Categoría: Politica y Actualidad

  • Quieres un “Estado de Bienestar”, paga el precio de la inmigración

    Quieres un “Estado de Bienestar”, paga el precio de la inmigración

    Comencemos por decir las cosas como son. Si quieres un Estado que subvenciona haraganes -coaccionando a sus ciudadanos para que paguen los impuestos necesarios- tienes que saber que atraerás inmigrantes haraganes.

    Las imágenes de miles de personas intentando cruzar desde Marruecos hacia Ceuta volvieron a colocar el tema en el centro del debate europeo y global. España reforzó la frontera, desplegó efectivos de seguridad y el inefable Pedro Sánchez se trasladó al enclave español mientras el episodio reabría uno de los debates más sensibles de la Unión Europea: el control de sus fronteras.

    Rápidamente se convirtió en un argumento político para la derecha occidental. Italia anunció el restablecimiento de controles temporales sobre los viajeros procedentes de España, mientras Trump utilizó las imágenes de Ceuta para advertir que ese podría ser el futuro de EE.UU. si los demócratas regresaran al poder. La inmigración volvió a transformarse en una poderosa herramienta demagógica de disputa política.

    Por cierto, no faltaron las hipótesis confabuladoras sobre que Marruecos provocó estos hechos deliberadamente. Durante los últimos veinticinco años, el reino marroquí dejó de ser un vecino periférico de Europa para convertirse en uno de los actores estratégicos del Mediterráneo occidental. Hoy España necesita su cooperación para controlar los flujos migratorios, combatir el terrorismo, preservar la estabilidad de Ceuta y Melilla, las dos ciudades autónomas españolas situadas en la costa norte de África.

    Madrid necesita un equilibrio entre sus dos grandes socios -y rivales entre sí- del Magreb: depende de Argelia para garantizar parte de su abastecimiento energético y de Marruecos por los motivos que vimos. En ese contexto, el 20 de julio Pedro Sánchez viajó a Argel para reforzar la cooperación energética. Apenas diez días después estalló la crisis de Ceuta.

    No existe evidencia pública que permita vincular ambos episodios ni afirmar que Marruecos haya relajado deliberadamente los controles fronterizos, como sí ocurrió en 2021. Sin embargo, aquel antecedente demostró hasta qué punto el control migratorio puede convertirse en un instrumento de presión política. Pero, en cualquier caso, ese no es el problema de fondo.

    Para el periodo 2021-2027, la Unión Europea tiene comprometidos más de 1.600 millones de euros para programas de cooperación destinados al desarrollo económico, el fortalecimiento institucional, la gestión migratoria y el control de las fronteras. La estabilidad de Marruecos pasó a formar parte de la seguridad europea. Pero regalar dinero de los ciudadanos europeos es contraproducente y solo deja contentos a los políticos y sus andanzas.

    Una de las patas para una solución de fondo es que los países en cuestión, desde donde vienen los inmigrantes, liberen sus mercados de manera que sus economías se expandan, y así suba el nivel de vida local logrando que menos personas quieran irse.

    La solución de fondo para los países desarrollados pasa por el cese inmediato de todo beneficio social, fiscal, de salud, educación, y de cualquier tipo y, entonces, cuando tengan que pagar por todo veremos cuántos se quedan. Si cada inmigrante tiene que pagarse lo suyo, lo haraganes que viven a costa de los ciudadanos locales y sus impuestos, desaparecen. Quedarán solo los que consiguen un empleo que les permita vivir mejor que en su país y ni siquiera esto porque muchos, aun ganando más que en su tierra, extrañarán su patria y se volverán.

    Por cierto, los que se quedan trabajando honestamente y ganando más que en su tierra no solo que no perjudican al país de adopción, sino que lo benefician. Trabajo sobra, hay mucho por hacer piense solo en el déficit habitacional, de hospitales y tanto más. En un mercado libre, hay pleno empleo siguiendo la curva de oferta y demanda y, si los salarios son bajos éstos se suben solo con capitalización.

     Son los políticos los que provocan la desocupación con leyes coactivas que impiden el trabajo “legal”, por caso, la ley del salario mínimo lo que logra es prohibir que trabajen los que ganarían menos que son, precisamente, los que más lo necesitan.

     Entonces, si hay pleno empleo, no puede decirse que los inmigrantes están quitando trabajo a los locales. Otra falacia es que, aunque no haya desocupación, los inmigrantes, al aumentar la oferta laboral, deprimen los salarios y empobrecen al país.

    A ver. Cualquier persona al trabajar produce para sí misma y, además, produce para la sociedad. Por ejemplo, un empleado de una empresa tiene que producir lo suficiente para ganar su salario y para dejarle ganancias a la empresa, de otro modo no se lo contrataría. Un trabajador o comerciante autónomo tiene que producir lo suficiente para sí y además para favorecer al cliente que, de otro modo, si no obtuviera algo mejor al dinero que deja, no compraría.

    Entonces, necesariamente todo inmigrante que trabaje en un mercado libre aportará ganancias para esa sociedad, para ese país. Claro que la ecuación se quiebra cuando los inmigrantes se benefician con el asistencialismo estatal (que pagan los ciudadanos) con el poco dinero que han dejado los políticos después de cobrarse lo suyo.  

    Actitudes como las de la primera ministra italiana, Meloni, por el contrario, agravan el problema. Además de crear múltiples inconvenientes a todos los ciudadanos del mundo -no solo a los españoles e italianos- no hace hincapié en el verdadero problema -el Estado de Bienestar- y por tanto lo legitima. Además, los controles fronterizos solo detienen a la gente decente, los delincuentes tienen mil trucos para evadirlos y, para remate, ante la imposibilidad de ingresar legalmente, se crean las mafias que les procuran el ingreso de manera ilegal.

     Y, por cierto, tanto el asistencialismo como los gastos de las fuerzas represivas estatales se pagan por vía impositiva que, irónicamente, empobrecen a los más pobres ya que, por caso, los empresarios los pagan subiendo precios.

    Corolario: los problemas de la libertad se solucionan siempre por el camino de una mayor libertad y, por el contrario, cualquier acción represiva solo empeorará las cosas. Es decir que, cuando enfrentamos un problema, la actitud debe ser la de razonar y estudiar ¿por dónde tenemos que liberar para que el problema se solucione? Y jamás dejarnos llevar por una reacción primaria y, menos aún, si promueve una mayor represión a las libertades individuales.

