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  • Lo que necesita MEDUCA es dejar de administrar la educación, no un mejor ministro

    Lo que necesita MEDUCA es dejar de administrar la educación, no un mejor ministro

    Cada vez que un escándalo sacude al Ministerio de Educación (MEDUCA) aparece la misma reacción: hay que encontrar al culpable, cambiar de ministro o funcionarios, investigar contratos, exigir mayor transparencia y prometer que la próxima administración será diferente.

    Todo eso puede ser necesario. Pero no resuelve el problema de fondo.

    Un sistema que concentra miles de millones de balboas, decisiones de compra, nombramientos, infraestructura, tecnología, programas educativos y una enorme estructura administrativa en un ministerio central siempre será extraordinariamente atractivo para la política, los grupos de presión y quienes viven de contratar con el Estado. El problema no es solamente quién administra MEDUCA, sino qué y cuánto administra.

    En 2026 el MEDUCA tiene un presupuesto aprobado de aproximadamente B/.3.640 millones. Su propia estructura institucional refleja un organismo que interviene desde la formulación de políticas y controles hasta la coordinación académica, administrativa y regional del sistema educativo.

    Desde una perspectiva liberal, una verdadera reforma educativa debería comenzar precisamente allí: separando aquello que necesariamente debe hacer el Estado de aquello que simplemente hemos acostumbrado a que haga un ministerio.

    El MEDUCA debería gobernar el sistema, no gestionarlo todo

    Un MEDUCA reformado debería ser considerablemente más pequeño.

    Su función central tendría que concentrarse en pocas cosas: establecer estándares mínimos de aprendizaje; garantizar información pública comparable sobre resultados; proteger el acceso a la educación de quienes no puedan financiarla; fiscalizar el cumplimiento de normas básicas; y administrar mecanismos transparentes de financiamiento. Poco más.

    No debería decidir desde Ciudad de Panamá qué computadora necesita un maestro de Chiriquí, qué reparación corresponde a una escuela de Darién, qué proveedor debe abastecer determinado insumo o cómo debe resolverse cada necesidad material de miles de centros educativos diferentes.Tampoco debería decidir sobre el contenido entero y uniforme del Currículum escolar excepto lo que hemos señalado arriba.

    Porque cuanto mayor sea la cantidad de decisiones que pasan por un mismo escritorio, mayor será también el valor económico de controlar ese escritorio.

    La descentralización no elimina la corrupción, pero reduce el premio de capturar el poder central.

    Dividir el poder también divide las oportunidades de corrupción

    Existe una diferencia enorme entre que una institución compre decenas de miles de equipos mediante una sola contratación y que cientos o miles de unidades educativas puedan adquirir los recursos que necesitan dentro de presupuestos públicos, reglas claras y procedimientos competitivos.

    En el primer modelo hay un comprador gigantesco y unos pocos contratos gigantescos. En el segundo hay muchos compradores, muchos proveedores y decisiones mucho más pequeñas.

    La corrupción puede existir igualmente. Pero deja de existir un único punto capaz de distribuir cientos de millones y esa diferencia importa.

    Una licitación nacional puede justificar enormes esfuerzos de lobby, relaciones políticas, intermediarios y captura regulatoria. Una compra realizada por una escuela, municipio o región difícilmente tenga el mismo atractivo.

    La descentralización funciona entonces como una forma de diversificación del riesgo institucional. Es el mismo principio por el que no ponemos toda nuestra riqueza en una única inversión. Tampoco deberíamos poner todo el poder de decisión educativa en una única institución.

    El dinero debería seguir al alumno

    Pero descentralizar solamente desde MEDUCA hacia otras burocracias públicas sería insuficiente.

    Transferir facultades del gobierno nacional a direcciones regionales o municipios puede acercar las decisiones a los ciudadanos, pero no introduce necesariamente competencia. Una reforma verdaderamente promercado debería avanzar un paso más: financiar a las personas antes que financiar estructuras.

    El Estado puede garantizar que todos los niños tengan recursos para educarse sin necesidad de convertirse simultáneamente en propietario, administrador, comprador y proveedor dominante de educación.

    El mecanismo podría adoptar diferentes formas: bonos educativos, cuentas educativas, financiamiento por estudiante o modelos combinados. El principio es más importante que el instrumento, es decir, el presupuesto acompaña al alumno y no a la institución.

    Una familia podría elegir entre escuelas públicas autónomas, cooperativas, privadas, comunitarias u otras modalidades habilitadas bajo estándares mínimos comunes. Panamá ya reconoce jurídicamente incluso la educación en casa mediante la Ley 245 de 2021, lo que demuestra que el ordenamiento jurídico no identifica necesariamente educación con escolarización estatal tradicional.

    La consecuencia de financiar la demanda sería profunda. Las escuelas dejarían de recibir recursos simplemente porque existen. Tendrían que atraer y conservar estudiantes. Y los padres dejarían de ser administrados por el sistema para transformarse progresivamente en sus clientes.

    Autonomía para las escuelas

    Una escuela pública verdaderamente descentralizada debería poder administrar una parte importante de su presupuesto. Su director y su comunidad educativa deberían tener capacidad para decidir sobre mantenimiento, tecnología, materiales y determinadas contrataciones dentro de límites previamente establecidos. También debería existir autonomía creciente para contratar personal y organizar proyectos educativos. A cambio, esa autonomía tendría que venir acompañada de algo que el sistema centralizado suele diluir: responsabilidad concreta por los resultados.

    Hoy, cuando todo depende de una extensa cadena administrativa, es extraordinariamente fácil que nadie sea finalmente responsable.

    El director culpa a la regional, la regional culpa al ministerio, el ministerio culpa al presupuesto, el gobierno culpa al anterior. Y el ciudadano termina sin saber quién tomó la decisión.

    La descentralización permite exactamente lo contrario: usted recibió este presupuesto, tomó estas decisiones y obtuvo estos resultados.

    Transparencia no significa publicar más PDFs

    Existe además una confusión frecuente entre transparencia y burocracia.

    Un sistema transparente no es necesariamente aquel que exige veinte formularios, siete firmas y cinco controles previos. Muchas veces semejante arquitectura simplemente multiplica las oportunidades para la discrecionalidad administrativa (es decir, corrupción).

    La verdadera transparencia debería permitir que cualquier ciudadano pueda conocer, en pocos minutos, cuánto dinero recibe una escuela, qué compró, a quién se lo compró, cuánto pagó y qué resultados educativos obtiene. Esto se da mediante los datos abiertos auditables fácilmente por todos los ciudadanos, compras visibles, precios comparables, contratos disponibles e indicadores de resultados. Y todo ello en formatos que permitan comparar una escuela con otra.

    No necesitamos necesariamente más interventores, lo que necesitamos es más información y más ojos mirando.

    Cuando cientos de proveedores pueden competir y miles de padres pueden comparar, la vigilancia deja de depender exclusivamente de funcionarios que fiscalizan a otros funcionarios.

    También hay que permitir que fracasen las malas decisiones

    Aquí aparece probablemente el elemento más incómodo de cualquier reforma liberal: la competencia solamente funciona cuando existen consecuencias.

    Si una escuela administra persistentemente mal sus recursos, pierde estudiantes y ofrece malos resultados, no puede recibir automáticamente más dinero para compensar su fracaso. Deberá cambiar su dirección, reorganizarse, fusionarse con otra institución o eventualmente desaparecer y mientras tanto, los recursos deben acompañar a los estudiantes hacia alternativas mejores. Eso es precisamente lo que normalmente no ocurre en los monopolios públicos.

    Una empresa que pierde clientes debe corregirse, sin embargo, una oficina pública que funciona mal suele reclamar mayor presupuesto. Los incentivos están invertidos.

    El mercado no significa abandonar al que menos tiene

    Quizás el argumento más previsible contra este modelo sea que terminaría perjudicando a los sectores de menores ingresos. Es exactamente al revés si se diseña correctamente.

    La familia con dinero ya dispone de libertad educativa, porque puede pagar una escuela privada, mudarse cerca de una mejor escuela, contratar profesores particulares o enviar a sus hijos al extranjero. El monopolio educativo afecta principalmente a quien no puede escapar de él, los más pobres.

    Por eso un sistema de elección escolar debería contemplar financiamiento público completo para las familias de menores ingresos, recursos adicionales para discapacidad, zonas rurales o situaciones de especial vulnerabilidad y eventualmente incentivos mayores para escuelas que atiendan poblaciones difíciles. La redistribución puede hacerse explícitamente.

    Lo que no resulta necesario es que, para ayudar a una familia pobre a pagar la educación de sus hijos, el Estado tenga que administrar directamente prácticamente toda la cadena educativa.

    Del ministerio proveedor al Estado garante

    Panamá discute actualmente una modernización de su Ley Orgánica de Educación, cuya base sigue siendo la Ley 47 de 1946; la propia Comisión de Educación de la Asamblea ha venido trabajando en propuestas de reforma. Eso abre una oportunidad mucho mayor que modificar artículos administrativos.

    Modernizar no debería significar digitalizar el mismo modelo centralizado ni tampoco incorporar computadoras, plataformas, nuevas direcciones o nuevos procedimientos.

    Una reforma estructural consiste en preguntarse qué funciones debe conservar el Estado y cuáles pueden devolverle a las escuelas, las familias, las comunidades y el mercado.

    MEDUCA debería evolucionar desde un gigantesco proveedor y administrador de educación hacia un organismo mucho más limitado que garantice acceso, establezca estándares mínimos, produzca información y fiscalice reglas generales. Es decir, ser menos interventor y más árbitro en caso de colisiones en la gestión descentralizada.

    La mejor política anticorrupción es reducir aquello que puede capturarse

    Nunca habrá un sistema institucional completamente inmune a la corrupción. Se pueden cambiar ministros, endurecer penas, crear comisiones y multiplicar auditorías. Se pueden diseñar nuevas plataformas de contratación y todo eso podrá ayudar; pero seguirá existiendo un incentivo extraordinario para capturar una institución mientras esa institución conserve un poder extraordinario para repartir dinero, contratos y empleos.

