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  • Enamorados con la IA

    Enamorados con la IA

    Hoy día, en casa o en cualquier sitio, es más común ver a personas haciéndole el amor a su celular e ignorando por completo a quienes tienen al lado. “¿Creo le hacen el amor al celular?” Bueno… ¿qué es amor y que significa “hacer el amor”? ¿Acaso estar enamorados no es tratar a alguien o algo con deseo, con atención excesiva, mirándola embebecidos, en íntima comunicación de sentidos y teclado, confiando secretos, buscando dopamina, validación, entendimiento, y una compañía que no encuentran más allá del celular y la IA?

    En la misma Creación se nos entregaron capacidades y objetos que servirían para el bien o el mal; desde una manzana hasta la IA. El Creador bien conocía nuestras limitaciones y por ello murió en La cruz, para expiar nuestros pecados. O, tal vez, dicho más simple, para dejarnos un mensaje de salvación en este valle de lágrimas. En síntesis, la tecnología, tal como la manzana, no es antinatural sino expresión de nuestra naturaleza. Así, no tiene sentido querer frenar aquello que ya nadie lo detiene; pues el único camino está adelante y no en un ayer obsoleto.

    Desde que el primer humano sopló sobre una brasa para avivar el fuego, hemos usado las herramientas que la Creación nos ofrece, no para dominarla, sino para dialogar con ella. La tecnología es nuestra segunda naturaleza: prolongación de la mano, la memoria y ahora la mente.

    Desafortunadamente muchos no sabrán darle buen uso a la IA; y simplemente se limitarán a hacerle el amor; a escapar de la realidad, manipulando, vigilando, generando adicción o aislándose y no para usar esta maravillosa herramienta que nos abre el camino hacia lo desconocido. Una herramienta que expande nuestras capacidades mentales y nos permitirá viajar a las estrellas.

    Pero esta herramienta maravillosa puede ser mucho más. Es una catapulta que expande nuestra creatividad y nos abre caminos hacia el mismo Universo. Gracias a ella, hoy escribo estas líneas y las complemento con ideas que antes me habrían tomado meses o años. Ya no necesito buscar en un diccionario de papel. La IA entrelaza a la humanidad y nos permite compartir el conocimiento acumulado de toda nuestra especie. Y esto apenas comienza.

    Al mismo tiempo que la IA es una herramienta a la par con un radiante y extraordinario amanecer y un potencial abismo. En ella se cumple la antigua parábola del bien y del mal. Estamos ante cambios exponenciales donde el futuro ya no es dentro de un siglo, sino mañana mismo. Esa es la realidad apocalíptica que ya vivimos.

    Esta realidad está en los inmensos cambios que enfrentamos en el nuevo mundo de avances exponenciales, en dónde el futuro es mañana mismo y no a un siglo.

    En fin, podemos seguir ‘haciendo el amor’ de forma superficial con la IA, o podemos enamorarnos de verdad: con entrega, respeto, curiosidad mutua y el deseo de ir juntos más lejos, hacia las estrellas. El mal o el bien no está en la manzana o en la AI sino dentro de cada uno y a todos nos ha sido concedida la capacidad de escoger el mejor camino.

    Cada día veo más inquietante como tantos se sientan en la mesa, el metro y tal, todos con la cabeza torcida hacia abajo, ignorando a quienes están cerca; y la pregunta que surge en mi es… ¿qué ocurrirá cuando el chip de la IA nos lo metan dentro; en la cabeza o tal vez en las pezuñas? En ese mañana próximo me pregunto… ¿a dónde fijaremos la mirada?

  • LGBT y liberalismo: el derecho a vivir sin pedir permiso

    LGBT y liberalismo: el derecho a vivir sin pedir permiso

    Hay una idea que se ha instalado tanto entre conservadores como entre ciertos sectores progresistas: que ser LGBT implica, casi automáticamente, pertenecer a una determinada corriente política. Como si la orientación sexual o la identidad de género llevaran incorporado un programa económico, una visión del Estado o una forma de entender la sociedad. Desde una perspectiva liberal, esa premisa es falsa.

    El liberalismo no pregunta con quién compartes tu cama. Pregunta algo mucho más importante: ¿quién tiene derecho a decidir sobre tu vida? Y la respuesta es sencilla: tú.

    El individuo antes que el colectivo

    La gran diferencia entre el liberalismo y gran parte de la política contemporánea es que el primero no comienza por los grupos. Comienza por la persona.

    No existen derechos «gays», «heterosexuales», «trans», «blancos», «negros» o «católicos». Existen derechos individuales.

    El derecho a la vida.

    El derecho a la propiedad.

    El derecho a contratar.

    El derecho a expresarse.

    El derecho a asociarse.

    El derecho a amar a quien uno quiera.

    No porque el Estado los conceda, sino porque pertenecen a cada ser humano por el solo hecho de serlo. Cuando entendemos esto, desaparece la necesidad de crear categorías privilegiadas o ciudadanos de distinta jerarquía.

    El enemigo nunca fue el mercado

    Existe una narrativa muy difundida según la cual el capitalismo habría sido históricamente enemigo de las personas LGBT, sin embargo, la realidad es bastante distinta. Quienes encarcelaban homosexuales no eran las empresas. Quienes prohibían determinadas relaciones no eran los comerciantes. Quienes perseguían judicialmente determinadas conductas eran los Estados con sus normativas sobre la sodomía, las prohibiciones matrimoniales, la censura, la persecución policial. Todo eso fue poder político, no el mercado.

    No significa que las empresas siempre hayan sido inclusivas. Muchas no lo fueron. Pero una empresa puede equivocarse y perder clientes; un Estado puede perseguirte con la fuerza. La diferencia no es menor.

    La libertad incluye el derecho a equivocarse

    Aquí aparece uno de los puntos más difíciles de aceptar para muchos activistas. Un liberal defiende el derecho de una pareja homosexual a abrir un negocio. Pero también defiende el derecho de otra persona a no querer contratar con ellos. Y defiende exactamente el mismo derecho en sentido inverso. La libertad de asociación funciona en ambas direcciones.

    No existe libertad si solo protege las decisiones que nos gustan. Aceptar esto cuesta porque hemos confundido igualdad ante la ley con obligación de aprobación social. Son cosas completamente distintas.

    La igualdad jurídica no garantiza el afecto

    Ninguna ley puede obligar a alguien a admirarte, ni respetarte o invitarte a su cumpleaños. Tampoco a enamorarse de ti. La función del Derecho no consiste en fabricar afectos, sino en impedir agresiones.