  • La Gobernanza Predatoria

    La Gobernanza Predatoria

    En los debates diarios sobre las políticas públicas en Panamá, es común escuchar llamados a una “mejor gobernanza”. Pocas palabras se usan con tanta frecuencia y se comprenden tan poco. La gobernanza no es simplemente otro nombre para las acciones del gobierno. Mientras que la gobernanza —el conjunto de mecanismos que permiten a los seres humanos coordinar su vida social y resolver pacíficamente sus conflictos— ha existido desde que las personas comenzaron a vivir juntas, el Estado moderno es una invención histórica relativamente reciente.

    Lejos de ser una simple continuación de formas antiguas de autoridad, el Estado, como explica Agustín Toptschij, se define por su reclamo de soberanía: se posiciona como la fuente última del derecho, sin reconocer ninguna autoridad superior. Esta autonomía institucional, más que cualquier política concreta, le otorga una lógica predatoria. Poco a poco, tiende a absorber o subordinar otras instituciones —la familia, la empresa privada, la educación, agua, transporte, energía, otras más y hasta la alimentación. También las asociaciones civiles y las tradiciones locales— bajo la justificación del “bien común”.

    En Panamá, un país bendecido con ventajas geográficas y una economía dolarizada que ya demuestra los beneficios de limitar la soberanía monetaria, esta distinción resulta especialmente relevante. No tenemos que elegir entre orden y libertad. Necesitamos recuperar las ricas posibilidades de la gobernanza que no dependen de la expansión permanente de la jurisdicción del Estado.

    Esta lógica predatoria no es, necesariamente, fruto de la mala intención de gobernantes individuales, sino de la naturaleza misma del Estado soberano moderno. Al declararse fuente última del derecho, tiende inevitablemente a expandir su jurisdicción. Cada problema social —la inseguridad, la educación deficiente, los desequilibrios económicos— se convierte en pretexto para absorber más funciones que antes eran gestionadas por la sociedad civil, las familias o el mercado.

    En Panamá vemos este fenómeno con claridad. La dolarización ha sido un poderoso límite a la soberanía monetaria y nos ha dado mayor estabilidad que muchos países vecinos. Pero, en general observamos la tendencia expansiva: regulaciones que complican la vida de la pequeña y mediana empresa, un sistema de pensiones que genera inquietud sobre su sostenibilidad, y una burocracia que crece mientras la confianza en las instituciones públicas disminuye. No se trata solo de “mal gobierno”. Se trata de un modelo que concentra poder y debilita la sociedad.

    Frente a esto, es necesario recuperar las posibilidades de una gobernanza que no dependa de la expansión permanente e indecente de los entes en que se han convertido nuestros gobiernos estatales. La historia y la experiencia contemporánea ofrecen ejemplos esperanzadores:

    1. En el ámbito económico: La dolarización misma es un gran ejemplo de gobernanza sin soberanía monetaria plena. De igual forma, la competencia entre jurisdicciones (como los regímenes especiales en zonas francas o el hub logístico) demuestra que la apertura y la competencia reguladora pueden generar mejores resultados que la planificación central.
    2. En seguridad: Donde la policía estatal enfrenta limitaciones, la seguridad privada, los sistemas de vigilancia comunitaria y las tecnologías de prevención han mostrado eficacia. El reto es regularlos sin ahogarlos.
    3. En educación y bienestar: Familias, iglesias, fundaciones y empresas ya demuestran capacidad de ofrecer servicios de calidad. En lugar de estatizarlos, deberíamos facilitar su expansión mediante vales, desregulación y mayor libertad de elección.
    4. En resolución de conflictos: La arbitración comercial y los mecanismos privados de solución de disputas suelen ser más rápidos y menos costosos que los tribunales estatales saturados.

    La verdadera cuestión no está en tener más “Estado” y sus gobiernos en nuestras vidas, pues hay mejores formas. Un orden basado en la soberanía ilimitada del aparato estatal o uno construido sobre múltiples centros de autoridad y responsabilidad personal.

    Panamá, por su historia y posición estratégica, tiene una oportunidad única para liderar un modelo de gobernanza más humilde y eficaz. Reducir la voracidad del Estado no significa caos, sino liberar el enorme potencial creativo y cooperativo de la sociedad. Es hora de pasar de la gobernanza estatista a una gobernanza verdaderamente social.

  • Más allá del estrecho de Ormuz: los cuellos de botella que pueden hacer tambalear el control de los mares

    Más allá del estrecho de Ormuz: los cuellos de botella que pueden hacer tambalear el control de los mares

    Los grandes pasos marítimos del petróleo ya no se dividen entre importantes y secundarios, sino entre los que están bajo asedio, los que tienen dueño, los que están naciendo y los que sostienen todo el sistema. Cuando los mercados temen un cierre en el estrecho de Ormuz, el precio del petróleo se dispara en cuestión de horas. Lo hemos visto muy de cerca en todo 2026. La razón es bien conocida: por ese angosto paso del golfo Pérsico transita cerca del 20 % del crudo y el 25 % del gas natural licuado (GNL) que consume el mundo, según la Agencia Internacional de Energía. Pero fijarse sólo en Ormuz es leer solo una página del atlas y creer que se ha entendido el mundo.

    La Administración de Información Energética de Estados Unidos (EIA) estima que el 76 % del petróleo mundial viaja por mar. Ese océano de crudo y gas no fluye libremente: se estrangula en una docena de pasos que concentran los flujos en espacios de pocos kilómetros, a veces de pocos cientos de metros. Lo interesante no es catalogarlos, sino entender que se dividen en cuatro familias con lógicas de riesgo muy distintas: los pasos clásicos que están bajo asedio, los que tienen dueño con nombre y apellidos, los que están naciendo ante nuestros ojos y los que sostienen silenciosamente todo el edificio.

    Los principales cuellos de botella energéticos globales (el tamaño del círculo es proporcional al tráfico de barriles de petróleo). Fuente: elaboración propia con datos de la EIA (1H2025)., CC BY

    Bajo el asedio de los drones y las lanchas rápidas

    Durante medio siglo, la seguridad de los cuatro grandes pasos del petróleo –el estrecho de Ormuz, que conecta el golfo Pérsico con el Índico; el canal de Suez, que sirve de paso entre el Mediterráneo y el mar Rojo; el de Bab el-Mandeb, entre el mar Rojo y el Índico, y el paso de Malaca, que conecta el Índico con el Pacífico– descansó sobre una premisa simple: ningún actor racional se atrevería a desafiar a la marina estadounidense. Esa premisa ha muerto entre 2023 y 2026, y su certificado de defunción se firmó en el mar Rojo.

