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  • BIP-110: el día en que Bitcoin rechazó a sus salvadores

    BIP-110: el día en que Bitcoin rechazó a sus salvadores

    BIP-110 pretendía proteger Bitcoin de quienes, según sus promotores, estaban desviándolo de su verdadera misión. Terminó demostrando algo bastante más importante: que Bitcoin no tiene custodios autorizados para definir esa misión.

    La propuesta, denominada Reduced Data Temporary Softfork, buscaba restringir durante aproximadamente un año la incorporación de imágenes, textos y otros datos considerados “no monetarios” dentro de las transacciones. Para ello endurecía las reglas de consenso: limitaba el tamaño de determinados campos, restablecía un máximo de 83 bytes para OP_RETURN y restringía algunas posibilidades de Taproot. Su argumento era reconociblemente bitcoiner: la cadena debía ser dinero sólido, no un depósito universal de archivos; el almacenamiento arbitrario encarecía el espacio de bloque, aumentaba las exigencias para operar nodos y podía desplazar los pagos genuinos.

    La preocupación no era absurda. La respuesta sí resultó profundamente discutible.

    Porque una cosa es sostener que Bitcoin debe preservar su carácter monetario, advertir sobre el crecimiento de la cadena o configurar voluntariamente un nodo para no retransmitir ciertas transacciones. Otra muy distinta es convertir esa preferencia en una nueva regla de consenso que declare inválidas transacciones que hasta entonces eran válidas, pagaban su comisión y no quebrantaban ninguna regla existente.

    BIP-110 no se limitaba a combatir el spam. Quería establecer, mediante consenso técnico, qué usos de Bitcoin merecían ser considerados legítimos. Su propia redacción hablaba de “abuso de datos”, de “usos dañinos” y de la necesidad de “reenfocar” Bitcoin hacia su verdadera finalidad. Pero una red sin autoridad central no dispone de un ministerio encargado de interpretar la intención del fundador. Mucho menos de clasificar las transacciones según su dignidad moral.

    Y aquí comienza la parte verdaderamente satoshiana de la historia.

    Una propuesta no es una ley

    BIP significa Bitcoin Improvement Proposal. Que una propuesta reciba un número y sea incorporada al repositorio de BIPs no significa que Bitcoin la haya aprobado. El propio repositorio advierte expresamente que publicar un BIP no implica que sea una buena idea, que exista consenso o que vaya a adoptarse. Es un mecanismo para documentar propuestas, no un parlamento y mucho menos un boletín oficial.

    BIP-110 establecía una vía de activación peculiar. Los mineros podían señalar su apoyo mediante el bit 4 y, si al menos 1.109 de los 2.016 bloques de un período —el 55 %— lo hacían, la propuesta quedaría encaminada hacia la activación. Pero si ese apoyo no aparecía, el mecanismo no se detenía: al llegar al bloque 961.632, los nodos que ejecutaban BIP-110 comenzarían a rechazar todos los bloques que no señalizaran la propuesta.

    Es decir, el 55 % era la vía amable. Si no se alcanzaba, llegaba la activación obligatoria para quienes hubieran instalado ese software.

    La aspiración era reproducir la lógica de una UASF, una user-activated soft fork: los usuarios, mediante sus nodos, endurecerían las reglas y obligarían a los mineros a adaptarse para no perder el mercado. Sus defensores invocaban el precedente de SegWit en 2017.

    Pero un ultimátum solo funciona cuando detrás existe suficiente peso económico. De lo contrario, no se obliga a nadie: uno simplemente se marcha solo.

    Los mineros respondieron arriesgando su propio dinero

    Antes del inicio de la fase obligatoria, apenas 51 de los 2.016 bloques del período anterior habían señalizado BIP-110: alrededor del 2,53 %. Era una distancia abismal respecto del 55 % previsto.

    Al llegar el bloque 961.632, los nodos BIP-110 cumplieron su amenaza y comenzaron a rechazar los bloques sin señalización. La red se dividió. Roughnecks consiguió minar los bloques 961.632 y 961.633 en la rama BIP-110 utilizando el sistema DATUM de OCEAN. Después, la cadena quedó prácticamente inmóvil.

    Bitcoin continuó produciendo bloques con normalidad. La rama BIP-110, en cambio, había heredado la dificultad de minería de Bitcoin —127,48 billones en ese momento—, pero sin heredar su potencia de cómputo. Como la dificultad solo se reajusta al completar 2.016 bloques, la cadena minoritaria quedó atrapada: necesitaba minar casi un período entero con una fracción diminuta del hashrate antes de poder obtener algún alivio.

    Roughnecks terminó suspendiendo sus operaciones y recomendando a los demás mineros detenerse. Para el 10 de agosto, la cadena principal llevaba ya más de doscientos bloques de ventaja, mientras la rama BIP-110 seguía detenida después de sus dos primeros bloques.

    ¿Significa esto que los mineros gobiernan Bitcoin?

    No exactamente.

    Los mineros no pueden imponer a un nodo un bloque que ese nodo considere inválido. Si mañana decidieran crear 50 millones de bitcoins, los nodos que conservasen el límite de 21 millones rechazarían esos bloques, aunque detrás estuviera el 100 % del hashrate. Los mineros producen candidatos a formar parte de la cadena; los nodos verifican que esos candidatos cumplan las reglas que ellos han decidido ejecutar.

    Pero BIP-110 no defendía una regla de Bitcoin frente a mineros que intentaban vulnerarla. Pretendía introducir una regla nueva y convertir en inválido lo que hasta entonces era válido.

    Frente a dos conjuntos incompatibles de reglas, los mineros tuvieron que elegir dónde invertir energía, equipos y tiempo. Casi todos eligieron la cadena que ya concentraba a los usuarios, los mercados, las billeteras, los exchanges, la liquidez y la infraestructura. No emitieron un decreto. Arriesgaron capital.

    En el diseño de Satoshi, la prueba de trabajo impide sustituir las consecuencias económicas por declaraciones políticas. El white paper explica que la cadena con mayor trabajo acumulado representa la secuencia respaldada por la mayor potencia de cómputo. Los participantes expresan su aceptación extendiendo bloques válidos y rehúsan extender los que consideran inválidos.

    BIP-110 proclamó una preferencia. Los mineros revelaron la suya pagando por ella.

    Los nodos tampoco son votos

    Durante la controversia se repitió que una determinada proporción de nodos apoyaba BIP-110. Pero contar nodos visibles no equivale a contar personas, monedas, actividad económica ni consentimiento.

    Crear muchos nodos es barato. Una sola persona puede operar cien; un exchange que procesa miles de millones puede utilizar unos pocos. El número bruto es vulnerable a ataques Sybil y no permite conocer quién utiliza realmente cada cadena, qué valor custodia, qué pagos recibe o qué software ejecutan los nodos que no son públicamente visibles.

    Un nodo no es una papeleta electoral. Es una frontera privada.

    Cada operador decide qué reglas aplicará a la información que recibe y qué cadena reconocerá como válida. Esa soberanía es real, pero tiene un alcance preciso: permite decidir qué acepta uno mismo, no qué deben aceptar los demás.

    Los nodos BIP-110 fueron completamente soberanos. Nadie los censuró, clausuró ni obligó a ejecutar Bitcoin Core. Rechazaron la cadena principal y continuaron con las reglas que preferían. Lo que no podían hacer era transformar su decisión individual en una obligación colectiva.

    Esa es la diferencia entre soberanía y poder.

    Ejecutar un nodo garantiza el derecho a decir: “esto no es Bitcoin para mí”. No garantiza que el mercado responda: “entonces tampoco lo será para nosotros”.

    ¿Y la comunidad?

    La comunidad no votó en una asamblea porque Bitcoin carece de una comunidad jurídicamente representable. No existe un padrón de bitcoiners, una autoridad electoral ni una definición autorizada de pertenencia.