    Cuando el Estado intenta convertir la aprobación social en obligación jurídica, inevitablemente invade libertades ajenas.

    El problema de la política identitaria

    Paradójicamente, buena parte del activismo contemporáneo LGBT ha terminado reproduciendo exactamente aquello que decía combatir. En lugar de decir: «Somos individuos iguales.» dice: «Somos un colectivo diferente que necesita un tratamiento especial.» Ese cambio es enorme y equivocado, porque deja de reclamar igualdad para comenzar a reclamar privilegios o cupos. Pide representaciones obligatorias, subsidios específicos. Es lo que llamamos discriminación positiva, con sus leyes especiales, observatorios o directamente solicitar Ministerios, Secretarías y Programas.

    Todo ello supone más poder político administrando diferencias. Y cuanto mayor es el poder para clasificar personas, mayor es también el riesgo de arbitrariedad.

    El orgullo no necesita permiso estatal

    Resulta llamativo que muchos gobiernos utilicen hoy la bandera arcoiris mientras mantienen enormes aparatos burocráticos que regulan la vida de millones de personas.

    El liberalismo propone algo distinto.

    No pide que el Estado celebre tu identidad. Pide algo mucho más modesto y, al mismo tiempo, mucho más revolucionario: que te deje vivir en paz.

    No hace falta un ministerio para amar. No hace falta un subsidio para formar una familia o una campaña oficial para desarrollar un proyecto de vida.

    Lo que hace falta es que nadie tenga poder para impedirlo.

    Más libertad significa más diversidad

    Las sociedades más libres suelen terminar siendo también las más diversas, pero no porque un gobierno diseñe esa diversidad, sino porque, cuando desaparecen las barreras legales, las personas comienzan a vivir como realmente desean.

    Algunos serán conservadores, otros progresistas. Habrá otros religiosos, ateos. Otroas más serán homosexuales, bisexuales o heterosexuales. Y ninguno necesitará justificar su existencia ante una autoridad política.

    El verdadero desafío

    Quizá el mayor desafío para las personas LGBT sea dejar de pensar que necesitan un protector permanente. Porque quien hoy dice proteger también puede decidir mañana controlar. La historia demuestra que el poder cambia de manos, pero los derechos individuales permanecen.

    Por eso el liberalismo no ofrece protección especial. Ofrece algo mucho más sólido, que es una regla igual para todos, la Igualdad ante la Ley. Que ningún gobierno pueda decirte cómo debes vivir. Que ningún funcionario pueda decidir qué identidad merece reconocimiento. Que ningún político pueda convertir tu vida privada en un instrumento de su campaña.

    El liberalismo no necesita una teoría específica sobre las personas LGBT.

    Porque no necesita teorías específicas sobre ningún grupo.

    Su pregunta siempre es la misma:

    ¿Estamos respetando la libertad y los derechos de cada individuo?

    Si la respuesta es sí, entonces poco importa el sexo de tu pareja, tu identidad, tu religión o tus preferencias personales. Eso deja de ser un asunto político para convertirse en lo que siempre debió ser: tu vida. Y solo tuya.

  • ¿El Rico Explota al Pobre?

    ¿El Rico Explota al Pobre?

    La dificultad en corregir la ausencia de lógica y entendimiento del socialismo yace en las palabras, esas que usamos, pero sin entenderlas, tal como “envidia, rico, capital” y tantas más.

    Wanjiru Njoya saca a relucir la frase popularizada por Mark Twain: “Hay tres clases de mentiras: la mentira, las mentiras de “#$%&%, y las estadísticas”.

    La narrativa de Njoya me conduce por caminos poco trillados por la inmensa mayoría, dentro de la cual pulula la torcida narrativa del supuesto socialismo que muchos colegios enseñan como “historia”; que como bien señala Njoya, son narrativas que causan perjuicios inimaginables pues son falaces. La lógica para desmentir la falsedad del socialismo no es complicada; lo triste es que no es asunto de lógica sino de intestinos… en las Escrituras le llaman “envidia”, la cual: “no es pecado menor”, sino uno destructivo que abre la puerta a otros males…” O como dijo Santiago en 3:16: “Donde hay envidia y rivalidad, allí hay confusión y toda obra mala”.

    La dificultad en corregir la ausencia de lógica y entendimiento del socialismo yace en las palabras; esas que usamos, pero sin entenderlas, tal como “envidia, rico, capital” y tantas más. Pregunta a tus prójimos que te definan “riqueza” o “capitalismo” y encontrarás que la equivocación nace no sólo en no entender las palabras sino en la suspicacia y en el sentido peyorativo al usar vocablos como capitalismo”.

    Confundimos al capitalismo con: la codicia; la ganancia desmedida; la explotación; los millonarios; las grandes empresas y la desigualdad.

    O como decía Marx: se trata de un sistema en el cual el que más tiene explota al que menos”.

    Y cuando dijo “el que más tiene”, no sólo hablaba de dinero sino de riqueza… ¡Uy!, desafortunadamente pocos saben que riqueza no es dinero sino aquello que es “rico”, bueno y que conduce buen destino.

    Se llama “capitalismo” al uso de los capitales humanos para lograr progreso, bienestar y adelanto. Los “capitales” se refieren a cosas como: ‘el capital humano’, que es el mayor de los capitales; los atributos personales que aumentan la capacidad productiva y el valor de la persona; es el conocimiento; la aptitud; salud; educación; comunicación, capacidad de liderazgo; disciplina; resiliencia; experiencia; capacidad de aprendizaje y así val el asunto.

    Y con la envidia viene el rechazo: a lo “privado” y al letrero que lee: “propiedad privada, no entre”, y ello produce rechazo a la exclusión del pobre. Pero, tristemente, no ven el verdadero significado del vocablo “propio”; tal como cuando decimos “propio es del ave volar” o del barco flotar y del matrimonio el amor.

    Entonces, ¿será cierta la generalización de que “el rico explota al pobre”. En alguna medida sí pero… las generalizaciones son odiosas; ya que con semejante manta arropas a tantos que no solo no explotan, sino que son los que más riqueza producen y sacan a los pobres de la pobreza.

    ¿Tienes idea del porcentaje del capital que usan los millonarios para vivir? El millonario típico vive con menos del 1% y ni hablar Elon Musk, que sólo usa el 0.01% de su capital para vivir. Es el error típico está en la suma cero de la economía; de tantos que creen que la riqueza es una cantidad fija que hay que repartirla. La riqueza no tiene más límite que el que le ponemos en ignorancia.