    En 2023, los hutíes atacaron desde la costa yemení los buques comerciales estadounidenses y británicos en tránsito por Bab el-Mandeb, como una declaración de apoyo a Hamás en la guerra contra Israel. Entonces, las milicias demostraron que un arsenal de drones y misiles baratos bastan para desviar el comercio mundial. No necesitaron hundir ninguna flota: la mera amenaza disparó los seguros marítimos y obligó a las navieras a rodear África, elevando los fletes entre un 200 y un 300 %, y alargando cada viaje entre 10 y 15 días.

    Tras los ataques, el canal de Suez –con apenas 313 metros de ancho en sus tramos críticos y por el que transitan unos 12 millones de barriles diarios– vio evaporarse buena parte de su tráfico sin que nadie lo bloqueara físicamente. Las flotillas navales multinacionales desplegadas en la zona, analizadas en detalle por la propia EIA, no lograron restaurar la confianza: la disuasión clásica no funciona contra quien no tiene nada que perder.

    La misma lección se proyecta sobre los dos gigantes asiáticos del mapa. Ormuz mueve unos 20 millones de barriles diarios pero Malaca lo supera: 23,2 millones de barriles diarios en el primer semestre de 2025, el 29 % de todo el comercio marítimo mundial de petróleo, apretados en un pasaje de 2,5 kilómetros entre Malasia e Indonesia.

    China importa por esa vía cerca del 80 % de su crudo y esa enorme dependencia genera el llamado “dilema de Malaca”.

    Los pasos con dueño: donde el riesgo no es un misil, sino una firma

    Otro tipo de riesgo está en los pasos controlados por un Estado concreto que puede –legalmente o de factocondicionar el tránsito de terceros. Esta presión es menos espectacular que un ataque con drones, pero sus efectos pueden ser igual de profundos.

    Un caso de manual son los estrechos turcos. La convención de Montreux de 1936 dio a Turquía las llaves del Bósforo y los Dardanelos, únicos accesos al mar Negro, por donde sale el crudo kazajo y ruso hacia el Mediterráneo.

    Tras la invasión de Ucrania, Ankara aplicó Montreux con un doble rasero: cerró el paso a los buques de guerra pero lo mantuvo abierto a los petroleros rusos con crudo barato. El estrecho se convirtió en moneda de cambio de la política exterior turca y Europa descubrió que una de sus arterias de importación dependía de la buena voluntad de un socio indispensable e imprevisible.

    Menos conocidos son los estrechos daneses –Gran Belt, Pequeño Belt y Øresund–, única salida del Báltico al Atlántico. Por ellos salía alrededor de un tercio de las exportaciones marítimas rusas de crudo, antes de las sanciones económicas a Rusia por la guerra de Ucrania. Aquí no hay Montreux: Dinamarca no puede negar el paso inocente que estipula el derecho marítimo, por el que los barcos de todos los Estados pueden navegar por el mar territorial de otro, siempre que se trate de un paso rápido y sin detenciones. Pero la geografía impone su propio peaje: el Øresund apenas alcanza 8 metros de calado en algunos puntos, lo que veta a los superpetroleros y obliga a Rusia a usar buques más pequeños y costosos.

    A esta familia también pertenecen Gibraltar, 14 kilómetros entre Europa y África, y puerta del GNL atlántico hacia el Mediterráneo, y el canal de Panamá, que conecta las costas atlánticas y pacíficas del continente americano y da salida al GNL texano hacia Asia. Panamá añade una vuelta de tuerca: el clima se está convirtiendo en su dueño efectivo. La sequía de 2023-24 en la cuenca del lago Gatún redujo el calado, impuso colas de semanas y demostró que la infraestructura más sofisticada puede ser rehén del ciclo hidrológico. La retórica de la administración Trump sobre “recuperar el canal” hizo el resto: hasta los pasos más institucionalizados vuelven a estar en el mercado de la geopolítica.

    El tablero que viene: deshielo, semiconductores y gas africano

    La tercera familia no aparece en los manuales clásicos de seguridad energética porque está naciendo ahora mismo. Son los corredores que el cambio climático, la transición energética y la rivalidad entre China y EE. UU. están dibujando sobre el mapa.

    El más literal es el Ártico. El deshielo está convirtiendo la Ruta del Mar del Norte, a lo largo de la costa siberiana, en una autopista estacional que podría operar todo el año hacia mediados de siglo, recortando 7 000 kilómetros entre Rotterdam y Shanghai. Rusia lleva una década preparándose con rompehielos nucleares, nuevos puertos y bases militares en la zona, mientras que en su flanco occidental está Groenlandia, con sus tierras raras y su posición dominante, lo que explica el insistente interés de Washington por la isla.Justo debajo, el GIUK Gap (el pasillo entre Groenlandia, Islandia y Reino Unido), que fue la línea antisubmarina de la Guerra Fría, se prepara para una segunda vida como corredor logístico vigilado.

    En el otro extremo térmico del planeta, el canal de Mozambique se perfila como la arteria del gas africano: los yacimientos de Mozambique y Tanzania, entre los diez mayores del mundo, empezarán a exportar GNL a gran escala en la segunda mitad de la década, y sus metaneros tendrán que pasar entre la costa africana y Madagascar.

    El corredor emergente más inestable no es nuevo en el mapa, sino en su significado: el estrecho de Taiwán. Por sus aguas transitan los petroleros y metaneros que abastecen a Japón, Corea del Sur y el norte de China. Pero también los semiconductores que alimentan la industria mundial y los cables submarinos que sostienen internet. Un conflicto en Taiwán no sería solo un shock energético sino también industrial y digital simultáneo, sin precedente histórico con el que compararlo. Es el único paso del mapa cuyo cierre no admite ruta alternativa que valga. https://datawrapper.dwcdn.net/aFOHE/2/

    La garantía de fondo: lo que sostiene el sistema cuando todo falla

    Queda una última familia, la menos visible: las piezas que no mueven barriles pero hacen posible que los demás los muevan. Son el seguro del sistema, y como todo seguro, sólo se aprecia cuando hay siniestro:

    1. La pieza militar: Diego García, un atolón de 44 kilómetros cuadrados en mitad del océano Índico, que alberga desde los años setenta una base militar anglo-estadounidense desde la que se puede proyectar poder sobre los pasos de Ormuz, Bab el-Mandeb y Malaca a la vez. La lección es incómoda pero clara: el flujo energético global descansa, en última instancia, sobre infraestructura militar de proyección de poder.
    2. La pieza geográfica: el cabo de Buena Esperanza, que no puede cerrarse al ser mar abierto y que absorbe el tráfico cuando Suez o Bab el-Mandeb fallan. No obstante, cada activación añade dos semanas de travesía y millones de dólares por viaje que acaban en la factura del consumidor.
    3. La pieza industrial: los oleoductos que rodean los estrechos –como el Petroline saudí hacia el mar Rojo (con hasta 7 millones de barriles diarios de capacidad ampliada), el Habshan-Fujairah emiratí que esquiva Ormuz, el Bakú-Tiflis-Ceyhan que evita el Bósforo– son la redundancia planificada del sistema. Pero el sabotaje del Nord Stream, en 2022, mostró que los tubos también se atacan y ninguno puede absorber el volumen completo de los pasos que complementan. La redundancia atenúa la vulnerabilidad; no la elimina.