    La reforma liberal introduce una defensa mucho más elemental: quitar poder antes que intentar encontrar personas suficientemente virtuosas para ejercerlo.

    Descentralizar las decisiones.

    Dividir las compras.

    Permitir competencia entre proveedores.

    Dar autonomía a las escuelas.

    Publicar resultados.

    Financiar a los estudiantes.

    Y permitir que las familias elijan.

    No porque los padres, directores, municipios o empresarios sean moralmente superiores a los funcionarios de MEDUCA, justamente porque ninguno de ellos lo es. El liberalismo nunca necesitó gobernantes perfectos ni los pretende; sólo aboga por instituciones diseñadas bajo la premisa mucho más realista de que las personas responden a incentivos, persiguen intereses propios y pueden abusar del poder cuando ese poder se concentra.

    Por eso, después de cada escándalo educativo (ahora con la renunciada ministra) que vuelve a agobiarnos, quizás la pregunta no debería ser “¿Quién será el próximo ministro?”, sino una bastante más importante: “¿Por qué necesitamos que el próximo ministro tenga tanto poder?”

    Nota: contenido editado por AI, al efecto de una redacción más armoniosa, las ideas, como ha sido siempre, son nuestras.

  • La Coyunda Entre lo Natural y la Creatividad Humana

    La Coyunda Entre lo Natural y la Creatividad Humana

    Las realidades morales de la naturaleza y la creatividad humana trabajando juntas

    Cuando el piloto alcanza suficiente altura, el panorama cambia por completo. Lo que desde tierra parecía un oscuro chubasco con ventiscas, desde arriba se convierte en radiantes pompas de jabón. Dejamos abajo la tormentosa oscuridad y, de pronto, el mundo se ve diferente. Podemos ver mucho más lejos y llegar a donde antes no imaginábamos. Lo mismo ocurre en el plano mental y espiritual cuando logramos elevarnos.

    La naturaleza —la Creación— no es un simple almacén neutral de materias primas. Tiene realidades morales propias. Es un sistema vivo, ordenado y generoso, pero también exigente. Nos da abundantemente, siempre y cuando respetemos sus ritmos y sus límites. Quien intenta violarla con arrogancia termina cosechando erosión, contaminación y escasez. Quien la cuida con sabiduría descubre que puede ser sorprendentemente generosa.

    Aquí entra la creatividad humana, ese don extraordinario que se nos ha concedido. Es el fuego interior que debemos alimentar con leña seca para que produzca llamaradas. Gracias a ella aprendimos a despegarnos del suelo y surcar los aires, y hoy ya soñamos con volar más allá de la atmósfera.

    La verdadera mayordomía no consiste en elegir entre explotar la naturaleza o dejarla intacta. Consiste en aprender a trabajar con ella. Es la diferencia entre saquear un bosque y diseñar sistemas que lo renueven mientras producen lo necesario. Es la diferencia entre contaminar un río y crear tecnologías que lo mantengan limpio y productivo. Hasta los pequeños castores nos enseñan que es posible reparar cuencas destruidas sin necesidad de tecnología avanzada.

    Esta colaboración entre la naturaleza y la creatividad humana es uno de nuestros mayores recursos. Gracias a ella hemos pasado de vivir a merced de la tierra a poder alimentarnos, vestirnos y protegernos de formas antes impensables. Sin embargo, este poder trae consigo una responsabilidad moral profunda. No somos dueños absolutos del planeta. Somos mayordomos. Se nos ha confiado un jardín para cultivarlo, embellecerlo y entregarlo mejor de lo que lo recibimos.

    Desafortunadamente, en países como Venezuela y Panamá vemos el resultado de lo contrario. A pesar de tener abundantes recursos naturales, no hemos sabido usarlos con sabiduría. Nuestros gobiernos, en lugar de fomentar el espíritu de mayordomía en el pueblo, han promovido el servilismo a través de subsidios que, en realidad, solo subsidian la pobreza y la dependencia.

    Como piloto, nunca confié ciegamente en el controlador de tierra. Él puede asesorar sobre el tráfico y las tormentas, pero cuando surge una emergencia, quien está al mando de la aeronave soy yo. Lo mismo ocurre en la vida y en la sociedad. El mayor Controlador del Universo nos dio libertad para volar incluso en cielos tormentosos. Qué arrogancia la de aquellos gobernantes estatistas que pretenden controlarlo todo, y luego culpan a otros cuando el vuelo termina en accidente.

    En la mayordomía de los recursos, la altura importa. Cuanto más alto volamos —moral, intelectual y espiritualmente—, mejor entendemos que la naturaleza y la creatividad humana no son enemigas, sino socias en un proyecto mucho más grande.

    El vuelo continúa.

    Nota: Ensayo No. 3 sobre: La Mayordomía de los Recursos

  • Ballena Azul: la libertad contra el totalitarismo digital

    Ballena Azul: la libertad contra el totalitarismo digital

    Hay historias sobre Corea del Norte que parecen escritas para una novela de espionaje. Esta, sin embargo, ocurrió en GitHub, Zoom, ChatGPT, billeteras cripto y escritorios virtuales. Resulta que dos investigadores de ciberseguridad, Mauro Eldritch y Heiner García, crearon una empresa que no existía. La llamaron Ballena Azul LTD. Construyeron una página web, una identidad corporativa, documentación, un supuesto protocolo DeFi y hasta una historia empresarial suficientemente convincente como para parecer una startup más del ecosistema cripto.

    Después hicieron algo todavía más extraño: contrataron a tres desarrolladores que sospechaban formaban parte de una red norcoreana dedicada a infiltrarse como trabajadores remotos en empresas occidentales. Los supuestos infiltrados creían haber entrado en una empresa y en realidad habían entrado en un laboratorio.

    Durante semanas, sus ordenadores virtuales fueron observados dentro de entornos controlados de ANY.RUN. Los investigadores pudieron registrar archivos abiertos, conexiones, herramientas utilizadas, cuentas, wallets, VPN y parte de la infraestructura desde la que operaban.

    La operación tiene algo de comedia, pero detrás de ella hay una de las expresiones más inquietantes del totalitarismo contemporáneo. Y también una extraordinaria lección sobre la libertad.

    El trabajador que no era quien decía ser

    Ballena Azul se presentó como una startup DeFi que trabajaría con grandes tenedores de criptomonedas.

    Era un cebo casi perfecto.

    Los investigadores contactaron con un reclutador vinculado, según su investigación, a Famous Chollima, denominación utilizada en inteligencia de amenazas para una estructura relacionada con operaciones norcoreanas de trabajadores informáticos. El objetivo habitual de estas redes no consiste necesariamente en entrar rompiendo una contraseña.

    Es mucho más sencillo.

    Consiste en conseguir que la empresa les abra la puerta por caminos normales: Currículum, entrevista, contrato,usuario, contraseña, GitHub, repositorios y sistemas internos. El atacante deja de parecer atacante porque figura en Recursos Humanos.

    Según la investigación, tres personas fueron incorporadas a Ballena Azul utilizando identidades que presentaban inconsistencias importantes. Uno afirmaba residir en Texas mientras entregaba una licencia de California y una cuenta bancaria de Nueva York. Otro presentó documentación cuya metadata indicaba manipulación mediante Google Gemini. Un tercero proporcionó una licencia aparentemente auténtica perteneciente a otra persona.

    Después recibieron escritorios virtuales para trabajar. Ahí empezó la parte interesante.

    Instalaron herramientas de acceso remoto, comprobaron direcciones IP, utilizaron VPN, accedieron a cuentas personales y recurrieron repetidamente a herramientas de inteligencia artificial. ChatGPT apareció como asistente de programación y redacción; Gemini, según los investigadores, había sido utilizado incluso para alterar documentación.

    Pero cometieron un error magnífico; uno de ellos sincronizó su cuenta de Google con la máquina que le había proporcionado la empresa, solo que aquella máquina pertenecía a los investigadores.

    De pronto, quienes pretendían observar desde dentro comenzaron a ser observados.

    Esto no era una leyenda urbana

    Conviene separar la parte divertida de la historia del problema real.

    El Departamento de Justicia estadounidense lleva años documentando operaciones en las que ciudadanos norcoreanos obtienen trabajos remotos utilizando identidades falsas o robadas. En junio de 2025 informó de esquemas que habían conseguido empleo en más de cien empresas estadounidenses, apoyados incluso por redes de intermediarios y las llamadas laptop farms: ordenadores físicamente situados en Estados Unidos pero manejados remotamente desde el extranjero.

    En otro proceso, cuatro ciudadanos norcoreanos fueron acusados de obtener empleos tecnológicos mediante identidades falsas y posteriormente robar más de 900.000 dólares en activos digitales de dos empresas. Uno de los acusados habría modificado el código fuente de contratos inteligentes para apropiarse de unos 740.000 dólares.

    El Tesoro estadounidense elevó todavía más la dimensión del asunto en marzo de 2026: estimó que estas redes de trabajadores tecnológicos generaron casi 800 millones de dólares durante 2024, recursos vinculados posteriormente al financiamiento de los programas armamentísticos del régimen norcoreano.

    Por eso Ballena Azul es interesante, porque no descubre que Corea del Norte utiliza trabajadores tecnológicos para conseguir divisas. Eso ya estaba documentado. Lo extraordinario es poder observar uno de esos mecanismos desde dentro.

    Pero hay una pregunta anterior a la ciberseguridad

    ¿De quién es el trabajo de una persona?

    Para un liberal, la respuesta debería ser obvia.

    De esa persona.

    Su inteligencia le pertenece.

    Su tiempo le pertenece.

    El fruto de su trabajo le pertenece.