    La comunidad se manifestó de la única manera compatible con una red voluntaria:

    • algunos desarrolladores escribieron y revisaron código;
    • algunos operadores instalaron BIP-110;
    • otros conservaron sus reglas anteriores;
    • los mineros asignaron su hashrate;
    • los usuarios mantuvieron sus fondos y su actividad en la cadena que consideraron Bitcoin;
    • las empresas, billeteras y mercados decidieron qué red continuarían soportando;
    • y nadie pudo obligar a los demás a acompañarlo.

    El resultado agregado de esas decisiones fue devastador para BIP-110. No porque una autoridad lo prohibiera, sino porque casi nadie con capacidad económica suficiente decidió seguirlo.

    Eso también explica por qué la comparación con la activación de SegWit en 2017 era incompleta. Una UASF no posee poderes mágicos. Puede coordinar expectativas cuando ya existe una coalición económica considerable y cuando los mineros creen que ignorarla les hará perder bloques, ingresos y clientes. BIP-110 intentó utilizar el mismo mecanismo sin haber construido previamente ese consenso.

    Confundió la herramienta con la fuerza que debía sostenerla.

    El mercado del espacio de bloque

    Desde una mirada libertaria, el problema de fondo aparece en la pretensión de determinar centralmente cuáles son los usos correctos de un recurso escaso.

    El espacio de bloque tiene un precio. Quien desea utilizarlo debe competir con otros usuarios mediante comisiones. Los mineros deciden qué transacciones incluir, dentro de las reglas aceptadas por la red, porque asumen el coste de producir el bloque. Los operadores de nodos pueden establecer políticas de retransmisión, filtrar lo que no quieren propagar y elegir libremente qué software ejecutar.

    Es posible que las inscripciones sean frívolas. También es posible que resulten desagradables, inútiles o perjudiciales para la experiencia de quienes quieren utilizar Bitcoin exclusivamente como dinero. Pero el liberalismo no consiste en reemplazar las preferencias del planificador estatal por las preferencias de un comité de guardianes monetarios.

    Si una transacción respeta las reglas vigentes y paga el precio requerido por el espacio que consume, excluirla exige algo más que afirmar que su finalidad es indigna.

    Los defensores de BIP-110 podían proponer otras políticas, desarrollar filtros, abaratar la operación de nodos, persuadir a los mineros, construir herramientas alternativas o convencer a una mayoría económica de modificar las reglas. Lo que no podían hacer era invocar “la verdadera misión de Bitcoin” como título de propiedad sobre un protocolo que nadie posee.

    Bitcoin no pertenece a quienes mejor interpretan a Satoshi.

    El fracaso que confirmó el diseño

    La rama BIP-110 no fue técnicamente silenciada. Fue libre de existir y, precisamente por eso, quedó obligada a demostrar cuánto respaldo real tenía. Sus partidarios pudieron escribir el código y los nodos pudieron ejecutarlo. Los mineros pudieron dedicarle potencia y los usuarios pudieron atribuir valor a sus monedas. Los mercados pudieron reconocerlas y casi ninguno lo hizo en una escala suficiente.

    Ese desenlace no demuestra que los mineros sean soberanos, que la mayoría siempre tenga razón ni que Bitcoin jamás deba modificar sus reglas. Demuestra algo más austero: en un sistema sin autoridad central, una modificación controvertida solo prevalece cuando consigue coordinar a quienes validan, producen, utilizan y valoran la red.

    Los nodos custodian sus propias reglas. Los mineros aportan trabajo y seguridad. Los usuarios y mercados atribuyen valor económico. Ningún grupo gobierna por separado y ninguno puede sustituir indefinidamente a los demás.

    BIP-110 quiso rescatar Bitcoin mediante una prohibición temporal. Bitcoin respondió sometiendo esa prohibición a la competencia.No hubo policía, regulador ni tribunal. No hubo que expulsar a sus promotores ni impedirles bifurcar el código. Se les permitió probar su tesis con sus propios nodos, su propio hashrate y su propio dinero.

    La cadena avanzó dos bloques y se detuvo. Probablemente no exista un epitafio más satoshiano para una idea que creyó poseer más consenso del que realmente tenía.

  • Derecho Natural y Constitución

    Derecho Natural y Constitución

    El derecho natural es un fuerte candidato a ser el punto de partida fundamental de cualquier constitución duradera o de un orden político viable. Antes de las reglas positivas, del diseño institucional, de la separación de poderes o de los procedimientos de reforma, es necesario contar con una visión coherente de lo que ya es verdadero acerca de los seres humanos y de sus relaciones —derechos, deberes, justicia y los límites de la autoridad legítima— que el documento escrito reconoce, protege y organiza, ya que la ley se descubre y no se inventa.

    Las tradiciones del derecho natural (clásica, estoica, tomista, lockeana y ciertas corrientes de la Ilustración) sostienen que existen principios morales y prácticos descubribles por la razón, arraigados en la naturaleza humana y en las exigencias de la cooperación social. Estos incluyen bienes básicos como la vida, el conocimiento, la razonabilidad práctica y la comunidad; derechos correlativos contra la agresión, el robo o el dominio arbitrario; y la idea de que la autoridad política solo se justifica en la medida en que asegura estos bienes y derechos, en lugar de anularlos. Una constitución que parte de aquí trata al Estado como un instrumento para proteger un orden moral pre político, y no como la fuente de todos los derechos y de toda legitimidad. Esa orientación tiende a producir límites más claros al poder, protecciones más sólidas para los individuos y las asociaciones intermedias, y una mayor resistencia a la captura puramente mayoritaria o de élites.

    En la práctica, muchas tradiciones constitucionales exitosas se han inspirado en esta premisa, aunque no siempre usaran la expresión “derecho natural”. Los documentos fundacionales estadounidenses, por ejemplo, invocan explícitamente “las Leyes de la Naturaleza y del Dios de la Naturaleza” y derechos inalienables. Las constituciones liberales clásicas y algunas de orientación demócrata-cristiana tratan de manera similar ciertos derechos y restricciones institucionales como reflejos de realidades morales más profundas, y no como meras preferencias políticas. Cuando las constituciones, por el contrario, consideran los derechos como puras creaciones del Estado o de las mayorías políticas sucesivas, se vuelven más vulnerables a la revisión cada vez que cambia el equilibrio temporal de poder: un resultado visible en muchos experimentos constitucionales latinoamericanos que han sido reescritos repetidamente con cada ciclo de predominio político.

    Respecto a Panamá y a las discusiones de la APEDE entre expresidentes, los debates sobre reforma constitucional allí, como en otros lugares, suelen centrarse en la arquitectura institucional (presidencialismo frente a parlamentarismo, límites de mandatos, reglas electorales, independencia judicial, reglas fiscales). Esas cuestiones son importantes, pero son secundarias. Sin un punto de partida compartido acerca de la naturaleza y los límites de la autoridad legítima, las opciones institucionales se convierten en instrumentos de una disputa de poder en lugar de salvaguardas de un orden común. Un enfoque inspirado en el derecho natural preguntaría primero: ¿Cuáles son los requisitos básicos de la justicia y del florecimiento humano que cualquier constitución panameña debe respetar? ¿Qué formas de poder estatal están inherentemente limitadas por esos requisitos? Solo entonces los detalles de los procedimientos de reforma, los contrapesos y el diseño institucional se siguen como medios y no como fines.

    Esto no significa afirmar que el derecho natural produzca un plano único y detallado que todo país deba copiar. Personas razonables discrepan sobre el contenido preciso y la derivación de los principios del derecho natural, y las aplicaciones históricas han sido a veces selectivas o interesadas. Las circunstancias culturales, históricas y prácticas también moldean las instituciones viables. Sin embargo, la alternativa —tratar la constitución como un puro acto de voluntad de la coalición dominante del momento— tiene un historial peor en cuanto a estabilidad a largo plazo, gobierno limitado y protección de los derechos básicos.