    Leído así, el mapa de los cuellos de botella (chokepoints) es un mapa de poder. Para los importadores netos de combustibles fósiles, la lección es que diversificar fuentes sin diversificar rutas es hacer la mitad del trabajo: depender de un único corredor equivale a firmar un pagaré geopolítico con vencimiento impreciso.

    Enrique Parra Iglesias, Profesor Titular de Universidad, Universidad de Alcalá

    Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

  • El socialismo no es la respuesta al capitalismo de compinches

    El socialismo no es la respuesta al capitalismo de compinches

    Supongo que quien se arrima a la ideología socialista, prima hermana del comunismo, está desencantado con aquello que llaman «capitalismo», que no es sino «capitalismo de compinches»; llamémosle «capinchismo». Pero ¿por qué, en vez de mudarse del capinchismo a «el socialismo», no optan por mudarse hacia el verdadero capitalismo, único sistema que ha demostrado capacidad de producir riqueza social, y ello solo con arrimarse a los ideales del verdadero capitalismo, ese que, mal que bien, consagra nuestra Constitución panameña en su Preámbulo? Lo que no tiene buen sentido es irse del capinchismo al socialismo, ideología que diluye la libertad como el agua diluye la sopa.

    En estos días escuchaba una discusión en Fox News en la cual una socialista (demócrata) decía que Trump quería desmantelar la red del asistencialismo estadounidense con su política de «drenar la ciénaga». La contraparte republicana le ripostó algo como: qué fácil es voltear la realidad patas arriba, creer que delegar al gran gobierno la solución de las iniquidades hace sentido, que los programas de redistribución a través de diputados —y el gobierno como garante de última instancia en el financiamiento inmobiliario, la justicia, la salud, la educación y mucho más— fuesen sanos.

    El meollo del asunto es que muchos simplemente ignoran las realidades del socialismo; o peor, su resentimiento es tan irracional que no les importa. ¿Cuál es la esencia del comunismo? Creer que desmantelando los derechos de propiedad se puede acceder a la justicia, a una sana cultura, a la ciencia, a la creatividad, a la repartición de riquezas y acabar con la tiranía. Curioso camino para lograr esas cosas, particularmente cuando para ello se requiere ese instrumento llamado «Estado/gobierno/rey», que viene casado con politicastros y toda la gama de alimañas gubernamentales. Y ojo, que no hablo del auténtico político, tan raro como el hombre de las nieves, dado que el medio está prostituido y resulta difícil ser impoluto dentro del sistema. Las dos veces que llegué a dirigir una entidad gubernamental solo duré un año, y creo que fue porque detuve aquello que no se debe detener.

    Leer la historia de los experimentos comunistas es como leer la antología del mismo Infierno, y ni siquiera me tomo la molestia de citar obras. Es rarísimo escuchar loas a Stalin, Mao, Kim Jong-un, Ho Chi Minh, Pol Pot, Castro, Chávez, Maduro, Ortega y demás, cuyas historias yacen en los cementerios de millones de inocentes asesinados bajo sus tiránicos regímenes. Ya nadie se acuerda de los muertos ni de los sufrimientos que tuvieron que soportar antes de ser arrojados como animales en infernales trincheras.

    Y hoy vemos un organismo que llaman Naciones Unidas, que agrupa mucha más desunión que unión: un organismo que a diario condena a Israel, cuando rarísima vez señala a países de líderes como los ya mencionados. Dejemos que los muertos sepulten a los vivos: ¡extraordinaria incongruencia! Los muertos yacen a nuestros pies y aún somos incapaces de escuchar sus lamentos. ¿Cómo podemos decir que somos morales y hacernos ciegos ante semejantes atrocidades?

    A tal grado hemos torcido la realidad que ya condenamos la libertad y exaltamos su defunción en manos de un socialismo que es la antesala de vuelta al comunismo. A personajes como Bernie Sanders, quien se acercó a la presidencia de los EE. UU., se le ha escuchado decir cosas como: «No creo que sea importante que discutamos acerca de la ideología socialista.» Habría que preguntarles a los aproximadamente cien millones de víctimas que claman desde sus lúgubres entierros si piensan lo mismo.

    ¿Cómo explicar la magia de gobernantes venezolanos que convierten al país más rico de América Latina en el más pobre y, no contentos con ello, lo celebran? Venezuela sufría para el momento en que escribí originalmente este artículo, una inflación de 9.000% (cifra que, para el cierre de 2018, terminaría superando el 130.000% según el Banco Central, y el millón por ciento según el FMI)., pero los pobres que lo padecían no lo entendían. Dudo que lo entendiera Maduro.

    Pongamos atención a personas como Lawrence I. McQuillan, quien nos advierte: «Un gobierno lo suficientemente poderoso para darte todo lo que quieres es lo suficientemente poderoso para quitarte todo lo que tienes.»

    PS: este artículo fue originalmente escrito en 2018. Como apreciará el lector, poco ha cambiado desde entonces.

  • Los países más ricos: no es ideología sino acciones

    Los países más ricos: no es ideología sino acciones

                         Como he señalado más de una vez, la econometría no tiene valor científico. Para empezar, cada cual realiza estas estadísticas y cálculos matemáticos, como el PIB, según sus criterios. De modo que, en el mejor de los casos pueden dibujar una tendencia con fines periodísticos. Hecha la aclaración, lo que muestra la realidad global es que la ideología, los discursos políticos son solo propaganda electoral, lo que cuenta son los hechos. La academia, la actividad intelectual, cuando es ciencia verdadera, puede influenciar a cualquier político o sociedad sea cual fuere su arenga electoral.

                          Gabriel Cohen publicó un interesante artículo titulado “Las mayores economías del mundo en 2026: nominal frente a PPA”. Paridad de Poder Adquisitivo (PPA) significa comparar cuanto se puede adquirir con la misma cantidad de dinero. O sea, dos personas en países distintos pueden ganar nominalmente la misma cantidad, pero una consigue más bienes dado que allí los precios son más bajos, y entonces sería más rico.