    Veamos el Panamá de 1848, en dónde la pobreza extrema era lo común; hasta que llegó una empresa privada y construyó el ferrocarril de Panamá y las cosas comenzaron a cambiar. Y sí, luego tuvimos la Guerra de los Mil Días; triste realidad sembrada en nuestro lúgubre pasado.

    Hoy, la pobreza ha ido en mengua y las oportunidades en aumento; aunque ese pasado de ignorancia y explotación politiquera todavía lo padecemos.

  • BIP-110: ¿Quién decide el uso correcto de Bitcoin?

    BIP-110: ¿Quién decide el uso correcto de Bitcoin?

    Cada cierto tiempo, Bitcoin deja de discutir sobre tecnología y vuelve a discutir sobre filosofía. Eso es exactamente lo que está ocurriendo con BIP-110.

    A primera vista, parece un debate técnico: cómo limitar el almacenamiento de datos arbitrarios en la blockchain, cómo reducir el «spam», cómo evitar que imágenes, tokens, inscripciones u otros contenidos ocupen espacio que muchos consideran destinado al dinero. Pero esa descripción es engañosa.

    La verdadera discusión no es qué tipo de datos deben entrar en Bitcoin, sino una de mayor profundidad filosófica que responde a ¿Quién tiene autoridad para decidir cuál es el uso correcto de Bitcoin?. Y esa ya no es una cuestión técnica. Nos involucra como liberales.

    El problema nunca fue el espacio.

    El espacio dentro de un bloque siempre fue escaso y eso lo supo quien sea Satoshi desde el primer día. Toda blockchain es, por definición, un recurso limitado. Y es justamente la escasez uno de los méritos, por lo cual el debate ha sido siempre cómo asignarla o gestionarla mejor dicho.

    Y Satoshi eligió una respuesta extremadamente simple para ello: es sólo el mercado. No un comité, tampoco un regulador o consejo de sabios.

    El mercado.

    Quien quiera utilizar espacio en un bloque debe competir pagando una comisión. Si millones desean usar la red al mismo tiempo, el precio sube. Si la demanda cae, el precio baja. Eso no es un defecto del sistema. Es precisamente su mecanismo de asignación.

    Lo que escribió Satoshi

    Muchos dentro de la comunidad sostienen que Bitcoin nació exclusivamente como dinero. Es cierto desde que el white paper habla de un sistema de efectivo electrónico entre pares.

    Pero también es cierto que, apenas unos días después del bloque génesis, Satoshi discutía públicamente aplicaciones mucho más amplias. En sus correos de enero de 2009 imaginaba pagos acompañados de mensajes, servicios de correo electrónico pagados con Bitcoin, mecanismos económicos para combatir el spam e incluso sistemas donde enviar un mensaje tuviera un costo precisamente para desalentar abusos.

    Lo interesante no es que imaginara esos casos de uso.Lo verdaderamente importante es cómo proponía resolver los problemas que ellos generaban. Nunca planteó prohibir esos usos. Lo que planteó es ponerles precio. En ese punto, el spam no debería combatirse mediante censura, sino por mecanismos de mercado, no la planificación central.

    Un pequeño documento histórico

    Permítannos ahora una experiencia personal. El 22 de diciembre de 2017, mucho antes de que existieran Ordinals, Runes o cualquier discusión parecida, decidimos utilizar CryptoGraffiti para grabar un mensaje navideño en la blockchain. No era una imagen. No era un NFT. No buscábamos especular.

    Simplemente nos fascinaba la idea de que un mensaje pudiera sobrevivir a las empresas, a nosotros, a los servidores y al paso del tiempo. Y pagamos por ello. ¿Por qué aparece en BCH? Porque en diciembre de 2017 el fork llevaba apenas cuatro meses. Muchísimos servicios seguían funcionando indistintamente con BTC y BCH, e incluso algunos migraron a BCH por las comisiones muchísimo más bajas.

    Y el mensaje quedó grabado.

    Éste fue el texto:

    «We believe that, like the Blockchain, our commitment with freedom and prosperity are forever and that our agreements and business relations are defined voluntarily by individuals.

    We trust this technology is returning the power to the people, making us more conscious, responsible and free. Let’s trust each other.

    Mr. John Bennett N., President, Mrs. Irene Giménez, General Manager, and the Staff at Goethals Consulting would like to wish you Seasons Greetings and Best Wishes for 2018.»

    9 años después ocurre algo curioso. CryptoGraffiti desapareció. El enlace original dejó de funcionar, como tantos servicios de Internet, el sitio quedó en el camino, pero el mensaje sigue existiendo y seguirá allí para la posteridad. No porque una empresa como Goethals lo conserve, ni porque exista una copia de seguridad. Sino porque quedó incorporado permanentemente a la blockchain.

    Puede verificarse todavía hoy en la transacción:

    TXID

    41f8540763550901d6325133b7b41f411274b988dfd571319f0335c4cf178575

    Fecha

    22 de diciembre de 2017.

    El mensaje puede verificarse en los primeros 23 outputs de la transacción, donde aparece codificado en hexadecimal dentro del pkscript.

    La empresa desapareció. La aplicación desapareció también, pero el protocolo permanece. Y ahí está precisamente la diferencia entre una aplicación y una infraestructura descentralizada.

    El error de fondo

    Los defensores de BIP-110 parten de una preocupación legítima e innegable. Muchos consideran que Ordinals, inscriptions, Runes y otros mecanismos están utilizando Bitcoin como almacenamiento permanente de datos, elevando costos y alejándolo de su función monetaria. Puede discutirse.

    No creemos que almacenar imágenes dentro de la blockchain sea el uso más interesante del espacio disponible, pero esa no es la cuestión.

    Porque incluso si aceptamos que se trata de un uso poco eficiente…la pregunta sigue siendo la misma: ¿Quién decide qué constituye un uso legítimo del espacio de bloque?

    Ahí aparece exactamente el problema que Friedrich Hayek describía como la pretensión del conocimiento. Alguien supone conocer mejor que millones de usuarios cuál debería ser el destino «correcto» de un recurso escaso. Es el mismo error intelectual que Hayek criticó durante toda su vida.

    El mercado ya tiene un mecanismo.

    Los economistas en general y los entusiastas de Bitcoin, sobre todo los nuevos adoptantes, suelen olvidar algo elemental, que Bitcoin ya posee un sistema para asignar espacio. Se llama fee market.