    En resumen, centrarse primero en el descubrimiento y el reconocimiento de las restricciones del derecho natural es una forma más fundamental y durable de “constituir” un Estado que comenzar por la ingeniería institucional o la negociación partidista. El texto escrito y los argumentos políticos que le siguen deben ser consecuencia de ese reconocimiento.

  • El Sol doblará la luz de las estrellas durante el eclipse (y podremos comprobarlo)

    El Sol doblará la luz de las estrellas durante el eclipse (y podremos comprobarlo)

    Mirar hacia arriba es un recurso fenomenal para hacernos conscientes de la gravedad. Su efectos sobre los cuerpos con masa se aprecian bien cuando seguimos el vuelo de una pelota o trazamos la órbita de un planeta. Pero la gravedad, sorprendentemente, también actúa sobre lo que no pesa, sobre la luz, nada más y nada menos. Tanto es así que puede curvarla. Muy pronto, un eclipse de Sol nos permitirá ser testigos de ese desconcertante efecto.

    Los fotones por un carril trazado

    Las escurridizas partículas que componen la luz, los fotones, no escapan a la acción gravitatoria,

    Se debe a que, como nos dijo Einstein la gravedad es la manifestación de la curvatura del espacio-tiempo. Esa curvatura la producen y la acentúan la masa y la energía que contiene el propio tejido del universo.

    Eso obliga a todas las partículas a seguir una suerte de trayectorias que no son exactamente rectas, como si viajaran entre raíles, las llamadas geodésicas. Son líneas que se pegan al espacio-tiempo tratando de hacer los caminos de las partículas lo más eficientes posibles.

    Curiosamente la gravedad es capaz de curvar cualquier fotón. Y esto abre un enorme abanico de posibilidades en astrofísica. Pero nos vamos a centrar en la luz visible.

    El camino de la luz desde una estrella lejana

    Pensemos en un fotón proveniente de una estrella lejana que, por fortuna, llega hasta nosotros sin toparse con ningún obstáculo. No es descabellado: el espacio típico entre estrellas es 10 trillones de veces menos denso que nuestra atmósfera. Además, sabemos que hay un número inconcebible de fuentes luminosas ahí fuera. Por esos dos motivos, existe una barbaridad de fotones en el universo capaces de recorrer (muchos) años luz (o billones de kilómetros) sin inmutarse.

    El punto de llegada del fotón puede ser un sofisticado telescopio haciendo complejas tareas de investigación astronómica. Pero también puede jugar ese papel nuestro propio ojo al desnudo.

    Pensemos ahora en una estrella que manda directamente hacia nosotros fotones que nos llegan cada noche. La fuente estelar emite en todas direcciones. No obstante, una pequeña desviación angular, una mínima apertura, condenaría al fotón a escapar hacia otros lugares del universo y no nos alcanzaría. Esa estrella pasaría a ser invisible para nosotros.

    Pero ¿y si la gravedad consigue rectificar esa desviación inicial y dobla la trayectoria del fotón?

    Para que eso suceda, el fotón debe pasar cerca de una concentración de masa lo suficientemente densa y compacta. El efecto es como si un cuerpo con mucha masa tirase de la luz, a la manera de una fuerza. Aunque ya hemos dicho que en realidad es la curvatura del espacio-tiempo y no una fuerza la que causa esa desviación.

    En el escenario del próximo eclipse, esa concentración de masa es el Sol.

    Necesitamos oscuridad

    Es obvio, por otro lado, que para ver bien las estrellas necesitamos que el cielo esté oscuro, y eso generalmente ocurre de noche. En ese momento del día, el Sol no está en medio de la línea de visión que nos une con la estrella que queremos observar. Por tanto, la luz que nos llega de esa fuente en principio no se ha torcido por efecto de la masa del Sol. Esa luz habrá seguido una línea de esas relativistas que reemplazan a las rectas.

    Entonces, ¿es posible conjugar esas dos condiciones, es decir, tener el Sol frente a nosotros y un cielo oscuro?

    ¡Sí lo es! De hecho, eso sucede justamente durante un eclipse. La Luna, al interponerse entre el Sol y nosotros con precisión sideral, oscurece el cielo de forma significativa. Esto nos permite registrar la posición aparente y momentánea de la estrella y estimar la desviación. Y así podremos concluir que la luz se ha doblado de verdad. Pero para ello se necesita completar una tarea previa: averiguar dónde se encontraba la estrella antes del eclipse.

    Ya sabemos que no se nos da muy bien determinar de día la posición de fuentes luminosas como las estrellas. Sencillamente no podemos distinguir la luz que nos llega de ellas de la que nos llega de nuestro Sol. Así que, con anterioridad, hay que medir la posición habitual de la estrella de noche y volver a “cazarla” durante el eclipse. Por supuesto, ese registro inicial de posición se habrá hecho previamente en una noche con buena visibilidad para hacer observaciones astrofísicas.

    Qué ocurre durante el eclipse

    Durante el eclipse, el astro rey, con su significativa masa, curva el espacio tiempo en su vecindad. Esa curvatura hace que el fotón que viaja desde la estrella situada detrás describa una trayectoria que asemeja un arco. Pero nuestro ojo no sabe que el fotón procede de detrás del Sol: interpreta que ha seguido un camino recto como el de cualquier otro cuanto de luz. Así que el astrónomo –amateur o no– encargado de cartografiar la posición de la estrella emisora dirá que está desplazada hacia un lado respecto a su posición habitual.

    Conviene retomar la idea de que todos los fotones pueden sufrir desviaciones de su trayectoria por efecto de objetos compactos que se interpongan en su camino. Bajo el paraguas de ese efecto, el de lente gravitacional, surge una astrofísica muy potente.

    Las lentes gravitacionales van más allá de reposicionar o incluso duplicar galaxias o estrellas: revelan también cómo está distribuida la materia, incluida la materia oscura. Además, funcionan como gigantescos telescopios cósmicos que magnifican el universo lejano. Así nos permiten ver objetos que sin ellas permanecerían invisibles y también dan acceso a etapas del universo admirablemente tempranas.

    La primera vez que se observó durante un eclipse que la desviación de la luz era perfectamente compatible con la predicción de Einstein, hace más de un siglo, se produjo un histórico momento wow y comenzó una revolución científica. En el próximo eclipse de agosto de 2026, nos corresponde a nosotros escribir nuestra historia, una con eclipses y luces fantásticas.

    Ruth Lazkoz, Catedrática de Física Teórica, Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea

    Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

  • Coldcard: la cerradura falló, no la propiedad

    Coldcard: la cerradura falló, no la propiedad

    El reciente incidente de Coldcard golpeó en uno de los lugares más sensibles del ecosistema Bitcoin: la confianza.

    Durante años, la autocustodia fue presentada como la respuesta más sólida frente al riesgo de exchanges, bancos, intermediarios y custodios capaces de congelar, perder o apropiarse de fondos ajenos. “Si no son tus claves, no son tus monedas” (Not your keys, not your coins) condensó una verdad esencial: quien controla las claves controla los bitcoin.

    Por eso, cuando una herramienta creada precisamente para proteger esas claves falla, el impacto psicológico es profundo. No se pierde solamente dinero. Se resquebraja la sensación de seguridad construida durante años.

    Pero conviene describir correctamente lo ocurrido.

    Coldcard no tenía depositados los bitcoin de sus usuarios. Tampoco un atacante tomó el control de una entidad centralizada desde la cual pudiera ordenar transferencias. El problema estuvo en la generación de determinadas semillas: algunas fueron creadas con una entropía insuficiente, es decir, con menos imprevisibilidad de la que los usuarios creían tener.

    Las palabras parecían aleatorias, pero podían haber sido seleccionadas dentro de un universo de combinaciones mucho más reducido. Un atacante que comprendiera el defecto podía reconstruir candidatos, derivar las direcciones correspondientes y compararlas con la información pública de la blockchain hasta encontrar coincidencias.