    Y precisamente por eso el aspecto más aberrante de esta historia no comienza cuando alguien utiliza una identidad falsa para infiltrarse en una empresa occidental. Comienza mucho antes, cuando un Estado considera que sus ciudadanos son recursos productivos a su disposición.

    El gobierno norcoreano no inventó solamente una sofisticada industria de fraude internacional. Construyó primero una sociedad donde la autonomía individual prácticamente desapareció.

    Naciones Unidas ha documentado durante años restricciones extremas a la libertad de expresión, asociación, movimiento, privacidad y acceso a la información, además del empleo institucionalizado del trabajo forzado. En 2024, la Oficina del Alto Comisionado de Naciones Unidas describió precisamente el trabajo forzado en Corea del Norte como un fenómeno institucionalizado por el Estado.

    Por eso conviene resistir una tentación.

    Es fácil mirar las imágenes de estos jóvenes delante de una webcam y pensar simplemente: ahí están los malos.

    Quizá algunos lo sean.

    Quizá algunos participen conscientemente de operaciones criminales.

    Pero sabemos demasiado poco sobre el grado de libertad real con el que actúan como para convertir automáticamente a cada uno de ellos en encarnación del régimen que los utiliza. Y ahí aparece una distinción esencial para cualquier filosofía verdaderamente liberal: el Estado norcoreano y los norcoreanos no son la misma cosa.

    Confundirlos sería aceptar precisamente la ficción colectivista que sostiene al régimen. El individuo no es su gobierno.

    El totalitarismo convierte personas en infraestructura

    Hay una expresión especialmente reveladora utilizada en los informes estadounidenses: el gobierno norcoreano se apropia de una parte muy considerable de los salarios generados por estos trabajadores en el exterior. Es decir, un programador consigue un empleo, produce código y una empresa paga por ese trabajo. Sin embargo, el fruto de su trabajo termina siendo absorbido por la maquinaria estatal.

    Visto desde la teoría liberal, estamos ante una versión tecnológicamente sofisticada de algo antiquísimo. La expropiación del individuo por el poder.

    El trabajador deja de ser una persona que intercambia voluntariamente su conocimiento por dinero y se convierte en un activo económico de una organización política.

    Es difícil encontrar una representación más clara de la diferencia entre trabajo libre y trabajo administrado. En una sociedad libre, una persona programa porque alguien desea contratarla y ambos aceptan las condiciones. En una sociedad totalitaria, el conocimiento de esa persona puede convertirse en una exportación del Estado, donde uno produce y el otro decide el destino del producto.

    Y entonces aparece Bitcoin

    Aquí la historia se vuelve incómoda también para quienes amamos las criptomonedas.

    Corea del Norte utiliza activos digitales. Eso es cierto.

    Los utiliza para mover fondos, evadir controles financieros y lavar dinero procedente tanto de operaciones informáticas como de robos. El Tesoro estadounidense ha identificado direcciones de Bitcoin, Ethereum y Tron relacionadas con algunas de estas redes. Pero de allí se desprende con frecuencia una conclusión equivocada:“Entonces las criptomonedas son el problema”.

    No.

    Sería equivalente a concluir que internet es culpable porque los espías utilizan internet. O que el dólar es totalitario porque una dictadura cobra en dólares.

    Bitcoin no pregunta por la moralidad de quien transmite una transacción. Precisamente ésa es una de sus propiedades fundamentales.

    Una red monetaria neutral no distingue entre el disidente que intenta sacar sus ahorros de una dictadura y el agente de esa dictadura que intenta mover fondos.

    La neutralidad tiene un precio. Pero su alternativa también.

    Porque para construir un sistema capaz de impedir anticipadamente cualquier utilización indebida habría que construir una autoridad capaz de decidir quién puede transmitir valor y quién no.

    Y entonces habríamos solucionado el problema del autoritarismo creando otro.

    Libertad no significa ingenuidad

    Nada de esto implica que una empresa tenga la obligación de contratar a alguien que falsifica su identidad. La libertad contractual funciona en ambas direcciones. Quien contrata tiene exactamente el mismo derecho a conocer con quién está contratando que el trabajador a decidir para quién trabaja. Utilizar una identidad robada no constituye un ejercicio de libertad: es fraude.

    Robar criptomonedas o acceder engañosamente a propiedad ajena tampoco es ejercer la libertad, porque el principio liberal no consiste en tolerar cualquier conducta, sino en distinguir con enorme precisión entre libertad y agresión.

    Una persona puede usar una VPN, puede proteger su privacidad o cobrar en Bitcoin. También puede trabajar remotamente desde cualquier lugar del planeta y utilizar un seudónimo si la contraparte lo acepta. Nada de eso, por sí mismo, viola los derechos de nadie.

    El problema aparece cuando existe engaño destinado a obtener acceso a propiedad ajena, suplantación de identidad, robo o incumplimiento deliberado de las condiciones bajo las cuales otra persona aceptó contratar. Ahí termina el intercambio voluntario.

    El peligro de aprender la lección equivocada

    Los propios investigadores recomiendan reforzar controles de identidad, realizar verificaciones periódicas, formar a reclutadores y vigilar determinados patrones tecnológicos.

    Tiene sentido.

    Una empresa privada debe protegerse. Pero aquí también conviene colocar un límite liberal.

    La respuesta a Corea del Norte no puede ser convertir cada contratación remota en un interrogatorio estatal y cada usuario de una VPN en un sospechoso.

    No deberíamos destruir las herramientas que protegen a millones de personas porque también las utilicen delincuentes.

    La criptografía protege al disidente.

    La VPN protege al periodista.

    El cifrado protege al ciudadano.

    Bitcoin permite transferir riqueza sin pedir autorización.

    La inteligencia artificial permite trabajar a quien antes no habría podido hacerlo.

    El trabajo remoto permite que un programador nacido en un país pobre venda su capacidad intelectual a una empresa situada a diez mil kilómetros.

    Todas esas tecnologías reducen una característica que históricamente ha favorecido al poder: la necesidad de pedir permiso.

    Naturalmente también pueden ser utilizadas por quien pretende dañarnos; la libertad siempre contiene ese riesgo.

    Una sociedad absolutamente segura frente al mal uso de la libertad tendría que eliminar buena parte de la libertad misma.

    Ballena Azul ganó porque podía experimentar

    Y aquí quizá esté la ironía más hermosa de toda la historia.

    ¿Cómo fueron descubiertos los presuntos agentes de uno de los Estados más centralizados del planeta?

    No mediante un Ministerio Mundial de Verificación Digital ni una identidad obligatoria universal o la abolición del anonimato. Los descubrieron unos investigadores independientes que tuvieron una idea disparatada: crear una empresa falsa y dejar que los infiltrados entraran.

    Construyeron una web, se inventaron personajes, programaron infraestructura y los escritorios virtuales. Improvisaron reuniones e introdujeron fallos deliberados. Observaron comportamientos, compartieron información con otros investigadores. Es decir: experimentaron descentralizadamente y sin un plan maestro.

    Algo profundamente hayekiano ocurrió allí.

    Frente a una organización jerárquica y centralizada apareció conocimiento distribuido. Personas diferentes poseían pequeñas piezas de información: una dirección IP, una wallet, una metadata, un historial de navegador, una herramienta de acceso remoto, una identidad inconsistente. Ninguna pieza explicaba todo, pero juntas comenzaron a hacerlo. El conocimiento que permitió descubrir la operación no estaba concentrado en una autoridad omnisciente, estaba disperso.

    Exactamente como ocurre en una sociedad libre.

    La batalla real

    Por eso Ballena Azul no es solamente una historia sobre hackers. Es una pequeña parábola política.

    En un extremo tenemos un Estado que reclama la vida económica de sus ciudadanos, controla su movimiento, restringe brutalmente la información que reciben y dirige recursos humanos hacia sus propios objetivos.

    En el otro tenemos una sociedad abierta llena de defectos, desorden, anonimato, criptomonedas, empresas privadas, investigadores independientes y tecnologías que cualquiera puede utilizar, incluso sus enemigos.

    La primera parece ordenada, la segunda parece caótica.

    Pero sólo una permite que alguien tenga una idea que nadie autorizó. Y ese detalle importa muchísimo. El liberalismo nunca prometió un mundo sin delincuentes, sin estafadores, espías o dictadores. Prometió algo mucho más modesto y muchísimo más importante: que ningún hombre debería disponer arbitrariamente de la vida de otro. Que el conocimiento debe poder circular y la propiedad tiene dueño. Que el intercambio debe ser voluntario y el poder necesita límites.

    Y que el individuo existe antes que el Estado.

    Quizá ésa sea la enseñanza más incómoda de Ballena Azul. No debemos defender la libertad porque sólo vaya a ser utilizada por buenas personas; si ésa fuera la condición, la libertad sería imposible.

    La defendemos precisamente porque nadie debería tener el poder de decidir previamente quién merece utilizarla. Después castigamos el fraude, perseguimos el robo, protegemos la propiedad y responsabilizamos al agresor.

    Pero no entregamos nuestras libertades como precio por sentirnos seguros.

    Porque si para combatir a una dictadura necesitamos copiar su principio fundamental, que alguien desde arriba decida quién puede trabajar, comunicarse, ocultar su identidad, mover su dinero o utilizar determinada tecnología, quizá hayamos ganado la operación de ciberseguridad y perdido algo bastante más importante, que la libertad no es una herramienta del sistema.

    Es el límite que le imponemos al sistema.

  • La empresa líquida: cuando la flexibilidad en las organizaciones se convierte en incertidumbre para sus trabajadores

    La empresa líquida: cuando la flexibilidad en las organizaciones se convierte en incertidumbre para sus trabajadores

    Un lunes cualquiera, una persona abre su ordenador y descubre que el equipo en el que trabajaba ya no existe como tal. El proyecto ha cambiado de prioridad, la herramienta de gestión se ha sustituido por otra, su responsable directo ha pasado a otra área y parte de sus compañeros son ahora colaboradores externos. No ha ocurrido una crisis visible. Simplemente, la organización se ha reorganizado. Otra vez.