                          El siguiente gráfico compara los países contando, por un lado, el PIB nominal, que mide la producción a las tasas de cambio actuales, y por el otro considerando la PPA, según los precios y el costo de vida locales. Los datos son proyectados para 2026.

    ideología

                      China ocupa el primer puesto como la mayor economía del mundo por PPA, dado que allí los precios son más bajos, mientras que EE.UU. sigue siendo el primero por PIB nominal que es la medida estándar utilizada para comparar economías globales ya que reflejaría la producción a las tasas de cambio actuales.

                               Con Deng Xiaoping, China inició a partir de 1978 el Gaige Kaifang, o Reforma y Apertura, proceso que emprendió para recusar al maoísmo y abrirse al mundo y al sector privado, y creció espectacularmente siendo hoy la segunda economía más grande del mundo por PIB nominal, superando a Alemania en 2007 y a Japón en 2010.

                              «No importa si el gato es blanco o negro, sino que cace ratones», fue la famosa frase de Deng marcando que lo que impacta es la realidad, las acciones que realmente ejecutan los gobiernos, no las ideologías que dicen representar.

                               La explicación filosófica es simple. El Estado, con su monopolio de la violencia -que siempre destruye- impone “leyes”, ergo, cuanto menos intervenga en la sociedad, menos destrucción ocurrirá. Así de simple, así de directo sin que importe el discurso político, el “color del gato”.

                                China superó a EE.UU. en PIB ajustado por PPA en 2014 situándose ya en USD 44,3 billones (proyectado para2026). Esto refleja las diferencias en los precios locales. Un dólar de producción en EE.UU. compra menos que uno en un país como China o India, esta última con el tercer PIB más grande del mundo ajustado por PPA.

                             Las clasificaciones por PPA destacan dónde se pueden producir o comprar bienes y servicios a menor precio, mientras que el PIB nominal sigue siendo la medida preferida para evaluar el tamaño de las estructuras financieras, el comercio internacional y la influencia global.

                           Por otro lado, Dorothy Neufeld escribe otra interesante columna titulada “Los países más ricos del mundo por PIB per cápita”. Es decir, el PIB nominal de cada país dividido por el número de habitantes, o sea, cuál sería la producción por cada ciudadano.

                           El siguiente gráfico compara el PIB per cápita de los países más ricos en el año 2000 contra el 2026 (estimado). Las cifras se muestran en dólares estadounidenses actuales y no se ajustan por inflación.

                               Destaca Irlanda donde los mismos políticos populistas que empobrecieron al país, rectificaron, “pusieron un gato que cace ratones”, bajaron el peso del Estado empezando por recortar impuestos y lograron que el país subiera del puesto 14 al 2º desde el año 2000, con un PIB per cápita que ya supera los USD 140.000, multiplicándose por cinco. La presión fiscal general en allí ronda el 22% del PIB, bien debajo del promedio europeo. EE.UU. esta en el puesto 7 con USD 94.430 y lejos China con USD 14.874.

                                 La siguiente tabla compara los países más ricos del mundo en 2000 y 2026 en términos de PIB nominal per cápita.

                              El auge refleja décadas de inversión extranjera de empresas multinacionales tecnológicas, farmacéuticas y financieras que utilizan Irlanda como base europea. Singapur también registró una de las mayores ganancias, pasando del puesto 20 al quinto. Ambos países ilustran cómo las economías más pequeñas pueden escalar rápidamente en el ranking global de riqueza atrayendo inversiones e industrias de alto valor. Lo que deja en claro además un detalle no menor.

                            Cuando en economía se dice que “los recursos son escasos” en realidad lo que es escaso es el stock actual de bienes y servicios, pero el principal recurso natural es el cerebro humano, su creatividad, que no tiene límite superior, sobreabunda en tanto el Estado no lo impida coactivamente, por ejemplo, con leyes de estatales de copyright que limitan los cerebros que pueden trabajar, sobre algunas ideas, a aquellos que ostentan el monopolio de esa idea garantizado por estas leyes. Por ello, los países más ricos son aquellos en los que el Estado coarta menos la creatividad humana, aun cuando tienen escasos bienes naturales distintos a la creatividad personal, como petróleo o tierras agrícolas.

  • En la Política Resucita el Primitivismo Selvático

    En la Política Resucita el Primitivismo Selvático

    En su origen, la palabra “política” tuvo el sentido de perseguir nobles objetivos a través de los cuales los ciudadanos podían organizar sus vidas en comunidad de manera segura y productiva. Pero, como suele suceder en asuntos del poder, lo que en principio tuvo nobleza se corrompió, tomando el sentido de engaños y beneficios políticos. Hoy día el vocablo “política” o “político” ha tomado un sentido peyorativo y ello no es casual sino causal. En sentido maquiavélico, la política se convirtió en la estratagema para acceder y mantener el poder. En Panamá vivimos el desboque burrocrático en la manipulación de los medios noticiosos en dónde muchos se caracterizan por una retórica de calabaza vacía.

    La política de arrabal que hoy vivimos se nutre de la pobreza e ignorancia que sembraron las élites del Intramuros del Casco Viejo.

    En tal ambiento la lógica sucumbe, igual que el debate técnico, el científico y social; tanto en lo económico como en lo ético y todo queda subordinado a las chuecas agendas partidistas. Así, la comparsa que logró entrar al Palacio de las Garzas prioriza su permanencia y en ello las necesidades de la población van perdiendo prioridad. Peor es que un presidente honesto es igual que una manzana sana en un cesto de podridas.

    En ese muladar se extravían la justicia y la ética, como también el cálculo económico; ese que sólo existe en libre mercado, dado que los gobernantes carecen los incentivos del ahorro ya que el dinero que usan o mal usan lo arrebatan en impuestos desbocados. Peor aún es que todo ello corrompe el emprendimiento y a los emprendedores; ya que quienes no se aparean con los demonios se van al fracaso.

    Más tenebroso es que en semejante patología lo torcido se vuelve “normal”, realidad pintada en el decir: “robó, pero le dio al pueblo”.

    Más horrible aún es ver a los asaltantes del poder valerse del inmenso pecado de la envidia, del cual se aprovechan para abanicar y vilipendiar al capitalista, al empresario, a la propiedad; al rico y tal; lo cual lo deja a uno pensando que lo único que tiene valor es ser pobre, sin capital, sin empresas, sin propiedades y sin dinero, tal como ha ocurrido por todo nuestro hemisferio.

    Hoy, se confunden las palabras “gobierno” y “Estado” escribiendo “Estado” con “E” mayúscula; engaño para hacer ver que el gobierno es el estado; es decir, el pueblo. Sí, como no… hay que ser más que ingenuo para creer que nuestros gobiernos representan los verdaderos y buenos intereses del pueblo. Y más tenebroso aún es que el adoctrinamiento y el engaño han sido tan buenos que el pueblo ni siquiera conoce lo que les conviene.