    Fue una falla gravísima. Para quienes perdieron sus ahorros, la distinción técnica no reduce el daño. Pero sí importa para comprender qué ocurrió y qué no ocurrió. No fue una refutación de Bitcoin ni una ruptura de su criptografía. Y menos aún, una demostración de que la autocustodia sea ficticia.

    Fue una cerradura defectuosa.

    Si fuerzan la cerradura de una casa, la casa no deja de ser propiedad de su dueño. Lo que falló fue el mecanismo utilizado para protegerla.

    Autocustodia no significa infalibilidad

    Parte de la confusión proviene de haber atribuido a la autocustodia una promesa que nunca podía cumplir: la eliminación absoluta del riesgo.

    Autocustodia significa que el propietario controla las claves y que ningún intermediario puede disponer legítimamente de sus fondos. No significa que el software sea perfecto, que el hardware no pueda fallar, que una semilla no pueda generarse incorrectamente ni que el usuario quede exento de cometer errores.

    La autocustodia no elimina la confianza. La redistribuye y la reduce.

    En lugar de confiar plenamente en un banco o en un exchange, confiamos parcialmente en un dispositivo, en un código, en un proceso de generación de claves, en nuestra capacidad para conservar un respaldo y en el protocolo que permite verificarlo todo.

    La diferencia sigue siendo decisiva: una hardware wallet no mantiene una promesa de pago contra nosotros. No administra una cuenta en nuestro nombre. No puede suspender unilateralmente una retirada porque cambió una regulación, recibió una orden gubernamental o se quedó sin liquidez.

    Pero ninguna herramienta creada por seres humanos puede prometer ausencia total de errores.

    Trezor está escrito por humanos. Ledger está escrito por humanos. Coldcard está escrito por humanos. Bitcoin Core también.

    La respuesta racional no es buscar una herramienta escrita por dioses incapaces de equivocarse. Es construir sistemas en los que el error de una sola persona, empresa o implementación no pueda destruirlo todo.

    La lección no es volver al custodio

    Después de una pérdida, el miedo empuja hacia soluciones aparentemente más simples: dejar los bitcoin en un exchange, comprar una participación en un ETF o confiar nuevamente en un tercero.

    Ese movimiento puede reducir ciertos riesgos técnicos, pero no elimina el riesgo. Lo traslada.

    Al delegar la custodia, aparecen nuevamente la contraparte, el congelamiento, la insolvencia, la intervención estatal, la vigilancia, las limitaciones de retirada y la dependencia de reglas que el usuario no controla.

    Por eso es peligroso convertir una vulnerabilidad concreta en propaganda contra toda la autocustodia. Quien no conoce las diferencias puede concluir que controlar sus propias claves es una fantasía y que la única opción razonable consiste en volver a intermediarios.

    Sería una conclusión equivocada y, además, una derrota cultural.

    La lección seria es más exigente: tener las claves es una condición necesaria, pero no suficiente. También importa cómo fueron generadas, dónde se almacenan, cómo se respaldan, qué dispositivo las utiliza y qué procedimiento existe para recuperarlas.

    La evolución mediante errores

    Aquí aparece una idea profundamente ligada al orden espontáneo del que hablamos siempre los entusiastas de la Escuela Austríaca de Economía.

    La evolución no es un proceso limpio, lineal ni diseñado de antemano por una inteligencia superior. Es un proceso de variación, error, selección, aprendizaje y adaptación.

    En un orden espontáneo, nadie posee todo el conocimiento necesario para diseñar desde arriba la solución perfecta. Distintos desarrolladores prueban arquitecturas diferentes. Usuarios comparan herramientas. Investigadores revisan código. Atacantes descubren debilidades. Fabricantes corrigen errores. Nuevos proyectos incorporan las lecciones aprendidas.

    Ese proceso puede ser cruel porque el conocimiento no siempre llega antes que el daño. A veces una vulnerabilidad se descubre en una auditoría. Otras veces se descubre porque alguien pierde sus ahorros.

    Las pérdidas personales no deben romantizarse ni presentarse como un precio abstracto del progreso. Detrás de cada dirección vaciada puede haber años de trabajo, sacrificios, jubilaciones, proyectos familiares y seguridad futura.

    Pero tampoco debemos ignorar lo que el proceso descentralizado produce después del fracaso.

    Una vez identificado un defecto, el conocimiento deja de pertenecer únicamente a quien lo descubrió. Se difunde por toda la comunidad. Otros fabricantes revisan sus generadores aleatorios. Los usuarios aprenden qué significa entropía. Los desarrolladores incorporan pruebas adicionales. Se reconsidera la dependencia de una sola implementación. Se extienden prácticas como el uso de dados, semillas generadas independientemente, firmantes de distintos fabricantes y configuraciones multisig.

    El error localizado puede producir una mejora general.

    Ese es el orden espontáneo: millones de decisiones, advertencias, correcciones e innovaciones que nadie dirige desde un centro, pero que elevan gradualmente el estándar de todo el ecosistema.

    No avanza porque alguien diseñó el futuro perfecto. Avanza porque los errores dejan información y porque otros tienen libertad para aprender de ellos.

    No confundir diversificación con complejidad

    La reacción inmediata ante Coldcard puede ser repartir los fondos entre cinco wallets, tres dispositivos, dos teléfonos, placas metálicas y un multisig cuya recuperación nadie ha practicado.

    Eso también puede ser peligroso.

    La diversificación reduce el riesgo de un único fallo tecnológico, pero aumenta el riesgo humano. Cada nueva seed implica un nuevo respaldo, una nueva ubicación, un nuevo procedimiento y una nueva oportunidad de confusión.

    Una arquitectura simple y comprendida puede ser más segura que una estructura sofisticada que el propietario no sabe reconstruir.

    Para muchas personas, el paso razonable no será abandonar su hardware wallet actual ni construir de inmediato un sistema 3-de-5. Será conservar una parte en el dispositivo conocido y trasladar otra parte, lentamente, hacia una segunda arquitectura independiente.

    La idea central debería ser no confiar ciegamente en una sola herramienta, pero tampoco destruir una configuración conocida por pánico a un fallo hipotético.

    La seguridad debe crecer al mismo ritmo que el conocimiento del usuario.

    Cómo puede responder la comunidad

    Una comunidad que solo repite “debiste investigar mejor” después de una pérdida no está defendiendo la responsabilidad individual. Está confundiendo responsabilidad con abandono.

    La autocustodia implica asumir riesgos, pero una cultura de libertad no exige indiferencia frente a la desgracia ajena.

    Podrían desarrollarse varias respuestas comunitarias.

    La primera sería un fondo voluntario de asistencia para víctimas verificadas. No una garantía universal ni un rescate obligatorio, sino una estructura financiada mediante donaciones, aportes de empresas, desarrolladores, mineros y usuarios. Su objetivo no tendría que ser reembolsar automáticamente todas las pérdidas, algo probablemente imposible, sino ayudar en casos extremos, financiar análisis forense y sostener a personas que hayan perdido la totalidad de sus ahorros.

    La segunda sería exigir responsabilidad económica a los fabricantes. Las empresas que venden seguridad como producto podrían constituir fondos de contingencia, contratar seguros específicos o comprometer parte de sus ingresos futuros a compensaciones cuando exista negligencia técnica comprobada. Ampliando este punto, podrían surgir mercados privados de aseguramiento para fallos de software, firmware o generación de claves. Aseguradoras independientes podrían evaluar dispositivos, cobrar primas según su nivel de riesgo y responder ante vulnerabilidades técnicas comprobadas, sin custodiar los fondos ni conocer las seeds. Incluso los fabricantes podrían aportar voluntariamente una parte de cada venta a fondos de compensación separados de la empresa. La prima, la cobertura y hasta la negativa a asegurar un producto se convertirían así en información valiosa para los usuarios; no sería una garantía de perfección, sino una señal económica de cuánto riesgo está dispuesto a respaldar con su propio capital quien afirma que una herramienta es segura.