    Durante décadas, muchas empresas se construyeron sobre una promesa relativamente estable: seguridad, pertenencia y trayectorias profesionales previsibles a cambio de compromiso y lealtad. El trabajo no era solo una fuente de ingresos. También ordenaba el tiempo, definía una identidad social y ofrecía cierta sensación de futuro compartido.

    Esa lógica está cambiando. Trabajo híbrido, digitalización, equipos por proyectos, metodologías ágiles, subcontratación, inteligencia artificial y plataformas bajo demanda han convertido la adaptación permanente en una condición básica de la vida laboral. La empresa ya no se presenta tanto como una estructura sólida sino como un organismo que se reconfigura continuamente.

    La imagen recuerda a la modernidad líquida propuesta por el sociólogo y filósofo Zygmunt Bauman en el año 2000: un mundo en el que las instituciones, las relaciones y las identidades pierden estabilidad y se vuelven más frágiles, móviles y temporales. Esta lectura se ha llevado también al terreno organizativo para explicar cómo la liquidez contemporánea modifica el liderazgo, las carreras profesionales y las formas de control dentro del trabajo.

    La agilidad como promesa

    Conviene evitar una lectura nostálgica. La flexibilidad no es, en sí misma, un problema. En entornos tecnológicos y económicos muy cambiantes, las organizaciones excesivamente rígidas reaccionan tarde, innovan peor y arrastran inercias burocráticas.

    Las investigaciones sobre agilidad organizativa muestran que la capacidad de detectar cambios, responder con rapidez y reorganizar recursos puede mejorar el rendimiento de las empresas. Una revisión sistemática basada en 249 estudios empíricos publicados entre 1998 y 2024 encontró una relación consistente entre distintas formas de agilidad empresarial y resultados organizativos.

    Las prácticas ágiles de trabajo, con una red de equipos que funcionan en ciclos rápidos de aprendizaje y toma de decisiones, pueden favorecer el bienestar cuando aumentan la autonomía, el apoyo social, la retroalimentación y la claridad de objetivos. La empresa líquida puede ofrecer oportunidades reales. El problema aparece cuando la flexibilidad deja de ser una herramienta y se convierte en un estado permanente de inestabilidad: esas mismas prácticas pueden aumentar demandas, presión comunicativa o sensación de sobreexposición si no se gestionan bien.

    Equipos que se forman y se disuelven

    Muchas organizaciones funcionan cada vez más mediante proyectos: equipos temporales, alianzas externas, colaboradores independientes y redes que se activan y se desactivan según la necesidad. Los estudios sobre organizaciones basadas en proyectos explican esta transformación hacia estructuras con núcleos estables y bolsas flexibles de socios o profesionales que se incorporan proyecto a proyecto.

    La ventaja es evidente: se gana especialización y velocidad. La pérdida es menos visible: cuesta más construir memoria compartida, confianza y sentido de pertenencia. No basta con juntar talento para que exista cooperación. Las relaciones laborales necesitan tiempo, normas implícitas, experiencias comunes y una mínima continuidad.

    Aquí aparece una de las paradojas del trabajo contemporáneo. La empresa gana flexibilidad, pero parte de la incertidumbre se desplaza al individuo. Ya no se espera solo que una persona haga bien su trabajo, sino que se actualice constantemente, cambie de equipo, redefina su rol y mantenga su empleabilidad en un mercado incierto.

    El coste psicológico de no tener suelo

    La investigación en salud laboral lleva años mostrando que la inseguridad en el empleo no es un asunto menor. Una revisión de 56 muestras independientes y más de 53 000 participantes encontró una relación significativa entre la inseguridad laboral y los problemas de salud mental, incluyendo ansiedad, depresión, agotamiento emocional y menor satisfacción vital.

    Algo similar ocurre con la ambigüedad de rol. Cuando las personas no saben bien qué se espera de ellas, cuáles son sus límites de responsabilidad o cómo se evaluará su rendimiento, aumenta la tensión psicológica. Estudios sobre burnout o síndrome de estar quemado han encontrado que la ambigüedad y el conflicto de rol se asocian con mayor desgaste emocional.

    Esto no significa que toda reorganización sea dañina. Significa que la adaptación permanente necesita estructura. Cambiar puede ser estimulante cuando existen recursos, apoyo y claridad. Pero se vuelve agotador cuando todo parece provisional: el equipo, el liderazgo, las prioridades, las herramientas e incluso los valores corporativos.

    Pertenecer a una empresa que cambia sin parar

    El trabajo híbrido añade otra capa. La distancia física no elimina necesariamente el vínculo con la organización, pero lo vuelve más dependiente de factores psicológicos: comunicación, apoyo social, identificación y sensación de formar parte de algo. La investigación sobre trabajadores virtuales ya señaló que, cuando desaparecen los elementos tangibles de la organización, la identificación organizativa se vuelve crucial.

    Estudios recientes sobre el trabajo desde casa muestran que la intensidad del teletrabajo puede relacionarse con trayectorias distintas de aislamiento laboral, dependiendo de cuestiones como el apoyo entre compañeros o las dificultades de comunicación. Por eso, el debate no debería reducirse a “oficina sí vs. oficina no”. La cuestión relevante es cómo se construye pertenencia cuando el trabajo se distribuye en pantallas, plataformas y equipos cambiantes.

    La seguridad psicológica ofrece una pista importante. La experta en liderazgo organizacional Amy Edmondson la definió como la creencia compartida de que un equipo es seguro para asumir riesgos interpersonales: preguntar, discrepar, reconocer errores o proponer ideas incompletas. Sin ese suelo relacional, la innovación se convierte fácilmente en presión.

    Agilidad con anclajes

    La empresa líquida no es necesariamente una mala empresa. Puede ser innovadora, rápida y abierta. Pero necesita anclajes. Las personas pueden adaptarse a entornos cambiantes si cuentan con reglas comprensibles, liderazgos confiables, espacios de participación, apoyo social y trayectorias mínimamente legibles.

    La identificación con equipos y organizaciones se ha relacionado con menos estrés y mayor bienestar, y las iniciativas de cambio funcionan mejor cuando tienen en cuenta cómo afectan a la identidad de las personas implicadas.

    El desafío no consiste en volver, sin más, a la empresa rígida del pasado, ni en celebrar acríticamente la flexibilidad como si siempre fuera sinónimo de libertad. La cuestión es cómo diseñar organizaciones capaces de moverse sin convertir la vida laboral en una sucesión interminable de reajustes.

    Mónica Pellejero, Profesor investigador en Organización de Empresas, Universidad de Las Palmas de Gran Canaria y Agustín J. Sánchez Medina, Catedrático en Organización de Empresas, Universidad de Las Palmas de Gran Canaria

    Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

  • BIP-110: el día en que Bitcoin rechazó a sus salvadores

    BIP-110: el día en que Bitcoin rechazó a sus salvadores

    BIP-110 pretendía proteger Bitcoin de quienes, según sus promotores, estaban desviándolo de su verdadera misión. Terminó demostrando algo bastante más importante: que Bitcoin no tiene custodios autorizados para definir esa misión.

    La propuesta, denominada Reduced Data Temporary Softfork, buscaba restringir durante aproximadamente un año la incorporación de imágenes, textos y otros datos considerados “no monetarios” dentro de las transacciones. Para ello endurecía las reglas de consenso: limitaba el tamaño de determinados campos, restablecía un máximo de 83 bytes para OP_RETURN y restringía algunas posibilidades de Taproot. Su argumento era reconociblemente bitcoiner: la cadena debía ser dinero sólido, no un depósito universal de archivos; el almacenamiento arbitrario encarecía el espacio de bloque, aumentaba las exigencias para operar nodos y podía desplazar los pagos genuinos.

    La preocupación no era absurda. La respuesta sí resultó profundamente discutible.

    Porque una cosa es sostener que Bitcoin debe preservar su carácter monetario, advertir sobre el crecimiento de la cadena o configurar voluntariamente un nodo para no retransmitir ciertas transacciones. Otra muy distinta es convertir esa preferencia en una nueva regla de consenso que declare inválidas transacciones que hasta entonces eran válidas, pagaban su comisión y no quebrantaban ninguna regla existente.

    BIP-110 no se limitaba a combatir el spam. Quería establecer, mediante consenso técnico, qué usos de Bitcoin merecían ser considerados legítimos. Su propia redacción hablaba de “abuso de datos”, de “usos dañinos” y de la necesidad de “reenfocar” Bitcoin hacia su verdadera finalidad. Pero una red sin autoridad central no dispone de un ministerio encargado de interpretar la intención del fundador. Mucho menos de clasificar las transacciones según su dignidad moral.

    Y aquí comienza la parte verdaderamente satoshiana de la historia.

    Una propuesta no es una ley

    BIP significa Bitcoin Improvement Proposal. Que una propuesta reciba un número y sea incorporada al repositorio de BIPs no significa que Bitcoin la haya aprobado. El propio repositorio advierte expresamente que publicar un BIP no implica que sea una buena idea, que exista consenso o que vaya a adoptarse. Es un mecanismo para documentar propuestas, no un parlamento y mucho menos un boletín oficial.

    BIP-110 establecía una vía de activación peculiar. Los mineros podían señalar su apoyo mediante el bit 4 y, si al menos 1.109 de los 2.016 bloques de un período —el 55 %— lo hacían, la propuesta quedaría encaminada hacia la activación. Pero si ese apoyo no aparecía, el mecanismo no se detenía: al llegar al bloque 961.632, los nodos que ejecutaban BIP-110 comenzarían a rechazar todos los bloques que no señalizaran la propuesta.

    Es decir, el 55 % era la vía amable. Si no se alcanzaba, llegaba la activación obligatoria para quienes hubieran instalado ese software.