    Si alguien desea gastar cientos de dólares para grabar una fotografía en la blockchain, aunque nos parezca absurdo ese gasto, lo cierto es que no está confiscando espacio. Lo está comprando.

    Exactamente igual que quien alquila un cartel publicitario para anunciar un producto ridículo. Podremos reírnos de su decisión, pero no por ello vamos a crear un Ministerio del Uso Correcto de las Vallas Publicitarias.

    El conocimiento que nadie posee

    Hay otro aspecto todavía más importante, incluso mencionado por Satoshi en sus correos, no en estos términos, pero sí insinuado: Nadie sabe para qué servirá Bitcoin dentro de veinte años.

    En 1993 nadie imaginó YouTube.

    En 1995 nadie imaginó Uber.

    En 2005 nadie imaginó ChatGPT.

    ¿Por qué alguien cree poder anticipar todos los usos futuros de una red monetaria descentralizada?Quizá dentro de una década existan aplicaciones que hoy parecen absurdas y que dependan precisamente de la posibilidad de incluir determinados datos en la cadena. O quizá no. En realidad nadie lo sabe. Y precisamente por eso resulta peligroso cerrar puertas desde hoy.

    Bitcoin nunca pidió permiso

    Hay una diferencia enorme entre decir: «No me gusta este uso de Bitcoin.» Y decir: «Ese uso debería dejar de ser posible.» Mientras que la primera es una opinión, la segunda modifica las reglas del juego para todos.

    Bitcoin jamás prometió que todos utilizarían la red de forma inteligente. Sostuvo algo mucho más revolucionario: que nadie necesitaría permiso.

    La lección liberal

    El verdadero conflicto de BIP-110 no enfrenta a monetaristas contra partidarios de Ordinals. Enfrenta dos formas completamente distintas de entender una sociedad libre.

    Una sostiene que los recursos escasos deben asignarse mediante decisiones descentralizadas tomadas por millones de individuos que pagan el costo de sus elecciones.

    La otra sostiene que ciertos usos son objetivamente superiores y que el protocolo debe reflejar esa preferencia.

    La primera confía en el mercado, pero la segunda, aunque persiga un objetivo noble, termina peligrosamente confiando en un comité.

    Y la historia económica lleva más de dos siglos enseñándonos cuál de las dos ideas genera más libertad.

    Porque el día que Bitcoin deje de preguntarse simplemente si una transacción cumple las reglas y empiece a preguntarse si le gusta el propósito para el cual fue creada, habrá empezado a parecerse demasiado al sistema del que intentó escapar.


    Una reflexión final

    No afirmamos que Satoshi hubiera apoyado los Ordinals. Nadie puede hablar en su nombre. En 2009 ni siquiera existía esa discusión. Además, como hemos demostrado con nuestra propia experiencia personal, la utilización de una blockchain para preservar información no nació con Ordinals. Existía muchos años antes. Había usuarios (como nosotros) que ya estaban dispuestos a pagar por ello.

    Lo que sí muestran los mails de Satoshi es una intuición constante: cuando aparecía un problema de abuso, su primera reacción no era preguntar qué debía prohibirse, sino qué incentivos económicos podían alinearse para que el propio sistema lo resolviera. Esa diferencia es enorme, porque revela dos maneras opuestas de pensar. Una confía en que unas pocas personas pueden decidir el uso correcto de un recurso escaso. La otra confía en que millones de individuos, actuando libremente y enfrentando los costos de sus propias decisiones, descubrirán por sí mismos los mejores usos posibles.

    Si algo distingue a Bitcoin desde su nacimiento, es precisamente esa segunda idea. Y quizá ese sea el legado más profundo de Satoshi Nakamoto: no haber diseñado un protocolo para imponer un propósito, sino un mercado donde el propósito emerge de la libertad de quienes lo utilizan.

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  • Chloe VS History y UtopAI, competidores de Hollywood en imaginación

    Chloe VS History y UtopAI, competidores de Hollywood en imaginación

    Durante décadas, producir una recreación histórica convincente exigía presupuestos millonarios, equipos de filmación, actores, vestuario, especialistas en efectos visuales y meses de trabajo. Hoy, una sola persona con acceso a herramientas de inteligencia artificial puede crear algo que hace apenas cinco años habría requerido un estudio completo. Eso es exactamente lo que representa Chloe VS History, uno de los fenómenos más llamativos de YouTube en 2026.

    El canal sigue a Chloe, una influencer completamente generada por IA que «viaja» a través de distintos momentos históricos: el Titanic, la Antigua Roma, Pompeya, el Londres Tudor o el Antiguo Egipto. El formato combina la narrativa típica de una bloguera moderna con reconstrucciones históricas generadas por inteligencia artificial. El resultado ha acumulado millones de visualizaciones y cientos de miles de seguidores.

    Detrás del proyecto está Jonathan Laramy, quien abandonó su empleo para dedicarse a tiempo completo a la producción de contenido generado por IA. Lejos de la imagen popular de «escribir un prompt y apretar un botón», Laramy describe un proceso complejo que combina guiones, generación de imágenes, animación, edición, revisión histórica y múltiples iteraciones. Algunos episodios en Chloe vs History tardan semanas en completarse y cuestan cientos o incluso más de mil dólares en créditos y herramientas.

    El motor detrás del fenómeno: UtopAI y PAI 2.0

    Gran parte de esa capacidad proviene de UtopAI Studios, una empresa especializada en producción audiovisual mediante IA. Su plataforma PAI 2.0 y su evolución comercial, PAI Pro, buscan ofrecer una infraestructura completa para crear películas, documentales y narrativas visuales mediante agentes de inteligencia artificial. La empresa sostiene que no se trata simplemente de un generador de video, sino de un sistema integral de orquestación narrativa capaz de transformar guiones en secuencias cinematográficas coherentes.

    Lo verdaderamente interesante no es la herramienta en sí, sino lo que implica.

    Durante más de un siglo, la producción audiovisual estuvo limitada por enormes barreras de entrada. La tecnología, el capital y las redes de distribución estaban concentrados en unos pocos actores. Hollywood, las grandes cadenas de televisión y los grandes estudios poseían algo parecido a un monopolio práctico sobre la producción masiva de historias visuales.

    La IA está destruyendo ese monopolio.

    La destrucción creativa llega al entretenimiento

    Desde una perspectiva liberal clásica, lo que estamos observando es un ejemplo perfecto de lo que Joseph Schumpeter llamaba destrucción creativa.

