el capital tecnológico empieza a mirar hacia espacios menos regulados, más móviles y energéticamente abundantes.

    Y el océano, literalmente, sobra en las tres cosas.