    La tercera sería crear equipos abiertos de respuesta a incidentes. Investigadores, especialistas en privacidad, desarrolladores y analistas de blockchain podrían coordinarse para identificar rápidamente wallets afectadas, publicar instrucciones claras y evitar que el vacío informativo sea ocupado por estafadores.

    La cuarta sería ofrecer acompañamiento gratuito para migraciones. Después de un incidente, muchas pérdidas adicionales ocurren por el pánico: usuarios que introducen su seed en una página falsa, envían fondos a una dirección equivocada o destruyen respaldos antes de completar la migración. Talleres, documentación sencilla y sesiones comunitarias podrían reducir ese segundo daño.

    La quinta sería desarrollar un sello voluntario de prácticas mínimas para hardware wallets. No una licencia estatal ni una certificación que pretenda garantizar perfección, sino estándares abiertos sobre generación de entropía, compilaciones reproducibles, auditorías, divulgación responsable y pruebas de recuperación.

    Y, sobre todo, debería cambiar la cultura de comunicación.

    Los expertos con grandes audiencias tienen una responsabilidad especial. Deben advertir sin exagerar, explicar sin humillar y distinguir entre una vulnerabilidad concreta y una condena general de la autocustodia.

    El miedo atrae atención. La precisión construye confianza.

    Recuperar la confianza sin volver a la ingenuidad

    La respuesta no puede ser fingir que no ocurrió nada. Coldcard debe explicar, asumir responsabilidades y ofrecer toda la información posible. Los usuarios deben revisar procedimientos. Otros fabricantes deben auditar sus propios sistemas. Y la comunidad debe abandonar la comodidad de pensar que “open source” equivale automáticamente a “auditado y seguro”.

    Pero tampoco podemos permitir que una tragedia concreta destruya una de las innovaciones más importantes de Bitcoin: la posibilidad de poseer un activo digital sin pedir permiso y sin depender de la solvencia o benevolencia de un intermediario.

    La confianza futura no debe parecerse a la confianza anterior.

    Antes, muchos confiaban en una marca. Después de este incidente, deberíamos confiar más en procesos verificables, diversidad de implementaciones, pruebas de recuperación, respaldos independientes y conocimiento compartido. Eso es progreso.

    No consiste en regresar a la ingenuidad, sino en salir de ella con mejores herramientas.

    Las personas que perdieron sus ahorros merecen apoyo, respuestas y, cuando corresponda, reparación. No deben ser convertidas en simples ejemplos técnicos ni culpabilizadas por haber confiado en un producto cuya función esencial era generar y proteger claves seguras.

    Pero honrar esas pérdidas también exige aprender de ellas.

    Abandonar la autocustodia no devolverá los fondos perdidos. Solo devolverá el poder a los intermediarios. La respuesta más valiosa es construir una comunidad menos dogmática, más preparada y más solidaria; una comunidad capaz de reconocer que la libertad implica riesgos, pero también cooperación, responsabilidad y aprendizaje colectivo.

    Una herramienta falló. La libertad y la cooperación libre y voluntaria, no.

  • La Mayordomía de los Recursos

    La Mayordomía de los Recursos

    Hoy inicio una serie de ensayos que buscan explorar una mejor manera de reducir la pobreza y las luchas sociales.

    Ensayo 1: Mayordomía en lugar de Asignación

    A lo largo de mi vida como piloto aprendí una lección fundamental: el avión no despega porque alguien “asigne” combustible y fuerza. Despega porque se genera suficiente empuje y sustentación en las alas para vencer la inercia, la resistencia del aire y la gravedad. El primer paso está siempre en el deseo de superar limitaciones y surcar los aires.

    Recuerdo con claridad aquel día, cuando tenía 17 años y mi padre me llevó a Paitilla. Miguelito Pastor nos elevó en su Aeronca y, de pronto, se abrió ante mí un nuevo mundo, un mundo expandido. Aquel vuelo que mi padre me regaló me enseñó algo que hoy aplico a uno de los grandes temas de nuestro tiempo: cómo manejamos los recursos.

    Durante décadas hemos hablado de la “asignación de recursos”. Es una expresión que suena técnica y ordenada, pero que esconde un problema profundo. La palabra “asignación” sugiere que alguien —un gobierno, un planificador o una autoridad— debe decidir quién recibe qué. Implica un pastel fijo que solo hay que repartir. Esa mentalidad nos ha llevado a muchos de los problemas de pobreza que hoy sufrimos, no solo económica, sino también del alma.

    Yo propongo un cambio de palabra y, sobre todo, de mentalidad:

    La Mayordomía de los Recursos.

    La mayordomía no es mera distribución. Es el arte responsable de cuidar, cultivar y hacer florecer los recursos de la Creación —tanto los naturales como los que nacen de la creatividad humana—. No se trata solo de dividir lo que existe, sino de generar condiciones para que los recursos se expandan. Papá Dios nos entregó las llaves del Paraíso terrenal y nos dejó el reto de cultivarlo y llevarlo a fructificación; a sabiendas que el camino apunta al mismo Universo.

    La diferencia es clara. La asignación se enfoca en la escasez: ¿cómo repartimos de forma “justa” el agua, el dinero, el talento, la tierra o la educación? La mayordomía pregunta algo más profundo: ¿cómo cultivamos estos recursos para que produzcan vida, belleza y abundancia real a lo largo del tiempo? ¿Cómo honramos tanto las limitaciones de la naturaleza como el extraordinario potencial creativo del ser humano?

    Esta no es solo una discusión económica o técnica. Es también moral y espiritual. La mayordomía reconoce que los recursos no son cosas inertes. Forman parte de un sistema vivo del que somos miembros, no conquistadores absolutos. Incluye los recursos naturales (tierra, agua, aire, biodiversidad), los humanos (tiempo, talento, energía, sueños) y, especialmente, nuestra capacidad de imaginar, innovar y elevar la realidad a estadios superiores de existencia.

    A mis 84 años, he visto cómo la mentalidad de asignación genera conflictos, burocracia y desperdicio. La mayordomía, en cambio, invita a la responsabilidad personal y colectiva, a la creatividad y a la esperanza.

    En esta serie de ensayos exploraremos juntos este camino. Veremos cómo aplicar la mayordomía a los recursos humanos, a la naturaleza, a la política, a la economía y a nuestra propia vida interior. No ofrezco soluciones mágicas, solo una mirada más clara y elevada —como la que se obtiene cuando el avión finalmente despega y se puede contemplar el panorama completo.

    Sí, tendremos que volar y navegar entre nubes tormentosas, tal como hice durante muchos años, en búsqueda de aquella pista celestial.

    El vuelo apenas comienza. Amárrense los cinturones.

    Nota: ensayos siguientes se publicarán todos los viernes.

  • El costo del sistema fiscal

    El costo del sistema fiscal

    El costo del sistema fiscal no se mide solo en dinero, sino también en tiempo, incertidumbre y capital productivo destruido.

    Un Gobierno que se presenta como pro-mercado y necesitado de inversión no puede conservar un sistema en el que el empresario debe producir para sus clientes y, al mismo tiempo, trabajar gratuitamente para el organismo recaudador, bajo amenaza de inspecciones, multas, embargos y ejecuciones.

    Resulta difícil hablar de ser atractivos a la inversión mientras se presume culpable a quien presenta tarde o mal un formulario. No es lo mismo ocultar deliberadamente una deuda, cometer fraude o evadir un impuesto que retrasarse en una declaración jurada o no tener cumplimentado un formulario burocrático. Un orden realmente republicano debería distinguir entre delito, deuda material, error excusable e incumplimiento formal. Cuando todo se castiga de manera automática, no hay justicia tributaria, sino disciplina burocrática.

    Desde la Escuela Austríaca, sostenemos que los recursos son escasos. Cada hora que un empresario, un empleado o un contador dedica a interpretar resoluciones, controlar vencimientos, cargar datos y completar formularios es una hora que no se dedica a atender clientes, mejorar productos, buscar proveedores, reducir costos, invertir o descubrir nuevas oportunidades.