    La aspiración era reproducir la lógica de una UASF, una user-activated soft fork: los usuarios, mediante sus nodos, endurecerían las reglas y obligarían a los mineros a adaptarse para no perder el mercado. Sus defensores invocaban el precedente de SegWit en 2017.

    Pero un ultimátum solo funciona cuando detrás existe suficiente peso económico. De lo contrario, no se obliga a nadie: uno simplemente se marcha solo.

    Los mineros respondieron arriesgando su propio dinero

    Antes del inicio de la fase obligatoria, apenas 51 de los 2.016 bloques del período anterior habían señalizado BIP-110: alrededor del 2,53 %. Era una distancia abismal respecto del 55 % previsto.

    Al llegar el bloque 961.632, los nodos BIP-110 cumplieron su amenaza y comenzaron a rechazar los bloques sin señalización. La red se dividió. Roughnecks consiguió minar los bloques 961.632 y 961.633 en la rama BIP-110 utilizando el sistema DATUM de OCEAN. Después, la cadena quedó prácticamente inmóvil.

    Bitcoin continuó produciendo bloques con normalidad. La rama BIP-110, en cambio, había heredado la dificultad de minería de Bitcoin —127,48 billones en ese momento—, pero sin heredar su potencia de cómputo. Como la dificultad solo se reajusta al completar 2.016 bloques, la cadena minoritaria quedó atrapada: necesitaba minar casi un período entero con una fracción diminuta del hashrate antes de poder obtener algún alivio.

    Roughnecks terminó suspendiendo sus operaciones y recomendando a los demás mineros detenerse. Para el 10 de agosto, la cadena principal llevaba ya más de doscientos bloques de ventaja, mientras la rama BIP-110 seguía detenida después de sus dos primeros bloques.

    ¿Significa esto que los mineros gobiernan Bitcoin?

    No exactamente.

    Los mineros no pueden imponer a un nodo un bloque que ese nodo considere inválido. Si mañana decidieran crear 50 millones de bitcoins, los nodos que conservasen el límite de 21 millones rechazarían esos bloques, aunque detrás estuviera el 100 % del hashrate. Los mineros producen candidatos a formar parte de la cadena; los nodos verifican que esos candidatos cumplan las reglas que ellos han decidido ejecutar.

    Pero BIP-110 no defendía una regla de Bitcoin frente a mineros que intentaban vulnerarla. Pretendía introducir una regla nueva y convertir en inválido lo que hasta entonces era válido.

    Frente a dos conjuntos incompatibles de reglas, los mineros tuvieron que elegir dónde invertir energía, equipos y tiempo. Casi todos eligieron la cadena que ya concentraba a los usuarios, los mercados, las billeteras, los exchanges, la liquidez y la infraestructura. No emitieron un decreto. Arriesgaron capital.

    En el diseño de Satoshi, la prueba de trabajo impide sustituir las consecuencias económicas por declaraciones políticas. El white paper explica que la cadena con mayor trabajo acumulado representa la secuencia respaldada por la mayor potencia de cómputo. Los participantes expresan su aceptación extendiendo bloques válidos y rehúsan extender los que consideran inválidos.

    BIP-110 proclamó una preferencia. Los mineros revelaron la suya pagando por ella.

    Los nodos tampoco son votos

    Durante la controversia se repitió que una determinada proporción de nodos apoyaba BIP-110. Pero contar nodos visibles no equivale a contar personas, monedas, actividad económica ni consentimiento.

    Crear muchos nodos es barato. Una sola persona puede operar cien; un exchange que procesa miles de millones puede utilizar unos pocos. El número bruto es vulnerable a ataques Sybil y no permite conocer quién utiliza realmente cada cadena, qué valor custodia, qué pagos recibe o qué software ejecutan los nodos que no son públicamente visibles.

    Un nodo no es una papeleta electoral. Es una frontera privada.

    Cada operador decide qué reglas aplicará a la información que recibe y qué cadena reconocerá como válida. Esa soberanía es real, pero tiene un alcance preciso: permite decidir qué acepta uno mismo, no qué deben aceptar los demás.

    Los nodos BIP-110 fueron completamente soberanos. Nadie los censuró, clausuró ni obligó a ejecutar Bitcoin Core. Rechazaron la cadena principal y continuaron con las reglas que preferían. Lo que no podían hacer era transformar su decisión individual en una obligación colectiva.

    Esa es la diferencia entre soberanía y poder.

    Ejecutar un nodo garantiza el derecho a decir: “esto no es Bitcoin para mí”. No garantiza que el mercado responda: “entonces tampoco lo será para nosotros”.

    ¿Y la comunidad?

    La comunidad no votó en una asamblea porque Bitcoin carece de una comunidad jurídicamente representable. No existe un padrón de bitcoiners, una autoridad electoral ni una definición autorizada de pertenencia.

    La comunidad se manifestó de la única manera compatible con una red voluntaria:

    • algunos desarrolladores escribieron y revisaron código;
    • algunos operadores instalaron BIP-110;
    • otros conservaron sus reglas anteriores;
    • los mineros asignaron su hashrate;
    • los usuarios mantuvieron sus fondos y su actividad en la cadena que consideraron Bitcoin;
    • las empresas, billeteras y mercados decidieron qué red continuarían soportando;
    • y nadie pudo obligar a los demás a acompañarlo.

    El resultado agregado de esas decisiones fue devastador para BIP-110. No porque una autoridad lo prohibiera, sino porque casi nadie con capacidad económica suficiente decidió seguirlo.

    Eso también explica por qué la comparación con la activación de SegWit en 2017 era incompleta. Una UASF no posee poderes mágicos. Puede coordinar expectativas cuando ya existe una coalición económica considerable y cuando los mineros creen que ignorarla les hará perder bloques, ingresos y clientes. BIP-110 intentó utilizar el mismo mecanismo sin haber construido previamente ese consenso.

    Confundió la herramienta con la fuerza que debía sostenerla.

    El mercado del espacio de bloque

    Desde una mirada libertaria, el problema de fondo aparece en la pretensión de determinar centralmente cuáles son los usos correctos de un recurso escaso.

    El espacio de bloque tiene un precio. Quien desea utilizarlo debe competir con otros usuarios mediante comisiones. Los mineros deciden qué transacciones incluir, dentro de las reglas aceptadas por la red, porque asumen el coste de producir el bloque. Los operadores de nodos pueden establecer políticas de retransmisión, filtrar lo que no quieren propagar y elegir libremente qué software ejecutar.

    Es posible que las inscripciones sean frívolas. También es posible que resulten desagradables, inútiles o perjudiciales para la experiencia de quienes quieren utilizar Bitcoin exclusivamente como dinero. Pero el liberalismo no consiste en reemplazar las preferencias del planificador estatal por las preferencias de un comité de guardianes monetarios.

    Si una transacción respeta las reglas vigentes y paga el precio requerido por el espacio que consume, excluirla exige algo más que afirmar que su finalidad es indigna.

    Los defensores de BIP-110 podían proponer otras políticas, desarrollar filtros, abaratar la operación de nodos, persuadir a los mineros, construir herramientas alternativas o convencer a una mayoría económica de modificar las reglas. Lo que no podían hacer era invocar “la verdadera misión de Bitcoin” como título de propiedad sobre un protocolo que nadie posee.

    Bitcoin no pertenece a quienes mejor interpretan a Satoshi.

    El fracaso que confirmó el diseño

    La rama BIP-110 no fue técnicamente silenciada. Fue libre de existir y, precisamente por eso, quedó obligada a demostrar cuánto respaldo real tenía. Sus partidarios pudieron escribir el código y los nodos pudieron ejecutarlo. Los mineros pudieron dedicarle potencia y los usuarios pudieron atribuir valor a sus monedas. Los mercados pudieron reconocerlas y casi ninguno lo hizo en una escala suficiente.

    Ese desenlace no demuestra que los mineros sean soberanos, que la mayoría siempre tenga razón ni que Bitcoin jamás deba modificar sus reglas. Demuestra algo más austero: en un sistema sin autoridad central, una modificación controvertida solo prevalece cuando consigue coordinar a quienes validan, producen, utilizan y valoran la red.

    Los nodos custodian sus propias reglas. Los mineros aportan trabajo y seguridad. Los usuarios y mercados atribuyen valor económico. Ningún grupo gobierna por separado y ninguno puede sustituir indefinidamente a los demás.

    BIP-110 quiso rescatar Bitcoin mediante una prohibición temporal. Bitcoin respondió sometiendo esa prohibición a la competencia.No hubo policía, regulador ni tribunal. No hubo que expulsar a sus promotores ni impedirles bifurcar el código. Se les permitió probar su tesis con sus propios nodos, su propio hashrate y su propio dinero.

    La cadena avanzó dos bloques y se detuvo. Probablemente no exista un epitafio más satoshiano para una idea que creyó poseer más consenso del que realmente tenía.

  • Derecho Natural y Constitución

    Derecho Natural y Constitución

    El derecho natural es un fuerte candidato a ser el punto de partida fundamental de cualquier constitución duradera o de un orden político viable. Antes de las reglas positivas, del diseño institucional, de la separación de poderes o de los procedimientos de reforma, es necesario contar con una visión coherente de lo que ya es verdadero acerca de los seres humanos y de sus relaciones —derechos, deberes, justicia y los límites de la autoridad legítima— que el documento escrito reconoce, protege y organiza, ya que la ley se descubre y no se inventa.