    La innovación tecnológica reduce drásticamente los costos de producción y permite que individuos compitan con organizaciones gigantescas. Lo mismo ocurrió cuando Internet desafió a los periódicos, cuando YouTube desafió a las cadenas televisivas o cuando Spotify desafió a las discográficas.

    Ahora le toca al cine y a la producción audiovisual.

    El aspecto más disruptivo no es que la IA genere imágenes. Lo realmente revolucionario es que permite que una persona sin estudios de cine, sin acceso a capital institucional y sin infraestructura propia produzca contenido que millones de personas consideran suficientemente atractivo como para dedicarle horas de atención.

    Los críticos tienen razón… parcialmente

    Los detractores señalan algo importante: la precisión histórica.

    Diversos análisis han detectado errores, anacronismos y reconstrucciones discutibles. Incluso el propio creador reconoce que los modelos pueden introducir relojes modernos, gafas de sol u otros elementos fuera de época. La crítica es válida.

    Pero también conviene recordar que Hollywood lleva décadas produciendo películas históricas plagadas de errores, sesgos ideológicos y reconstrucciones ficticias. La diferencia es que esas producciones costaban cientos de millones de dólares.

    La cuestión no es si la IA comete errores. La cuestión es quién decide cuáles son aceptables y cómo el mercado recompensa o castiga a quienes los producen.

    El verdadero cambio

    Quizá el aspecto más importante de Chloe VS History no sea tecnológico sino cultural.

    Por primera vez estamos viendo personajes que no existen físicamente convertirse en creadores de contenido con audiencias masivas. Chloe no es una actriz. No es una influencer. No es una persona.

    Es una propiedad intelectual construida mediante software.

    Muchos observan esto con temor. Sin embargo, desde una perspectiva liberal, lo relevante es otra cosa: la posibilidad abierta a millones sobre la capacidad de crear.

    La historia de Jonathan Laramy no es la historia de una máquina reemplazando a un humano.

    Es la historia de un individuo utilizando nuevas herramientas para competir en un mercado donde antes habría sido imposible entrar.

    Y si algo enseña la historia económica es que las sociedades más libres prosperan precisamente cuando la tecnología permite a más personas desafiar a los actores establecidos.

    Hollywood debería prestar atención, pero no porque la IA vaya a destruir el cine, sino porque, como ocurre siempre en los mercados libres, los monopolios de ayer rara vez sobreviven a las innovaciones de mañana.

  • Brexit: a diez años, el balance que la mirada liberal no puede evadir

    Brexit: a diez años, el balance que la mirada liberal no puede evadir

    Hoy se cumplen exactamente diez años del referéndum del 23 de junio de 2016, y la fecha llega cargada de simbolismo: Keir Starmer, el séptimo primer ministro británico desde aquel día, presentó su renuncia apenas 24 horas antes del aniversario. Una década de inestabilidad en Downing Street —seis cambios de liderazgo, cinco conservadores y un laborista— resume mejor que cualquier discurso lo que el Brexit ha sido en términos políticos: una herida que no termina de cerrar. Conviene, en este aniversario, hacer un balance sin trampas, desde una perspectiva liberal que valore tanto la soberanía democrática como los costos reales de las decisiones, y que esté dispuesta a la autocrítica cuando los hechos lo exijan.

    La cuenta económica: más cara de lo prometido

    El dato más citado en estos días proviene de un estudio elaborado por el economista Nick Bloom, de Stanford, junto con economistas del Banco de Inglaterra, que tuvieron acceso a datos internos de la institución. Su conclusión, publicada justo antes del aniversario: los datos a nivel de empresa apuntan a una pérdida del PIB del 6% en diez años, mientras que estudios más amplios sugieren un promedio del 8%. El propio gobernador del Banco de Inglaterra, Andrew Bailey, ha admitido en público que el nivel de actividad y crecimiento de la economía fue menor a causa de la salida del mercado único. Bloom añade un matiz importante para cualquier liberal honesto: el Reino Unido crecía con fuerza antes del Brexit y podría haber mantenido, al menos en parte, el ritmo de Estados Unidos de no haber salido de la UE.

    Las nuevas relaciones comerciales prometidas como compensación tampoco han llegado a la magnitud anunciada. Según las propias estimaciones del gobierno británico, el acuerdo con Australia añadirá apenas un 0,08% al PIB a largo plazo, el de Nueva Zelanda un 0,03%, y el acuerdo con India, presentado como una gran victoria estratégica, apenas un 0,13%. El ingreso al CPTPP, celebrado como prueba de la nueva «Global Britain», entra en la misma categoría: simbólicamente relevante, económicamente marginal.

    La promesa incumplida que más duele: la inmigración

    Si hay un terreno donde la autocrítica liberal debe ser más severa, es la inmigración, precisamente porque era la bandera con la que el Brexit ganó el referéndum. Las cifras oficiales muestran que, lejos de reducirse, la migración neta alcanzó cerca de un millón de personas en 2023 antes de descender a 308.000 en 2025, con un cambio de composición —menos europeos, más migración extracomunitaria— pero no necesariamente con el control prometido en aquel autobús de campaña. Para un liberal clásico, esto no debería sorprender: el problema nunca fue Bruselas como tal, sino la falta de una política migratoria coherente, algo que la soberanía recuperada no resolvió automáticamente. Recuperar la capacidad legal de decidir no equivale a ejercerla bien.

    Soberanía regulatoria: la autonomía que pocos usan

    Aquí está, quizás, la autocrítica más incómoda para el liberalismo que defendió el Brexit en nombre de la desregulación. El Reino Unido recuperó, en teoría, plena capacidad para legislar fuera del marco de Bruselas. En la práctica, gran parte del tejido empresarial británico sigue alineándose voluntariamente con los estándares europeos, porque la UE sigue siendo, con diferencia, su mayor socio comercial y el costo de divergir resulta mayor que el beneficio. La soberanía formal existe; la revolución desreguladora que muchos brexiters de inspiración libertaria imaginaron, no. El llamado «efecto Bruselas» demostró ser más fuerte que la retórica de la independencia regulatoria.

    Geopolítica: de potencia continental a potencia media

    Desde la óptica geopolítica, el Brexit obligó al Reino Unido a redefinirse como una potencia media que apuesta por la angloesfera, los acuerdos de defensa bilaterales y un acercamiento estratégico al Indo-Pacífico, en lugar de actuar como ancla atlántica de un bloque continental de 450 millones de habitantes. Ha recuperado asientos propios en foros donde antes hablaba a través de Bruselas, pero también ha perdido el peso negociador que solo da formar parte del mercado único más grande del mundo. Los acuerdos recientes con la UE sobre Gibraltar, electricidad y cohesión territorial —todavía en negociación en este 2026— sugieren, de hecho, un lento proceso de realineamiento técnico que contradice la narrativa de ruptura total.