    Ese tiempo no es gratuito. Es un impuesto regulatorio que no aparece en ninguna alícuota. Ese es el costo del sistema fiscal, ignoto para la mayoría de la gente.

    La empresa o el pagador de impuestos no entrega solamente dinero al Estado. También entrega información, tiempo, trabajo administrativo, capacidad de gestión y tranquilidad. Y cuando llega un embargo, tampoco se retira simplemente “dinero”: se retiran fondos que tenían una función dentro del proceso productivo. Dinero para pagar salarios, comprar inventario, completar una obra, financiar un proyecto o sostener una inversión que todavía no generó ingresos.

    El Estado puede recaudar hoy una multa y destruir, en el mismo acto, al contribuyente que habría pagado impuestos durante años.

    Además, el mensaje para quien intenta formalizarse es perverso: cuanto más visible, organizado y registrado esté su negocio, más fácilmente puede ser controlado, sancionado y embargado. El emprendedor no calcula solamente la carga tributaria, sino también calcula el costo del contador, los sistemas, el riesgo de error, la probabilidad de una multa, la exposición de su patrimonio y las horas perdidas ante la DGI.

    La informalidad no se combate persiguiendo y aumentando amenazas. Se combate haciendo que la formalidad sea sencilla, previsible, segura y conveniente.

    En términos políticos, parece haber más apetito para incorporar dólares al sistema parasitario, pero severidad fiscal para disciplinar al contribuyente cotidiano.

    Y que una persecusión, orden o sanción esté autorizada por una ley no la convierte en legítima. Como recordaría Hayek, el Estado de derecho no consiste únicamente en que el poder tenga una norma que lo habilite. Las reglas deben ser generales, conocidas, previsibles y permitir que las personas organicen sus planes sin vivir sometidas a la arbitrariedad administrativa y a la expoliación fiscal.

    Muchos de estos formularios ni siquiera determinan impuestos propios. Obligan a empresas y profesionales a recolectar, procesar y transmitir información para que el Estado pueda controlar a terceros. La DGI externaliza así su costo de fiscalización y obliga al particular o profesional a reunir los datos, lo obliga a procesarlos, lo obliga a presentarlos, lo multa si se retrasa y eventualmente lo ejecuta para cobrar la multa.

    Desde Public Choice, el incentivo es evidente: crear nuevas obligaciones informativas resulta barato para el organismo porque su costo no aparece en el presupuesto público. Lo pagan individuos y las empresas.

    Por eso no alcanza con aprobar cada tanto tiempo otra moratoria. Eso solo repite el ciclo del obligado fiscal: obligación imposible, incumplimiento, multa, moratoria y nueva obligación.

    Ese ciclo perverso sólo ratifica la persistencia de una concepción profundamente estatista dentro de un Gobierno que se proclama abierto a la inversión, donde el empresario sigue siendo tratado como sospechoso, recaudador, informante y empleado gratuito del Estado, en lugar de ser reconocido como quien crea, invierte, arriesga y sostiene el proceso productivo del que vive ese mismo Estado.

  • La Madriguera del Socialismo

    La Madriguera del Socialismo

    «Creer que arrebatando dinero al productivo vas a resolver los problemas del improductivo. Esa es la madriguera del engaño que mueve tripas, pero no la razón y el conocimiento relevante que está disperso entre la población.«.

    Hoy día, en los EE.UU. se está dando un resurgimiento político que clama soluciones por intermedio de la acción o intervención centralista gubernamental. Ello no es nuevo, a principios del siglo pasado se llevó a cabo una batalla intelectual entre quienes favorecían el socialismo y los que abogaban por el capitalismo. Nos cuenta Connor O’Keeffe que el meollo (médula) de la discusión giró en torno al cálculo económico. El asunto era si una gobernanza central de economía planificada era mejor que el orden espontáneo del mercado. Muchos creen, equivocadamente, que el libre mercado es “desordenado” o acaparado por los ricos.

    O’Keeffe advierte que el debate no es mayormente ideológico sino populista y yo añado que el asunto está en las realidades subyacentes. La tendencia socialista tiende a emerger no del buen cálculo económico sino del sentir visceral. Veamos lo que es “cálculo económico:

    es el proceso mediante el cual los agentes económicos (personas, empresas o planificadores) evalúan y comparan los costes y beneficios de diferentes alternativas para asignar recursos escasos de la forma más eficiente posible.”

    ¿Pero, cuántas personas manejan sus ingresos y gastos calculadamente? Jamás olvido a un maestro de obra o manitas que un día me dijo:

    Yo he ganado mucho dinero en mi vida; pero, me lo metía en los bolsillos del pantalón y, al tiempo, metía la mano y no había nada.”

    Lastimosamente, no son muchas las personas que economizan o ahorran o son frugales en el gasto; lo cual es más pernicioso cuando esas personas no son buenas produciendo cosas que otros valoran y desean comprar. Lo esencial es saber “administrar la casa” y, no sólo la casa dónde vivimos sino la ciudad y el país en el cual vivimos.

    Pero, la dura realidad es que quienes calculan sus gastos, ahorran y son productivos, pueden lograr buenos ingresos; mientras los que no economizan, tienden a ser pobres, a menos que… sean buenos robando; es decir, viviendo a costillas del productivo. Pero robar tampoco es cosa sencilla. Hay buenos y malos ladrones, como también hay actividades que se prestan para robar; tal como ser gobernante; y por allí andan los arrieros.

    El rico eficaz y económico muy poco busca ser gobernante, a menos que… ¡Síii!; sean pésimos empresarios y buenos ladrones, que conectándose con “empresarios ladrones” logran, como los mejores osos del norte, los puestos claves del río para pescar salmones.

    El gobierno es necesario, igual que la quimioterapia. Necesitamos gobierno y gobernantes, no para manejar el taxi, cocinar o volar el avión, sino para salvarnos de los ladrones. ¿Pero qué hacer cuando los ladrones son los encargados de atajar ladrones?

    Bien lo decía Fréderic Bastiat:

    el gobierno es la gran ficción a través de la cual todos buscan vivir a costillas de los demás”.

    Es creer que arrebatando dinero al productivo vas a resolver los problemas del improductivo. Esa es la madriguera del engaño que mueve tripas, pero no la razón y el conocimiento relevante que está disperso entre la población; de manera que sólo mediante un sistema de precios libres funciona la economía.

    Más allá, alejado de la libertad de sano capitalismo, están las feas coyundas entre autoridades y corruptos empresarios que no sólo usan las escuelas y universidades estatales para adoctrinar y educar en el arte de protestas callejeras que se prestan para un servilismo político.

    En tal realidad muchos ciudadanos disparan su enojo a dónde no es; al capitalismo, al rico y tal. Y lo más curioso es proponer al socialismo o hasta el comunismo como solución. Absurdo pensar que la mejor manera de gobernar es dando las llaves del gallinero a los zorros come gallinas.

  • ¿Por qué cuando estamos junto al mar nos apetece comer cosas saladas?

    ¿Por qué cuando estamos junto al mar nos apetece comer cosas saladas?

    Hay escenas que parecen formar parte de una memoria compartida: una mesa frente al mar y una bebida fría acompañada de aceitunas, patatas, frutos secos, sardinas, tortilla o una ración de calamares. A veces ni siquiera tenemos mucha hambre, pero el ambiente parece empujarnos hacia lo salado. ¿Es solo costumbre? ¿Responde a una necesidad del organismo? ¿O el mar despierta de algún modo el apetito por la sal?

    El cuerpo también habla: sudor, sodio y sed

    El primer sospechoso es el sudor. En la playa caminamos, nadamos, jugamos, tomamos el sol y, aunque la brisa lo disimule, perdemos agua y electrolitos. Entre ellos se encuentra el sodio, esencial para mantener el equilibrio de líquidos, transmitir impulsos nerviosos y permitir el funcionamiento muscular.