    Las tradiciones del derecho natural (clásica, estoica, tomista, lockeana y ciertas corrientes de la Ilustración) sostienen que existen principios morales y prácticos descubribles por la razón, arraigados en la naturaleza humana y en las exigencias de la cooperación social. Estos incluyen bienes básicos como la vida, el conocimiento, la razonabilidad práctica y la comunidad; derechos correlativos contra la agresión, el robo o el dominio arbitrario; y la idea de que la autoridad política solo se justifica en la medida en que asegura estos bienes y derechos, en lugar de anularlos. Una constitución que parte de aquí trata al Estado como un instrumento para proteger un orden moral pre político, y no como la fuente de todos los derechos y de toda legitimidad. Esa orientación tiende a producir límites más claros al poder, protecciones más sólidas para los individuos y las asociaciones intermedias, y una mayor resistencia a la captura puramente mayoritaria o de élites.

    En la práctica, muchas tradiciones constitucionales exitosas se han inspirado en esta premisa, aunque no siempre usaran la expresión “derecho natural”. Los documentos fundacionales estadounidenses, por ejemplo, invocan explícitamente “las Leyes de la Naturaleza y del Dios de la Naturaleza” y derechos inalienables. Las constituciones liberales clásicas y algunas de orientación demócrata-cristiana tratan de manera similar ciertos derechos y restricciones institucionales como reflejos de realidades morales más profundas, y no como meras preferencias políticas. Cuando las constituciones, por el contrario, consideran los derechos como puras creaciones del Estado o de las mayorías políticas sucesivas, se vuelven más vulnerables a la revisión cada vez que cambia el equilibrio temporal de poder: un resultado visible en muchos experimentos constitucionales latinoamericanos que han sido reescritos repetidamente con cada ciclo de predominio político.

    Respecto a Panamá y a las discusiones de la APEDE entre expresidentes, los debates sobre reforma constitucional allí, como en otros lugares, suelen centrarse en la arquitectura institucional (presidencialismo frente a parlamentarismo, límites de mandatos, reglas electorales, independencia judicial, reglas fiscales). Esas cuestiones son importantes, pero son secundarias. Sin un punto de partida compartido acerca de la naturaleza y los límites de la autoridad legítima, las opciones institucionales se convierten en instrumentos de una disputa de poder en lugar de salvaguardas de un orden común. Un enfoque inspirado en el derecho natural preguntaría primero: ¿Cuáles son los requisitos básicos de la justicia y del florecimiento humano que cualquier constitución panameña debe respetar? ¿Qué formas de poder estatal están inherentemente limitadas por esos requisitos? Solo entonces los detalles de los procedimientos de reforma, los contrapesos y el diseño institucional se siguen como medios y no como fines.

    Esto no significa afirmar que el derecho natural produzca un plano único y detallado que todo país deba copiar. Personas razonables discrepan sobre el contenido preciso y la derivación de los principios del derecho natural, y las aplicaciones históricas han sido a veces selectivas o interesadas. Las circunstancias culturales, históricas y prácticas también moldean las instituciones viables. Sin embargo, la alternativa —tratar la constitución como un puro acto de voluntad de la coalición dominante del momento— tiene un historial peor en cuanto a estabilidad a largo plazo, gobierno limitado y protección de los derechos básicos.

    En resumen, centrarse primero en el descubrimiento y el reconocimiento de las restricciones del derecho natural es una forma más fundamental y durable de “constituir” un Estado que comenzar por la ingeniería institucional o la negociación partidista. El texto escrito y los argumentos políticos que le siguen deben ser consecuencia de ese reconocimiento.

  • El Sol doblará la luz de las estrellas durante el eclipse (y podremos comprobarlo)

    El Sol doblará la luz de las estrellas durante el eclipse (y podremos comprobarlo)

    Mirar hacia arriba es un recurso fenomenal para hacernos conscientes de la gravedad. Su efectos sobre los cuerpos con masa se aprecian bien cuando seguimos el vuelo de una pelota o trazamos la órbita de un planeta. Pero la gravedad, sorprendentemente, también actúa sobre lo que no pesa, sobre la luz, nada más y nada menos. Tanto es así que puede curvarla. Muy pronto, un eclipse de Sol nos permitirá ser testigos de ese desconcertante efecto.

    Los fotones por un carril trazado

    Las escurridizas partículas que componen la luz, los fotones, no escapan a la acción gravitatoria,

    Se debe a que, como nos dijo Einstein la gravedad es la manifestación de la curvatura del espacio-tiempo. Esa curvatura la producen y la acentúan la masa y la energía que contiene el propio tejido del universo.

    Eso obliga a todas las partículas a seguir una suerte de trayectorias que no son exactamente rectas, como si viajaran entre raíles, las llamadas geodésicas. Son líneas que se pegan al espacio-tiempo tratando de hacer los caminos de las partículas lo más eficientes posibles.

    Curiosamente la gravedad es capaz de curvar cualquier fotón. Y esto abre un enorme abanico de posibilidades en astrofísica. Pero nos vamos a centrar en la luz visible.

    El camino de la luz desde una estrella lejana

    Pensemos en un fotón proveniente de una estrella lejana que, por fortuna, llega hasta nosotros sin toparse con ningún obstáculo. No es descabellado: el espacio típico entre estrellas es 10 trillones de veces menos denso que nuestra atmósfera. Además, sabemos que hay un número inconcebible de fuentes luminosas ahí fuera. Por esos dos motivos, existe una barbaridad de fotones en el universo capaces de recorrer (muchos) años luz (o billones de kilómetros) sin inmutarse.

    El punto de llegada del fotón puede ser un sofisticado telescopio haciendo complejas tareas de investigación astronómica. Pero también puede jugar ese papel nuestro propio ojo al desnudo.

    Pensemos ahora en una estrella que manda directamente hacia nosotros fotones que nos llegan cada noche. La fuente estelar emite en todas direcciones. No obstante, una pequeña desviación angular, una mínima apertura, condenaría al fotón a escapar hacia otros lugares del universo y no nos alcanzaría. Esa estrella pasaría a ser invisible para nosotros.

    Pero ¿y si la gravedad consigue rectificar esa desviación inicial y dobla la trayectoria del fotón?

    Para que eso suceda, el fotón debe pasar cerca de una concentración de masa lo suficientemente densa y compacta. El efecto es como si un cuerpo con mucha masa tirase de la luz, a la manera de una fuerza. Aunque ya hemos dicho que en realidad es la curvatura del espacio-tiempo y no una fuerza la que causa esa desviación.

    En el escenario del próximo eclipse, esa concentración de masa es el Sol.

    Necesitamos oscuridad

    Es obvio, por otro lado, que para ver bien las estrellas necesitamos que el cielo esté oscuro, y eso generalmente ocurre de noche. En ese momento del día, el Sol no está en medio de la línea de visión que nos une con la estrella que queremos observar. Por tanto, la luz que nos llega de esa fuente en principio no se ha torcido por efecto de la masa del Sol. Esa luz habrá seguido una línea de esas relativistas que reemplazan a las rectas.

    Entonces, ¿es posible conjugar esas dos condiciones, es decir, tener el Sol frente a nosotros y un cielo oscuro?

    ¡Sí lo es! De hecho, eso sucede justamente durante un eclipse. La Luna, al interponerse entre el Sol y nosotros con precisión sideral, oscurece el cielo de forma significativa. Esto nos permite registrar la posición aparente y momentánea de la estrella y estimar la desviación. Y así podremos concluir que la luz se ha doblado de verdad. Pero para ello se necesita completar una tarea previa: averiguar dónde se encontraba la estrella antes del eclipse.

    Ya sabemos que no se nos da muy bien determinar de día la posición de fuentes luminosas como las estrellas. Sencillamente no podemos distinguir la luz que nos llega de ellas de la que nos llega de nuestro Sol. Así que, con anterioridad, hay que medir la posición habitual de la estrella de noche y volver a “cazarla” durante el eclipse. Por supuesto, ese registro inicial de posición se habrá hecho previamente en una noche con buena visibilidad para hacer observaciones astrofísicas.

    Qué ocurre durante el eclipse

    Durante el eclipse, el astro rey, con su significativa masa, curva el espacio tiempo en su vecindad. Esa curvatura hace que el fotón que viaja desde la estrella situada detrás describa una trayectoria que asemeja un arco. Pero nuestro ojo no sabe que el fotón procede de detrás del Sol: interpreta que ha seguido un camino recto como el de cualquier otro cuanto de luz. Así que el astrónomo –amateur o no– encargado de cartografiar la posición de la estrella emisora dirá que está desplazada hacia un lado respecto a su posición habitual.

    Conviene retomar la idea de que todos los fotones pueden sufrir desviaciones de su trayectoria por efecto de objetos compactos que se interpongan en su camino. Bajo el paraguas de ese efecto, el de lente gravitacional, surge una astrofísica muy potente.

    Las lentes gravitacionales van más allá de reposicionar o incluso duplicar galaxias o estrellas: revelan también cómo está distribuida la materia, incluida la materia oscura. Además, funcionan como gigantescos telescopios cósmicos que magnifican el universo lejano. Así nos permiten ver objetos que sin ellas permanecerían invisibles y también dan acceso a etapas del universo admirablemente tempranas.

    La primera vez que se observó durante un eclipse que la desviación de la luz era perfectamente compatible con la predicción de Einstein, hace más de un siglo, se produjo un histórico momento wow y comenzó una revolución científica. En el próximo eclipse de agosto de 2026, nos corresponde a nosotros escribir nuestra historia, una con eclipses y luces fantásticas.

    Ruth Lazkoz, Catedrática de Física Teórica, Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea

    Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

  • Coldcard: la cerradura falló, no la propiedad

    Coldcard: la cerradura falló, no la propiedad

    El reciente incidente de Coldcard golpeó en uno de los lugares más sensibles del ecosistema Bitcoin: la confianza.

    Durante años, la autocustodia fue presentada como la respuesta más sólida frente al riesgo de exchanges, bancos, intermediarios y custodios capaces de congelar, perder o apropiarse de fondos ajenos. “Si no son tus claves, no son tus monedas” (Not your keys, not your coins) condensó una verdad esencial: quien controla las claves controla los bitcoin.