    Lo que de verdad piensan los británicos

    Y aquí aparece la paradoja que ninguna mirada liberal honesta puede ignorar: el malestar con los resultados del Brexit convive con un giro hacia el populismo euroescéptico más duro. Dos encuestas de Ipsos citadas por Associated Press muestran que el 52% de los británicos querría volver a unirse a la UE, frente a un 33% que se opone, y sin embargo Reform UK, el partido de Nigel Farage —el rostro histórico de la campaña por el Brexit—, encabeza las encuestas nacionales con cerca de un 27% de intención de voto. El electorado británico no está pidiendo más liberalismo de mercado ni más apertura: buena parte del malestar se canaliza hacia un nacionalismo proteccionista en torno a la inmigración y la identidad, no hacia la agenda de libre comercio y desregulación que muchos liberales esperaban del «Brexit bien hecho».

    El veredicto liberal sobre el Brexit, sin coartadas

    Una valoración intelectualmente honesta no puede limitarse a decir «yo lo advertí» desde ningún bando. Quienes defendieron el Brexit como ejercicio de autodeterminación democrática tenían razón en el principio —ningún liberal debería sentirse incómodo con que un pueblo decida, en referéndum, los términos de su asociación política—, pero deben reconocer que la promesa de una Gran Bretaña más libre, más desregulada y más próspera no se ha cumplido ni de lejos en la magnitud anunciada. Quienes se opusieron tenían razón en el diagnóstico económico, pero a menudo ignoraron, y siguen ignorando, que el malestar democrático con un bloque percibido como distante y opaco era legítimo y no se resuelve solo con cifras de PIB. El Brexit no fracasó por exceso de soberanía, sino por defecto de un programa liberal que la aprovechara. Diez años después, el Reino Unido tiene más control formal sobre sus leyes y menos crecimiento, más fronteras simbólicas y casi la misma inmigración, más discursos de independencia y menos margen real de maniobra frente a sus vecinos. Esa es la cuenta que ningún bando puede maquillar.

  • La Gran Convergencia: cuando Wall Street se pone el disfraz de Satoshi

    La Gran Convergencia: cuando Wall Street se pone el disfraz de Satoshi

    Jay Jacobs, jefe de ETF de renta variable de BlackRock, lo dijo sin sonrojarse en el podcast Chain Reaction: tres cuartas partes de los compradores del IBIT nunca habían tenido un ETF antes. La frase suena a victoria para el bitcoiner casual. Léase de nuevo. No dice que TradFi entró en Bitcoin. Dice que Bitcoin está metiendo gente nueva en TradFi, y que una vez dentro, esos inversores acaban comprando el S&P 500 de BlackRock, el oro de BlackRock y, por qué no, el ETF de inteligencia artificial de BlackRock. En la gestora más grande del planeta a esto lo llaman, sin ironía, la «Gran Convergencia».

    Conviene tomarse en serio el nombre, porque describe con precisión lo que está ocurriendo: la disolución deliberada de la frontera entre cripto y el sistema que cripto nació para esquivar. Jacobs lo resume con una frase que cualquier minarquista debería subrayar en rojo: cada vez se va a hablar menos de TradFi contra DeFi y mucho más de TradFi y DeFi. No es una predicción neutral. Es un programa corporativo. Y como todo programa corporativo bien diseñado, no necesita prohibir nada: solo necesita volverse indispensable.

    El embudo, no la puerta

    El relato oficial desde 2024 era que el ETF al contado abriría las puertas de Bitcoin a los inversores tradicionales, demasiado prudentes o demasiado regulados para tocar una wallet. Jacobs admite ahora que el flujo es bidireccional, pero la dirección que a BlackRock le interesa de verdad es la otra: usar el imán de Bitcoin para atraer capital hacia su catálogo completo de productos indexados. El IBIT no es un servicio que BlackRock presta a los bitcoiners. Es un anzuelo con el que BlackRock pesca clientes nuevos para sí misma. Con 48.000 millones de dólares en activos y más de 765.000 BTC bajo su paraguas, ya no hablamos de un experimento de nicho: hablamos de la mayor operación de captura narrativa que ha sufrido el dinero digital desde su nacimiento.

    El cypherpunk original quería eliminar al intermediario de confianza. La Gran Convergencia hace exactamente lo contrario: instala al intermediario de confianza en el centro de la ecuación y le pone un wrapper de ETF para que parezca progreso. El propio Larry Fink llamó una vez a Bitcoin un «índice de lavado de dinero»; hoy lo vende como cobertura frente a la inestabilidad de la deuda soberana que sus propios fondos ayudan a sostener. La conversión no es ideológica. Es comercial. Y eso, para quien crea en la coherencia de los principios, debería ser motivo de alarma, no de celebración.

    La paradoja que nadie quiere nombrar

    Aquí está la trampa que el optimismo institucional prefiere no mirar de frente: para que Bitcoin alcance la escala que sus defensores siempre soñaron, tiene que pasar por las manos de las mismas estructuras centralizadas que estaba diseñado para volver irrelevantes. Cuantas más acciones de IBIT se venden, menos claves privadas se generan. Cuanto más cómodo resulta el ETF, menos gente aprende a custodiar lo propio. El bitcoiner que compra IBIT no posee Bitcoin: posee un derecho contractual sobre Bitcoin que custodia un tercero, sujeto a las mismas reglas, los mismos reguladores y los mismos riesgos de contraparte que el sistema bancario que Satoshi quiso esquivar en 2008. Es la diferencia exacta entre tener la llave y tener el recibo de quien tiene la llave.

    El ejemplo de la OPI de SpaceX, citado por el propio Jacobs, ilustra hacia dónde apunta todo esto: futuros perpetuos pre-OPI y acciones tokenizadas que llevan el volumen de operaciones de mil millones a veintidós mil millones de dólares en semanas. No es democratización del capital privado. Es la tokenización de los privilegios de Wall Street, envuelta en jerga blockchain para que la absorba sin resistencia una generación que asocia «cripto» con libertad. Convergencia, en efecto. Pero convergencia hacia el centro, no hacia los márgenes.