    Vivimos en la letrina del engaño; cinismo que nos lleva a la fragmentación del verdadero estado, que somos todos; mientras que los gobiernos son los organismos a quien el pueblo delega su seguridad y su economía. En ese engaño deberíamos ver la bestia agazapada en los matorrales esperando para su ataque.

    Así, la población queda fracturada y, como reza el dicho, “divide y vencerás”; o, tal vez lo que dice es “divide y robarás”. El verdadero y auténtico gobierno está llamado a enfocarse en la seguridad y la libertad de sus representados; la población. Imagínense que hasta nuestra horrible Constitución comunista comienza señalando eso en su Preámbulo.

    El buen gobierno, la productiva gobernanza se basa en sana economía; y, la palabra “economía” lo dice todo… “economizar” y no dilapidar y robar.

  • Brexit: a diez años, el balance que la mirada liberal no puede evadir

    Brexit: a diez años, el balance que la mirada liberal no puede evadir

    Hoy se cumplen exactamente diez años del referéndum del 23 de junio de 2016, y la fecha llega cargada de simbolismo: Keir Starmer, el séptimo primer ministro británico desde aquel día, presentó su renuncia apenas 24 horas antes del aniversario. Una década de inestabilidad en Downing Street —seis cambios de liderazgo, cinco conservadores y un laborista— resume mejor que cualquier discurso lo que el Brexit ha sido en términos políticos: una herida que no termina de cerrar. Conviene, en este aniversario, hacer un balance sin trampas, desde una perspectiva liberal que valore tanto la soberanía democrática como los costos reales de las decisiones, y que esté dispuesta a la autocrítica cuando los hechos lo exijan.

    La cuenta económica: más cara de lo prometido

    El dato más citado en estos días proviene de un estudio elaborado por el economista Nick Bloom, de Stanford, junto con economistas del Banco de Inglaterra, que tuvieron acceso a datos internos de la institución. Su conclusión, publicada justo antes del aniversario: los datos a nivel de empresa apuntan a una pérdida del PIB del 6% en diez años, mientras que estudios más amplios sugieren un promedio del 8%. El propio gobernador del Banco de Inglaterra, Andrew Bailey, ha admitido en público que el nivel de actividad y crecimiento de la economía fue menor a causa de la salida del mercado único. Bloom añade un matiz importante para cualquier liberal honesto: el Reino Unido crecía con fuerza antes del Brexit y podría haber mantenido, al menos en parte, el ritmo de Estados Unidos de no haber salido de la UE.

    Las nuevas relaciones comerciales prometidas como compensación tampoco han llegado a la magnitud anunciada. Según las propias estimaciones del gobierno británico, el acuerdo con Australia añadirá apenas un 0,08% al PIB a largo plazo, el de Nueva Zelanda un 0,03%, y el acuerdo con India, presentado como una gran victoria estratégica, apenas un 0,13%. El ingreso al CPTPP, celebrado como prueba de la nueva «Global Britain», entra en la misma categoría: simbólicamente relevante, económicamente marginal.

    La promesa incumplida que más duele: la inmigración

    Si hay un terreno donde la autocrítica liberal debe ser más severa, es la inmigración, precisamente porque era la bandera con la que el Brexit ganó el referéndum. Las cifras oficiales muestran que, lejos de reducirse, la migración neta alcanzó cerca de un millón de personas en 2023 antes de descender a 308.000 en 2025, con un cambio de composición —menos europeos, más migración extracomunitaria— pero no necesariamente con el control prometido en aquel autobús de campaña. Para un liberal clásico, esto no debería sorprender: el problema nunca fue Bruselas como tal, sino la falta de una política migratoria coherente, algo que la soberanía recuperada no resolvió automáticamente. Recuperar la capacidad legal de decidir no equivale a ejercerla bien.

    Soberanía regulatoria: la autonomía que pocos usan

    Aquí está, quizás, la autocrítica más incómoda para el liberalismo que defendió el Brexit en nombre de la desregulación. El Reino Unido recuperó, en teoría, plena capacidad para legislar fuera del marco de Bruselas. En la práctica, gran parte del tejido empresarial británico sigue alineándose voluntariamente con los estándares europeos, porque la UE sigue siendo, con diferencia, su mayor socio comercial y el costo de divergir resulta mayor que el beneficio. La soberanía formal existe; la revolución desreguladora que muchos brexiters de inspiración libertaria imaginaron, no. El llamado «efecto Bruselas» demostró ser más fuerte que la retórica de la independencia regulatoria.

    Geopolítica: de potencia continental a potencia media

    Desde la óptica geopolítica, el Brexit obligó al Reino Unido a redefinirse como una potencia media que apuesta por la angloesfera, los acuerdos de defensa bilaterales y un acercamiento estratégico al Indo-Pacífico, en lugar de actuar como ancla atlántica de un bloque continental de 450 millones de habitantes. Ha recuperado asientos propios en foros donde antes hablaba a través de Bruselas, pero también ha perdido el peso negociador que solo da formar parte del mercado único más grande del mundo. Los acuerdos recientes con la UE sobre Gibraltar, electricidad y cohesión territorial —todavía en negociación en este 2026— sugieren, de hecho, un lento proceso de realineamiento técnico que contradice la narrativa de ruptura total.

    Lo que de verdad piensan los británicos

    Y aquí aparece la paradoja que ninguna mirada liberal honesta puede ignorar: el malestar con los resultados del Brexit convive con un giro hacia el populismo euroescéptico más duro. Dos encuestas de Ipsos citadas por Associated Press muestran que el 52% de los británicos querría volver a unirse a la UE, frente a un 33% que se opone, y sin embargo Reform UK, el partido de Nigel Farage —el rostro histórico de la campaña por el Brexit—, encabeza las encuestas nacionales con cerca de un 27% de intención de voto. El electorado británico no está pidiendo más liberalismo de mercado ni más apertura: buena parte del malestar se canaliza hacia un nacionalismo proteccionista en torno a la inmigración y la identidad, no hacia la agenda de libre comercio y desregulación que muchos liberales esperaban del «Brexit bien hecho».