    Por eso, cuando una herramienta creada precisamente para proteger esas claves falla, el impacto psicológico es profundo. No se pierde solamente dinero. Se resquebraja la sensación de seguridad construida durante años.

    Pero conviene describir correctamente lo ocurrido.

    Coldcard no tenía depositados los bitcoin de sus usuarios. Tampoco un atacante tomó el control de una entidad centralizada desde la cual pudiera ordenar transferencias. El problema estuvo en la generación de determinadas semillas: algunas fueron creadas con una entropía insuficiente, es decir, con menos imprevisibilidad de la que los usuarios creían tener.

    Las palabras parecían aleatorias, pero podían haber sido seleccionadas dentro de un universo de combinaciones mucho más reducido. Un atacante que comprendiera el defecto podía reconstruir candidatos, derivar las direcciones correspondientes y compararlas con la información pública de la blockchain hasta encontrar coincidencias.

    Fue una falla gravísima. Para quienes perdieron sus ahorros, la distinción técnica no reduce el daño. Pero sí importa para comprender qué ocurrió y qué no ocurrió. No fue una refutación de Bitcoin ni una ruptura de su criptografía. Y menos aún, una demostración de que la autocustodia sea ficticia.

    Fue una cerradura defectuosa.

    Si fuerzan la cerradura de una casa, la casa no deja de ser propiedad de su dueño. Lo que falló fue el mecanismo utilizado para protegerla.

    Autocustodia no significa infalibilidad

    Parte de la confusión proviene de haber atribuido a la autocustodia una promesa que nunca podía cumplir: la eliminación absoluta del riesgo.

    Autocustodia significa que el propietario controla las claves y que ningún intermediario puede disponer legítimamente de sus fondos. No significa que el software sea perfecto, que el hardware no pueda fallar, que una semilla no pueda generarse incorrectamente ni que el usuario quede exento de cometer errores.

    La autocustodia no elimina la confianza. La redistribuye y la reduce.

    En lugar de confiar plenamente en un banco o en un exchange, confiamos parcialmente en un dispositivo, en un código, en un proceso de generación de claves, en nuestra capacidad para conservar un respaldo y en el protocolo que permite verificarlo todo.

    La diferencia sigue siendo decisiva: una hardware wallet no mantiene una promesa de pago contra nosotros. No administra una cuenta en nuestro nombre. No puede suspender unilateralmente una retirada porque cambió una regulación, recibió una orden gubernamental o se quedó sin liquidez.

    Pero ninguna herramienta creada por seres humanos puede prometer ausencia total de errores.

    Trezor está escrito por humanos. Ledger está escrito por humanos. Coldcard está escrito por humanos. Bitcoin Core también.

    La respuesta racional no es buscar una herramienta escrita por dioses incapaces de equivocarse. Es construir sistemas en los que el error de una sola persona, empresa o implementación no pueda destruirlo todo.

    La lección no es volver al custodio

    Después de una pérdida, el miedo empuja hacia soluciones aparentemente más simples: dejar los bitcoin en un exchange, comprar una participación en un ETF o confiar nuevamente en un tercero.

    Ese movimiento puede reducir ciertos riesgos técnicos, pero no elimina el riesgo. Lo traslada.

    Al delegar la custodia, aparecen nuevamente la contraparte, el congelamiento, la insolvencia, la intervención estatal, la vigilancia, las limitaciones de retirada y la dependencia de reglas que el usuario no controla.

    Por eso es peligroso convertir una vulnerabilidad concreta en propaganda contra toda la autocustodia. Quien no conoce las diferencias puede concluir que controlar sus propias claves es una fantasía y que la única opción razonable consiste en volver a intermediarios.

    Sería una conclusión equivocada y, además, una derrota cultural.

    La lección seria es más exigente: tener las claves es una condición necesaria, pero no suficiente. También importa cómo fueron generadas, dónde se almacenan, cómo se respaldan, qué dispositivo las utiliza y qué procedimiento existe para recuperarlas.

    La evolución mediante errores

    Aquí aparece una idea profundamente ligada al orden espontáneo del que hablamos siempre los entusiastas de la Escuela Austríaca de Economía.

    La evolución no es un proceso limpio, lineal ni diseñado de antemano por una inteligencia superior. Es un proceso de variación, error, selección, aprendizaje y adaptación.

    En un orden espontáneo, nadie posee todo el conocimiento necesario para diseñar desde arriba la solución perfecta. Distintos desarrolladores prueban arquitecturas diferentes. Usuarios comparan herramientas. Investigadores revisan código. Atacantes descubren debilidades. Fabricantes corrigen errores. Nuevos proyectos incorporan las lecciones aprendidas.

    Ese proceso puede ser cruel porque el conocimiento no siempre llega antes que el daño. A veces una vulnerabilidad se descubre en una auditoría. Otras veces se descubre porque alguien pierde sus ahorros.

    Las pérdidas personales no deben romantizarse ni presentarse como un precio abstracto del progreso. Detrás de cada dirección vaciada puede haber años de trabajo, sacrificios, jubilaciones, proyectos familiares y seguridad futura.

    Pero tampoco debemos ignorar lo que el proceso descentralizado produce después del fracaso.

    Una vez identificado un defecto, el conocimiento deja de pertenecer únicamente a quien lo descubrió. Se difunde por toda la comunidad. Otros fabricantes revisan sus generadores aleatorios. Los usuarios aprenden qué significa entropía. Los desarrolladores incorporan pruebas adicionales. Se reconsidera la dependencia de una sola implementación. Se extienden prácticas como el uso de dados, semillas generadas independientemente, firmantes de distintos fabricantes y configuraciones multisig.

    El error localizado puede producir una mejora general.

    Ese es el orden espontáneo: millones de decisiones, advertencias, correcciones e innovaciones que nadie dirige desde un centro, pero que elevan gradualmente el estándar de todo el ecosistema.

    No avanza porque alguien diseñó el futuro perfecto. Avanza porque los errores dejan información y porque otros tienen libertad para aprender de ellos.

    No confundir diversificación con complejidad

    La reacción inmediata ante Coldcard puede ser repartir los fondos entre cinco wallets, tres dispositivos, dos teléfonos, placas metálicas y un multisig cuya recuperación nadie ha practicado.

    Eso también puede ser peligroso.

    La diversificación reduce el riesgo de un único fallo tecnológico, pero aumenta el riesgo humano. Cada nueva seed implica un nuevo respaldo, una nueva ubicación, un nuevo procedimiento y una nueva oportunidad de confusión.

    Una arquitectura simple y comprendida puede ser más segura que una estructura sofisticada que el propietario no sabe reconstruir.

    Para muchas personas, el paso razonable no será abandonar su hardware wallet actual ni construir de inmediato un sistema 3-de-5. Será conservar una parte en el dispositivo conocido y trasladar otra parte, lentamente, hacia una segunda arquitectura independiente.

    La idea central debería ser no confiar ciegamente en una sola herramienta, pero tampoco destruir una configuración conocida por pánico a un fallo hipotético.

    La seguridad debe crecer al mismo ritmo que el conocimiento del usuario.

    Cómo puede responder la comunidad

    Una comunidad que solo repite “debiste investigar mejor” después de una pérdida no está defendiendo la responsabilidad individual. Está confundiendo responsabilidad con abandono.

    La autocustodia implica asumir riesgos, pero una cultura de libertad no exige indiferencia frente a la desgracia ajena.

    Podrían desarrollarse varias respuestas comunitarias.

    La primera sería un fondo voluntario de asistencia para víctimas verificadas. No una garantía universal ni un rescate obligatorio, sino una estructura financiada mediante donaciones, aportes de empresas, desarrolladores, mineros y usuarios. Su objetivo no tendría que ser reembolsar automáticamente todas las pérdidas, algo probablemente imposible, sino ayudar en casos extremos, financiar análisis forense y sostener a personas que hayan perdido la totalidad de sus ahorros.

    La segunda sería exigir responsabilidad económica a los fabricantes. Las empresas que venden seguridad como producto podrían constituir fondos de contingencia, contratar seguros específicos o comprometer parte de sus ingresos futuros a compensaciones cuando exista negligencia técnica comprobada. Ampliando este punto, podrían surgir mercados privados de aseguramiento para fallos de software, firmware o generación de claves. Aseguradoras independientes podrían evaluar dispositivos, cobrar primas según su nivel de riesgo y responder ante vulnerabilidades técnicas comprobadas, sin custodiar los fondos ni conocer las seeds. Incluso los fabricantes podrían aportar voluntariamente una parte de cada venta a fondos de compensación separados de la empresa. La prima, la cobertura y hasta la negativa a asegurar un producto se convertirían así en información valiosa para los usuarios; no sería una garantía de perfección, sino una señal económica de cuánto riesgo está dispuesto a respaldar con su propio capital quien afirma que una herramienta es segura.

    La tercera sería crear equipos abiertos de respuesta a incidentes. Investigadores, especialistas en privacidad, desarrolladores y analistas de blockchain podrían coordinarse para identificar rápidamente wallets afectadas, publicar instrucciones claras y evitar que el vacío informativo sea ocupado por estafadores.

    La cuarta sería ofrecer acompañamiento gratuito para migraciones. Después de un incidente, muchas pérdidas adicionales ocurren por el pánico: usuarios que introducen su seed en una página falsa, envían fondos a una dirección equivocada o destruyen respaldos antes de completar la migración. Talleres, documentación sencilla y sesiones comunitarias podrían reducir ese segundo daño.

    La quinta sería desarrollar un sello voluntario de prácticas mínimas para hardware wallets. No una licencia estatal ni una certificación que pretenda garantizar perfección, sino estándares abiertos sobre generación de entropía, compilaciones reproducibles, auditorías, divulgación responsable y pruebas de recuperación.

    Y, sobre todo, debería cambiar la cultura de comunicación.

    Los expertos con grandes audiencias tienen una responsabilidad especial. Deben advertir sin exagerar, explicar sin humillar y distinguir entre una vulnerabilidad concreta y una condena general de la autocustodia.