    Cuando el organismo detecta una pérdida importante de ese nutriente, puede activar mecanismos que favorecen la búsqueda de sal. Esto no significa que cada antojo de patatas fritas sea una señal urgente del cuerpo. La mayoría de las personas no llega a la playa con una deficiencia real de sodio y, de hecho, en las sociedades occidentales solemos consumir más sal de la recomendada. Sin embargo, el calor, el ejercicio, la sudoración abundante, la exposición prolongada al sol o el consumo de alcohol pueden aumentar la sensación de que algo salado “entra mejor”.

    El cuerpo no responde a la sal únicamente como nutriente, sino también como una experiencia sensorial cuyo atractivo cambia según el estado fisiológico. La apetencia surge así de la interacción entre necesidad, aprendizaje, placer y ambiente.

    También interviene la sed. Los alimentos salados estimulan el deseo de beber, y junto al mar solemos tener bebidas frías a mano. La combinación entre sal, frescor y calor ambiental resulta atractiva: aceitunas y cerveza, patatas y refresco, frutos secos y agua con gas, pescado frito y limón… El placer reside en la secuencia completa: calor, sal, bebida fría, descanso y conversación.

    El mar como escenario del apetito

    La fisiología, sin embargo, no lo explica todo. Si fuera solo una cuestión de sudor, al salir de una sauna nos apetecerían los mismos alimentos que en un chiringuito, y no siempre ocurre. Comemos con el cuerpo, pero también con la memoria. El cerebro aprende asociaciones: el cine está vinculado a las palomitas; un cumpleaños, a la tarta; la Navidad, a los dulces; y la playa, al aperitivo. Las señales ambientales pueden influir en qué comemos y en qué cantidad, incluso antes de que aparezca el hambre fisiológica.

    El mar concentra muchas de esas señales. Huele a sal, algas, protector solar, pescado, humo de cocina y verano. Suena a olas, conversaciones y vajilla de terraza. Todo el conjunto funciona como un “menú invisible” que el cerebro reconoce sin necesidad de leerlo.

    Además, muchos alimentos costeros son salados por razones históricas. Durante siglos, la sal fue esencial para conservar pescados antes de la refrigeración. De ahí nacieron preparaciones como las anchoas, la mojama, el bacalao, las huevas o numerosos pescados curados. En las regiones marítimas, la sal no representa solo un sabor: forma parte de la conservación, el comercio, la gastronomía y el paisaje.

    Por eso, el deseo de comer algo salado junto al mar también puede entenderse como una respuesta aprendida. No buscamos sal únicamente porque el cuerpo pueda necesitarla, sino porque hemos aprendido que forma parte del ritual de estar en la costa.

    Una experiencia multisensorial

    Además, el sabor no nace solo en la lengua. También intervienen el olfato, la vista, el sonido, la textura, la temperatura, el entorno y las expectativas . La investigación sobre gastrofísica muestra que el ambiente puede modificar la experiencia de comer. Un alimento puede parecernos más fresco, intenso o agradable según las señales que lo acompañan.

    Comer junto al mar no es igual que degustar el mismo plato en una habitación cerrada. Las olas, la brisa, el olor salino y la temperatura cambian la escena. Quizá no aumenten literalmente la cantidad de sal, pero pueden hacer que el cerebro interprete como más apropiados o placenteros los sabores marinos.

    Una anchoa, una ostra o un pescado frito parecen encajar con el paisaje. Cuando un alimento resulta coherente con el contexto, suele disfrutarse más. El cerebro no evalúa el sabor de forma aislada, sino dentro de una escena completa. Por eso un aperitivo sencillo puede parecer extraordinario frente al mar y menos memorable en casa.

    Disfrutar sin abusar

    Conviene, no obstante, no romantizar la sal. Que el cuerpo pueda desear alimentos que la contengan durante un día caluroso no significa que necesitemos consumirlos sin límite. La Organización Mundial de la Salud recomienda que los adultos tomen menos de cinco gramos de sal al día. Aperitivos, conservas, snacks, salazones y frituras pueden aportar cantidades elevadas en poco volumen.

    Entender el antojo no equivale a justificar una barra libre. Podemos disfrutar del sabor intenso sin depender solo de productos ultraprocesados. Algunas alternativas son pescados y mariscos frescos, aceitunas en cantidades moderadas, frutos secos con poca sal, gazpacho, ensaladas, encurtidos –controlando la cantidad– y preparaciones con limón, vinagre, hierbas o especias.

    Cuando estamos en la playa y nos apetece algo salado, probablemente no existe una sola causa. Habla el sudor, el sodio y la sed, pero también el olor del mar, la memoria de otros veranos y una cultura gastronómica construida durante siglos alrededor de la sal. Ese deseo no es únicamente biología ni costumbre: es una conversación entre el cuerpo, el paisaje, los sentidos y la memoria.

    José Miguel Soriano del Castillo, Catedrático de Nutrición y Bromatología del Departamento de Medicina Preventiva y Salud Pública, Universitat de València

    Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

  • Envidia, estatismo y la fosa que no queremos mirar

    Envidia, estatismo y la fosa que no queremos mirar

    Marco Rubio ha vuelto a señalar algo incómodo: en el corazón del “desenfreno socialista” que se observa en Estados Unidos, Inglaterra y otros países late un viejo vicio humano: la envidia. No la envidia sana que motiva a superarse, sino la que resiente el bien ajeno y busca nivelar por abajo usando el poder del Estado. Rubio, con su herencia familiar cubana, sabe de qué habla. El socialismo promete seguridad a cambio de libertades; cuando no cumple, las libertades no regresan.

    Las Escrituras lo advirtieron hace milenios. El décimo mandamiento —“No codiciarás”— no es un detalle moralista. Es una protección contra la destrucción social. Proverbios dice que “la envidia es podredumbre de los huesos”. Santiago advierte que de los deseos malos nacen pleitos y guerras. Cuando la envidia se politiza, deja de ser un pecado personal y se convierte en motor de políticas que prometen equidad, pero entregan control y resentimiento.

    No es caridad bíblica (voluntaria, cercana, responsable), sino coerción que viola “no robarás” y el principio de mayordomía responsable que Jesús ilustra en las parábolas de los talentos.

    En Panamá, y en muchos lugares “allende”, repetimos el mismo error de diagnóstico. Los medios y la conversación pública se detienen en lo anecdótico: el accidente de tránsito, el escándalo del día, la protesta del momento. Son síntomas visibles, indignantes, pero superficiales. Casi nunca bajamos a la fosa para examinar la etiología de nuestras patologías sociales.

    ¿Qué hay en el fondo? Un estatismo castrante que no merece el nombre de gobierno ni de gobernanza. Panamá tiene una ventaja geográfica envidiable y recursos que podrían generar prosperidad amplia. Sin embargo, el modelo “transitista” concentra riqueza en el enclave del Canal y servicios financieros, mientras el interior queda raquítico: desigualdad alta, educación deficiente, instituciones débiles, corrupción sistémica y una cultura de dependencia del Estado.

    El resultado es un Estado que promete resolverlo todo y termina ahogando iniciativa, fomentando clientelismo y erosionando responsabilidad personal y familiar. Este patrón no es exclusivo de Panamá. En Occidente vemos cómo el expansionismo estatal, justificado en nombre de la “equidad” y la seguridad, crece a costa de la libertad y la virtud. Se premia el resentimiento disfrazado de justicia social y se debilita el tejido moral que sostiene las sociedades: trabajo diligente, honestidad, familia estable y generosidad voluntaria. La historia muestra que los sistemas que alimentan la envidia terminan en estancamiento y pérdida de libertades. Venezuela es el ejemplo trágico más cercano.

    El problema de fondo es cultural y antropológico. El ser humano no es un ser perfecto que solo necesita más redistribución. Es un ser con dignidad, pero herido por el egoísmo y la envidia. Las mejores instituciones son las que limitan el poder mal dirigido, protegen la propiedad legítima y fomentan la responsabilidad. Las que pretenden redimir al hombre desde arriba suelen terminar oprimiéndolo.