    El veredicto liberal sobre el Brexit, sin coartadas

    Una valoración intelectualmente honesta no puede limitarse a decir «yo lo advertí» desde ningún bando. Quienes defendieron el Brexit como ejercicio de autodeterminación democrática tenían razón en el principio —ningún liberal debería sentirse incómodo con que un pueblo decida, en referéndum, los términos de su asociación política—, pero deben reconocer que la promesa de una Gran Bretaña más libre, más desregulada y más próspera no se ha cumplido ni de lejos en la magnitud anunciada. Quienes se opusieron tenían razón en el diagnóstico económico, pero a menudo ignoraron, y siguen ignorando, que el malestar democrático con un bloque percibido como distante y opaco era legítimo y no se resuelve solo con cifras de PIB. El Brexit no fracasó por exceso de soberanía, sino por defecto de un programa liberal que la aprovechara. Diez años después, el Reino Unido tiene más control formal sobre sus leyes y menos crecimiento, más fronteras simbólicas y casi la misma inmigración, más discursos de independencia y menos margen real de maniobra frente a sus vecinos. Esa es la cuenta que ningún bando puede maquillar.

  • El Estado no es tu hincha: reflexiones sobre el decreto mundialista

    El Estado no es tu hincha: reflexiones sobre el decreto mundialista

    El presidente José Raúl Mulino firmó este martes el Decreto Ejecutivo N.° 19, lo llamaremos el decreto mundialista, mediante el cual ordenó el cierre de todas las oficinas públicas nacionales y municipales a partir de las 2:00 de la tarde del miércoles, para que los servidores del Estado puedan ver el debut de la Selección Nacional en el Mundial 2026. El Ministerio de Educación fue un paso más allá: suspendió también las clases vespertinas y nocturnas en colegios oficiales y privados.

    Nadie discute el orgullo legítimo que genera ver a Panamá en una Copa del Mundo. Es un logro deportivo real, merecido y celebrable. Pero una cosa es que los panameños festejen —como individuos libres que son— y otra muy distinta es que el Ejecutivo convierta el entusiasmo colectivo en un decreto con fuerza de ley, que suspende procedimientos administrativos, paraliza trámites y afecta plazos legales bajo la Ley 38 de 2000. Ahí es donde la celebración termina y el análisis debe comenzar.

    El tiempo del Estado no es tiempo libre

    Existe una confusión conceptual que este decreto hace explícita: el supuesto de que el tiempo de los funcionarios públicos puede ser redistribuido a voluntad del Ejecutivo según las circunstancias del momento. Pero los servidores públicos son pagados por los contribuyentes para prestar servicios específicos durante horarios definidos. Cada hora que no se trabaja tiene un costo real: el ciudadano que necesitaba renovar un documento, la empresa que aguardaba una resolución, el trámite judicial que quedó suspendido. Ese costo no desaparece porque el decreto no lo mencione.

    Desde una perspectiva liberal clásica, el Estado existe para garantizar condiciones mínimas de orden, seguridad y justicia —no para gestionar el estado de ánimo de la población. Cuando el Ejecutivo firma un decreto ordenando a todo el aparato burocrático pausar sus funciones para ver un partido de fútbol, no está siendo cercano al pueblo: está confundiendo su rol con el de animador social, y lo hace a expensas del contribuyente.

    El populismo de la euforia

    Este tipo de gestos no son neutrales. Tienen una lógica política clara: identificar al gobierno con el sentimiento popular más inmediato y visible. El presidente no pierde nada firmando ese decreto —al contrario, gana aplausos fáciles— pero la factura la pagan quienes dependen de los servicios suspendidos y quienes financian con sus impuestos cada hora improductiva del aparato estatal.

    El liberalismo clásico advierte precisamente sobre este mecanismo: el uso del poder público para construir legitimidad emocional en lugar de institucional. Una administración que respeta genuinamente al ciudadano no necesita decretar que se detenga el país para parecer humana. Le basta con cumplir su función con eficiencia y dejar que cada panameño decida cómo y con quién ver el partido.

    Libertad sin decreto

    Nada en este análisis implica que el fútbol sea irrelevante o que la selección no merezca respaldo. Lo que se cuestiona es el mecanismo. Un Estado respetuoso de la libertad individual no necesita decretar el entusiasmo: lo permite. La diferencia no es menor. En el primer caso, el gobierno actúa como tutor que concede permiso para celebrar. En el segundo, el ciudadano es un adulto que organiza su tiempo como considera conveniente.

    Si un empleado privado quiere salir temprano del trabajo para ver el partido, negocia con su empleador. Si un funcionario quiere hacer lo mismo, debería tener el mismo derecho —como individuo—, sin que el presidente de la República tenga que paralizar con un decreto toda la maquinaria del Estado para hacer posible lo que debería ser una decisión personal.

    Panamá en el Mundial es motivo de alegría. Pero la alegría no necesita decreto. Y cuando el Estado empieza a legislar sobre cuándo y cómo celebrar, algo esencial sobre la relación entre el gobierno y el ciudadano se ha invertido silenciosamente.

  • IKEA en Panamá: reglas, logística y consumidores

    IKEA en Panamá: reglas, logística y consumidores

    El desembarco de IKEA en Panamá no es una anécdota comercial: es una señal. Inter IKEA Systems B.V. otorgó a Sarton Group los derechos de franquicia para Panamá y Costa Rica, dentro de su expansión en América. Sarton ya opera IKEA en mercados como República Dominicana, Puerto Rico y las islas españolas; la fecha exacta de apertura en Panamá todavía no fue anunciada oficialmente, pero ya han iniciado el proceso de reclutamiento.

    Desde una mirada liberal, lo importante no es “qué marca llega”, sino por qué puede llegar. IKEA no aparece por patriotismo, ni por decreto, ni por relato político. Llega porque Panamá ofrece tres activos institucionales difíciles de fabricar desde un ministerio: dolarización, apertura comercial y posición logística.

    Panamá es atractivo porque combina el Canal, puertos, servicios financieros, comercio regional y una economía dolarizada. El propio informe comercial de EE. UU. describe al país como una economía estable, con baja inflación y una plataforma logística privilegiada para inversión internacional. También señala que Panamá atrae habitualmente entre 2.000 y 4.000 millones de dólares anuales en inversión extranjera directa y alberga una de las zonas francas más grandes del mundo.

    La llegada de IKEA puede tener efectos virtuosos muy concretos: más competencia en muebles y hogar, presión a la baja sobre precios, mejores estándares de diseño, logística, atención al cliente, financiamiento, entregas y comercio electrónico. El consumidor gana no porque el Estado “proteja” al comercio local, sino porque lo obliga a competir.

    También puede beneficiar al mercado inmobiliario. Panamá tiene una economía muy vinculada a expatriados, alquileres, segundas residencias, turismo residencial y movilidad regional. Una oferta de mobiliario modular, relativamente accesible y estandarizada reduce costos de equipamiento para propietarios, desarrolladores y pequeños inversores. En criollo: amueblar una vivienda para alquilar puede volverse más barato, más rápido y más previsible.