    Lo que está realmente en juego

    Nada de esto significa que el precio no vaya a subir, ni que la adopción institucional carezca de mérito como hecho de mercado. Significa que el éxito medido en dólares bajo gestión y el éxito medido en soberanía individual son, cada vez más, dos métricas que avanzan en direcciones opuestas. BlackRock no necesita destruir el ideal cypherpunk para neutralizarlo: le basta con financiarlo, empaquetarlo y cotizarlo en bolsa. Es la vieja lección minarquista aplicada a la era digital: el Estado y sus grandes operadores financieros rara vez prohíben aquello que pueden absorber y rentabilizar.

    La autocustodia sigue siendo, hoy como en 2009, el único acto que distingue a un propietario de Bitcoin de un accionista de BlackRock con extra de marketing. Todo lo demás —el ETF, el podcast, la «Gran Convergencia»— es Wall Street aprendiendo a hablar cypherpunk para vender, una vez más, la misma dependencia de siempre.

  • ¿Capitalismo de compinches?¿O “socialismo de compinches”?

    ¿Capitalismo de compinches?¿O “socialismo de compinches”?

    Todo gobierno obeso, sea de izquierda o derecha, deja de ser capitalismo; que es lo que ocurre en nuestra querida Panamá. El socialismo es perverso esté donde esté. También podemos llamarle Socialismo de Compinches , porque el problema con hablar de “capitalismo de compinches” es que no tiene sentido ya que si es de “compinches” entonces deja de ser capitalismo dado que, de una forma u otra, se trata de rechazo de lo que realmente es el mercado. En otras palabras, si mezclas al capitalismo con el socialismo, deja de ser capitalismo ya que no hay tal cosa como un capitalismo con aderezo de socialismo ya que sería análogo a una mujer levemente embarazada.

    Yuri, que es profesor de economía en la universidad en Carthage en Wisconsin, trabajó en el gobierno soviético en un puesto de investigación y se escabulló de la Unión Soviética en 1989; habiendo participado en la comisión del presidente Gorbachev en su programa de reforma conocida como perestroika.

    En la universidad de Carthage Yuri dejó de asistir a las reuniones de docentes porque como dice Yuri, “eran tan molestas como los parquímetros”. En ello, el presidente de la universidad le pidió que, por favor, asistiese a las reuniones docentes pues el futuro de la civilización del oeste estaba en juego. Y es que en la actualidad en los EE.UU., y particularmente el partido que osa llamarse “demócrata” ha dado un giro brusco y terrorífico hacia el comunismo; y al decir esto me salté el vocablo “socialismo” por la razón que ya señalé: «que no hay tal cosa como mujeres medio embarazadas» a lo cual añado que, en carreteras de dos vías en sentido contrario uno no debe conducir en el medio de los dos carriles.

    Hoy día gran parte de los medios informativos auspiciados por la naciente tendencia comunista gringa, tienen gran dominio; en el cual han llegado al extremo de vilipendiar al nacimiento de la democracia estadounidense, alegando que no fue virtuoso sino perverso. Y Yuri llega a comentar que parecido a los medios “informativos”, los cuales parecen más programas de comediantes, lo mismo está ocurriendo en los EE.UU.

    Y un parte de la explicación de la realidad que está contribuyendo o facilitando el deslizamiento gringo a la izquierda, camino al comunismo, es la misma mentalidad que dio alumbramiento o, diría ya, oscurecimiento, a la ideología del “centro de la carretera” o comunismo leve o, o como originalmente acuñaron la frase los cómicos mejicanos Los Polivoces en la década de 1970: “ni con la izquierda ni la derecha sino todo lo contrario”. Y es que tomar semejante posición no conduce a un pueblo a buen destino.

    Decir que el “socialismo” o la pendiente resbalosa hacia el comunismo no es resbalosa y conduce al comunismo es tontería; tal como ocurre con tantos drogadictos. Hoy día son muchos despistados que dicen algo como: “tranquilo, prueba esta pastillita que te pondrá feliz y no es tan mala como dicen.” Y, sostengo yo, que lo que señalo nace con el rechazo a lo que llamamos “capitalismo o extrema derecha”; ya que son muchos los que no ven ni entienden que en tantos sitios, tal como en Panamá, lo que padecemos no es de capitalismo sino de socialismo de compinches. Es un rechazo a algo muy perverso. ¡Sí!, estoy de acuerdo, pero es desconocer la el origen de la patología.

    En fin, y como bien dice Yuri que tantos cacarean por allí: “Y sé que te disgusta la putrefacción gubernamental de derecha que tenemos, y lo que te propongo es: ¿Por qué no probar el socialismo…” tal vez no sea tan malo.

  • 16,5 BTC recuperados. Responsabilidad y cooperación voluntaria

    16,5 BTC recuperados. Responsabilidad y cooperación voluntaria

    El 16 de junio, el especialista argentino Marcelo R. Bianchi (@marcebit) anunció algo que pocos en el ecosistema bitcoiner se atrevían a dar por descontado: una wallet de Bitcoin Core cifrada en 2013, con 16,5 BTC dentro —hoy más de un millón de dólares—, había sido recuperada después de más de un año de convocatoria pública. La solución llegó apenas cinco días después de que Bianchi trasladara el caso de un grupo cerrado de Facebook a Reddit y X. Un colaborador anónimo, ajeno al grupo de Telegram que coordinaba los intentos organizados, dio con la contraseña: «pera5durasnopera5lus». Bianchi lo recompensó con 0,5 BTC, unos 32.500 dólares.

    Es una historia pequeña en apariencia, casi anecdótica. Pero condensa, mejor que cualquier manifiesto, los tres pilares que hacen de Bitcoin un experimento político y no solo financiero: la cooperación voluntaria, la descentralización radical y la responsabilidad ineludible que implica ser dueño absoluto de algo.

    Cooperación sin mandato

    Nadie obligó a nadie a participar en este caso. Bianchi no tenía autoridad sobre el colaborador anónimo, no firmó un contrato, no medió ningún tribunal ni regulador. Hubo un problema, un incentivo claro —0,5 BTC— y una convocatoria abierta a quien quisiera intentarlo. Eso es todo. La coordinación emergió de community Telegram, hilos de Reddit y publicaciones en X: arquitectura horizontal, sin jerarquía formal, sostenida únicamente por el interés mutuo de las partes.