    Es hora de dejar los diagnósticos superficiales. Necesitamos mirar la fosa: ¿qué tipo de cultura estamos cultivando? ¿Una que valora el esfuerzo y la excelencia, o una que resiente el éxito ajeno y busca al Estado como salvador? La respuesta a esa pregunta definirá si avanzamos hacia la prosperidad compartida o seguimos girando en el mismo círculo de quejas y promesas incumplidas.

    La renovación empieza por reconocer la raíz. Como dice la sabiduría antigua: “Guarda tu corazón, porque de él mana la vida”.

  • Anthropic y el mito de que el copyright salvó a los autores

    Anthropic y el mito de que el copyright salvó a los autores

    La noticia recorrió el mundo con un mensaje aparentemente simple: Anthropic pagará 1.500 millones de dólares a miles de autores por utilizar libros pirateados para entrenar su inteligencia artificial y muchos interpretaron el caso como una victoria del copyright. Otros, como una derrota de la inteligencia artificial.

    Sin embargo, desde una perspectiva libertaria, esa lectura pasa por alto lo más interesante.

    El verdadero debate no es si la IA puede aprender de un libro. El debate es si las ideas pueden ser objeto de propiedad de la misma manera que una casa, un automóvil o un terreno. Y esa diferencia cambia completamente la forma de entender el caso.

    La propiedad existe porque existe la escasez

    Uno de los aportes más importantes de la Escuela Austríaca es haber explicado que la propiedad surge para resolver conflictos sobre bienes escasos. Dos personas no pueden utilizar simultáneamente el mismo automóvil, ni vivir al mismo tiempo en la misma casa.

    La propiedad establece quién decide sobre esos recursos precisamente porque son escasos.

    Las ideas funcionan de otra manera.

    Si leo una novela, el autor no deja de tenerla, o si aprendo una teoría económica, su creador no la pierde. Si una inteligencia artificial analiza millones de textos, esos textos siguen existiendo exactamente igual que antes.

    El conocimiento no desaparece cuando alguien más lo incorpora.

    Por eso muchos académicos libertarios, especialmente Stephan Kinsella, sostienen que hablar de «propiedad intelectual» resulta conceptualmente problemático. No porque el trabajo creativo carezca de valor, sino porque las ideas no presentan la escasez física que justifica la existencia de derechos de propiedad.

    El problema nunca fue que Claude aprendiera

    La cobertura periodística suele dar la impresión de que Anthropic fue condenada por permitir que Claude aprendiera leyendo libros.

    No fue eso lo que ocurrió.

    Lo realmente cuestionado fue que la empresa construyera una enorme biblioteca utilizando copias obtenidas desde repositorios piratas.

    Aquí aparece una diferencia fundamental.

    Una cosa es aprender y otra muy distinta es la forma en que se obtiene aquello de lo que se aprende.

    Desde una visión libertaria, la discusión no debería centrarse en prohibir el aprendizaje de una inteligencia artificial. Sería tan absurdo como exigir que un ser humano pague una licencia cada vez que recuerda una idea leída hace veinte años. La cuestión relevante es si alguien obtuvo esos materiales respetando los derechos sobre los bienes físicos, los contratos y los acuerdos voluntarios existentes.

    El copyright no resolvió el problema

    Muchos presentaron el acuerdo como una demostración de que el sistema de copyright funciona, pero lo cierto es que los hechos son bastante menos concluyentes.

    El pago de 1.500 millones de dólares surgió porque existía un enorme riesgo judicial dentro del sistema estadounidense de propiedad intelectual.

    No fue un precio descubierto espontáneamente por el mercado y tampoco fue una negociación entre iguales que buscaban cooperar. Fue un acuerdo alcanzado bajo la amenaza de una eventual condena mucho mayor.

    Eso no significa que el resultado haya sido malo.

    Significa que no constituye una prueba de que el copyright sea la institución ideal para resolver estos conflictos. De hecho, el propio caso demuestra otra cosa mucho más interesante.

    Lo que realmente apareció fue un mercado

    Las empresas de inteligencia artificial necesitan enormes cantidades de información para entrenar sus modelos; y por otro lado los autores quieren ser remunerados por el uso de sus obras. Las editoriales poseen catálogos completos y los archivos digitales administran millones de textos.

    Todos tienen incentivos para llegar a acuerdos.Y cuando existen incentivos para cooperar, aparece el mercado. No hace falta que el Estado determine cuánto vale cada libro para entrenar una IA como tampoco hace falta una tarifa universal.

    No hace falta una agencia que autorice previamente cada modelo. Basta con que existan derechos claramente definidos sobre los recursos físicos y libertad para contratar.

    Un desarrollador puede comprar una biblioteca, puede licenciar un catálogo editorial, puede celebrar acuerdos con miles de autores, puede utilizar obras de dominio público o puede remunerar mediante suscripciones o pagos por acceso. Puede incluso crear plataformas donde cada autor decida voluntariamente si desea participar y bajo qué condiciones.

    Todas esas soluciones nacen de contratos, no de regulaciones.

    La innovación tampoco justifica cualquier medio

    Ahora bien, reconocer que el mercado ofrece mejores respuestas no significa convertir a la innovación en un privilegio.

    Algunos sostienen que, como la inteligencia artificial generará enormes beneficios para la humanidad, debería poder utilizar cualquier contenido sin restricciones. Ese argumento tampoco resulta compatible con una visión libertaria.

    La libertad económica nunca ha significado que los fines justifiquen los medios. Una empresa no adquiere un derecho especial simplemente porque desarrolla una tecnología revolucionaria y si obtiene información incumpliendo contratos, vulnerando sistemas de acceso o apropiándose de recursos ajenos, deberá responder por esas conductas, pero no porque las ideas sean propiedad, sino porque los contratos y la propiedad sobre los bienes materiales siguen existiendo.

    El gran error sería prohibir el aprendizaje

    El peor resultado posible sería interpretar este caso como una invitación a exigir autorización previa para todo entrenamiento de inteligencia artificial, porque eso transformaría el aprendizaje en una actividad regulada. Cada nuevo modelo necesitaría negociar millones de permisos individuales por lo que los costos de transacción serían gigantescos.

    Paradójicamente, sólo podrían sobrevivir las empresas más grandes, precisamente aquellas con recursos suficientes para mantener departamentos jurídicos dedicados exclusivamente a negociar licencias. La regulación terminaría consolidando los monopolios que supuestamente pretende limitar.

    La respuesta libertaria mira hacia otro lado

    El mercado lleva siglos resolviendo problemas de coordinación sin necesidad de un plan central y la inteligencia artificial probablemente no sea la excepción.

    Lo más probable es que veamos surgir nuevos mercados de licencias, plataformas de contratación, catálogos especializados, sistemas de suscripción y acuerdos entre desarrolladores y titulares de contenidos. No porque una ley lo imponga, sino porque ambas partes tienen incentivos para cooperar.

    Esa evolución sería mucho más interesante que ampliar indefinidamente el alcance del copyright, porque desplaza la discusión desde el monopolio legal sobre las ideas hacia algo mucho más compatible con una sociedad libre: la contratación voluntaria.

    La verdadera enseñanza del caso

    Muchos celebran el acuerdo de Anthropic como un triunfo del copyright, pero quizá la lección sea exactamente la contraria.

    El conflicto terminó resolviéndose cuando las partes encontraron un precio para cerrar una disputa concreta, no cuando el Estado decidió cómo debía funcionar toda la industria. Eso no demuestra que el copyright sea indispensable, lo que demuestra es que, incluso dentro de un sistema jurídico imperfecto, los incentivos económicos siguen empujando hacia soluciones negociadas.

    Y si el futuro de la inteligencia artificial termina construyéndose sobre contratos libres entre autores, editoriales y desarrolladores, el protagonista de esta historia no habrá sido el copyright.

    Habrá sido el mercado.