    Pero el punto más interesante es otro: IKEA trae consigo capital organizacional. No es solo vender mesas. Es introducir procesos, proveedores, inventarios, estándares, formación laboral, diseño de espacios, logística inversa y cultura de eficiencia. La inversión extranjera buena no solo trae dólares; trae conocimiento práctico. El Banco Mundial remarca justamente que la inversión extranjera directa permite absorber tecnología, gestión y participación en cadenas de suministro.

    Ahora bien, Panamá tiene una particularidad: el comercio al por menor está restringido constitucionalmente a nacionales panameños, salvo estructuras permitidas y excepciones. Esa reserva aparece recogida en guías legales y comerciales sobre el país. Por eso es probable que la operación requiera arquitectura local, franquicia, sociedad panameña o asociación compatible con la normativa. Lejos de ser un detalle menor, muestra una tensión clásica: Panamá es abierta, pero no plenamente liberal.

    Desde un liberalismo serio, la conclusión no debería ser “qué bueno que venga IKEA gracias al Estado”, sino algo más incómodo: qué bueno que venga IKEA a pesar de las barreras que todavía existen. La inversión entra donde puede calcular riesgos. Donde hay moneda estable, logística, seguridad jurídica razonable y consumidores con poder de compra. Pero cuanto más se limite la entrada de competidores, más se protege al incumbente local a costa del consumidor.

    La lección es simple: Panamá no necesita inventar campeones nacionales ni subsidiar muebles. Necesita reglas claras, impuestos razonables, apertura, puertos eficientes, libertad contractual y respeto a la propiedad. Cuando eso existe, las empresas llegan solas. Y cuando llegan, el beneficio no es para “la marca”: es para millones de consumidores que de pronto tienen más opciones.

    IKEA en Panamá es, en el fondo, una pequeña victoria de la civilización comercial: extranjeros invirtiendo, consumidores eligiendo, empresas compitiendo y capital buscando donde puede crear valor. Eso, aunque muchos no lo quieran admitir, se parece bastante más al desarrollo que cualquier plan quinquenal.

  • Cuando la excepción se convierte en norma, como los retenes

    Cuando la excepción se convierte en norma, como los retenes

    En 2019, en medio del cambio de gobierno en Panamá, surgió un debate entre quien escribe y un amigo liberal, que iba mucho más allá de la eliminación de retenes policiales. La discusión apuntaba a una cuestión de fondo: ¿qué sucede cuando el Estado adquiere facultades que restringen derechos individuales bajo el argumento de la seguridad, la administración o la eficiencia?

    La preocupación expresada era que los retenes no representaban simplemente un mecanismo de control vehicular, sino una inversión del principio jurídico fundamental según el cual un ciudadano libre no debe justificar permanentemente su inocencia ante el poder.

    La lógica liberal clásica sostiene que el Estado debe tener motivos concretos para intervenir sobre una persona. Cuando ocurre lo contrario —cuando se detiene a ciudadanos al azar para verificar documentos o detectar posibles infracciones administrativas— se produce un cambio sutil pero importante: el individuo deja de ser considerado libre por defecto y pasa a estar bajo sospecha permanente.

    La cuestión no era solamente legal. Era moral e institucional.

    El costo oculto de la burocracia

    Otro aspecto señalado en aquella conversación era la tendencia de los gobiernos a medir únicamente los ingresos fiscales que generan determinadas regulaciones, ignorando los costos que esas mismas regulaciones imponen a la sociedad.

    Tomemos un ejemplo sencillo. La renovación periódica de placas, permisos o certificaciones puede representar una fuente de ingresos para el Estado. Sin embargo, rara vez se contabiliza el tiempo perdido por millones de ciudadanos, las horas laborales desperdiciadas, los desplazamientos innecesarios, las filas, los trámites y la energía económica que se desvía desde actividades productivas hacia el simple cumplimiento burocrático.

    Desde la economía institucional, estos costos reciben el nombre de costos de transacción. Son reales, aunque no aparezcan en ningún presupuesto oficial.

    El resultado es paradójico: una medida que parece recaudar dinero puede terminar destruyendo más riqueza de la que genera.

    La corrupción visible y la invisible

    Cuando se habla de corrupción, la mayoría piensa en sobornos, contratos amañados o desvío de fondos públicos.

    Sin embargo, existe una forma más profunda y menos visible de corrupción: aquella que queda incorporada a las propias reglas del sistema.

    Cuando una estructura institucional permite discrecionalidad excesiva, controles arbitrarios o intervenciones permanentes sobre la vida cotidiana de los ciudadanos, se crean incentivos para el abuso incluso aunque no existan funcionarios particularmente corruptos.

    No se trata únicamente de personas corruptas.

    Se trata de instituciones que facilitan comportamientos corruptos.

    Por eso el problema rara vez está en el agente de menor rango. La pregunta relevante es quién diseñó las reglas, quién las mantiene y quién se beneficia de ellas.

    El silencio social

    Quizás la observación más dura del intercambio fue la referida a la complicidad social.

    Las restricciones a la libertad rara vez avanzan únicamente por decisión gubernamental. También necesitan la indiferencia de buena parte de la sociedad.

    Empresarios que prefieren adaptarse antes que cuestionar.

    Medios de comunicación que consideran ciertos abusos como algo normal.

    Ciudadanos que aceptan pequeñas restricciones porque creen que afectan a otros.

    Gradualmente se instala una cultura donde la defensa de los derechos individuales deja de ser una prioridad y pasa a verse como una molestia o una excentricidad.

    La consecuencia es que las instituciones dejan de servir como límites al poder y comienzan a funcionar como herramientas de administración de la obediencia.

    La lección

    La discusión de 2019 sigue siendo relevante porque plantea una pregunta que trasciende a Panamá y a cualquier gobierno particular.

    La verdadera prueba de una sociedad libre no es cuánto poder tiene un gobernante bien intencionado, sino cuánto poder se le impide ejercer cuando aparecen gobernantes menos virtuosos.

    Las libertades individuales rara vez desaparecen de golpe. Normalmente se erosionan mediante pequeñas excepciones, trámites aparentemente inocentes y controles que la sociedad acepta porque parecen razonables en el corto plazo.

    Y cuando finalmente se percibe el costo acumulado, muchas veces la maquinaria institucional ya está funcionando por inercia.

    Como advertía Hayek, el peligro para la libertad no suele llegar disfrazado de tiranía abierta, sino de administraciones convencidas de que saben mejor que los ciudadanos cómo deben vivir sus vidas.