    El miedo atrae atención. La precisión construye confianza.

    Recuperar la confianza sin volver a la ingenuidad

    La respuesta no puede ser fingir que no ocurrió nada. Coldcard debe explicar, asumir responsabilidades y ofrecer toda la información posible. Los usuarios deben revisar procedimientos. Otros fabricantes deben auditar sus propios sistemas. Y la comunidad debe abandonar la comodidad de pensar que “open source” equivale automáticamente a “auditado y seguro”.

    Pero tampoco podemos permitir que una tragedia concreta destruya una de las innovaciones más importantes de Bitcoin: la posibilidad de poseer un activo digital sin pedir permiso y sin depender de la solvencia o benevolencia de un intermediario.

    La confianza futura no debe parecerse a la confianza anterior.

    Antes, muchos confiaban en una marca. Después de este incidente, deberíamos confiar más en procesos verificables, diversidad de implementaciones, pruebas de recuperación, respaldos independientes y conocimiento compartido. Eso es progreso.

    No consiste en regresar a la ingenuidad, sino en salir de ella con mejores herramientas.

    Las personas que perdieron sus ahorros merecen apoyo, respuestas y, cuando corresponda, reparación. No deben ser convertidas en simples ejemplos técnicos ni culpabilizadas por haber confiado en un producto cuya función esencial era generar y proteger claves seguras.

    Pero honrar esas pérdidas también exige aprender de ellas.

    Abandonar la autocustodia no devolverá los fondos perdidos. Solo devolverá el poder a los intermediarios. La respuesta más valiosa es construir una comunidad menos dogmática, más preparada y más solidaria; una comunidad capaz de reconocer que la libertad implica riesgos, pero también cooperación, responsabilidad y aprendizaje colectivo.

    Una herramienta falló. La libertad y la cooperación libre y voluntaria, no.

  • La Mayordomía de los Recursos

    La Mayordomía de los Recursos

    Hoy inicio una serie de ensayos que buscan explorar una mejor manera de reducir la pobreza y las luchas sociales.

    Ensayo 1: Mayordomía en lugar de Asignación

    A lo largo de mi vida como piloto aprendí una lección fundamental: el avión no despega porque alguien “asigne” combustible y fuerza. Despega porque se genera suficiente empuje y sustentación en las alas para vencer la inercia, la resistencia del aire y la gravedad. El primer paso está siempre en el deseo de superar limitaciones y surcar los aires.

    Recuerdo con claridad aquel día, cuando tenía 17 años y mi padre me llevó a Paitilla. Miguelito Pastor nos elevó en su Aeronca y, de pronto, se abrió ante mí un nuevo mundo, un mundo expandido. Aquel vuelo que mi padre me regaló me enseñó algo que hoy aplico a uno de los grandes temas de nuestro tiempo: cómo manejamos los recursos.

    Durante décadas hemos hablado de la “asignación de recursos”. Es una expresión que suena técnica y ordenada, pero que esconde un problema profundo. La palabra “asignación” sugiere que alguien —un gobierno, un planificador o una autoridad— debe decidir quién recibe qué. Implica un pastel fijo que solo hay que repartir. Esa mentalidad nos ha llevado a muchos de los problemas de pobreza que hoy sufrimos, no solo económica, sino también del alma.

    Yo propongo un cambio de palabra y, sobre todo, de mentalidad:

    La Mayordomía de los Recursos.

    La mayordomía no es mera distribución. Es el arte responsable de cuidar, cultivar y hacer florecer los recursos de la Creación —tanto los naturales como los que nacen de la creatividad humana—. No se trata solo de dividir lo que existe, sino de generar condiciones para que los recursos se expandan. Papá Dios nos entregó las llaves del Paraíso terrenal y nos dejó el reto de cultivarlo y llevarlo a fructificación; a sabiendas que el camino apunta al mismo Universo.

    La diferencia es clara. La asignación se enfoca en la escasez: ¿cómo repartimos de forma “justa” el agua, el dinero, el talento, la tierra o la educación? La mayordomía pregunta algo más profundo: ¿cómo cultivamos estos recursos para que produzcan vida, belleza y abundancia real a lo largo del tiempo? ¿Cómo honramos tanto las limitaciones de la naturaleza como el extraordinario potencial creativo del ser humano?

    Esta no es solo una discusión económica o técnica. Es también moral y espiritual. La mayordomía reconoce que los recursos no son cosas inertes. Forman parte de un sistema vivo del que somos miembros, no conquistadores absolutos. Incluye los recursos naturales (tierra, agua, aire, biodiversidad), los humanos (tiempo, talento, energía, sueños) y, especialmente, nuestra capacidad de imaginar, innovar y elevar la realidad a estadios superiores de existencia.

    A mis 84 años, he visto cómo la mentalidad de asignación genera conflictos, burocracia y desperdicio. La mayordomía, en cambio, invita a la responsabilidad personal y colectiva, a la creatividad y a la esperanza.

    En esta serie de ensayos exploraremos juntos este camino. Veremos cómo aplicar la mayordomía a los recursos humanos, a la naturaleza, a la política, a la economía y a nuestra propia vida interior. No ofrezco soluciones mágicas, solo una mirada más clara y elevada —como la que se obtiene cuando el avión finalmente despega y se puede contemplar el panorama completo.

    Sí, tendremos que volar y navegar entre nubes tormentosas, tal como hice durante muchos años, en búsqueda de aquella pista celestial.

    El vuelo apenas comienza. Amárrense los cinturones.

    Nota: ensayos siguientes se publicarán todos los viernes.

  • El costo del sistema fiscal

    El costo del sistema fiscal

    El costo del sistema fiscal no se mide solo en dinero, sino también en tiempo, incertidumbre y capital productivo destruido.

    Un Gobierno que se presenta como pro-mercado y necesitado de inversión no puede conservar un sistema en el que el empresario debe producir para sus clientes y, al mismo tiempo, trabajar gratuitamente para el organismo recaudador, bajo amenaza de inspecciones, multas, embargos y ejecuciones.

    Resulta difícil hablar de ser atractivos a la inversión mientras se presume culpable a quien presenta tarde o mal un formulario. No es lo mismo ocultar deliberadamente una deuda, cometer fraude o evadir un impuesto que retrasarse en una declaración jurada o no tener cumplimentado un formulario burocrático. Un orden realmente republicano debería distinguir entre delito, deuda material, error excusable e incumplimiento formal. Cuando todo se castiga de manera automática, no hay justicia tributaria, sino disciplina burocrática.

    Desde la Escuela Austríaca, sostenemos que los recursos son escasos. Cada hora que un empresario, un empleado o un contador dedica a interpretar resoluciones, controlar vencimientos, cargar datos y completar formularios es una hora que no se dedica a atender clientes, mejorar productos, buscar proveedores, reducir costos, invertir o descubrir nuevas oportunidades.

    Ese tiempo no es gratuito. Es un impuesto regulatorio que no aparece en ninguna alícuota. Ese es el costo del sistema fiscal, ignoto para la mayoría de la gente.

    La empresa o el pagador de impuestos no entrega solamente dinero al Estado. También entrega información, tiempo, trabajo administrativo, capacidad de gestión y tranquilidad. Y cuando llega un embargo, tampoco se retira simplemente “dinero”: se retiran fondos que tenían una función dentro del proceso productivo. Dinero para pagar salarios, comprar inventario, completar una obra, financiar un proyecto o sostener una inversión que todavía no generó ingresos.

    El Estado puede recaudar hoy una multa y destruir, en el mismo acto, al contribuyente que habría pagado impuestos durante años.

    Además, el mensaje para quien intenta formalizarse es perverso: cuanto más visible, organizado y registrado esté su negocio, más fácilmente puede ser controlado, sancionado y embargado. El emprendedor no calcula solamente la carga tributaria, sino también calcula el costo del contador, los sistemas, el riesgo de error, la probabilidad de una multa, la exposición de su patrimonio y las horas perdidas ante la DGI.

    La informalidad no se combate persiguiendo y aumentando amenazas. Se combate haciendo que la formalidad sea sencilla, previsible, segura y conveniente.

    En términos políticos, parece haber más apetito para incorporar dólares al sistema parasitario, pero severidad fiscal para disciplinar al contribuyente cotidiano.

    Y que una persecusión, orden o sanción esté autorizada por una ley no la convierte en legítima. Como recordaría Hayek, el Estado de derecho no consiste únicamente en que el poder tenga una norma que lo habilite. Las reglas deben ser generales, conocidas, previsibles y permitir que las personas organicen sus planes sin vivir sometidas a la arbitrariedad administrativa y a la expoliación fiscal.

    Muchos de estos formularios ni siquiera determinan impuestos propios. Obligan a empresas y profesionales a recolectar, procesar y transmitir información para que el Estado pueda controlar a terceros. La DGI externaliza así su costo de fiscalización y obliga al particular o profesional a reunir los datos, lo obliga a procesarlos, lo obliga a presentarlos, lo multa si se retrasa y eventualmente lo ejecuta para cobrar la multa.

    Desde Public Choice, el incentivo es evidente: crear nuevas obligaciones informativas resulta barato para el organismo porque su costo no aparece en el presupuesto público. Lo pagan individuos y las empresas.

    Por eso no alcanza con aprobar cada tanto tiempo otra moratoria. Eso solo repite el ciclo del obligado fiscal: obligación imposible, incumplimiento, multa, moratoria y nueva obligación.

    Ese ciclo perverso sólo ratifica la persistencia de una concepción profundamente estatista dentro de un Gobierno que se proclama abierto a la inversión, donde el empresario sigue siendo tratado como sospechoso, recaudador, informante y empleado gratuito del Estado, en lugar de ser reconocido como quien crea, invierte, arriesga y sostiene el proceso productivo del que vive ese mismo Estado.