    Esto no es un detalle técnico, es el corazón de la ética cypherpunk: las soluciones no necesitan venir de una institución con poder de coerción. Pueden surgir del intercambio voluntario entre desconocidos que jamás se verán las caras. El mercado de recompensas por resolver problemas criptográficos funciona porque no depende de la confianza en una autoridad central, sino del cálculo racional de incentivos entre individuos libres.

    Descentralización: ni rescate ni intermediario

    Ningún banco, ninguna casa de cambio, ningún Estado pudo —ni tuvo que— intervenir para que esos 16,5 BTC volvieran a manos de su propietario. No hubo «atención al cliente» que restableciera el acceso, ni proceso judicial, ni siquiera una empresa privada de recuperación con jurisdicción reconocida. La solución fue puramente criptográfica y social: alguien con el conocimiento adecuado encontró la clave correcta para un candado que solo el propio sistema, sin permiso de terceros, puede validar.

    Esa es precisamente la promesa —y la dureza— de Bitcoin. No hay un libro de reclamos. No hay un «olvidé mi contraseña» que active un protocolo de verificación de identidad respaldado por el Estado o entidad centralizada. El protocolo no negocia, no empatiza, no hace excepciones. Lo que cifra, permanece cifrado hasta que la matemática lo permita, sin importar cuán legítimo sea el reclamo de quien perdió el acceso.

    El precio de no tener intermediarios

    Aquí está el costado incómodo que muchos evangelistas prefieren minimizar: la autocustodia es libertad, pero también es responsabilidad total, sin red de contención. Según Chainalysis, cerca del 20% del suministro circulante de bitcoin está permanentemente perdido por errores de gestión de claves. Ariel, el propietario de esta wallet, pasó más de una década sin acceso a su propio dinero por una contraseña que ni él mismo recordaba con precisión.

    Eso no es un fallo del sistema. Es el sistema funcionando exactamente como fue diseñado. Cuando uno elige prescindir de bancos, custodios y reguladores, también prescinde de sus mecanismos de rescate. No hay un «frase de recuperación» institucional cuando la propia persona es la única institución. La soberanía financiera plena —ser tu propio banco— no es un eslogan de marketing: es una transferencia completa de riesgo desde el sistema hacia el individuo.

    El caso de los 16,5 BTC terminó bien, casi por casualidad: un archivo conservado, una contraseña parcialmente recordada, una comunidad dispuesta a colaborar a cambio de un incentivo razonable. Pero el final feliz no debería oscurecer la lección estructural. La propiedad sin intermediarios es la forma más pura de libertad económica disponible hoy. También es, sin matices, enteramente tuya para perder. Y por eso mismo es, quizás, el ejercicio de responsabilidad individual más exigente que existe: la contrapartida inevitable de toda libertad real.

  • El Estado no es tu hincha: reflexiones sobre el decreto mundialista

    El Estado no es tu hincha: reflexiones sobre el decreto mundialista

    El presidente José Raúl Mulino firmó este martes el Decreto Ejecutivo N.° 19, lo llamaremos el decreto mundialista, mediante el cual ordenó el cierre de todas las oficinas públicas nacionales y municipales a partir de las 2:00 de la tarde del miércoles, para que los servidores del Estado puedan ver el debut de la Selección Nacional en el Mundial 2026. El Ministerio de Educación fue un paso más allá: suspendió también las clases vespertinas y nocturnas en colegios oficiales y privados.

    Nadie discute el orgullo legítimo que genera ver a Panamá en una Copa del Mundo. Es un logro deportivo real, merecido y celebrable. Pero una cosa es que los panameños festejen —como individuos libres que son— y otra muy distinta es que el Ejecutivo convierta el entusiasmo colectivo en un decreto con fuerza de ley, que suspende procedimientos administrativos, paraliza trámites y afecta plazos legales bajo la Ley 38 de 2000. Ahí es donde la celebración termina y el análisis debe comenzar.

    El tiempo del Estado no es tiempo libre

    Existe una confusión conceptual que este decreto hace explícita: el supuesto de que el tiempo de los funcionarios públicos puede ser redistribuido a voluntad del Ejecutivo según las circunstancias del momento. Pero los servidores públicos son pagados por los contribuyentes para prestar servicios específicos durante horarios definidos. Cada hora que no se trabaja tiene un costo real: el ciudadano que necesitaba renovar un documento, la empresa que aguardaba una resolución, el trámite judicial que quedó suspendido. Ese costo no desaparece porque el decreto no lo mencione.

    Desde una perspectiva liberal clásica, el Estado existe para garantizar condiciones mínimas de orden, seguridad y justicia —no para gestionar el estado de ánimo de la población. Cuando el Ejecutivo firma un decreto ordenando a todo el aparato burocrático pausar sus funciones para ver un partido de fútbol, no está siendo cercano al pueblo: está confundiendo su rol con el de animador social, y lo hace a expensas del contribuyente.

    El populismo de la euforia

    Este tipo de gestos no son neutrales. Tienen una lógica política clara: identificar al gobierno con el sentimiento popular más inmediato y visible. El presidente no pierde nada firmando ese decreto —al contrario, gana aplausos fáciles— pero la factura la pagan quienes dependen de los servicios suspendidos y quienes financian con sus impuestos cada hora improductiva del aparato estatal.

    El liberalismo clásico advierte precisamente sobre este mecanismo: el uso del poder público para construir legitimidad emocional en lugar de institucional. Una administración que respeta genuinamente al ciudadano no necesita decretar que se detenga el país para parecer humana. Le basta con cumplir su función con eficiencia y dejar que cada panameño decida cómo y con quién ver el partido.

    Libertad sin decreto

    Nada en este análisis implica que el fútbol sea irrelevante o que la selección no merezca respaldo. Lo que se cuestiona es el mecanismo. Un Estado respetuoso de la libertad individual no necesita decretar el entusiasmo: lo permite. La diferencia no es menor. En el primer caso, el gobierno actúa como tutor que concede permiso para celebrar. En el segundo, el ciudadano es un adulto que organiza su tiempo como considera conveniente.

    Si un empleado privado quiere salir temprano del trabajo para ver el partido, negocia con su empleador. Si un funcionario quiere hacer lo mismo, debería tener el mismo derecho —como individuo—, sin que el presidente de la República tenga que paralizar con un decreto toda la maquinaria del Estado para hacer posible lo que debería ser una decisión personal.

    Panamá en el Mundial es motivo de alegría. Pero la alegría no necesita decreto. Y cuando el Estado empieza a legislar sobre cuándo y cómo celebrar, algo esencial sobre la relación entre el gobierno y el ciudadano se ha invertido silenciosamente.